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INTRODUCCIÓN

de Europa (corsa, flamenca, escocesa, vasca, etc.), que, según este autor, habían sido privadas de su derecho a constituirse en Estados por su inclusión en otras “naciones artificiales”, construidas en base a la dominación de un grupo étnico poderoso (los franceses, los valones, los ingleses, los castellanos, etc.). Para estas “regiones étnicas”, “Europa” significaría la posibilidad de liberarse del dominio de su Estado-nación (Héraud, 1993)5. Pero, lo único cierto, como hemos adelantado, es que la asunción de competencias por parte de las instituciones de la Unión y el lugar atribuido a las regiones en la forma política europea no ha deteriorado en ningún caso el poder de las instancias centrales de los Estados miembros, sino que, bien al contrario, lo ha fortalecido notablemente. Lo que es más, la reestructuración efectivamente acontecida en el espacio europeo, no debe entenderse como un juego de suma cero, ya que, en realidad, lo que realmente se produjo fue un aumento en la capacidad global del sistema para gobernar y resolver problemas (Hooghe y Keating, 1994: 388). Por otra parte, la evolución de las relaciones entre territorio, identidad e instituciones políticas que, desde los años cuarenta, han provocado los procesos de descentralización impulsados en distintos Estados europeos es común en la tendencia, pero no en la forma, manifestándose, en la práctica, como un fenómeno radicalmente heterogéneo (Bullmann, 1997; Keating, 1998; Keating y Hooghe, 2006; Jeffery, 1997a; Letamendía, 1998; Loughlin, 1997a; Marks, 1996).

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En cualquier caso, en la actualidad, el eslogan “Europa de las Regiones”, popularizado en los años ochenta, ha perdido la fuerte carga normativa en defensa de una deriva más particularista del proyecto europeo que llevaba implícita en los años cuarenta y cincuenta. Sus actuales promotores rara vez cuestionan la integridad de los Estados europeos ni defienden necesariamente un modelo federal para Europa (y esto último pese a que las raíces intelectuales del responsable de su difusión, como cabeza de la Comisión, Jacques Delors, el gran hacedor de la aplicación el principio de subsidiariedad en la Comunidad, así como del impulso definitivo de la política regional europea, se entroncan en el personalismo de Emmanuel Mounier, que bebe de la doctrina social de la Iglesia católica). Sobre la distinción entre “federalistas hamiltonianos” y “federalistas integrales o utópicos”, consúltese Loughlin (1994) y Rojo (1996a y 1996b). Sobre la “Europa de las Regiones”, véase Arenilla et al. (1994), Caciagli (2006), Harvie (1994), Jones y Keating (1995), Kukawka (2001), Massart-Piérard (1998), Petschen (1992), Sharpe (1993) y Warleigh (2003).

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