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EDITORIAL SIGNOS DE IDENTIDAD

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levamos ya como veinticinco años debatiendo en torno a la identidad de nuestras cofradías y procesiones de Semana Santa. Y bueno es considerar y confrontar distintos puntos de vista, siempre y cuando los argumentos sean de peso y las voces autorizadas. Lamentablemente, uno de los males más extendidos de nuestra sociedad intersecular consiste en equiparar, en esto de la opinión, al especialista con el lego, sin medir los peligros que de ello derivan. Una cosa es el derecho a expresar libremente lo que se piensa y otra ensalzar la vacuidad en aras de la igualdad y el respeto mutuo. Se confunden las personas con las ideas. Las personas son siempre dignas de consideración, cualesquiera que sean su estado y circunstancias, pero las opiniones vertidas no pueden ser consideradas igualmente válidas. En principio, el médico sabe más de medicina, el teólogo de religión y el albañil de técnicas constructivas.

Coinciden muchas veces estos intercambios de opinión con la generalización de las nuevas tecnologías y la posibilidad de que cualquier ciudadano, independientemente de sus méritos y bagaje intelectual, acceda libremente a los blogs, foros y demás medios generalistas o especializados. Y a través de ellos, con frecuencia desde el anonimato, son muchos los que sientan cátedra. Leídos y jaleados por el grupito de fieles, las necesidades de un protagonismo jamás soñado quedan satisfechas, pero el daño permanece. La vulgarización de ideas equívocas conlleva, por desgracia, la toma de decisiones que perjudican al fenómeno en su conjunto. Con nuestras cofradías y procesiones no podía ser menos. Y los ungidos por la red como creadores de opinión deciden qué papel deben desempeñar las cofradías en la Iglesia y sociedad y cómo deben plantearse sus desfiles procesionales. El problema surge al ignorar que las cofradías y procesiones tienen varios siglos de existencia, un arraigo eclesial y social que necesariamente determina su devenir y un entorno antropológico que sirve de referencia para las características estéticas de su puesta en escena.

Opinar por opinar no es riguroso, pero es algo inherente a la condición humana. El problema radica en que la opinión antes quedaba en los mentideros y cafés de media tarde y ahora, vía Internet, se vende cuasi como dogma. Y ante la creciente minusvalía intelectual de la nueva sociedad, dada casi siempre a lo fácil e inmediato, no se criba información. Y lo que bien pudiera ser excelente medio para el enriquecimiento, en muchos casos queda para extender críticas infundadas y planteamientos de lo más inverosímil. Las cofradías son instituciones centenarias. Busquemos sus signos de identidad, tengamos claro que son ante todo un vehículo para la inserción del cristiano en la comunión eclesial. Y esto de alguna forma debe quedar de manifiesto. Las cofradías nacieron para el ejercicio de la caridad. Resulta inconcebible que las instituciones así denominadas dejen pasar los años sin tener siquiera un gesto de ayuda al hermano necesitado. Las obras, no las palabras, las obras determinan la credibilidad. Solo cuando esta acción caritativa brota del corazón y no busca el interés ni el protagonismo mediático, solo entonces alcanzan pleno sentido estas instituciones que nacieron para ayudar. Por último, las cofradías tienen una proyección pública que se manifiesta en el desfile de penitencia, destinado a exponer ante el pueblo que el mensaje de salvación continúa vigente. Teniendo claro lo fundamental, el decoro y el cuidado de las formas resulta prioritario. Una procesión no puede ignorar el lenguaje y simbolismo del tiempo litúrgico en el que se desarrolla; tampoco puede prescindir del entorno etnográfico que la genera. Es la manera de evitar estridencias y preservar lo genuino. Solo cuando estos signos de identidad se han asumido como propios, la inmunidad ante la contaminación informativa o las modas disparatadas es más fácil. Es el remedio, también, para evitar los errores que en justicia nos podrían recriminar las generaciones venideras.


Revista Pasión en Salamanca Año 2012. Nº 19. Portada: "Al alba del tercer día" (acuarela de Jerónimo Prieto).

Edita: Tertulia cofrade “Pasión” Apartado de correos nº 163, 37080 Salamanca www.tertuliacofradepasion.com info@tertuliacofradepasion.com I.S.S.N.: 1695-890X Depósito legal: S.301 – 2003

Director: Francisco Javier Blázquez Vicente. Subdirector: Abraham Coco Barajas. Consejo editorial: Antonio Borrego Sánchez, J. M. Ferreira Cunquero y José Antonio Vázquez Guerra. Colaboraciones: Julio de la Torre, Carlos Ferrero, María José Gallardo, Jesús González, Mª Carmen Leonís Lozano, Antonio Malmierca, Tomás Martín, J. M. Esteban Prado, Vicente Velasco, Conrado Vicente, Félix Torres, Alejandro M. Pérez y Pablo de la Peña. Ilustraciones: Jerónimo Prieto, Andrés Alén, Jesús Cobos, Miguel Gosálvez, Alejandra Rodrigo del Amo y Alfonso Cuñado. Fotografías: Heliodoro Ordás, H. S. Tomé, Roberto Haro, Ángel Benito Sánchez, Ángel González, Pablo de la Peña, Venancio Gombau, Francisco Javier Casaseca y Pilar Magadán. Maquetación: Centro de Estudios Tormes. Impresión y fotomecánica: KADMOS (Salamanca). La dirección de la revista no tiene por qué compartir necesariamente las opiniones vertidas por los colaboradores. Por tanto solo hace suya la línea editorial y los textos que aparecen sin firmar, de los cuales sí se responsabiliza.

Editorial Signos de identidad

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Índice

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La palabra y los clavos Plàcid Garcia-Planas

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Las cruces del Cristo Jerónimo Prieto

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Coronación de espinas José-Román Flecha

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INRI Jesús Nazoreo Rey de los Judíos Xabier Pikaza

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“A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu” José Manuel Hernández Sánchez

12

Lo que viven las cofradías de Bilbao María José Lanzagorta Arco

15

Maternal llanto Soledad Sánchez Mulas

17

Jesús, Despojado Fructuoso Mangas

18

Las metáforas del dolor Asunción Escribano

20

Pasión en Salamanca desde sus cancioneros (II) Pilar Magadán Chao

22

La Danza de la Cruz de Los Villares de la Reina Rosa María Lorenzo

24

La JMJ en la esencia de las hermandades y cofradías Enrique Guevara Pérez

26

La Pasión española ante el Papa Heliodoro Ordás y J. M. Ferreira Cunquero

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Contrapunto: De interés turístico ¿devaluado? Abraham Coco Barajas

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Línea editorial: Hermanos costaleros Félix Torres González

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Las cruces de Andrés Alén Montserrat González García

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Tavolettas del Cristo de la Liberación H. S. Tomé

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Cristo recogiendo las vestiduras Eduardo Azofra Agustín

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El Cristo del Humilladero de Peñaranda Francisco Javier Casaseca

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Las cofradías de Jerez a fines de la Edad Media Silvia Mª Pérez y Juan Carlos Arboleda

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El pescado de la Última Cena Santiago Juanes

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En tres dimensiones Luis Felipe Delgado

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El hombre de las cruces verdes José González Torices

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Cartel "Pasión en Salamanca 2012" Fernando Segovia

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Poema ante la cruz José Frank Rosario

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LA PALAbRA y LOS cLAvOS PLàcID GARcIA-PLANAS

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ué nos dice un monasterio dinamitado? ¿Cómo se escribe el cuerpo roto de Jesucristo despuntando de la ruina? ¿Cómo se describe un hombre doblemente crucificado? Era el verano del año 2001 y allí estaba con mi libreta y mi bolígrafo frente a un milagro: medio cuerpo del Hijo de Dios, con el torso desnudo pintado al fresco, surgiendo de los escombros. Era en el norte de Macedonia, en un enclave de eslavos ortodoxos rodeados por albaneses musulmanes, y la guerrilla albanesa del UÇK acababa de dinamitar la iglesia del monasterio de San Atanasio de Lesocki. ¿Qué nos dice un monasterio reventado? ¿Qué nos dice el torso desnudo de Jesucristo crucificado y dinamitado?

No era el primer monasterio reventado que había visto entre Kosovo y Macedonia ni el único que vería. Ni siquiera era el más antiguo: la iglesia de San Atanasio sólo tenía un par de siglos. Lo que me impresionaba es que apenas había pasado un mes entre mi descubrimiento del monasterio, en las montañas del Shar Planina, en la soledad, y su destrucción. Ya había visto las ruinas el monasterio kosovar de la Santísima Trinidad de Musutiste, construido en el siglo XIV y dinamitado con toda su colección de libros y manuscritos. Todo arrasado cuando las tropas alemanas de la OTAN ya habían entrado en el territorio. Y las ruinas de la iglesia de la Presentación de la Virgen de Dolac, también del siglo XIV y Ante la Cruz, ilustración de Andrés Alén

también reventada con todos sus frescos. Había visto cómo los albaneses iban quemando las casas y los templos serbios y cómo los serbios –aterrados como antes ellos habían aterrado a los albaneses– se iban refugiando en el Patriarcado de Pec y sus murallas medievales. Los serbios iban resguardando sus reliquias en la capilla de San Demetrio: los cru-


6 cifijos rotos y los iconos abrasados iban entrando en el Patriarcado. Había visto el monasterio de Devic antes de ser incendiado –cuando el UÇK sólo había grabado con un cuchillo las tres iniciales de la guerrilla sobre una mártir pintada al óleo: me enseñó el cuadro una monja con tristeza infinita– y había regresado a Devic después de su destrucción, con los soldados franceses que protegían sus ruinas arrestándome en la entrada y apuntándome con sus fusiles, los mismos fusiles que habían sido incapaces de evitar la destrucción. Había visto todo eso. Pero lo que encontré en San Atanasio antes de que lo dinamitaran –lo volaron a la hora de los fusilamientos, de madrugada– era algo más grande que todas las murallas y todos los frescos del mundo: encontré a cuatro monjas eslavas ortodoxas cuidando a un puñado de ancianos tuberculosos. Ancianos albaneses musulmanes… Estaba en Europa. En el tercer milenio. Y el sacrificio de esas cuatro monjas escondía –como se esconde un tesoro en su cofre– toda la Resurrección del mundo… ¿Cómo meter eso en un par o tres de folios, cómo explicarlo en la sección internacional de un diario? Veía a los últimos serbios de Prizren –en el sur de Kosovo– como ocho años antes había visto a los últimos musulmanes de Bijeljina –en el norte de Bosnia– y cuatro años después vería a la última judía de Basora –en el sur de Iraq–… Sólo tres puntos de un mundo lleno de puntos, y al final del camino parece que los seres humanos no sepamos vivir sin crucificar a alguien, una y otra vez. La historia incluso me clavó un día el dolor en el madero exacto: fue el día de Viernes Santo de 1999 cuando los albaneses de Kosovo empezaron a desbordar la frontera con Albania huyendo de las razzias serbias. Ocho décadas antes, en la Gran Guerra, fueron los serbios los que huían desesperados del avance búlgaro y alemán. Por ese mismo paisaje y en un dolor clavado en los libros de historia con un nombre: el Gólgota serbio. Pero no quiero terminar este círculo en los Balcanes. Lo quiero terminar junto a los cristianos que quedan entre Alejandría y Basora. Porque los clavos que les clavan hoy son de

Pasión en Salamanca metal. A nosotros, como cada año, nos llegará la Pascua. ¿Les llegará a ellos? A nosotros, como cada año, nos llegará el primer domingo posterior a la luna llena que sigue al equinoccio de primavera: la Pascua de Resurrección. ¿Les llegará a ellos ese domingo? ¿Cuánto durará su calvario? ¿Llegará su equinoccio de primavera y su luna llena? ¿Y dónde estaremos entonces nosotros, los cristianos que no somos de Oriente Medio? ¿Y dónde estamos ahora? Morimos porque nacemos, y he visto puntos de la tierra donde la Navidad y el Calvario se funden en una esperanza infinitamente más dolorosa que la nuestra. Uno de ellos es Klayaa, un enclave católico maronita del extremo sur de Líbano. La noche de la Navidad del año 2006, meses después de los intensos bombardeos aéreos y terrestres israelíes sobre todo Líbano, los maronitas de Klayaa no entendían cómo el emirato islámico de Qatar pagaba la mitad de la reconstrucción de su iglesia y que nadie en Europa aportara nada. Klayaa, con su iglesia de San Jorge, está crucificada en la misma frontera: conforman la población más puramente maronita de todo el sur chií de Líbano. Crucificada en el precipicio geoestratégico, entre Hezbolah, el Tsahal y la cumbre del monte Hermón en la lejanía. Frente al pesebre de San Jorge, en una antigua y hermosísima letanía de cadencia otomana, los fieles católicos rezaban al hijo de Alá nacido en Belén. Porque Alá es Dios en lengua árabe. Un canto de melancolía ante las letras de Gloria in excelsis Deo clavadas en la pared como todo se sujeta en esa parte del mundo: con alfileres. Era de noche, era Navidad y a lo lejos brillaban unas lucecitas que emitían un resplandor diferente, misterioso, inalcanzable, como si fueran luces de otro planeta, como la estela que guió a los tres Reyes de Oriente hacia Occidente… Eran las primeras bombillas que encendían los israelíes en sus casas de la Alta Galilea. Plàcid Garcia-Planas, reportero de La Vanguardia.


Las cruces del Cristo: Acuarela de Jer贸nimo Prieto.


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cORONAcIÓN DE ESPINAS JOSé-ROmáN FLEchA ANDRéS

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l tercero de los misterios dolorosos del Rosario nos invita a contemplar a Jesús coronado de espinas. Esta escena, reflejada con frecuencia en la pintura a partir de la Baja Edad Media, ha ejercido una honda impresión en la sensibilidad del pueblo cristiano. En primer lugar por el sarcasmo que evoca en este caso el uso sacrílego de la corona, que habitualmente se vincula a la dignidad real, y en segundo lugar, por la facilidad con la que se puede imaginar el dolor que las espinas han debido de causar en la cabeza del Flagelado.

LOS TEXTOS EVANGÉLICOS

Les testimonios evangélicos que se refieren a la coronación de espinas se encuentran en el evangelio de Mateo (27, 29), en el de Marcos (15, 17) y también en el de Juan (19, 2-3). El evangelio según Lucas omite tanto la flagelación de Jesús como este episodio de la corona de espinas. Sin embargo, también en este texto se añade que Pilato termina por entregar a Jesús a la voluntad de los judíos (Lc 23, 13-25). Ahora bien, Mateo y Marcos introducen la escena de las burlas en ese tiempo que transcurre entre la flagelación de Jesús y la decisión de Pilato de entregarle a los judíos y la salida del cortejo hacia el Calvario. El evangelio de Juan, coincide con los dos primeros sinópticos en la evocación de la escena de burlas a la que es sometido Jesús, pero añade por su parte otro detalle al afirmar que cuando Pilato muestra al Flagelado a la multitud, “salió Jesús fuera, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura” (Jn 19, 5). Esa es la imagen del “Ecce Homo” que ha conservado y venerado la piedad cristiana. De todas formas, es conveniente releer el texto con el que se describe la escena de la coronación de espinas y los agravios sufridos por Jesús, según el evangelio de Marcos: Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio, y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: “¡Salve, rey de los judíos!” Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él.

Acuarela de Jesús Cobos


Pasión en Salamanca Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarlo (Mc 15,16-20). A propósito de este texto, es necesario tener en cuenta algunos detalles que pueden ofrecer una cierta explicación de lo narrado por los evangelios. Los soldados que aquí se mencionan seguramente no eran legionarios romanos. Podrían formar parte de las tropas auxiliares, reclutadas entre los sirios y los samaritanos. Estos pueblos eran enemigos de los judíos y fieles al Imperio Romano, como recuerda repetidamente Flavio Josefo en su obra sobre la “Guerra judía”. Este odio secular puede explicar el comportamiento de esta tropa con relación a Jesús. Habiendo oído que el detenido era acusado de pretender ser rey de los judíos, como escribe Ricciotti, los mercenarios consideraron un motivo de diversión, “en verdad gustosa, cubrir de ludibrios y befas al rey de aquellos bribones judíos”. La clave de toda la escena se encontraría en el saludo con el que aquellos esbirros se burlan de Jesús “¡Salve, rey de los judíos!” Su rechazo instintivo al pueblo judío se manifiesta precisamente en las burlas organizadas contra este presunto rey al que tratan como a un loco. Por eso lo cubren con un paño rojo, que evoca para ellos la púrpura real, y colocan entre sus manos una caña, a modo de cetro. La corona de espinas puede haber sido pensada como una especie de diadema, especialmente si estaba trenzada a base de ramas de acanto. Ese es precisamente el nombre con el que la califican tanto los evangelios canónicos como el apócrifo Evangelio de Pedro (3, 8). En este caso, la corona no sería necesariamente un instrumento de tortura, sino un elemento más de la burla contra aquel supuesto rey de los judíos. Una burla que pudo desarrollarse en el “Enlosado” (Jn 19,13) para tratar de repetir el juego del rey. Practicado en las fiestas Saturnales, consistía en elegir a un condenado para convertirlo en rey de burlas antes de ejecutarlo. Así pues, en Jesús se cumplían las antiguas profecías que veían al Siervo del Señor como “azotado, herido de Dios y humillado” (Is 53, 4).

9 LA CORONA DEL CRUCIFICADO

Un fresco en la catacumba romana de Pretextato, en torno al año 200, representa a un hombre, de cuya cabeza parecen salir espinas en todas direcciones. Según Raymond Brown, si ese hombre es Jesús, nos daría idea de cómo se imaginaban la corona de espinas los primitivos cristianos de Roma. Como se sabe, Tertuliano y Clemente de Alejandría consideran la corona como un instrumento de tortura. Y el pueblo cristiano no ha dudado en subrayar con frecuencia y con sincera piedad el intenso dolor físico que una corona o un casquete de ramas espinosas pudo causar a Jesús. Con agudeza ha escrito el P. Braulio Manzano: “Si Herodes se burló de la realeza divina mediante un manto blanco, los soldados del Procurador se valen de uno rojo, de una corona de espinas y de un cetro de caña para mofarse de la humana”. Es más, aunque se supone que el manto rojo y la caña debieron de ser abandonados al sacar al reo camino del patíbulo, la tradición siempre ha imaginado que la corona de espinas había de permanecer sobre la cabeza de Jesús hasta la cruz. Todas las representaciones artísticas de Jesús, tanto en el camino hacia el Calvario, como en el momento de la crucifixión, lo presentan coronado de espinas. Se supone que la corona sólo le es retirada por José de Arimatea y Nicodemo al bajarlo de la cruz. La corona de espinas descansa al lado del Cristo muerto, en el Descendimiento pintado por Durero, que se conserva en Munich, y en la Piedad, pintada por Tintoretto, que se puede ver en la Galería Brera de Milán. De esa forma, la coronación de espinas, junto con el tormento de la flagelación, ha llegado a comprenderse y representarse como la anticipación del tormento de la cruz. Para la piedad popular, el crucificado es el coronado de espinas. Y sus espinas son recordadas como un icono de la burla padecida y del dolor aceptado por el Señor, que adoptó la forma de esclavo y se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 7-8). José-Román Flecha Andrés, Universidad Pontificia de Salamanca.


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INRI JESÚS NAzOREO REy DE LOS JUDÍOS XAbIER PIkAzA

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a tradición ha conservado dos versiones del título o letrero de la Cruz. La de Marcos (“había una inscripción de su condena, que decía: El rey de los judíos”; Mc 15, 26) ha sido aceptada y ligeramente modificada por Mateo y Lucas. La de Juan afirma que el título estaba escrito en hebreo (o arameo), latín y griego y que decía: “Jesús el Nazoreo el Rey de los judíos” (Jn 19, 19).

– Marcos: El Rey de los judíos (15, 26). Este pasaje, más breve y conciso, recoge la acusación básica que los sacerdotes presentaron a Pilato en contra de Jesús, aquella que Pilato tomó como causa y razón de su condena a muerte. Así expresa la experiencia básica de Jesús, que había actuado como profeta del Reino de Dios en Galilea, pero que se había presentado en Jerusalén como Mesías, término que, en lenguaje jurídico y político romano, podía traducirse como “Rey de los judíos”. Es poco probable que Jesús se presentara como Rey (y menos como rey de los judíos), pues, a su juicio, el Reino era de Dios. Él se tomaba más bien como Mesías de Israel o, quizá mejor, como pretendiente mesiánico, pero Pilato no entiende ese término (mesías), pues no entra en cuestiones intrajudías. Por eso prefiere emplear un término político: Rey de los judíos. –Juan: Jesús el Nazoreo el Rey de los judíos (19, 19). El texto supone que el letrero estaba escrito no sólo en hebreo/arameo (la lengua de la zona), sino en latín y griego (las lenguas del imperio). De esa forma puso de relieve el carácter universal (mundial) de la condena y muerte de

Jesús. Los sacerdotes le piden que no ponga “rey de los judíos”, pues no lo sería en realidad. Pero Pilato lo mantiene el letrero, para humillar de esa manera a los sacerdotes, recordándoles que su rey es Jesús. Más difícil de evaluar es el valor histórico del otro término (Nazoreo, no Nazareno, como suele decirse). Según Marcos, el letrero decía simplemente “Jesús”. Según Juan añadiría: “Nazoreo”, que no significa simplemente que es de Nazaret, sino que pertenece al “nezer” o familia de David. Ciertamente, esa palabra (nazoreo) puede haber sido “creada” por el mismo Juan, para presentar el “nombre completo” de Jesús, siguiendo el estilo del nombre de los emperadores, que constaba de tres partes, como Tiberio César Emperador (de Roma). En esa línea, en vez de decir simplemente Jesús (como Marcos), Juan habría conservado el nombre completo de Jesús, con sus tres elementos: Jesús Nazoreo Rey (de los judíos). Ese nombre (nazoreo, no nazareno, lo repito) constituye un elemento clave del mesianismo de Jesús, que no fue solamente “nazareno” (de Nazaret de Galilea), sino “nazoreo”, descendiente del “nezer”, es decir, del “tronco” de Jesé, que es la familia real de David, siendo por tanto un pretendiente mesiánico. La cuestión es saber si Marcos suprimió ese título (Nazoreo), porque no quería presentar a Jesús en la línea mesiánica davídica, o si Juan lo añadió (con un afán de purismo literario)… o si


Pasión en Salamanca simplemente lo mantuvo, recogiendo así una tradición antigua, que presentaba a Jesús como Nazoreo, en una línea mesiánica que le vinculaba a las promesas de David. Desde mi visión exegética e histórica, las cosas se explican mejor suponiendo que ha sido Marcos el que, conforme a su estilo y queriendo desvincular a Jesús del mesianismo davídico/nazoreo, quiso suprimir ese nombre, que recoge una tradición histórica. Pienso, según eso, que el título originario, escrito sin duda en una sola lengua (griego, quizá latín) decía Jesús Nazoreo Rey de los Judíos (palabras que, por sus iniciales, aparecen como INRI en las imágenes de la crucifixión). Desde ese fondo se entiende mejor la protesta de los sacerdotes de Jn 19, 19-24, que no tienen dificultad en reconocer a Jesús como nazoreo (pues lo es, por familia), pero que no quieren aceptarle como rey de los judíos.

11 deberían llamarse así (nazarenos de Nazaret), sino “nazireos”, comprometidos por la causa mesiánica de Jesús. Sea como fuere, resulta claro que Pilato condenó a Jesús por ser (querer hacerse) “rey de los judíos”, pensando que de alguna forma él quería usurpar el “poder de Roma”. Para Pilato, Jesús es un rey fracasado, uno más en la gran lista de pretendientes políticos vencidos, Para los sacerdotes será un falso rey, un engañoso profeta de mentiras peligrosas. Para los seguidores de Jesús, ese título está al principio de su visión del mesianismo, pero sólo se puede entender desde la Cruz, y tras la experiencia pascual; antes (o fuera) de ella es un título de escándalo. Xabier Pikaza, teólogo.

De un modo significativo, en el momento clave del prendimiento, los agentes de la autoridad han llamado a Jesús “nazoreo”, como suponiendo que ese título tiene algo que ver con todo lo que está sucediendo (cf. Jn 18, 5. 7 y también Mt 26, 71, que introduce ese título en el proceso de Jesús). Ciertamente, es difícil precisar hoy el sentido de ese título, pero todo nos permite afirmar que el prendimiento y muerte de Jesús está relacionado con su condición de nazoreo o pretendiente mesiánico. Permítase una pequeña licencia histórica. Pienso, además, que Jesús no era un nazireo armado (un nazir de Dios, de los que no comen ni beben, pero lucha en la guerra santa, en la línea de Sansón) y añado que no subió a la ciudad de Jerusalén para conquistarla, muriendo en el intento, sino que era un nazoreo no violento. Jesús no fue nazireo, pero sí “nazoreo”, un pretendiente mesiánico pacífico, alguien que supo dar la vida por la transformación personal y social, religiosa y nacional del judaísmo de su tiempo. En esa línea, estrictamente hablando, los “nazarenos” de la Semana Santa no Fotografías de Roberto Haro


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“A TUS mANOS, SEÑOR, ENcOmIENDO mI ESPÍRITU” JOSé mANUEL hERNáNDEz SáNchEz Estas palabras con las que, según el evangelio de Lucas, Jesús expira en la cruz (Lc 23, 46) pertenecen al salmo 31. Se trata de una oración intensa y dramática en la que un creyente, acosado por sus enemigos y al borde de la muerte, se desahoga con Dios. Es un texto lleno de fuerza que, por una parte, describe con imágenes desgarradas la situación extrema a la que ha llegado; pero que, en una segunda parte, refleja con no menos fuerza e intensidad la certeza de que Dios le va a socorrer. Por eso, no duda en concluir con una invitación a la acción de gracias por la acción liberadora de Dios. Un poema en tres tiempos El salmo arranca (v. 2-9) con una intensa petición de ayuda a Dios, con un grito de socorro y auxilio acompañado de algunas motivaciones, en forma de títulos divinos, que justifican esa súplica. A Dios se alude con cinco imágenes vigorosas, que sugieren la idea de fuerza y seguridad: Dios es “roca – fortaleza – baluarte – alcázar – refugio”. El creyente, en medio de su angustia y aflicción, cuando se ve a punto de caer, no recurre a “los ídolos vanos”, sino a su Dios, reafirmando una confianza absoluta en Él. En la segunda parte (v. 10-19) se describe con más detalle la situación lamentable en que le han puesto sus enemigos: le han tendido una red, vive entre suspiros y lágrimas, se siente agotado y consumido, es objeto de burla e irrisión, su estado es tan repugnante que provoca la huida de los amigos…, para concluir con una imagen muy expresiva: ya no se siente persona, tiene la sensación de que sólo es “un cacharro inútil”. Pero, justamente en medio de esta situación, en el centro mismo del poema, aparecen las expresiones más rotundas de confianza: “Yo confío en Ti, Señor y te digo ¡Tú eres mi Dios!” (v. 15),

“Mi destino está en tus manos” (v. 16), “¡Sálvame por tu amor!” (v. 17), “¡No me defraudes!” (v. 18). La última parte se abre con una exclamación: “¡Qué grande es tu bondad, Señor!” (v. 20). Está tan seguro de que su súplica será escuchada y atendida, que el grito inicial de socorro se convierte ahora en estallido de júbilo y alabanza “¡Bendito sea el Señor!” (v. 22). Y concluye sacando de la experiencia que le ha tocado vivir una doble lección o moraleja: hay que amar al Señor y hay que ser fuertes y mantener siempre el ánimo. Una oración apropiada para decirla Jesús en la cruz Tal y como los evangelios describen la muerte de Jesús en la cruz, este salmo es el texto más apropiado para poner en sus labios. Los enemigos habían estrechado el cerco contra él y, al verse al borde la muerte, Jesús, como creyente se volvería a Dios apelando a su fidelidad. Hay, además, en el salmo una serie de detalles en algunas expresiones, que se estaban cumpliendo al pie de la letra: grupos distintos se habían puesto de acuerdo para quitarle la vida y habían vociferado “¡crucifícale!”; sus discípulos, sus amigos, le habían abandonado y habían huido; al estar crucificado junto a una de las puertas de la ciudad, se había convertido en el hazmerreír de cuantos pasan junto él; la denigrante ejecución en una cruz le había despojado de su dignidad humana y todo parecía confirmar que se trataba de un rotundo fracaso, como “un cacharro inútil”… Por otra parte, desde el “¡Abba!” que Jesús pronunció en Getsemaní (Mc 14, 36), ha asumido la cruz en una actitud de filial obediencia y de la más absoluta confianza en el Padre. Es lógico, pues, que de sus labios saliese una plegaria con expresiones como: “Yo confío en ti…; sálvame por tu amor…, en tus manos pongo mi destino…, Padre a tus manos encomiendo mi espíritu”.


Pasión en Salamanca Con toda razón la liturgia del Viernes Santo incorpora este salmo entre la lectura del poema del Siervo de Yahvé y el texto de la carta a los Hebreos, antes de la lectura de la Pasión. Una oración oportuna también para nosotros La actitud de Jesús en la cruz quedó como referencia obligada para todos los que quisieran ser luego sus seguidores. Y así, el primer mártir cristiano, el diácono Esteban, muere repitiendo las mismas palabras con las que expiró Jesús. El libro Hechos de los Apóstoles atestigua que Esteban expiró diciendo “Señor, recibe mi espíritu” (Hch 7, 59).

13 Carlos de Foucauld, seguramente inspirándose en este salmo y en esta escena del evangelio, ha popularizado una oración muy conocida y repetida hoy por muchos creyentes: “Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que tú quieras. Sea lo que sea te doy las gracias… Te confío mi vida, te la doy, porque Tú eres mi Padre.” José Manuel Hernández Sánchez, responsable de los Grupos Bíblicos y Párroco de La Purísima. Salamanca.

Más allá de este dato, hoy nosotros nos podemos identificar también con esta oración. Hay en nuestra vida y en nuestro mundo muchas situaciones que nos ponen a prueba. Frente a ellas tenemos que echarle coraje y resistir. Pero no es suficiente. Los creyentes tenemos que recordar que por encima de nosotros hay Alguien que está pendiente de nosotros, que acompaña y conduce misteriosamente nuestra historia, y a quien hemos de levantar los ojos y la palabra para repetir una y otra vez: “Padre, pongo mi vida en tus manos”. La Liturgia de las horas, en la última oración del día, en el rezo de Completas, nos invita a repetir esa misma oración: en el responsorio se dice “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu; tú, el Dios leal me librarás”. Es la palabra adecuada para retirarse a dormir y asegurar un buen descanso, sabiendo que estamos en tan buenas manos. Dibujo de Andrés Alén


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LO QUE vIvEN LAS cOFRADÍAS DE bILbAO mARÍA JOSé LANzAGORTA ARcO

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ablar de religiosidad en Bilbao después de la guerra civil, es hablar de Semana Santa. Con la creación de las cofradías, a excepción de la Santa Vera Cruz que ya existía desde 1554, después de nuestra guerra civil, se marca un nuevo camino en la religiosidad de la ciudad. Han pasado los años, han desaparecido algunas cofradías y otras después de periodos de silencio han vuelto a salir a la calle con sus pasos y sus hábitos. La religiosidad ha cambiado de forma contundente; en la actualidad las cofradías sobreviven a una profunda crisis de fe que acompaña a la sociedad. Antiguamente formar parte de una cofradía era algo importante, algo que marcaba a la persona; hoy en día cada vez son menos los cofrades que integran dichas instituciones. Hay que buscar el origen de este decaimiento de las cofradías bilbaínas en diferentes espacios que imperan en la sociedad actual. La política que se ha vivido en el País Vasco en los últimos tiempos ha alejado a la juventud de todos los valores que se vivían en tiempos pasados. Junto a ese alejamiento de los valores básicos, también se ha dado un giro en la religiosidad, los jóvenes se han apartado de ella y es muy difícil acercarles a todo lo que tenga algo que ver con la religión y menos con la Iglesia. Las cofradías que beben de la aportación de nuevos cofrades en sus filas, se ven afectadas por esta falta de fe que domina en la sociedad. Cada cofradía se surte de cofrades en los diferentes ámbitos donde esta se mueve, pero es muy difícil, cada día más, el tener jóvenes en cada una de las cofradías que en este momento hay en Bilbao. Si quitamos las que se encuentran insertadas en colegios, como Jesuitas o Santiago Apóstol, en las demás el número de jóvenes es cada día más escaso, lo que supone un serio problema de continuidad. Hay cofradías en las cuales apenas hay ya


16 cofrades, otras que tienen muchos, pero son cofrades que no duran mucho tiempo dentro de ellas. Son “cofrades de ida y vuelta”, un año están y al siguiente ya no, no se comprometen, no son capaces de permanecer con un compromiso por más de una temporada. Otra de las dificultades con las que se enfrentan las cofradías es la falta de atención por parte de las Instituciones, estas no dan el valor que las cofradías tienen en la sociedad o por lo menos que deberían tener. Son muy pocas las subvenciones, las ayudas y los compromisos que están dispuestas a darles. En la ciudad se ha perdido todo ese espíritu que en épocas pasadas se vivía, donde las procesiones de Semana Santa formaban parte del entramado de la misma ciudad. Es cierto que los tiempos han cambiado, y que en la actualidad y creo que más en el País Vasco, los días de Semana Santa, son días vacacionales, días donde el éxodo de la población deja a la ciudad prácticamente vacía. Los turistas, muchos de ellos extranjeros, son los mayores espectadores de las procesiones que caminan cada día de Semana Santa por las calles de Bilbao, pero pocos bilbaínos son los que acuden a “ver las procesiones”, como sucedía antaño. Pero si contamos que desde las Instituciones no se le dan a estas el lugar que se merecen, no podemos pedir a la ciudad que actúe de otra forma. En Bilbao, donde hay procesiones desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección, estas, que tienen un recorrido establecido y siempre peleado con el Ayuntamiento, discurren por las calles junto con el tranvía, los autobuses urbanos, los coches y muchas veces con manifestaciones autorizadas por el mismo Ayuntamiento u órgano competente a la misma hora y por el mismo recorrido que transcurre la procesión. Ha habido épocas pasadas, en donde las circunstancias todavía eran peores, a los cofrades se les insultaba, se les tiraba huevos desde las ventanas a su paso desde la sede al inicio de la procesión. En estas circunstancias las cofradías han subsistido a través de los años, con empeño y con tesón, ante multitud de adversidades y piedras en el camino.

Pasión en Salamanca Son años complicados para todos, pero para las cofradías están siendo muy duros, la falta de cofrades, la falta de espíritu religioso por parte de la sociedad y los organismos que gobiernan, hacen que cada Semana Santa sea un reto para cada una de ellas. Hace ya muchos años que las Instituciones no están presentes en los actos de la Semana Santa, ni en el Pregón que da comienzo a las celebraciones, ni en las procesiones ni en ningún acto que estas realicen. Pero no toda la culpa se le puede atribuir a la falta de religiosidad o la falta de sensibilidad por parte de las autoridades; las cofradías no han sabido hacer las cosas como quizá había que hacerlas, no han sabido actualizarse, ni darles un carácter más democrático. Todavía existen cofradías que siguen sin actualizar sus estatutos, que no realizan votaciones para elegir a sus mandos, que gobiernan a base de mandatos y sobre todo que no hacen más vida que la estrictamente referente a los días de Semana Santa, misa de difuntos y poco más. Este es un camino nada afortunado para mantener una cofradía unida, para que los jóvenes se involucren en ella y para que los cofrades se sientan unidos y a gusto en ella. Tendrían que cambiar muchas cosas para que la Semana Santa bilbaína, adquiera la altura que le corresponde y que en un pasado tuvo, ya que tiene todos los ingredientes necesarios para ser una de las Semanas Santas más importantes de España. En la actualidad, en muchos lugares ni se sabe que en Bilbao hay una Semana Santa que data del siglo XVI y que ha sido una de las más importantes, con pasos de autores de gran nombre, de época barroca e incluso alguno del siglo XVI, de grandes imagineros. Tendrían que cambiar las Instituciones y también las cofradías, ponerse en su lugar, en el lugar que ocuparon años atrás, y a pesar de que las circunstancias no son las mejores, a pesar que en la actualidad la religiosidad está en sus horas más bajas, estas deben mantenerse y crecer en la medida que puedan. María José Lanzagorta Arco, licenciada en Teología y Geografía e Historia Universidad del País Vasco/EHU.


MATERNAL LLANTO Jn 19, 25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena.

La cruz es ya un encaje de termitas, cuyo temblor oscuro, contra el terroso cielo de cendales rasgados, recorta la silueta de una mortal pregunta. Lirios rotos y lágrimas; bocas secas de polvo y de respuestas; hilos de luz colgando del fanal mortecino del silencio, de la paloma triste del temor. Labio agrietado, fruto maduro en el amor, el de una madre que, entreabierto y sumiso, bebe la última gota que destila su Ser. Pupila sumergida en las saladas aristas del dolor. Nada y ayer —pues rodará una losa—, nada y ayer —pues consumó la tarde—. vacío y profanado el Santuario; de par en par la puerta; solo un eco de llanto palpita dulcemente en su pared.

Soledad Sánchez mulas

Fotografía de Roberto Haro


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JESÚS, DESPOJADO

Fotografía de Pablo de la Peña

FRUcTUOSO mANGAS

Es el título principal de la nueva cofradía que ha sido erigida en Salamanca.

Así fue “Se reparten mi ropa, sortean mi túnica”, el lamento del salmo 22 estaba tan a flor de labios que los cuatro evangelios lo recuerdan y lo aplican con precisión y hasta, en el caso del cuarto evangelista, con detalles extremos y llenos de intención. Por segunda vez Jesús es desnudado. Ya lo había sido en el pretorio para ser azotado y ahora, sin duda con mayor vejación, antes de ser crucificado. Es una medida que responde por un lado a la escasez de textiles que provocaba la

rapiña de los verdugos y por otro al castigo de la vergüenza pública con una dramática desnudez a la vista de todos. Nos hemos acostumbrado a la imagen, pero tiene una crueldad innecesaria y extrema. Y no en vano ni por casualidad tantos verdugos de cualquier tiempo han desnudado a sus víctimas para despojarlas de dignidad y de resistencia. Ya le habrían arrebatado el manto, ahora le arrancan la túnica, le quitan con medio zarpazo el resto de la ropa, elemental y escueta en un humilde judío, le acomodan un paño viejo usado ya con otros condenados y por eso lleno de sangre y heces y así, en lo más bajo del oprobio, es clavado y elevado en alto


Pasión en Salamanca sobre la cruz… Desnudo, a la vista y en alto es nadie. Sin olvidar el llanto extremo de amigos, seguidores y especialmente de María, su madre. Aunque resulte increíble millones y millones de veces se ha repetido escena semejante en todos los tiempos y lugares. Nunca olvidaré la impresión que me causaron aquellas cinco páginas en las que el Nobel de 1962, Ivo Andric, en El puente sobre el Druina, describe minuciosamente el complicado proceso del empalamiento izando por fin al condenado a la vista de todos hasta morir en grito vivo durante cuatro días. Despojado, más que un nombre Jesús desnudado, despojado, expoliado, robado, desvalijado, desposeído, vejado, saqueado, violentado, desvalido… es la imagen extrema del Hijo de Dios metido en lo más inhumano de nuestra condición humana. Hasta ahí se abajó, despojándose de todo y siendo uno de tantos crucificados en las laderas y caminos del Imperio. Por eso es un título que estremecería las entrañas de toda cofradía que lo lleve en su nombre. Hay nombres y nombres. Y es dolorosamente inevitable ver en el expolio que se hace sobre Jesús las violencias y despojamientos sufridos ayer y hoy por tantas personas en todas las partes de la tierra, cerca y lejos. Es un panorama que sobrecoge, desde el hambre, incansable y mortal, que no cesa, hasta los derechos humanos pisoteados de mil modos cada día… Son los despojados, los desnudados, los robados, los desvalidos, los desposeídos, los nadies de la tierra…, esos que “no valen lo que vale la bala que los mata” según el grito de Eduardo Galeano con el que fija lo que vale un “desvalido”. Y así cientos de millones de personas, de hijos de los hombres, de hijos de Dios, de hermanos, de co-hermanos” nuestros, de “cofrades” de todos… ¿Puede subir más alto la crueldad de los que pueden y no hacen o bajar más abajo la indignidad de cuantos respiramos sin decir ni hacer nada? En eso estamos. Cada cuaresma y cada día, cada Semana Santa y todas las

19 semanas, cada viernes santo y todos los viernes de todos los calendarios, estamos en las mismas: el mandato de amor y la indiferencia, la dignidad de cada uno y el maltrato, el pan abundante y el hambre, cubiertos de dones y despojados de todo don… Y la Pasión sigue. Y el Expolio y el Despojamiento. Cada uno tiene la acción y la palabra Por supuesto. Aunque desde los viejos profetas nos lo tengamos que recordar una y otra vez. Y en estos días, algo más santos que lo de costumbre si es que eso es posible, nos lo recordamos con especial gravedad: - los despojados de pan tendrán que ser revestidos de la justicia de cada día - los despojados de voz y de palabra tienen derecho al manto diario del respeto y del grito - los desposeídos de esperanza y de razón necesitan ser revestidos de paz y de futuro - los desvalidos de Dios y de fe necesitan la oferta, humilde y medida, del gozo de la fe - los robados en promesas y desencantos tienen pleno derecho a ser revestidos de feliz fidelidad - los desvalijados de libertad y de humanidad deben ser cubiertos con la noble túnica de la dignidad - los desnudados de derechos recibirán la vestidura completa de todos los derechos humanos Y mil revestimientos más para devolver a los despojados sus vestidos, su pan y su dignidad, la justicia negada, la dignidad secuestrada, todos los derechos robados… La imagen de Jesús despojado de sus vestidos a la vista de todos es un clamor en medio de nuestra calle abriéndose paso entre los expoliados y desvalidos del mundo. Y su contemplación deberá poner a prueba la verdad de nuestra piedad y el alcance real de nuestro compromiso cristiano. Fructuoso Mangas Ramos, sacerdote diocesano.


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LAS METÁFORAS DEL DOLOR EN J. M. FERREIRA CUNQUERO ASUNCIÓN ESCRIBANO

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ablar de la metáfora es nombrar la identidad última de todo. Más allá de ser un recurso retórico inevitable de carácter embellecedor de la ya de por sí hermosa realidad, la metáfora identifica aquello que de común tienen las cosas. Nombra la esencia única y verdadera del universo. No es una invención, es un reconocimiento que conduce más lejos de sí la mirada, corrigiendo esa miopía arbitraria de lo convencional. Sin embargo, ensanchar el propio ver con las palabras es sólo una capacidad de los más grandes. Es algo que no se aprende. Se nace con las retinas preñadas de milagros o no se aprende. Quizá por ello, han sido los mejores poetas los que han ofrendado al lenguaje con las más intensas imágenes, consiguiendo, de este modo, enriquecer la realidad con nuevas y desconocidas combinaciones de prodigiosos sintagmas. Y si se habla de símbolos únicos, la memoria de la Semana Santa ha dotado la historia literaria de representaciones espléndidas que hablan de la realidad de manera sacral, en la pluma de los poetas que más la han sentido como propia. En este sentido, toda la escritura elaborada en torno a esta celebración es una cantera sorprendente de los emblemas del dolor, del sufrimiento del Cristo, y también del hombre que lo contempla afligido. Entre estos escritores, cómo no nombrar con mayúsculas a José Manuel Ferreira Cunquero, poeta por antonomasia de este tiempo de evocación desconsolada. Sus metáforas hablan de una fe intercalada como veta perfecta en la palabra más intensa amasada en el poema. Consigue, de este modo, Ferreira Cunquero crear toda una imaginería insólita del sufrimiento del Cristo, anudada en torno a un haz semántico que agrega dolor, tristeza y llanto. Esta triple red conceptual multiplica sus resonancias al ir enlazados estos términos en los poemas de José Manuel Ferreira a una compilación excepcional de figuras portento-

sas. Esa malla establecida en torno a la desolación se materializa en este autor en una gavilla de términos que construyen en su discurrir poético la concepción de una afrenta escandalosa al Cristo que el hombre-poeta siente como propia. En primer lugar, el poeta se siente desterrado de la historia y por ello señala con su verbo la incapacidad carnal de su presente. De este modo, sólo le queda permitir que su ánimo se traslade en el verso al gesto físico de la indignación. “Mordiendo sube la tristeza/ hasta ser llorando en su frente/ el miedo”, escribe entonces en “Escena”, con una prosopopeya agresiva que simboliza esa mandíbula cerrada de la impotencia total, y que refleja toda la crueldad que nace de no poder intervenir en el curso obligado del pasado ya escrito. Ese abatimiento interior del escritor busca permanecer a pesar del paso del tiempo, quiere ser señal de un compromiso duradero, tangible, y lo hace mediante la plasmación de un dolor que no se permite ser efímero, y extiende sus dominios más allá del espacio de la celebración semanasantera. De aquí que esta consternación se vuelva material, tierra, extensión geográfica creciente con vocación de permanencia. Las “comarcas de la tristeza” de su poema “Lo he visto” acogen, de este modo, la llegada del Cristo roto, como modo hiperbólico de hablar de su potestad. Esas comarcas a las que adviene el Cristo consiguen invadirlo todo y la tierra se conmueve con el dolor de quien la habita, recurso este muy frecuente en Ferreira Cunquero, quien consigue como nadie encarnar en piedras y paisajes la conmoción de lo humano. Y junto a ellas, la alusión a la sangre: “coagulada la pena se vislumbra/ sobre la noche” en la “Procesión en Castilla”. Ambas imágenes nos hablan en realidad de los constituyentes materiales básicos del hombre, tierra y sangre, que dan amparo al pesar que los contiene. La sangre se manifiesta también en la encarnación corporal del daño, adjetivada aho-


Pasión en Salamanca ra con el tinte de la linfa: “la honda aflicción de tu pena encendida”, le canta José Manuel Ferreira Cunquero a la “Dolorosa de Montagut”, o alude en el poema “Calvario” al clavel que “torna en llanto enrojecido”, semejando en lágrimas o flores la hemorragia, una de las representaciones más agresivas de la muerte inmerecida del Dios que se hizo igual al hombre para susurrarle de cerca y mirándole a los ojos. Por otro lado, como modo pequeño y cotidiano del permanecer, esa conciencia desolada se vuelve densa, concreta, real. Por ello, también se ofrece volcada en los verbos del hacer. Tejida o tallada, la ciudad o la tierra se dejan empapar por el ánimo de los hombres que las ocupan y así canta o llora el poeta en “Nazareno de la Vera Cruz”: “Salamanca se despierta/ tallada en dolor y sombras”; o “dolor de esta tierra o triste clamor/ que teje en la noche el paño que carda”, en “El Cristo del Amparo”. No otra cosa necesita el hombre, cuyo tacto busca palpar entre las sombras la señal concreta y permanente de lo sentido.

21 Semana Santa: la Resurección contenida en la muerte. Y esa certeza rotunda es la luz que guía los pasos de este escritor en sus poemas. Terminamos de este modo con unos versos homenaje a los “Poetas ante la Cruz” que, reconociendo la suma de aflicción y esperanza que supone la cruz, así lo atestiguan: “alzamos hasta tu cruz,/ madero de sangre y luz,/ la voz de nuestra poesía.” Asunción Escribano, catedrática de “Lengua y Literatura españolas” (UPSA).

Finalmente, como último gesto de la carencia, también acude José Manuel Ferreira Cunquero a los verbos de la direccionalidad violenta, que se asemejan al látigo o a la lanza: “tristeza clava universitaria/ en el nocturno caminar que grita,/ con a p e n a d a h o n d u r a una plegaria” e s c r i b e e n “Hermandad Universitaria”. “Tristeza eyaculada por el miedo”, en “Huerto de los Olivos”. Venablos expresivos que apuntan a la herida y también a la incapacidad del hombre para evitarla. Infamia recreada y resurgida en los poemas de manera oblicua, como en un cuadro, como hacen líricamente los que saben hacer… Las imágenes del dolor en los poemas de Ferreria Cunquero estiran su realidad material para alcanzar ese “imposible verosímil” del que hablara Aristóteles. Y no ha de extrañarnos, porque esa paradoja que dilata la lógica en dos direcciones contrariases la que también se perpetúa en la Procesión del Arrabal, dibujo de Andrés Alén.


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PASIÓN EN SALAmANcA [DESDE SUS cANcIONEROS POPULARES TRADIcIONALES] (II) PILAR mAGADáN chAO

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a Palabra y sus músicas “como parte indivisible e inseparable sustentando la Cruz” nos acerca al infinito, con respecto a la inspiración creativa del pueblo salmantino.

El Cancionero Salmantino de D. Dámaso Ledesma (editado en Madrid 1907 y Cancionero Salmantino Segunda Parte (Salamanca 2011) así como el Nuevo Cancionero Salmantino (Salamanca 1943) y Páginas inéditas del Cancionero de Salamanca (Salamanca 1995) del Dr. Aníbal Sánchez Fraile, son testimonio de esa fuente de creatividad y de hondo lirismo.

mental y la entrega de Trinidad, la impulsaron a transmitir sus saberes, en su pueblo principalmente y también a quienes solicitasen información. A esa noble tarea dedicó gran parte de su vida. Personalmente creo (dada su actitud y por los datos que conservo en mi archivo) que esa tarea fue la vida misma de Trinidad Estévez.

Son innumerables los ejemplos que tras su información, demostraron la pervivencia de l a s m ú s i c a s transcritas en los Cancioneros que nos ocupan, y el enriquecimiento del te x t o (La Palabra) con respecto a los mismos. Para primera muestra, que no debiera ser la última, escogemos la Letrilla a Jesús que El estudio ilustra y remade dichos Canta el capítulo I cioneros ofrece de esta serie referencia impa(Pasión en Sagable para com- Trinidad Estévez San Juan, transmite su sabiduría literario-musical en Puebla de Yeltes (Salamanca), mayo de 1977 (foto: Pilar Magadán). probar, a través lamanca 2011 del trabajo “de pp.18 -19), que incluye música y texto recogidos campo”, la frecuente permanencia viva en el en el Nuevo cancionero salmantino (pp. 121 y tiempo, de melodías y ritmos transcritos en su día. De este análisis comparativo se deduce 207) del Dr. Aníbal Sánchez Fraile. La partitura que los textos (en este caso, “la Palabra sus- que ilustra dicho capítulo es testimonio de lo tentando la Cruz”) se ven felizmente comple- que exactamente pude escuchar en Puebla de mentados, gracias a los “Cancioneros vivientes” Yeltes a Trinidad Estévez y sus seguidoras, en que raramente pasan a la imprenta, personifimayo de 1977. Sin embargo, para ellas la cados en quienes han podido y han querido Letrilla a Jesús del Nuevo cancionero era tan ofrecerte el caudal de su sabiduría. solo la primera estrofa de las doce que integraCon profundo agradecimiento y recuer- ban el diálogo Madre-Hijo que, con la misma do, evoco a Trinidad Estévez San Juan forma poética, algún arcaísmo e idéntico espa(Puebla de Yeltes 1915-2005) que guardó en su cio (la calle La Amargura) conservan allí, con espíritu y en su memoria, la interminable rique- datos muy precisos en cuanto a título y momenza literario-musical de su pueblo. La claridad to: Soledad de la Virgen (Viernes Santo


Pasión en Salamanca noche). Debo señalar que Trinidad no se conformó con cantar y autorizar que grabase su canto: Me ofreció su impagable información manuscrita personalmente. De ella transcribo, en forma facsimilar y como ilustración, la primera estrofa (común a la recogida por mi maestro, D. Aníbal, para su Nuevo cancionero editado en 1943) y también la duodécima estrofa, con ese rotundo “-FIN -------”, para un diálogo materno-filial sentido e ingenuamente lírico. Fue propagado con una generosidad consciente de que con ella se enriquece nuestro acervo popular salmantino y, sobre todo, se integra como parte indivisible e inseparable de la Palabra sustentando la Cruz.

23 Enjuga esas lágrimas, Madre de mi alma Madre de mi alma, enjuga esas lágrimas Que ya mis tormentos, que ya mis angustias aumentan y agrandan Que ya mis tormentos, que ya mis angustias aumentan y agrandan. Que enjugue esas lágrimas, ¿cómo quieres, Hijo? ¿Cómo quieres Hijo que enjugue esas lágrimas? Si tu Rostro veo, si tu cara observo con sangre manchada Si tu Rostro veo, si tu cara observo con sangre manchada. En esto diciendo, Jesús con la Cruz Jesús con la Cruz en esto diciendo Al suelo se cae, su Rostro Divino de polvo cubierto Al suelo se cae, su Rostro Divino de polvo cubierto. Caminando Cristo va al Monte Calvario, Va al Monte Calvario caminando Cristo Su Madre le sigue, la sangre que vierte, de guía le sirve Su Madre le sigue, la sangre que vierte, de guía le sirve.

Jesús de mi alma Hijo de mi vida Hijo de mi vida Jesús de mi alma Mira que a tu Madre las lágrimas corren, suspiros exhalan Mira que a tu Madre las lágrimas corren, suspiros exhalan. De las mis entrañas, Hijo muy amado Hijo muy amado de las mis entrañas ¿Dónde están los besos, dónde están las risas que a mí me causabas? ¿Dónde están los besos, dónde están las risas que a mí me causabas?

Al Gólgota llega con la Cruz, cansado Con la Cruz cansado, al Gólgota llega En Ella le clavan, sus manos traspasan, sus pies agujeran En Ella le clavan, sus manos traspasan, sus pies agujeran. Debajo la Cruz se puso su Madre Se puso su Madre debajo la Cruz La sangre salpica su toca y su cara la tiñe de sangre La sangre salpica su toca y su cara la tiñe de sangre.

¡Ay Madre querida!, no se acerque a Mí No se acerque a Mí, ¡ay Madre querida! Aparta tu vista, no mires el rostro de quien te adoraba Aparta tu vista, no mires el rostro de quien te adoraba. Prenda muy amada, ¡adiós, Hijo mío! Adiós, Hijo mío, Prenda muy amada Tu madre se aleja, porque losa fría tu cuerpo ya aguarda Tu madre se aleja, porque losa fría tu cuerpo ya aguarda.

Pilar Magadán Chao, investigadora e intérprete de la música tradicional.


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DOmINGO DE RESURREccIÓN. LA DANzA DE LA cRUz DE LOS vILLARES DE LA REINA

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ROSA mARÍA LORENzO LÓPEz A la memoria de Federico Lozano 2 por acercarnos al pasado

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a Semana Santa salmantina ha sabido conservar ritos seculares de religiosidad popular que ayudan a mantener viva su identidad. Tradicionalmente, desde el día de Jueves Santo, enmudecían las campanas de las iglesias –en señal de duelo por la muerte de Cristo– hasta que la llegada del Domingo de Resurrección daba paso a la exaltación de la alegría. En esa mañana de Pascua Florida, tenían lugar en la ciudad de Salamanca diversas manifestaciones como las que aparecen recogidas en el siglo XVII en el archivo de la cofradía de la Vera Cruz y que se perdieron con el tiempo. Entre otras, las danzas religiosas de gitanos, zapateadores, turcos, indios, labradores y otros gremios, acompañados de tamboriteros. Entre ellas se menciona en el año 1621 la Danza del Triunfo de la Cruz, compuesta de ocho danzantes ataviados con sayos de brocatel y sombreros con plumas, que realizaron una escenografia relacionada con la invernacion de la aparicion de la cruz en un altar, haciendo mudanza al son de un tamboril3 . A lo largo del tiempo, perdida la tradición de las danzas procesionales de Resurrección, el Encuentro entre el Hijo y la Madre –que ha conocido distintos escenarios salmantinos–, era anunciado con el estallido de los cohetes, el vuelo de las campanas y a mediados del siglo XX con piezas musicales interpretadas por los Coros de Educación y Descanso dirigidos por el maestro D. Bernardo García Bernalt. La antigua costumbre de danzar, solemnemente, delante de la Virgen y el Cristo fue recuperada por el Grupo de Coros y Danzas de Educación y Descanso que en el año 1941 hicie-

ron resurgir los grupos de danzas en la provincia salmantina y a partir del 1961 comenzaron a participar en la citada procesión, con danzas religiosas de la provincia entre las que destacaba la Danza de la Cruz. DANZA DE LA CRUZ EN LOS VILLARES DE LA REINA Las danzas procesionales existieron en diversas localidades salmantinas donde se conservaron durante siglos. Danzas que en palabras de D. Miguel de Unamuno, son expresión del alma salmantina, tesoros de cerebro y corazón, con melodías y ritmos elaborados por el pueblo que es el que hace lengua y música. Tras un largo y continuado proceso de evolución, algunas pervivieron hasta la primera mitad del siglo XX como la Danza de la Cruz del domingo de Pascua de Resurrección en los Villares de la Reina. Esta danza se halla vinculada a la antigua organización de las cofradías y la importancia que la cera adquirió en ellas4. La ejecutaban Los mozos de la Cera del Señor, que eran aquellos solteros que servían al Santísimo durante un año antes de contraer matrimonio, cuidando de la cera que lo alumbraba, como se documenta en su archivo parroquial, en el siglo XVIII, concretamente en el año 1706: Tiene por costumbre dicho lugar que los mozos, tanto los del lugar como los que están sirviendo en él de fuera, ponen diez achas en el presbiterio de dicha Iglesia todos los días de la festividad del Señor y festividades clásicas que ay en la dha Iglesia siendo estilo práctico renovarlas a su costa los mozos que entran de Mayordomos que llaman de la Cera y ellos se nombran en cada


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un año y a costa de diferentes limosnas que piden entre año para ello y solo ellos cuidan esta cera y disponen de ella… Todo ello está en práctica hasta el día de oy y tiene dcha Cofradía por propio para ayuda de sus gastos, una casa, un zenso, tierras, viñas 5.

La Danza de la Cruz de Federico Lozano, cuenta con importantes premios nacionales e internacionales. Entre ellos destaca el Primer Premio Nacional de Danza (Madrid 1965), Hacha de Plata (Polonia 1992) o el Primer Premio en el IX Festival de Bailes Regionales (Madrid 1997).

Sus obligaciones incluían la participación en determinadas fiestas religiosas de la localidad como las velambres, ritos religiosos de protección hacia las cosechas, que se conocían como la Semana de la Cera de los Mozos del Señor.

El grupo de Coros y Danzas que se formó en los años 40 del pasado siglo, se fue renovando a través de los años y en 1978 se creó el Grupo de Coros y Danzas “Federico Lozano” en honor al ilustre maestro, coreógrafo y bailador. En la actualidad, con el rigor que le caracteriza, aún continúa llevando en su repertorio la Danza de la Cruz, una de las piezas más bellas de las danzas procesionales salmantinas que año tras año, pueden contemplar miles de salmantinos en la procesión del Encuentro que tiene lugar en la Plaza Mayor de Salamanca. Rosa Mª Lorenzo, etnógrafa.

O en la de Pascua de Resurrección, bailando la Danza de la Cruz ante la imagen de un Niño Jesús que simbolizaba a Cristo Resucitado. Esta danza se perdió con el tiempo y fue recuperada en la primera mitad del siglo XX por Federico Lozano, de Los Villares de la Reina, magistral bailador procedente de una familia de lígrimos folkloristas y autor de la coreografía de esta danza. Profesor del grupo de Coros y Danzas supo transmitir este legado tradicional teniendo en cuenta el contexto geográfico y religioso de una danza castellana, con la indumentaria propia del lugar. La Danza de la Cruz, describe en su cuidada coreografía la Resurrección, danzando de una forma majestuosa y solemne. Consta de dos partes: La primera, con los danzantes formando una cruz, simboliza la adoración al leño sagrado y transmite la honda y pura emoción de una danza sacra. La segunda es un paleo de gloria propio de la festividad que se va trenzando y destrenzando al ritmo del tamborilero mientras el cantador ensalza la Resurrección de Cristo con sencillas estrofas como las siguientes: Esta cruz que aquí formamos/la heredamos del Señor paso a paso, hasta el Calvario/tres veces Cristo cayó. llamaron al Cirineo/para ayudar al Señor. Jueves Santo, Jueves Santo/tres días antes de Pascua cuando el Redentor del mundo/a los discípulos llamaba. Ya resucitó Jesús/Dios y hombre verdadero ya resucitó Jesús/en la tierra y en el Cielo.

La danza finaliza, con los danzantes componiendo nuevamente la cruz, para acompañar al Señor durante la procesión. Tradicionalmente la realizaban los varones, Los Mozos de la Cera del Señor, pero en la actualidad está compuesta de doce danzadores que incluyen a hombres y mujeres.

Fotos cedidas por Pepita del Pozo. En la página anterior Federico Lozano con su grupo de coros y danzas en Zakopane (Polonia) y la Danza de la Cruz en parroquia de Villares de la Reina. 1Mi sincero agradecimiento a Dña. Pepita del Pozo, Presidenta del Grupo de Coros y Danzas “Federico Lozano” y gran experta en el folklore salmantino, por su generosa disposición y ayuda y al Grupo de Coros y Danzas “Federico Lozano”. 2 Excelente bailador y maestro, al que tuve la suerte de conocer cuando era profesor de baile en el Centro de Cultura Tradicional que entonces dirigía Ángel Carril y yo desarrollaba allí actividades docentes e investigadoras en Etnografía. 3 AHPS Prot. Not. 4344, f. 690, 691 y 751, 752. Dato que también es recogido por el profesor D. Francisco Javier Lorenzo Pinar en su libro Fiesta religiosa y ocio en Salamanca en el siglo XVII. (1600-1650), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2010 pág. 64. 4 Lorenzo López, Rosa Mª, “La cera en la religiosidad popular: Las cofradías salmantinas” Studia Zamorensia, nº 4, UNED Zamora, 1997, págs. 251-259. 5 ADS. Libro Becerro de la parroquia de Villares de la Reina, 389/23. Año 1706 f. 32.


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LA JMJ EN LA ESENCIA DE LAS HERMANDADES Y COFRADÍAS ENRIQUE GUEVARA PÉREZ patrimonio artístico en todo ello, que quedó patente en el Vía Crucis que presidió el Papa.

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urante el mes de agosto del pasado año 2011, tuvo lugar en Madrid el gran acontecimiento que significó la Jornada Mundial de la Juventud, que concentró en torno a la figura del Santo Padre a más de un millón de jóvenes venidos desde todos los lugares del mundo. El Encuentro quedará grabado en la memoria de los anales de nuestras hermandades por singularizar el Vía Crucis organizado en dicho evento con pasos de diferentes cofradías españolas que representaron las estaciones conmemorativas de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Como en anteriores ediciones de la JMJ celebradas en otras tantas ciudades del mundo, el Vía Crucis quedaba enmarcado como un acto de oración comunitaria dentro de los actos centrales de la JMJ, Madrid 2011, presidido por el Papa. Para esta ocasión se había contado con pasos de la Semana Santa española para que significasen cada una de las estaciones del mismo. Bien podemos decir que cada país aporta su propia riqueza, su historia, su tradición, y en nuestro caso, la Semana Santa no solo es vivida en el interior de los templos, sino también en las calles, con el procesionar de nuestras cofradías. Tenemos un magnífico

Debemos pues poner en valor la importa n c i a q u e t i e n e n l a s cofradías para la Iglesia del siglo XXI, reconociendo la capacidad de organización y de convocatoria que atesoran, además de su labor incesante de evangelización. El hecho de que desde un principio se contase con pasos de Semana Santa y con las imágenes titulares de nuestras hermandades para singularizar el Vía Crucis de la JMJ, elevando a las cofradías como un exponente significativo de la Iglesia española frente al mundo, que la representó y mostró a tantos millones de personas la singular forma con que aquí se conmemora la Pasión del Señor, ya cumplía con creces las pretensiones de cualquier cofrade. Cuando empezó a fraguarse la peculiar idea de que representasen o escenificasen las estaciones del Vía Crucis pasos de nuestra Semana Santa, hubo que decantarse por diferentes pasos o tronos candidatos. El hecho de que se viesen representadas varias zonas de nuestra geografía nacional fue un condicionante prioritario a cumplir para que la riqueza de la muestra fuese mayor y más plural. Conscientes de que nuestras imágenes son también obras de arte, deberían estar representadas obras de los grandes imagineros de todos los tiempos: Salzillo, Castillo Lastrucci, Coullaut-Valera, Palma Burgos, Gregorio Fernández, Ramón Álvarez, Benlliure, Marco Pérez... Además, se buscaba un equilibrio entre la calidad del paso y de la imagen, es decir, que aquel no desmereciese a la obra principal.


Pasión en Salamanca Muchas zonas de gran arraigo en su Semana Santa, centraban su imaginería en cautivos, nazarenos, crucificados o yacentes, si bien Andalucía en general ofrecía misterios de mucha escenografía. Sin duda alguna, el hecho de concentrar quince pasos de la Semana Santa española para el Vía Crucis se trata de una iniciativa extraordinaria y osada, en la que las imágenes continuarán con la misión catequética con que fueron creadas, mostrando la Pasión a jóvenes de todo el mundo de una manera singular. Conformar las estaciones del Vía Crucis con pasos procesionales, como expresión de la piedad popular española, aportó a la JMJ 2011 de Madrid un hecho diferenciador respecto de ediciones anteriores y constituyó un verdadero elemento evangelizador para los jóvenes y mayores que acudieron a este especial encuentro con el Papa Benedicto XVI. La responsabilidad y la voluntad con que cada hermandad partícipe asumió el reto, ha sido ejemplar en todos los sentidos, si bien paliaron todos los gastos inherentes a su presencia en Madrid. Ellas fueron quienes gestionaron los fondos necesarios para poder mostrar al mundo una parte de lo que es y lo que representa la Semana Santa en nuestro país. Pero quizás no sea lo más importante ni lo más meritorio el hecho económico, sino que también hay que reconocer la cantidad de hermanos que movilizaron junto a sus imágenes titulares para que el éxito de cada cortejo estuviera garantizado. Pero España es también un país de rica tradición eucarística y mariana, y por ello también estuvo presente en el Vía Crucis la Virgen de Regla, de Sevilla, como ejemplo y significación de lo que es un paso de palio, haciendo mayormente presentes aquellas palabras que entonase Juan Pablo II en 2003, al despedirse diciendo "hasta siempre España, hasta siempre, tierra de María". De igual modo, debemos destacar la presencia de la famosa custodia de

27 Arfe, que cuenta con quinientos años de historia, constituyéndose como el máximo exponente de la orfebrería española, y que generosamente puso a disposición la Diócesis de Toledo para la vigilia de jóvenes para mostrar la Eucaristía durante la noche del sábado día 20 de agosto. Fueron más de un millón de peregrinos llegados desde diferentes zonas del mundo los que llegaron a Madrid para vivir la JMJ, si bien pudieron disfrutar de los tronos y de las imágenes no solo en la jornada del propio Vía Crucis, sino también días antes en los templos y edificios donde quedaron ubicados estos recibiendo culto. Fueron seiscientos millones de personas las que siguieron el Vía Crucis a través de los medios de comunicación en todo el mundo. Podemos imaginar que en muchos de los casos, constituía la primera vez que la mayoría de ellos eran testigos de las formas que tienen las cofradías españolas de conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Muchos de ellos lo vieron como algo grandioso, emotivo, artísticamente magnánimo, y otros muchos más no pasaron de ahí en sus apreciaciones, y no llegaron a comprender el cúmulo de significaciones y vivencias que encierra la Semana Santa de nuestro país. Por todo ello, las cofradías que acudieron tuvieron la gran responsabilidad de representar a las más de diez mil que existen en España, e incluso me atrevería a decir que la obligación de explicar y hacer vivir nuestra experiencia al resto, intentando generar en la vivencia del peregrino en el Vía Crucis un valor añadido en cuanto a su comprensión. Enrique Guevara Pérez, Comité organizador VÍa Crucis JMJ, Madrid 2011. Fotografías de Heliodoro L. Ordás. La Virgen de Regla (página anterior) y el Cristo de Mena durante su estancia en la catedral castrense de Madrid.


L a Pasi贸n esp

Ceremonia de Cruz Nuestro dolor sobre sus hombros siempre.

Helado en el rostro el beso traidor nos entrega la vida.

Sutil la belleza conmovida abraza con serenidad la ang


spañola ante el Papa

Raíz de lo que fuimos. La costumbre admirada viviendo entre nosotros siempre.

angustia. Golpe de furia. Estruendo de grito hincado en la carne.

Yace Cristo en la crucial espera que nos hará nacer tras la muerte huida.

Fotografías de Heliodoro L.Ordás Textos de J. M. Ferreira Cunquero


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cONTRAPUNTO DE INTERéS TURÍSTIcO ¿DEvALUADO?

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iecisiete semanas santas españolas son de interés turístico internacional, una distinción concedida por la Secretaría General de Turismo que tradicionalmente solo poseían cinco capitales: Cuenca, Málaga, Sevilla y Valladolid, desde 1980, y Zamora, desde 1985. En 1997 se otorgó a la procesión del Domingo de Ramos de Elche. Pero fue al obtenerla León en 2002 cuando comenzó a incrementarse la lista: Salamanca (2003), Cartagena (2005), Lorca y Hellín (2007), Medina de Rioseco y Granada (2009), Orihuela (2010) y Murcia, Cáceres, Medina del Campo y Crevillente (2011). Toledo, Ávila o Palencia quieren unirse. ¿Se está devaluando un título considerado durante años un privilegio? Para Carlos García Rioja, cofrade leonés y ex presidente de la asociación La Horqueta, no hay duda de que sí. En su opinión, ese quinteto que presumió tanto tiempo de este reconocimiento “del que nadie dudaba, representaba la quintaesencia de la Semana Santa española”. Y como prueba de su degradación, indica que esas ciudades ya no organizan actos conjuntos y que algunas han dejado de promocionarlo en su cartel. Los criterios se modificaron en 2006 para, según apuntaba la orden ITC/1763 publicada en el BOE, dotarlos “de mayor objetividad” que los anteriores, de 1987. Sin embargo, García afirma que algunos “son muy mecánicos y se ha bajado el listón”. E incluso sostiene que “de las últimas concesiones, varias no tienen justificación”.

Viñeta de Miguel Gosálvez

“Hay semanas santas que se han aprovechado de momentos concretos: León, por ejemplo, tiene una mención especial a la Procesión de los Pasos y a la Ronda. Eran los actos que se iban a declarar y por ser ecuánimes, se democratizó al resto. En Hellín sucedió lo mismo con la Tamborada”, analiza García. “Ese tipo de cosas –argumenta– demuestran que no hay criterio y que en ocasiones son decisiones políticas”. En el lado opuesto se encuentra Julio López Revuelta, concejal de Cultura y Turismo de Salamanca. “Es lógico que cuando el título se da a más localidades tienda a compararse. Y nos comparamos con las que lo tienen. ¿Pero por qué no con las más de diecisiete que no lo tienen?”, rebate. El edil entiende que “la proliferación no es mala si se cumplen los requisitos y se otorga con criterio” y expone que “el expediente de Salamanca fue muy completo, pues unía la Semana Santa y la ciudad, lo que le daba coherencia”. López aclara que “no se valora solo la calidad de las tallas, lo ceremonioso o el número de cofrades. Eso es un 50 por ciento y quien atienda solo a ello se equivoca. Hay otro porcentaje que defiende la ciudad con sus calles, sus plazas y sus rincones”. Y añade: “Objetivamente es un título importante para una capital como Salamanca que tiene en su currículum ser Patrimonio de la Humanidad o Capital Europea de la Cultura”. Abraham Coco Barajas


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LÍNEA EDITORIAL hERmANOS cOSTALEROS

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omo casi desde siempre, cuando la cuaresma está en el quicio del calendario, en casa se escuchan machaconamente los sones de marchas procesionales. Suena “Hermanos costaleros” de Moreno. ...Hermanos costaleros... ...costaleros... –¡¡Me voy a “hacer la ropa”, que me espera mi cuadrilla!! ¿En Salamanca? ¿En la Semana Santa de Salamanca? ¡Pues sí! Aunque nunca aquí se hubiera planteado lo que ahora, parece que sin remedio, se nos viene encima, es cierto también que en algunos ambientes han comenzado a proliferar prosélitos “del costal” y que en esos círculos prácticamente nadie descartaba que algún día esto llegase a nuestra ciudad. Partamos de la premisa de que nosotros, cofrades salmantinos, como cualquier otro cofrade ibérico que se precie, nos “peleamos” por ponernos bajo unas andas y sufrir su peso durante horas, sea como sea. Porque es tradición y como tal la mantenemos con orgullo. Pero aquí esta tradición de portar pasos procesionales siempre pasó por el empleo de los hombros como sostén para las imágenes de devoción. Conscientemente. Sabedores quienes lo hacen de que se trata de un trabajo incómodo que exige un esfuerzo que puede llegar a dañar el organismo de quienes lo practican. Por ello, soportar una carga así siempre será un sacrificio admirable.

transformación, si no a la desaparición, de la idiosincrasia propia de cada una de estas localidades obligando a la pérdida de su identidad. ¿Pero tiene identidad la Semana Santa de Salamanca? Sí, o al menos seguro que la tuvo algún día. Pero los costaleros de cada época, esos que sin personalidad siempre creían que lo mejor estaba fuera; esos que pensaban que al importar lo ajeno siempre mejoraban lo que había en casa, fueron haciendo que aquella se diluyera, lenta y uniformemente, hasta alcanzar lo que ahora tenemos. Batiburrillo que, incluso en las hermandades más tradicionales que aún guardan la esencia de la Pasión salmantina, impide que nuestras cofradías tengan una imagen propia, tradicional y particular. Tendremos costaleros en Salamanca para cargar los pasos. Pero no es lo importante el cambio en la manera de llevar los pasos, sino lo que trasciende de ello, siendo más lo que se pierde que aquello que se gana. Y eso sí que debe hacernos reflexionar; sí que debe dolernos. Porque renunciamos, un poco más, a nuestra ya exigua tradición. Félix Torres González

Pero salvada esta premisa inicial, somos muchos aún los que no alcanzamos a entender los cambios que se avecinan. Porque no se duda de que en Sevilla, lugar de origen de la “carga con costal”, no sea tradición; incluso en algunos otros pueblos de la geografía andaluza. Lo alarmante es que este modelo se haya copiado en localidades más o menos alejadas del núcleo inicial en las que, por lo que parece, va arraigando con mayor o menor dificultad. Incluso, ahora, en la Semana Santa salmantina. En cualquier caso, salvo para su lugar de nacimiento, es obvio que este modelo obliga a la Costaleros salmantinos de la Virgen del Rosario. Fotografía de Ángel Benito Sánchez.


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LAS cRUcES DE ANDRéS ALéN mONTSERRAT GONzáLEz GARcÍA

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uentan las crónicas que Le Corbusier, durante una conferencia pronunciada en Buenos Aires, llegó a exclamar tras haber trazado una cruz: “¡Esto basta!”. No le faltaba razón al genial arquitecto pues la cruz, como resultado de la intersección de la vertical y la horizontal, se convierte en un símbolo totalizador, quizá uno de los símbolos más ricos y complejos. Fuerza centrípeta y centrífuga, unión de lo alto y lo bajo, síntesis y ordenación son algunas de las significaciones más constantes. Ello explica la presencia de cruces incluso en las más remotas culturas, desde una cruz cretense de mármol que se suele fechar hacia el siglo XV a. de C. hasta la señal de la cruz, que incluso en una época desacralizada como la nuestra conserva ciertos valores profilácticos: se persignan todavía los toreros antes de iniciar el paseíllo, los futbolistas al comenzar un partido y, en general, cuantos quieren defenderse contra algún peligro o beneficiarse de buena suerte.

En la tradición cristiana, el sentido evocador de la pasión y muerte de Jesucristo se ha impuesto sobre cualquier otro significado. La cruz de Cristo es teológicamente el motivo al propio tiempo místico y visible de la unión de cielo y tierra, de la reconciliación del Creador con su creación, es el centro de la historia de la salvación. ¿Es posible reinterpretar el emblema fundamental del cristianismo tras siglos de tradición? La respuesta es un sí rotundo si el que aborda este “rethinking” es el artista salmantino Andrés Alén. Con una nueva sensibilidad alejada de los lenguajes tradicionales, desmigando la narración tradi-

cional de la cruz como símbolo agónico de lucha e instrumento de martirio, Alén plantea algo nuevo, que brota con fuerza (cfr. Isaías 43, 18-19) sin recordar lo de antaño, sin pensar en lo antiguo. Nos referimos a las cruces realizadas para la Cofradía de la Oración en el Huerto de los Olivos. Tres cruces, como las de Cristo y los dos ladrones en el monte Gólgota, que engrandecen el desfile procesional de la Oración en el Huerto, enriqueciendo a la vez el patrimonio de la Semana Santa Salmantina. Son cruces que podríamos llamar “eucarísticas” por el significado de los motivos representados en ellas: cálices, espigas, uvas, sagradas formas, vid y hojas de olivo. Están realizadas con trozos de saco, arpillera, fragmentos de lienzo, tarlatana, papeles, estropajos, etc., materiales todos ellos residuales, inservibles, que las manos de Alén entretejen en natural orden. La pobreza y naturalidad de los materiales transforman la cruz en árbol bendito de vida. El instrumento de tortura y muerte se convierte en libro de verdadera sabiduría, como escribiera Lope de Vega. Signos eucarísticos se engastan a las cruces nutriendo sus arterias y dotándolas de un carácter propio. La primera de las cruces está dedicada a la vid y los sarmientos. Nervaduras estériles recorren la sencilla cruz, blanca, casta y pura. Yermas ramas que se transforman en vida y divinidad al contacto con Jesucristo, representado por


Pasión en Salamanca el racimo de uvas del crucero. La vid ya fue identificada por los pueblos antiguos de Oriente con “la hierba de la vida”. El ideograma sumerio que expresaba la noción de vida era una hoja de pa r r a . En el a r t e cristiano, el racimo de uvas será símbolo eucarístico, evocando la inmortalidad que causa la Eucaristía. Cristo como dador de Vida: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos” (Jn 15, 1). Así lo explicaba el propio artista en la presentación de estas cruces a los medios de comunicación el 13 de abril de 2011. La segunda cruz homenajea a la Cofradía de la Oración en el Huerto con hojas de olivo recogidas de los propios olivos situados frente a la iglesia del Carmen de Abajo, nueva sede canónica de la cofradía. Las hojas naturales, forradas y cosidas a la propia cruz, se distribuyen a lo largo de la estructura, creando todo un entramado de tallos y ramas. Bellos ramos de olivos que la noche del Viernes Santo desnudarán el tronco de la Cruz. Olivos que atropellan la paz pregonando la muerte del Justo. Un sencillo cáliz y la Sagrada Forma rematan la composición de esta pieza en la intercesión de sus brazos. El triángulo eucarístico se completa con una tercera cruz afiligranada con ramilletes de espigas flanqueadas por diferentes elementos eucarísticos: racimos de uvas, un cáliz, receptáculo de la sangre de Cristo, mucho más elaborado que el anterior y, una vez más, la Sagrada Forma. Cruz dedicada al pan, alimento fundamental y expresión del carácter insubstituible de Cristo. “Yo soy el pan de vida” (Jn 6, 35). Pan como certeza de vida y pureza primigenia.

Debemos mencionar también una cuarta cruz procesional que se realizó para la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz con los mismos componentes: espigas, olivos y uvas. Todos los motivos ornamentales de estas piezas han sido cosidos y bordados a las telas con gran laboriosidad y esfuerzo, a mano. Horas de preparación se esconden tras estas cruces que estilísticamente entroncan con el retablo que acoge las imágenes del paso de la Oración de Jesús en el Huerto de los Olivos, en su sede canónica, realizado por el mismo artista. Fragmentos de telas, materiales pobres, ingredientes naturales que se van ensamblando, superponiendo, entretejiendo hasta la creación definitiva, como si se tratara de un “collage” en 3-D. Sólo la sensibilidad y el talento de Andrés Alén son capaces de fusionar banales materiales, dignificados en el revestimiento de las cruces, con una aparente simplicidad. Acumulación barroca de desechos que se encaminan hacia lo esencial, a la representación del principio vital de la Iglesia: la Eucaristía. Apenas hay representaciones eucarísticas en la historia del Arte y menos aún en la Semana Santa, de ahí la originalidad de estas creaciones de Alén. Cruz, pasión y pobreza se integran completamente en la intencionalidad de esta obra, cargada de profunda espiritualidad, que revela el talante artístico de su creador, haciendo que cada tarde de Viernes Santo, en el desfile procesional de la Oración de Jesús en el Huerto, la sentencia de Whistler se cumpla y el Arte sucede (“Art happens”).

Fotografías de Ángel Benito Sánchez

Monserrat González, historiadora del Arte.


Con un claro dominio de la técnica, la suave luz matiza el cálido ambiente nocturno de esta escena procesional. Su autor no podía ser otro que el artista salmantino H. S. Tomé, quien ha dedicado gran parte de su investigación fotográfica al estudio de la luz. La luz como elemento imprescindible de la composición artística. El instante captado nos muestra el desfile procesional del Cristo de la Liberación que, al principiar el sábado sus horas, recorre acompañado de un cortejo sorprendente las calles salmantinas. En primer término, podemos observar a tres penitentes portando las tavolettas que, realizadas por el insigne pintor Jerónimo Prieto (autor de la portada de esta revista), se convierten en una de las más interesantes aportaciones artísticas del pasado siglo a la Semana Santa de Salamanca. J. M. Ferreira Cunquero


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SObRE UNA EScENA PASIONARIA: CRiSTO RECOGiENdO LaS vESTiduRaS EduARdO AzOfRA AgusTíN

Jesús recogiendo sus vestiduras, sacristía de la Clerecia (Venancio Gombau), Filmoteca de Castilla y León.

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no de los temas iconográficos más originales del ciclo de la Pasión y Muerte de Cristo es el de Cristo recogiendo las vestiduras tras de la flagelación. Se trata del instante preciso en el que Jesús estando en el pretorio de Pilatos extiende los brazos para recoger sus vestiduras tras la flagelación, después de haber sido sometido a tan inhumano tormento y, por tanto, antes de la coronación de espinas. Este pasaje pasionario, que no aparece recogido ni en los evangelios canónicos ni en los apócrifos, tiene sus principales fuentes literarias en los escritos de varios teólogos franciscanos, algunos incluso de época medieval, y cartujos y jesuitas, sobre todo estos últimos, de los siglos XVI y XVII. Entre los primeros está el Pseudo-Buenaventura –bien sea Giovanni de Caulibus o Jacopo di Cardone, que en sus Meditaciones de Passione Iesu Christi anotará: Desatado, pues, ya Nuestro Señor de la columna, le traen así desnudo y azotado por la casa buscando sus vestiduras que habían esparcido los que le desnudaron. Mírale afligido y temblando de frío que, según dice el Evangelio, lo hacía entonces muy grande. Y en su Contemplación de la vida de Nuestro Señor Jesucristo apuntará: Mírale pues atentamente, y

muévete con piedad y compasión de ver que coge una vestidura, ya otra, hasta que se vistió a presencia de todos. A otros miembros del franciscanismo se deben otras meditaciones importantes sobre este episodio de la Pasión, con el fin de acercar la presencia humana de Jesús, de recrear paso a paso la presencia del Hijo de Dios en este mundo. Ese es el caso de San Pedro de Alcántara con su Tratado de Oración, Meditación y Devoción (1533) o de fray Diego de Estella con sus Meditaciones devotísimas del amor de Dios (1576). En la misma línea están los Exercicios espirituales. De las excelencias, de Salamanca provecho y necesidad de la oración mental (1612), del cartujo fray Antonio de Molina. En el caso de los miembros de la Compañía de Jesús, cuyos relatos, cargados de verismo y realismo, se ajustan además a la perfección al llamado “método de la composición de lugar y aplicación de sentidos” descrito por San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales (1548), sobresalen las Meditaciones de los padres Luis de la Puente, en concreto la Meditación XXXV del tomo II, titulada “De los azotes de Cristo Nuestro Señor a la columna”, de sus Meditaciones de los misterios de Nuestra Santa Fe (1605), y de Diego J. Álvarez de Paz con su De inquisitione pacis sive Studio orationis, publicada en 1617. A estos textos también se deben sumar otros propios de la mística –tanto tardomedieval como coetánea, apartado en el que tiene una singular importancia las Celestiales Revelaciones de Santa Brígida de Suecia (1302-1373)– y uno de los libros más populares del barroco español, Mística Ciudad de Dios (1670) de la religiosa franciscana concepcionista Sor María Jesús de Ágreda. Este motivo iconográfico, que según algunos autores apareció en la plástica italiana del siglo XVI con Bernardino Luini, irrumpe en el arte español tras el Concilio de Trento (1545-1563), a


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comienzos del siglo XVII, en momento en el que del Carmen de Rute (Córdoba), o el Cristo del el barroco hispano potenciará los episodios de la Mayor Dolor de la Real Colegiata de San Pasión, acrecentando su dramatismo y patetismo Sebastián de Antequera (Málaga), obra maestra con el fin de conmover y emocionar al fiel. Fue del escultor Andrés de Carvajal que, formado en abordado en la pintura del Seiscientos sobre todo Granada, la hizo y la donó en 1771. Por tanto, en el foco sevillano y madrileño, en ocasiones obra coetánea a la extraordinaria imagen de con variantes de cierta consideCristo recogiendo su túnica ración y teniendo en cuenta que después de ser azotado tallada alguna de esas obras se han en 1760 en Madrid por Luis perdido, entre otros, por Salvador Carmona para presiFrancisco Pacheco –que tamdir el retablo hornacina de la bién dedicó a este tema un sacristía del Real Colegio de la apartado en su tratado de El Compañía de Jesús de Arte de la Pintura–, Juan de Salamanca que, por ese motiRoelas, Vicente Carducho, vo, está recubierto de espejos, Diego Velázquez en su famoso para que esta figura pudiera Cristo flagelado contemplado ser contemplada en todo su por el Alma Cristiana, Matero Jesús recoge sus vestiduras después contorno sin dificultad y de Cerezo el Viejo, Alonso Cano, de la flagelación. Santuario de Ntra. manera muy especial su flaFrancisco de Zurbarán –a Sra. del Carmen, Rute (Cordóba). gelada espalda. Pero la transquien se debe quizá la obra formación de esa sacristía en más conocida de este tema, el lienzo pintado en el Aula Minor de la Universidad Pontificia ha cer1661 para la iglesia de Jadraque (Guadalajara)–, cenado su primitivo destino y motivado que el Claudio Coello y Bartolomé Esteban Murillo en magnífico Cristo de Carmona haya salido del sus dos versiones de Cristo recoge las vestidu- ámbito para el que se crearon, perdiendo en ras, en el que Jesús desatado ya buena medida su función originaria de la columna y abandonado por y el entramado ideológico que le dio sus verdugos se arrastra de rodisentido en su día. llas sobre el suelo para alcanzar De todas formas, cabe indilas vestiduras con las que cubrir su car que en Salamanca ya se cuerpo desnudo y azotado. conocía un ejemplo anterior de esta iconografía. Así, en el camarín de la Sobre este episodio pasioVirgen de los Remedios de la iglenal en el campo de la escultura sia de San Julián y Santa Basilisa eran muy espectaculares, ambas cuelga hoy un cuadro de Cristo se quemaron en 1936 pero hay recogiendo las vestiduras después documentación gráfica, las imágede la flagelación, firmado por nes talladas por los granadinos Cristo recoge las vestiduras, Martín de Cervera. Pintor bien Alonso de Mena para la iglesia de Martín de Cervera. Iglesia de conocido en el ámbito salmantino, Alcalá la Real (Jaén), en la que San Julián de Salamanca donde se documenta entre 1598 y Cristo estaba de rodillas y se tra1621, año de su muerte, se hizo taba del primer ejemplo escultórico conocido eco muy pronto de este tema, hecho que ha sobre este tema, y José de Mora para el conven- pasado inadvertido en la historiografía salmantito de los PP. Franciscanos Descalzos de na y que creo debe ser valorado en su justa Granada, que pasó a la iglesia de El Salvador medida. Sobre todo si se tiene en cuenta que, tras la desamortización de los bienes monásti- hasta donde sabemos, se trata de la obra concos, en la que El Redentor se arrastraba por el servada más antigua sobre este tema. Del mismo suelo buscando sus vestiduras. Otros ejemplos, modo, cabe reseñar que en Salamanca se conalgunos variantes de esa iconografía y todos serva, procedente de un convento femenino graellos muy efectistas, auténticos reclamos plásti- nadino de la Orden Carmelitana, otro cuadro con la misma temática en el Colegio Mayor “El cos, hay por esas tierras, fruto del trabajo de los Carmelo”, que fundado en 1964 está dirigido por mejores escultores del barroco andaluz, como las Carmelitas Misioneras. Nuestro Padre Jesús que recoge las vestiduras Eduardo Azofra Agustín, después de la Flagelación, llamado popularmenhistoriador del Arte, Universidad de Salamanca. te el Cristo a gatas del Santuario Nuestra Señora


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EL SANTO cRISTO DEL hUmILLADERO DE PEÑARANDA DE bRAcAmONTE: UNA ImAGEN EN cAÑA DE mAÍz FRANcIScO JAvIER cASASEcA GARcÍA

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a imagen del Cristo del Humilladero recibe culto en su ermita del barrio de Chamberí, atendido por su propia cofradía, que lo saca en procesión con gran devoción durante la Semana Santa y también el día de su fiesta el 6 de agosto, la Transfiguración del Señor. Ni siquiera la leyenda da una versión de la procedencia de esta imagen, tan solo narra cómo llegó hasta donde hoy se alza su ermita. Eso sí, su llegada está rodeada de un halo mágico, pues los bueyes que lo portaban se quedaron clavados en dicho lugar y no logaron que arrancasen de nuevo, permaneciendo para siempre la imagen en Peñaranda. Tras un minucioso examen de la imagen, su aspecto externo parece indicarnos que se trata de un crucificado de caña de maíz1 realizada por un artista anónimo, según la tradición de los indios tarascos de la región mexicana de Michoacán, a finales del siglo XVI o principios del XVII. Pudo haber llegado a España por encargo, como donación, o comprada tras su llegada, métodos habituales en estas imágenes. Las obras realizadas en los talleres escultóricos mesoamericanos que trabajaron con la caña de maíz, son resultado del mestizaje que se produjo entre las técnicas de la escultura mesoaméricana anteriores a la conquista y las llevadas por los españoles. Los pueblos indígenas2 tenían como costumbre llevar consigo a las batallas las imágenes de sus dioses como mecanismo para intimidar a sus enemigos, algo semejante a los estandartes portados en las guerras en Europa. A estas imágenes se les suponían propiedades milagrosas, y cuando perdían, tenían que retirarse apresuradamente dejándolas en el campo de batalla, siendo objeto de profanación por parte de los vencedores. Por ello comenzaron a hacerlas en materiales livianos como la caña de maíz, para no dejarlas abandonadas y llevárselas en la retirada.

Esta técnica se la apropiaron los evangelizadores españoles a su llegada en el siglo XVI, para crear imágenes de la nueva religión con las técnicas y materiales tradicionales del antiguo culto3, entre otras razones por el reducido peso que confería a las imágenes que les permitía procesionarlas con escasos recursos. Esta técnica está bien estudiada4, y tiene diversas variantes dependiendo de cada escultor o taller. Partiendo de un armazón en madera ligera o caña de maíz, se construían las imágenes por medio de moldes, empleando materiales autóctonos: caña de maíz5; maguey; madera de colorín o zompantle, de oate y de pino; papel español, de maguey y de amate, reaprovechando incluso manuscritos y códices6; tejidos de refuerzo y telas encoladas de lino, algodón, cáñamo y seda; cuerdas; cuero, pieles y cañones de plumas de ave. Hubo una abundante producción de imágenes con esta técnica, de temática cristológica, mariana y hagiográfica. La mayoría se conservan en Hispanoamérica, aunque en España contamos con una importante representación, traídas como regalos, ofrendas o como mercancía artística, por quienes habían viajado o vivido en las Indias. Su cronología varía desde la mitad del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. La imagen del Cristo del Humilladero representa a Cristo muerto en la cruz, está completamente hueca y es extremadamente liviana, entre 7 y 10 kg de peso7. Tiene un tamaño ligeramente mayor que el natural: 190 cm de alto, 192 cm de ancho y 44 cm de profundidad, sin tener en cuenta la cruz. Debido a la antigüedad que se le presupone (siglo XVII), seguramente haya sido intervenida a lo largo de su existencia, transformando su aspecto exterior, sobre todo en su policromía, que actualmente debe diferir de la original. La cabeza está inclinada hacia la izquierda, los ojos cerrados, la boca apenas entreabierta y practicada hacia el interior hueco de la


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imagen; posee facciones agradables, la frente despejada, nariz afilada y larga, expresión dulce y semblante sereno a pesar del momento representado. El cabello lo forma un fino acanalamiento en la superficie escultórica; cae sobre los hombros formando mechones y algún tirabuzón. Asoma entre el cabello su oreja izquierda. La corona de espinas es postiza, realizada en metal dorado. La barba bífida, está partida en dos bucles simétricos, enroscados y afilados. La anatomía es correcta, no demasiado marcada, con un modelado blando que insinúa levemente las costillas, el torso y el abdomen; la musculatura es pobre, muy esquemática en los músculos de hombros, brazos y antebrazos. Así se deduce el procedimiento de elaboración de nuestra imagen mediante moldes con pocos detalles, tanto en la cabeza, cuerpo y parte de las extremidades, acusado por su falta de definición y sus volúmenes blandos y redondeados, dado por las características de los materiales empleados, la caña de maíz y el papel. Las manos y los pies son de buena factura, proporcionados y de correcta anatomía, con un grado de detalle por encima del resto de la anatomía. Haciéndolos sonar al tacto, se comprueba que son de madera maciza, y a simple vista se nota la unión de las manos a los antebrazos por encima de las muñecas, y los pies a la altura de los tobillos, en forma de fisura, así como por la diferente textura superficial. No se puede determinar la naturaleza de esta madera, pero habitualmente la empleada en estas imágenes era la de colorín o zompantle, muy liviana. La cruz es posterior y de época reciente, con una sección reducida, 15 x 7,5 cm, ya que el peso que debe soportar también es reducido. A pesar de ello, los anclajes de ambas manos están reforzados con pletinas metálicas. Los clavos en pies y manos son metálicos y de factura moderna.

El paño de pureza está realizado con papel, y tiene un drapeado rígido y acartonado, sin apenas pliegues, demasiado liso, debido a la falta de flexibilidad del material; sólo presenta algunos dobleces en la parte superior y en el intento de simular el nudo del perizonium, este situado a su izquierda y cayendo el extremo con forma de triángulo plano, como ocurre en otros cristos de caña de maíz8. El perizonium está dorado al mixtión sin bruñir y estofado con un diseño a base de franjas verticales blancas, rojas y en oro, y un enfondado de ojetes, sin poder determinar a simple vista si es el original, a tenor del resto de la imagen. El extremo triangular que pende del nudo tiene el envés en oro. La parte trasera no está estofada. En las rodillas y en la espalda presenta heridas muy realistas, con la piel levantada mostrando la carne, realizadas con elementos postizos en cuero y papel. Se completan con una policromía muy cruenta. Tiene abultada herida en el costado izquierdo, que mana abundante sangre.


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El conjunto de la policromía muestra una textura excesivamente brillante, fruto de recientes y continuas intervenciones, siendo visible en ciertas zonas la superposición de diferentes estratos de policromía que indican que la capa que vemos actualmente no corresponde con el estrato original. Su aspecto es una mezcla de suciedad procedente del polvo, hollín, barnices y ceras, que ocultan el tono verdadero de la policromía. La carnación posee un tono ocre agrisado, la sangre tiene una apariencia oscura, las variaciones tonales de la carne apenas visibles, y lo mismo sucede con hematomas y latigazos, que quedan parcialmente difuminados. En su conjunto la imagen resulta imponente, llena de fuerza, incluso extraña, de una notable calidad artística dentro del conjunto de cristos en caña de maíz que se conservan en España, y que justifica la enorme devoción que se le profesa y el interés artístico que despierta. Se aprecian además similitudes formales con otros cristos en los que sí ha sido demostrada la autoría tarasca: punto de vista eminentemente frontal; inclinación de la cabeza hacia la izquierda; indefinición muscular y blandura anatómica; el paño de pureza, en concreto la parte que pende del nudo, con forma triangular, realizada con pliegos de papel, barba bífida y representación del cabello por medio de un fino acanalamiento de la superficie; caída del cabello en forma de tirabuzones; manos y pies en madera maciza, y el resto en materiales huecos; peso muy ligero en comparación con su gran tamaño: entre 6 y 10 Kg; arqueamiento de los pies en forma de aspa. Para profundizar más en el conocimiento de su origen exacto, los materiales precisos con los que se construyó, sería conveniente realizar un estudio técnico científico a la imagen. Francisco Javier Casaseca García, profesor de Conservación y Restauración de Escultura. Así se denomina al conjunto de técnicas y procedimientos escultóricos que se basan en el empleo de la caña de maíz, el papel y maderas ligeras autóctonas de Mesoamérica.2 Luft, E., “Las imágenes de caña de maíz de Michoacán”, en Artes de México nº 153. 1972. 3 Castro Gutiérrez, F., “Eremitismo y mundanidad en la Americana Thebaida de Fray Matías de Escobar”, en Estudios de Historia Novohispana, 9 (1987) 147-157. 4 Ver los trabajos al respecto de Carrillo y Gariel, Estrada Jasso, Araujo Suárez, TeránCazzaniga, entre otros. 5 Las cañas se empleaban embonadas y talladas; también en forma de pasta resultante de amasar la médula de la caña en polvo, aglutinada con el jugo del Tatzingui; en algunos casos se empleaban las hojas secas del maíz. 6 Así se constató durante la restauración del Cristo del Capítulo de Bornos en el IAPH, del Cristo de Mexicaltzingo, del Cristo de Churubusco, y del Cristo de Telde. 7 Se calcula su peso sin la cruz tomando como referencia una imagen de similares características, el Cristo de Telde, que pesa 6 kilos y medio y mide 1,80 metros de alto. 8 Es similar al del Cristo del Capítulo de Bornos y al Cristo de Telde. 1

Fotografías de Francisco Javier Casaseca García


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LAS cOFRADÍAS DE JEREz DE LA FRONTERA A FINES DE LA EDAD mEDIA SILvIA mARÍA PéREz GONzáLEz - JUAN cARLOS ARbOLEDA GOLDARAcENA

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l estudio de las cofradías en las postrimerías de la Edad Media no está exento de dificultades, sobre todo debido a la escasez de documentos referentes a estas instituciones religiosas en los primeros años de su surgimiento. No obstante, la labor investigadora en los diferentes archivos nos permite, tesela a tesela, construir el bello mosaico del nacimiento del fenómeno cofrade. En esta ocasión, estudiaremos el caso de las cofradías de Jerez de la Frontera (Cádiz), basándonos en la documentación procedente de su Archivo Municipal, sección Protocolos Notariales (A.M.J.F.P.N.). Indicamos el escribano, la fecha y el folio. El espectro cronológico de nuestro estudio abarca los años comprendidos entre 1414 y 1501.

monasterio de San Francisco, Cofradía de Santa María de la iglesia de San Salvador, Cofradía (o Hermandad) del Hospital de San Sebastián, Hospital de la Misericordia, Cofradía del Hospital de San Blas, Hospital de Santa María de la iglesia de San Juan, Cofradía (o Hermandad y Cofradía) de (o del señor) San Cristóbal, Hospital de la Sangre, Hospital del señor San Miguel. Como es de suponer por la naturaleza de este tipo de documentación, las actividades de las cofradías que recogen los Protocolos Notariales están filtradas por el tamiz de lo mundano y responden a la necesidad de las corporaciones de acudir ante el escribano público para gestionar todo tipo de negocios. Podemos clasificar estas actividades en tres grupos.

La escasez documental va unida, irremediablemente, a la ausencia de datos sobre las En primer lugar, distintas cofradías, por lo la actividad benéfica de que la nómina de la que las cofradías, materialidisponemos no es muy zada en la asistencia extensa. Aun así, hemos ante la muerte, es una documentado un total de constante en los once corporaciones, a las Protocolos, que recocuales se hace referengen multitud de testacia, en función de cada mentos en los que el caso, con los títulos de testador se acuerda de hermandad (erigidas determinadas corporapara fines benéficos), Cristo de la Viga, el mas antiguo de la Semana ciones para que lo asiscofradía (erigidas para el Santa de Jerez. tan en tan duro trance. culto público) u hospital. La actividad de las No podemos olvidar que, en la época estudia- cofradías se centraba primordialmente en el da, el binomio cofradía-hospital es, por lo acompañamiento del cadáver durante las hongeneral, indisoluble. Así las cosas, enumera- ras fúnebres (2, 6, 7, 15, 18) y la celebración mos las corporaciones documentadas: de misas, fiestas, vigilias y remembranzas en Hospital (o Hermandad) de Santa María del honor del difunto (6, 8, 12, 21). Para ello, el Pilar, Cofradía de San Dionís, Hermandad y testador destina siempre una serie de bienes Cofradía de San Luis con advocación en el que se otorgan a la cofradía. En otras ocasio-


Pasión en Salamanca nes, la persona que escribe el testamento realiza donaciones de dinero o bienes a determinadas cofradías, pero a modo de limosna, sin ningún fin concreto más que el de asegurarse una existencia feliz en la otra vida mediante las obras de caridad (10, 13, 22). También hay personas que establecen en su testamento el deseo de ser enterradas en lugares bajo la jurisdicción de alguna cofradía u hospital. Tal es el caso de varios jerezanos que mandan enterrarse en el Hospital de la Sangre (11, 16, 17).

43 cofrades del Hospital de Santa María del Pilar y dos vecinos de Jerez por la venta a estos de una casa. Al final ambas partes llegan a un acuerdo (1). En definitiva, las cofradías jerezanas de finales de la Edad Media actuaron como agentes primordiales de una sociedad profundamente religiosa y cristiana, pero a la que no puede negársele una vertiente secular importantísima. Estas corporaciones acudieron a las escribanías públicas para gestionar diversos negocios y ampliar su patrimonio. Un patrimonio que, en la mayor parte de los casos, utilizaron para llevar a cabo su misión principal: la actividad benéfico-asistencial.

Pero esta actividad benéfica de las cofradías, que no se ocupaban únicamente de la asistencia ante la muerte, sino que abarcaban también otros ámbitos como la ayuda a Fachada del Hospital de la Sangre. los más pobres, debía sustentarse en una serie de bienes con los que las corSilvia María Pérez González y poraciones negociaban para aumentar su Juan Carlos Arboleda Goldaracena, patrimonio. Muchos de estos bienes procedían Área de Historia Medieval. Universidad de los testamentos, aunque nos centramos Pablo de Olavide (Sevilla). ahora en los que no derivan directamente de estos. En todos los casos documentados, se (1): Juan Román. Jueves 25 de noviembre de 1501. trata de censos, es decir, rentas fijas aplicadas Fol.394v. (2): Juan Martínez. Jueves 11 de enero de a bienes inmobiliarios o rurales con las que las 1414. Fols. 11v-12r. (3): Gonzalo Román. Sábado 10 cofradías negocian: dan a censo determinados de noviembre de 1470. Fol.69v. (4): Ibídem. Domingo bienes (4, 20), compran bienes sujetos a cen- 11 de noviembre de 1470. Fol.70v. (5): Ibídem. Viernes 16 de agosto de 1471. Fol.522r. (6): Bartolomé de sos para después negociar con ellos (3) o reci- Maya. Sábado 7 de febrero de 1489. Fol.26v. (7): ben de particulares el pago de estas rentas (5) Ibídem. Sábado 7 de febrero de 1489. Fol.55v. (8): u otros bienes (19). También podían recibir Ibídem. Sábado 7 de febrero de 1489. Fol.81v. (9): donaciones materializadas en censos (9). Ibídem. Sábado 31 de julio de 1490. Fol.114r. (10): Destacamos, por su especial importancia, uno Juan Ortega Gaitán. Domingo 10 de abril de 1490. Fol.53r. (11): Ibídem. Martes 7 de junio de 1490. de los documentos (5), en el que es una mujer, Fol.95r. (12): Ibídem. Sábado 11 de junio de 1490. Elvira Alfonso, quien ostenta el cargo de prios- Fol.99v. (13): Ibídem. Jueves 16 de junio de 1490. ta (equivalente al cargo de hermano mayor en Fol.101v. (14): Ibídem. Jueves 30 de junio de 1490. la actualidad) y recibe como tal el pago de Fol.113v. (15): Ibídem. Martes 5 de julio de 1490. Fol.119r.(16): Ibídem. Jueves 7 de julio de 1490. unas rentas. Por último, las escribanías públicas eran también fieles testigos de determinados pleitos en los que se veían sumidas las cofradías a la hora de administrar sus bienes. Es el caso de la pugna mantenida entre los

Fol.122v. (17): Ibídem. Viernes 8 de julio de 1490. Fol.124r. (18): Ibídem. Jueves 4 de agosto de 1490. Fol.143r. (19): Ibídem. Sábado 5 de noviembre de 1490. Fol.218r. (20): Juan Ortega Gaitán. Jueves 17 de abril de 1486. Fol.53r. (21): Juan Martínez. Lunes 8 de abril de 1448. Fol. 43v. (22): Ibídem. Martes 3 de septiembre de 1448. Fol.110v.


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EL PEScADO DE LA ÚLTImA cENA SANTIAGO JUANES

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n la simbología cristiana el pez ocupa clásico pan y vino, y en algunos casos con el un papel destacado, quizá por su fecun- cordero asado, como ocurre en la Catedral didad sin cópula, como algunos autores Vieja de Salamanca. Dentro de todo este aparsugieren. Esa fecundidad que reclama para el tado de representaciones no faltan elementos mensaje divino el “creced, multiplicaos y llenad litúrgicos, como platos o fuentes, también con la tierra”, de las Sagradas Escrituras. Puede forma de pez. que también tenga que ver con ese papel desEl pez como símbolo cristiano y eucarístacado, el pez griego, Q, convertido en tico aparece muy detallado en El Bestiario de acróstico de Jesús, Cristo, Dios, Hijo y Salvador Cristo, de L.Charbonneau-Lassay, volumen II, a modo de clave secreta e identificativa de las aunque nada como las Escrituras para enconcomunidades cristiana primitivas. Otra posibili- trarnos con ese pez convertido, por ejemplo, en dad más es que estemos ante la asunción de símbolo de la Resurrección. En el Evangelio de un culto de Asia, previo al nacimiento de Jesús, San Juan, este relata cómo después de la que celebraba la divinidad del pez, incluso lo Resurrección, Jesús se apareció a siete discísacrificaba y conpulos que pescaban sumía como aliy les invitó a comer mento bajo rito con él pan y un pessolemne. Y así, por cado que tenían ejemplo, Plutarco, haciéndose a la en Isis y Osiris brasa, lo que llevó a narra cómo los asegurar tajante a egipcios comían el San Agustín que el noveno día del mes pez asado es Cristo. un pez ante la puerEste texto de San ta de su casa. Es Juan —“Venid y muy posible que la comed”, y tomando conquista romana el pan, les dio de él; diese a conocer y lo mismo hizo con estos rituales, lo el pescado”— seguque explicaría, por ramente impulsara la ejemplo, la presenrepresentación de Metopa románica de la ermita de San Pedro de Tejada. cia en las catacumpeces en la Última Segunda mitad del siglo XII. Puente Arenas, Burgos. bas romanas de Cena como símbolo escenas de banquede Cristo. Sin olvidar tes en los que el pez aparece de forma eviden- el símil del pescador, tan empleado en los te; banquetes representativos de la Última Evangelios, o que el pescado esté en el milagro Cena. de la multiplicación de los panes y los peces. Y no solo, en la iglesia cairoca de AbuSarhag o de San Sergio aparece una representación de la Santa Cena con doce panes y un gran pez, o en la francesa de Sainte-Marie-AuxDames, en Saintes, encontramos una Última Cena en la que Jesús ofrece a los apóstoles pan y pescado. Bien es cierto, que todas estas representaciones decaen desde la Edad Media y la escenografía de la Última Cena se ciñe al

El consumo ritual del pescado en nuestros días se asocia más a la Cuaresma que a lo señalado anteriormente. La carne, como metáfora de la gula, queda proscrita en la Cuaresma, que recuerda los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús pasó en el desierto en una especie de purificación previa a su sacrificio. Ese es el modelo. La verdura, la fruta, la leche, los huevos y el pescado son los


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alimentos de la Cuaresma, aunque algunos de ellos no siempre estuvieron permitidos. De ahí la representación de la Cuaresma como una vieja que transporta un cesto de pescado. Aún así, llama la atención que en algunas fechas señaladas de Semana Santa y en localidades concretas el pescado forme parte de la liturgia tradicional. Es el caso de Villanueva de Odra, en Burgos, donde al finalizar la Detalle del fresco de la iglesia de Santa Olalla. Finales del s. XV. La Loma, Cantabria. procesión del Viernes Santo se reparte escabeche, El bacalao se ofrece como almuerzo en una técnica árabe de conservación de alimentos para la que se emplea el vinagre, y que per- la localidad soriana de San Esteban de Gormaz mitió durante siglos el consumo de pescado en el día del Viernes Santo, con lo que cumple, unas condiciones decentes a los vecinos del igualmente, con el precepto cuaresmal, pero interior. El escabeche, como los potajes o los también vincula este pescado y su consumo a diversos preparados de bacalao están en la los banquetes aludidos en los que el pescado, memoria de muchos, aún. Precisamente, en La el pez, estaba presente en la Última Cena, que Bañeza, aún hoy, es costumbre el Miércoles tiene lugar el Viernes Santo. Otro tanto ocurre Santo el reparto de bacalao y potaje el en Bercianos de Aliste, donde al terminar el Miércoles Santo por la mañana en un rito que, Viernes Santo se ofrece el guiso de bacalao probablemente, tenga que ver con la entrega que se conoce como “postas”. Si el pez es símbolo cristiano, nadie de limosna en fecha tan señalada. Porque el almanaque tradicional señala algunas fechas duda de que el bacalao o el potaje lo son de la como obligadas para la limosna, especialmente Semana Santa más tradicional por la vía de la en Santos y Difuntos, por ejemplo. El potaje, Cuaresma, que alcanza, como se sabe, hasta hijo, como los cocidos, de la popular Olla el Viernes Santo, momento en el que se autoriPodrida española, tan recogida en recetarios y za la ingesta de carne, y algunas comunidades, textos literarios clásicos —de Lope de Vega, traspasada la media noche, celebran la vigilia sobre todo— mezcla verduras, hortalizas, pascual comiendo cordero asado. legumbres, bacalao y huevo, así que cumple Santiago Juanes, con el precepto cuaresmal de no consumir periodista. carne. Más o menos variado o enriquecido, el potaje de los viernes cuaresmales, es todo un clásico de nuestra cocina, como el guiso de bacalao, que en el caso salmantino solía ser rebozado, con tomate o con patata.


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EN TRES DImENSIONES LUIS FELIPE DELGADO DE cASTRO Dimensión evangélica: Ante el cartel cobran vida las palabras del evangelista Lucas: “Y las tinieblas vinieron sobre toda la región”. Y Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Dimensión artística: La imagen del Cristo en la cruz, de Bernardo Pérez de Robles, llena la escena mientras la luna, difuminada por el ojo de la cámara entre un corro de nubes, asiste a la agonía. Para anunciar la Pasión de este año, solos, frente a frente, el Señor y la noche. En primer plano. Sin piedras labradas por la belleza o la fe. Sin tener detrás o al lado la iluminada gloria de tantos monumentos como ofrece la señera ciudad en la que muere. Sin otro decorado que la madera tallada por un artista hace siglos, policromía en carne viva, y un cielo coronado de luna. El Señor y la noche explican la Pasión en una foto. Así, sencillamente. Dimensión real: Ha cubierto la luna de un velo trasparente las primeras galas de la noche de Ramos. ¡Qué lejos parecen quedar ya los hosannas del mediodía en la Plaza y el paso feliz de cientos de niños con sus palmas y laureles! La Borriquilla atravesó la mañana, se llevó en los brazos del Maestro el gozo de la infancia y se posó dulcemente en los ojos de los mayores. Entre risas y nostalgias regresó Jesús a la ciudad que ama y bendijo un día con la belleza de su historia. Viene para morir en ella. Ya en la tarde, en el filo del atardecer, su imagen en la cruz recorre los caminos del barrio cercano al río. Dios pasa, de la gloria del mediodía atravesando arcos y besando torres y portadas, maravillas de siglos convertidos en piedra, a la desnuda agonía en soledad, en una simple cruz, en un paraje de las afueras, casi a la orilla del río. Es un contraste difícil de entender en unas pocas horas de distancia. Pero la Pasión que inventaron los hombres después de leer los evangelios y sacaron a la calle no entiende de horas ni de secuencias. La crea la fe, sencilla y vulgar, sin retóricas de púlpitos, y la sitúan en el

mejor lugar de su corazón, sin poner fecha a sus sentimientos. Un grupo de salmantinos, allá en 1945, conciben esta cofradía para venerar un espléndido crucificado de Pérez de Robles y levantan con él un trono de perdón en el que entrañan el rito de excarcelar a un preso común, liberado de su sentencia por la gracia de Dios y de la cofradía. La bendita imagen está en buenas manos todo el año. El monasterio de las Madres Bernardas acoge su calvario y preside la piadosa forma de vida que reunió un día en su santa casa a un grupo de valientes mujeres. Buscaban la paz y se encontraron con el Señor. Desde aquel día de su primera vocación hablan con Él y comparten su Palabra. Es más, la viven. Llevan impreso en el corazón su amor a Dios y lo ven cada día alzado sobre la pared de la capilla, crucificado, moribundo, en el mejor testimonio de su amor al hombre. Y una vez cada año, en este día de triunfo, lo ven salir a la calle, a repartir el pan del perdón entre todos los que se llaman hermanos y se olvidan de ello tan a menudo. Sale ensartado en un madero, solo, a morir en la calle para que escuchemos el último mensaje que mana de sus labios. Llega a la calle para dar la libertad a un condenado por la justicia humana, un rito que simboliza el perdón de Dios a todos los seres de la creación. Y se pone esta noche delante del hombre, así crucificado, en una ensangrentada figura, para enseñarnos cómo debe asumirse el perdón hasta llegar al límite de la propia vida. En el trono sobre el que se muere, Jesús lleva a sus pies, junto a las flores, todos los perdones que nos deben y debemos. Los que somos incapaces de pedir y los que nos negamos a dar. Lleva, en su cruz clavados, todos los silencios, los fracasos, los engaños, las traiciones que crecen a menudo en la vida y degüellan la convivencia. Las miserias humanas que, para coger o mantener el poder, el dinero, la categoría social, envilecen la amistad, el honor, la dignidad. La ambición que es capaz de esconder la lealtad y el cariño y dejar tirado al amigo. ¡Señor, qué difícil resulta perdonar algunas veces!


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La procesión atraviesa las calles del nuevo arrabal con la estampa de la Redención impresa en sus penitentes. Junto al arco que muestra la cruz y las cadenas como símbolos de la hermandad, rezan hermanos y vecinos. La frase “perdona nuestras ofensas” encuentra su mejor testimonio en ese cuadro de la Pasión. El padrenuestro crece como la levadura en el corazón. El perdón no se compra como si fuera un pan. Se gana como un jornal. Se trabaja mano a mano con Dios, aunque en ocasiones cueste tanto otorgarlo.

el Gólgota, el Crucificado, con el pecho abierto a la agonía, la mirada fija en la cercana muerte y la boca entreabierta por la voz quebrada, deja caer la primera palabra de su testamento: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Luis Felipe Delgado de Castro, periodista.

Liberado el preso, el Cristo del Perdón regresa al convento. La imagen vuelve a las manos y las plegarias de las monjas. La noche ha borrado toda huella de luna, agazapada entre las nubes. Un frío vientecillo desnuda las primeras huellas de la madrugada. La Pasión de la vieja ciudad ahora dormida, aguarda otros momentos de intensa piedad y espléndida belleza en estos días santos que el Cristo del Perdón ha preludiado. Contemplo una vez mas la fotografía. Es tal la verdad del momento detenido en la cámara que, por un instante, parece que asistamos al Drama en primer plano, bien cerca del suplicio, al lado. Desde la cruz, enhiesta en Fotografía ganadora del concurso de la Junta de Cofradías (Ángel González).


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EL hOmbRE DE LAS cRUcES vERDES JOSé GONzáLEz TORIcES ALLÁ POR AQUEL ENTONCES me parlaron de un ser llamado Gervasio Lucas, el cual se pasaba parte de la claridad del día lloriqueando. Desde el amanecer a la atardecida. Jamás por las noches. Como si al tal Lucas le hubieran engendrado dentro de una lágrima, en el interior de una cencellada invernal. ¡Qué exageración!

-Dentro de una lágrima. Gemiqueaba por sus singulares pecados, los de su mujer y otros elementos vivos y difuntos. Amasando en sus cuentas, además, a los animales, a las plantas, al fuego, a las aguas y a los vientos. Porque los vientos, en su decir, trajinaban con las palabras sin cribar de los hombres. Que alma tenían como el que se tambalea. Ya que el vendaval conduce los vocablos. Unos sanos, otros fornicados. Ronroneaba en el decir y creer suyo lo que digo, dos puntos: “El que lagrimea los llantos por los ojos desencajona los nublados del cuerpo zángano y del alma díscola. Porque cada cual apacienta en los palomares interiores, sin ventanales, unos terruños oscuros. Unos páramos que no revelará al grito, quizá por vergüenza, para que nadie los oiga. O quede al descubierto, en carnes vivas, sin sábanas para cubrirse. Solo Dios está enterado y no lo pregona por las esquinas de las escuchas. ¡Menos mal! ¡Alabado sea el Señor! El que zarandea con garbo la cruz del pesar, halla la gloriosa botica para la salvación eterna. La del Juicio final. Da alegrías. Purifica el ánimo. Libre de infiernos. Libre de impuestos. De este modo orea su espíritu de perversidades y otras zarandajas. Amén Jesús”. Congoja por el día, que por la noche dormitaba su sueño en placidez. Entre sonrisas sus carnes y frondosos huertos su alma. Esencia de azahar. Nadie tan satisfecho. Todo ello se lo debía, según él, a la fuerza de sus cruces de olivo verde, de las que ya hablaremos. Las cuales le acarreaba un religioso franciscano, Padre Jerónimo, del mismo Valle de Cedrón, Jerusalén, del Monte de los Olivos,

Jardín de Getsemaní. Donde Jesucristo rezó, sudó sangre e imploró al Altísimo la noche de su arresto.

-”Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. -¡Las cruces de olivo verde! Ser curioso. De raza nada universal este Gervasio Lucas. Habitaba una cochambrosa casona. A las afueras del pueblo de Quintanilla del Olmo. En la Meseta castellana. Herencia de un tío suyo, protervo general en no sé qué guerra civil. Gervasio vivía en compañía de Engracia Gómez, su esposa peruana. Sin hijos. Corazón cándido; el cual galopaba en una figura esbelta. Muy corneada. Con desollones. Antaño bella. Dada, a escondidas, al alcohol y otros vicios menores. Fumaba a la desbandada. Algo que le llevaban los demonios al marido.

-“La Cruz la salvará”, pensaba con certeza. Siempre, ahora digo, andaba rodeado de perros, vacas, ovejas, cabras, gatos, gallos y conejos. A los que les había marcado una cruz en el cuerpo. Para su salud y mejor rendimiento. Y de un loro barraquero, cojo, desplumado, simpaticón, apodado Tomás. A la avezuela la acarreaba aposentado en su hombro derecho. Tomás, como aquel apóstol incrédulo ante las llagas de Cristo. “Si no lo veo, no lo creo”. Al loro verboso le había enseñado, a golpe de terrones de azúcar, a repicar machaconamente el nombre sagrado del Señor Jesucristo. Con respeto y veneración:

-¡Jesucristo, Jesucristo! A lo que el hombre respondía santiguándose, con avidez, tres veces:

-¡Amén, san Jesús! Aseguraban las palabras, quizá con razón, que el tal Gervasio tenía el seso chamuscado, atolondrado, barrenado.

-¿Orate, lunático, vesánico…? -¡Qué sé yo! Es de suponer, supongo.


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50 Nadie, en su real juicio, viniera a padecer semejante desquicio quijotesco: la de las cruces. Obsesión por ellas. Fanatismo. ¡Qué sé yo! Cuando le preguntaban las curiosidades de sus vecinos el porqué andaba su cuerpo de aquella manera, en aquella calentura, sorteando las baldosas de la cocina, a saltitos, él respondía amedrentado: “El que pisa raya, pisa medalla. El que pisa hoyo, pisa demonio”.

-¡Ah! Vaya por Dios. El loro Tomás, revoloteando desde su altura, alas en aspa, volumen crucificado, repetía pertinaz:

-¡Jesucristo, Jesucristo! Pero a don Octaviano, el cura, no le parecía nada bien lo del loro. Que repiquetease tanto el sacro nombre del Señor. Sin respeto. “Que solo los humanos tienen el deber de pronunciarlo con la reverencia debida. Nunca otros picos. Como el loro gris africano, los loros monje... Que los animales no están bautizados. Amén”. Y le advertía a Gervasio Lucas, severamente:

-Conduces torcido tu camino espiritual, hijo.

-Amén, don Octaviano. Lo que hago me lo ruega el alma. -Eso lo dicen todos para justificar sus andadas, Gervasio. -Amén, don Octaviano. Y desde aquel bochornoso día los dos hombres se miraban de reojo. La devoción por las cruces le había llegado a Gervasio Lucas de la lejanía. De la infancia. De sus padres. De la abuela Lucrecia. Su madre, doña Jacinta, para amortiguarle el agudo dolor de oídos, además de rociarle con leche de sus pechos los orificios, le sellaba con pimentón murciano tres cruces en las orejas. En recuerdo de la Santísima Trinidad. Y se curaba. Como cuando le invadía el “hipo”. La abuela Lucrecia lo hacía desaparecer de la boca marcándole una cruz en la frente y una hebra de lana roja en aspa. Y ya estaba. O cuando se le pegaba a la garganta aquella tos apestosa. Estampaba tres besos en el Signum Crucis y era la mejor de las aspirinas, pócimas o brebajes.

-La cruz todo lo purifica. Su padre, don Porfirio, en cambio, gran devoto de san Antón, Antonio Abad, el patrono de los animales, de los carniceros, porqueros, polleros, fabricantes de cepillos, guantes, sepultureros y más todavía, sembraba de cruces las paredes de los establos, las tapias del corral, el cabañal de las teleras, las pocilgas, los huertos cuando sembraba, los árboles frutales cuando los plantaba... Estaba en la fiel creencia aquel progenitor de que la Santa Cruz amparaba y cobijaba bajo su alargada sombra a toda criatura de cuna y óbito. Les hacía crecer y regalaba, dadivosamente, su fruto. “Que la cruz es salvadora. Gloriosa cruz. Por eso Jesucristo agonizó sobre sus tablas”, repetía convencido don Porfirio.

-Que la cruz es salvadora. Gloriosa cruz. De ahí mismo que Gervasio Lucas heredara semejante fervor. Lloraba por el día la agonía de Cristo y por la noche disfrutaba de la Resurrección. Que era como decir: “Padezco el dolor de una enfermedad. La sufro. La soporto. La expío en el Huerto de los Olivos. Pero lo cruz me redime. Veo la luz. La vida. Al Padre Dios. A la Virgen María intercediendo por sus disipados hijos”. Tan convencido estaba Gervasio Lucas de ello, ya dije y digo con repetición, que encargaba la madera de olivo del jardín de Getsemaní al Padre Jerónimo. Luego, ya aquí, confeccionaba las cruces con cariño. Cruces que regalaba al vecindario. Sobre todo a aquellas casas con familiares enfermos. Eran su alivio y su fortaleza.

-¡Alivio y fortaleza! Se corrió la voz por toda la comarca de que las cruces de Gervasio Lucas eran curanderas. Que transmitían algo. Paz. Alegría. Felicidad. Buen humor. Aleluya. Júbilo. Regocijo. Algazara. Regalaban el aroma y las esencias de la sangre redentora de Cristo.

-¡La sangre redentora de Cristo! Las familias gozaban de aquellas cruces. En los tejados de sus casas, en las puertas, en las paredes de sus habitaciones, pendiendo de sus cuellos; en las cuadras de los


Jer贸nimo Prieto


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52 animales, en los campos de trigo, en el bordillo de las carreteras… El único que se negaba a arrimarse al crucifijo por miedo al calambre fue Cefelio Santimanso. Apodado “el Disimulado”. Ateo de profesión y palabrería. Médico. Descendiente curvo, según él, de Vladimir Ilyich Lenin. Cuyos tres perros perdigueros y un galgo obsoleto llevaban el nombre de Lenin. Pues este, en vísperas de su agonía, reclamó de Gervasio Lucas unas cruces. Del Huerto mismo de los Olivos. Originales. Madera tierna. Entresacada de los brotes del olivo padre, sobre el que lloró el Señor. Al recibirlas, se abrazó a ellas con ansiedad y lagrimeó a solas. El corazón entró en llantos y arrepentimientos. Agonizó en paz. En la paz de Dios. Con la sonrisa en los ojos. Por su alma redoblaron las campanas de la iglesia de San Babilés. Las dulzainas chiflaron, gozosas, en su honor.

-¡Murió en paz! Cuando llegó el Santo Viernes, Viernes Santo, Gervasio Lucas vino a decir a don Octaviano el sacerdote:

-Me gustaría llevar sobre mis hombros la cruz del Cristo de la Gloriosa Muerte Crucificada. La que está en la capilla. -¡No! –exclamó el presbítero, cargado de voces. -¿Por qué? –preguntó Gervasio. -Porque no. ¡No! ¡Y no! Regresó a casa G. Lucas. Afligido, atribulado, apesarado. Triste. Muy triste. Halló a Engracia Gómez su mujer confeccionando cruces. Algo extraño. Al verlo llegar, la mujer corrió hacia el cuerpo de su marido, lo abrazó, besó en la frente y dijo:

-He repudiado mis vicios. Arrepentida estoy. Me siento mejor. Gracias a las cruces, Gervasio. A tus cruces de olivo verde. Hombre y mujer se miraron. Se besaron. Lucas contó a Engracia lo ocurrido con el sacerdote. La mujer sonrió. Sonrió y no soltó la palabra del labio. Algo sabía. Al llegar la noche del Santo Viernes, todos los habitantes de Quintanilla del Olmo asistieron a la procesión con sus cruces, faroles y rezos. Cantos religiosos, populares. Caminaban sin hábitos. Sin túnicas.

Descubiertos. Trajeados. De fiesta solemne. La música de las dulzainas alegraba los pasos. Algarabía, bullicio en los corazones de acendrada fe. Sorprendió a todos los ojos ver al párroco don Octaviano salir del templo de San Babilés. Con la cruz a cuestas. La del Cristo de la Gloriosa Muerte Crucificada. Sofocado. Contento. Andarín el ánimo y lenta la zancada. Le acompañaba el Padre Jerónimo, franciscano. Con otra cruz. Centenaria. Con reliquias incrustadas de la original del Gólgota. La verdadera. Donde latió la sangre divina del gran Hijo Jesús. El villancico de Belén.

-¡Oh, don Octaviano! En una de las paradas, el sacerdote se dirigió a sus feligreses. No sin antes reclamar la presencia de Gervasio Lucas. Y les exhortó:

-Gervasio Lucas nos ha enseñado algo muy importante. La Cruz nos redime a todos. Es nuestra salvación. La alegría de la Sangre de Cristo. Su gloria. Debemos estar contentos. El dolor no es eterno. Ni el llanto. Las lágrimas muestran el camino del cielo. De la Resurrección. Del amor. Jesús murió para resucitar. Fue necesario. Amén. Todos los presentes aplaudían a rabiar. Calurosamente. Entre fríos y nieblas. Con más vigor Gervasio y su mujer Engracia Gómez. El loro Tomás no dejaba de repetir, fervoroso, “¡Jesucristo, Jesucristo!”. Los gorriones del Universo, aquella madrugada, cantaban salmos de luz. Y con ellos, todas sus criaturas. Las del Edén. Dios estaba allí. Junto a sus cruces gloriosas: los seres creados por Él. José González Torices


EL cARTEL dE ALfONsO cu帽AdO Humildad, honestidad, naturalidad como persona y artista, austero, entusiasta, respetuoso, buscador de la verdad sin fanatismos. independiente como pintor, sin someterse a dictados ni subvenciones proteccionistas, con un camino muy profesional y claro. Esencial en su pintura. Fronterizo en la abstracci贸n. Equilibrador acertado de formas y colores. arm贸nico en pintura y en el mundo que rodea. Sabio estructurador del mundo que crea con la geometr铆a perfecta del dibujo que hay debajo. El cartel es todo movimiento suave, balanceo leve. Luz tenue de misterio nocturno. Madrugada, lluvia, frontera de misterio sagrado e intriga de lo que es en realidad y lo que se alcanza a ver. El primer nazareno vuelto, tenso, inquieto, responsable, iniciador desde su pie en esa especie de movimiento callado, tan pausado, y que lleva hasta el final, hasta el Cristo y la sombra de la cruz reflejada sobre el arco.

Fernando Segovia


A pesar de la sangre que los riega, besar quiero tus clavos. Reclinar mi frente sobre tus pies y allí ofrendarte, aferrado a lo que resta de tu cruz, maciza y dura, mi absoluta nadidad a tu caridad absoluta. Desclavarte quisiera, también descoronarte, para aliviar un tanto el desierto en tu garganta, bajarte del dolor infame del que roto cuelgas como fruta madura, lista para la siega. Pero es tu dolor la razón que nos eleva del extraviado polvo al cosmos de tu Padre. ¿Cómo pedirte, entonces que bajes de tu leño sin que suene a traición el llamado de mi sangre? Angustiarme con tu angustia es todo lo que puedo mientras espero que llegue tu hora de tinieblas. Sólo una cosa pido, Señor, antes que mueras: amanécenos contigo cuando en tres días te amanezcas.

José Frank Rosario Nivelles, Bélgica, 12 de enero de 2012.

“La Agonía”, plumilla de Alejandra Rodrigo del Amo


Pasión en Salamanca 2012  

Número 19 de la revista cultural que, desde 1994, edita la Tertulia Cofrade Pasión de Salamanca.

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