Page 1

Muestra nal del promocio ulo. pĂ­t primer ca su a Prohibid a vent .


EL AZAR NO SE LLORA 1ª Edición: abril 2015 © 2015 Divalentis S.L. www.divalentis.es divalentis@divalentis.es Texto: Alonso Barán Foto de portada: Marcin Jagiellicz Fotografia https://www.facebook.com/mjagiellicz Diseño de cubiertas: Divalentis S.L. Diseño de edición: Divalentis S.L.

ISBN: 978-84-941735-5-4 Depósito legal: CS 147-2015 Impreso en España Gracias a Vicente, Agustí y Jose Ramón por su apoyo a este proyecto.

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna manera o mediante ningún medio, ya sea electrónico, fotocopia, por registro o por otros medios, sin el permiso previo o por escrito de los titulares de los derechos.


Alonso Barรกn EL AZAR NO SE LLORA


Capítulo 1

—¿Quién ha encontrado el cadáver? —Una pareja que buscaba intimidad, inspector. —Pues esta arboleda no me parece el mejor lugar para echar un polvo —dijo Elián y se puso unos guantes de látex—. Edgar, ¿qué tenemos? —Mujer de raza blanca. De unos treinta años. Pelo castaño. Pesará unos sesenta kilos y medirá un metro sesenta y cinco. Ha aparecido desnuda y boca abajo. No la hemos movido —le respondió el agente de la policía científica. —Vaya manera de empezar el día. —Elián sacó su libreta del bolsillo de la americana y se dispuso a examinar el cuerpo—. Por los hematomas del cuello parece que murió estrangulada. —Anotó sus observaciones y estudió el escenario del crimen—. No hay signos de pelea. En el suelo hay pisadas y marcas que parecen indicar que el cadáver fue arrastrado por un único hombre. Supongo que debió ser el asesino quien abandonó el cadáver y que utilizó su coche para traerlo hasta el parque. —Hizo una seña a un agente—. Hable con la central. Tal vez una cámara de la calle haya grabado a alguien sacando un bulto de un automóvil. Dígales que me envíen a comisaría las grabaciones de las últimas veinticuatro horas de todo el perímetro del parque. —A sus órdenes, inspector. Elián se acercó al cuerpo y observó la mano derecha de la víctima. —Conserva sus anillos de oro. El asesino no pasa apuros económicos —susurró pensativo. Elián se giró y gritó a dos agentes—: ¡Eh, vosotros! ¡Poneos los guantes y venid aquí! —¿Qué vas a hacer? —preguntó Edgar. —Vamos a darle la vuelta al cadáver. Los dos policías de uniforme se acercaron y, con sumo cuidado, giraron el cuerpo de la mujer. —¡Dios mío! —exclamó uno de los agentes. —Tu primera vez, ¿eh? —Nunca había visto nada igual, inspector. —Estás pálido, ¡vete de aquí! No quiero que vomites y destruyas pruebas —le espetó Elián. —¡Madre mía…! —Edgar se acercó y sacó varias fotos del cadáver. 4


—Solo un hijo de puta loco haría algo así. —Elián se agachó en cuclillas y observó el sanguinolento agujero, del tamaño de un puño, que la mujer tenía entre los dos senos. —Le han quitado el esternón y le han arrancado el corazón —comentó Edgar. —Tengo ojos en la cara —contestó Elián—. Seguramente el asesino se lo quedó como trofeo. —Se acercó un poco más a la cavidad del pecho de la mujer—. Hay algo dentro. Edgar le tendió unas pinzas inversas. El inspector las abrió un par de veces, se remangó la americana y hurgó dentro del agujero. —¿Qué es eso? —Un pañuelo negro..., y parece que envuelve algo. —Elián lo sujetó en la palma de su mano y lo abrió con el celo de un cirujano. Edgar fotografió su contenido: una flor con cuatro pétalos violetas—. Dame un par de bolsas de pruebas para guardar esto —ordenó Elián a un agente que obedeció al instante. —¿Qué significará? —inquirió Edgar. —Tranquilo. Nos lo dirá el cabrón que lo puso ahí. —El inspector guardó la flor y el pañuelo, cada uno en una bolsa de plástico trasparente. Tras un par de horas examinando la escena del crimen, Elián se convenció de que no encontrarían nada más allí. —Edgar, haz que trasladen el cadáver en cuanto lo autorice el juez. —Dalo por hecho. —Buen chico. —Elián abandonó la arboleda y avanzó a través de una llanura de césped, expuesto a la ardiente claridad. A su alrededor, las chicharras llenaban el aire con su ronca melodía. Se detuvo en la mitad de la explanada de suelo verde y miró hacia el sol. «No son ni las once de la mañana», pensó, «y ya debe hacer cuarenta grados». Salió del recinto del parque y se dirigió hacia su coche. Abrió la puerta y reparó en un grafiti, pintado en un muro al otro lado de la calle, que le llamó la atención: «El destino de un hombre está determinado por dos poderes: disposición y azar; y muy rara vez, quizás nunca, por solo uno de ellos». Freud. Sigmund Freud Junto a la pintada divisó a un hombre, vestido con una gabardina raída y sucia, que estaba parado en la esquina de la calle. Sus miradas se 5


toparon y el desconocido corrió hasta un callejón cercano. El inspector caminó hasta allí y encontró al desconocido de pie, entre dos contenedores de basura, mirándolo y murmurando palabras que hacían temblar su descuidada y canosa barba. —Buenos días. ¿Me permite ver su documentación? —Elián advirtió que el desconocido apretó los labios y tensó la espalda—. ¿No me ha oído? Necesito ver su… —¡Al enfrentarme a la locura perdí! ¿Reconoces su rostro? —dijo el hombre con los ojos muy abiertos. —¿Qué ha dicho? El hombre parpadeó varias veces, pero no respondió. Su barbilla temblaba como si tiritara de frío. —Peor para usted… —Elián se llevó la mano a la cintura en busca de las esposas. —Pierde Pierde el tiempo, camarada —lo alertó un hombre a su espalda. El inspector se giró hacia la voz y, a contraluz, vio una figura achaparrada que caminaba cojeando hacia él. —¿Quién es usted? —No le sacará ni una palabra coherente. Está loco —comentó el recién llegado, con voz congestionada y alcoholizada. Llevaba un andrajoso traje y su cara tenía una expresión afable. Unos mechones de pelo grasiento disimulaban su cuero cabelludo plagado de eccemas y costras. —Enséñeme su documentación. —La perdí hace tiempo. —Ya me hago una idea, ya. —El hedor corporal del indigente le hizo apartar la cara—. ¿Sabe que en la misión de Santa Ana puede ducharse? El hombre de la gabardina reconoció a su amigo y alargó los brazos hacia él. —¡Es de la fundación Z! ¡Pero no me cogerá! ¡A mi hijo pequeño lo encontraron descuartizado en una maleta! ¡La fundación Z! ¡Malditos demonios! —¿Cómo se llama? —Mi nombre es Larry. —¿Y él? —Nunca lo ha mencionado. Teme que lo encuentre la fundación esa de la que habla. —Larry señaló a su compañero, que había pegado la cara contra la pared y permanecía atento, como si escuchara a través de ella. —A mí me ha dicho algo distinto. 6


—¿Qué? —Que perdió contra la locura y que si reconozco su rostro. —Pues en tres años nunca había dicho nada parecido. —¿Deambula usted mucho por aquí? ¿Ha visto a alguien sacar un bulto de un coche? —No he visto nada. —¿Recuerda haber visto a alguien comportándose de forma que le pareciera sospechosa? —No. —Larry se movió un par de pasos al son de su cojera. —¿Qué le ha pasado en la pierna? —¡Ah! ¡El inicio de mi desgracia! Póquer y personas con mal humor. —Entiendo. —No, no lo entiende. ¡Cree que sí, pero no! —Asintió varias veces—. Yo era jugador de cartas profesional, pero no supe leer el azar, aunque me avisó varias veces de mi... funesto destino. —Ya, claro..., el azar. —No me toma en serio. —Lo cierto es que no me creo lo que dicen los pirados. Larry miró a su alrededor. Tras comprobar que estaban solos, dijo con solemnidad: —Debe creerme; el destino habla a través del azar. ¡Un día lo entenderá! —Lo que usted diga. —Usted se ríe, pero míreme, ¡míreme! —Se dejó caer de rodillas y se abrió la americana de un tirón—. ¡En esto me he convertido! ¡El azar me traicionó! —Intentó levantarse, pero su pierna lastimada se lo impedía. Elián lo ayudó a incorporarse, pero el indigente se trastabilló y cayó entre sus brazos. El rostro de Larry golpeó accidentalmente contra el del policía—. Escúcheme. Lea el azar y podrá engañar a su destino —susurró con su aliento rancio de vino—. El azar es el lenguaje del destino. —¡Déjeme en paz! —Elián lo apartó con el codo y se encaminó hacia la salida del callejón. —¡El destino quería que nos encontrásemos! —gritó Larry—. ¡No ha sido casualidad! ¡Ha sido el destino! ¡El destino! —Levantó el dedo índice y lo señaló.

7


Elián enfiló la calle. Miró por encima de su hombro para comprobar que nadie lo seguía, tropezó y se golpeó el pie contra un adoquín que sobresalía. —¡Lo que me faltaba! —Elián caminó dolorido hasta donde había estacionado su Dodge Stratus. Subió a su vehículo y puso el motor en marcha. No sabía por qué, pero le producía angustia rememorar su conversación con Larry. Tragó saliva, encendió la radio y buscó algo de música en el dial. Tras conducir durante media hora, Elián llegó al aparcamiento de la comisaría. Estacionó su vehículo y caminó con cansinos pasos por la calle hasta el edificio de la policía. Dentro del ambiente gris y azul de la comisaría, la oficina de investigación era un espacio diáfano salpicado por las mesas de los inspectores. Elián entró en la estancia. A su derecha, en la sala de reuniones, vio que un sargento impartía instrucciones a sus agentes. Se detuvo y prestó atención, pero la información que facilitaba el suboficial no afectaba a ninguno de sus casos. Entró en los vestuarios y se miró en el espejo. Se cercioró de que ningún cabello de su pelo castaño sobresalía de su peinado. Se acercó un poco más a su reflejo y comprobó que no tenía ojeras bajo el azul de sus ojos. Fue hacia la puerta y, antes de salir, se giró y contempló de nuevo su atuendo en el espejo. Se ajustó la corbata y salió del vestuario, satisfecho con su impecable aspecto. Atravesó la oficina y llegó a su escritorio. Osmar Acosta, un corpulento inspector, leía el periódico sentado en la mesa enfrente de la suya. —Buenos días —dijo y lo miró a través de sus gafas para vista cansada. —¿Qué tal estás, Osmar? —Elián contempló a su compañero durante unos segundos y cayó en la cuenta de que nunca lo había visto alterado por nada y que apenas dejaba traslucir emociones en su negra tez—. Voy a por un café. ¿Quieres uno? —No, gracias —dijo el inspector Acosta sin levantar la vista de su lectura. Elián guardó su revólver en el segundo cajón de su escritorio y, bajo unos clips, vio su condecoración al mérito policial. Fue a la sala de descanso, situada al fondo de la estancia, y en el umbral se topó con el inspector David Galán. Su compañero llevaba una taza de café en una mano y vestía con su estilo habitual: pantalón vaquero ajustado y una camiseta que marcaba su musculatura. 8


—Hey, súper poli —dijo David con tono burlón. —He oído que solo sirves para derribar puertas. ¿No has pensado en devolver la placa y hacerte cerrajero? David se giró y le mostró el dedo corazón. Elián se sirvió un café solo y sin azúcar. Sopló el líquido negro y, a través de la ventana que daba a la oficina, vio que la capitana, Olga Medial, salía de su despacho y hablaba con un agente de uniforme. El policía asintió, deambuló por la estancia buscando a alguien y preguntó al inspector David Galán, que le respondió con brevedad. El agente se dirigió a la sala de descanso. —Señor, la capitana lo busca. Elián tiró el café en el fregadero. A pocos pasos de la sala de descanso se encontraba el despacho de Olga Medial. El inspector golpeó la puerta y entró sin esperar. Olga estaba hablando por teléfono. —Ahora te vuelvo a llamar —dijo y colgó. —¿Me buscabas? —preguntó Elián. —Quiero un informe preliminar de la investigación antes de que te vayas. —Cuando tenga todas las piezas le daré el rompecabezas resuelto. —Es una orden —dijo con gesto severo. —Sí, señora. —Y archiva esto cuando puedas. —La capitana le tendió unas carpetas con expedientes. Elián forzó una sonrisa y salió del despacho. Se sentó en su escritorio y, de un cajón, sacó un mapa urbano que extendió sobre la mesa. Señaló el lugar donde se había encontrado el cuerpo y revisó las notas de su libreta. Encendió su ordenador y empezó a escribir el análisis de la escena del crimen: Escena final: El Parque del Conde. Conde Zona de fácil acceso y lugar donde el asesino abandonó el cuerpo. No perpetró allí el homicidio. El cadáver era visible, el asesino no tenía intención de ocultarlo, lo que indica que está orgulloso de su obra y que es vanidoso y desafiante. Esto denota que tiene rasgos narcisistas de personalidad, que está seguro de sí mismo y que tiene un alto grado de psicopatía. La estrangulación manual es típica en asesinos organizados y bien integrados en la sociedad. Que la víctima conserve sus anillos, apuntala la posibilidad de que nos encontremos ante este tipo de asesino. 9


El asesino arrancó el corazón a su víctima. Esto indica que dispone de un lugar que le proporciona la intimidad necesaria para poder practicar la tortura sin ser descubierto. La extracción de la víscera confirma que el criminal tiene un umbral de ansiedad muy alto y que encuentra en este comportamiento una recompensa emocional. Su ritual de introducir un objeto en la caja torácica (una flor de cuatro pétalos violetas envuelta en un pañuelo negro), demuestra que el asesino no ha sentido remordimiento por sus actos y que volverá a matar: usa el cuerpo de la víctima para dejar su firma con la intención de establecer un diálogo y transmitir un mensaje cargado de significación psicológica para él. Elián dejó de escribir. Intentaba concentrarse, pero se lo impedía la conversación que David Galán mantenía con un agente. —Me ha parecido que la novata se fija mucho en ti —comentó David mientras se palpaba los músculos de los brazos. —¿Qué novata? —La agente Soler. La guapa morenita… —David apretó los bíceps y las venas se le hincharon. —Ah, si tú lo dices. No me había fijado. —¿No? ¿Eres marica o qué? Elián dio un golpe sobre la mesa. —¡Algunos intentamos trabajar! —espetó y se puso de pie con violencia. Cogió las carpetas que su capitana le había ordenado archivar y fue a la sala del registro. Antes de guardar los documentos, los hojeó por última vez. Revisó el caso del asesino pedófilo Richard Bilancia. En el expediente encontró fotos de la víctima, una niña de ocho años. Se detuvo en la foto del criminal el día que fue arrestado—. ¡Jodida escoria! —Elián cerró la carpeta de sopetón. Regresó a la oficina y se sentó en su escritorio. Recordó la foto de Richard Bilancia y torció el gesto. —¡Hijo de puta! —susurró. Su teléfono interrumpió sus pensamientos. —¿Sí? —¿El inspector Ventura? —Sí. —Hola. Soy Sebastián Reznor. Supongo que me conocerá. Soy reportero de… 10


—Oiga, estoy muy ocupado. —Solo necesito un par de minutos. —Ya, pero no los tengo. —Por favor. Solo será un segundo. Elián resopló. —¿Qué quiere? —Estoy haciendo un reportaje sobre el cadáver que han encontrado en el Parque del Conde. —Lo cierto es que no puedo facilitarle información. —¿Tiene alguna pista sobre su identidad? —No puedo hacer comentarios. —El asesino tiene preferencia por mujeres. ¿Sabe si se siente atraído por algún tipo de mujer en concreto? —Los asesinos no eligen a sus víctimas de acuerdo a un modelo ideal. Eso es un tópico de las novelas. —¿Y por qué? —Pues es obvio, ¿no le parece? Cualquiera que vaya a cometer un acto criminal otorga prioridad a la seguridad porque no quiere ser arrestado. El asesino elige a la víctima que menos riesgo entraña para él. —¿Entonces me confirma que estamos ante un asesino en serie? —¿Pero qué tontería es esa? ¿No sabe contar o qué? Solo es un homicidio. El concepto «serie» requiere cosas que se suceden unas a otras y que están relacionadas entre sí. —Solo estoy haciendo mi trabajo, no necesita ser grosero. El público debe saber la verdad y… —No me venga con esas. ¡Se la suda el sufrimiento de inocentes mientras usted se llene los bolsillos vendiendo morbo! ¡Qué más da que unos hijos de puta despiadados se hagan famosos con tal de que usted pueda comprarse un traje de marca! —Colgó el auricular con un golpe. Horas más tarde, Elián seguía sentado en su mesa, trabajando en el mismo caso. Había revisado las grabaciones de las cámaras cercanas al Parque del Conde, pero no había encontrado ninguna pista. Suspiró y apagó el ordenador. Los ojos le dolían y sentía un ligero entumecimiento en el cuello. Movió la cabeza de un lado a otro y oyó crujir sus cervicales. Se levantó con esfuerzo, se colocó el revólver en la cintura y se puso la americana. Salió al exterior y caminó por la calle, despacio, arrastrando los pies. Cuando llegó al aparcamiento de la comisaría, su móvil empezó a sonar. 11


—Hola, Mónica. —¡Hola! ¿Por dónde andas? —Acabo de terminar mi turno. —¡Ah! ¿Entonces puedes pasar por el súper antes de que cierre? —He tenido un día muy largo. No me apetece… —Mmmm… ¿Me vas a hacer salir de casa? —De verdad que no tengo ganas. Es que… —Anda, sé bueno… Por favor… —En fin…, vale, dime qué necesitas. —Solo un par de cosillas. Ahora te envío un mensaje al móvil. Elián colgó y, alertado, extendió los brazos al ver aparecer un coche patrulla que se le acercaba a toda pastilla. El automóvil frenó y sus ruedas derraparon hasta que el capó se detuvo a medio metro del inspector. —¡Hostia puta! El agente bajó la ventanilla. —Lo siento, señor, no lo había visto. Se ha producido un 211 y… —No pasa nada —dijo y se arregló la americana—, pero ten más cuidado o vas a matar a alguien. —Lo tendré. Le pido perdón, señor. El coche patrulla aceleró y desapareció. Elián subió a su vehículo y, en ese instante, recibió el mensaje de Mónica. Abrió la guantera y buscó el cargador de coche. Tuvo que apartar la carpeta con la documentación del Dodge, el chaleco reflectante y una caja de pañuelos de papel para encontrarlo debajo de un ejemplar de El doble, de Fiodor Dostoyevski. Cogió el libro, lo miró unos segundos y lo dejó sobre el asiento del copiloto. Conectó el móvil al cargador y se incorporó a la circulación. La luz crepuscular inundaba la ciudad. Elián conducía a través de la densa autopista mientras su mente rumiaba imágenes recientes: Los anillos en los dedos de la víctima del parque, su pelo revuelto y sucio, sus ojos vacíos, el agujero abierto en su pecho... Pensó que en ese momento habría alguien preocupado por la desaparición de su esposa o de su hija. —Joder… —dijo, masajeándose las sienes. Conectó la radio y movió el dial. —Ya lo decía Aristóteles —La voz de Sebastián Reznor se impuso al silencio—: «el problema no radica en las emociones en sí, sino en su conveniencia y en la oportunidad de su expresión». —No fastidies… —Elián apagó la radio. 12


Un par de kilómetros después tomó la salida del barrio de San Agustín y atravesó sus solitarias calles iluminadas por moribundas farolas. Un semáforo le dio el alto. Elián se detuvo y suspiró. Contempló a un transeúnte que trataba de despojarse de la sudada camiseta que ceñía su cuerpo. Con un primer intento, el desconocido consiguió airear su abdomen. Sin apenas movilidad, el hombre tiró una y otra vez hasta que consiguió liberar su cuerpo. Después avanzó hasta un bar que se encontraba cerrado y golpeó con fuerza la puerta. Elián tensó los músculos y se llevó la mano al revólver. La puerta del local se abrió y apareció un grueso dominicano que abrazó efusivamente al individuo tatuado. Elián exhaló con vehemencia y relajó el gesto. La luz del semáforo cambió a verde y el Dodge siguió su camino. Elián divisó un supermercado y aminoró la marcha. Los automóviles, aparcados a lo largo de la acera, le obligaron a estacionar al final de la avenida. Nada más bajar del coche, un hombre muy delgado, vestido con unos vaqueros sucios y una camiseta mugrienta, se le acercó con paso tambaleante. El policía reconoció los efectos de la heroína en sus pupilas diminutas y en su expresión ausente. Observó que el desconocido tenía los brazos cubiertos hasta los dedos con tatuajes rojos, verdes y azules. El toxicómano le apresó la muñeca y abrió su boca de dientes sucios y escasos. —Dame algo p’a pasar el mono —dijo con voz afónica y ebria. —¡Ni te me acerques! ¡Jodida escoria! —dijo y lo empujó. El heroinómano se trastabilló y lo miró con el odio que nace de la humillación. El inspector le mostró una mueca de desprecio y se alejó, acompañado por el sonido de sus pasos en la oscura calle. A su espalda, el drogadicto sacó una Beretta de 9 mm y le apuntó: —Pum —susurró con ira contenida. Elián no fue consciente del peligro que le acechaba y entró en el supermercado. El guardia de seguridad se dirigió a él: —Estamos a punto de cerrar. —Solo será un minuto. El establecimiento se extendía diáfano y sin presencia de clientes. Por megafonía, una voz monótona anunciaba que la tienda ya había cerrado. Elián cogió una cesta de plástico rojo y se perdió entre los largos expositores de productos. Sopesó dos latas de tomate frito y pensó que no debería haber sido grosero con el toxicómano. Mientras reunía el resto de productos de la lista, a su memoria llegaron recuerdos del cadáver 13


del parque, de su piel celulítica amoratada y su desnudez exangüe. Elián elucubró sobre el dolor que la víctima debió sentir en sus últimos instantes de existencia. De repente, la cabeza empezó a dolerle como si llevase un casco dos tallas más pequeño. En la línea de cajas, una dependienta de pelo rubio, cara afilada y piercing en las cejas, depositó su mirada de párpados caídos sobre él. —Buenas noches. Ella asintió y, lentamente, pasó los artículos por el lector láser. El escáner no reconocía alguno de los códigos de barras y la empleada introducía los precios tecleando con un solo dedo. —¿Podría darse un poco de prisa? —Son nueve con ochenta —dijo aburrida. —Quédese con el cambio. Elián abandonó el supermercado con una bolsa en cada mano y caminó hasta su vehículo. Por su mente cruzó la idea de que en el maletero se encontraba el cadáver del parque. Abrió el portón y lo vio dentro, encajado y retorcido. Cerró los ojos y al abrirlos ya no estaba. Guardó las bolsas de la compra y se sobresaltó al escuchar los gritos de una mujer. Asomó la cabeza y divisó, al final de la calle, dos figuras que forcejeaban. La luz de una farola caía sobre el heroinómano de brazos tatuados, que tiraba del bolso de una chica delgada, de pelo largo y lacio. Elián percibía que esa situación la había vivido en el pasado y reparó en que experimentaba un déjà vu.. En ese momento, el asaltante consiguió arrebatar el bolso a la muchacha y empezó a correr. —¡Me cago en la puta que te parió! —escupió la chica. El toxicómano se giró, sacó su pistola, le apuntó al pecho y disparó. Se produjo una detonación a quemarropa y una explosión de sangre. Ella cayó de espaldas contra la acera. Elián se echó la mano a la cintura y desenfundó su arma. —¡Alto! ¡Alto! ¡Policía! ¡Alto! El criminal, alarmado, se escabulló hacia el callejón contiguo. Un muro coronado con alambre de espino le cortaba el camino. El drogadicto salvó los metros que le separaban de la tapia y se encaramó a ella de un salto. Trepó hasta la cima y se agarró a la alambrada. Miró por encima de su hombro y vio que Elián llegaba a la entrada del callejón y le apuntaba con el revólver. El delincuente tomó impulso y el metal puntiagudo se le clavó en las palmas de las manos. Se lanzó al vacío y cayó al otro lado de la cerca. El policía bajó el arma y corrió hasta el muro. Lo escaló y desde 14


la cima oteó en todas direcciones, pero solo encontró la oscuridad que se abría a una ratonera de edificios y callejas retorcidas. —¡Mierda! —Elián bajó de la tapia de un salto y corrió hasta la mujer herida, que yacía en el suelo y temblaba. Se agachó junto a ella y vio que intentaba hablar, pero la sangre, que le salía a borbotones por la boca y el pecho, la ahogaba. Elián le sujetó la cabeza por la nuca, su pelo estaba empapado de plasma espeso que se le escurría entre los dedos. Ella lo miró a los ojos, le agarró la muñeca y se estremeció por el pánico de saber que su vida terminaba, por el terror de dejar todo por hacer. Ansiaba decirle al policía que hablase con sus padres y que les dijera que los quería, que se despidiera de su novio y que le dijese que nunca se olvidase de ella. No quería morir. Quería reír y amar, sentir el mundo y un hijo en sus entrañas. Quería que su madre disipase el miedo infinito que sentía. Quería gritar «¡mamá!», como cuando era niña y temía la oscuridad. Su rostro se contrajo de pavor y su última lágrima resbaló por su pómulo como un diminuto riachuelo. Elián vio cómo sus ojos se vaciaban en un segundo. No podía apartar la vista de esa mirada sin vida. Soltó con delicadeza la cabeza de la chica y se puso de pie. Observó el cuerpo inmóvil, tendido en la acera, y le sobrevino una debilidad extrema. Levantó la vista, los colores y las formas se confundían en su retina. —¡Joder, joder, joder! —Se tapó los oídos con las manos en un intento de acallar la desesperación que taladraba su mente. De pronto, escuchó a lo lejos el lastimoso rechinar de la persiana metálica del supermercado y el caos que le abrumaba se interrumpió. Elián contempló al guardia de seguridad salir del establecimiento y acercarse a él con cautela. —¡Dios mío! ¿Pero qué ha hecho? —gritó el hombre al ver a la chica muerta. Elián tragó saliva. —Nada. No hice nada.

15


El azar no se llora Alonso Barán Capítulo1 muestra gratuita  

EL AZAR NO SE LLORA. Muestra gratuita del primer capítulo del thriller psicológico escrito por Alonso Barán.

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you