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PABLO GARCÍA MEXÍA

idea de moral. En efecto, al menos en Occidente, el horizonte cultural se encuentra sembrado de dudas, de permanente cuestionamiento de cualquier valor, de relativización suma de la verdad (“la verdad no existe, es la de cada uno...”), de huida de compromisos morales. En un honesto trabajo de reorientación ideológica personal, Francis Fukuyama (2007) lo pone claramente de manifiesto, citando a Allan Bloom: el relativismo cultural está instalado de lleno en las sociedades occidentales contemporáneas: legitimado por Nietzsche y Heidegger, fue transmitido por modas intelectuales del tipo del postmodernismo o el deconstructivismo; al tiempo que traducido a la práctica por la antropología cultural y otras vertientes academicistas. Tales circunstancias constituían así “el terreno abonado” para la conquista de la universidad, lo que como se sabe tuvo lugar en Berkeley a partir de 1964 y en París desde 1968. Y desde ella, añado aquí, para conquistar al conjunto de la sociedad. También Jürgen Habermas (1998) ha insistido en esta crucial idea, siendo de paso capaz de trazar con inigualables precisión y claridad los perfiles del panorama filosófico y cultural de nuestro tiempo: un panorama marcado por el relativismo que fluye del pensamiento de los que denomina “jóvenes conservadores”, como Bataille, Foucault o Derrida, en su crítica a la “razón total” de la modernidad. Éstos trabajan en abierta contraposición a los “viejos conservadores”, quienes rechazan la modernidad como factor destructor de cosmovisiones metafísicas o religiosas. Y también en oposición a los “neoconservadores”, que aceptan las manifestaciones sociales, pero no las culturales, de esa misma modernidad. De hecho, y seguimos en ello a Ralf Dahrendorf (2006, 117), es notorio existen tres polos de anclaje para la vida humana en las sociedades libres: la libertad política, la prosperidad económica y la cohesión social. A su juicio, el reto para Occidente es lógicamente conseguir las mayores cotas de cada uno de ellos. Sin embargo, si bien libertad política y prosperidad económica gozan en nuestras sociedades de niveles bien aceptables (no digamos si los comparamos con los de sociedades de menor

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