Issuu on Google+

MONASTERIOS MEDIEVALES, CENTROS DE CULTURA Desde hace miles de años han existido hombres que voluntariamente han abandonado la sociedad para retirarse a meditar y orar en soledad; son los ermitaños y anacoretas. En algunos casos, prefirieron agruparse en pequeñas comunidades en las que tratan de alcanzar estos mismos objetivos; así surgieron los monasterios, pequeños microcosmos autosuficientes, que se regían por sus propias reglas.

Los hombres allí reunidos se entregaban al trabajo y la oración (ora et labora). Los monjes preservaron la cultura clásica para los siglos siguientes.


LOS MONASTERIOS MEDIEVALES Los monasterios estaban organizados en torno al claustro, un área cuadrangular con un jardín en su centro. El claustro estaba rodeado por una galería cubierta desde la que se accedía a las diferentes estancias, que comunicaban con la iglesia, el refectorio (comedor) y la sala capitular (sala de reuniones). En el segundo piso se situaban los dormitorios de los monjes.

Otras dependencias servían para relacionar al monasterio con el exterior. La hospedería daba cobijo a los peregrinos que se hallaban de paso. También era importante la labor de beneficencia del monasterio, donde se socorría a pobres, enfermos y desheredados en hospitales o lazaretos (hospital de leprosos). El monasterio disponía también de una biblioteca, un scriptorium y una escuela de novicios.


LA BIBLIOTECA DEL MONASTERIO Una biblioteca medieval típica tenía forma rectangular, varias veces más larga que ancha, techos altos, ubicada generalmente en la planta superior del monasterio o universidad. Los lectores habían de soportar una muy escasa luz natural -estaba prohibido entrar con velas por el riesgo de incendio- así como un intenso frío. Con suerte, el lector podía encontrar asiento en las mesas de lectura que se ubicaban en mitad de la sala-pasillo. De esta forma los libros, que se encontraban en atriles fijados a los muros, podían depositarse en los mesones, siempre que la cadena que los unía al atril respectivo lo permitiera.


BIBLIOTECAS Y SCRIPTORIUM La lectura era una actividad importante en la vida religiosa. Por tanto, era necesario hacer copias de determinadas obras. En muchos monasterios había unas scriptoria (plural de scriptorium) en las que se copiaban, traducían, decoraban y encuadernaban los manuscritos en la grafía de las tres escrituras de la España medieval: carolingia (la escritura oficial del imperio), andalusí y sefardí.


EL TRABAJO EN EL SCRIPTORIUM En el scriptorium los monjes escribían habitualmente al dictado, con lo que se podían efectuar varias copias simultáneamente. Era un trabajo ingrato, que obligaba a forzar la vista. Cada día el copista trabajaba en un fragmento del exemplar o modelo encomendado, o bien podían trabajar varios copistas al mismo tiempo en un códice repartiéndose los cuadernillos.

Por necesidades de uso, los monjes reutilizaban raspando los viejos manuscritos, destruyendo así obras muy antiguas. Como el pergamino resultaba muy caro, se utilizaban viejos códices que no tenían utilidad o estaban incompletos.


ARTESANOS DE LA ESCRITURA La composición de una letra iluminada pasaba por varias etapas: el lápiz, la tinta, el dorado, y pinceladas de diversos colores entrelazados y subrayados con matices oscuros.

Calígrafos, iluminadores, miniaturistas y encuadernadores: los monjes copistas se convierten en ARTISTAS, sus trabajos en OBRAS DE ARTE.


ARTESANOS DE LA ESCRITURA Un copista experimentado era capaz de escribir de dos a tres folios por día. Escribir un manuscrito completo ocupaba varios meses de trabajo. Esto sólo en lo que se refiere a la escritura del libro, que posteriormente habían de ilustrar los iluminadores, o encargados de dibujar las miniaturas e iniciales miniadas

Los utensilios más habituales que utilizaba el copista eran: penna (la pluma o péñola), rasorium o cultellum (raspador) y atramentum (tinta).


ARTESANOS DE LA ESCRITURA Cuando el calígrafo terminaba la copia del texto, iniciaba su trabajo el iluminador, que iba rellenando los huecos que le habían dejado libres. Terminadas la copia del texto y las ilustraciones, comenzaba la encuadernación. La Biblia era el libro preferentemente copiado. En el explicit con que finalizaba el libro, a menudo el escriba colocaba su nombre y la fecha en que realizó la escritura y se encomendaba a sí mismo a las oraciones de los lectores.

Si alguno se lleva este libro, que lo pague con la muerte, que se fría en una sartén, que lo ataquen la epilepsia y las fiebres; que lo descoyunten en la rueda y lo cuelguen.


SCRIPTORIUM RUSADIR