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año 2 • número 11 • enero 1 de 2013


Ilustraci贸n: Benito Nogueira


AMMPE

Delegación Estado de México y Vicepresidencia Nacional Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras World Association of Woman Journalist and Writers Association Mondiale de Femmes Journalistes et Ecrivians

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Editorial

Gilda Montaño Humphrey raúl anguiano Y SUS MUJERES III

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Margarita García Luna

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Irma Fuentes

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Silvia Sáyago

El museo-taller nishizawa cumple 20 años confieso que he llorado

negrito

20 Kyra Galván

agua en el desierto

24 Maricruz Castro Ricalde

para acercarse a algunos escritores mexicanos

26 Bertha Balestra

sólo venimos a soñar

30 31

Angélica Valero ángela

Daniel Hiernaux Descanso

Directorio: EDITORA

Gilda Montaño Humphrey este número se ilustró con obra de los maestros:

Raul Anguiano, Luis Nishizawa y Benito Nogueira Diseño

Helí López Sandoval

año 2 • número 11 • enero 1 de 2013


editorial

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on los pulgares para arriba, así entró al Salón del Congreso Enrique, nuestro nuevo Presidente. Contento, impecable, con una corbata gris-plata y traje negro, con una camisa blanca, con mancuernillas de oro, así entró Enrique. Y allá arriba, en medio de todos -los amigos y enemigos-, le esperaban la esperanza y la perspectiva de un nuevo México. Ese que necesitamos todos. Y así empezó otra nueva historia de vida. Ese Enrique que alguna vez fue mi vecino de enfrente. En el venturoso pueblo mágico de Metepec. El muchacho que pasaba frente a mi casa, paseando con la carriolita de su segundo hijo, y se preocupaba de que el chiquito tuviera tapado el lagrimal. Ese muchacho que se casó con una niña guerita, y bonita, llena de brillo y alegría, con la que creó a sus tres hijos. Y allí estaba el vecino al que jamás fui a molestar, ni por casualidad. Sólo cuando le llevé, hace muchos, pero muchos años ya, –antes de que fuera candidato a gobernador por mi Estado– un díptico que decía: “Pide y se te concederá, medida grande, rebosada…” y así le sucedió. De ese hecho, se desprenderían muchos más, en los que le daría a mi vecino, únicamente bendiciones. Como consecuencia de una gran lealtad a muchos hombres que han sido inteligentes, exitosos, sabios, y que aman entrañablemente a México, Enrique asumió la más alta investidura que mexicano alguno desearía poseer: es el nuevo Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Fiesta para Arturo Montiel, para Alfredo del Mazo, pero también para los ex gobernadores con los que trabajó. Claro que Emilio estará en el lugar que le corresponde. Y César, en un lugar honrosísimo: comandará a todos los priístas de la nación. ¿Poco?

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Todos ellos han ocupado un lugar preponderante, dentro de la política de este país. Todos han sido –de los cuatro, trescandidatos a Presidentes de la República de la nación más importante de habla hispana, del Continente Americano. Porque todos-todos le ayudaron. Porque todos-todos iban a con él, a ganar-ganar. Porque esta es su casa, y aquí se formó bajo sus consejos y consignas. Y con todos tuvo el tiempo necesario para aprenderles. Juan José Guerra Abud, su ex jefe, está también en el gabinete. Y quien fue alguna vez su contrincante para la gubernatura, Navarrete Prida, también lo acompaña. El ex líder del partido que le llevó a ganar, también fue considerado. Francisco Rojas, ex secretario de la contraloría… y así cada uno. Un experimentado gabinete, que cuenta con el hilado fino e inteligente de Osorio y Videgaray. ¿Salinistas? Muchos ¿Zedillistas? Pocos. Ahora todos son Peñitas. En un acto como sólo los dueños del Estado de México, o sea con fondo y forma; con sobriedad y discreción; con cuidado extremo y total moderación, el ahora hijo predilecto, toma las riendas de este país tan crítico, tan disuelto, tan en agonía y poca estabilidad social. Más no económica. Pero no fue un triunfo sólo de él, que con su ojos inquisitivos y con sendas ojeras se la jugó con rabia, con coraje y valor, sorteando una y mil dificultades para llegar. No. Ayer fue un triunfo para un grupo enorme de hombres: primero mexiquenses, luego de un partido político… que fueron adiestrando a quien se dejó y les respetó. Ellos que con gran cuidado fueron desmenuzando, disgregando, desintegrando, desbaratando, deshaciendo cada una de las dificultades, conflictos, problemas y peligros por los


que pasó un sistema que operó durante 70 años… para después volver a unirlo, amalgamarlo, construirlo, soldarlo y empalmarlo, y lograr lo que vimos ayer: el lanzamiento de un nuevo México, con la posibilidad de un orden social, político y económico… que hará que otra vez sea el país líder de nuestra América Latina. Con el alumno distinguido al frente. Mi vecino de enfrente, con su voz fuerte y cuidada, declaró que servirá a México con 13

nuevos compromisos y dos retos: la reforma hacendaria y la educativa. Ayer, a quien conocí hace 24 años, siendo apenas un joven educado, respetuoso y cuidadoso de las formas y los fondos, tomó cargo como el Presidente de mi nación. Y yo les aseguro que este país saldrá adelante. Tiene a los hombres más experimentados como sus operadores políticos. De todos modos, él solito los escogió y también él se los firma y se los cumple.

Gilda Montaño Humphrey año 2 • número 11 • enero 1 de 2013

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RAÚL ANGUIANO Y SUS MUJERES III

Gilda Montaño Humphrey

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Cuando pinté en los cuarentas a mi abuela, ya podía yo hacer un buen retrato al óleo. Siéntate para dibujarte, le dije. […] se sentó 15 minutos. Luego se paró corriendo y se fue.

A

mi madre, le ayudé toda la vida, hasta que murió en Cuautla, en medio del cariño de sus hijos… porque ser hombre, es ser responsable. Me sentí feliz haciendo esto. Era el mayor de sus hijos y nunca le dije que no. Yo le ordenaba aún siendo ella tan inteligente y tan fuerte. Sostuvo mi carrera contra la primera negativa de mi padre. Ganamos. Los dos ganamos, esa era mi madre.’

Doña Emilia,

mi suegra

Por otro lado, Brigita apunta: ‘Mi madre tardó en querer a Raúl como cinco minutos.’ ‘Mi padre, como un poco más. Es más, mandó a mi madre a recogerme a México. Ellos nunca se habían separado. Ella regresó diciendo: nuestra hija es feliz. El dijo: entonces, ‘déjala’. Pero le llevó por lo menos, los primeros dos años.’ Cuando me vio Emilia por primera vez, nos simpatizamos. La llevamos bien. Fuimos a pasear a Teotihuacán. Al ir nos perdimos. Acabamos en misa y comiendo elotes. ‘Están tan enamorados, que ni cuenta se dan de nada’, decía Emilia quien juraba que los elotes tenían gusanos. Hacía frío y la abrigué. ‘Eso mi marido nunca lo hizo’, dijo Emilia… No era maña, era puro amor, dice el maestro Anguiano. Al año de conocer a Raúl Anguiano, la mamá de Brigita llegó con su padre. ‘Fuimos al aeropuerto a recibirlos. Yo los vi primero: Allí vienen tus papás, le dije. Soltó de repente Emilia la maleta y corrió a besarme. A su padre le costó más tiempo:

cuando llegamos a Anaxágoras lugar donde fue nuestro primer hogar, me dijo al segundo tequila: ‘Call me Edward’. Así me hice amigo de Mr. Liepins.’

Mi

abuela

Priciliana

Los recuerdos. De mi abuela, que no se sentaba en todo el día a pesar de que todos comíamos a diferentes horas. Ella a las cinco de la tarde comía parada después de darle de comer a mi tía María, que estaba ciega. Ella era sabia. Priciliana Peña, era la madre de mi padre, mi abuela querida. Era una mujer casi analfabeta. Sin embargo, pudo educar a mi padre José Anguiano Peña y a María, su hermana. Era la energía personificada. Enviudó de mi abuelo –al que no conocí- y se casó con su hermano, del que volvió a enviudar. Salió adelante criando animales… unos pocos. ¿Qué si tenía cultura? Era casi analfabeta… Mi abuela era celosa. Me llamaba Josesito… Tenía un rancho. Lo trabajó hasta el cansancio y hasta hacía chocolate para vivir, el cual tomábamos por las tardes. Ella llevó a mi padre bien. Lo educó muy bien, con el apoyo de algún sacerdote cercano a la familia. Cuando pinté en los cuarentas a mi abuela, ya podía yo hacer un buen retrato al óleo. Siéntate para dibujarte, le dije. Por ser su nieto y ahijado a la vez, se sentó 15 minutos. Luego se paró corriendo y se fue. Pero como la veía todo el día, pinté sus manos. La energía de mi padre y de mi abuela eran impresionantes.

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De niño me dejaban en una casa. Eran más bien dos casas con un gran patio, grandes corredores y un jardín. Me dejaban con mi abuela y con María mi tía. Recuerdo enfrente a mi bisabuela Goyita, que tenía noventa y tantos años, que estaba siempre con sus hermanas solteras.

Goyita,

De niño me dejaban en una casa. Eran más bien dos casas con un gran patio, grandes corredores y un jardín. Me dejaban con mi abuela y con María mi tía. Recuerdo enfrente a mi bisabuela Goyita, que tenía noventa y tantos años, que estaba siempre con sus hermanas solteras. La mantenía un hermano suyo: Cresenciano. Ella no podía estar sin hacer nada: desgranaba maíz para luego hacer nixtamal. Así era ella.

Mi

hermana

Xóchitl

mi hermana

Me quería mucho. Ella se quedó siempre con mi madre. Yo iba por lo menos, cada ocho días a visitarlas.

Cuca,

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Las

pinturas de

Sor Juana

El primer retrato que hice de Sor Juana fue en los años 50 y estaba en la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Ahora está perdido. Luego hice uno en los años 90, para la Universidad del Estado de México. Pero he pintado muchas Sor Juanas para Relaciones Exteriores. Siguiendo la ruta de Sor Juana, en el Escorial, en la Biblioteca, había un busto que se parecía a María Félix.

mi tía

Refugio Valadez era hermana de mi madre. La primera paleta de acuarela ella me la regaló. De ella recojo con gran afecto ese día en que enfermé. Eran unas pastillas pegadas a un cartón que simulaba una paleta. Quiero recordarla en el transcurso del tiempo: Cuca, mi tía. Ella profetizó: ‘Este muchacho va a ser pintor’.

Brigita.

Sor Juana es la mujer más interesante que ha habido en América desde el siglo XVII. Si no, léanse a Octavio Paz en “Las Trampas de la Fe”. Allí podemos ver como la iglesia, la religión trató de matar el talento de quien fuera la más prodigiosa mujer de este siglo. Su poema “Primero Sueño” es abstracto, surrealista, imaginativo y contiene la brillantez de la poesía de todos los tiempos.

Martha

Ella me recuerda mucho a Brigita, mi esposa. Se parecen mucho.

¿Lo

Sor Juana

mi bisabuela

más bonito que conozco?

Lo

que más me gusta de una mujer

¿Qué qué es lo que más me gusta de una mujer? Se apenan cuando digo: La higiene; la ternura; la inteligencia; la belleza: pero si tienen todo, mejor. No hay mujer fea. Porque quien no tiene unas manos bonitas, tiene su cuello, o sus labios, o sus orejas, o todo junto…

La

inteligencia

Inteligencia no quiere decir grados. Hay sabios analfabetas. Quiere decir sentido co-


mún, conocimiento de la vida. Penetración psicológica. Serenidad, ante los problemas.

La Belleza

¿Qué

tipo de

Mujeres

pinto?

…yo pinto, blancas, negras, azules y de todos colores, la mujer es todo color.

La belleza es física y de proporciones. Las reinas de belleza no me gustan, son puros huesos. Gordas sí, pero con cintura.

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El museo-taller nishizawa cumple 20 aĂąos

Margarita GarcĂ­a Luna Ortega

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Cuando pinté en los cuarentas a mi abuela, ya podía yo hacer un buen retrato al óleo. Siéntate para dibujarte, le dije. […] se sentó 15 minutos. Luego se paró corriendo y se fue.

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onocí al maestro Luis Nishizawa Flores en el año de 1987, unos meses antes de que se inaugurara el Centro Cultural Mexiquense de la ciudad de Toluca. El Centro Cultural estaba en construcción y él se encontraba preparando el mural “El lecho del universo” que hoy podemos apreciar en el Museo de Arte Moderno. Rodeado de canteros de Chimalhuacán y entre nubes de polvo y tierra nos presentó el doctor Augusto Isla. En aquella ocasión también conocí al arquitecto Luis Mario Schjetnan, el cual tuvo a su cargo el proyecto del Museo de Arte Moderno y del Museo de Culturas Populares. En esos tiempos era Gobernador del Estado de México el licenciado Alfredo Baranda García y el licenciado Emilio Chuayffet se desempeñaba como Secretario de Educación. Este último desarrollaba la colosal tarea de crear el Centro Cultural que hoy nos enorgullece y que comprendía los Museos de Arte Moderno, de Culturas Populares y de Antropología e Historia, así como la Biblioteca Central. Los proyectos son del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. Hasta el año de 1986 yo prestaba mis servicios en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, como maestra de tiempo completo e investigadora histórica; impartía las cátedras de historia del arte virreinal, moderno y contemporáneo. Por este motivo, el Secretario de Educación, licenciado Emilio Chuayffet, me invitó para que con otros historiadores, elaboráramos el guión museográfico del Museo de Antropología e Historia y del Museo de Arte Moderno. Esa época tiene un gran significado para mí, acababa de recibir la Presea Estado de México en la modalidad de Ciencias Sociales y Filosofía “Ángel María Garibay 1986” y en

1987 gozaba de mi año sabático, por lo que me fue posible participar en el apasionante proyecto del establecimiento de nuestro Centro Cultural Mexiquense. En muchas ocasiones iba al espacio en donde se encontraban en edificación los museos y recorría la explanada en la que el maestro Nishizawa colocaba la fuente que hoy la ornamenta. Recuerdo con toda claridad cuando se colocaba el piso de la explanada, y entre montículos de tierra me dirigía a los museos o a la Biblioteca Central. Entre albañiles, andamios y frascos de pintura, tuve la oportunidad de platicar con el maestro Nishizawa, con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, con el arquitecto Luis Mario Schjetnan, con el maestro Fernando Gamboa –encargado de la museografía de Arte Moderno–, con la doctora Margarita Loera Chávez, la doctora Mílada Bazan y la maestra Graciela Santana; también encargadas de participar en la elaboración de los guiones para los Museos, así como con distinguidas personalidades del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del Instituto Nacional de Bellas Artes. Después de varios meses de arduo trabajo y bajo la coordinación y supervisión del licenciado Chuayffet, llegó el día en que se inauguró de manera solemne el Centro Cultural Mexiquense, hace 25 años. Tuve el privilegio de ser la primera directora del Museo de Arte Moderno y de tratar más ampliamente al maestro Nishizawa Flores con motivo de una exposición colectiva en la que él participó. Confieso que desde que conocí al maestro Nishizawa me sorprendió su gran calidad y su talento como artista, así como la humildad y sencillez que lo caracteriza y que es propia de los grandes hombres.

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El maestro Nishizawa proponía que éste fuera un “museo vivo” en el que se presentara una diversidad de actividades culturales: recitales, conciertos musicales, grupos corales, obras de teatro, conferencias, presentaciones de libros, cursos y peñas culturales; que fuera un espacio que propiciara el rescate de tradiciones populares

Pasó el tiempo, y en los años en que era Gobernador del Estado de México el licenciado Ignacio Pichardo Pagaza, este gobernante me encomendó que hiciera una investigación sobre la historia de Ciudad Nezahualcóyotl. Después de que concluí este trabajo y una vez que se publicó el libro respectivo, una tarde me llamó por teléfono el maestro Nishizawa y me comentó que el gobernador le había propuesto crear un Museo que llevara su nombre y en el que se pudiera exponer su obra de manera permanente. El destacado pintor me invitó para que fuera directora del mismo. Sentí una gran emoción ante tal ofrecimiento y unos días después me reuní con el maestro Nishizawa en la vetusta casa del centro de la ciudad de Toluca que se estaba restaurando para instalar en ella el Museo Nishizawa. El Gobernador Pichardo Pagaza me dio la oportunidad de ser la directora de este espacio cultural y el 16 de diciembre de 1992, hace exactamente 20 años, se inauguró el Museo Taller Nishizawa en la ciudad de Toluca. A la inauguración, asistieron el Presidente de la República, licenciado Carlos Salinas de Gortari, el Gobernador del Estado de México, licenciado Ignacio Pichardo Pagaza, el presidente del CEN del PRI, licenciado Luis Donaldo Colosio y el Secretario de Educación, Cultura y Bienestar Social del Estado, licenciado Jaime Almazán. En el recorrido que siguió a la inauguración, el maestro Nishizawa dio una explicación de la obra plástica que en el Museo se exponía, acompañando a la comitiva presidencial en cada una de las salas y explicando con su sensibilidad los cuadros que en este lugar se exponían. También los condujo por el taller en el que el impartirían permanentemente y de

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manera gratuita, cursos sabatinos sobre técnicas y procedimientos de pintura, a todas las personas interesadas en cursarlos. Durante las siguientes semanas, en las que el Museo Taller permanecía cerrado y sin personal administrativo y mientras se revisaban los niveles de humedad de las salas en que se expondía la obra, el maestro Nishizawa y yo recorríamos los espacios. Caminábamos por los corredores, los patios y las salas. Estas semanas fueron muy importantes para mí pues el destacado pintor me manifestaba lo que quería para su Museo; yo lo acompañaba y en una pequeña libretita, que aún conservo, y anotaba todo lo que el Maestro me decía. El maestro Nishizawa proponía que éste fuera un “museo vivo” en el que se presentara una diversidad de actividades culturales: recitales, conciertos musicales, grupos corales, obras de teatro, conferencias, presentaciones de libros, cursos y peñas culturales; que fuera un espacio que propiciara el rescate de tradiciones populares relacionadas con el arte, como la “quema de los Judas” o el “altar de muertos”; que fuera un lugar abierto al público de todas las edades y de todas las condiciones sociales, en donde se rompiera con esa distancia que existe entre el pueblo y los museos y que la gente sintiera este espacio como su propia casa. Era necesario invitar a todo el público, pero especialmente a los grupos sociales vulnerables, a los que menos tuvieran contacto con las expresiones artísticas, y así instauramos las “pláticas de café” en las que asistieron las vendedoras de fruta en el mercado, los voceadores, los agentes de tránsito, panaderos, vendedores de carbón, o niños del “Club de la Calle” que recorrían el Museo, dialogaban con el


Maestro y le externaban sus puntos de vista para enriquecer su nivel cultural. Años después, el Gobernador Emilio Chuayffet obsequió al Museo un piano y el Gobernador César Camacho Quiroz amplió el Taller. Durante los primeros días, el maestro Nishizawa me insistía en que en este lugar debería de propiciarse la creatividad a través de los talleres y la sensibilidad ante el arte y la cultura. Decía: ‘Han pasado veinte años de que se creó el Museo-Taller Nishizawa y he tenido el gran privilegio de ser su única directora. Durante estas dos décadas he trata-

do de seguir las políticas culturales trazadas por nuestro querido maestro Luis Nishizawa Flores y por el Instituto Mexiquense de Cultura, del cual dependemos’. El día de hoy, en el que el Museo – Taller Nishizawa cumple 20 años de vida, tratamos de consolidar ese acercamiento entre el pueblo y el arte. El maestro Nishizawa, que está por cumplir 95 años de edad, sigue trabajando intensamente en su compromiso con la sociedad, para difundir e incrementar el conocimiento de nuestras expresiones artísticas y de la cultura nacional y estatal que tanto nos orgullece.

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Confieso que he llorado

Irma Fuentes

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…que poquísimas veces he sido generosa con mis lágrimas y pocas con las de otras mujeres. Hablo de ellas porque es raro ver llorar a los varones que, si lo hacen es de rabia, pero como sea ¡eso lo soporto menos!

“Sólo me queda el consuelo/ de llorar por dentro…” De la canción “Llorando por Dentro” Francisco Céspedes.

L

a enfermedad de uno de mis sobrinos trajo a mi mente algo que no puedo negar... vivir me ha sido sumamente divertido, pero también, a veces –no pocas–, me ha provocado el deseo de verter lágrimas que, como no salen, duelen un poco más. Lloro poco hacia fuera y nunca en presencia de otros. Aprendí con mi madre –“ya te daré yo para que llores con motivo”– y con mi padre –“la diversión se hace en grupo, pero se llora a solas…”,– que llorar es muy bueno para el alma pero poco conveniente para la compostura… y para la seguridad personal. —A menos que aprendas a llorar en silencio y con pocas lágrimas –decía mi tía–, tu cara se enrojecerá y la poca o mucha belleza que Dios te haya dado, se irá. Además, una no puede permitirse el lujo de verse vulnerable... Mi familia era así. En lo de llorar y en muchas otras cosas, les daba por lo estoico. Mantener la compostura y mostrar firmeza de carácter era mucho más importante que andar por ahí gimoteando como plañidera de tres al cuarto, para despertar lástima. —La gente es generosa con sus lágrimas –dijo alguna vez mi tía preferida–, pero sumamente crítica con las ajenas. Si bien te va se burlarán de ellas; aunque sería peor que te compadecieran. Es algo que ni tú ni yo ni ninguno de nosotros necesita. Es preferible ser respetada y hasta incomprendida antes que compadecida… Pronto me di cuenta de que eso era verdad. Observaba mi propia reacción frente

a la gente que lloraba y, confieso que la sensación era de incomodidad, de embarazo, de no saber qué decir ante el sufrimiento ajeno. Otras veces –quizá menos generosa–, sospeché de las lágrimas por algún gesto de la llorante. No que nadie llorara de verdad. Alguna había. Pero en muchas ocasiones quedaba yo con la sensación de que muchas de esas lágrimas no eran gratuitas. En fin, que poquísimas veces he sido generosa con mis lágrimas y pocas con las de otras mujeres. Hablo de ellas porque es raro ver llorar a los varones que, si lo hacen es de rabia, pero como sea ¡eso lo soporto menos! En cuanto a mí, mentiría si dijera que nunca he llorado. De seguro de pequeña hice berrinches, pero con igual seguridad puedo afirmar que mi madre que siempre andaba cerca debe haberme dado un par de “motivos para hacerlo con motivo”. Recuerdo que en el primer pleito a moquetes que sostuve con alguien, llegué llorando a casa… y salí de inmediato, sin lágrimas, a ponerle cara a mi problema. No había vuelta de hoja, si mi vecinito Samuel me daba en la frente una pedrada o si alguien me empujaba y llegaba con la “herida de batalla”, antes de curarme, mi propio papá me enviaba de vuelta a dar una lección al agresivo. —¡Jamás te quedes con algo que no es tuyo…! –dijo con una pícara mirada en sus hermosos ojos color violeta–. La primera vez no comprendí a qué se refería–. ¿Era tuyos la piedra o el golpe? –negué con un “puchero”–. ¿Te los regalaron como souvenir? –Vuelta a negar–. ¡Entonces, devuélvelos!, ¡No les guardes rencor, pero cuida que no abusen de ti!.

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Así me gané a pulso un apodo que si al principio me molestó, terminé por aceptar: “la romántica”. No era nada creativo, lo habían sacado de una película de Mapy Cortés…

Y ahí iba yo, la primera vez muerta de susto –y las otras también–, a devolver algo que no tenía por qué haber recibido. Eso tuvo un doble efecto: aprendí a no llorar por miedo y ellos a no meterse conmigo. Sin embargo, mis amigas estaban un poco menos dispuestas a entender las “razones” paternas… Alicia (la mayor de las cuatro), Hilda, Virginia y yo que formábamos un grupo “mosquetero” cuya única semejanza con el de Dumas era el número de integrantes, lo mostró a las claras. De ellas, sólo a mí me gustaban los deportes “violentos” –como el trompo, el balero, los “quemados” y hasta el “touchito” y las canicas, mientras que las otras “mosqueteras” preferían las rondas infantiles, jugar a la casita, a la comidita y charlar… actividades que compartía yo, pero con límites. Por ejemplo, a partir de los siete u ocho años me negué rotundamente a seguir vistiendo muñequitas y, más tarde, a besar al poste que ocupaba en su imaginación el lugar del novio o del esposo en “la casita”. Poco a poco sus conversaciones salpicadas de chismes sobre lo que acontecía en las casas vecinas, fueron resultándome aburridas, tanto que opté por llevar siempre conmigo uno de mis libros de hadas. Con descaro inaudito, me perdía en sus páginas, haciendo caso omiso de sus voces y con el tiempo, pasé a Dumas, a Víctor Hugo, a de Terreil, a Mark Twain a Dickens y, hacia los 15, fui a beberme las novelas de Corín Tellado que le birlaba a mi mamá, para elevar después un poco el espíritu con los poetas latinoamericanos y españoles y seguir con Maxwell Grant, Agatha Christie y a mi querido Conan Doyle.

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Así me gané a pulso un apodo que si al principio me molestó, terminé por aceptar: “la romántica”. No era nada creativo, lo habían sacado de una película de Mapy Cortés, en la que una flacucha como yo, llegaba libro en ristre a cualquier encuentro de las divertidas internas del colegio que retrataba el filme. Compartía eso sí, las rondas y con mis hermanos y amigos, todo aquello que me librara de estar sentada… Eso las molestaba bastante y un día que jugaba a las canicas con Manolo y con Chucho, pasó Alicia. Como sin querer, pateó el hermoso círculo de ágatas que habíamos formado en el arriate de la casa. Furibunda reclamé pero ella se me fue encima con las uñas por delante. Lastimada, recordé las lecciones de box que mi padre nos daba los sábados a Manolo y a mí, muy pomposa ¡me puse en guardia! con la intención de asestarle un “terrible” gancho que elevara mi autoestima… El tal “gancho” no llegó a su destino porque ella, más rápida y eficiente que yo, volvió a arañarme, esta vez, los brazos y el ojo derecho–, dejándome más que turulata y con lágrimas que habría querido no verter. Corrí hasta mi casa. A los gritos de los niños, mi papá salía ya a la puerta y para su sorpresa, yo sangraba –bueno, una o dos gotas– y parecía a punto de un ataque de histeria… Para cuando alcancé los escaloncitos de la entrada, ya mi mamá estaba parada junto a él. —¿Qué te he dicho…? – comenzó a decirme mi papá–. —¿Qué te he dicho…? – le dijo a él mi mamá–. ¿Qué no estás viendo la arañiza que le puso esa mocosa…?


—¡Pe–pero yyyo la he enseñado a defenderse…! –argumentó él–. —¿Contra una vieja que pelea con las garras? –insistió ella–. Mi papá nos miraba desolado… —Entra –dijo mi mamá haciéndose a un lado–. Lo primero que debiste evitar, fue el pleito. ¿Adónde se te fue la elegancia de sentimientos que tu padre dice que tienes…? También hay que tenerla en las formas… –me miraba casi divertida por lo que iba a añadir– pero ya que no tuviste la

bondad de hacerlo, cuando menos le hubieras dado una bofetada, no andarte con esas “joterías” del puñetazo que, como verás, de nada sirve con las mujeres... Me curaron. Por primera vez vi a mi papá desconcertado. No sabía qué decirme. Cuando terminaron de enjugar las solitarias gotas de sangre, me lavaron la cara y, me disponía a volver al juego, que los “insensibles” chiquillos habían reanudado sin esperarme, pero él había clavado sus ojos en los míos.

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No necesitó decirme nada. Salí a buscar a Alicia… Si entonces hubiera sabido algo de psicología, me habría detenido a mencionarles que no parecían ir en el mismo sentido. “Sé elegante”, “evita los pleitos”… “pero no te dejes…” y “si le hubieras dado una cachetada…” y eso podía ser desconcertante para cualquier niña de mi edad. Pero lo pensé bien y me di cuenta de que todo era sólo una versión de lo que nos repetían a diario: “no abuses de nadie…

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pero no permitas que nadie abuse de ti”. Por eso salí a buscar a mi belicosa amiga… Desde luego, hubiera tenido que revisar el santoral, porque a mi alcance ya no estaba. Por más que la llamé, no apareció. Más tarde me enteré por Hilda, su prima, que Carlotita, la mamá de Alicia había puesto a ésta “como trepadero de mapache” por haber sido capaz de golpear a “una niña tan fina y educada como ésa… “ ’ora yo. De todas formas resultó una lección para ambas. Jamás volvimos a pelear y ni


Con el tiempo, aprendí a llorar por dentro. Así he superado dolores propios y ajenos como la muerte de los padres o madres de mis amigos,

siquiera a discutir. En esos años, una crecía rápidamente, ella se redondeaba a ojos vistas y los muchachos comenzaban a asediarla mientras yo seguía flaca, con rodillas huesudas y, sin quejarme de los raspones, jugando con mi hermano y sus amigos, para tranquilidad de mi padre… El tiempo ha pasado. Mi padre murió menos de dos años después y mi dolor aumentó viendo que las lágrimas no alcanzaban a brotar. Pero poco a poco fui equilibrando mis emociones y rescatando la certeza de mi madre de que llorar a solas limpia el alma como el baño limpia al cuerpo y llorado más veces de las que confesaría, pero así sin testigos… ––Te bañas en privado ¿no es así? – me había dicho ella–. De niña recuerdo haber llorado cuando mi tía y mi abuelita se fueron a vivir a otra privada; cuando mi mamá –refiriéndose a la muerte de mi hermanita– dijo que siempre se mueren los buenos y los otros se quedan; cuando mi hermanito Pedro yacía como una planta en su cunita… Tenía yo entonces ocho años y mi papá que espiaba mis reacciones, me llamó… Se justifican tus lágrimas porque es terrible lo que sucede a tu hermanito… Pero ¿por qué no las acompañas haciéndole ejercicios a sus piernitas para que algún día pueda moverlas…? ¿O sus bracitos? Recuerda, las lágrimas no bastan… Así aprendí a sustituir lágrimas por acciones. Pedro tenía muchas ganas de vivir. Contra las previsiones de los médicos, se sentó, se puso de pie y anduvo y corrió y se escapó y me llenó de angustia en cada escape… pero puso en nuestra vida una emoción y un sentimiento tan

grande de agradecimiento por su presencia, que cuando se enfermaba prefería emplear mi tiempo en abrazarlo, en jugar con él, o embromarlo… que derramar lágrimas inútiles. Con el tiempo, aprendí a llorar por dentro. Así he superado dolores propios y ajenos como la muerte de los padres o madres de mis amigos, incluso de algunos de éstos y la impotencia de no poder ayudar a los enfermos que atendí en mi servicio como psicóloga en el Hospital Lavista. Charlaba y bromeaba con algunos de con ellos, pero su dolor, su soledad y la incapacidad de aliviarlos, me atormentaba cada vez más… Iba a renovar mi permiso de práctica, pero la suerte me puso frente a la realidad: dos queridos amigos –cada uno por su lado– llegaron ahí como pacientes y, como principiante que era, poco o nada pude hacer yo por ellos… Sentí mucho dejarlos pero volví a la Universidad a prepararme a fondo, para volver capacitada. Pero la situación de los pacientes había dejado huellas indelebles en mi corazón y éste comenzaba a encabritarse por la carga acumulada; rebelde, saltaba en mi pecho exigiendo liberarlo de ella como todo el mundo: con lágrimas... Sin embargo, éstas no acudían a mis ojos. No volví al hospital. Mi vida cambió repentina y absolutamente de rumbo, pasaron los años y las pérdidas se me multiplicaron. Sin lágrimas he velado a cada uno de mis muertos… a mi madre de quien – como de mi padre y mi abuelita–, pude despedirme con un beso; a mi hermano Pedro a quien pude darle inútil respiración boca a boca, sin que su corazón respondiera; a Manolo, quien murió tan intempestivamente.

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NEGRITO

Silvia Sáyago Negrito:

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ontigo descubrí no solo el amor, sino la idolatría, porque yo, de niña, te idolatraba. No había hombre más bueno, más protector, más justo, más honesto que tú. Te digo Negrito porque era la forma en que mi mamá te llamaba cariñosamente, aún cuando tu piel fuera muy blanca y tus ojos tan claros y transparentes. Siempre te llamé así porque me parecía muy íntimo y siempre supe que tú y yo teníamos eso, un vínculo que trasponía los lenguajes, una complicidad que enojaba a todos y envidiaban todos. Ay Chuchito, por tu culpa no puedo dejar el cigarro, maldita adicción. Fumar está tan asociado a los recuerdos de los sábados por la noche cuando veíamos el box y yo aspiraba con gran deleite el humo de tu Raleigh sin filtro sentada sobre tus rodillas, mientras me explicabas la diferencia entre un jab y un oper. Ay Chuchito, por ti soy amante de los libros, bendita adicción. Los dejabas por ahí, a la mano, después de habernos contado un poco de su contenido. Nunca dijiste léanlo. Solo nos metías la curiosidad. Funcionó. Las aventuras que se narran en La Iliada, La Odisea, las maldades de los dioses del Olimpo nutrieron mi imaginación. Ay Negrito, con tu apoyo me hice periodista y no conozco persona que haya estado más orgullosa de mi trabajo que tú, aunque casi nunca me leías, pero te bastaba saber que yo estaba haciendo lo que tú siempre quisiste hacer. Dicen que físicamente cada vez me parezco más a ti, la verdad es que tú has renacido en mi, porque mi parte buena, honesta y quijotesca eres tú mismo. Yo, Sylvia, solo te sigo.

Sylvia Playa del Carmen, marzo 2012

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Agua en el desierto

Kyra Galván

“A

quí, cuando cae una gota, todo se suspende…”, fue la frase con la que me topé una y otra vez, durante un viaje que hice a una ciudad del norte del país y que coincidió con la llegada de un temporal. Sí, efectivamente, llovía un poco, pero no llegaba ni a una quinta parte de lo que podría llamarse un tormentón como los

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que caían cualquier noche durante el verano en la ciudad de México o los que me han tocado vivir en las costas de Guerrero. Como había llegado a esta ciudad para dar un curso, volando por los aires una distancia de cerca de 2000 kilómetros de distancia, dio la casualidad de que muy pocos alumnos se presentaron,


Qué sola me sentía en ese lugar que huía de la vida y la lluvia. Qué hubieran pensado los egipcios que con ansiedad esperaban el desbordamiento del Nilo. El desierto, el dengue, el desolamiento.

“a pesar de que estaban inscritos muchos más”, como me argumentaron. A mi me costaba mucho trabajo entender a alguien, ya no se diga a una ciudad entera, que pudiera “suspender” sus actividades, como en la acepción de “vida suspendida”, como un congelamiento, como una marioneta sin vida que se queda oscilando en el aire sin la mano maestra del titiritero; por la visita de uno de los cuatro elementos. Yo, que había vivido diez años en la isla verde, en la ciudad de Londres, y que si algo había aprendido ahí, era vivir con el agua y a pesar del agua. Es más, creo que uno se vuelve medio pato en esos lugares. Te salen plumas y vuelas. Era absurdo pensar que el ritmo de la vida podía romperse con la visita del señor Aire, o con el viaje diario del Sol al horizonte, o peor aún, cuando la escarcha congelante va avanzando como un ejército conquistador. Es como si los romanos no hubieran construido caminos y puentes para llegar al Támesis, o que no se hubiera construido la catedral de Westminster o el edificio del Parlamento porque había en el año, demasiados días lluviosos, nublados o borrascosos. O Jane Austen no hubiera escrito sus novelas, o caminado por el bosque, inspirando un olor a hojas y tierra mojada, acentuando sus escenas con un toque dramático, al incluir la intervención del clima: lluvia torrencial, viento impetuoso en los riscos y en las planicies, o placenteras y tibias noches de verano en sus novelas. “Es que los coches se estropean”, me dijeron. “Ya no caminan bien cuando llueve”. Y yo, mientras, recordando que en la ciudad de México los coches tienen la ca-

pacidad de volverse lanchas anfibias por las calles inundadas y que sacan de pronto el motor por la borda y con la ayuda de artes mágicas y oscuras, logran vadear y sobrevivir por la jungla de asfalto aunque las vías estén inundadas de lodo y agua y caos infernal. Y reflexionaba también, con mirada de citadina, que hubiera creído que a los habitantes del desierto les gustaría la intromisión del agua, festejarían su llegada con aplausos, hurras y sonrisas extasiadas. Pero en realidad, reaccionaban como niños asustados ante algo que no comprendían. La segunda noche de estancia en ese lugar, los cuellos de las palmeras se plegaron al viento como rindiéndose, como pidiendo clemencia. El agua, para mi gusto, no era demasiada, pero aun así, supuse que estarían encerraditos en sus casas tomando atole, tal y como me lo habían descrito. Qué sola me sentía en ese lugar que huía de la vida y la lluvia. Qué hubieran pensado los egipcios que con ansiedad esperaban el desbordamiento del Nilo. El desierto, el dengue, el desolamiento. Suspender, dejar de hacer, dejar inconcluso. “Parar, interrumpir, diferir una acción...”, dice el diccionario. Serían la herencia de las malas costumbres, de las tribus salvajes que poblaban esa zona del país. O Los misioneros españoles. O la misma falta de agua que ocasiona deshidratación emocional, activa, neuronal. La influencia maligna de la flora desértica, de los murciélagos que en la noche planean en la oscuridad buscando cuerpos jugosos que succionar. O quizá, ya no tan jugosos. © Kyra Galván

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para acercarse a algunos escritores mexicanos

Maricruz Castro Ricalde

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n Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos, Jorge Luis Herrera se acerca a veintiún autores de nuestro país. El número es cuantioso y un indicador del vigor de literatura de este siglo XXI. Podemos escuchar las voces de autores tan conocidos como Margo Glantz, René Avilés Fabila y José Agustín lo mismo que a los miembros del “crack” Pedro Ángel Palou, Vicente Herrasti e Ignacio Padilla; generaciones de antaño en la figura de Amparo Dávila o la pujanza de los nacidos en los sesenta como Cristina Rivera Garza y Ana Clavel. Ahí también se dan cita estilos tan diversos como el de Angelina Muñiz-Hubberman y Alberto Chimal. Leer este libro, entonces, permite percatarse de la heterogeneidad de perspectivas de muchos de los representantes de nuestras letras. Como Herrera aclara, sus entrevistas podrían agruparse en tres tipos: los que se centran en la relación entre los creadores y la literatura desde sus inicios, sus conquistas formales y el reconocimiento obtenido tanto entre sus pares como entre el público lector; los que giran en torno a un título o tema determinados; y aquéllos que tiene como propósito ofrecer un retrato. Su lectura brinda un panorama que abarca generaciones, estilos, géneros, concepciones y, por lo tanto, forja un juicio favorable sobre la literatura de nuestro país, dada la riqueza intelectual y la sólida formación artística de sus protagonistas. En las primeras páginas de este volumen, Laura Cázares brinda datos de gran utilidad para quienes desean tener un panorama del libro. Por ejemplo, que: todas las entrevistas tuvieron lugar entre 2001 y 2006; cubre un amplio espectro genera-

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cional (de la narradora Amparo Dávila (1928) al poeta Daniel Téllez (1972)); se sigue un orden cronológico, de acuerdo con la fecha de nacimiento del autor; ciertos planteamientos son comunes a la mayoría como su gran afición por la lectura desde la niñez y la relevancia de los viajes en sus vidas. Los textos aquí reunidos aparecieron por vez primera en revistas mexicanas impresas o en el portal electrónico de la Secretaría de Educación Pública, SEPiensa, y siguen una estructura similar, en cuanto a incluir una sucinta nota biográfica (fecha y lugar de nacimiento, estudios, acontecimientos singulares como premios, lo más destacado de su bibliografía y una mención a los principales temas tratados), previa al formato tradicional del género, en cuanto a un cuestionamiento y la respuesta consiguiente. Uno de los tópicos abordados y que, mediante diferentes formulaciones, aparece con insistencia en este volumen es el de la poética de los entrevistados. Cómo conciben cierto género literario y cuál es la relación entre la ficción y la realidad son dos tópicos que configuran un cuerpo teórico de gran interés para el especialista y, tal vez, constituirán una suerte de revelación para el público en general. Sobre todo porque, como veremos, hay cierta homogeneidad generacional y ésta va transformándose entre los creadores más jóvenes. El cuento para Amparo Dávila exhibe estructuras “cerradas y concretas como la poesía”. La precisión, la exactitud acerca este género a la palabra poética que puede emerger “por muy restringido que esté el panorama”, “ya sea en prosa, ya sea en verso”. Margo Glantz también se refiere a


la necesidad de poner coto a la proliferación, a la necesidad de librar de “excrecencias” el texto y a la obligación de “elegir” y “saber combinar”, con el propósito de conseguir “un frágil equilibrio”. Pero, a diferencia de Amparo, no cree en los géneros ni en las clasificaciones. Su noción de texto artístico apunta hacia el desvanecimiento de las fronteras de la escritura. Por supuesto, este enfoque acerca de lo inútil de tratar de encasillar, de procurar catalogar un producto estético de acuerdo con

rasgos definitorio se traduce en sus propios procesos creativos. Angelina Muñiz-Hubberman recupera el tema de la unidad, de un núcleo cuyo revestimiento transforma una misma historia, en otra distinta. Echa mano de la frase de Gonzalo de Berceo, “lo de afuera quitemos y lo de adentro busquemos”, para dar cuenta de su manera de concebir la literatura. Como señala Laura Cázares, en la presentación del libro, también aparece el vín-

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culo entre la experiencia y la creación literaria, entre la biografía y la literatura. Dávila, Glantz, Pitol insisten en que los elementos vivenciales son nodales para la constitución de la obra artística. La autora de Tiempo destrozado, por ejemplo, recordará los umbríos ambientes de su infancia en Pino, Zacatecas, en varios de sus relatos, como “El huésped” y “El patio cuadrado”. La escritora de Genealogías dirá, de manera contundente: “Todo lo que uno escribe es completamente autobiográfico, porque forma

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parte del imaginario personal, que a su vez es un imaginario nutrido de mucho otros imaginarios”. Por su parte, Sergio Pitol asegura: “Me resulta casi imposible deshacer la conexión entre la literatura y mi persona”. Lo ilustra con la génesis de su primera publicación, “Vitorio Ferri cuenta un cuento” y, como muchos otros artistas, recuerda la importancia de los relatos de las abuelas como embrión de éste que figura en un gran número de antologías. No obstante, el veracruzano revela cómo si bien el punto


Como señala Jorge Luis Herrera, varias de las obras de Juan Villoro evidencian “la tensión existente entre los hechos fácticos y los ficticios”.

de arranque es el recuerdo de lo vivido o de alguna experiencia vicaria (en este caso, de su abuela), el siguiente paso implica trabajar sobre el escrito: enmascararlo, ficcionalizarlo, definir la estructura, pulirlo. El ir y venir entre algo que “soy yo y en parte no” es evidente en la visión de Angelina Muñiz-Hubberman, en torno de su obra: “Utilizo rasgos de otros personajes y de otras situaciones”, aunque la memoria es la base, el centro de sus ficciones. La conciencia del exilio en la autora de Las confidentes es indispensable en esta concepción. Así, las nociones sobre la fragmentación, la incompletitud, la imaginación como recurso para configurar las memorias; la pérdida de un mundo y el hallazgo de otros articula la poética de la originaria de quien llegó y se estableció en México, desde 1942. Las historias familiares y cómo van desarrollándose hasta perder de vista el punto de origen son elementos comunes para Beatriz Espejo y Mónica Lavín. La primera afirma: “Los escritores creamos a partir de nuestra experiencia en la vida […] Muchas veces las cosas se convocan a sí mismas […] las ideas vienen, te miran y te acosan para que las plasmes. Es como si la mente se fuera abriendo para recibir cosas que uno nunca ha sentido”. Mónica, en Café Cortado, comenzó indagando sobre su abuelo español y una finca cafetalera en Chiapas. Después, cuenta, “descubrí que podía inventar muchas cosas y personajes. De repente el mundo se me fue abriendo y cada vez me importaba menos la historia de mi abuelo”. Como señala Jorge Luis Herrera, varias de las obras de Juan Villoro evidencian “la tensión existente entre los hechos fácticos y los ficticios”. El creador de El testigo sostiene: “Toda la literatura surge de situacio-

nes reales. Sería impensable una novela sin el menor asidero con la experiencia del autor […] Toda ficción tiene que ver con la realidad y con la imaginación, que es otra forma de realidad”. Ana Clavel y Enrique Serna actúan como una bisagra entre la orientación de los escritores anteriores y otros como Cristopher Domínguez Michael, Cristina Rivera Garza y Alberto Chimal. Si bien, para quien publicó Cuerpo Náufrago, la escritura le ha permitido materializar “aspiraciones, deseos y sueños”, tonos y temas provienen, algunas veces, de deseos no aclarados, situaciones oníricas, imágenes imprevistas en forma coincidente a ciertos relatos de Dávila. Enrique Serna también se sitúa en los linderos entre la literatura cuyo origen proviene de la experiencia personal o es, esencialmente, un constructo, un artefacto imaginario. Para no romper del todo con el mundo, para no perder el contacto con la gente, quien escribiera El seductor de la patria recalca la importancia de la función comunicativa de la literatura. No se trata (y ello es evidente en El orgasmógrafo) de limitarse a la autobiografía, pero sí admite aprovechar la observación de quienes lo rodean y, sobre todo, de sí mismo. Es completamente diferente el planteamiento de Domínguez Michael, quien no duda en sostener: “Mi experiencia de vida esencialmente es la de los libros […] En mis lecturas está mi autobiografía intelectual, la que me gustaría que estuviera y, en ocasiones, mi autobiografía a secas”. Al igual que la siguiente entrevistada, Cristina Rivera Garza, le concede un lugar especial al lector en la configuración de sentido de todo texto y, también como ella, no menciona, en lo absoluto, el enfoque de lo

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La mirada de Alberto Chimal coincide, en parte, con la de Cristina. Enfatiza la escritura como “un estar en el mundo”, “un pensar en las cosas que ocurren en el exterior y no en el interior de uno”; “como vehículo de la imaginación, de la invención más que de la reproducción”

vivencial. Sin embargo, la creadora de Nadie me verá llorar, es más radical en su exposición: habla de la palabra, de la escritura, del lenguaje, de la estructura artística. Todo ello se concreta en una “producción de lo real”. Lo anterior, su novela más reciente, en el momento de la entrevista, ilustra esta perspectiva: si las historias de amor se domestican, existen, a través de las ideas previas sobre las relaciones interpersonales; si sólo así el sujeto es funcional, en su vínculo con el mundo, ¿cómo pensar el momento previo a ello?, ¿qué implicaciones tiene pensar en “lo anterior” al nombrar, al denominar, a cargar culturalmente la relación amorosa? La mirada de Alberto Chimal coincide, en parte, con la de Cristina. Enfatiza la escritura como “un estar en el mundo”, “un pensar en las cosas que ocurren en el exterior y no en el interior de uno”; “como vehículo de la imaginación, de la invención más que de la reproducción”. La certeza de que “no existe un sistema de conocimiento infalible y completo” dialoga activamente con la perspectiva de Rivera Garza sobre la posibilidad de pensar en otros lugares o mejor aún, construir la realidad desde un “no lugar”. Como ella, no acude a términos como “vivencias”, “memoria” o “experiencias personales” sino a procedimientos racionales. El origen de sus historias, dice, descansa en “algún proceso mental que no alcanzo a vislumbrar”. Según lo expuesto, podemos percatarnos cuán relevante es para gran parte de los entrevistados reflexionar sobre la génesis de sus obras y sus procesos creadores.

A través de las interrogantes planteadas por Jorge Luis Herrera, los lectores se aproximan a las ideas que guían a los autores y cuyos posicionamientos arrojan resultados que los emparentan con distintas tradiciones literarias. Este libro, por lo tanto, invita a conocer ciertos aspectos biográficos de escritores notables, en el marco de la historia de la literatura mexicana del siglo XX y principios del XXI; a acercarse a algunos títulos sobresalientes de la bibliografía de ese periodo, pero también a levantar el telón y, así, propiciar el conocimiento del envés del tapiz de la escritura. Así, Jorge Luis incita a lecturas oblicuas que conducen a otras formas de interpretar los mismos textos literarios. En mi caso, indujo a estructurar un fresco en donde los autores se ubican, según su relación con la realidad y la ficción, de acuerdo con la forma de concebir las historias y plantear sus preocupaciones sobre el lenguaje y sus estructuras. Podríamos encontrar vínculos de una naturaleza distinta en los demás entrevistados: es sencillo encontrar las afinidades entre René Avilés Fabila y José Agustín; entre los miembros del “crack” Palou, Herrasti y Padilla. También figuran en el libro Antonio Velasco Piña, Orso Arreola y César Arístides. Los cruces son múltiples y, en verdad, estimulantes. De aquí que haya valido la pena el esfuerzo de la Universidad Veracruzana por editar este volumen y por procurar acrecentar el número de receptores interesados en otras formas discursivas, diferentes a la ficción o al ensayo. Ahora toca al público lector responder a estos empeños.

Jorge Luis Herrera. 2009. Voces en espiral. Entrevistas con escritores mexicanos contemporáneos. México: Universidad Veracruzana (Colección Cuadernos). 197 pp.

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Sólo venimos a soñar

Bertha Balestra

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on un ademán apenas perceptible, el rey dio la orden muda. De inmediato, cuidándose bien de no hacer ruido, el sirviente tomó una piedra del brasero y la sumergió en la tina donde el tlatoani de Texcoco se relajaba después de una noche de atormentadoras pesadillas; así retomaba la serenidad necesaria para conducir los destinos de los cuarenta y cuatro

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reinos que gobernaba bajo sus estrictas leyes. El súbdito repitió la operación varias veces, hasta que el agua alcanzó la temperatura deseada por el soberano, quien nunca entraba en un temazcalli, como todos los nobles, pues temía ser emboscado. Así había atrapado él a su antiguo enemigo, Maxtla. Por eso y por el placer que le causaba mirar desde la altura del


Desde hacía algunos días, una nueva imagen se apoderaba de los ensueños del monarca y disipaba los sangrientos recuerdos, llenando de flores su corazón: era el rostro de una mujer joven, bella como no había visto ninguna, peinada de forma extraña.

Tetzcotzingo el valle y el lago, había construido aquellos espléndidos baños a cielo abierto. El tlatoani Nezahulacoyotzin cerró los ojos. La pesadilla no lo abandonaba. Solo venimos a soñar aquí en la tierra… Ahí estaba él, trepado en la copa de un gran árbol, aferrado a una rama, mirando cómo los guerreros del usurpador rodeaban a su padre, después de vencer a los fieles texcocanos que intentaban protegerlo. Daban aterradores gritos mientras descargaban sobre él los garrotes provistos de navajas. El rey Ixtlixóchitl, su padre, era fuerte y robusto, pero no tenía ya la agilidad suficiente para esquivar aquellos golpes que terminaron derribándolo. En el suelo, le clavaron lanzas y cuchillos; lo despojaron de las insignias reales; deshonrado y sangrante, mutilaron su cuerpo hasta dejarlo irreconocible. En cuanto se fueron, llevando consigo los pedazos del difunto como prueba de su hazaña, el joven príncipe comenzó a llorar, a dar grandes aullidos. Lamentos de coyote que lo despertaban cada vez que la recurrente pesadilla turbaba sus noches. Esas visiones y el mismo dolor, todavía desgarrante, le mantuvieron vivo durante los años de huída, exilio, establecimiento de alianzas, planes y entrenamiento que le permitieron recuperar su trono como se lo encomendara su progenitor antes de tratar de romper el sitio, quizás presintiendo su fin. Había podido vengar, matando a Maxtla con sus propias manos, el cruel asesinato que revivía tantas noches. La sangre del corazón enemigo latiendo en su mano, fuera del cuerpo abierto, no había bastado; el dolor seguía vivo, el horror no lo abandonaba… Por eso me aflijo/ yo soy desdichado/ he quedado abandonado al lado de la gente aquí en la tierra. Abrió los párpados para deshacerse de la visión. Contempló el paisaje. Era un día claro

que le permitía mirar, del otro lado de la laguna, parte del acueducto que había ayudado a construir a Moctezuma, así como el bosque del Chapultepetl, cuyos ahuehuetes sembrase con sus propias manos en señal de gratitud por haber sido hospedado y protegido por sus reales parientes en Tenochtitlan, mientras fraguaba el regreso triunfal a Texcoco. Habéis hecho una pintura del agua celeste/ la tierra del Anáhuac habéis matizado. Desde hacía algunos días, una nueva imagen se apoderaba de los ensueños del monarca y disipaba los sangrientos recuerdos, llenando de flores su corazón: era el rostro de una mujer joven, bella como no había visto ninguna, peinada de forma extraña. Por momentos era tan real que parecía sonreírle invitadora; exacerbaba el deseo de su carne en tal forma que había llamado cada noche a una de sus concubinas. Sin embargo, no quedaba saciado. Pidió la manta para secarse. Lo cubrieron con sus ricos ropajes. Iría al Calmecac a consultar con Huitzilihuitl, el que nunca se equivocaba, sobre el significado de la visión. Un mensajero corrió al centro de estudios a anunciar su llegada. El maestro de tlacuilos extendió frente a él un amate. —Píntala aquí –le indicó, a la vez respetuoso y dueño de la autoridad propia del más sabio. Nezahualcóyotl se esforzó por plasmar la belleza que ocupaba su mente en un dibujo. Se tomó tiempo para detallar el peinado: el cabello trenzado, entrelazado con flores y plumas, formando una corona, de una forma que nunca había visto. —Algo tan real no requiere descifrar secretos. El Señor del Cerca y el Lejos, el que todo lo conoce, te ordena buscar a esa joven y desposarla. Es tiempo ya de que tomes es-

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Desde hacía algunos días, una nueva imagen se apoderaba de los ensueños del monarca y disipaba los sangrientos recuerdos, llenando de flores su corazón: era el rostro de una mujer joven, bella como no había visto ninguna, peinada de forma extraña.

posa legítima; el enorme reino que has pacificado no tiene aún un príncipe heredero. —¿Dónde puedo encontrarla? –preguntó el señor de Texcoco. —Indaga entre las mujeres, muéstrales este papel pintado –respondió el maestro y enrolló el retrato, atándolo con una cinta. De vuelta en su palacio, el rey mandó llamar a su hermana Azcuentzin. —¿Conoces a esta mujer? –cuestionó abriendo frente a ella el papel de amate. La princesa no respondió de inmediato. Miró largamente la imagen que su hermano le mostraba. Por su expresión, sabía que la respuesta era importante. —No lo creo –dijo al fin—. Pero sé quién es la única capaz de hacer un peinado como éste: Citlalli, la vieja de Texmelucan. —Que la hagan venir ahora mismo –ordenó el tlatoani. A los reales hermanos la espera les pareció eterna, a pesar de las viandas, la música y los temas familiares que ocuparon su tiempo mientras llegaba la artista del cabello, como se conocía entre las nobles a Citlalli. Sorprendida, a la vez llena de alborozo mal oculto y miedo menos escondido, la vieja macehual entró al recinto con la cabeza baja, en señal de respeto. —Acércate y mira este papel pintado –ordenó Nezahualcóyotl. —No temas –agregó Azcuentzin -mi hermano agradecerá tus servicios. La peinadora no ocultó el avaricioso brillo en la mirada, que se clavó de inmediato en el retrato. —Es Azcalxochitzin, recién desposada con Cuacuaytzin, señor de Tepexpan —dijo sin dudar. —¿Cómo estás tan segura? –quiso saber el tlatoani.

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—Señor, yo le hice ese peinado para su desposorio, hace apenas dos semanas. Lo diseñé especialmente para ella, nadie más lo ha usado hasta ahora. A Nezahualcóyotl, poder nombrar a su sueño con aquel apelativo dulce, que sonaba a flores, le provocó fuertes latidos; saber que ese ser mágico era real, le enchinaba la piel. Que la había desposado uno de sus aliados, le pesaba como una gran piedra de sacrificio. -Vete y olvida que hemos tenido esta conversación –le ordenó. Pensativo, el monarca texcocano lamentó su suerte: he encontrado, según parece, a la mujer que, entre todas las que he poseído, es la única capaz de alegrar mi espíritu sombrío… pero, ¿es acaso tarde? Pertenece a otro hombre, a un noble, el joven Cuacuaytzin, a quien recuerdo claramente por su valentía y su lealtad. Y he sido yo mismo quien dictó la pena de muerte a los adúlteros; no hay forma de pasar por alto esa ley. Que tu corazón se enderece –discutía en su interior. Sin embargo, ¿no ha interpretado Huitzilihuitl mis sueños como un mandato de Tloque Nahuaque? -Azcuentzin –llamó a la hermana—, haz que yo la vea entre otras doncellas parecidas, sin indicarme quién es, para estar seguro de reconocerla. La princesa accedió, como siempre que estaba en su mano complacer a su amado Nezahualcóyotl. Invitó a un buen número de jóvenes de la nobleza a disfrutar un día de campo, comenzando por un baño de hierbas, en la gran tina real del Tetzcotzingo. La primavera había llenado de flores el cerro y el viento tibio mezclaba con tino los aromas de las diversas especies que allí se cultivaban. El rey se ocultó en una cueva, para verlas sin que se turbasen.


La hermana del soberano cumplió bien su encargo. La rodeaban diez jóvenes tan parecidas entre sí, que podrían haber sido hermanas. La misma edad y estatura, cabellos similares, hermosos cuerpos que fueron desnudando en movimientos iguales, como si fuese una danza aprendida y ensayada muchas veces. Todas reían, naturales, ajenas al escrutinio de su monarca. Todas, excepto una, ruborizada como si se supiese observada por hombre extraño. Nezahualcóyotl estuvo seguro: se trataba de ella, la joven de sus sueños, la que debería ser, según los designios del Dador de la Vida, quien engendrase a su heredero. A la vista de esa piel que marcaba la frontera entre la perfección y el resto del mundo, de esas mejillas sonrojadas por el llamado del destino, el rey justo fraguó un plan para deshacerse del obstáculo de su felicidad: Cuacuaytzin encabezaría un destacamento militar condenado al fracaso, que pelearía contra guerreros invencibles, armados con saetas envenenadas. La muerte del noble joven sería rápida y honrosa. Para fortalecer su decisión perma-

neció allí, disfrutando del espectáculo. Con flores escribes, Dador de la Vida…

*** A la mañana siguiente, en Tepexpan, Cuacuaytzin contaba a su esposa: —Soñé que caigo en una batalla y que, agonizante, reconozco tras la mano que me ha infringido el golpe mortal a nuestro señor Nezahualcóyotl. —Seguramente los espíritus de la risa están jugando con los sueños –dijo Azcalxochitzin para tranquilizar a su marido y para no contar que ella también soñara el rostro del monarca y casi sintiera sobre ella sus manos y su aliento. En Texcoco, muy temprano, el rey, que había dormido poco, llamaba a su hombre de más confianza para encomendarle una misión secretísima. Y en el Calmecac, Huitzilihuitl pintaba los presagios funestos que lo habían acosado toda la noche.

Texto tomado del libro Los revoltosos, ed. Selector.

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ángela

Angélica Valero

Unidas por la línea de la vida que se prolonga desde el

vientre y brinca en aventuras y traza círculos concéntricos que ven y vienen de tu historia a la mía, que es una sola, que se extiende en otra oportunidad de reconstruirme y lamer mis heridas y apostar por la revancha y curarme del pasado hasta perdonar a nuestros muertos. Los relojes se agolparán en tu mirada y poco a poco mis recuerdos huirán hasta donde ya no importa. Ese mismo aliento es el camino que delineará espirales que repetirás mañana. Los minutos se suceden. A tu vera, los segundos forman sorpresas sin estrenar, paisajes, amores que engullirán difuminado mi retrato. Cómo explicarte, hija mía, que tengo miedo y te impulso a seguir andando. Nada es más inmenso que saberte mía. Tus vigilias y las palabras que apenas fluyen me aconsejan. Y me yergo cada vez a prolongar tu espacio.

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Descanso

Daniel Hiernaux

Recoger uno a uno

los hilos del silencio escondidos en flujos de ruido y serpentines de huracanes dominios del audible que esconden tenues hilos en intersticios invisibles Tejer los hilos pacientemente metamorfosis en una canasta cubrirla con rayos de luz impenetrables Colocarte en medio de la canasta acostarme a tu lado apaciblemente acurrucados en el silencio

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Tintero de las Musas 11