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Ya hacía varios días que habían salido de allí, y Adam empezaba a arrepentirse de su decisión. Pues el transbordador espacial en el que estaba no le permitía hacer nada y, encima no resultó ser el único que viajaba en él, la primera noche ya se hartó de las demencias del tipo que yacía encarcelado al otro lado de la pared. Por no hablar de lo incomodas que eran las camas. Bueno, las camas y todo, ya que al parecer el transporte estaba hecho de algún material robusto y metálico, tan duro y resistente como el acero, parecía que se habían tomado demasiadas preocupaciones para un ex convicto y un demente. A parte de todos los guardas del gobierno que habían y, por supuesto su amigo: Jazz. Jazz rondaría ya los cuarenta, era unos cuantos años mayor que Adam, por eso el sentimiento que este tenía hacia él era similar al de un hermano mayor, un sentimiento de protección. Jazz era alto y llevaba el pelo rapado, era de tez negra y tenía una actitud claramente elegante. Si se tuviese que definir a Jazz en una palabra esa era sin duda elegancia. Adam no había tenido noticias de él desde que se separaron, hace ya diez años, y ahora le había prometido que lo mataría. “Sin duda fue un encuentro muy emotivo”— pensó Adam. Adam estaba comiendo y en ese instante Jazz le avisó que pasado mañana llegarían a su destino, y que mañana le informarían de su misión. Él sólo asintió y siguió comiendo, tampoco tenía nada que decir y aunque la comida fuese basura, tenía hambre. Por un momento pensó en qué es lo que había hecho, había tomado una decisión tan peligrosa a la ligera, sin ni siquiera pensarlo dos veces. Estaba seguro que la misión requería matar a alguien, o incluso a varios, pero no era eso lo que le importaba. De lo que más tenía miedo era que todo esto realmente fuera una trampa, una trampa para hundirlo aun más, incluso para poder matarle. Pero ahora pensando en serio: ¿para qué? Al instante pensó que era una idea totalmente absurda: su amigo —o más bien enemigo — Jazz, tejiendo en la oscuridad de una esquina un malvado plan para matarle. Sí, es de locos. Volvió a su camarote, y se estiró en esa incomoda cama que parecía estar esculpida en piedra. No tenía nada que hacer, así que simplemente se puso a pensar. Se puso a pensar como sería ahora el mundo después de tantos años, porque la ciencia progresa a niveles exorbitados y en diez años nadie sabe todo lo que puede haber cambiado. Pero había algo que tenía claro, fuese como fuese, el mundo tenía que ser


más feliz. ¿Para qué tanto avance si ahora todo era más triste? Seguro que la ciencia había hecho todo lo posible para que los humanos ni siquiera tengan que ir al trabajo, y vivan felizmente en su ciudad bajo ningún tipo de riesgo. Incluso la estancia allí sería mucho mejor que en su privado paraíso. Eso es sin duda lo que se imaginaba, un mundo que realmente no era para él, ya que no quería vivir una vida normal y corriente. Como bien le dijo su amigo Jazz: lo que él quería es acción. Así que pensó que tendría que hacer trabajitos como este más a menudo. Ya era de noche, se había quedado tan inmerso en sus pensamientos que el tiempo se le pasó volando. No quería cenar nada, así que siguió estirado en su camarote. Entonces escuchó como el demente le llamaba, las habitaciones tenían como un pequeño espejo que conectaba directamente con la habitación de al lado, por lo que también se podían ver si lo deseaban. No hizo caso al loco, pero dada su insistencia, activó el espejo y le contestó. Ciertamente no tenía apariencia de un demente, llevaba una camisa y un pantalón negro de traje, tenía el pelo corto moreno. Parecía una persona totalmente normal, pero Adam sabía que era peligroso, pues su puerta estaba cerrada y la comida se la pasaban por una rendija. El loco se le quedó mirando, a lo que Adam le dijo: — ¿Qué es lo que quieres? — ¿Qué qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que yo quiero? —repitió el loco, seguido de una punzante carcajada—. Bueno, antes de que te parta la cara, sé a lo que has venido, y no te voy a dejar hacerlo. —Bien, si sabes a lo que he venido entonces dímelo, porque yo no tengo ni puta idea. Hace ya cuatro días que me tienen aquí en esta maldita nave, encerrado al lado de un asqueroso y deprimente loco que encima ni me deja dormir por las noches. Así que si lo que quieres es tocarle los cojones a alguien con tu rollo misterioso y espiritual, te diré una cosa: ¡no cuentes conmigo! Acto seguido Adam cerró el espejo y vio nuevamente su cara. Aquel tipo le había puesto de los nervios, encima de que no le dejaba dormir tenía que jugar un papel en una de sus locuras, no estaba dispuesto a pasar por aquello. Así que prefería causarle un trauma psiquiátrico más antes que tomarse la molestia. Adam se durmió entre los sollozos


y los gritos que hacían zumbar la pared izquierda de su camarote, pues al final ya estaba acostumbrado. Al día siguiente le despertaron temprano, debían ser las siete de la mañana, y lo llevaron al camarote privado de su amigo Jazz. Allí sentado al frente de una mesa estaba él, y además tres hombres trajeados, a los que Adam no conocía. Se sentó en el sitio que quedaba libre, justo delante de Jazz. Adam los miró a todos, se fijó en cada uno de sus detalles para tener cuidado con lo que decía, entonces comprendió que estaba sentado con gente importante, al parecer las compañías de Jazz habían cambiado bastante. —Bueno —comenzó Jazz—, este es Adam. Lo conozco de hace ya mucho tiempo, y sé perfectamente que es el tipo de hombre que necesitamos. Todos miraron a Adam. Uno asintió, los otros no hicieron nada. Siguieron mirándole. Nadie decía nada. Siguieron mirándole. —Vale, creo que ya me habéis visto demasiado —dijo Adam—, simplemente Jazz dime qué he de hacer. O más bien a quién he de matar. — ¿Estaba claro, no? ¿Para qué sino te íbamos a llamar? Claro… Bueno, ahí tienes una ficha del sujeto en cuestión —Jazz le pasó la ficha—. Como verás, apenas posee información: grupo sanguíneo, color de pelo… En fin, sólo son datos orientativos, lo más importante es la fecha y el lugar. Él estará ahí, solo, pan comido. Un tiro y ganarás tu libertad de nuevo. Adam se quedó sorprendido. — ¿Apretar un gatillo? Sinceramente, pensé que sería alguien más importante, y encima viniendo de ti. No veo por qué me necesitáis, cuando es un trabajo que puede hacer cualquiera. Pero bueno, sinceramente me da igual, es un magnifico trato así que lógicamente acepto. Aunque tengo la sensación de que no me dejaríais ir ahora si me niego… —a lo que Adam siguió— Pero quiero saber. Jazz se rascó la cabeza, no quería que llegase este momento, parecía que le ponía nervioso.


—Supongo que es lo justo, tú matas a alguien, así que quieres saber quién es y por qué, ¿no? —Eso es —Adam empezaba a percibir su nerviosismo. —Se está preparando otra gran guerra, parece que la iglesia y el gobierno no pueden convivir en paz, así que ambos bandos nos estamos formando en medio de esta falsa tregua, para prevenir el máximo daño posible y también para atacar. Pero eso realmente es irrelevante ahora. Fíjate en la figura del Papa, nadie sabe quién es, nadie ha visto su cara y nadie sabe de donde apareció. La iglesia estaría hundida si no fuera por sus grandes avances científicos, no se sabe cómo se obtuvieron, pero lo cierto es que muchas de las cosas que tenemos hoy en día son gracias a ellos. En especial vacunas o curas para las enfermedades que eran bastante surrealistas a corto plazo. — ¿Y qué tiene que ver esto conmigo y con el tipo de la ficha? —Tuvimos la oportunidad de analizar su ADN a través de un congreso donde obtuvimos una muestra de saliva de su copa. Por supuesto este acudió enmascarado e incluso con guantes, pero se le pasó totalmente este hecho. Nuestra sorpresa fue que cuando registramos su ADN, ya había actualmente uno. —Un error. —No, no es un error. Lo comprobamos decenas de veces, incluso con las muestras actualizadas de este mismo año y seguía pasando igual. Tenemos a dos individuos genéticamente iguales, y no son gemelos ya que tienen diferente edad. —Pero eso es imposible. ¿Acaso es un clon o algo así? —Digamos que algo así. Si nuestras investigaciones no se equivocan, el actual Papa habría viajado en el tiempo y en la actualidad permanecería uno que todavía no lo ha hecho. —No es posible, no voy a matar a nadie con unos indicios tan poco claros. Esa persona podría ser un inocente.


—A ti todo esto debería darte igual. Incluso es posible que al matar al sujeto no pase absolutamente nada, pues este incluso puede ser uno de los muchos universos y al hacerlo simplemente se abriría otro, en el que tú y yo ya no participaríamos. Si la teoría de que únicamente hay un universo y este se puede modificar es cierta, la guerra estaría solucionada, la iglesia nunca llegaría hasta la actualidad sin esa persona, y tú jamás hubieses estado encarcelado. —No lo haré, técnicamente esa persona todavía es inocente. —Claro que lo harás —le respondió Jazz en un tono relajado—, ambos sabemos que lo harás. Necesitas apretar el gatillo, y necesitas tener la oportunidad de hacerlo cada día. Mañana te pones en marcha, no hay ninguna otra opción posible. Después de esta conversación tan rotunda, le echaron de allí y lo llevaron a su camarote. Claro que lo haría, aunque fuese el trabajo más deplorable del mundo lo haría, era su última oportunidad de tener una vida de nuevo. Una vida feliz, una vida alegre, una vida tranquila. Pero en su cabeza seguía la pregunta: “¿Es eso lo que quiero?” To be continued

ALPHA #3 Cárcel (II)  

Escrito número tres de Memoria correspondiente al universo Alpha.

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