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Turiam, ilitate sequodita doluptat. Ihit ma doluptur? Nis et od maximporem quidell ace.


Turiam, ilitate sequodita doluptat. Ihit ma doluptur? Nis et od maximporem quidell ace adffg.


Epedipsae remquia volut officilis nemo et volecum sunt etume volupta tquibero maximin ctibusam, sitem ab ipiendi optatur, sum nis verferchil millendelias si qui rae.


En el día de su cumpleaños, Ana abrió su caja de regalos y exclamó entusiasmada: - ¡Soldaditos de plomo!. ¡Qué bonitos son, con su uniforme azul y rojo! Los veinticincos soldaditos de la caja eran hermanos: habían sido fundidos a partir de la misma cuchara de plomo. Todos se parecían entre si, tan estirados con sus sombreros. vMenos uno, al que le faltaba una pierna. -¡Seguramente, no quedaba plomo suficiente para acabarlo!- pensó Ana - Pero no importa, se sostiene de pie- y lo coloco con los demás, en fila sobre la mesa.


En la habitaci贸n hab铆a otros juguetes. Una pizarra muy dibujada, tizas, lapices y crayones, y por ultimo una caja de sorpresas, la cual contenia un payaso enojon.


El mejor de todos era un castillo, una bailarina que hacĂ­a equilibrios sobre una sola pierna. Estaba vestida de rosa, y de su cuello colgaba un hermoso cristal de negro.


-Debe ser una dama importante, ya que vive en un castillo -pens贸- 隆No como yo, que tengo que compartir mi caja con mis veinticuatro hermanos!


Cuando Ana se acosto los juguetes comenzaron a divertirse a sus anchas. Las tizas dibujaban tonterĂ­as en la pizarra, los soldados de plomo salieron de la caja. La bailarina y el soldadito no dejaban de mirarse, estaban quietos.


De repente, de la caja de sorpresa sale el payaso con malas intenciones, que no quer铆a al soldadito, desde que not贸 la manera en que ellos se miraban.


-¿Qué estas mirando? - dijo el muñeco¡ Márchate ahora mismo! si no haces caso, espera a mañana, y verás! - continuo.


Por la ma単ana, pusieron al soldadito junto a una ventana abierta, no muy lejos del mu単eco de la caja de sorpresa, que, saliendo bruscamente de su caja, le empujo con tal violencia, que le arrojo de cabeza desde el tercer piso a la calle. Empezaba a llover a mares.


Unos chicos encontraron al pobre soldadito, tirado y magullado en el barro cerca de una alcantarilla. -ÂĄVamos hacerle navegar! -dijeronÂĄLe construiremos un pequeĂąo barquito de papel!


Y el soldado, sobre el frĂĄgil barco, emprendiĂł una peligrosa travesĂ­a por los riachuelos que formaban el agua de la lluvia. Iba tan deprisa que los chicos le perdieron de vista.


Atraves贸 tuber铆as, y fue perseguido por una enorme rata que gritaba:


-¡Alto ahí! ¡No puedes pasar! ¡Enséñame tu pasaporte!


Al final, el barco cay贸 al r铆o por una cascada. El soldado, como era de plomo, se hundi贸. Pero antes de que llegara al fondo, se lo trag贸 un pez.


El soldadito permaneci贸 en la tripa del pez varios d铆as. Hasta que un pescador lo atrapo y lo vendi贸 en el mercado del pueblo.


En la cocina, la mujer que habĂ­a comprado el pez dio un grito de sorpresa:


-ยกMiren, he encontrado un soldado de plomo dentro del pescado!


Lo llevo a la habitaci贸n de Ana. El soldadito mir贸 a su alrededor y 隆 Qu茅 casualidad!


Era la misma casa de donde habĂ­a salido. Enseguida reconocio el lugar.


El soldadito estaba al borde de la mesa contemplandode a su bailarina, que continuaba bailando fuera del castillo.


El soldadito no observo que Ana puso a su lado la caja de sorpresa que contenĂ­a al payaso enojon.


Sali贸 este bruscamente, y empujo con tal violencia que 茅ste cay贸 al fuego. El soldadito empez贸 a sentir mucho calor, aunque no dejaba de mirar a su amada.


De pronto, se abri贸 la puerta, y una r谩faga de aire arrastr贸 a la bailarina hasta la misma chimenea, donde ardia el soldadito.


Los dos ardieron juntos durante horas. Al dĂ­a siguiente, entre las cenizas, aparecieron fundidos dos corazones. Un corazoncito era de plomo y el otro, un color negro como el collar de la bailarina.

FIN



Soldadito muestra