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INTRODUCCIÓN

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Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en el contexto europeo, comenzaron a multiplicarse las reivindicaciones regionalistas al tiempo que se iniciaba un proceso de unificación a escala continental de largo alcance. La simultaneidad de la integración europea y, en el interior de algunos Estados, la regionalización, hace que estos dos fenómenos sean interpretados con frecuencia como procesos “complementarios” de difusión del poder del Estado (Bache, 1998; Börzel y Risse, 2000b; Jeffery, 1996; Keating, 1998, 1999 y 2003; Le Galès y Lequesne, 1997; Marks et al. 1996; Scharpf, 1988 y 1994), así como que actores regionales e instituciones supraestatales sean percibidos como aliados en la reestructuración del espacio europeo y en el desafío a la idea de Estado-nación como marco único de identidad, representación y elaboración de políticas públicas (Keating, 2003: 9). La ya común noción de “Europa de las Regiones” se transformaba en programa político comprehensivo en aquellos años, cuarenta y cincuenta, cuando algunos intelectuales federalistas, como Guy Héraud, Leopold Kohr, Alexandre Marc o Denis de Rougemont, propusieron la fórmula de combinar regiones pequeñas culturalmente diferenciadas con el marco comprehensivo de una Federación europea. La idea de una “Europa de las Regiones” implicaba, en sus orígenes, justamente, la substitución de los Estados miembros como componentes básicos de la Unión por unidades territoriales de menor tamaño y culturalmente más homogéneas, así como la conversión de la propia Unión Europa en una Federación, de regiones (Christiansen, 1997a; Loughlin, 1997b). Estas regiones eran, a menudo, como en la obra de Héraud, las antiguas “naciones étnicas”

mundial, en parte, aterritorial (en la que no sólo cuentan las relaciones entre Estados, sino también múltiples redes de relaciones y alianzas inscritas, a su vez, en diversos espacios) y, en parte, sujeta a varias lógicas territoriales contradictorias (Badie, 1995: 14, 251 y 253). Desde este punto de vista, aunque el discurso sobre la vuelta al feudalismo es ciertamente metafórico, la comparación con aquella época histórica evoca una verdad evidente: que vuelven a descollar los lazos personales sobre las construcciones territoriales tanto en el ámbito extraoccidental (en el que encontramos Estados frágiles por su naturaleza exógena e importada) como en el occidental, en donde se mezclan con mayor intensidad los efectos reestructurantes de una economía mundializada, de una integración supraestatal multiforme y de un redescubrimiento activo del transregionalismo e, incluso, del localismo (Badie, 1995: 36-7). Véase también Ruggie (1993).

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