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AMIGOS DE LA VIDA, CONSTRUCTORES DE COMUNIÓN

“Ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.” Jn 15, 15

I CARTA PASTORAL DE MONS. CARLOS AGUIAR RETES III ARZOBISPO DE TLALNEPANTLA


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AMIGOS DE LA VIDA, CONSTRUCTORES DE COMUNIÓN I Carta Pastoral de Mons. Carlos Aguiar Retes

INTRODUCCIÓN

1. Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tu y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Jn 17, 21). Con estas palabras, san Juan recupera uno de los más conmovedores mensajes de Jesucristo a sus discípulos poco antes de ser arrestado y conducido al camino de la Cruz. Jesucristo, verdadero sacerdote, implora al Padre que todos aprendamos a vivir en comunión. Pero la unidad de la que habla no es un mero exhorto a hacer grupo sino a descubrir que más allá de nuestras capacidades para vincularnos, para asociarnos o para solidarizarnos, existe una unidad en el “nosotros” divino que nos precede y nos sostiene siempre.

2. Esta petición orante de Jesús se refiere a un tipo de unidad que trasciende cualquier convocatoria meramente humana a una cierta vida social. Estas palabras del evangelio de san Juan, en su brevedad, encierran el corazón de nuestra fe y la misión toda de la Iglesia. Precisamente, estas palabras, que todos sean uno, he querido que sean mi lema episcopal, para recordarme a mí mismo y a todo el pueblo de Dios, que el anuncio del evangelio es el anuncio de una vida, de un amor, de una comunión, anterior a cualquiera de nuestros esfuerzos y en la cual tenemos que estar instalados para que el mundo crea. 3. Dios es comunión de Personas, es amor, es familia, es vida. Y la vida divina la comparte Jesucristo a sus discípulos para que vivamos en plenitud, de acuerdo a las exigencias de nuestra dignidad. Justamente al inicio del mismo capítulo citado del evangelio de san Juan, Jesucristo inicia su oración diciendo: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique. Tú le diste poder sobre todos los hombres, para que él dé la vida eterna a todos los que tú le has dado. (Jn 17, 1-2). Este bello texto muestra que el Hijo pide al Padre su gloria para que El pueda también glorificarlo, y así dar vida, y vida perdurable a todos los seres humanos.


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4. La palabra “gloria” de repente puede desconcertar. ¿Qué significa la “gloria de Dios”? Esta expresión significa fundamentalmente que Dios manifiesta lo que es, su majestad y gran bondad, a través de la belleza y del amor que irradia. Por eso Jesucristo es la gloria del Padre. Pero ¿cuál es la gloria del Hijo? Cuando Jesucristo desea manifestar su vida y su amor ¿cómo lo hace? De manera sumamente breve y potente encontramos la respuesta en una expresión de San Ireneo “la gloria de Dios es que el hombre viva”1.

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5. De este modo, siguiendo justamente estas verdades que forman parte de nuestra fe, en las siguientes páginas los invito a reflexionar cómo un Dios que es comunión y que busca darnos vida y sostenerla, da sentido pleno a nuestra pertenencia a la Iglesia y fortalece nuestro compromiso misional para anunciar el evangelio de la vida en todos los ambientes y en respuesta al momento providencial por el que nuestra Arquidiócesis y nuestro amado México transitan. 6. Pido a Dios que esta primera Carta Pastoral que dirijo a todos los fieles católicos de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, suscite un camino de renovación y conversión para nuestras personas y para nuestra Iglesia particular. Sólo con una conversión de corazón personal y pastoral, colaboraremos, junto con otras personas de buena voluntad, en la edificación de una sociedad más justa y fraterna de acuerdo al plan de Dios en México y en América Latina. 7. El orden que seguiré será el siguiente:

RECOMENZAR DESDE CRISTO PARA RECREAR EL HOMBRE NUEVO CONFORME AL PROYECTO DE DIOS

1 ! La expresión completa dice: «La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» (S. IRENEO, Adv. Haer. IV,20,7).


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II. III. IV. V.

CONSCIENTES DE LA VICTORIA DEL BIEN REALIZADA EN CRISTO, AFRONTEMOS CON ESPERANZA EL CAMBIO DE ÉPOCA

LA MISIÓN DE LA FAMILIA, SER IMAGEN DE LA TRINIDAD DIVINA LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

ANUNCIANDO EL EVANGELIO DE LA VIDA PARA COLABORAR EN LA EDIFICACIÓN DE UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA Y FRATERNA


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RECOMENZAR DESDE CRISTO PARA RECREAR EL HOMBRE NUEVO CONFORME AL PROYECTO DE DIOS

I.

La esencia del cristianismo es Cristo

1. Una de las enseñanzas más impresionantes en el Magisterio del Papa Benedicto XVI es que el cristianismo posee una naturaleza “sui géneris” (específica y original), imposible de reducir a cualquier instancia religiosa, cultural o ética.

2. Cuando uno mira el amplio elenco de alternativas religiosas en la actualidad, parecería que el cristianismo es una más. Una doctrina que simplemente ofrece un cierto dogma, unos ritos y eventualmente una moral. Sin embargo, si bien es cierto que el cristianismo presenta todos estos elementos, su núcleo esencial no es de este orden. Lo sorprendente de nuestra fe es que no se basa en una elaborada idea, en un sofisticado conjunto de prácticas de grupo y ni siquiera en un conjunto de valores. La fe cristiana no tiene su inicio más radical en una proyección de la subjetividad alterada del creyente, en los diversos determinismos sociales o en la dinámica de los juegos de poder político o económico. 3. El Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica afirma en el primer parágrafo: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”2.

4. En efecto, el inicio de todo el itinerario de la fe es un hecho. Es una realidad que precede a toda consideración teórica y a toda construcción social. Y este hecho, no sólo es algo sucedido en el pasado, no es una realidad meramente “informativa” sobre lo que fue, sino es una realidad que permanece actuante, que es

2 ! BENEDICTO XVI, Deus Caritas est, n. 1.


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“performativa”, como dice Benedicto XVI en Spe salvi, porque continúa ofreciendo vida en el presente3. Dicho de otro modo, lo esencial cristiano es Cristo. Acontecimiento de vida, presencia histórica empíricamente verificable también hoy a través de la Iglesia. Cristo permanece realmente en la Iglesia

5. En efecto, la Iglesia es Sacramento, es Misterio, porque hace presente de manera real y no meramente metafórica el misterio de la Encarnación. El beato Juan Pablo II para explicitar de manera radical esta certeza decía que el “encarnarse de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el movimiento mismo de la Encarnación.”4 Esta afirmación es muy fuerte. No indica que la Encarnación evolucione con el tiempo. Lo que señala es que el tiempo pasado, presente y futuro, se encuentra atravesado por un Kairós, por un momento de Gracia extraordinaria: ¡Dios ha irrumpido en nuestra vida! ¡Permanece y se manifiesta en el Pueblo de Dios que camina en la historia! De este modo, en nuestra unidad, en nuestra compañía, en la Ekklesía, el Verbo de Dios habita gratuita y constantemente entre nosotros. Es decir, la Iglesia, comunidad de discípulos de Cristo prolonga el dinamismo de la Encarnación, hace presente a Cristo en el contexto y cultura en que vive la sociedad.

6. Es esta experiencia de pertenencia a la comunidad en la que Cristo está presente, la que posibilita ser discípulos; es decir, vivir un seguimiento basado en la objetividad de la fe que Dios ha regalado a su Iglesia. Por ello, afirmamos con gran vigor que “una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad concreta, en la que podamos vivir una experiencia de discipulado y de comunión con los sucesores de los Apóstoles y con el Papa”5.

3 ! Cf. BENEDICTO XVI, Spe salvi, n. 10. 4 ! JUAN PABLO II, Novo millennio ineunte, n. 2. 5 ! Aparecida, n. 156.


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7. La presencia de Cristo en el mundo a través de la Iglesia permite el encuentro, es decir, el momento preciso en el que nuestra humanidad queda rebasada al sorprenderse delante de una Presencia que cumple y supera las expectativas más profundas del corazón. Así es como en Cristo se descubren los fundamentos del hombre nuevo, se descubre en el fondo, el verdadero rostro de cada hombre y su verdadera vida en plenitud. No es en el monólogo individualista en dónde cada uno de nosotros encuentra su verdad. No es tampoco en los programas de superación o introspección puramente humana donde se halla la paz y se descubren fuerzas reales para seguir adelante. Es Cristo el único que conoce perfectamente nuestra humanidad, nuestra historia personal, y por ello, los caminos para que vivamos con dignidad y alegría auténticas. 8. El descubrir la verdad sobre tu vida y la mía en el Verbo de Dios, en el Lógos, crea diá-logos, como dice el Papa Benedicto XVI en Caritas in veritate6. Así, el encuentro con un Tú extraordinario, ¡con Jesucristo!, permite que la Verdad devele nuestra verdad, es decir, nuestra auténtica identidad, vida y destino. Así mismo, este diálogo entre cada ser humano y Dios permite descubrir que El está verdaderamente presente en una comunidad precisa a la que debemos de pertenecer con alegría, con agradecimiento y con responsabilidad.

Recomenzar desde Cristo

9. Al momento de tener que comenzar esta Carta dirigida al Pueblo de Dios que peregrina en Tlalnepantla, y al momento de tener que mirar nuestro punto de partida, nuestro “principio y fundamento” para renovar la propia vida y la vida de nuestra Iglesia, no puedo más que proclamar la necesidad de “recomenzar desde Cristo”.

6 ! BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, n. 4.


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10.“Recomenzar desde Cristo” significa partir de la realidad: El es más real que todo nuestro contexto y que todo nuestro ser, que todo lo que vemos y que todo lo que vivimos porque El es Quién sostiene desde dentro toda nuestra realidad en cada instante. 11.“Recomenzar desde Cristo” quiere decir también partir de lo único que puede sanar verdaderamente nuestras heridas: El es Quién ha asumido en su Persona, en su carne concreta, todo nuestro dolor y toda nuestra necesidad para resucitar y mostrar que el mal jamás tiene la última palabra. No se engañen unos a otros; despójense del hombre viejo y de sus acciones, y revístanse del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su Creador (Col 3,9-10). 12.“Recomenzar desde Cristo” es, además, la única manera para renovar y reformar a nuestra Iglesia particular de acuerdo al plan de Dios. Como decía hace algunos años el Cardenal Josef Ratzinger: “Ecclesia Semper reformanda, la Iglesia está siempre necesitada de reforma”7 y más adelante continuaba: “Debemos tener siempre presente que la Iglesia no es nuestra, sino suya. En consecuencia, las ‘reformas’, las ‘renovaciones’, por apremiantes que sean, no pueden reducirse a un celoso activismo para erigir nuevas y sofisticadas estructuras. Lo más que puede esperarse de un trabajo semejante es una Iglesia ‘nuestra’, hecha a nuestra medida, que puede incluso ser interesante, pero que, por sí sola, no es la Iglesia verdadera, aquella que nos sostiene con la fe y nos da la vida con el sacramento. Quiero decir que lo que nosotros podemos hacer es infinitamente inferior a Aquel que hace. Verdadera ‘reforma’, por consiguiente, no significa entregarnos desenfrenadamente a levantar nuevas fachadas, sino […] procurar que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es suyo, lo que es de Cristo”8.

7 ! JOSEPH RATZINGER, Informe sobre la fe, BAC, Madrid 1985, p. 58. 8 ! IBID, p. 61.


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13.Esta fuerte llamada de atención que hacía, quien hoy es el Sucesor de Pedro, no debe prestarse a ninguna malinterpretación o ambigüedad. Esta es una llamada a vivir con fidelidad y radicalidad nuestra adhesión a Cristo para así “recomenzar” siempre, cada día, sin caer en tedio, la tristeza o la desesperación. Esta es una llamada auténtica a la santidad: “Es ésta una verdad que conocieron muy bien los santos: éstos, en efecto, reformaron en profundidad a la Iglesia no proyectando planes para nuevas estructuras, sino reformándose a sí mismos. Lo que necesita la Iglesia para responder en todo tiempo a las necesidades del hombre es santidad, no management.”9.

14.Con estas ideas en mente, hago mías las palabras que los obispos reunidos en Aparecida hemos dicho a este respecto. Las hago mías y las propongo para meditación e iluminación de todos: “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu”10.

“No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la

9 ! IBID, p.p. 61-62. También véase, JOSEPH RATZINGER, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino, Paulinas, Caracas 1991, cap. V. 10 ! Aparecida, n. 11.


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fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza ‘es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad’. Es nuestra responsabilidad recomenzar desde Cristo, reconociendo que ‘no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva’.”11

11 ! Aparecida, n. 12.


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I.

CONSCIENTES DE LA VICTORIA DEL BIEN REALIZADA EN CRISTO, AFRONTEMOS CON ESPERANZA EL CAMBIO DE ÉPOCA

Una nueva comprensión de la realidad gracias a la fe

1. En Cristo afrontamos y superamos las dificultades y los aparentes callejones sin salida, que con frecuencia desaniman a los más audaces. Su generosa entrega y donación plena obedeciendo al Padre le permitió recrear el auténtico proyecto que Dios había diseñado para el ser humano. Por ello, Jesús advierte a sus discípulos el sentido triunfante de su misión: En el mundo encontrarán dificultades y tendrán que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

2. La centralidad de Cristo no es una cuestión relevante sólo para nuestra vida interior sino para todas las dimensiones de la existencia. Nuestra capacidad para comprender y actuar en el mundo también es transformada gracias al encuentro con Cristo. Esto es verdad al grado que podemos decir que una nueva inteligencia de la realidad surge gracias a la fe. La fe en Jesucristo auténticamente ensancha el alcance de nuestra mente y permite mirar la realidad superando las fáciles interpretaciones que desde el poder o desde otros intereses se realizan de ella.

3. Una nueva mirada sobre nuestra realidad es necesaria y urgente. Si la mirada no se renueva caeremos en un modo de ser y/o de hacer en el que Cristo no cuenta, en el que Cristo parece poco eficiente. El Papa Benedicto XVI ha querido recordar esto a todos los latinoamericanos: “Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano”12.

12 ! BENEDICTO XVI, Discurso en la sesión inaugural de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, 13 de mayo de 2007, n. 3.


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4. Tomando en cuenta la necesidad de una nueva mirada de fe sobre la realidad ¿qué diremos sobre el contexto en el que estamos viviendo? El Papa Benedicto XVI a través de su Magisterio ofrece un camino educativo para nuestra inteligencia y nuestro corazón. Muy particular atención merece su Encíclica social Caritas in veritate en la que numerosos desafíos, que hoy vive nuestra sociedad en México parecen ser acogidos e iluminados a través de principios permanentes, criterios de juicio y directrices de acción13.

5. Los obispos, en comunión con el Papa, continuamente ofrecemos una palabra de ayuda a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad que permita mirar nuestra realidad con nuevos ojos. A través de comunicados y declaraciones sobre las cuestiones más relevantes de la agenda social que vive nuestro pueblo buscamos siempre destacar cómo la vida cristiana (si no claudica a su verdadera identidad y misión) acoge todo lo humano y lo ilumina en su verdad más profunda. 6. Además, en momentos especialmente importantes hemos propuesto una enseñanza - que es verdadero Magisterio de la Iglesia - en la que siempre se encuentran importantes secciones que permiten comprender y valorar el actual momento histórico. Baste recordar a este respecto cuatro referentes que deben de acompañar a sacerdotes, consagrados y fieles laicos durante toda nuestra actividad pastoral, nuestro juicio personal y nuestra acción comprometida: • V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida. Documento conclusivo, CELAM-CEM, México 2007. • Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, CEM, México 2000. • Exhortación Pastoral Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, CEM, México 2010. • Carta Pastoral Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria, CEM, México 2010.

13 ! BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, 29 de junio de 2009.


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Cultura y “cambio de época”

1. Precisamente, a través de estos últimos documentos un concepto de manera implícita y a veces explícita ha comenzado a repetirse. El concepto al que aludimos no es una categoría exclusiva del enfoque que la Iglesia posee sobre nuestro momento actual. Sin embargo, poco a poco ha ayudado a descubrir que existen nuevos signos que desafían hoy nuestra conciencia y reclaman una nueva sensibilidad al momento de anunciar el Evangelio. Me refiero al concepto de “cambio de época”. ¿Qué significa este concepto? ¿Qué importancia tiene para nuestra vida como Iglesia y como sociedad?

2. Muchos temas y problemas caracterizan hoy la vida social en América Latina, en México y en Tlalnepantla en particular. En el ámbito internacional todos sabemos de la fragilidad que posee actualmente la paz mundial, la economía financiera y el respeto a los auténticos derechos humanos. En el orden político nacional no es ningún secreto que nuestra democracia al mantenerse en un estadio principalmente formal no ha logrado consolidarse y se mantiene latente la tentación de regresión autoritaria aún por vía electoral, pensando que con autoritarismo se resolverían rápidamente nuestros graves problemas de inseguridad y violencia. En el terreno de la economía y del desarrollo humano sustentable, continuamos con graves problemas de redistribución de la riqueza asociados a una inequidad creciente en la que los más pobres siempre terminan pagando la falta de solidaridad y eficacia de quienes tienen en sus manos las grandes decisiones nacionales. Y en la vida social de nuestra Patria ha aparecido con gran dolor la acción inmoral de quienes lastiman la dignidad de la vida humana, ya sea a través de las violentas acciones del crimen organizado o de quienes amparados falsamente por una ley inicua sacrifican la vida humana naciente.

3. A modo de respuesta frente a este escenario la sociedad civil se encuentra cada vez más desencantada de los mecanismos tradicionales de participación y emprende nuevas búsquedas apelando no sólo a consignas e instituciones de poder, como antaño, sino a valores superiores que en ocasiones no ocultan su origen en la vida de fe y en el seguimiento de Jesucristo crucificado.


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4. No pretendo en lo más mínimo enunciar aquí todos los fenómenos que caracterizan la realidad del México actual. Un diagnóstico exhaustivo rebasa por mucho el objetivo de esta Carta. Sin embargo, una gran cantidad de estos fenómenos acontecen en una dimensión más profunda, que funge como telón de fondo y condiciona muchas de sus evoluciones presentes y futuras. Descubrimos esta dimensión cuando miramos la verdad del hombre revelada por Jesucristo e identificamos que el principal drama del ser humano es cómo responde a sus anhelos y exigencias más profundas, es decir, a su humanidad integralmente considerada. Justamente esta evidencia antropológico-cristiana ayuda a identificar que los diversos retos políticos, económicos o sociales que enfrentamos tienen su raíz en el modo cómo el ser humano vive su humanidad en lo cotidiano, en la vida diaria, es decir, en ese nivel donde los valores no son abstracciones sino decisiones de vida. A ese nivel le llamamos “cultura”.

5. Cultura no es solamente la exposición de arte o el concierto musical. Cultura no es sólo la erudición académica o la construcción de una gran civilización. Cultura principalmente es, ese modo particular en el cual los hombres y los pueblos cultivan a través de sus decisiones, valores, lenguajes y símbolos su relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana14. La cultura abarca toda la actividad del ser humano, su inteligencia y vida afectiva, su búsqueda de sentido, sus costumbres y sus recursos éticos. Y es, precisamente en ese nivel, en el que se encuentra un escenario de cambio sin precedentes, que modifica nuestras certezas más queridas y nuestras valoraciones más profundas.

6. Ya la Constitución apostólica Gaudium et spes del Concilio Vaticano II indicaba que las condiciones de vida del hombre en la actualidad se han transformado de tal modo que identificamos “una nueva era de la historia de la humanidad”15. La Iglesia en América Latina reconoció esta experiencia de vivir un peculiar cambio en

14 ! Cf. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 53. 15 ! Ibid, n. 54.


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la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla. Baste recordar los parágrafos 76 al 86, entre otros, para constatar que la conciencia cristiana advierte que un cambio profundo sucede en el corazón de nuestras personas y de nuestros pueblos. Años después, el propio Papa Juan Pablo II al inaugurar la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo constató que “en nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas” y habló de una nueva “cultura adveniente”, tema sobre el cual desarrolló una amplia reflexión que impactó en el documento final16.

7. En el ambiente en torno al Jubileo de la Encarnación los obispos utilizamos en el CELAM el concepto “cambio de época” al redactar el documento El tercer milenio como desafío pastoral17, y posteriormente, en uno de los mayores esfuerzos de análisis e interpretación realizados por la Iglesia en América Latina, previo a Aparecida: Globalización y nueva evangelización en América Latina y el Caribe, publicado en el año 200318. En Aparecida, varios de los diálogos versaron sobre este asunto y el fenómeno del “cambio de época” quedó recogido en el documento final19. En el Magisterio episcopal mexicano este concepto apareció en el año 2000 y se ha repetido en diversas ocasiones, principalmente en el año 2010 con motivo de la reflexión en torno al significado presente de la Independencia nacional y la gesta revolucionaria20.

16 ! Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano “Nueva evangelización, promoción humana, cultura cristiana”, n.n. 20-24. 17 ! El tercer milenio como desafío pastoral. Informe CELAM 2000, CELAM, Bogotá 2000, n.n. 159-216. 18 ! Globalización y nueva evangelización en América Latina y el Caribe. Reflexiones del CELAM 1999-2003, CELAM, Bogotá 2003, n. 16. 19 ! V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida. Documento conclusivo, CELAM-CEM, México 2007, n. 44. 20 ! Carta Pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, CEM, México 2000, n. 246; Exhortación Pastoral Que en Cristo nuestra paz México tenga vida digna, CEM, México 2010, implícitamente en n. 84; Carta Pastoral Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria, CEM, México 2010, n.n. 75-80.


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8. ¿En qué consiste, pues, el “cambio de época”? Cada etapa de la historia de la humanidad se distingue de las demás no sólo por una periodización arbitraria, sino principalmente por el conjunto de certezas que en el nivel cultural definen la vida de las personas y de los pueblos. De este modo, no es difícil observar en la cosmovisión colectiva diferencias sustantivas entre el mundo precolombino, el periodo colonial, la época de las independencias nacionales y el actual momento latinoamericano, influido fuertemente por la dinámica de la globalización. Cada una de estas épocas posee un conjunto de valores no cuestionados, que configuran una base sobre la que se desenvuelve la vida de las personas, de las sociedades y de las instituciones. El “cambio de época” en México

9. Durante mucho tiempo en México, aunque cambiaron los gobiernos y se desataron diversos procesos sociales que marcaron nuestra historia nacional, lentamente fue apareciendo la cosmovisión que privilegia al racionalismo moderno o modernidad como actitud fundamental, sobre todo entre las élites culturales, económicas y políticas. Nuestro pueblo sencillo, muchas veces al margen de esta actitud racionalista, caminó por una vía diversa, fuertemente inspirado por la religiosidad popular al momento no sólo de celebrar la fe sino cuando era necesario interpretar la vida, la muerte, el amor o la injusticia. De este modo se estableció una tensión al interior de nuestra sociedad. Tensión que en momentos pareció no tener efecto alguno y en otros estremeció fuertemente la vida de nuestra nación. 10.Sin importar que los mexicanos en ocasiones se consideraran “conservadores” o “liberales”, de “derechas” o de “izquierdas” la modernidad apareció como cultura y ambiente para legitimar acciones, autoridades, instituciones, decisiones y proyectos. Baste mirar la historia del sistema educativo mexicano durante el siglo XX. Niños y jóvenes durante largo tiempo fueron educados según la moda ideológica en turno. Todas estas modas, sin embargo, se nutrieron durante muchos años de un mismo pensamiento: el liberalismo revolucionario, hijo de algunas de las ideas más centrales de la modernidad racionalista.


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11.En cualquiera de sus versiones la modernidad buscó exaltar la idea del poder político como la suprema realidad de la vida social; las ideologías reduccionistas campearon por varios flancos, y aunque a veces se enfrentaron entre sí, la absolutización de una cierta verdad y la tendencia a un ejercicio despótico del poder al margen de los reclamos de nuestro pueblo se impuso como modo de ser de nuestro sistema político. Por esto, no es de sorprender que la democracia electoral durante largas décadas fuese una caricatura construida sobre la negación de los derechos políticos de los mexicanos y el corporativismo un estilo incuestionable para organizar la vida de las organizaciones de los trabajadores. 12.La modernidad mexicana en su versión liberal revolucionaria promovió una educación llamada “científica” como el factor-clave para la redención de nuestras comunidades rezagadas; la homogeneidad social, a veces revestida de un cierto igualitarismo, se ofreció como un ideal a conseguir. La idea de que México debía ser una unidad más o menos monolítica en el nivel cultural y político eclipsó la diversidad y pluralidad de realidades sociales al interior de nuestro amplio territorio. Así mismo, uno de los factores más constantes, dentro de esta mentalidad, fue el afirmar que la fe cristiana sólo podía existir al interior de la vida privada, y en ocasiones lamentables se llegó a considerar la posibilidad de extirparla por completo de todo espacio público. 13.Esta mentalidad configuró una época. En ella, sin duda, aparecieron avances y progresos en diversos ámbitos de la vida social. Las cosmovisiones ideológicas no son ajenas al logro de ciertos resultados. Sin embargo, estos resultados, al no estar acompañados de una idea integral sobre la vida humana y las diversas dimensiones del desarrollo auténtico no lograron encontrar su adecuada articulación ni en nuestro país ni en muchos otros. 14.Esta época, sin embargo, comenzó a derrumbarse lentamente cuando la ideología chocó con la realidad. La epopeya de los cristeros fue un intento por asegurar una libertad para los católicos trascendiendo la violenta ideología del poder. Sin embargo, el clima racionalista aún se encontraba muy endurecido y una nueva expresividad de la dignidad humana y de la fe fue sofocada cruelmente. Fue el reclamo estudiantil de 1968 la


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voz crítica de la modernidad más significativa de nuestra historia reciente. A través de gestos y manifestaciones, no exentos de excesos, comenzó a entreverse que la vida de la sociedad mexicana no podía estar definida solo en los términos sancionados por el poder en turno. 15.A estas reacciones contra un paradigma racionalista insuficiente se les denomina convencionalmente “postmodernidad”. Con este término se pretende sostener que la modernidad ha entrado en un proceso de disolución y que se encuentra emergiendo una sociedad diversa. Precisamente el “cambio de época” al que me he referido responde a este proceso gradual de transformación. De hecho, en el momento actual, las personas y las instituciones procedentes del mundo moderno no acaban de desaparecer e intentan reformularse para tratar de asegurar su subsistencia en un nuevo contexto. Por su parte, las búsquedas postmodernas no logran muchas veces concretarse y se mantienen como una mera reacción crítica a un pasado del que no es fácil liberarse. 16.Lo que lentamente se sembró como crítica al poder y al racionalismo eclosionó en las últimas décadas del siglo XX. La idea de que el poder político es la norma suprema de la vida social y la ciencia la instancia redentora comenzó a perder credibilidad. De manera más o menos espontánea todos en la sociedad comenzamos a constatar una verdad que siempre había existido, pero que no habíamos advertido ni reconocido: en México existen muchos “méxicos”, es decir, muchas realidades particulares que entrañan diversas sensibilidades y problemáticas. La unidad nacional subsiste, pero se encuentra en un proceso de mutación, ya que hoy esta unidad comienza a ser consciente de sus verdaderas fuentes y factores de cohesión. A finales del siglo XX, las poblaciones indígenas emergieron con gran fuerza proclamando sus derechos, y aunque han sido en ocasiones manipuladas por varias ideologías, abrieron la conciencia de que la historia nacional tal y como la han presentado muchos libros de texto oficiales merecería ser revisada. Los jóvenes y el “cambio de época”


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17.Sobre todo las nuevas generaciones de jóvenes hoy presentan un perfil de valores, simbólico y lingüístico novedoso que muchas veces rompe con los viejos esquemas mantenidos durante décadas. En Aparecida, los obispos reconocíamos que: “En la evangelización, en la catequesis y, en general, en la pastoral, persisten también lenguajes poco significativos para la cultura actual, y en particular, para los jóvenes. Muchas veces, los lenguajes utilizados parecieran no tener en cuenta la mutación de los códigos existencialmente relevantes en las sociedades influenciadas por la postmodernidad y marcadas por un amplio pluralismo social y cultural”21.

18.Los jóvenes en la actualidad poseen una marcada desconfianza ante los racionalismos, de cualquier signo, que se encuentra asociada a una primacía de la emoción, el instinto y la magia. De una época en que los jóvenes leyeron novelas en las que la ciencia y la tecnología tendía a resolver los problemas y dilemas de la vida, las obras de Julio Verne son emblemáticas a este respecto, pareciera que en la actualidad transitamos hacia una nueva cultura de la lectura juvenil pero en la que predominan las narraciones de ficción en las que los elementos mágicos y míticos en torno a diversas criaturas y fuerzas cósmicas son la base para la resolución de problemas y la construcción de nuevos escenarios. 19.La crítica al racionalismo y a las instituciones que lo encarnan, se encuentra acompañada de una nueva sensibilidad que favorece lo estético, lo intuitivo, lo afectivo y hasta lo religioso (lo que contrasta fuertemente con la época anterior). 20.La vida afectiva merece una especial atención. Pareciera que en muchas ocasiones la norma de los afectos deja de ser la ética para abrir espacio a la estética. La cultura de la apariencia tiende a cundir y a crear diversas máscaras con las que se busca adquirir identidad o al menos simularla. En los ambientes digitales esto es frecuente a través del uso de un seudónimo para ocultar a la persona que realmente interactúa, opina,

21 ! Aparecida, n. 100-d.


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comparte o juega. De este modo, la vida afectiva ingresa en un nuevo universo caracterizado por valores efímeros y evanescentes que hacen que los jóvenes experimenten una nueva fragilidad emocional. 21.Así mismo, la vida religiosa juvenil, si bien aparece con gran fuerza, en ocasiones se mezcla con superstición, magia u ocultismo. De hecho la pertenencia institucional a una experiencia religiosa tiende a dificultarse y se privilegian más las modalidades tenues y altamente emotivas de asociación en las que las fronteras, compromisos y obligaciones no son muy evidentes. 22.Más allá de teorías e interpretaciones sofisticadas, nuestros jóvenes testimonian que no estamos en una mera época de cambios sino en un verdadero cambio de época “en el que los grandes referentes de la cultura y de la vida cristiana están siendo cuestionados, afectando la valoración del hombre y su relación con Dios”22.

“Cambio de época” y nueva evangelización

23.Todos como Iglesia debemos hacer el esfuerzo que sea necesario para tratar de entender la nueva realidad que vivimos en la segunda década del siglo XXI. El “cambio de época” es un momento ambivalente, con luces y sombras, con valores y antivalores, que configuran nuevos ambientes, lenguajes y modalidades de relación. Especialmente hay una característica del “cambio de época” que afecta y condiciona la misión de la Iglesia: la fractura cultural. Es decir, la pérdida del consenso de valores que había sostenido la conducta social y que había facilitado la transmisión de la fe. 24.Los católicos debemos de entender en este escenario que no somos la única presencia activa en la vida social. Tenemos que aprender a trabajar con muchas personas que no comparten nuestra manera de entender la vida. Es necesario discernir frecuentemente los puntos de convergencia para impulsar algunas iniciativas esenciales para el desarrollo de nuestras comunidades y de nuestra nación. Es indispensable en este ejercicio

22 ! Carta Pastoral Conmemorar nuestra historia desde la fe para comprometernos hoy con nuestra Patria, n. 76.


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clarificar los puntos no negociables que fundamentan nuestra identidad en Cristo. En la parte tercera y quinta de esta carta presento algunos de estos puntos con una breve explicación. 25.Para ello, es preciso asumir la urgencia de una nueva evangelización que con métodos, expresiones y ardor renovados permita inculturar el Evangelio de siempre en un nuevo contexto que apenas estamos logrando identificar en sus trazos básicos. Esta llamada a una nueva evangelización, particularmente consciente del cambio de época que estamos viviendo, coincide con el estilo que necesita adquirir nuestro camino como discípulos y misioneros de Jesucristo. Un nuevo empeño misional habrá de atender los desafíos que presenta el cambio de época con creatividad y fidelidad simultáneas. Creatividad para encontrar los medios, símbolos, ambientes y lenguajes adecuados para los niños y jóvenes de nuestras comunidades. Fidelidad para no anunciarnos a nosotros mismos sino siempre a Jesucristo.


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I. El ser humano sexuado

LA MISIÓN DE LA FAMILIA, SER IMAGEN DE LA TRINIDAD DIVINA

1. En el libro del Génesis capítulo primero, versículo 27 leemos: Y creó Dios a los seres humanos a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó. Es interesante notar la decisión de crear a los seres humanos a su imagen, y por ello, los creó sexuados, varón y mujer. El acto por el que el ser humano viene a la existencia, en la entrega mutua del hombre y la mujer, es así mismo, un reflejo del amor de Dios. El texto sugiere que la razón de crearlos sexuados es para darle la capacidad de generar la imagen de Dios.

2. El ser sexuado va unido a la finalidad de complementarse y de ser fecundos como lo dice el texto bíblico más adelante: Crezcan y multiplíquense. El acto conyugal, expresión del amor interpersonal de los esposos posee dos dimensiones vinculadas entre sí: la unitiva (donación recíproca, intimidad y fidelidad) y la procreativa (fecundidad y paternidad/maternidad).

3. En el origen de cada ser humano se encuentra, junto con la generación por parte de los padres, una acción creadora de Dios. Los cónyuges son ministros de Dios en esta obra creadora. El hijo es el testimonio permanente de la donación recíproca de los padres, pero es sobre todo un don del amor de Dios, una bendición de Dios, el don más precioso del matrimonio.

Creados para la relación

4. En cuanto a la complementariedad, no se trata simplemente de una ayuda externa. El capítulo 2, versículo 24 del mismo libro afirma: Por esta razón, deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen uno solo. Así el texto clarifica la manera de generar la imagen de Dios, en la unidad del varón y la mujer de la que nacen los hijos.


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5. El origen de la vida humana tiene su auténtico contexto en el matrimonio y la familia, donde es generada por medio de un acto que expresa el amor recíproco entre el hombre y la mujer. Por ello, es en la experiencia del amor donde se revela la irreducible originalidad de la persona concreta.

6. Cristo por su parte reveló la naturaleza de Dios, al decirnos que son la comunión de tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que se entienden y viven en perfecta armonía y fidelidad. Por eso san Juan en su primera carta afirma: Dios es Amor (1Jn 4, 16).

La misión de la familia

7. La gestación de los hijos, que son el don de Dios a dos seres que se aman y se prometen fidelidad (como Dios es fiel), es el principio para ir gestando la imagen y semejanza de Dios en nosotros. El amor de los esposos se prolonga en la generación y educación de los hijos. De este modo el amor tiende a la eternidad. Así pues, se realiza lo dicho por San Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva”.

8. La generación del hijo no termina con su nacimiento. En la educación de los hijos se prolonga la generación. Hemos sido creados para entrar en relación con los demás, y ese aprendizaje para relacionarse y crecer inicia y tiene su desarrollo básico en la familia.

9. La familia es la cuna del amor gratuito (como el de Dios) que permite al ser humano descubrirse a sí mismo y descubrir a los otros (padres y hermanos) en y desde el amor. Es la familia el primer y fundamental peldaño para que la persona valore la importancia de caminar juntos y asumir desde la experiencia propia que somos llamados y creados para vivir en comunidad, porque nos necesitamos. La experiencia familiar en el amor humano es el cimiento de la solidaridad humana.

10.La familia revela la indispensable dimensión comunitaria que deberá ampliarse en otros círculos como la escuela, el trabajo, la iglesia, y en general los diversos organismos de la sociedad. En este ligamen


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interpersonal que corresponde a la naturaleza personal del hombre se fundamenta la auténtica solidaridad humana, la promoción de todo hombre y de las diversas culturas y la posibilidad de una real comunión interpersonal.

La personalidad fruto de la unidad integral del ser humano

11.La experiencia de amor que proporciona la familia permite reconocer con mayor facilidad la dignidad original de la persona humana, su irrepetibilidad y trascendencia. Cada ser humano es único, y por ello, la fascinante aventura de entrar en relación con mi prójimo es una relación que me hace crecer y entenderme. Así, iré comprendiendo que la persona es un alguien a quien se respeta y ama y no un algo para usar.

12. También la relación interpersonal fundamentada en el respeto a la dignidad del otro, me facilita descubrir la relación trascendente con mi origen, con Dios Padre, el Señor de la vida. Así entro en la dimensión espiritual, que es parte constitutiva del ser humano. Aprendo que el cuerpo sirve al espíritu, y el espíritu dignifica y vivifica al cuerpo. Experimento la realidad de mi espíritu, que me ayudará a edificar la estructura intrínseca de mi personalidad, la recreación de mi persona, de un hombre nuevo al estilo de Jesucristo.

De la dignidad de la Persona Humana a la edificación de una sociedad solidaria y fraterna

13.Una sociedad que se organiza pretendiendo marginar a Dios, se vuelve irremediablemente contra el hombre, pues éste ya solo mira su propio interés en una perspectiva material, pragmática, temporal y fugaz; en cambio una sociedad que se organiza teniendo en cuenta a Dios su Creador, humaniza a la persona y a la comunidad, abriéndole el horizonte de la espiritualidad y la trascendencia. Así, Dios que ha creado esta casa para su creatura, se preocupa e interviene ofreciendo su ayuda para que el ser humano sea el centro de la Creación.

14.Es fácil entender el daño y riesgo tan grave que ocasionan dos dinamismos muy presentes y extendidos en nuestro tiempo: el individualismo y el libertinaje. El primero encierra al ser humano en el egoísmo que no le permite descubrir al otro sino como objeto, y el segundo destruye la libertad convirtiéndola en justificación


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de pasiones y caprichos que conducen a la persona a diversas esclavitudes, perdiendo el control y la autonomía de sí mismo.

15.Como indica el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: Los que viven según sus apetitos, a ellos subordinan sus criterios; pero los que viven según el Espíritu, tienen criterios propios del Espíritu. Ahora bien, guiarse por los criterios de los propios apetitos lleva a la muerte; guiarse por los del Espíritu conduce a la vida y a la paz (Rom 8,5-6).

16.En resumen, la familia que cumple su misión, proporcionando a los hijos una experiencia de amor, aporta personas que edificarán una sociedad solidaria y fraterna, personas que serán ciudadanos propositivos y participativos, facilitadores de la reconciliación y del perdón, constructores de la paz.

La pastoral al servicio de la vida

17.Recuerdo a los sacerdotes y en especial a los párrocos, el cuidado por las familias, en ellas se juega el futuro de la Iglesia, pues es decisivo su papel para la transmisión de la fe. Es, de suma importancia, que toda parroquia tenga un equipo de pastoral familiar que ayude a los esposos en su propia formación y la de sus hijos. Para cumplir eficazmente esta responsabilidad es de inmenso auxilio la presencia y participación de los movimientos apostólicos que sirven a la familia. Su participación en la vida parroquial favorecerá la conciencia de su ser como Iglesia doméstica y la solidaridad entre las mismas familias.

18.Además del trabajo pastoral por las familias, es necesario promover las pastorales específicas para las situaciones de riesgo que viven algunos integrantes de la familia o quienes quedan desprovistos de ella. La Iglesia como buena madre de sus hijos debe entrar en sustitución del papel que corresponde a los padres de familia, cuando por cualquiera circunstancia llegan a faltar o estén impedidos para realizar su misión.


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19.Entre otras variables me permito señalar miembros de la familia con discapacidad o con enfermedad terminal, padres separados, divorciados y/o vueltos a casar, madres solteras, adolescentes embarazadas, mujeres que han abortado, jóvenes adictos, niños de la calle, etc. Para cubrir estas necesidades es indispensable el trabajo en conjunto de las Parroquias en su Zona Pastoral, de las Parroquias y movimientos y/o asociaciones, e incluso propiciar la colaboración con Instituciones oficiales de gobierno destinadas a estos fines.

20.Considero de gran necesidad la operatividad conjunta de las Comisiones Diocesanas entre sí, especialmente la Comisión de vida, familia y laicos, con las Comisiones de pastoral profética, pastoral social, y pastoral de la comunicación.


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LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

I.

Comunión y fidelidad al Papa

1. Recomenzar desde Cristo, conscientes del cambio de época, debe animarnos a revalorar la vivencia de la comunión en nuestra Iglesia; tanto porque Cristo se hace encontradizo en una comunidad concreta, como por la necesaria visibilidad que el evangelio requiere en un momento como el actual.

2. Para ello, es preciso tener presente que la unidad de la Iglesia se basa en el misterio de unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo. Esta unidad es real y está asegurada por vínculos visibles de comunión eclesial: la profesión de una misma fe recibida de los apóstoles; la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; y la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios23. En este último aspecto destaca de manera principalísima el ministerio ejercido por el Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro. La persona del Papa es verdadero “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”24. Si México y nuestra Arquidiócesis han de ser fieles verificarán continuamente su adhesión a Jesucristo al perseverar en la Iglesia guiada por el Romano Pontífice y por los obispos en comunión con él.

Comunión y riqueza multiforme de nuestra Arquidiócesis

3. La Iglesia en México es una institución que aún posee credibilidad por sus testigos del evangelio, por su autoridad moral y por los valores que afirma a través de las más diversas actividades y en los más distintos 23 ! Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.n. 813-816. 24 ! Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 23.


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ambientes. Tenemos que valorar la relevancia y la responsabilidad de ser la Iglesia con mayor número de fieles en el país y ser miembros de la segunda nación con más católicos en el mundo. 4. La presencia de la Iglesia en el territorio que comprende la Arquidiócesis de Tlalnepantla es también muy importante. De la población total de nuestra Arquidiócesis que comprende 2´224,431 habitantes, el 85% son bautizados en la Iglesia católica. 5. La variedad y riqueza de experiencias pastorales de la Iglesia en Tlalnepantla, permite reconocer un hecho que es constitutivo de nuestra identidad católica: somos una Iglesia particular unida, pero múltiple en sus modos de vivir y expresar la fe. Se trata de la riqueza de la diversidad que configura la unidad y la comunión, dimensiones esenciales del misterio de la Iglesia de Cristo (Cf. 1 Cor 12,1). 6. Esas legítimas diversidades, lejos de comprometer la unidad eclesial, enriquecen y contribuyen de manera muy valiosa a la construcción de la unidad, que no es homogeneidad, sino constatación de que "la verdad es sinfónica"25. Este hecho es de difícil comprensión para quien desconoce la riqueza del misterio de Cristo:

"La universalidad de la Iglesia, de una parte, comporta la más sólida unidad y, de otra, una pluralidad y una diversificación, que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren en cambio el carácter de ‘comunión’. Esta pluralidad se refiere sea a la diversidad de ministerios, carismas, formas de vida y de apostolado dentro de cada Iglesia particular, sea a la diversidad de tradiciones litúrgicas y culturales entre las distintas Iglesias particulares."26

La Parroquia, casa y escuela de la comunión

25 ! HANS URS VON BALTHASAR, La verdad es sinfónica, Ediciones Encuentro, Madrid 1992. 26 ! CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA Fe, Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión, n. 15.


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7. La parroquia esta llamada a ser un espacio donde se convoque a los discípulos de Cristo para su formación y para compartir su experiencia de fe. De manera orgánica sus estructuras materiales y pastorales ofrecen el encuentro con Cristo para alimentar la generosa entrega en la misión evangelizadora, dando testimonio de la dignidad de la persona humana en sus diversos ambientes y facilitando la relación comunitaria que facilite el desarrollo de la personalidad y la puesta en común de sus carismas y capacidades al servicio de los demás, especialmente de los más pobres.

La labor de los presbíteros

8. Agradeciendo la incansable labor de los presbíteros, como colaboradores necesarios del Obispo, los invito a descubrir más y más su sacerdocio como don ministerial para la Iglesia universal. En cualquier lugar donde se encuentren, deben procurar discernir los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad, escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar así su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor distribución de las tareas que les permita a los sacerdotes "consagrarse a lo que está más estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo".27

El trabajo de los diáconos permanentes

9. Así mismo, la labor de los diáconos permanentes es muy valiosa, ya que participan de manera especial en la misión y la gracia de Cristo-Servidor, auxiliando a los Obispos y a los Presbíteros en la celebración de los sacramentos, en la comunión con los ambientes de vida laical, y en la generosa entrega para los diversos servicios de la caridad. La vida consagrada

27 ! CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Apostolos suos, n. 15.


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10.Me alegra la generosa presencia entre nosotros de Institutos de vida consagrada, sobre todo de mujeres. Los consagrados y consagradas están al servicio de la evangelización en la Arquidiócesis de Tlalnepantla y en toda clase de tareas, ambientes, culturas y lugares, comprometidos en la educación en niveles básicos y universitarios; en comunidades de inserción entre los más pobres, uniendo la evangelización a la promoción humana; en parroquias y centros diversos de evangelización y difusión de la cultura; en hospitales; en los medios de comunicación; acompañando en la formación espiritual y profesional a personas comprometidas en el mundo de la economía y de la empresa; en el arte y en las humanidades.28 Aunado a esto, es importante que algunas experiencias de vida consagrada profundicen su inserción en nuestra Iglesia particular. Se requiere una eclesiología renovada y fiel a la doctrina del Concilio Vaticano II que ayude a comprender, vivir e integrar la necesaria unidad pastoral que se origina en el obispo diocesano, con la variedad de carismas que enriquecen a la iglesia local y ayuden a construir la comunión eclesial mediante la caridad. La unidad y comunión con la Iglesia universal se expresa y vive en la participación en la vida de la Iglesia local. No basta la referencia pastoral al Papa si ésta no pasa por la comunión con el pastor diocesano29.

Los Movimientos y Asociaciones de apostolado

11.Con gozo constato la participación de los fieles laicos en el nivel intraeclesial, comprometidos como agentes de pastoral, muchos de ellos pertenecen y han sido formados en distintos movimientos, y conscientes de su compromiso bautismal colaboran con su Párroco para hacer de la Parroquia la casa y la escuela de la comunión. Es una riqueza pastoral contar con una presencia creciente de movimientos, grupos y asociaciones laicales nacionales e internacionales que busca servir a la evangelización de los fieles desde la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, hasta la renovación de los matrimonios, la vida familiar y la vida comunitaria. Las mujeres destacan en este campo por su compromiso y entrega.

28 ! Cf. JUAN PABLO II, Ecclesia in America, n. 43. 29 ! Cf. Carta pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, n. 160.


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12.Hoy más que antes, es indispensable la comunión afectiva y efectiva de los Movimientos y Asociaciones laicales de apostolado con la Arquidiócesis. Ello se dará en la medida que conjuntemos esfuerzos, con la ayuda de la Metodología Prospectiva hacia la elaboración y aplicación del Plan Diocesano de Pastoral.

La vocación secular de los fieles laicos

13.Así mismo aprecio el dinamismo de muchos fieles laicos, respondiendo a su vocación y misión primordial de naturaleza secular, como transformadores de los diversos ambientes y estructuras del mundo según Cristo. Existen ya numerosas y variadas iniciativas organizadas civilmente que están buscando, bajo su propia responsabilidad, vivir y aplicar en los diferentes ambientes de la sociedad los principios y criterios de la Doctrina social de la Iglesia.

14.Esta conciencia y compromiso creciente del laicado de nuestra Arquidiócesis, aunque es muy prometedor, requiere de un número mayor de fieles laicos comprometidos, una mayor formación espiritual y eclesial, y una mejor coordinación y acompañamiento que permita una eficaz acción solidaria para incidir en los centros de decisión social, económica, política y cultural, presentando con valentía y convicción los valores del evangelio para que sean levadura que fermente la masa en nuestra sociedad.

15.Es tiempo oportuno, pues la Iglesia católica que peregrina en Tlalnepantla representa el 85% de la población total, como lo he señalado más arriba de acuerdo a los datos del último censo 2010. Este dato indica el enorme sector de la población, que está abierto a la religiosidad y a la trascendencia. 16.Conviene recordar la importancia del testimonio de vida cristiana; es decir, es necesario manifestar en la experiencia de la vida diaria los valores que predicamos. Por ello, me atrevo a señalar la necesidad de superar en la Arquidiócesis de Tlalnepantla el riesgo del clericalismo, del desarraigo pastoral y del machismo30.

30 ! Cf. Carta pastoral Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos, n. 159.


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17.En efecto, por una parte, existe el riesgo del clericalismo, es decir, del establecimiento de una relación inadecuada de los fieles laicos con sacerdotes y consagrados, que colapsa su empeño misional y dificulta la realización de su vocación cristiana de manera secular en medio del mundo. En este fenómeno existe una grave responsabilidad tanto de los propios laicos como de los pastores que en ocasiones de modo tácito o explícito hacemos caso omiso de la enseñanza de la Iglesia en este tema. Los fieles laicos deben de aprender en la Iglesia no solo a colaborar en actividades intraeclesiales sino principalmente a ser testigos valientes de Cristo en la familia, en la calle, en el barrio, en la empresa, en el comercio, en la escuela pública, en la escuela privada, en las organizaciones ciudadanas, en los sindicatos, en los partidos políticos, en el gobierno, etcétera. 18.Así mismo, es preciso reconocer el riesgo del desarraigo pastoral de los fieles laicos, cuando al participar en diversas tareas familiares, profesionales, cívicas y políticas se ven abandonados de un adecuado acompañamiento pastoral acorde a sus labores y horarios. Nuevamente en este fenómeno existen responsabilidades compartidas tanto de pastores como de los propios laicos. Es preciso que la “nueva imaginación de la caridad”31 genere una nueva disponibilidad de todos y novísimas iniciativas pastorales para acompañar a nuestros fieles laicos en los diversos ambientes en que se desenvuelven de modo habitual. Recordemos que nuestra Arquidiócesis está integrada por importantes núcleos urbanos que exigen para la evangelización una comunión y articulación operativas para conjuntar fuerzas y lograr una pastoral eficiente y eficaz. Así responderemos al reto de poner a nuestra Iglesia de Tlalnepantla en estado permanente de misión, sumándonos a los esfuerzos de la misión continental.

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Las mujeres y el problema del machismo

31 ! JUAN PABLO II, Novo milennio inneunte, n. 50.


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19.Finalmente, es fundamental revalorar no sólo en las palabras sino principalmente en el nivel de acciones y modos estables de trabajo la misión y vocación de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. El Papa Juan Pablo II regaló un documento que aún no logra asimilarse existencialmente en todos los ámbitos de nuestra Iglesia particular. Me refiero a la Carta apostólica Mulieris dignitatem. Las mujeres deben ser aceptadas y respetadas en función de su dignidad como personas. Su aporte original, su “genio femenino” como gustaba decir el Beato Juan Pablo II, es una parte fundamental de la riqueza que la Iglesia y el mundo poseen. No permitamos ninguna palabra o gesto de subordinación inadecuada de las mujeres a los varones. El machismo es totalmente incompatible con el evangelio. La explotación explícita o encubierta de la mujer a lo largo de la historia debería avergonzarnos a todos y ayudarnos a emprender acciones valientes para reivindicar sus derechos y su importante papel en nuestras vidas. El seguimiento auténtico de Jesucristo implica seguirlo también en la novedad que introduce en la historia en materia de relación y convivencia con las mujeres. Comunión y pluriformidad eclesial, objetivo del Plan Diocesano de Pastoral

20.Si logramos asumir, vivir y articular mejor esta pluriformidad eclesial como constitutiva de nuestra identidad, unidad y organicidad eclesial, contribuiremos a fortalecer y embellecer el rostro de la única Esposa de Cristo, nuestra Madre la Iglesia. De este modo, la nueva evangelización será más eficaz y la presencia cultural, social y solidaria de la comunidad católica será determinante en la construcción de esa unidad que también buscamos como nación.

21.La carta apostólica “Novo Millennio Ineunte” con la que el Papa Juan Pablo II orientó a la Iglesia para cumplir su misión en este tercer Milenio señala en el no. 29: “Dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas —objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios— que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las


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personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura”.

22.Por ello, para responder a las exigencias del contexto actual y a la indicación del Magisterio Pontificio he elegido la Metodología Prospectiva para emprender adecuadamente la elaboración del Plan Diocesano de Pastoral. Estoy consciente que es una de mis principales responsabilidades, pero también reconozco que solamente con la colaboración de los diversos sectores del Pueblo de Dios, especialmente de los presbíteros, consagrados, agentes de pastoral y de los fieles laicos comprometidos en su vocación y misión podré realizar esta importante obligación. 23.También asumo como una brújula que oriente el rumbo pastoral de la Arquidiócesis, lo que en la misma carta “Novo Millennio Ineunte” el Papa Juan Pablo II afirmaba en el No. 43: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”. En seguida presentó el mismo Papa en una breve y densa descripción, la necesidad de la Espiritualidad de la Comunión para llevar a cabo el desafío planteado para la Iglesia en el tercer milenio.

24.“¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

25.Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.


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26.Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

27.Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

28.En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”.

29.Los invito a impulsar dicha espiritualidad de la comunión para que sea la base que consolide nuestro caminar pastoral y logremos la meta de un Plan Diocesano de Pastoral que nos conduzca a realizar el anhelo de Cristo, que todos sean uno lo mismo que lo somos tu y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. (Jn 17, 21).


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Anunciar alAevangelio de la vida I.

NUNCIANDO EL EVANGELIO DE LA VIDA PARA COLABORAR EN LA EDIFICACIÓN DE UNA SOCIEDAD MÁS JUSTA Y FRATERNA

1. El encuentro con Jesucristo en la Iglesia no recluye al discípulo dentro de ella, sino demanda que vaya a anunciar la buena nueva a todo el hombre y a todos los hombres. La evangelización, por ende, es obligación de todos los bautizados y posee una dimensión universal: Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19). Evangelizar es una misión que viene de Dios Padre a su Hijo y del Hijo a todos nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. Su horizonte es irrestricto y no se debe detener en los ambientes más o menos conocidos. Por esto el Papa Benedicto XVI recuerda que “la Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de ‘mantenimiento’ para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial”32.

2. El evangelio es un anuncio liberador que propone a Jesucristo resucitado como verdadera vida para aquellos que han muerto por el pecado. Por esto afirmamos con el Beato Juan Pablo II que existe un verdadero “Evangelio de la vida”. Esta expresión se refiere a la buena noticia que Jesucristo ha traído a la existencia del ser humano: Dios es autor del don de la vida y la eleva a una nueva dignidad a través del misterio de la Redención. 3. Toda auténtica evangelización es anuncio directo o indirecto del altísimo valor que posee la vida humana. Ya lo he dicho al principio y ahora lo repito: “la gloria de Dios es que el hombre viva”33. De este modo, “el

32 ! BENEDICTO XVI, Verbum Domini, n. 95. 33 ! La expresión completa dice: «La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» (S. IRENEO, Adv. Haer. IV, 20, 7).


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Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas”34.

4. Así mismo, “la Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”35.

5. No es este el lugar para recordar toda la enseñanza de la Iglesia sobre la vida que Jesucristo trae, y menos para describir todos los desafíos que existen en la actualidad a la vida humana y a su dignidad intrínseca. Nuestro propósito en esta parte es mucho más modesto: necesitamos subrayar la íntima conexión que existe entre las arteras acciones en las que se agrede a la vida humana naciente, al paciente terminal o al enfermo en general, con los graves atentados a la vida humana fruto de la acción del crimen organizado.

La cultura de la muerte promueve el pecado y debilita al Estado

6. La vinculación que explicaré no debe ser entendida desde un punto de vista político sino principalmente cultural. Esto quiere decir que es la mentalidad, la conciencia del ser humano, la que ha abierto espacio en algunos lugares a una actitud utilitaria, pragmática, que mira a los seres humanos como meros medios, como objetos de uso y de abuso perfectamente sacrificables.

34 ! JUAN PABLO II, Evangelium vitae, n. 1. 35 ! Ibidem, n. 2.


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7. De este modo, cuando en una sociedad existe insensibilidad sobre el carácter sagrado de la vida humana, cuando alguien se atreve a matar a un ser humano inocente e indefenso a través del aborto o la eutanasia, además de cometerse un gravísimo pecado que ofende a Dios, se comete un crimen, es decir, un acto intrínsecamente malo, que lastima el respeto elemental que merece toda persona humana. Este tipo de acciones afectan a toda la sociedad de diversos modos: por una parte la cultura y las mentalidades se corrompen; por otra, las bases mismas del Estado de Derecho se disuelven. 8. La cultura se vuelve “cultura de la muerte” cuando la vida social se desarrolla privilegiando el “poder” o el “tener” por encima del “ser”. La “cultura de la muerte” es mentalidad, estilo de vida y en ocasiones alcanza un nivel estructural cuando organizaciones sociales, políticas públicas o estructuras estatales avalan de modo directo o indirecto atentados contra la dignidad de las personas. 9. No se puede construir con seriedad un Estado de Derecho en el que se respeten leyes justas, se castigue a los criminales y se acabe con la impunidad cuando los fundamentos mismos de este Estado están siendo socavados al permitirse en algunos lugares el sacrificio de inocentes a través de leyes inicuas. 10.Ningún católico debe sentirse obligado a obedecer leyes que atenten contra la dignidad de la persona humana desde la fecundación y hasta la muerte natural. Esto último no es válido sólo por el ya muy importante respeto a la conciencia personal, sino porque participar en este tipo de acciones, avaladas por leyes injustas, destruye realmente a nuestra sociedad al transgredir las normas y valores elementales, que sostienen todo el orden moral y jurídico. 11.Un verdadero combate al crimen organizado, por ello, no debe ignorar que sólo se puede apelar a la paz y al respeto cuando sociedad y gobierno trabajamos juntos en la promoción y defensa de una cultura en favor de la vida de todos, en especial, de los más vulnerables, de los más frágiles, de los más indefensos.


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Cultura de la vida, matrimonio y familia

12.Así mismo, la cultura de la vida que estamos llamados a promover pasa por la revaloración alegre y positiva de la heterosexualidad del matrimonio y de la familia que es su consecuencia natural. 13.En efecto, las grandes violencias que hoy vemos en nuestra sociedad nacen en el seno del matrimonio y la familia. No podemos taparnos los ojos delante de esta evidencia: los matrimonios y las familias pueden ser verdadera comunidad, verdadera escuela, y para quienes seguimos a Cristo, verdadera Iglesia doméstica. Si el matrimonio y la familia se debilitan en su identidad y misión, su aporte educativo y social se pierde y expone a sus integrantes precisamente a la tentación de la violencia. 14.La violencia surge cuando las razones para el amor, para el perdón y para el respeto se tornan invisibles a la conciencia y al corazón de las personas. Esta ceguera cunde cuando en las relaciones más sencillas, más elementales, entre padre y madre, entre padres e hijos, entre hermanos y amigos, se privilegia la fuerza por encima de la verdad. ¡Nunca la fuerza, nunca el poder, debe definir las relaciones matrimoniales y familiares! 15.Es la verdad vivida con caridad, la que nutre y educa a todos los miembros de una familia y la convierte en santuario, en hogar, en lugar al que siempre se puede regresar. El respeto a la dignidad y derechos de las personas no se improvisa sino que se educa desde el seno de nuestra familia. El evangelio de la vida y los derechos humanos

16.¡Cuánto trabajo le ha costado a México reconocer y garantizar con efectividad los derechos de la persona humana! Durante décadas la Constitución de la República sólo otorgó garantías y dejó en el suspenso una declaración explícita sobre la vigencia de los derechos humanos. Sólo recientemente, gracias a la exigencia social, en la que muchos católicos se han unido a hombres y mujeres de buena voluntad, y al acuerdo político, se logró dar un paso cualitativo hacia delante en esta materia en el nivel constitucional.


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17.Resta, sin embargo, que todos como sociedad conozcamos la naturaleza de los auténticos derechos humanos para que nunca suceda que se eleve a rango de derecho aquello que no lo es. A este respecto, la enseñanza de la Iglesia es doble: tanto por el depósito de la fe como por las exigencias de la ley natural inscrita en el corazón humano, los derechos humanos son exigencias objetivas de justicia, fundadas en la dignidad de la persona y reconocibles por la razón. Los auténticos derechos humanos son universales, indivisibles, inalienables e inviolables y expresan como en una sinfonía las muchas maneras como cada ser humano exige ser reconocido como un sujeto con dignidad llamado a una vocación trascendente. 18.“La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador”36. Por ello, no basta el consenso logrado en una cámara legislativa para que un pretendido derecho lo sea. Es indispensable que los legisladores adviertan su enorme responsabilidad al momento de promulgar leyes, y más, cuando versan sobre derechos humanos. Si el poder que el pueblo les confiere no se coloca al servicio de la verdad es fácil que un legislador traicione su altísima vocación y siembre con ello violencia explícita o encubierta.

19.Los derechos humanos son una dimensión constitutiva del evangelio de la vida. La buena nueva traída por Jesucristo precisamente incluye la proclamación que cada ser humano posee dignidad, merece respeto y ha sido deseado y amado desde el principio por Aquel que nos sostiene. 20.Particularmente los fieles laicos deben formar su conciencia en estos importantes temas. La Doctrina social de la Iglesia les ofrece una orientación concreta y una invitación continua al compromiso, a la promoción y eventualmente a la defensa valiente de los derechos humanos, en especial, del derecho a la vida.

36 ! PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana-CEM, México 2005, n. 153.


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CONCLUSIÓN

21.Ser amigos de la vida y ser constructores de comunión son un binomio que debemos de comprender e impulsar en la Arquidiócesis de Tlalnepantla.

22.Tras el encuentro con Jesucristo en la Iglesia el alma de cada persona experimenta el llamado al seguimiento discipular, es decir, a adherirse con afecto incondicional a Quién se ha encontrado. Este afecto suscita diversas mociones interiores que muchos han caracterizado con la palabra “siervo”. Sin embargo, Jesucristo si bien aprecia este noble movimiento del corazón dice: “Ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre” (Jn 15, 15). 23.Ser “amigos de la vida” significa disponer nuestros afectos, abrir nuestro corazón, para dejarnos conmocionar por Jesucristo “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6). El ofrece su amistad, es decir, su amor. Y nosotros, si queremos, responderemos a ese amor también con amistad confiada, con amistad cercana. 24.Jesucristo de este modo nos convoca a la vida en amistad, es decir, en comunión con Él y con nuestros hermanos. Esta vida, ¡es la verdadera vida, es la vida a la que todos estamos llamados! Por ello, creer con convicción en el evangelio de la vida está indisolublemente unido a la construcción de la comunión.

25.Para ser testigos creíbles ante el mundo de hoy es conveniente recordar la enseñanza del beato Juan Pablo II en el documento Iglesia en América, no. 33: “« Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios Padre; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto


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central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino ». La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes”. 26.Al mirar con atención a la primitiva comunidad de los Apóstoles, y luego el caminar de la Iglesia a través de los siglos, podemos afirmar que “en la peregrinación de fe a lo largo de la historia, María acompaña a la Iglesia como "modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo. ‘Eternamente presente en el misterio de Cristo’, ella está, en medio de los Apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, ‘la Iglesia fue congregada en la parte alta del cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos’37”38.

27.Pidámosle a nuestra Madre Santísima, Nuestra Señora de los Remedios, acompañe nuestro trabajo en favor de la cultura de la vida en la Arquidiócesis de Tlalnepantla. De este modo celebraremos la fe y el don de la vida con alegría y sin temor. Roguémosle a Ella por todas nuestras familias, y por aquellos, que de entre nosotros, más lo necesitan. Ella es poderosa intercesora. Todas las gracias pasan a través de sus manos, inclusive, aquellas asociadas al ministerio de los Pastores. Pidámosle, pues, nos conceda la fuerza necesaria para no tener miedo al momento de anunciar que ¡Jesucristo vive y ha traído vida en abundancia para todos!

37 ! CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Communionis notio, 28 de mayo de 1992, n. 19; cf. CROMACIO DE AQUILEYA, Sermo 30, 1 38 ! Cf. JUAN PABLO II, María, icono escatológico de la Iglesia, 16 de marzo 2011.María Icono escatológico d ela Iglesia, 16 de marzo de 2001.aría, icono escatológico de la Iglesia, n.


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28.¡Que María, Madre del verdadero Dios por Quién se vive, auxilie nuestro caminar pastoral en la Arquidiócesis para que edifiquemos una Iglesia particular que sea capaz de anunciar con la misma vivacidad y convicción la experiencia que transmite la comunidad joánica en la primera carta del apóstol: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído y lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la palabra de la vida, pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó, lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa (1Jn 1,1-4).

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