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COMÚN

Textos: Micaela Domínguez Prost Edición, diseño e ilustraciones: Ana Flecha Marco Montevideo/Bergen 2015 The Publishing Cabin


–¿Cambiás el destino? –le pregunta una señora al conductor del colectivo desde una parada en Ciudad vieja. –Si –dice el conductor, con una seguridad sorprendente. La señora sonríe aliviada y se sube. Cosas que pasan en Montevideo.


ASIENTOS RESERVADOS

Tres de la tarde, ómnibus 710, lleno. Se suben una chica embarazadísima y su amiga con un bebé. En los asientos de adelante, dos señoras se hacen las gilas. La del bebé le dice a una: –¿Señora, se puede parar? Los asientos de acá son para embarazadas. Las viejas dicen que no, que el cartel dice “reservado para lisiados”, que hay otro asiento para embarazada y ya está ocupado por una. Las amigas se indignan mientras unos jóvenes de unos asientos más atrás les ceden el lugar. En la parada siguiente, como si Dios existiera y fuera simpáticamente sarcástico, sube una mujer con una parálisis importante. Una de las viejas dice: –Ah, ahora sí –y se levanta.


Algunos reímos por lo bajo. La embarazada y la del bebé se ríen fuerte y con ganas. La vieja que quedó sentada dice: –No se rían, atrevidas, preguntémosle al chofer, van a ver que sólo hay un lugar para embarazadas. La vieja que ahora viaja parada se tambalea agarrada al caño. Podría darnos lástima, pero no nos levantamos. Y estamos en todo derecho. Tuvimos la precaución de no sentarnos en el lugar reservado para viejas hijas de puta.


EL REY DE LA RETÓRICA

[publicado originalmente en Revista Lento en julio de 2014]

Hasta hace un tiempo mi vededor de ómnibus preferido era el del ungüento mágico para sacar manchas. Ese que se tira una especie de kétchup en una camisa blanca y se pone la pastita y mientras te va diciendo que esa cosa la fabrica él y que te limpia lo que sea y en cualquier tipo de tela el kétchup va desapareciendo ante la mirada (antes desconfiada, ahora maravillada) de los pasajeros que buscan en sus bolsillos 30 pesos para comprar ese tarrito mágico y volver a usar ropa que ya daban por perdida. Lo que me gustaba del tipo era que confirmaba lo que todos sospechamos: tenemos muchas ganas de que la magia exista. Sabemos que el verdadero truco está en que el líquido rojo que se tira no es kétchup ni sangre sino algo que hasta quizás se vaya con agua, sabemos que es imposible que algo que fabrica él sirva para sacar


manchas de lo que sea sin dañar ningún material, sabemos que no tiene sentido que este señor esté vendiendo en un bondi en lugar de andar paseando en su yate por el Caribe con el premio Nobel de Química bajo el brazo. Sabemos, sí, pero igual le decimos: “Deme dos, uno para mí y otro para mi suegra y ojalá que funcione porque yo tengo ganas de creerle y de pensar que este tarrito me va a solucionar la vida, aunque sea durante el ratito que falta para llegar a mi casa y volver a comprobar que el mundo es aburrido y cruel”. Un día apareció quien desbarrancaría al mago de las manchas de su cómodo trono: el rey de la retórica. Subió vendiendo fósforos. Los fósforos se fabrican, se comercializan, hay gente que los sigue usando. Podría haber dicho “vendo fósforos ¿Alguien me compra?” y ya está, pero decidió contarnos por qué es mucho más espiritual encender un incienso o una vela con fósforos y hablarnos sobre lo fríos e impersonales que son los encendedores. Pasaron unos meses y un día a la vuelta de Solymar lo volví a encontrar. Había sido una jornada excelente


en lo que respecta a gente que se sube al bondi a hacerme feliz: dos pibes que rapeaban como unos capos, el Tom Hanks del maní (se sube en la puerta del aeropuerto, recorre el estacionamiento diciendo “manijaponésmaníconchocolatemanísalado” se baja en la ruta y vuelve a empezar), y dos locos que recitaban poesías de Benedetti en estéreo. Creí que ya había tenido suficiente, pero unas paradas antes de mi destino reapareció él con un bolso pesado y gigante que adelantaba que esta vez tenía algo más que unas cajitas de fósforos. Lo primero que sacó fueron unas alfombras turcas que desplegó mientras hablaba sobre hilos y diseños y colores. Eran muy lindas, sí, pero poco prácticas para acarrear por Avenida Italia y algo caras para la rapidez en la toma de decisiones que requiere una compra en el bondi (tampoco era cuestión de hacerle desenrollar todas las alfombras al pobre muchacho). Lo segundo eran unos faroles a pila. Necesitaban muchas pilas para funcionar y probablemente no duraban mucho tiempo encendidos. Pero lo que más me sorprendió fue la emoción con la cual develó el elemento sorpresa del farolito: una brújula. De esas chiquititas, de plástico, decorativas. Nos contó que


puede ser muy útil si uno se pierde en la montaña o no encuentra su carpa en un campamento. Nos explicó que señalan siempre el norte y hasta hizo un breve repaso de la historia de la brújula. Lo tercero eran unas agendas. Grandes, marrones o negras, horribles. Ya había visto varias personas intentando vender sin éxito agendas 2014, incluso ya pisando la mitad del año, y notaba que ni ellos se creían que hoy en día alguien puede andar acarreando un libraco en lugar de anotarse lo que tiene que hacer en el celular. Este tipo, ya lo hemos comprendido, es diferente. Seguramente cuando recibió las agendas (o no sé cómo funciona esto, tengo la sospecha de que a él le encajan lo que pocos están dispuestos a vender) se dio cuenta de que iba a ser difícil hacerlas competir con, por ejemplo, un iPhone. Pero pensó y pensó y descubrió no una sino tres ventajas de la prácticamente obsoleta agenda de papel. Número uno: es más personal escribir a mano y pasar hojas. Este argumento se le debe de haber ocurrido recordando sus épocas de vendedor de fósforos. Número dos: si uno está en una calle peligrosa de noche y saca un celular caro para revisar qué reunión


tiene mañana, hay altas chances de que se lo roben. ¿Pero a quién le robarían una agenda? ¿Eh? Saque su agenda de la cartera sin miedo, señora, en cualquier lugar y a cualquier hora. Número tres: una agenda es significativamente más barata que un celular. El tipo obvió recordarnos que un celular, además de agenda, tiene o puede tener cámara de fotos, internet, mp3, GPS, juegos, y que encima de todo eso sirve para llamar y mandar mensajes. Uno nunca sabe si tiene sentado al lado a alguien que simplemente necesitaba una agenda y debió gastar fortunas en un Samsung último modelo porque no tuvo la suerte de cruzarse antes con el rey de la retórica. Cuando terminó su discurso recorrió el pasillo un par de veces con una alfombra bajo el brazo, un farolito en una mano y un par de agendas (marrón y negra) en la otra. Después metió todo en su bolso gigante que llevó casi arrastrando hasta la puerta y se bajó. No hace falta decir que no logró vender nada. Pero a mí me compró.


DUDAS SOBRE EL AGUA

Esta mañana se subió al 121 una señora con muchísimas lágrimas empapándole la cara. Tenía una expresión neutra, pero le caían hilitos de agua sin parar. Se sentó en uno de los lugares para discapacitados/embarazadas, y yo me quedé durante varias cuadras mirándola, tratando de descubrir si tenía alguna infección o si simplemente estaba extremadamente triste. Al rato se subió un tipo que canta canciones horribles con una guitarra destrozada. Hace una especie de popurrí mortal de la felicidad que incluye La vida es un carnaval, Si me dan a elegir entre ti y la riqueza y otra que dice algo de “Buenos días, brilla el sol”. El hombre era exageradamente entusiasta, supongo como estrategia para caer simpático y recibir más monedas.


En un momento miró a la señora de las lágrimas y le hizo un chiste que no escuché. La señora tardó un rato en reaccionar: mantuvo su cara de nada unos segundos hasta que con gran esfuerzo logró sonreír, aunque sin un intento de contacto visual con el cantor/comediante. Sonrió mirando con sus ojos vidriosos y chorreantes para adelante o para ningún lado, y volvió a su expresión (o falta de) anterior. Y yo ahí pensé que, evidentemente, la señora estaba muy triste. Aunque después, viendo el repertorio y la insoportable alegría del músico, intuí que el chiste en cuestión debía haber sido muy malo y que la señora, quizá, tuvo que forzar una sonrisa por cortesía, pero que si el chiste hubiese sido bueno habría largado una gran carcajada mientras se limpiaba el agua de su inocente infección ocular. Así que me bajé sin saber qué le pasaba a la mujer en los ojos y en la vida, y realmente ya no sé cómo convivir con tantos misterios cotidianos.


EL VIEJO DEL 582

Subo al 582 y el único asiento disponible es uno de esos que miran para atrás. Dudo. Mirar para el lado opuesto al de la dirección del ómnibus me produce náuseas. No sé si es algo normal pero es común, a mucha gente le pasa y seguro que si googleo un ratito hasta puedo encontrar una explicación y un nombre científico. Como tuve un día larguísimo y me duelen las piernas decido que estar por vomitar es mejor que desmayarme y me siento. Enfrente mío hay un pibe que dura poco: a la parada siguiente se sube un viejo muy arrugado y el pibe ni lo duda, se levanta y se va para atrás. El viejo se sienta, a 30 centímetros de mi cara. Tiene un saco de un marrón horrible con un broche de un escudito que podría ser de España, un pullover de lana azul y una camisa blanca. Lentamente saca una revista de un portafolios gastado y la empieza a hojear. En la tapa de la revista alcanzo a leer la


palabra “Ciencia”. El viejo debe ser un profesor de física de alguna universidad, y está volviendo a la casa después de una clase. Los alumnos lo deben querer, porque tiene movimientos de hombre bueno. Me pregunto si yo a esa edad seguiré dando clases de algo y si, como el viejo, seguiré interesándome por los avances de la ciencia (o de lo que sea). El viejo debe leer algo sobre una investigación que termina en 3 años y debe pensar “Capaz que no llego para ver los resultados, la pucha”. Sigo chusmeándole la revista y noto que está en portugués. El viejo lee sobre avances de la ciencia en portugués, qué crá. Seguro todavía no salió la revista en otro idioma pero no importa, porque él se habla todo. Noto, también, que no soy la única hechizada con su parsimonia y su revistita: varias chicas jóvenes y lindas que momentáneamente viajan paradas al lado del viejo lo miran sin disimular. Debe haber sido un gran sex symbol en su juventud, si ahora con su saco marrón horrible y sus arrugas logra acaparar todas las miradas femeninas. No sólo está en portugués la revista, sino que tiene cosas que no parecen muy de revista de ciencia. Chistes de Garfield y de Snoopy. Y un artículo sobre no sé qué verbo.


El viejo se detiene en una página. Saca una lapicera negra del bolsillo interno de su saco. La destapa. Pone el capuchón en la parte de atrás de la lapicera. Subraya perfectamente el primer párrafo. Guarda la lapicera. Encuentra entre las hojas de la revista un papel publicitario amarillo. Lo dobla. Corta perfectamente una tirita y marca la página. Corta otra tirita y marca otra. El viejo usa esos papelitos que te dan por la calle para algo útil. Es de esa gente que no tira nada, seguramente pasó por momentos de mucha pobreza durante la Guerra Civil antes de ser un reconocido científico. Se está por bajar y vive solo, entonces marca lo que quiere seguir leyendo cuando llegue a su casa. El viejo da vuelta el papelito amarillo. Del cacho que quedó, alcanzo a leer “PORTU”. El viejo no está leyendo una revista de ciencia, y no le dieron un papel al azar por 18 de julio. Está estudiando portugués, le encajaron esa revista en el instituto, y justo era una que tenía la palabra ciencia en la tapa. Supongo que debe aprender portugués porque se va de vacaciones a Florianópolis, o porque se enteró que tiene bisnietos perdidos en Lisboa y quiere ir a conocerlos, o porque quiere volver a pasar por


la experiencia de ser alumno para acercarse a sus discípulos de las clases de física que nunca dio. Faltan unas 3 paradas para bajarme. Toso, hago ruido, saco algo de la mochila… y nada. El viejo sigue con los ojos clavados en el preterito perfeito. Me levanto, voy a la puerta, lo miro, él mira a Snoopy, me bajo y me enojo. Estuve un rato largo a 30 centímetros de su cara y no se enteró ni de cual es mi comida preferida, mientras yo me interesaba por su pasado en la guerra, sus nietos perdidos y su frustrada carrera científica.


DESPERTATE

La chica de atrás habla por teléfono con uno que seguramente conoció por internet. Le dice que lo quiere ver. Él se niega. Ella lo trata de convencer, que no le de vergüenza, que no puede ser tanto más feo que en las fotos. Que ella borra todas las fotos que le llegan al celular pero las que él le mandó no. Que las guarda para mostrárselas a sus amigas, que les dice “miren, este es el muchacho del que les hablé”. Que se anime. Él se niega. Pasamos por un lugar de ropa deportiva y ella le cuenta que no le gusta la ropa deportiva. Enseguida tiene la precaución de atajarse y le dice que no le gusta cómo le queda a ella, que no tiene problema si otra gente se viste así, que quiere comprarse unos championes pero sin muchos colores, que vio unos pero no había de su número. Se ríe y habla sin parar y él casi nada y ella repite que lo quiere conocer personalmente, que como ya


le gusta mucho seguramente en persona le guste más. Él se niega. Y yo en un mundo paralelo me doy vuelta, la agarro de los hombros, la zamarreo y le digo: Despertate, él no es el de las fotos, o capaz que sí pero tiene novia, o capaz que sí y no tiene pero no parece importarle qué championes querés comprarte ni nada de tu vida, no sé bien cuál es la movida, pero despertate.


UN TURISTA, UN AMIGO

Hoy en la parada de ómnibus un señor se puso a hablar con una pareja de turistas. La chica era española y el pibe hablaba en inglés. La española era bastante boluda. Dijo cosas como “qué bueno que dejó de llover y salió el sol, espero que en Pocitos también haga buen tiempo”. Estábamos a una cuadra de la intendencia. El pibe hojeaba la Lonely Planet Uruguay, ella le hacía preguntas al señor, el señor respondía, yo lo corregía en silencio. –¿Cuál es la playa más bonita de Montevideo? –Son todas iguales. (no) –En mi trabajo acostumbramos llevar algo dulce para compartir cuando viajamos. ¿Qué puedo llevar de acá?


–Y, no sé, no hay nada dulce típico. (llevá alfajores, cualquier cosa con dulce de leche. Te puedo tirar varias marcas si querés) –¿Dónde es un buen lugar para comprar regalos? –Y... tenés el Montevideo Shopping y el Punta Carretas Shopping. (ay mi dios) En un momento la chica comenta que antes de Montevideo estuvieron en Punta del Diablo. –Uy no te puedo creer –dice el señor–. En Punta del Diablo hace poco mataron a una chica. Una chica así, como vos. La enterraron en la arena. La chica, que hasta el momento había ignorado la presencia de su novio, empieza a traducir lo que está escuchando. Le presta atención a la elección de palabras para transmitir lo terrible del asunto. Mataron a una chica JUST LIKE ME donde estuvimos hasta ayer, RIGHT WHERE WE WERE. El señor se sube a un 144 y se va, sin darme tiempo a preguntarle por qué miente tanto.


No sé si es simplemente ignorante, si los quiere asustar, o si quiere que tengan una anécdota para contar a la vuelta. “No sabés, mataron a una chica igual a mí al lado de donde estábamos. Nos salvamos cagando”, dirá la chica luego de excusarse por no haber encontrado nada dulce en el país de la muerte. La pareja se sube al 116, yo también. Cuando llegamos a Pocitos tampoco llueve. Están yendo a Montevideo Shopping siguiendo las sabias palabras del señor, y probablemente estén agradeciendo por dentro su simpatía y predisposición. Never overestimate the kindness of strangers.


ACOMPAÑANTES

Me subo al 711 en el kilómetro 24.5 y tengo que tomar una decisión importante. Todos los asientos junto a la ventanilla están ocupados. Todos los del pasillo libres. Tengo que elegir, sin dudar demasiado, quién es la persona que más se merece estar a mi lado. Cuando me toca estar en el lado de la ventanilla y se sube alguien, me alegro los días en los cuales soy una de las primeras que eligen. Cuando soy de las últimas me siento como el pibe que juega como el orto al fútbol y queda paradito en esa técnica cruel de tener a un miembro de cada equipo eligiendo a sus compañeros por turnos. Me persigo, capaz que estoy con cara muy de hecha mierda, capaz que tengo demasiado olor a tabaco, capaz que el mundo me odia. Ahora, en el 711, hay muchos hombres, pocas mujeres y un travesti. Una travesti, perdón. Avanzo


por el pasillo, tengo que elegir. Pienso que a la travesti le debe pasar seguido ser la última persona que cuenta con acompañante, entonces decido hacer un acto de justicia social y sentarme con ella. Me siento a su lado triunfante, creyéndome la persona más inclusiva y capa de la historia, hasta que me doy cuenta de que soy tan asquerosamente discriminadora como el resto de los pasajeros. No fue natural, no fue espontáneo. Me senté con ella porque es distinta, porque me creo mejor, porque en algún momento voy a decir “Yo soy re abierta, tengo una amiga travesti”. Me odio. Aparte ella capaz que estaba re tranquila sentada sola, quién me dijo que iba a apreciar mi compañía, si yo es muy probable que esté con tremenda expresión de cansancio y aburrimiento y el olor del pucho que me acabo de fumar en la parada. Ella se levanta y se baja en la parada siguiente. Seguramente le haya chupado un huevo que yo me sentara ahí o no. Lo de que le chupa un huevo es una forma de decir, claro está, si a mi no me importa qué es lo que tiene entre las piernas, si para mí es una mujer como cualquier otra.


Final de recorrido.


Común lo escribió Micaela Domínguez Prost en Montevideo (Uruguay), y lo editó Ana Flecha Marco en Bergen (Noruega). La fuente utilizada para los textos es Adobe Caslon Pro. Los títulos están compuestos en Gill Sans. Las imágenes de los collage son del programa de primavera 2015 de la filmoteca de Bergen.


Hoy no le cedí mi asiento en el ómnibus a un nene de 5 años porque me caía mal ¿Soy un ser horrible?

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Común  

STM [Situaciones en el transporte de Montevideo](casi) nueve relatos de Micaela Domínguez Prost.

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