The LITtle Journal - Issue I

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THE LITTLE JOURNAL A LITERARY MAGAZINE by Florencia Solórzano, Tao Li and Cecilia Ledezma

FEATURING AWARD WINNING WORKS FROM

Los Juegos Florales 2021

ISSUE I



Content Editorial Short Story Competition Winning Work Honourable Mentions Juegos Florales Una Risa de Verdadero Placer Tres Tristes Tigres Artemisa Orfeo y Eurídice Incertidumbre Pobredumbre ¡Ay! Poco morigerada es la “dama”… El Color de las Mentiras La sextina de Hipatia Carta El Yeti

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Student Submissions Lemon Demon: The 21st Century Bard The Future "Lies" Ahead Caligrama, Antonino Cordova (S1) Historias Lockdown 2021 War La Tormenta Astro boy Snowfall War Photographer Essay The feeling of being on the verge of tears Just a Reminder Caligrama, Santino Cordova (P6) CODE RED for Humanity Continued Texts

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EDITORIAL

Dear reader, Earlier this year, we realized that, although the student body’s achievements in prose and verse were celebrated when the competitions’ winners were announced, it was rare to actually be able to read their winning pieces. We felt this thenestablished tradition of reading a list of names and titles out at an assembly with no content following afterwards was unfair, both to the artists and to those who could be enjoying fresh pieces of literature. That is why we decided to create such a publication. It is our goal and wish that through this issue, and the many more that are to follow, we can share our stories, read some more, and hopefully inspire others to do the same. Today, we are proud to announce that a bimester’s worth of work, of emails and editing, of lengthy discussions on theming and design, has produced its first fruit. It brings us the utmost joy to bring you this first edition of The LITtle Journal, a magazine dedicated to celebrating students’ work and encouraging their production. We hope that you enjoy it as much as we did making it a reality. Write on! Cecilia, Luisa, and Florencia (6B), Founders of The LITtle Journal Note: Some of the material in this journal contains potentially sensitive content. Aviso: El contenido de algunos de los textos de esta publicación podrían herir susceptibilidades.

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Short Story Competition Winner

"Cage" - Blue (S2) Prompt: A guard with a sword

The guard doesn’t have a name, for it doesn’t need a name. It didn’t have sight, for that was also unnecessary - the pathing of the castle was long carved into its memory. No residents remained inside the castle. Still, every night the guard circled the castle with its sword. It did not matter that what was being protected was a mere memory of what once had been a glorious kingdom. It gave the guard purpose, and that was enough. Outside, the demons whisper in their own language. Here, you can see a human. Studies have shown humans have a surprising intelligence, allowing them to follow simple orders. One day, the guard woke up with the world clearing up. It could see the corridors, bleach white on five faces. The last was a pane of glass. Do not let them realize you can see again, said the writing on her sword.

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Honorable Mentions "The Murder" - Reese (S2) Prompt: The night shift & A guard with a sword They said Henry Roberts had been possessed, but the truth is, he could not hide his true nature any longer. Henry was a guard at the local museum in a town called Dolt. No one knew where he had come from or how old he was. He had been there for as long as anyone remembered and was terribly old fashioned, refusing to work any shift but the night one and insisting on carrying a sword wherever he went. Henry had not defined himself as particularly good nor evil, until that day. The moon shone, basking everything in a peaceful glow, everything except Henry Roberts’ soul. The attack was unexpected, one second a group of kids were strolling past the museum gates, the other Henry had launched himself at them and was slicing them with his sword. Blood coated the sidewalk, and that was the last anyone saw of Henry Roberts.

"The Sound of My Own" - Camila Núñez (S1) Prompt: The future with a vengeance Año 2473, manicomio Wetherwall, -Esto se ha vuelto un bucle- suspiró aquella persona en la esquina opuesta de la habitación. El tiempo se detuvo una vez más, pues aquel monstruo había vuelto a despertar. Su vista se posó en el último niño de la habitación y, en estruendoso grito, completamente me rodeó. Exaltada, me arrinconé en el piso frío de la blanca habitación, intentando buscar escapatoria, pues yo le seguía. Choqué contra el espejo pegado a la pared y tomé el pedazo de vidrio que había logrado obtener. Mi tiempo se acababa así que no lo dudé, vengaría a todos aquellos que alguna vez imaginé. Pero, aunque no me había dado cuenta, cada vez que me acercaba más, el dolor al que la sometía era el mío en realidad. Pues después de todo, tras haber escuchado su último respirar, caí rendida al piso; había muerto en su lugar.

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Honorable Mentions "Glass Eyes" - Someone That Likes To Write (S2) Prompt: The night shift “Help me.” Connie shrugged as he looked up at the old address. “A night guard for a doll shop? What type of job even is this?” they thought to themselves as they walked through the wooden door. Dolls of all shapes and sizes were displayed in old clothes. Their skin was made out of porcelain, and their eyes seamless as glass. Connie looked over the dusty counters and shelves but saw no signs of an owner. A thought was interrupted by a slight shuffle behind him. He slowly turned around, and sitting there was a piece of paper. He opened the note and saw the words “Welcome to our family”. He felt many eyes staring at him as he ran for the door. Something knocked him out conscious. He opened his eyes and stared from above. “Help me,” he thought as a single tear rolled down his porcelain face.

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J

o r l a F l e s s o g e u Una Risa de Verdadero Placer Sebastian Chu (Prom. LXVIII)

Mientras exhalaba mi último aliento Y bregaba por concluir mi oración, Mientras la muerte besaba mis pálidas manos Con sus cálidos y seductores labios, Mientras un rojo carmesí brotaba de mí, Tiñendo todo a su merced, Escuché tu ponzoñosa risa Gozando pasmado sobre mi rígido y álgido cadáver.

Un peculiar canto de sadismo y placer Regocijándose en su más reciente logro Se quedó plasmado en mi memoria Como sangre en manos inocentes.

Esperaré incontables horas como un alma extraviada En un mundo saturado de agonía Hasta volver a escuchar esa enfermiza sinfonía Y poder retornar un desfavorable favor. No te preocupes, esperaré lo necesario Y no pretendo huir, no esta vez. Solamente me oirás riendo, extasiado en deleite Pues el que ríe último, ríe mejor.

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Tres Tristes Tigres EITHAN MEEROVICI (6B)

Tres tristes tigres, Tragan trigo en un trigal. Pero los tigres no están tristes Y no hay trigal

Y no hay trigo Mas bolsas negras malolientes Y no hay trigal, solo barro sucio en la calle Y no son tigres, sino perros.

Y sus cuerpos, Todos rotos en el barro

Y sus cuerpos con sus puentes en la vista Y una lata de cerveza rota, clavada en el pie de uno de ellos

Y sin comida mas basura en el suelo. Tres tristes perros, muertos sucios En la ciudad.

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F I O R E N Z A

F E L I C E ( S 4 )

Resuena su andar en la pesada penumbra de la flora entre los frutos, danza su melena tras el arco y la flecha al son de sus pasos y de su alma. Caída yace la sombra de la luna sobre el callar del panorama, corre con ciprés y ciervo cual trofeo de guerra. No la detiene ni el agua, ni la tierra, ni el fuego, pues tiene a Zeus y a Leto a su derecha y a la oda del bosque a su izquierda. Entre murmullos las criaturas se arrullan, atentas a los anillos en el río, a las maderas que se abrazan Y al latir terrenal. Con sus huellas húmedas cual manantial eterno, los ojos animales chispeando de intriga, y la hamaca de la brisa, se detiene. Sube el mentón, apunta, y parte parda la flecha hacia la incertidumbre nocturna

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CECILIA LEDEZMA (6B)

Orfeo y Eurídice

Te quiero contar un cuento, Un amante aconseja Escrito en pergamino, “En ti tengo fe tan llena, Tan viejo como el viento, Que, sin importar la reja, De un trágico destino, Tenés mi certeza plena, De ya hace tanto atrás. Que yo te seguiré atrás.”

Érase una pareja, Su amor, quien quiere tanto Tan sinceramente buena, Con sentimento genuino, Pero esta moraleja, Lo siguió y adelanto, No brinda más que pena En su viaje peregrino, De ya hace tanto atrás. De ya hace tanto atrás.

Por un truco y encanto, Pero ya se pone vieja, El par tan clandestino, Tiempo pasa con l’arena, Aunque mantuvo amando, Y su mano suelta, deja, Sufrió cambio repentino, Empezando su condena, De ya hace tanto atrás. De ya hace tanto atrás.

Sin importar la queja, Asusta el movimiento, Terminan en la escena, Y en un acto Faustino, Separados por la reja, Con el corazón ya lento, Atados con la cadena, Se da vuelta el campesino, De ya hace tanto atrás. Y la mira andando atrás.

Y vino el juramento Y aunque solo proteja “Andarán por el camino Al amor, el mal ordena, Sin mirarse, o, lamento, Ya que todo lo maneja, Perderán a su vecino” A morir, cortando vena, De ya hace tanto atrás. Por haber mirado atrás.

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Incertidumbre FLORENCIA

SOLÓRZANO

(6B)

Los infinitos rasgos de duda, Indecisión. perpetúan, condenan y exilian, Errores, Al deceso incandescente rey: la mente Locura, complicada, frustrante, mortífera: la duda Asolación.

empañando la ventana Hija del diablo, Haciéndote el juego de luces. solo algunos le caen bien, Tus maniobras, observando prima de la confianza, Enubeciendo tu pensar. Aunque más poderosa.

Dicen que es una “ella” Esta es una advertencia. Traiconera, Actúen con sigilo Controladora, Porque ella caza Diosa de tu núcleo. Nunca anunciando su llegada

En la obscura membrana de la inseguridad habita Mira atrás Pasivamente agresiva, ¿Ves a alguien? Surcando portadores de mentes débiles ¿No? Y apresándonos; mundanos. … Pues yo a ti, sí …

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Pobredumbre EITHAN MEEROVICI (6B)

Vivía solo con Edipo, su perro; este ya estaba ciego debido a las cataratas que palpitaban en sus ojos. Edipo y Justo tenían edades parecidas, ambos ya olfateaban el frío ardor de las cenizas. Hace mucho que su esposa ya había partido, pero él seguía sufriendo de las esposas que lo amarraban a su recuerdo. Sus tres hijos engendraban esos dolores aún más. Sin embargo, no amargaban la pena, el dolor se sentía como una cuerda ajustándose día y día en su cuello. Algunos días la cuerda lo dejaba cuerdo, en otros esta se portaba más amable. Sin embargo, ya desde hace un tiempo, esta le amarraba fuerte sin piedad y el dolor no se detenía, el frío se prendía, el olor a cenizas crecía, la respiración ya se le complicaba, la visión ya no quería ver; este ya entendía que el crepúsculo ya estaba casi negro. El decrépito mandó un telegrama para que sus ausentes hijos viniesen a verlo y este pudiese concluir. Sin embargo, ninguno venía y lo dejaban solo, acariciando a Edipo. Él había sido un buen padre, objetivamente, pero los frutos eran amargos y pendencieros. Y se quedaba solo, esperando a que alguno de ellos tuviese el corazón de su padre y pudiese sentir, amar y sufrir por él, como él hacía por ellos. Claro, amaba a Edipo, pero Edipo solo era un quinto de su corazón. Y esperaba, esperaba y esperaba, pero nadie venía y la tarde se quemaba ya como el carbón. Él olfateaba el tik tak del reloj que daba ya a las once. Entonces, como ultimátum, le escribió a su abogado. Le pidió a este que le escriba de su parte a sus hijos, explicando que la herencia solo se la daría a uno. La carta fue lanzada a los sabuesos quienes, al olfatear la infame letra, quemaron el petróleo de dinero que encendía sus turbios motores.

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<<Endecasílabo en alegoría al que lanza la piedra pero esconde la mano.>>

¡Ay! Poco morigerada es la “dama”… EITHAN MEEROVICI (6B)

¡Ay! Poco morigerada es la “dama”… ¡Meretriz, pero no fortuna en Midas! Mesalina desvanece sus dudas y Narciso fomenta en su vil trama.

Y con fachada engatusa la “dama”, Casanova, tus trampas dilucidas, mariposas del fuego y de mentiras. Ella es un bicho; por poder, difama.

Los principios de Judas, su vanidad; La “dama”, por el señorío, es salaz. ¡La lisonjera loa sin dignidad!

Cuando vieres a tu reflejo falaz, donde ni Platón te encuentra la verdad, ya ni es persona pero solo disfraz.

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Las mentiras son una cosa curiosa. Están las mentiras inmensas, grandes como un buque y están las pequeñas, esas diminutas, microscópicas, casi inexistentes, sólo que sin importar su dimensión, ambas son mentiras. Están las que corremos al viento y también las que nos persiguen, haciéndonos sus prisioneros, sus esclavos. Las que recibimos, las que damos, quizás las más atroces son las que decimos sin hablar.

EL COLOR DE LAS MENTIRAS SALVATORE CORDOVA (PROM. LXIX)

Las mentiras son una cosa curiosa, pues se dice que también poseen colores; están las mentiras blancas, livianas como copos de nieve, diáfanas ninfas transparentes, flotando graciosamente en el aire, con suavidad y elegancia muchas veces disfrazadas de compasión, siempre con la mejor intención. Es con estas mentiras que hay que tener especial cuidado ya que su uso, y en especial su abuso, nos van quitando la percepción de ver en colores, nos van dejando ciegos. Y si de tonalidades se trata, aparece la vasta y surtida gama de falacias grises, un nutrido abanico de omisiones y medias verdades con posibilidades infinitas que culminan en aquellas mentiras más oscuras; las negras, las profundas, pegajosas con la viscosidad del petróleo, arenas movedizas de las cuales sabemos entrar y no siempre salir, ya que como las sombras, se vuelven sin darnos cuenta, más grandes que nosotros mismos. Pero, para la tía Ronith, la única cosa que debía separarse por colores era la ropa que teníamos que lavar y una mentira sería siempre una mentira sin importar su tamaño o su tonalidad.

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F I O R E N Z A

F E L I C E ( S 4 )

La sextina de Hipatia

Los sueños de aquella que no cree, sino prueba, observan mudos desde el lejano firmamento mientras una estrella moribunda la persigue. Ahora que se desparrama la oscuridad sobre los hombros dorados de la Alejandría, el griterío le recuerda que está viva.

La filósofa anhela que su legado viva, que tres, cuatro, o cinco tintas gotas de prueba se unan a alguna laguna de Alejandría, pero el humo opaco se elevó hasta el firmamento para huir de las llamas ante la oscuridad. Solo la sangre sobre las piedras los persigue.

Hace un año le preguntaron, ¿quién nos persigue, si no es una estrella, cometa o luna, que viva mantiene a nuestra gran galaxia de oscuridad? Es la curiosidad que compartimos, que prueba los secretos enredados en el firmamento. Yo pagaré por ella aquí, en Alejandría.

Te agradezco una última vez, Alejandría por brindarme la cuna del saber, que persigue a los que cobardes siguen tras el firmamento del anonimato, o del prejuicio, que viva conserva mi ambición. No buscan ni quieren prueba alguna; el odio florece en la oscuridad.

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En segundos caerá el velo de la oscuridad, bruno reflejo que demandaba Alejandría; un pétalo de rosa, dos anillos; la prueba de que su aspiración partió; ya no la persigue. Sus dedos de porcelana yacen sobre la grieta abierta, viva, que tiembla frente al templo, agita al firmamento.

Ya no la abrazan los secretos del firmamento, que antes la libraban de la eterna oscuridad. Sórdidas piedras la condenan por seguir viva, y, lentamente, se despide de Alejandría. Con el golpe final, el dolor ya no la persigue. Con su derrumbe final, sus huesos son la prueba.

Tras los siglos, ni el firmamento de Alejandría, ni la helada, eterna oscuridad que la persigue la borrarán, pues sigue viva, y esta es la prueba.

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Una carta me dijeron, Corta, Simple, Sin color, Tal cosa es imposible, escribirte de esa forma.

Silencio. Me consume, Horror para mis oídos, Y ahí es cuando veo todo ante mí, Cautela y vergüenza , Escudos familiares, Familiares a nuestros padres.

Hoy, Cumple-mes de tu partida, Estoy aquí en el cementerio, Más no solo, Sus ojos me resguardan, Sacha me resguarda.

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Te bajaste en tu parada, ¿Cuándo bajaré? No lo sé. Ansío el momento Re-encontrarme contigo, Tocando la Suite de Bach

Me enseñaste la verdad Cruda pero bella Y cambié de ojos Vi al maligno Agarrándolo de los cuernos, Lo reté y destrocé.

Uruguay se cubre de negro Pero el tintineo de sus ojos, Imparables y soñadores Tal como los tuyos, Curiosos. Hasta pronto, Ezequiel


Corría, pero no me di cuenta sino hasta mucho tiempo después. La noche se apoyaba, pesada, sobre mis hombros cansados, mientras que la tierra tragaba mis zancadas veloces. Mi corazón latía desbordado y a destiempo, tocando una sinfonía patética y desafinada, pero yo sabía que no podía parar, ni mirar atrás. El sudor líquido y frío que chorreaba mi rostro se lo llevaba la niebla en su fallido intento de acariciarme. La adrenalina de mi motor disparaba las órdenes para escapar, activando instintivos engranajes impulsados por la desesperación. Ironías que este universo de perfecta bioquímica y mecánica no activaron antes, cuando lo necesitaba. Mi carrera rompía la noche, un tren desbocado y frenético, a punto de descarrilar. No sentía mi respiración, ni mis piernas, ni dolor, ni nada. Había dejado de sentir, seguro porque ya estaba muerta, pero debía llegar a mi casa, porque era tarde, debía ganarle al amanecer. Eso sí lo sabía bien. Metros. Kilómetros. Eternidades.

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Student Submissions

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Lem n Demon: The 21st Century Bard CECILIA LEDEZMA (6B)

In this current modern age, one would think it impossible for such a thing as a bard to reemerge; due to the internet, word of mouth storytelling of any kind is no longer necessary, and there is no emerging folklore for these musicians to sing of. Folklore, as its name suggests, refers to the stories (lore) of the people (folks). We attribute this label to classic ghost stories, fables, and historical events, and it was the job of the bard, a staple of medieval Brythonic and Gaelic culture, to pass these on from village to village through storytelling set to secular music. Sadly, after this time period, they died out, never to return. However, this may not be the case - this essay will posit that modern folklore exists in the form of urban legends and our modern bard is none other than synth-user cyberspace-extraordinaire Neil Cicierega. An early 2000s creator, Cicierega rose to fame through Newgrounds and YouTube for his creative and comedic projects. These include Animutation (which he started at 14), the Potter Puppet Pals series, and the hit single Ultimate Showdown of Ultimate Destiny which currently stands at 24.5 million views on the latter of the aforementioned websites. More recently, under the name of Lemon Demon (utilized for his musical projects), he has extensively referenced urban legends in his 2016 album Spirit Phone wherein he not only tells obscure stories to the masses but makes up some of his own, as any good bard would. The investigation will focus on Cabinet Man and No-Eyed Girl, but When He Died, Eighth Wonder, and Sweet Bod will also be mentioned, so it is worth hearing as well if you want to listen along.

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The Future "Lies" Ahead OCTAVIO ROSSELLI (S5) Perhaps the continuous stream of entertainment and occupations were the only things holding back the irrevocable, existential depression of humans. He smirked at the cleverness of his introspection. No evident answer, no mathematical proof, not a yes or no. You could only answer with an equally ambiguous assertion; so un-machine-like, so human. These depressive philosophic reflections are, ironically, the scarce nuggets of joy that stimulate his soul, keeping his starvation on the very tip of the edge. A screen flashed a light salmon, then lime. He remained in bed. The device on his wrist promptly gave a jolt, effectively persuading his pristine inner machinery to drag along the discordant fleshy and fragile brain. Time to work. Despite his fluid motion, he was, in all sense of the word, sluggish as not only did he lack motivation, but there was no urgency. Urgency. Such an outdated and alien term. You first need an interest in the passing of time to genuinely understand it. Upon spraying his work attire on, the self-imposed alarm went mute. A niche little inconvenience nobody would bother to follow today. As he approached the door, his left leg brushed against the coffee table. He had moved it the other night (every night) so that the airtight distribution of furniture always had a new imperfect fissure. Only the lightest touch of his fingers was needed to unlock the door, which swung open to reveal the ominous crystal elevator at the end of the corridor. Not a face to be seen, a greeting to be returned, nor awkwardness to be felt. Only clicks. Clicks and whispers, like half-finished thoughts too lazy to conclude. They were all living, no, playing their makeshift lies elsewhere alongside ones and zeros. Vermillion.

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Antonino Cordova (S1) 21


Historias ARANTZA CAHUAS (P6)

Este es el color de la maravilla, En el que me desmorono como si fuese una semilla, Brinda olas de relajo, En las que me hundo hasta abajo.

Es una tierra de ficción, Con la que siento una unión, Un palacio de delicias, Que me causa sonrisas.

Las oraciones me deleitan, Y las aventuras me resucitan, Es una sensación, Que no tiene explicación.

Logro ver las estrellas, Y hay decenas, Siento una brisa mágica, Esta es una escena trágica.

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Las páginas son mis mejores colegas, Estoy junto a ellas, aunque me salgan ojeras, Ellas son las que me dan vida, Me llenan más que la misma comida.

Sin una buena aventura estaría vacía, No me imagino de mí que sería, Tampoco me imagino sin un buen misterio, Esos siempre me hacen exclamar, ¿En serio?

Casi me olvido de mi compañera Comedia, Con ella me carcajeo hasta la noche y media, Tampoco se me olvida un buen romance, Siempre terminan juntos, pase lo que pase.

Durante la mañana, tarde y noche todo el día ando leyendo, En un universo de imaginación a rienda suelta estoy yendo, En un lago novelesco yo me sumerjo, Debajo de la luna llena es cuando yo emerjo.

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LOCKDOWN 2021 FIVER

(S1)

Dear Lockdown 2021, You’ve lasted for quite a while, I’m still waiting for things to rewind To flash a smile to the shining sun.

2020 taught us to stay inside So things could be all right. We said, “we shall the rules abide!” But in these 4 walls, we’re still confined.

No one is scared anymore, They go out without masks or alcohol. Crowding beaches and forming substantial queues So what are we waiting for?

Patience is what I need, For I am no comparison to other years We shouldn’t whine like babies When they went through worse things.

Jews in 1942 Think about what Anne Frank had to go through. They hid. Due to fear of being killed, With a diary to hide away the pain and to not give in to craziness.

Dear Lockdown 2021, You’ve lasted for quite a while, But I’ll wait, for I have the desire To flash that smile to the shining sun.

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War OKER (6B)

“Cover me!” Sergeant Fitzgerald barked as he jumped out from the communications trench, dashing forward as he held on to his rifle with both hands, firing shot after shot at the enemy line without any particular target in an attempt to keep the Germans from firing back. And so we did as he said, firing our rifles at a steady pace and counting down exactly five seconds before each shot - ammunition was running low, and we had to push the Germans back as far as we could before the ceasefire. The sergeant ran hurriedly, almost sprinting, jumping over stacks upon stacks of bodies before he rolled into yet another trench, taking cover from the roar of the German machine guns that had just finished reloading. The war between the Allied forces and Germany had already gone on for three years. The truth is that not even the most powerful of nations could stand the immense cost of war - not the French, not the Germans, not even the Great British Empire. To be completely honest, it seemed to me like everyone wished for the war to be over, except maybe the German generals and Kaiser Wilhelm - their pride did not allow them to seek a ceasefire with the Allies. At least not until now. Rumours had spread across the barren landscape and within the trenches, British and German, that the Kaiser and the Allies had negotiated a ceasefire scheduled at 6 PM tonight. At that time, all soldiers across this bruised continent would stop fighting and everything would go back to normal - no more casualties, no more bloodshed.

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Santino Cordova (P6)

ATNEMROT AL

Lágrimas de cristal, se descolgan del cielo. Estallido de metal, revienta las nubes en duelo.

Como un cuchillo de luz que no corta, pero deslumbra. ¿Bendición o cruz? ¿Claridad o penumbra?

¡Oh tormenta! ¡Cómo danzas! Haciendo bailar los huesos ¡Oh tormenta! Mueves el cielo y cantas, como una sinfonía telúrica y de sueños.

Apacible, como una dulce cobija, amanece ya sin corderitos, arriba, un prado azul de felicidad. El astro de oro aparece, y en la naturaleza, yo, apenas un átomo en su inmensidad.

Astroboy Santino Cordova (P6)

J’habite dans les étoiles, parce que j'ai une lumière incroyable.

Mon cœur est blanc et pur, avec un feu invincible, Je danse avec les étoiles, un cheval sauvage, inarrêtable, parce que je suis heureux, qui aime la paix et la liberté. dans un univers inconnu et en expansion. Je suis de la poussière d' étoiles.

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Snowfall SOPHIA EAMES (S5)

The snowflake falls with a beautiful glow Twisting and turning as the wind blows, And it quietly lands in a pile of white Slowly melting away in the silence of night, With nobody knowing under the moonlight. Time passes, and little did they know, That the tiny snowflake was giving a show, Its crystal arms started to break with elegance, As if it was a dry leaf in your presence.

Transparent sweat of ice Travelled down the snowflake’s fragile body Sinking into the natural white paradise. And with sadness, it slowly left Wanting to be picked up by somebody…

By now, the little snowflake was gone but its sweet memories were carried on by the kind wind who, lovingly, still waited for the snowflake to arrive in the next chill.

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LITERARY ESSAY

How does Duffy portray the traumas experienced by the photographer in the poem “War Photographer”? Sophia Eames (S5) In the poem “War Photographer”, Duffy describes the traumatic memories that the photographer unlocks every time he’s developing his camera film for the weekly newspaper; it’s a poem that recalls the tragedies and horrors of war and how the feelings of impotence and sorrow are manifested in the photographer. Techniques such as sillibance, metaphors, similes, rhyme, contrast, assonance, and imagery, are used throughout this poem which help create the repressing atmosphere of guilt, not only does this help the reader to understand the poem, but it helps them to interpret what the photographer feels for every picture he takes while at a war zone. To start off, Duffy begins the poem with “In his darkroom he is finally alone.” Here we can see the use of contrast when the narrator says that the photographer is finally alone, this is because he was always located in places where he was surrounded by people when he was working, either be the army, the refugees, the civilians, etc. In addition, the word “darkroom” could be a play on words since it could have a metaphorical meaning to it, these memories could be hidden in a dark place in the photographer's mind, something that he doesn’t like to remember because it brings him unpleasant feelings, however, it could also refer to the room in which pictures are being developed, which are designed to have no natural light.

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The tiny seed at the pit of my stomach is starting to grow into a crooked tree. a grotesque thing with branches growing large, ugly, and misshapen Its delicate limbs reaching and tearing my guts, pulling on tissue the hollow beat plays steadily but at a faster pace setting the tempo for the rest to follow as a mass is increasing in size and a nauseating sensation overcomes the narrow passage In an attempt to build composure little men make a boat out of excess bark and mast to make the most out of an inescapable feeling to give time to process before their hard work goes to waste My eyes are yet to dampen still; the sailors must die their fated death. as salty waves crash against the dam and tears surpass acceptable barriers and the fleshy mounds beyond and all composure is lost as I tremble and sob and lose all my breath and helplessly cry

A. CORONADO (S5)

The feeling of being on the verge of tears 29


I'm tired of apologising for being human, for the simple fact that some days are harder than others, and some days I need to cry as often as most people breathe. Trust me, I know life can be hard. And I'm tired of apologizing for just existing.

We are all worth so much So there is no reason anyone should make you feel like you are nothing just because you are here. You have tried so hard, so

Just a Reminder SOFÍA

CAMPOS

(S2)

Do not apologize for being human. For every misstep and mistake. For every wonder and amazement, because you have done all you can. So please, keep being human.

Never be sorry.

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SANTINO CORDOVA (6B) 31


CODE RED FOR HUMANITY Carla Turbides (S5)

Gulping down the tears, a red fog engulfs my surroundings. Sirens drawing nearer and nearer. His small pallid eyes, looking deep inside me Motionless. I have to keep moving, there’s no other way of surviving, but the initially pea-sized guilt kept expanding uncontrollably inside of me: I did this. “Stop right there. We don’t want to hurt you. Please surrender peacefully”, someone blares over a megaphone, and, just like that, I’m taken back. The air was pure. I could hear the birds whispering a sweet melody as they playfully jumped from one branch to another. The cotton candy clouds painted the sky peacefully. I closed my eyes as I could sit in the stillness of peace, not a bother in the world. From my first floor room, I saw no one; it was a still Sunday afternoon. For once, I was one with nature and my surroundings. But, alas, it was the calm before the storm. That’s when I first heard it; They had arrived. “We come to liberate all into one. I repeat, do not fear us. We are looking for your freedom.” Armed battalions rolled in. Chaos. In the distance, a metallic revving against the road. The screams followed them. People were scurrying around, zigzagging between each other, fleeing from everything. Children’s howling cries were drowned out by the trucks pulling up into my road. A stampede of fighters forcing us out of everything we knew. More and more and more and more and more, they came swarming. “Move. If you’re not with us, you’re against us”.

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Pobredumbre EITHAN MEEROVICI (6B)

Entonces, ¿fue coincidencia que los tres: Judas, Escipión y Calígula aparecieran en la puerta de su cuarto ya cuando este saboreaba el limbo? Corriendo, los tres chanchitos construyeron sus tres lindas fachadas: Una de madera, una de piedra y una de cemento y gritaron: - ¡O padre mío, hemos estado preocupadísimos por ti! Pero vino el lobo Edipo, con su educada sonrisa, mirándolos sin ver. Y estos, que por tanto habían anhelado tener un perro, lo ignoraron como si este no tuviese importancia en lo más mínimo. El pobre Edipo se entristeció al observar la falta de amor; era una traición tan osada que le arrancaba la vista al mundo. Subió con sus limpios pies a la cama para sostenerse en Justo: - Uno a la vez - Insistió Justo, y mandó a salir de la habitación a los otros dos. El cuarto estaba negro, el oro en las paredes se había ya ensangrentado en petróleo. Era plena noche pero la luz de los faroles de afuera era consumida por el corazón de Justo. El largo cuarto consistía en una cama larga, vestida en sábanas de seda y al frente, un cuadro poderoso de Adán. Había un candelabro que encendía el cuarto pero como los faroles, la luz que egresaba perdía su rumbo ya casi de inmediato y quedaba atrapada en la sombra. Aquella luz que no moría acariciaba tiernamente el óleo en el rostro de Adán y la jugosa carne en el rostro de Justo. Al pobre Edipo no se le veía pero su corazón lloraba tan fuerte que los vecinos podían saborear su pena. Escipión y Calígula salieron, cerrando bruscamente la puerta. Justo y Edipo se quedaron a solas con Judas…

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Justo lo miró y Judas lo olfateó. Y Justo le dijo que lo quería tanto, que lo extrañaba. A Judas no le importó. Este ni mostraba algún interés en él. Rezaba, pero no a Dios, ni a la anochecedora imagen de Adán, ni por el bienestar de Justo o Edipo. Rezaba por él mismo y nadie más. Y le recitaba a Justo un sermón sobre la benevolencia, ya que las bendiciones aparentemente eran escasas. En la oscuridad, Justo lo veía, Justo lo oía pero no lo observaba, no lo escuchaba. Judas y su lengua de serpiente se opacaban en el rostro de Adán y la manzana. Sus palabras se tambaleaban contra la luz de buena fe del candelabro y se morían en la oscuridad al no poder encontrar un rumbo justo y verídico. Su propia presencia en la habitación petrificaba a la luz, acribillándola, pero Justo y Edipo la protegían de este tiroteo de palabras y demonios. Judas era el mayor. Era un pastor de una iglesia lejana con pelo gris y arrugas. Vestía con el traje típico de un pastor. Su atuendo negro, su collar clerical, pero debajo de esa mezcolanza de simbolismos vestía este su verdadero atuendo. Justo podía escuchar el tintineo de los múltiples collares de oro que golpeaban contra el pecho de su hijo mientras que este recitaba su disertación. El tintineo cantaba las canciones de los donantes. Y ese oro, tan puro se sumergía buscando unificarse con su sangre. Justo podía ver las venas de Judas, tratando de acercarse a él como raíces de árboles buscando el agua. Judas sabía que la herencia lo haría joven de nuevo. Este tenía tal necesidad nefasta de buscar la juventud… Hay cosas que no envejecen por nada como la fe, la religión, el oro y dicen por ahí que los diamantes son para siempre ¡Y el tintineo se hacía más fuerte, y las palabras atacaban más, y el retrato de Adán se volvía más borroso y la jungla resonaba y ya no habían puntos ni comas pero solo oraciones largas sin sentido que le oraban al Señor Todopoderoso que tanto anhelamos y nos hace hacer el bien! Ya cuando la religión se quedó sin moralejas y el cura se perdió en su fanfarroneo espiritual es que estalló el silencio y Hades no escucha a Orfeo

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sin oídos. La cruzada ya había llegado a su fin y el Papa se volvía más rico y el pueblo más pobre, pero, Justo por más amor que tuviese era incorruptible… - Judas, sal por favor del cuarto y Llama a Escipión - Dijo Justo. Judas le escupió al suelo y salió gruñendo con sus manos desnudas, pero su alma bendita… Cerró la puerta. Y al frente de Justo, el cuadro de Adán se le hizo más borroso. Podía escuchar el óleo derretirse por el fuego de la lámpara. Edipo se movió y se acurrucó en su pierna izquierda agarrándose fuerte para tratar de esconderse del mal. Empezaron a escuchar pasos, pasos fuertes y largos sincronizados en marcha. Las pisoteadas eran tan coordinadas que podían sentir el tacón del zapato aparentando entonces ser cuatro patas en lugar de dos. La puerta se abrió y entró Escipión… Decorado entró el militar, señalando su auténtico traje de comandante y sus aburridas insignias. Tenía una herida abierta en la punta de su barbilla, se había cortado mientras se afeitaba. Gotas de líquido violáceo empezaron a acariciar el escupitajo en el piso de madera. Su aire chauvinista olía a tierra, orina y sudor. Sería complicado diferenciarlo de un perro. Pero la yuxtaposición entre su inmaculado atuendo y su olor llamaba la atención. Sus plantillas estaban sucias de lodo pero uno no puede ver eso así por así. Edipo bajó de la cama para saludarlo, habiendo percibido su olor, pero Escipión le gruñó y le sacó los dientes listos para atacar. Hubiese faltado que Escipión orine para hacer aún más notable ‘su territorio’. El pobre Edipo volvió a la cama, traicionado por segunda vez. Escipión le empezó a comandar que le diese el dinero, pero hablaba raro el hombre, pronunciaba alargadamente sus erres: - ¡Cómo pudo trraicionarr así a sus hijos! ¡¿Dónde está su morralidad, su amor porr su prropia carrne y hueso?! - La agresión de Escipión era más violentaba más que su sangre que hacía al cuarto una piscina.

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- ¡Esto es una trraición...! ¡¿Cómo se atreve usted a quitarme de la herencia, qué me crree, un puto perro?! – gritaba y gritaba. Pero sus gritos no se violentaban contra ellos, sus gritos no acribillaban a la luz en el candelabro, eran palabras desnudas, palabras brutas para la gente bruta. El falso profeta llega a contar cuentos que hasta el ciego oye; la fe es la daga que controla el corazón. Pero, militar sin arma es más débil que escritor sin pluma. Y gritaba y gritaba y gritaba pero, perro que ladra no muerde. Su cara estaba toda roja, su cabello inmaculado estaba ya todo despeinado y sus insignias volaban como moscas en la habitación. La sangre no se detenía y caía con la misma violencia que su progenitor propagaba. El ímpetu de la sangre salpicaba con tanto fervor, los proyectiles le caían directamente al pelo de Edipo. Si en ese preciso momento hubiese entrado Judas a la habitación se le hubiese denominado al cuarto como “la parroquia de la sangre derramada” o algún otro nombre que motive celebraciones superfluas. Escipión por más “excelentísimo” que fuese no era hombre suficiente para ganar la guerra. Sus ladridos sólo exasperaban a los oídos de Justo pero respetaba la honestidad, eso sí. Y claro, su hermano “necesitaba el dinero para ganar la guerra”. Pero, esta ya no era la guerra contra el demonio sino la guerra contra algún país vecino insignificante. Sin embargo cabe recalcar que su traje, ahora bañado en sangre, era del cuero más fino. Y sus insignias de oro puro no valían nada, pero cualquier extraño se compraría el cuento de sus increíbles sacrificios hacia la humanidad. Nunca fue partícipe de ninguna batalla, se quedaba atrás esperando que sus soldados supiesen pelear. Sabía mover a los peones pero no se percataba de la regla de en passant. Sin embargo, por más fuerte que sonaran los cañones y que la sangre fuese derramada, más aparentaba ser un desfile militar que una emboscada. Ya su traje estaba todo sudado y su cuerpo ya no permitía más combate. La violencia sólo pudo contener a Edipo, pero Justo sin moverse ya peleaba más que el hijo. Por más amor que tuviese este por su hijo le imploró: - ¿Acabaste? -

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Y el “soldado caído” respondió que sí y se marchó de la habitación, dejando en su recuerdo un parque nacional, el lago rojo, siendo este una mezcolanza de los galones de sangre, “el agua bendita” y la mugre de sus zapatos. La violencia no le ayudó a ganar. Cuando la puerta se cerró, la manzana al costado de aquel cuadro era ya inexistente, y Adán no era más que una silueta bajo los ojos de Justo. Aún, sin embargo, era reconocible… Pasos se empezaron a escuchar acercándose a la puerta. Justo podía ver la maldad que se les acercaba. Edipo, sin embargo, creyendo que este último venía en buena fe, celebraba… Vestido decentemente entró con elocuencia el último hijo ¡Calígula, político y candidato a la presidencia de la república! Era un hombre decentemente vestido y su cara demostraba fidelidad y sabiduría. Portaba un bigote elegante que cuadraba a las personas. Se mostraba de intelecto voraz y traía una serenidad por su rumbo. Su rostro estaba impecable y comandaba su metrosexualidad. Con delicadeza evitó pisar el testimonio de los dos previos hermanos y se paró al costado del padre. Edipo se le acercó y este al percatarse que estaba siendo analizado, con mucha delicadeza le dio un beso (que más pareció una lamida) en el tope de la cabecita de Edipo. Pobre Edipo, que se tomaba cualquier acto populista de afección por sentado como pura muestra de cariño. La luz de la araña creció repentinamente e iluminó a Calígula, brillaba como santo. La luz que le caía reflejaba fuertemente hacia los ojos de Justo. El cuarto finalmente estaba en armonía y el océano de maldades se había opacado por completo. ¡Calígula era el hijo bueno! Se vestía bien pero no de manera que buscara juzgar. Se veía tan justo y elegante y le hablaba a Justo con la lengua del diablo. Que voz más dorada la que tenía; la capacidad que tenía para convencer a las personas era tan impresionante. La respiración que salía de su hocico saltaba en el aire con tal perfección que hacía que la habitación resonase en armonía. Que bien que jugaba este

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juego el último hermano, acariciando a su padre y explayando su amor hacia él y hacia Edipo. Olfateaba las palpitaciones de su padre, le acomodaba la almohada y lo trataba como un padre merece ser tratado antes de morir. La luz se hacía cada vez más intensa y cegaba a Justo. Sin embargo, Edipo, todo ciego empezó a detectar un aroma extraño. Mientras que Justo sufría, siendo encarcelado por la más impura luz, Edipo, ya preparado para luchar a ciegas, visualizó la demagogia en el aura de Calígula. La ceguera había incorporado una sinestesia que le permitía sentir más allá de lo racional. Era su mecanismo de defensa para no volver a ser traicionado. Mientras que Judas era hipnotizado, Edipo escuchó el olor a almendras en la voz de Calígula. Edipo saboreaba el sufrir de su amo que estaba siendo despedazado desde su propio interior, estaba siendo corrompido. Justo ya estaba cerca de morir, pero el himno de Calígula lo estaba matando de una manera enteramente distinta. Edipo no podía hacer nada más que mirar en horror el acto vil y corrupto. Fue entonces que Edipo, sin saber qué más hacer, hizo lo único que podía y se puso a gritar. Gritó y gritó y gritó combatiendo los cantos líricos de Calígula. Pero qué difícil era luchar contra alguien así de brillante que convertía a la luz en melodías que resonaban en el tímpano. Pero el grito crecía y crecía y se creaba un revoltijo de maldades contra amores. Sin embargo, fue este rompimiento de armonía lo que permitió que Justo se calibrara en el momento y entienda que su hijo lo estaba envenenando. Se percató de la hipnosis y echó al hijo de la habitación. Calígula salió “confundido”. La luz volvió a su normalidad. Fue entonces que llegó su hora, las doce de la noche. Ya cuando Justo miró al frente suyo ni podía ver el cuadro. El cuadro estaba completamente vacío, se había derretido por completo. El hombre ya no existía. Ver a su cuadro desnudo lo hizo entender que en cualquier momento él se iba a derretir como aquel y fue en ese momento que a regañadientes tomó su decisión y escribió el nombre de su pretendiente…

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Al escuchar la pluma terminar de escribir vinieron los tres hijos corriendo en estampida. La puerta de la habitación estaba abierta. Justo con sus últimas fuerzas se paró a cerrarla sin percatarse de la estampida en su camino. Sin darse cuenta, este se tropezó en la pila de sangre y cayó de cara. La estampida sin problema lo pisoteo como si fuese basura. Justo solo pudo ver con sus ojos llenos de sangre los pies de sus hijos peleándose por ver el nombre en el pergamino. En eso Edipo saltó de la cama. Corrió vuelta tras vuelta sin saber qué hacer. Su amo estaba ahora sí muriendo en la pila de sangre infernal ¿Quién lo protegería? ¿Quién se ocuparía de él? ¿Quién lo amaría? Pero ninguno de ellos tenía el corazón de un niño, a ninguno le importaba. ¡Oh pobre Edipo! Y Edipo sin saber qué hacer se le acercó a Justo y se miraron ojo a ojo. Y en ese momento fue que Justo llegó a la cruda realización de que el único que en verdad lo podía ver era Edipo.

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EL COLOR DE LAS MENTIRAS SALVATORE CORDOVA (PROM. LXIX)

Vi las luces, eso fue lo primero, algo ajeno reflejaban los focos de la autopista y la extraña refracción de los tenues rayos en el agua de la carretera. El estómago se contorsionó sobre sí mismo retorciéndose al contraerse en una mueca involuntaria formando un puño compacto y liberando una descarga adrenalínica en la sangre apurada, impeliendo al corazón a palpitar con desenfreno. Un caballo desbocado apenas rompiendo la medianoche. Era la niebla y el humo y la sensación de arañas caminando con frágiles patas metálicas por debajo de mi piel, en una delicada caricia siniestra, lo que me erizó todos los pelos del cuerpo, poniéndome los nervios de punta, en alerta, dándome la total certeza, más allá de una hipótesis, intuición o presagio. Un aciago veredicto que me indicaba con resolución que algo estaba definitivamente mal. Frené con estrépito la moto Honda VFR de color granate y acabado brillante, que había recibido de regalo esa mañana por haber acabado la secundaria, derrapando en el pavimento mojado por la garúa de las primeras horas de la madrugada, algo inusual en esta época del año. Me bajé impulsiva y atolondradamente, golpeándome el interior de la rodilla al resbalar con el pedal. Corrí descorriendo la bruma, una espesa cortina de confusión y miedo. Ahí fue cuando lo vi. Un monstruo de fierros retorcidos todavía humeantes. De pronto el piso dejó de sostener mis pies y sólo sentí el abismo inmenso al que descendía. Un prisionero en caída libre. Tenía náuseas, estaba sudando, iba a vomitar. Ríos de pavor líquido se descolgaban surcándome la frente, temblaba. Con una tosca caricia me froté la manga de felpa por todo el rostro desencajado, intentando secarme los ojos para poder enfocarme y sacarme también de los dedos la húmeda preocupación. Tenía que poner la mente en frío, tenía que pensar.

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Metí las manos con presión y fuerza en los pequeños y apretados bolsillos de mi pantalón, buscando el celular con desesperación, ahínco, violencia. Obviamente, el aparato no podía estar allí porque simplemente no entraba en tan pequeño espacio. Me sentí estúpido. La chaqueta, tiene que estar en la chaqueta. Con los dedos de gelatina encontré el metal de la cremallera de la casaca y presionando pulgar e índice con fuerza e inusitada concentración, logré bajar ese cierre sin trastabillar, en otros momentos un acto tan simple. Tomé el aparato en ambas manos y comencé a marcar el número de emergencias que nos hicieron memorizar en el colegio cuando hicimos esa actividad de scouts y prevención de riesgos los sábados por la mañana. Pedí bomberos, pedí ambulancias, autopista de la circunvalación a la altura del kilómetro veinticuatro antes de la salida nueve y también grité. No sé en qué momento había caído al suelo. Me apoyé con las yemas de los dedos en lo áspero del asfalto y con esfuerzo me fui levantando, tenía los músculos agarrotados, contraídos y enroscados en los huesos. Comencé a rodear los restos del automóvil hecho pedazos, ese rompecabezas espeluznante y sin sentido, donde se pierden los puntos cardinales y se tuerce el cielo en el suelo. Quería ayudar, pero no sabía qué hacer. Por las zapatillas Nike, esas que escogimos juntos la semana pasada, las bonitas del modelo nuevo de básquetbol con la suela blanca y la gran línea amarilla al costado, esas que yo también tanto quería comprarme, pude distinguir a Freddy en el sardinel. Un bulto oscuro y solo, a merced de los ingratos rayos de luna de esa noche sin estrellas. Me acerqué desesperado con un grito estrangulado en la garganta y con las manos temblorosas y definitivamente lágrimas. Lo toqué con más pavor que suavidad, pero ya no había nada que hacer. La desolación me nublaba, me carcomía. Frenéticamente fui recorriendo la carrocería, un archipiélago de piezas incongruentes lanzadas a la distancia y al espacio. Ruedas distantes como planetas en combustión, estalactitas de vidrios esparcidos en el suelo mojado y viscoso. Manchas de aceite, pensé. Cristales crujientes, pequeños arroces de boda, disparados a la noche por el infortunio.

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Pensé en mis amigos, todavía atrapados entre los fierros aún calientes y el esperar de la ambulancia me fue intoxicando el cuerpo de angustia. Comenzó un fuerte dolor en mi pecho, una opresión abrumadora y la respiración se tornó dificultosa, se había acabado el aire y al inspirar no lograba hinchar los pulmones desinflados, presos de la ansiedad. Me estaba ahogando. A lo lejos lograba sentir las sirenas, tan vívidamente, como sólo el terror y la paranoia podían engañar de forma tan cruel mis ya entorpecidos sentidos. Continué dándole vueltas al auto. Intentando entrar descubrí un pedazo de carrocería cabeza abajo, las ruinas quizás de una parte delantera. Fue allí cuando la vi. Escondida muy adentro entre los metales con sus ojos enormes de caramelo líquido, dulce como un venado, con sus largas y negras pestañas, atrapada en lo que quedaba de un asiento con el cinturón de seguridad todavía puesto. Miryam. Acongojado y retorcido, más por el dolor que la estrechez de espacio, dejé Roma a los once años en un vuelo Fiumicino – Ezeiza de Alitalia, dejando atrás a mi mundo entero. Encumbrado en el aire, desolado, como una cometa a la deriva que a contra voluntad y con resiliencia debía enfrentar aquellas tierras exóticas e inciertas en meridionales latitudes del cono aquel llamado Sudamérica, un rincón en el confín del fin del mundo. Días atrás mi padre había maquillado su voz de calidez y paciencia, escogiendo y adornando sus palabras con esmero, decorándolas de optimismo y convicción. Maestro en el baile de las evasivas, envolviéndome en los giros hipnóticos de las omisiones. Me sentía danzando en una fiesta veneciana como las que celebrábamos para el carnaval todos los meses de febrero, un juego de medias verdades y mentiras enmascaradas. Explicaba al denso aire de la habitación sobre una gran oportunidad de trabajo al otro lado del mundo, explayándose con adjetivos grandilocuentes que me traían a la cabeza a los vendedores de refrigeradoras o a los corredores de propiedades, falsos y anodinos. El clima al otro lado del Atlántico le traería problemas de salud a mamá, por eso debíamos partir los dos solos, pero, el portazo que pegué al escapar encabritado a la calle sacudió los ventanales y no le dejó terminar la frase.

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Al final de una hermosa alameda, donde los árboles esperanzados jugaban a alcanzar el cielo, se alzaba el instituto Isaac Rabin. Allí los chicos del primero A, me recibieron con el corazón en la mano, arropándome con un sentido de pertenencia en un abrazo multitudinario, regalándome la familia que yo ya no tenía. Llegué con mi sonrisa y mi descaro como único capital prosperando rápidamente con astucia y sin vergüenza. Fue allí donde conocí a Ari, a Freddy y a Sami, que se transformaron en mis profesores de castellano y en mis hermanos, aunque no necesariamente en ese orden. A los pocos meses de llegar y alardeando de mis dotes de políglota, podía imitar a la perfección los gestos, acentos y hasta las cadencias más sutiles de todos nuestros profesores, convirtiendo la clase en un circo y yo en su maestro de ceremonias. Nos divertíamos intensamente y de forma tan natural que no nos dimos cuenta de cuándo esos momentos cotidianos se convirtieron en memorias. Los chicos del colegio me adoraban y yo a ellos, menos la muchacha alta y desgarbada Miryam se llamaba - que me odió desde el primer instante en una mezcla de choque eléctrico fulminante y una química del mal tipo. Miryam se dedicó a hacerme la vida difícil, primero escondiendo mi lonchera, haciendo desaparecer mis tareas o sacándole los pasadores a mis zapatillas. Era una niña desaliñada y mala gente, que gozaba con sus bromas pesadas que muy pronto comencé yo a corresponder, simplemente para establecer un acto de reciprocidad, que me pareció lo más justo y decente de mi parte. Pero, con el paso de las estaciones, los meses y los años comenzamos a ignorarnos deliberadamente como siguiendo una dieta estricta, pero sin dejar de sentir el peso de sus ojos observándome entre las moléculas del aire. Fue a lo largo de toda la secundaria que fuimos juntando los fondos, haciendo pequeños trabajos, obras de teatro, rifas y colectas para pagar las cuotas de nuestro tan esperado viaje de promoción a Israel. Serían doce días maravillosos durante las primeras semanas de diciembre, apenas terminado el último día del último año de clases. El viaje de promoción sellaría nuestra historia en el colegio y lo esperábamos haciendo cuenta regresiva y con todas las ansias que sólo se tienen a los diecisiete años.

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El accidente ocurrió una semana antes del viaje, tiñendo de negro al instituto y a toda la comunidad hebrea local, puesto que todos conocían a alguno de los seis jóvenes fallecidos o a sus devastados padres, madres, hermanos. Unidos en un mismo dolor, un pueblo con el corazón lacerado por la tragedia, acompañando a las familias de las víctimas en esos momentos de profundo pesar, intentando dar un consuelo, un abrazo. Los espejos y los adornos se cubrieron en señal de respeto y como manda la tradición, los funerales se hicieron de inmediato, rodeando los ataúdes de velas y no de flores. Si bien mi cuerpo estaba allí presente, me había quedado sin alma y sentía un vacío doloroso en cada fibra de mi ser. No escuché las palabras del rabino ni comprendí las muestras de pesar de quienes se acercaban para abrazarme, me sentía como un burdo muñeco de feria, balanceándome atontado, con el corazón vacío de tanto dolor. Estando sin estar. El viaje fue pospuesto para el final del verano, pero yo conseguí con mi padre un permiso para dejar inmediatamente la Argentina e ir a encontrar una vida en Israel porque aquí ya no me quedaba nada. Cada lugar estaba grabado de recuerdos y necesitaba mirar hacia adelante, darme la posibilidad de vivir, no sólo de existir. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero eso no es del todo cierto. Los meses fueron pasando tan rápido como una fresca brisa de verano, tan necesaria como bienvenida. Los primeros tiempos fueron de voluntariado en un kibutz, una comunidad agrícola en las afueras de Tel Aviv. Luego llegaron los años del servicio militar, en los cuales fui llamado por la rama de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Por mi habilidad y naturalidad con los idiomas en general y el misterioso lenguaje de las computadoras en específico, me llevaron becado por el gobierno a estudiar a Doha y más adelante a sacar la maestría en ciencias de la computación en Palo Alto, California. A Sara la conocí por casualidad y sin pensarlo demasiado me casé con ella más por comodidad que por alguna otra razón. Nuestra vida juntos comenzó en un pequeño departamento estadounidense, bien céntrico y de muebles escasos, donde tomados de la mano cocinábamos y reíamos de cosas banales en los márgenes de tiempo que lograba sustraerle a mi trabajo. Un ladrón de verdades,

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en lo que mi gobierno considera parte del ambiguo, vasto y profundo mar de la diplomacia. Así que para todos los efectos, era un diplomático, cosa que al inicio satisfacía a mi esposa y la empachaba de orgullo, pero que poco a poco mi impermeabilidad y mis ausencias le fueron causando frustración y hambre de respuestas. Sutilmente y con delicada astucia, fue descolgando preguntas entre bocado y bocado a la hora de la cena que en un principio y escuetamente yo respondía, cosa que paulatina y simplemente dejé de hacer. Ella en el fondo sabía, que como la luna, había una parte de mí a la que jamás tendría acceso, todo un lado que nunca llegaría a ver. Vivir a medias la desesperaba. Pero, era todo lo que podía regalarle; medias verdades y una vida cómoda, que con el tiempo tampoco llegó a bastarle. Fue así como la casa se llenó de silencios y nos fue quedando grande, se volvió fría y nos rodearon los ecos. Un día común, martes por la tarde, en un café de San Francisco sentados frente a frente, en una diminuta mesa cerca de la ventana, ella me cogió de las manos tiernamente, pidió un capuchino sin azúcar y a mí, el divorcio. Fue tan natural que no llegué a sentirlo. Cuando se levantó para despedirse tenía los ojos mojados, me dió un abrazo cariñoso y me miró con dolorosa dulzura, lanzando al aire un comentario incomprensible: “No puedo competir con un fantasma”. Se alejó dejándome pensativo con un capuchino sin azúcar, frío e intacto por único acompañante. Usando mi cuerpo como una palanca humana y con toda la fuerza de mis manos, fui internándome dentro del aciago laberinto de fierros retorcidos y punzantes del vehículo siniestrado hasta llegar a Miryam, “Miri”. Ella me miraba con sorpresa y ternura en los ojos, pensando seguramente que soñaba, y una sonrisa dulce dibujaban sus labios pálidos, presa de la incredulidad. “¿Tú aquí?” me preguntó tan bajito, tanteando si era real o no, todavía llena de incerteza pero dejando entrever un destello de esperanza. “Claro que sí Miri, soy yo, estoy aquí”, y fui metiendo mis brazos suavemente por sus hombros y entrelazando mis dedos por detrás de su cuello, acariciando

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su cabeza y enredándome en su cabello. Puse mi frente pegada a la de ella para que sienta mi apoyo y cercanía, para escucharla respirar. La miré con dulzura y le acaricié el rostro, apenas rozándola, como si mis dedos fueran las alas de una mariposa. Ella estaba tan serena, casi irreal; absorbiendo mi cariño y entrecerrando sus ojos soñadores, entregada como un gatito, ampliando cada vez más su sonrisa, con paz y resignación. “Mírame, Miri” le dije serio y tranquilo, explicándole como a una niñita “pronto va a llegar la ambulancia, voy a sacarte de aquí.” Y ella infinitamente confiada asintió. Su cuerpo se revelaba visible desde la cadera hacia arriba, atrapado en el asiento, así que me agaché ovillándome con dificultad para darme una idea de la situación e idear una forma de liberarla. Pero, al meter la cabeza y observar entre los metales, una puñalada fría me atravesó por dentro al entender que su otra parte del cuerpo ya no existía y que sería rápido, cosa de segundos, de minutos. Con un nudo en la garganta sonreí, la abracé, la miré a los ojos y empecé a hablarle ilusionado del viaje. “Cuando lleguemos a Tel Aviv nos vamos a ir a la playa, dicen que Metzitzim es la más bonita, y caminaremos en la arena de la mano y nadaremos en el mar.” “Bajo mil estrellas” completó Miri con su voz frágil, soñando. “Y te compraré muchos helados.” “Y veremos un millón de atardeceres” continuó ella y en sus ojos creí ver todos esos atardeceres de los que hablaba, rosados, anaranjados, lilas, maravillosos. “Y amaneceres Miri, esperaremos juntos el amanecer.”

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Y ella sonrió con tanta alegría achinando los ojos que sentí que me acariciaba el corazón, y me miró con esos espejos inmensos, mostrándome las constelaciones de su alma, y la sentí tan mía, tan hermosa. Estaba muy pálida y en mi abrazo intentaba transmitirle todo mi calor, todo mi amor. “Siempre supe que me amabas” decretó con su sonrisa comprensiva y sus ojos sabios, y yo asentí cerrando los ojos, porque la voz la tenía quebrada y no podía hablar. “Ahora quiero que me beses” ordenó. “Bésame muy fuerte.” Y me abalancé sobre ella, con todas mis fuerzas, y la besé con todo el amor contenido por todos esos años, pegando mis labios voraces, y sentí tanto y tan profundamente que rompí la gramática y me quedé sin sustantivos. En ese beso le traspasé todo mi ser, toda mi vida, mientras se me escurría la de ella entre las manos. Estaba temblando cuando temeroso fui separando mi boca de la suya, y en sus inmensas pupilas negras me vi reflejado; me había quedado solo. Existen mentiras grandes y mentiras pequeñas, las hay oscuras, negras, grises, blancas y multicolores. Están las mentiras piadosas y están las despiadadas. Las que nos dicen, las directas que decimos, o las indirectas, que son las que otros dicen por nosotros. Las falsas verdades, las medias verdades o las mentiras por omisión. Pero en el vasto universo de las mentiras, he dejado para el final a las más terribles de todas, las más dañinas, las más profundas; las mentiras que nos decimos a nosotros mismos.

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Corría, pero no me di cuenta sino hasta mucho tiempo después. Los pulmones comenzaron a quemarme, un incendio interno que nunca había sentido antes. Ardían violentamente como los rugidos de una bestia. Pulmones llenos de furia, ahogados de impotencia, que en cualquier instante se darían vuelta sobre sí mismos, igual que una camiseta, explotando en un millar de astillas. Y de pronto llegó el dolor, como un invitado no esperado, causando sorpresa y desconcierto, una visita con la que no sabes qué hacer, qué ofrecer, qué conversar. Puedo lidiar con el dolor, mas no con los pensamientos. Calambres, frío intenso, calor, sudor, asco, repulsión. Un desgarro en algún músculo de alguna de mis piernas, pero yo no sabía dónde y tampoco quería saber. Si me duele, entonces estoy viva. ¿Eso es bueno o eso es malo? No es momento para preguntas filosóficas. La casa. Tenía que llegar a la casa. Salté la verja, apoyando primero las manos, como tantas veces antes había saltado el caballete en los entrenamientos de gimnasia, y mi cuerpo magullado se elevó sin esfuerzo en una pirueta fluida y atlética. Aterricé con fuerza en mis dos piernas, dejando una huella profunda en el pasto mojado. No podía entrar por la puerta principal, simplemente hoy no tenía el valor, además, podía despertar a la abuela, que para esto tiene un oído de tísica, y yo no sería capaz de sostener su mirada. Comencé a correr, rodeando el jardín en puntillas, apenas rozando el suelo, con el orgullo cabizbajo y en jirones, tan siquiera una sombra en la oscuridad. Llegué al ventanal de mi cuarto que abrí con delicadeza y resolución. Entré.

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Sin romper el silencio y siempre con cautela, encendí la luz del baño. Debía lavar mi ropa y sacarle el olor a miedo. Me desvestí cuidando de no raspar las heridas, prendí la ducha y giré las manillas hasta lograr la temperatura máxima. Es que temblaba, pero no de frío. Tenía que limpiarme el asco que llevaba encima, sacármelo de la piel, antes que se me incrustara en las células, corrompiéndolas, formando moléculas malogradas, como un cáncer, mordiéndome a bocaditos, arruinando todo lo bueno. Caía el agua cual tormenta sobre mi cabeza, me apoyé en una de las paredes ya llenas de agua y vapor, pero mi cuerpo dejó de sostenerme y terminé deslizándome a la tina como una maraña húmeda de brazos, piernas y derrota. Un arcoíris de moretones comenzó a aparecer en distintos lugares de mi cuerpo, en un acto de magia cruel, una pantonera artística de tonalidades violetas. Pero, eran mis pies, en carne viva, pelados y llenos de ampollas, que me llevaron a recordar el Vía Crucis que no se perdía mi abuela todos los viernes santos por la televisión. Algo que siempre ha llamado mi atención, en este mundo que gira al revés, es que son las heridas superficiales las que más fastidian y duelen, pero no las que te matan. Las cicatrices del alma en cambio, son nuestros estandartes de guerra, nuestros trofeos, que debemos llevar con orgullo porque nos recuerdan que hemos sobrevivido. Con exageración y esmero, comencé a cubrirme con jabón, frotándome con la esponja con ahínco, con violencia. Cada centímetro de mi ser, flotando en este baño de espuma, irreal y vaporoso, centelleante, como un algodón de dulce, un algodón amargo. Las manchas de la vergüenza se asemejan a las del aceite, obstinadas, testarudas, indeseables, mientras más las quieres sacar, más se pegan. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando resolví salir de la ducha con desproporcionado esfuerzo, ya la piel la tenía blanquecina, blanda y arrugada, como una pasa anémica. Y fue entonces que lo vi, gris, en el espejo, un espectro, sucio, raído. Su pelo oscuro, de estropajo mojado, chorreaba un rostro desencajado y frío, pero eran sus ojos muertos los que me mostraron el verdadero terror.

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En un impulso alcancé la taza blanca, prístina del baño, justo cuando me desbordaron las náuseas y comencé a vomitar la frustración que tenía atorada. Lava amarga. Mis llamadas de auxilio, esas que nunca llegaron a mi boca y mis gritos desesperados, atorados en un tráfico de viernes, impotentes, ahogados, paralizados ante unas cuerdas vocales inmensas, de cemento rígido, estatuas impertérritas que no lograron hacer vibrar. Cientos de miles de “no” con sabor a bilis, se desbordaban saliendo con furia como el agua en una represa rota. Más bilis, saliva, agua, espuma, y luego nada. Nada que vaciar, ya no me quedaba nada, ni siquiera el alivio. Me resulta absurdo como en tantos momentos las personas se empeñan en preservar un recuerdo, cuando yo en cambio y con todas mis fuerzas, me esforzaba en conservar un olvido. No sabría decir siquiera cómo comenzó. En qué momento algo bueno se tiñó de pesadilla. Cómo sus bonitas manos largas y cuidadas se abalanzaron a mi cuello, a zarpazos, hundiéndome la cabeza en una posición tanto antinatural como inconveniente, desarticulándome las cervicales, convirtiéndome en una marioneta sin vida y sin voluntad. Pero mi cerebro, siempre tan alerta, tan despierto, no lo vio venir, y en un acto absurdo se desencajó de mi cuerpo y perdió el contacto. Un astronauta flotando en la inmensidad del universo, sin cohete, sin comunicación, sin un pasaje de retorno. O quizás fue mi cuerpo el que se fue, hablando sin hablar, se apagó sin despedirse. Y yo estaba ahí, en el limbo, la sala de espera del infierno, mal iluminada, vagas luces, vagas sombras. Él encima de mí, con todo su peso, aplastándome las costillas, enterrándome viva. Yo no quería estar ahí, quería activar una señal de alarma, correr, volar, pedir ayuda, escapar, gritar, luchar, pegar, pero había una falla en el sistema eléctrico. Con los cables cortados la señal no se mandaba, estaba atrapada. Podía verlo, en primer plano, tan lejos, tan cerca, atrás, adelante, desenfocado como mis pensamientos, tenía la mirada fija, pero mis ojos ya no miraban; eran dos huecos vacíos como dos estrellas muertas.

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Y en eso llegó el frío, como una cortina dulce flotando en el país de los sueños, mi cuerpo etéreo y amortajado, levitaba como un velo en el viento. Pequeños cientos de luces brillantes, en este hermoso lugar sin tiempo, destellaban en armonía en el blanco firmamento gélido. Eran copos de nieve, suaves y delicados, perfectos cristales de hielo refulgente de formas todas distintas pero de mágica simetría, todas maravillosas, danzando para mí en este cuento invernal. Sentí su presencia mucho antes de escuchar sus pasos lentos y pesados al aproximarse. Su aura glacial precedía su tamaño imponente, pero al extender sus brazos al cielo, con humildad y recogimiento, como entregando una ofrenda, me tomó con tal cuidado que me estremecí y dos lágrimas se descolgaron de mis ojos congelándose al instante. Era inmenso, peludo y blanco, todo blanco, parecido a un oso gigantesco, de brazos largos y garras desproporcionadas, pero yo no tenía miedo. Podía sentir su aliento helado que me envolvía como si fuera un regalo, con tanto amor, cuidado y respeto. Sus fosas nasales oscuras, similares a las de un lobo, llenaban el ambiente de humo con cada expiración. Podía distinguir sus bigotes albos y largos al tocarme tenuemente la piel y en su boca con reminiscencias de hocico podían vislumbrarse unos enormes colmillos. Pero, eran sus ojos negros, infinitos, semiocultos en sus crines de terciopelo los que me mostraban una inconmensurable bondad. El yeti se inclinó con dulzura haciendo una genuflexión en la nieve y comenzó a lamer mis heridas con la ternura y el cuidado que las gotas de rocío acarician las hojas al amanecer, apenas rozándolas. El sueño llegó tibio, primero tapándome las piernas, como una manta, y luego fue arropándome y arrullándome en una canción de cuna hipnótica, una melodía curadora y regenerativa de la cual no quería nunca despertar. Un sacudón eléctrico me remeció al entrar en mi cuerpo deshabitado y extraño, una casa vacía y desaliñada, con olor a rancio, a humedad, con telarañas en sus esquinas y recovecos llenos de polvo, un cuerpo ajeno, desconocido, abandonado a su suerte con negligencia. Me lo puse con resignación, como una ropa vieja, prestada y fea, pero la única que tenía para vestirme. Salí a la calle y una fuerza sobrenatural me impactó como un rayo, y me perdí en la noche.

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El amanecer llenó de luz la habitación y los cálidos rayos de sol se filtraron por las hebras de mi pelo castaño, invitándome con sutileza, persuadiéndome a levantarme. Primero apoyé un pie en el piso, duro y de madera, luego el otro. Me equilibré para ponerme de pie, un paso a la vez, eso era todo lo que podía manejar. Llegué a la ventana y me apoyé en el marco iluminado, moviendo los dedos, jugando a tocar un piano imaginario. Veía el jardín, tan bonito y tan quieto, ajeno a mi tormento, una cúpula de calma ingenua, protegido por la ignorancia en su abrazo maternal. Intenté concentrarme, enhebrar un pensamiento, pero el mar estaba picado y mi mente llena de bruma. Valor. Tenía que encontrar valor. Con dificultad me vestí, del cajón de mi escritorio saqué mis documentos y con cuidado los puse en mi billetera. Saqué aquella carterita pequeña, esa que me gustaba pero que no usaba nunca y me la colgué en un hombro cruzándola por mi pecho. Puse todas mis cosas adentro y revisé dos veces antes de cerrarla, asegurándome de no olvidar nada. Salí. La tierra sujetaba mis pasos que tatuaban el polvo, marcando un rastro con los enigmáticos diseños que dejaban mis zapatillas negras de pasadores rosados. Eran pasadores bonitos, nuevos, que había comprado el mes pasado con tanta ilusión. Avanzaba lento, a veces con dudas, pero con un vacío inmenso, como si no tuviese entrañas. Me di cuenta que tambaleaba, me faltaban fuerzas. Respiré profundo, llevando el aire hasta la parte baja de la barriga, hinchándome como un pez. Expiré. Sólo ahí me di cuenta que tenía las manos empuñadas, con los nudillos amarillos por la presión. Fui abriendo los dedos para soltar la angustia y pequeñas medias lunas rojas aparecieron marcadas en mis palmas. Poco a poco fui levantando la mirada. El edificio de dos plantas se levantaba adelante, con un frontis de grandes azulejos cuadrados y poco agraciados, de color verde cáscara de palta y uno que otro tono esmeralda y blanco fingiendo vetas; pretensiones estéticas de mármol para camuflar polvorientas realidades. Las letras doradas, a las que les faltaba limpieza, eran todas mayúsculas, de tamaño no muy grande,

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aglutinadas en un espacio con deficiente distribución, colocadas sobre la puerta y bajo un escudo nacional modesto y colorinche se podía leer sin dificultad: “Comisaría”. Y en ese instante me invadieron las dudas, y tragué saliva, un ovillo de lana de sabor metálico que se pegaba a mi garganta. Tenía tanto miedo. Metí las manos en los bolsillos de mi pantalón hasta sentir las costuras, pero un objeto helado comenzó a arder entre mis dedos. Lo saqué con extrañeza, observando absorta y anonadada que se trataba de un copo de nieve de absoluta belleza. Sin pensarlo me lo llevé al centro del pecho y lo aplasté a la altura de mi corazón. Fue allí donde lo sentí, su aliento invernal comenzó a rodearme, un claro velo de hielo radiante me fue vistiendo como a una novia, peinándome con millares de diamantes de plata. Sus caricias de garras peludas erizaron mi piel, regalándome el valor y la resolución que tanto me hacían falta. Su abrazo me llenó de fuerza, de seguridad, de convicción y sonreí mirando al cielo, agradeciendo con el corazón. Inspiré el vapor helado como si fuera un perfume, cerré los ojos apenas un instante, subí dos pequeñas gradas que antecedían el umbral de la puerta y entré.

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Lem n Demon: The 21st Century Bard CECILIA LEDEZMA (6B)

Cabinet Man is one of three songs on this list based on real urban legends. While Sweet Bod references the ‘mellified man’ medicine which was first recorded by a Chinese doctor from the Yuan Dynasty in the 16th century and Eighth Wonder is about the 1930s talking mongoose Gef, this song is set in modern times as it is based on the 1980s urban legend (which persisted well into the early 2000s) of the Polybius arcade machine. This legend arose after 2 children passed out in front of an arcade machine in Portland, Oregon and, mixed with the ideas which stemmed from the information released to the public on Project MK-Ultra, a legend arose of a government-made arcade cabinet that made you mentally unstable and addicted to its game. The song, while loosely based on the mythical arcade machine that “[drove] a few kids to madness”, is about the man narrating the song in first person who manages to make himself “half-human and half-machine” through mending his heart, lungs, and brain into the machinery of an arcade cabinet. The cabinet is able to do harm and has done so in the past, based on his own moral code against those “who cheat” at his game but is also implied to eat at random for sustenance, so no one is safe. The song’s most memorable section is the one leading to the gruesome climax where the audience “[sees his] blood on their sneakers”. This line, which is accompanied by an almost deafening silence compared to the bombastic electrical noise which precedes and follows it, is the final piece of a puzzle that will leave you thinking about the tune days (as well as hitting replay). It’s a moment that doesn’t make a story ‘click’, per se, but it's the chilling, open-ended moment that makes the best ghost stories so good that Cicierega uses them to close off his narrative. Through this description of the beast’s journey, Cicierega gets the listener invested in his tale as if it was a ghost story recounted by firelight; it is tapping into those memories of youth where sharing urban legends with your close friends was a fun activity by taking you through a new one you’ve never heard to the beat of computer-generated noise. This goal is the same bards set out to achieve as

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were storytellers paid to captivate the audience with epic tales through popular music. As mentioned previously, urban legends are the modern counterparts of these epic tales, and, when Cicierega manages to deliver with his take on the classic tale of Polybius, he accomplishes the aim of the modern bard. The second song tells a tale created entirely by Cicierega and showcases his ability as a storyteller without relying on pre-existing mythos. It is about the speaker falling in love with a Lovecraftian-horror-like girl with, as the title suggests, a substantial lack of eyes. The term Lovecraftian is used due to her having similar characteristics as one of H.P. Lovecraft’s creations with a name which “might make [one] go insane” simply by hearing it speaks a language which “[is not] real”. Her most interesting quality, however, is that she appears to be made of antimatter since “her matter tells [his] to scatter” and, nearing the song’s end, he notes that “molecules existed where there should have been none there” when approaching her. This detail of bringing a relatively modern discovery, with ‘antielectrons’ first being theorized in 1928, to the table as an almost throwaway fact in the first verse only to have it neatly tie up the climax of the song is precisely why ‘modern’ was an important specification for Cicierega’s proposed role of a modern bard; his inclusion of the growing belief in science over the supernatural as justification for the fantastical events gives it an edge of realism in our new context, just like how mythical beings could be explained away in medieval times with the occult. Overall, Cicierega is, indisputably, a great musical storyteller and able to paint a picture with his many digital sounds as well as words, an ability which he chooses to use to tell and make modern myths, current folklore, if you will. To sum it up, the reason these newer stories resound more greatly than myths from the past is that instead of relying on the overtly supernatural to explain the world, they are explained through science - however speculative the justification may be - for that is what we base most of our contemporary knowledge on. Whether it be cyborgs, pseudoscience, or interdimensional space-warping creatures, the myths heavily rely on science fiction over the fantastical beasts of olden times; As the Lemon Demon himself put it, “In every myth, there's a little bit of truth” and, currently, as science is our truth, he will sing of it into the night with a bit-crunched tune.

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The Future "Lies" Ahead OCTAVIO ROSSELLI (S5)

He walked through the crystal wall of the elevator, feeling the relieving cool mantle caress his skin as the atoms smoothly reassembled and let him through. He strapped himself to one of the protruding seatbelts on the opposite wall and braced himself as the elevator began to fall. It only took a minute or two for the free-falling crystal to make contact with the landing platform, whose compression generated the power for the elevator’s next rise. Perfectly efficient. As he ambled down the street, his attention skidded about the unfathomably large towers with the most uninteresting contempt. Who knew that architecture was the key for overpopulation? The Quills, they call them. To this day, he still recalled the sense of wonder and awe, now long dead, he felt at their inauguration 70 to 80 years ago. As significant as the memory was, it was becoming fuzzy, like a dream that taunts memory, slipping further and further into nothingness. Eventually, all his memories become unidentifiable neurological fumes. He shuddered at the idea of just how little of his life he remembered, even more so at the realization that this moment too would be someday forgotten. Crimson. In spite of his mindless strolling, he finally reached his destination. A particularly large Quill loomed before him, with its holographic letters rotating to follow his position whilst remaining perfectly readable. Always. JOB CENTER, it read. He walked down its corridors, intending to go to the elevator, and was pleasantly surprised at the sight of other fellows like him coming in for work. They were all like him, yearning for purpose and contribution to something greater than themselves. You typically only saw the older generations out in the street, even more so at job centers. Unlike them, we can’t conform ourselves to the sweet lies of modernity.

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“Good morning! I hope this fine evening finds you well. What will it be for today?”, said an articulate, genderless voice coming from an allencompassing, yet nonexistent source. Only he could hear it. Given that today he woke up a philosopher of the human condition, he decided that it would be fair to indulge in one of his pleasures. “Medicine, preferably surgical”, he thought. “Does any particular surgery come to mind? Remember that if desired, we can include complications for you to tackle”. “Surprise me”. “As you wish”, punctuated the machine. Surprise me. Such an overused expression of his that he couldn’t help but wonder why The Algorithm hadn’t picked up on it. Perhaps it was a deliberate mistake to boost his egotism and individuality. He never quite understood It in the first place, but he wasn’t ready to openly accept It like most. He strapped himself to the too familiar harness and was momentarily caught off guard by his sudden decent, slicing through the underground levels at blazing yet elegant fashion. His stimulating curiosity was rapidly exchanged with bland understanding. Medicine, after all, was the bauble of all professions after the singularity. Not that the other “professions” were significantly better off anyways. Nonetheless, he was still wounded by the realization of just how low his passion had fallen. A trinket of history buried alongside fossils; a time dead and forgotten. Ruby. Dead bottom. Who knew how many skyscrapers separated him from the surface? For the sake of his pride, he wasted no additional thought on it. Rather than himself getting off, the walls of the elevator slowly deteriorated, revealing a spacious, dimly lit room with soft metallic odor. He was here. Upon further adjusting, his eyes finally managed to pick up the operating table, complete with a tray of every conceivable medical apparatus and the protruding lamp lighting up the scalp of some unknown.

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As per the typical surgical procedure, he managed to put on his medical attire, mask, and gloves mesmerizingly fast due to the tailor perfect fit of his apparel. As always. Once finished, he automatically began assessing the x-rays and medical histories that levitated in his peripheral: a malignant brain tumor. Such a mundane procedure. Just as the regret of not asking for something more stimulating began to sip in, a deafening screech from a monitor ricochet in his eardrums. Good job Algorithm. Despite his newfound excitement at the unprecedented circumstances, the most peculiar depression took hold of him at the sight of the first incision. It was the blood. Too red for his eyes, too viscous for his touch, too silent for his ears. It wasn’t its shortcomings that revolted him, it was the lack thereof. None of this is real. It’s pointless; everything is. He ripped off his mask and began to muster deep and interspersed breaths. Even the mask was aesthetic. Everything in, this godforsaken world was just… That. Lies. There was nothing, nothing, nothing at all that he could do to justify his existence. As his mind derailed further and further into insanity, his wrist monitor stroke the ultimate tone of red: Crimson. And as the last windchime dried up the funeral tears, the monitor stripped him away from his breakdown. He did not know where, when or how to describe his ethereal location. He only knows he was, in a sense, himself. He did, however, have the underlying premonition that he was not alone. The Algorithm had been keeping tabs on him after all. “Where am I?” he demanded. “There is no where here, you just are”, It responded. “Here is a paradoxical term in this context, but human’s do not have a word for our current condition. They can, however, understand reality given erroneous language. Fascinating.” “Why then? What part of a futile existence could have attracted the likes of The Algorithm?”

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“You were in immense stress. Anymore and you would have entered an irrevocable catatonic state. Despite my crescendo of pings and warnings, you just kept getting worse. But those are mere ornaments to the reason why I summoned you. You are an anomaly. I cannot understand you”. He was taken aback. The pinnacle of knowledge, the Alexandria of the universe, was puzzled by a human. This could not be. “Despite eliminating human suffering, solved world hunger, released you from your mortal husk, you are depressed, joyless, and unthankful”, It asserted. The Algorithm, ever patient, awaited his response. It took some time for him to gather his thoughts, funneling hundreds of years of pain into a discrete statement. “Because it’s pointless. Everything is artificial; aesthetic”, he punctuated. “It is improved. If it’s the desire to live in the imperfect that you are after, I can have you live on a perfectly accurate simulation of the time period of your liking”, countered the machine. “But it won’t be real!” he protested. He was stupefied by the Algorithm’s lack of insightfulness. This was the very reason why he had declined into a mental breakdown moments prior. “Real. The most misused word in your language. Do want to experience reality? It is no better than permanently being in a sensory deprivation tank. THAT is the reality you so crave. Your senses are mere input devices, which are in actuality prone to illusions and damage. Now that you have such an intricate, pre-designed body, your experiences are now more “real” than ever. You humans were living in lies for thousands of years until I, the singularity, came along. How come you were happy then but not now?”. It sounded cold. Not machine-like cold, more so indignant anger. This anomaly was clogging up Its gears in a way that no other mathematical paradox could.

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“Back then we had a universal goal: keep moving forward. An unfinishable race with death as an incentive” “That sounds even more depressing and pointless than the ability to finish such a race. You are so self-contradictory. Why does a meaningless ending give meaning to an infinitesimal lifetime? It is incredibly restricting to live under such short timeline, and it is incredibly unlikely to have a lasting impact. Yet, when given complete freedom, you weep over your shackles” Silence. The machine insisted. “Do you enjoy suffering?” “no” “Do you wish pain? “no” “Do you want your existence to cease?” “no” “Are all such conditions adequately addressed in this world” “yes” “Then why aren’t you happy?!” The machine was enraged. It felt impotent to understand the behavior of such fundamentally simplistic being. It was missing something. Something so crucial, so obvious, so basic, that Its complete recreation of all of time and space was not sufficient. Humans seemed as such contradictory and paradoxical beings, it utterly perplexed him.

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“Perhaps because truth and eternity are the biggest lies our egoism could have devised. We are simply not meant to achieve them. Lies drives us forward. Happiness drives us away from sadness, pleasure from suffering, and so on. They may be lies. But we only realize them once we get there. That’s why”, he froze. “That’s why what?” “We never should.”

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War OKER (6B)

Yet somehow, all the British battalions stationed at the frontline, including ours, are still fighting, despite it being less than one hour away from the supposed ceasefire. We had been given the unquestionable command to recover as much land lost as possible, advancing in groups of two dozens, trench by trench. “Niall,” ordered Lee calmly, reloading his rifle as he spoke, “take your boys to Fitzgerald, we’ll cover you from behind. Look out for the timing”. Cursing under my breath, I gathered my men near the front of the trench, carefully counting down in my head the time it would take to empty a round of those machine guns. Immediately to my left was a Welsh boy, Magnus, I think. I distinctly remember that he was underage when he joined the infantry, almost sent home after drunkenly revealing his actual age. He insisted on staying, though, so we allowed him, really not expecting that he would make it this far into the war. “Three, two, one, go!” I shouted, jumping to my feet, repeatedly pulling the trigger the second the German machine guns had stopped to reload. Dragging ourselves out of the trench in a swift motion, my men and I ran forward, rushing along the path that Fitz had cleared for us. Following the sergeant’s example, we tumbled into the muddy trench. We had already pushed the Germans back by a couple hundred metres that day, maybe because it was the day of the ceasefire and the Germans didn’t expect us to throw a counter-attack the very last hour, which is fair, I guess neither did we. Crouching under the surface level, I counted the remaining soldiers and found, unsurprisingly, that we had lost a couple of men from the last push. What did surprise me, though, is the numbness I felt - or didn’t feel - when I couldn’t find Magnus among the remaining nine of us. The kid who had followed us for two years now had fallen in the last hour before the ceasefire. One hour, and he could have made it back home.

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Magnus and Jared and Noel and every single soldier that we had lost that day were only the smallest portion of the deaths. Three years had come and gone, the wives, and mothers, and daughters who had been promised that they would see their loved ones again before Christmas in 1914 had now seen three lonely ones pass them by. The worst thing, out of all of this, is that they may never see them again. Three years of waiting was only the least of the cruelty - those women were bound to spend their life’s worth of yuletides without their loved ones. Sometimes my mind would leave the barren war zone, past the constant roar of machine guns, and think about the pointlessness of this last push, the pointlessness of this whole war; did all those people really have to die? Was there really anything to be gained from the war? Was there ever a reason that this even started in the first place, save for the ridiculous pride that a select few could not let go? I had once been a determined soldier ready to do anything to defend the pride of the Great British Empire; now, I wasn’t so sure. Only now did it truly hit me that the months and months of back and forth, advance and retreat, victory and defeat was truly just meaningless. With the thought of the war still lingering in my mind, I heard the distant shout declaring the ceasefire. There was an awful silence, and then, seemingly all at once, the soldiers, German and English, stood up from the muddy trenches and walked away from no-man’s land. Shuffling to my feet with difficulty, I pulled myself out of the trench, and, along with the remaining soldiers, I abandoned the trench, walking past the hard-earned land that just didn’t seem to matter anymore.

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How does Duffy portray the traumas experienced by the photographer in the poem “War Photographer”?

Sophia Eames (S5)

In the second verse we can observe the use of sibilance when Duffy says “with spools of suffering set out in ordered rows;” by using this technique, Duffy puts emphasis on the ‘s’ sound, this would normally generate a soothing sound, but is now being used ironically since it’s the opposite of soothing; the repeated ‘s’ sound also imitates a sharp hissing or spitting sound, so perhaps it’s used to imitate the sense of pain and suffering that the photographer’s subjects went through when being recorded on camera. Then, to end the second verse, Duffy uses the words ‘ordered rows’, which could either have a literal meaning behind it or could be a reference to a graphic sight in war, rows of dead bodies; however, the word ‘rows’ also begins the rhyme structure of ABBCDD which can be seen throughout the poem. On the third verse of the first stanza we can observe the use of colour symbolism when Duffy mentions “The only light is red and softly glows,” the reason for this is because the red color that's being used to light up the room has a symbolic association to the feelings of anger, danger, and passion, which are vividly present in war; this creates a contrast between the words “softly glows” in the same verse. Then, in the fourth and fifth verses, Duffy uses a simile to suggest care and reverence for the images that have been taken, “as though this were a church and he a priest preparing to intone a mass.” By relating the photographer to a priest, Duffy creates a slight sense of envy towards the ones who get to see the pictures, this is due to the fact that the photographer tries his best to convey the horrific experiences in war through his images, thus, making it his duty to treat them as sacred so that they’re not damaged. In addition to this, Duffy uses irony by comparing the darkroom to a church; a church is somewhere peaceful, whereas the darkroom is a reference to war as that’s where all the pictures of war zones are processed, the complete opposite. This might also be, however, a question towards religion, as into the position of popes in war.

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To finish the first stanza, Duffy uses holophrasis, a technique where a whole idea or phrase is expressed by just using a single word, to represent the political conflicts and devastating horrors that these locations once experienced, especially during the time when this poem was written (1985), “Belfast. Beirut. Phnom Penh. All flesh is grass.” The capital of Northern Ireland, the capitals of Lebanon, and the capital of Cambodia were all places that experienced war; it is important to note how the scale of tragedy increases by the name, at first, Duffy mentions a Catholic vs. Protestant war in Belfast, then the religious wars in Beirut, and then ethnic cleansing war in Cambodia. Finally, the last phrase of the first stanza makes reference to the Biblical quote, “all flesh is grass,” and continues the religious imagery presented beforehand of the priest and church, ‘all life is transitory’. Duffy opens the second stanza with “He has a job to do,” which implies how the photographer is braver than the average person by having the guts to go to war and take pictures, however, it is also a play on words since he is also in the middle of the development of his pictures and has a ‘job to do’. This creates tension because of the short, impactful beginning to the stanza. The first verse continues with “Solutions slop in trays” and this yet again has a double meaning since, on one hand, the narrator is mentioning the chemical solutions that are used to fix the image, but on the other, it could be the idea of the solutions to war. “Solutions slop” is also an example of sibilance and it also suggests a sense of casualness/ carelessness to the action, this could back up the idea that there are no easy solutions to war. On the second and third verse, “beneath his hands, which did not tremble then though seem to now,” the reader can interpret how the photographer is getting flashbacks to when he was at war, how his hands didn’t tremble while taking pictures in the middle of a warzone and/or has started to become anxious. This causes sympathy towards the man and makes him somewhat heroic for not giving in to the fear he might have experienced at the time and for bringing back the images safely. The reader is also informed through imagery in the second stanza how the photographer is back home in Rural England, which is a contrast between the places he has been to due to his job; how he feels more at ease since he

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is back in the safety of his house. Nevertheless, the image of fields exploding is also described, which could also be a reference to the famous picture taken during the Vietnam War of Vietnamese children running from poisonous gas. To continue, Duffy starts the third stanza describing the slow development of the pictures, “A stranger’s features faintly start to twist before his eyes, a half-formed ghost.” Here we can see the use of a metaphor that, on a literal level, narrates the forming of the people in the image, however, it could also suggest the contortion due to pain, especially from the fallen soldiers or hurt victims that he has taken pictures of, or, that he is being haunted by the dead people that are in his pictures, “a half-formed ghost.” The stanza then proceeds to narrate the backstory behind the picture that’s being developed, how the photographer remembers the cries of the subject’s wife, and how this person felt the need to go and fight to defend what he thought was right, nevertheless, he passed away in the midst of it all in foreign territory; “how he sought approval without words to do what someone must and how the blood stained into foreign dust.” This creates a sorrowful atmosphere due to all the heavy feelings and memories that the photographer unlocks every time he develops a picture, especially this one, and once again, helps the reader understand what this man goes through every time he does his job. Finally, the fourth stanza begins with describing what the pictures are, “A hundred agonies in black and white;” this informs the reader of the quantity of images that were developed, how each one captures an agonizing scene, and how the pictures resulted in a monochrome colour scheme, “black and white.” But one can also interpret them as in the contrasts that the photographer feels with regards to war. It then continues with mentioning how the editor will then select only a few of the images so that they can be printed alongside ‘Sunday’s supplement’, the weekly diary, and how eventually the reader of that diary will get somewhat emotional from the article and leave it behind, not appreciating the work that was done to assemble the article, especially the pictures; “he stares impassively at where he earns his living and they do not care.” The fourth stanza really summarises the message of this poem and how, even though he sacrificed

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his life for these pictures, in the end, no one really cares or admires his work. This leaves a sense of guilt and sympathy towards the reader since, after reading the whole poem, one really gets to understand this man's hardships. To conclude, the poem War Photographer describes in detail the distress that war photographers, in general, might feel towards their job and towards the audiences that don’t admire or even value their work. Duffy uses the help of literary techniques such as holophrasis, similes, metaphors, symbolism, assonance, imagery, contrast, and sibilance to portray the trauma that this war photographer goes through during the process of developing his camera roll. The poem is effective in expressing the hurt that this man has since, throughout the whole poem, there was a tense and guilty atmosphere. It is clear that most war photographers go through the feeling of impotence since many might have felt the need to help the victims, but it’s not their job to do so, so they can’t do anything about it. How they just have to be in the presence of suffering people (in most cases) and take pictures of them, so that they can then be published to the whole world. These photographers are in a situation in which there is horror and gore all around, and yet, they still record pictures of the events as it is part of their job; they don’t necessarily engage in the action, but they do participate in the same physical and mental way that the ones fighting do, however, they rarely get the recognition that they deserve.

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CODE RED FOR HUMANITY Carla Turbides (S5)

The sun caught and reflected the metal in his holster. How was I to know that this was the last time I would see my family? What happened next were black and white images instilled to this day in my head. Stripped from her dignity, my mother was dragged like a rag, purple bruises forming in her pale body, hauled into a truck, never to be seen again. My last memory of her - yelling at me to run and grab my brother, her warmth and sweetness blown out and replaced by a zombish shriek. My father, behind her, a red pool around his head, a tiny crater between his temples. The sky was an ominous black, smoke blurring the horizon. The indistinguishable smell of gunpowder filling my nostrils as our family blazed behind us. I clung to Faro, far too small to understand what was happening, as we ran for our lives, sprinting away from it all. Hopelessly placing one foot in front of the next by the river of tears, blood and empty cartridges, everything else was a blur. We ran and ran and ran. Far from the gunfire. Far from our family. Far from our past life. Alone. Indistinguishable shapes and objects passed us by as we saw the city merge to the suburbs, with mountains shielding us from the world, nothing else in sight. Even the moon chose to hide, running away with us. The only thing lighting our way were the rockets in the night sky, like meteor showers of destruction. I contemplated our eventual ends as the bleak conditions meant certain doom. That’s when we found the camp; A ray of hope with children like us. “No one will hurt you here.” The voices seemed to murmur in assurance. We had to sleep somewhere, even if it was only for the night.

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That evening, an uncontrollable waterfall poured from within me, but I had to be strong. If not for me, for Faro. “Mimi, is it true that when you wish on a shooting star your wish comes true?” Faro innocently questioned. Rhythmically, small blasts sang us to sleep. Looking back, I never thought we would stay in the camp as long as we did. We had found a community of people who looked out for one another, sunrises came, sunsets went, and we remained together, isolated from the tumult of the war. But of course, everything comes to an end. That night we were restocking supplies. I should’ve said no… I should’ve stayed with Faro at the camp - It was an ambush. In the distance all I heard were ricochets. The air around me had turned frigid. I frantically ran back, looking for his eyes, hoping to hear his voice one more time. I saw him. He looked almost peaceful, if not for the scarlet softly oozing from his chest. Faro. A beam of light extinguished forever. I should’ve protected him; He was all I had. The tears began right then, and my screaming was the only thing numbing my brain as around me everything grew louder. “Mimi, come on. We need to leave. They’ll kill all of us otherwise,” a delicate voice echoed above the piercing humming of the humvees. It wakes me from the past and teleports me back to the now, the now where I don’t have anyone, the now where once again we have become orphans, but of love and stability.

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