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tranquilidad a Lavapiés? "Bueno, está más tranquilo, después de todas las mentiras", dice, e inicia un alegato interminable donde se mezclan la crítica a los occidentales con el sufrimiento de los países islámicos y la supuesta tendenciosidad de los medios de comunicación. "Ya no compro los periódicos porque no hacen más que culpar al islam de todo", se queja Omar. Es la misma "obsesión contra los musulmanes" que cuando detuvieron a su vecino Zougam. "Yo estaba aquí, frente a ese locutorio, cuando vinieron periodistas españoles y de todo el mundo, y sólo preguntaban, pero ¿va a la mezquita, era musulmán creyente? ¡Y qué tenía que ver! En la mezquita sólo te enseñan el bien, a respetar al país que te acoge, a dar lo mejor de ti a esta sociedad... Ya han sacado a uno de la cárcel, yo espero que saquen pronto a los otros. Los que se suicidaron en Leganés eran unos traficantes de droga de nada, pagados por los servicios secretos franceses y alemanes. ¿Por qué? Para terminar con Aznar, que había dividido a la Unión Europea. Además España es un país más débil que Inglaterra, que no tiene ni siquiera el euro. Pero después del suicidio todo se acabó, ahora no se aclararán ya las cosas". La comunidad marroquí, -y, en general, los árabes de Lavapiés-, se ha atrincherado en una hipótesis de los hechos que exculpa en gran medida a los presuntos autores materiales de aquella carnicería. Es una mezcla de desconfianza y de reacción autodefensiva frente a una sociedad extranjera en la que no se sienten integrados. Y eso que en este barrio no hay rastro de esa "sociedad extranjera", con más de la mitad de los empadronados llegados de todos los rincones del mundo. Quizá por eso, la vida sigue en Lavapiés entre las obras del metro que han cercado la plaza principal, entre las basuras, los olores ácidos de la movida nocturna y los humos de los tubos de escape de las furgonetas que reparten paquetes de ropa en las tiendas al por mayor. La vida sigue en ambientes aislados que se mezclan sólo tangencialmente. La comunidad gitana vive y hace sus negocios en torno a la plaza de Cascorro; los comercios chinos inundan calles como la de Mesón de Paredes o Caravaca, los magrebíes se extienden entre las calles de Tribulete, Miguel Servet y Sombrerete. Los viejos madrileños, supervivientes de un mundo que desaparece a marchas forzadas, se mueven por las calles del viejo barrio con la inseguridad del extranjero. Tampoco la mezcla de exotismos acaba de cuajar. Lavapiés, uno de los laboratorios étnicos de España, donde conviven la antigua comunidad gitana con ecuatorianos, senegaleses, marroquíes, egipcios, nigerianos y españoles, parece languidecer. "El barrio tiene futuro si se arregla el problema de la vivienda, de la rehabilitación. Seguimos siendo un laboratorio, un experimento; lo que pasa es que llevamos poco tiempo para

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Proyecto Esta es una plaza  

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