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frase llega al final del camino. Esto es como la persona que te aclara que no te va a mentir antes de hablar, la tercera vez que lo hace ya sabes que algo funciona mal. Tampoco la vocación se puede estar anunciando, hay un camino silencioso que hay que proponerse caminar. La segunda pista es que la perspectiva tiene que ser de largo aliento, no con respecto a lo que duren los estudios (sean universitarios o no). La pregunta no es ¿qué quiero estudiar? Sino ¿qué quiero ser? El que quiere ser médico no piensa que tiene que hacer exámenes durante 10 años sino que será médico durante 30. El que quiere ser peluquero lo mismo, aunque la carrera dure sólo un año, la cuestión no es ésa, sino las ganas de ser alguien dedicado a que la gente tenga el pelo más lindo. La tercera pista es que se debe tratar de pensar sin que influya el “qué dirán”, algo mucho más difícil de lo que se cree a primera vista. Y vuelvo al principio, no hay por qué ser universitario si lo que se quiere es restaurar muebles antiguos o seguir el comercio del padre porque es el sueño que siempre se tuvo. No hay problema en ello mientras se tenga una premisa básica de la vida humana: hay que esforzarse por lograr las cosas, romperse el lomo es algo que siempre tendremos que hacer, estudiemos lo que estudiemos y tengamos la vocación que tengamos. El error es creer que el esfuerzo consiste en ser universitario porque es lo que socialmente se impone. Después pasa que se tiene el título y uno dice: ¿para qué? Sé todo lo que puedo hacer con esta carrera,

¿pero es eso lo que quiero? El asunto es infinitamente más complejo de lo que dice esta columna. Pero al menos es un puntapié para todos lo que en este febrero se preguntan qué hacer de sus vidas o en qué universidad comenzar sus estudios. ¡Ah! Una última cosa: nunca es tarde para volver a empezar, la vocación puede aparecer en el momento más inesperado y poco tiene que ver la edad en esto.

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Edición N°3