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Los colores del bosque: El puente de octubre llevamos a los niños a conocer un bosque. Siempre hemos ido por vías verdes, huertos o caminos de ronda y la aventura les encantó porque pudieron ver un montón de especies diferentes de plantas, árboles y flores. Como siempre, recogimos muestras y las fuimos comentando mientras las poníamos en el cubo: el romero hace muy buena olor y tiene unas bolitas oscuras a la parte de arriba, las campanillas azules son muy pequeñas, las piñas son muy duras, los pinos tienen hojas verdes muy finas, hay árboles con hojas verdes arriba y hojas marrones o amarillas que han caído en tierra, podemos encontrar setas, musgo, también corcho, que es “una chaqueta para que los troncos de los árboles no pasen frío”, y el hallazgo estrella de la tarde: cerezas de madroño rojas, naranjas y amarillas. Ya teníamos, pues, un cesto del otoño! Lo primero que hicimos cuando llegamos a casa fue exponer todas las muestras en bandejas para poderlas observar con todos los detalles posibles. Mi hijo mayor, con una lupa, chismorreó tanto como pudo ver todo lo que tenía delante. Cómo ya era tarde y tocaban cenas y bañeras, dejamos la experimentación para otra ocasión. Lo dejamos todo en un túper bastante grande que tenemos, a punto para otro día.

La nueva ocasión no la encontramos hasta el fin de semana próximo, puesto que el grande llega agotado de P3 y no tiene ánimo de nada entre semana. Repartí los materiales en varias bandejas encima la mesa de la cocina. Añadí castañas con caparazón que mi grande insistió en recoger “para jugar en casa, mama” y algunas las descabecé porque estaban demasiado duras y pinchaban. También añadí unas bellotas que recogimos en el parque de la esquina. Los materiales poco conflictivos se los acerqué a la silla del bebe, y le di herramientas al grande para remover. El pequeño se lo pasó pipa con el romero, echándola al suelo y viendo como giraba la piña, cogiendo y batiendo las campanillas, lamiendo las castañas, y acercándose a mirarlo y olerlo todo con detalle. Mientras el grande hacía la autopsia a las muestras, abría el caparazón de las castañas, con cierta dificultad y ayudado por herramientas, y separaba las aromáticas hojas de romero en un bote aparte, le dije que la mama haría dibujos de lo que habíamos recogido por si los querría pintar después. Le pareció que ya había mirado y removido bastante todo lo que había y también quiso pintar. Le proporcioné papel y ceras y reprodujo los colores del bosque: el lila de las campanillas, el rojo de las cerezas de madroño y el verde, marrón y negro del corcho, la piña, el musgo y las hojas. Me gustó, porque a medida que cambiaba el color, me iba diciendo qué pintaba… Al mismo tiempo, yo iba tirando esbozos rápidos de las muestras de la mesa que todavía quedaban enteras. Una vez hube acabado, le enseñé el papel y le fui preguntando si reconocía lo que la mama había dibujado. Y así fue. Le hizo gracia ver las muestras al natural y dibujadas. Cuando reconocía una, decía el nombre, lo cogía muy contento y la ponía junto al dibujo para pintarla. Reconoció la mayoría.


Fue una actividad que creo provechosa, puesto que fuimos a conocer un bosque y disfrutamos del aire libre en familia; potenciamos la observación removiendo las muestras; potenciamos la comunicación entre nosotros y ampliamos el vocabulario de los niños; para acabar pintando lo que veíamos en un ejercicio de creación artística que, colgado en la habitación, nos sirve de síntesis y de recuerdo de lo que hemos hecho juntos. Cada vez más, intento alargar las actividades en varias sesiones y combinarles de diferentes maneras alrededor del mismo tema, para que puedan percibir la realidad desde varios puntos de vista y tener una experiencia más completa.


Los colores del bosque