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Un relato de aventuras La isla del tesoro Hola, soy Jorge. Un lobo de mar que acaba de regresar de la más mortífera de las misiones- dije a la prensa. De repente, uno de los allí presentes me preguntó: -Disculpe señor Jorge, ¿podría relatarnos su historia? -dijo con gran curiosidad el periodista. Entonces me vi obligado a contarles aquel terrible suceso. - Bueno... Una mañana lluviosa estábamos en el puerto mi tripulación y yo esperando a que nos permitiesen salir del puerto. A la hora de salir, la mar estaba tan embravecida que íbamos dando saltos. El barco no paraba de balancearse. La mayor parte del trayecto permanecí en mi camarote con mi tripulación de confianza: Juan, el más rudo pirata que haya pisado mi barco, José María, uno de los más astutos piratas de los siete mares y yo. Yo me llamaba Jorge, pero en la mar era el Hombre de los Mil y un Nombres. Era conocido como el Degollador, el de los Abordajes, el Hombre de las Cien Conquistas... Aquella mañana nos despertamos con cierto hormigueo en el estomago. De repente oímos: -¡Tierra a la vista...!- gritó Juan José, el más estúpido de mis hombres. Todos acudimos a proa y... ¡era cierto! ¡Había una pequeña isla delante de nuestros ojos! Cambié el rumbo del barco directo a la isla. Pero..., la isla estaba rodeada de pequeños archipiélagos rocosos. Ya de antemano sabía que naufragaríamos. Así que llamé a mi tripulación de confianza y a algunos más. Cogimos la única barca salvavidas y nos marchamos. El barco naufragó y nosotros seguimos adelante. Una vez que llegamos a la isla nos instalamos en una cueva que divisamos cerca de la costa. La primera noche harían guardia Juan y José María, para algo eran de mi tripulación de confianza. José María preparó algunas trampas por si las moscas. Y Juan se fabricó un machete con los huesos de un oso que nos sirvió de cena. Aquella noche se presentaron unos indeseables. La mayoría cayeron en las trampas de José María y del resto se encargó Juan. Uno de ellos en su último suspiro dijo: -En esta isla está el tesoro de los mil mudos. Y murió de repente. Nos pusimos en marcha, a la busca del tesoro. José María se subió a un árbol para ver dónde estaba el tesoro. En la corteza del árbol había incrustado un mapa. Seguimos el mapa y nos llevó a un lago de lava y en el centro, un montículo de tierra con un agujero que llevaba al centro de la isla donde, según el mapa, estaba el tesoro. Hicimos una barca de madera, pero salió ardiendo. De la lava emergió un tramo de roca que usamos para llegar allí. El tramo se empezó a derrumbar. Por suerte conseguimos llegar allí, aunque muriesen muchos de mis hombres. Sobrevivimos mi tripulación de confianza y yo. Por fin llegamos hasta el tesoro. Era un cofre mágico del que salían monedas sin parar. Cogimos el bote salvavidas y volvimos a la ciudad, donde, con unas monedas compramos un gran barco para cada uno. Y aquí termina esta historia, o... ¿tal vez no? Jorge Núñez Villalba 1º ESO


Un relato de aventuras El tesoro maldito Era un día soleado. No parecía que fuéramos a tener ningún problema en el viaje. Yo era un joven de 22 años; alto, moreno y un poco tímido que viajaba en barco con mi amigo Jorge a Inglaterra para terminar nuestros estudios. En ese instante salió de la nada un gran nubarrón. Empezó a llover y había rayos y truenos por todas partes, ¡Menuda tormenta nos había cogido! De repente cayó un rayo muy cerca del barco y volcó, creía que iba a morir y me desmayé. Me desperté en una isla que parecía desierta a simple vista. Aunque lo llamé varias veces, no había ni rastro de Jorge. Al rato de pensar, viendo el paisaje, me planteé explorar la isla. Subí a lo alto de una montaña, pero no había rastro de civilización. A la playa en la que aparecí la llame “Playa de las Tortugas”. Allí me construí una cabaña para vivir hasta que me rescataran. Dos días después comencé la exploración. Cuando andaba por la isla, un aborigen me lanzó una flecha, pero fallo. -¡Qué haces!- le grité. Él señaló mi espalda y, al girarme, vi que la flecha había dado en una araña enorme que estaba al lado mía. Él me había salvado. Nos hicimos amigos y, para mi sorpresa, hablaba mi idioma. Se llamaba Viernes. Me llevó a la playa en la que vivía, pero no era la playa en la que desperté. A esa playa la llamé “Playa de Viernes”. Una noche me habló de un tesoro maldito que estaba en lo alto de una montañas de la isla. Me dijo que estaba protegido por numerosas trampas que nunca nadie había logrado superar. A mí me interesó la idea de ir a busca el tesoro, así que le pedí que me dijera dónde era. - ¡No!, Es muy peligroso. - Tendré mucho cuidado. Él me dio un mapa de la isla con la localización de la cueva donde se en encontraba el tesoro, pero me volvió a advertir del peligro que suponía. A la mañana siguiente me puse en marcha, pero como era un viaje muy largo, decidí hacer algunas paradas. Mi primera parada fue en una cueva enorme. Allí pasé la primera noche, así que lo llamé “Primer campamento”. Fui completando el mapa según encontraba cosas : el primer campamento, la cabaña... Al día siguiente me dispuse a seguir, pero había un río enorme que me cortaba el paso. Pensé en rodearlo, pero perdería todo lo andado. Así que me puse a construir una balsa. Aunque me quedó algo horrible, consiguió flotar hasta el otro lado del río. Al final del día conseguí llegar al pie de la montaña. Cuando llegué, me encontré con una cueva que parecía la cabeza de una serpiente. Entré asustado por los peligros que me encontraría. Al principio no pasaba nada, pero cuando menos me lo esperaba, tropecé y decenas de flechas salieron disparadas contra la pared. ¡Menos mal que tropecé! Después estaba tan cansado que me apoyé en la pared, una piedra enorme comenzó a rodar hacia mí. Cuando creía que estaba acabado, Viernes apareció de repente y, empujándome contra la pared, me salvó. - ¿Cómo es que has venido?- le pregunté. - No podía dejarte solo- contestó preocupado. - Bueno, vamos a seguir. Así que seguimos andando. Al rato vimos una luz al fondo. Fuimos corriendo y al final del túnel había una especie de sala y en el centro estaba... ¡el tesoro! Los dos nos pusimos a saltar de alegría. Cuando iba a cogerlo, salió de un agujero una enorme serpiente. Cogí el tesoro y todo empezó a derrumbarse. Salimos corriendo tan rápido como nuestros cuerpos nos lo permitían. La cueva estaba a punto de derrumbarse cuando salimos a lo justo. La serpiente quedó atrapada y la salida bloqueada. Viernes y yo nos repartimos el tesoro a medias. Días después un barco llegó a la isla. En él estaba Jorge que me llevaba buscando mucho tiempo. Al final todo terminó bien. Yo le hablé de mi aventura y de Viernes, del que nunca me olvidaré. Ismael Vargas García 1º ESO


Un relato de aventuras Había una vez en un velero mercante. Yo estaba junto a mi tripulación en un océano agitado y tormentoso. Las olas nos golpeaban a estribor y a babor y también de proa a popa. El fuerte viento hacía zarandear el barco de un lado para otro mientras yo intentaba parar el timón, el cual estaba girando sin control. Los pocos tripulantes que me quedaban se metían asustados en los camarotes y yo no tuve más remedio que ir con ellos porque quedarse en la cubierta era un auténtico suicidio. Al entrar en la bodega nos quedamos allí hasta que se calmara un poco la tempestad, pero por mal que estaban las cosas no hacían más que empeorar. ¡Boom! Se oyó un tremendo estruendo en la cubierta. Seguramente se debió caer el palo mayor del barco porque fuera, lo que fuera era grande y bastante pesado. No paraba de entrar agua a través de la madera y, como estuviéramos más tiempo allí, nos íbamos a ahogar. Así que, volviendo a la cubierta, nos montamos en uno de los botes que quedaban y salimos remando de aquel barco. Estuvimos remando casi tres horas y cuando soltamos los remos, rendidos por el cansancio, nos dejamos caer sobre el bote pero una ola nos hizo volcar. A la mañana siguiente me desperté. Estaba completamente empapado y me ardían los ojos debido a la sal del agua. Me decía a mí mismo que estaba muerto, que me había ahogado, pero al mirar a mi lado y ver los cadáveres de mis tripulantes, cambié de opinión. Me levanté y, mirando al frente, vi una selva inmensa repleta de árboles de todo tipo. Me adentré en aquel paraje inhóspito y empecé a oír voces. Corrí guiándome por el sonido y me encontré con un pirata. Era el famoso jefe de la piratería: el capitán Jackwansable, el mismo que me debía 1.032 chelines que me robó durante un saqueo en los mares del pacífico. El capitán Wansable era un capitán frío, con mirada amenazante y con la cara llena de cicatrices. Así que pensé en quedarme con su barco para escapar de aquel lugar, pero de momento me limité a seguirle. Estaba cavando un boquete y desenterrando algo que, cuando me fijé, vi que era un cofre del tesoro de 2m de ancho. ¡Grr! Un gruñido me sobresaltó y, cuando miré hacia atrás, había una criatura de 4m con la cara deforme y con dientes de tamaño de espadas. Me miraba fijamente con mirada asesina. Me levantó y me tiró por los aires. Caí encima de la copa de un árbol. El pirata Wansable murió violentamente junto a su tripulación. Y, en cuestión de segundos, la criatura desapareció. Cuando me bajé del árbol, agarré el cofre, lo arrastré hasta el barco y me subí en él. Puse rumbo a los mares del sur.

Manuel Vicente García Ortegón 1º ESO


UN RELATO DE AVENTURAS