Page 1

PULPA

TIMBRE 2 Velada Gallarda

Selva Almada Luisa Cavanagh Cecilia Delaney Marcelo Guerrieri Juan Guinot Mica Hernández Julián López Rusi Millán Pastori Leonardo Oyola Sebastián Pandolfelli Odiseo Sobico Nubia Sobico Lozano Natalí Tentori Guillermo Valdez Alejandra Zina


Timbre 2 Velada Gallarda / AA.VV. - 1a ed. - Buenos Aires : Pulpa, 2010. 176 p.; 20x14 cm. ISBN 978-987-25598-0-9 1. Antología Literaria CDD A860

Diseño de tapa y diagramación: Mica Hernández Ilustraciones: Rusi Millán Pastori y Nubia Sobico

Ptimera edición: febrero de 2010 Hecho el depósito que marca la ley 11.723 ISBN 978-987-25598-0-9 Impreso en Argentina

© 2010, Pulpa Ediciones - La Compañía timbredos@gmail.com www.timbre-dos.blogspot.com


TIMBRE 2 Velada Gallarda

P PUL

A


Crónica, crónica, crónica… Son como las cuatro de la mañana cuando abro los ojos y descubro que en el televisor sigue destellando ese documental gonzo sobre Hunter Thompson. Crónicas. Golpecitos de imágenes entreverándose con el recuerdo de los hectolitros de cerveza de la reunión y las flores de Salvatore. El cuaderno y una birome están a mano. Y la consigna del grupo: recordar las Veladas Gallardas. Crónicas. Gonzo. Miedo y asco en una realidad completamente deforme que ese suicidado cronista psicodélico podía describir como un continuo, como los capítulos de una serie histérica que nos fascina, involucrándonos. Todo se mezcla, como esta retorcida letra manuscrita que ahora debo traducir intuyendo que hay otro ser que habita mi cuerpo. Todo. Veladas Gallardas, documentales, desorden, gonzo, Thompson, consignas… Finalmente, crónica de un grupo que se junta a imaginar algo diferente, riéndose del simulacro, padeciéndolo. El relato nunca llega a su fin porque asalta a estas horas para fundirse con la realidad y mostrarla como un viaje inacabable en el tren fantasma. Un recorrido plagado de monstruos nuevos o reciclados que juegan con el orden cronológico, y donde lo único estable es el grupo de gente que se da fuerzas gritando en el carrito. 


El living y la cocina son trazados por los destellos que refleja la chapa, esa que desde el patio mira al poniente y desde el lado de los vecinos impide el paso de las ratas. El pulmón del Parque Centenario trae una correntada diagonal que pega en la esquina de Ángel Gallardo y Luis María Drago, recorre el frente poroso de las paredes, pasa por la terraza y cae en tobogán al patio. Mueve las chapas, las hace tronar y el crepúsculo refractado en las láminas plateadas se fragmenta en seis docenas de espectros movedizos que recorren el living y la cocina. Seis docenas son setenta y dos empanadas. Las tapas están allí, pegoteadas de a doce sobre la mesada. Esperan a que llegue Leti, que las despegue y las rellene. Los dos kilos de cebolla cortadas en juliana y repasadas a cuchillo en milimétricos cuadraditos se encuentran con el mismo peso en carne picada especial dentro de la olla. El rollo de cocina no da abasto para secar mis ojos y el agüita de la nariz. Para frenar el efecto del ácido de las cebollas abro la canilla y miro el chorro de agua, como, mi mamá dice, aconsejaba mi abuela. La misma que no la dejaba entrar a la cocina y la obligaba a imaginar los pasos de la cocción por la escalada de olores. Es raro, a la abuela no la conocí y siempre que cocino siento su presencia. Ya ni siquiera entran los destellos, el sol pasó directo por el tracto digestivo de los edificios de Villa Crespo y la chapa truena, sin rayos. Prendo la luz del extractor de aire, doy una vueltas de cebolla y carne con la cuchara de madera, esparzo sal, pimienta y un ají colorado. Vuelvo a dar otras revueltas, la sustancia en proceso de relleno de empanadas toma color. Cubro la olla y voy para el living. Quedan treinta minutos para la “hora Odiseo” y todavía no alisté los quince envases de cerveza ni me armé un mate. Y 


mucho menos pasé el trapo con procenex. Ni imprimí lo que tengo preparado para leer en la Velada Gallarda de esta noche. Me rayo, prendo todas las luces, sigo sin poner música, radio o tele para no estallar. Y arranco con el balde, trapo de piso y procenex, el blanco, ese que huele a limpio. Estoy en la última etapa de la limpieza, el living, cuando el tambor de la cerradura da dos giros y aparece Leti. Enmarcada por el cuadro de la puerta me tira “hola amor, arranco con el repulgue”, sabe que eso me calma. Entonces, me estampa un beso. Después intenta tranquilizarme: “aprovechá a pegarte un baño”. Le hago caso. Mis viejos siempre me invitaban a meter la cabeza debajo de la ducha cuando me ponía loquito. Luego de la ducha, vuelvo a la cocina y Leti me ataja: “sale un olorcito”. Meto la cuchara en el relleno y compruebo que está todo listo para el armado de las empanadas. Las cinco bandejas están lubricadas con aceite, el horno sumido al ascenso calórico para hallar la temperatura crucero que cueza las setenta y dos empanadas y recién, tras la repulgada 10


final, Leti me dice: “me duele un poquito el oído, me acuesto y después subo a la Velarda”. No es de aflojar, para colmo con la preñez encima me hace preocupar diez veces más, me frena: “es una pavada, duermo un ratito y se me pasa”. Solo falta que aparezcan Selva, Odiseo, Sebastián, Mica, Marcelo, Ceci, ellos son el comando tempranero. Pero que aparezca quien sea, alguien para comprar las cervezas. Los chinos cierran a las diez de la noche y estos amigos escritores viven de largo, como si para ellos el reloj fuese ese objeto derretido en la reproducción de Dalí que cuelga de la cocina y puede dilatar un segundo en la eternidad.

11


Antes de tocar el timbre miro el papelito con la dirección, esta vez lo anoté. Ya estuve un par de veces en lo de Juan, pero nunca me acuerdo qué timbre tengo que tocar. Timbre 2. Lo puse bien grande. Las veces anteriores le toqué al vecino y, aunque el tipo tiene buena onda, no da para andar molestando. Es medio temprano, pero seguro que Selva y Odiseo ya llegaron. Toco y espero. Se enciende la luz y baja Juan a las corridas. “¡Que hacés, Pandolfo!”, me recibe y me pega un abrazo. “El comando cervecero te ganó de mano, pasá que tengo las empanadas en el horno”, dice y sube apurado. Entro al templo Gallardo y Leti está sacando una bandeja. Un ejército de empanadas asoma tentador. Dejo mi mochila por ahí. Al lado de la puerta un cartelito reza “puerto zapato” y ahí están las ojotas de Juan, invitando a descalzarse para estar más cómodos. No me da para sacarme las zapatillas porque creo que me puse un par de medias agujereadas, no me acuer-


do. “Seba, fijate si vuelven los chicos, ahí están las llaves, en la puerta, yo me pego una ducha rápida y salgo”, dice el anfitrión y desaparece en el baño. “¿Cómo va? ¿Y Mica?”, pregunta Leti mientras abre una bolsa de papas fritas. “Bien, todo tranquilo, viene más tarde”, alcanzo a decir y suena el timbre. Agarro las llaves y bajo. “Qué hacés, nene”, tira Selva con una sonrisa. “Qué dice maestro”, saluda Odiseo. Ayudo a subir las bolsas con botellas y calculo que si la chica de provincia va a tomar como yo, vamos a tener que hacer un viajecito al kiosco para reponer el líquido elemento a eso de la medianoche. La primera vez que estuve en una Velada Gallarda, estaba algo temeroso porque no conocía a nadie, salvo a Leo, que me invitó y me insistió para que participara. Me daba vergüenza mostrarles un texto a estos desconocidos y me acuerdo que leí un cuento malísimo. Creo que les caí simpático, porque no me lo criticaron mucho, pero después, cuando entramos en confianza con el correr de las veladas, nos fuimos haciendo amigos y las devoluciones empezaron a ser de otro tono. Pero para mejor. Está buenísimo someter un texto a la crítica de toda esta gente que escribe con una pasión envidiable. Una vez, que no había escrito nada, porque soy bastante vago para esto de sentar el culo y meter párrafos en un word, agarré un cuento viejo, de la misma época del que leí la primera vez. No recuerdo exactamente qué fue lo que me dijeron, pero después de esa noche empezó a cambiar mi forma de escribir. 15


PULPA Quizá la escritura sea un acto de soledad, pero, por suerte, también puede ser una excusa para la celebración y la amistad. Un grupo de amigos que escriben, dibujan, hacen cine y teatro, entre otras cosas, se junta, desde hace años, una vez al mes, a cenar. En esas reuniones, además, charlan, se leen, se corrigen y se comentan. TIMBRE 2 Velada gallarda, es una relación de crónicas, cuentos, dibujos y fotos que recobran, en una sola, todas esas noches.

Timbre 2 Velada Gallarda  

Timbre 2 Velada Gallarda es un libro integrado por crónicas, relatos, fotos y dibujos que recrean las reuniones que un grupo de amigos celeb...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you