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LO BASQUET 30

COL·LABORACIÓ

Ser y tener (2002) Être et avoir. Ser y tener. Aspiraciones y modelos de vida contrapuestos, pero también simples verbos irregulares que se estudian en la escuela. Éste es el título, sencillo y sugerente, de un documental sobre una escuela francesa filmado por Nicolas Philibert. De entrada no hay presentaciones y todo comienza con una serie de imágenes de viento y soledad apenas resaltadas por una melancólica música de fondo. Hace frío y vemos vacas en medio de la ventisca, luego un autobús escolar que serpentea por una carretera de montaña y finalmente el edificio de la vieja escuela unitaria. Es invierno en la campiña y los álamos se doblan con la fuerza del desamparo. Los niños van al colegio, en silencio, aún medio dormidos. Sólo el saludo del conductor y las imágenes del campo bajo la primera nevada del año nos acompañan en su trayecto cotidiano, desangelado y monótono. Ya estamos en el aula. Allí, sentados en tres grupos (pequeños, medianos y mayores) los pocos niños de la aldea, de entre cuatro y diez años comparten aula. Allí dibujan, escriben y estudian, siempre escuchando y atendiendo a la voz suave pero firme del maestro, ue está fuera de cámara. De esta manera vemos lo que hacen los niños y sólo al rato lo vemos a él. Es un hombre ya mayor que hace su trabajo con orden y método y al que sus alumnos tratan de usted y responden siempre “sí, señor”. En la clase hay algunos ordenadores y un radio cassette pero nunca los vemos funcionar. Eso sí, hay varias pizarras y paneles para dibujar y colgar palabras e imágenes, y muchos libros. Hay también mesas dispuestas en grupos en las que todos trabajan. Recordamos los versos de Machado (Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales...) pensando en esa tristeza indefinida y a la vez fundamental del aprendizaje lento y moroso, aburrido en ocasiones. Repeticiones y variaciones. Muchas cuentas y dictados, pero también cosas diferentes: un día todos ayudan a preparar crêpes en clase, otro hacen un experimento, otro celebran un cumpleaños, otro dibujan felicitaciones de Navidad. También vemos en contrapunto a alguna de las familias, gente humilde y sencilla, sin grandes estudios pero deseosa de que sus hijos progresen y puedan tener un futuro mejor. Les ayudan con los deberes en casa, hablan con el maestro, les acompañan en las salidas... Poco a poco pasa el invierno. Con la primavera los alumnos salen al campo de excursión. Uno de ellos se pierde y los demás lo buscan por los campos de maíz. Hay también tardes en que sacan las mesas al patio y estudian a la sombra, bajo los árboles, rodeados de verdor. Es entonces cuando llegan las confidencias, los diálogos de uno en uno, casi al margen de la cámara. Así nos enteramos de los problemas del padre enfermo, de la necesidad de ayudar en la granja, de la timidez congénita de la muchacha solitaria... Y así, poco a poco, nos vamos dando cuenta de que el maestro, el Sr. López, es un maestro en el sentido clásico del término, alguien que domina su oficio, que detenta un saber auténtico y que es

capaz de lo más difícil: de enseñar lo importante, lo fundamental. Y por eso sus alumnos no sólo aprenden a leer y a escribir, sino que también aprenden a hacerse preguntas, a dialogar sin violencia, a compartir, a aceptar, a entender a los demás... Por eso en la clase no hay gritos ni malas palabras, porque los alumnos saben que están seguros, que alguien les acoge y les guía con firmeza y afecto, dando sentido a esos años en que están absorbiendo cada estímulo con la impagable voracidad de ser el primero, el más fresco y puro de la vida. No obstante, también hay peleas en el patio, y a veces los chicos se hacen daño jugando o se insultan. Pero Monsieur López está ahí. Él no puede resolver los problemas de sus alumnos, pero a él acuden buscando amparo o consejo. Y él les acompaña y les pregunta, y se preocupa por su salud, por sus problemas familiares, por su escasa preparación en algunas materias... Y les dice lo que piensa, y les ofrece afecto, el necesario para que la niña tímida se abra un poco a los demás, y el travieso Jojo se concentre y aprenda sin darse cuenta, y los inmigrantes que vienen de lejanos países sean aceptados por los demás, como él lo fue en su infancia, cuando su padre, un campesino andaluz, llegó a Francia sin dinero pero cargado de ilusiones. Poco a poco se acerca el final del curso. Dos alumnos acaban la Primaria y el próximo curso irán al Instituto, un largo viaje todos los días hasta la ciudad más próxima. Allí hay una gran biblioteca, comedor escolar y magníficos campos de deporte, pero allí también tendrán muchos profesores que los verán remotos y anónimos, distantes, uno más entre muchos. También un día se presentan los alumnos nuevos, los que empezarán en septiembre, muy pequeñitos, alguno con chupete todavía que no deja de llorar y llamar a su madre en toda la mañana. Llega el verano y la despedida. En un gesto espontáneo y poco frecuente, el señor López y sus alumnos se dan un beso y un abrazo, desde los más pequeños, que lo aprecian como a un padre, hasta los mayores. Él ya no estará el próximo curso porque cumple la edad de retirarse y la clase va quedando poco a poco vacía. La cámara recoge la escena del grupo y luego se detiene en su rostro. Así vemos cómo su mirada se pierde en un lugar distante mientras intenta mantenerse sereno y sin llorar. Todo pasa en un pueblecito de Auvernia, pero también aquí, cada día, cambiando algunas circunstancias y algunos nombres propios. Monsieur López ve cómo sus alumnos marchan y siente que con ellos desaparece una parte de sí mismo, aquella que ha entregado a hacer de éste un mundo más justo, más humano, dando lo mejor de sí mismo en cada clase, en cada explicación, en cada mañana de sueño, de frío y de gripe mal disimulada, año tras año, día tras día, con la misma convicción y la misma integridad.

FRANCISCO DE PEDRO

LO BASQUET 1  

Primer número de la nova època de la revista cultural de l'IES Roquetes.

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