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Introducción: Derecho Domparado y Global (DCG) Quizá se sorprenda más de uno al no dar pie a este estudio mediante cita legislativa alguna (por ejemplo, sobre la transnacionalidad de los Ordenamientos confesionales, de cierta legislación estadounidense, o de los preceptos constitucionales alemán y francés en caso de violaciones de lesa humanidad). Luego, a falta de tal comienzo, difícilmente se puede seguir con algunos apuntes exegéticos y hermenéuticos (ni propios, ni mucho menos de jueces-estrella o autores en boga —cuyos comentarios, a veces, rayan la tautología, y en otros casos el activismo de corte taumatúrgico—). Se es más osado que todo eso y, desde estas páginas, se invita a una retroactividad más elemental en los estudios de Ciencias Jurídicas y Sociales: el (re)descubrimiento del sentido común jurídico y justo, o sea, saber cuestionar la normatividad existente, de modo que resulte posible (re)conocer a los sujetos soberanos y autónomos de la globalización, con sus reglas identitarias y su proyecto de buena vida común —cuestiones estas sumamente relevantes para comprender la subjetividad normativa, y a las que el acostumbrado positivismo formalista estatal1, por su celo técnico y

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Vid. Sánchez-Bayón, A.: «Au revoir, loi de l´État: el fin del derecho estatal», en Revista Electrónica de Pensamiento, Economía y Sociedad-Instituto Virtual de Ciencias Humanas (n.º 5), septiembre-diciembre 2010 y —con una versión revisada y ampliada— en Bajo Palabra. Revista de Filosofía (n.º 5), 2010. La tesis principal consiste en que el positivismo formalista estatal o estatalismo legislativo —también calificado críticamente por otros autores, como el Prof. Nieto, de «corrupción del Estado regulador»—, resulta «la reducción del Derecho a la regulación forense tutelada por los poderes públicos, [que] es una gran impostura propiciada por la difícil transición de Europa continental al Nuevo Régimen, lo que requirió —a su vez— de amistades peligrosas, como ha sido el socialismo —como herramienta subversiva y propagandística para la consecución de la utopía—. En efecto, se ha tratado de un cúmulo de mentiras, insostenibles por sí, pero mantenidas por una apariencia de verosimilitud, reforzada por un dogmatismo incuestionable calificado de científico —o sea, la consolidación del doblepensar, la neolengua, los anacronismos y eufemismos, etc., ya denunciados por G.

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