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EXOMEMORIA AUDIOVISUAL Y REDES TELEMÁTICAS (*) Dr. José Manuel Pestano Rodríguez Universidad de La Laguna. Canarias. España Mtra. Irma Amézquita Castañeda Universidad de Guadalajara. Guadalajara. México

RESUMEN Desde tiempos prehistóricos, los seres humanos parecen dotados para buscar soluciones tecnológicas a sus limitaciones. Esta capacidad del homo faber aumenta de grado cuando el hombre reconoce la importancia del conocimiento que lleva intrínseca la capacidad de saber y entender los principios naturales, sociales y técnicos que configuran el mundo en cada tiempo determinado. Desde la perspectiva de la técnica se responde a cuestiones como por qué se hacen las cosas y sobre qué base se espera que funcionen; desde el punto de vista del conocimiento científico resulta fundamental saber lo que ha sucedido y valorar su importancia en el presente para interrogar al futuro. Los depósitos de exomemoria contenidos ahora en Internet, y los que están por desarrollarse, contribuirán de manera decisiva a modelar el conocimiento que nuestra especie mantenga como relevante.

ABSTRACT Since prehistoric times, human beings seem capable to search for technological solutions to our limitations. This ability of homo faber reaches a higher degree when knowledge importance is recognized (the importance to know natural, social and technical principes that shape our world in every epoch). A technical perspective answers questions such as why are things made, and how are they supposed to work. From a scientific point of view, to value the importance of the past for sake of the present and for being able to question the future, is fundamental. The exomemory store of the Internet, and the ones to be developed, will decisively contribute to model what we see as relevant knowledge. PALABRAS CLAVE: memoria, exomemoria, información, comunicación audiovisual, Internet. KEY WORDS: memory, exomemory, information, audiovisual communication, Internet.


El término exomemoria hace referencia a un tipo de memoria externa formada por la acumulación de referentes, en distintos soportes, susceptibles de ser recuperados por cada individuo a través de su equipamiento sensorial básico. Las dimensiones de la exomemoria pueden ser locales o planetarias, y pueden afectar a un solo sujeto o a toda la especie humana. Estudiar, memorizar, recuperar, reconocer..., el ser humano encuentra rápido sus limitaciones en los ámbitos de la mente. Probablemente, nuestra capacidad individual de recordar no sea diferente de la que pueden haber tenido nuestros antecesores, y puede haberse mantenido intacta, en cuanto a cantidad de información almacenada por persona, durante cientos de años; cierto es que ahora sabemos algo más respecto a los mecanismos por los cuales se aprende y se recuerda algo, aunque también es cierto que este tema supone una frontera para todas las ciencias que practicamos los humanos. También ha quedado demostrado que no todos recordamos igual, además de suponer que existen técnicas y prácticas que inducen mayor capacidad de almacenamiento y recuperación de la información. No existen evidencias de una clara evolución en el interior de mente de la especie humana a lo largo de los últimos diez mil años, periodo por otra parte demasiado corto para evaluar un fenómeno de este tipo; de la misma forma, tampoco existe evidencia de una evolución del cerebro humano en la época histórica reciente; sólo en el último siglo se ha podido avanzar algo en el conocimiento de una estructura tan compleja como la formada por cien mil millones de neuronas (Zeki, 1995), cada una con potencial para conectarse con otras miles y una enorme plasticidad para cambiar el interconexionado. Esta situación de supuesta estabilidad biológica coexiste con el incremento sostenido e intergeneracional del conocimiento técnico y el desarrollo de tecnologías que dan lugar a materializaciones de procedimientos refinados, fruto de reflexiones y actuaciones poderosas sobre el entorno; estas realizaciones técnicas muestran los resultados de “un sistema de acciones humanas intencionalmente orientado a la transformación de objetos concretos para conseguir de forma eficiente un resultado valioso” (Quintanilla, 1989: 33). Este crecimiento no es uniforme, ni siquiera resulta homogéneo dentro de una misma sociedad sino que técnicas y tecnologías muestran arritmias y discontinuidades, además de su clásico desarrollo cronológico, con fases de descubrimiento, innovación, evolución y obsolescencia. Sin embargo, sí es posible hablar de cambios históricos y sociales a propósito del uso de la memoria. Para los miembros de una cultura oral, la capacidad de memoria es vital para transmitir conocimientos de generación en generación; por tanto, se cultiva como una


capacidad individual relevante. En cambio, la memoria oral pierde progresivamente su relevancia entre los miembros de culturas que desarrollan capacidades técnicas basadas en la lectoescritura; estas tecnologías proporcionan una forma de almacenamiento exógeno de información que libera del apremio de recordar grandes cantidades de datos, relevantes y no relevantes; el problema de recordar se desplaza de ‘qué’ información a ‘dónde’ se encuentra almancenada la información. El desarrollo de la sociedad de la información hace que aumente el tamaño de la brecha cuantitativa entre lo que puede almacenar la memoria de cada persona y el conjunto de la exomemoria electrónica. La memoria como capacidad del sujeto parece ceder su lugar a la habilidad para relacionar información significativa. Este alarmante abandono de la capacidad individual para recordar tiene evidentes réditos políticos en los modelos de planificación social basados en el desarrollismo tecnológico (García Gutiérrez, 2005). Mientras que las consecuencias sobre el patrimonio mnemónico intergeneracional están aún por evaluar, las diferentes prácticas antimemoria se materializan a través de estrategias educativas desde edades tempranas que potencian la inmediatez como referente, en las que la memoria ya no tiene lugar. Esta estrategia estructural y de fondo, se combina con tácticas más coyunturales, como la no digitalización de referencias culturales minoritarias, o la comercialización del patrimonio común de manera que se puedan derivar múltiples réditos económicos a partir de datos patrimoniales supuestamente públicos. El ser humano no tiene más remedio que enfrentarse a sus propias limitaciones utilizando mente y cerebro, estableciendo quizás nuevos enlaces neuronales y acudiendo a la imaginación creativa. Entender cómo nos servimos de la tecnología, y comprender los efectos que ésta tiene en todos nosotros, constituye una forma de evitar que los usos tecnológicos obedezcan al mito de la máquina, a esa inevitabilidad factual que acompaña al pensamiento liberal construido sobre utopías interesadas (Franquet, 2000). Para los antiguos griegos, la relación con la tecnología está marcada por el escepticismo, debido a los peligros potenciales que veían en entregarse sin moderación al uso de la técnica (Mitcham, 1989). Sin embargo, a partir del Renacimiento, occidente fue mucho más optimista respecto a la tecnología. Desde el siglo XVII surgen autores y obras relevantes que tratan de explicar los principios de actuación de la mecánica y la consecuente reacción de la naturaleza; Francis Bacon, Novum Organum (1620), Robert Boyle, Mechanical Qualities (1675), e Isaac Newton, Philosophiae naturalis Principia Mathematica (1687) constituyen antecedentes de esta filosofía incipiente sobre la técnica; a partir de Ernst Kapp, Philosophie der Technik (1877), el pensamiento acerca de la técnica y de la tecnología se


extiende en el universo occidentalcentrista de las ideas, reivindicando un espacio para las máquinas que relevan al ser humano de pesadas cargas laborales; la máquina como extensión eficiente de las limitadas posibilidades físicas del hombre. Esta consideración perdura hasta la actualidad, pero no es única, ni tan siquiera central en la reflexión sobre la tecnología, en donde otros autores, como Mumford, Ortega o Ellul proponen vías alternativas para la comprensión de la técnica desde posturas humanistas, fundamentalmente como acciones humanas para la doblegar la naturaleza o superar retos (López Cerezo; Luján, 1998); de sus ideas surge la capacidad transformadora de la tecnología sobre las personas que entran en contacto con ella. Durante todo el siglo XX se producen múltiples obras de autores que aprecian otras perspectivas en un campo fértil, que permanece abierto a nuevas aportaciones (Flichy, 1991). En Europa, encontramos a dos filósofos de la tecnología que matizan el optimismo moderno y posteriormente norteamericano: Heidegger y Habermas. Heidegger (1968) insistió en no ver a la técnica como un instrumento del ser humano, sino como un desocultamiento de la naturaleza que la transforma y nos transforma: peligro y salvación al mismo tiempo. Por su parte, Habermas (1968) señaló que las condiciones de empleo de la técnica moderna implican relaciones de dominio sobre la naturaleza o entre los seres humanos. La técnica es, en cada caso, un proyecto histórico-social en el que se traza lo que una sociedad y los intereses en ella dominantes tienen el propósito de hacer con los seres humanos y con las cosas. Como idea simple, la metáfora ‘del ser humano y sus extensiones’ resulta muy poderosa, de manera que algunos autores vuelven a ella de forma recurrente, incluso con cierto éxito mediático, caso de McLuhan, pero no suelen alcanzar gran reconocimiento en el interior de los paradigmas científicos del momento, en donde se les critica por la superficialidad de los análisis y la escasa relevancia de lo aportado. En el espacio del que disponemos aquí resulta imposible ser exhaustivo, pero podemos mostrar una breve pincelada biográfica que quizás revele la trayectoria de un siglo; éste sería el caso de Lewis Mumford, desde su inicial Técnica y civilización (1934), un análisis optimista de la tecnología considerada como un agente de cambio y prosperidad social, pasando por la intermedia

Man as Interpreter

(1950), para culminar en El mito de la máquina (1970), en el que asume influencias menos deseadas del tecnologicismo en la vida del ser humano. La reinvindicación de los artefactos tecnológicos como prótesis resulta pues posible, pero limitada. Sin dejar de reconocer la importancia de otras aportaciones más recientes, utilizamos la metáfora exomemoria como un recurso tecnológico, una suerte de almacén de


recuerdos situado en el exterior de la mente individual, que está formado por un gran número de formalizaciones de pensamientos, más o menos relevantes, fijados de alguna manera en un soporte accesible, que puede ser compartido en diferentes momentos temporales por un número amplio de individuos de la especie humana. De aquí que García Gutiérrez (2001) haya planteado la necesidad de pensar en esta memoria externa compartida de forma universal, y cómo pueden ser los procesos derivados del uso, adquisición, elección, selección, almacenamiento, identificación y recuperación de la información en la era digital. La labor documental, oculta en la mayoría de los casos, está resultando decisiva para la gestión de los fondos mnemónicos de la humanidad. En sí misma, la exomemoria no es una novedad, ni siquiera resulta exclusiva de las tecnologías infotelemáticas. Las pintura y grabados en piedra o tela, las inscripciones en tablillas de barro o papiro, el empleo del papel, el libro y posteriormente la imprenta suponen sucesivos pasos en la búsqueda de un soporte externo, compartido y útil para registrar, almacenar y recuperar información. Un proceso accidentado y complejo de varios milenios, que comenzó como un sistema de cálculo tridimensional, y que se emparenta sorprendentemente con los mecanismos de procesamiento digital de las nuevas tecnologías (Schmandt-Besserat, 1992). En este contexto de fijación se acude a sistemas de códigos que integran diferentes dimensiones expresivas; así, la dimensión verbal alfanumérica aparece junto a la dimensión icónica, a veces de forma proporcional, otras veces con asimetrías que priman una dimensión en detrimento de otra. Durante los siglos XIX y XX, la capacidad de registro amplía sus horizontes con la llegada de la fotografía primero y después del cine, medio de registro iconocinético, y el desarrollo posterior de las grabaciones magnéticas y ópticas de imágenes y sonidos. Los valores compartidos por la sociedad con respecto a los depósitos de memoria no han sido siempre homogéneos ni unívocos; demasiados ejemplos nos proporciona la historia acerca del tratamiento perverso que han recibido colecciones y bibliotecas para detenernos en ellos aquí. Pero además, el acceso a los depósitos de memoria basados en códigos alfanuméricos supone una preparación previa, larga, no sólo en competencias lectoras, sino en la preparación personal para apreciar el contenido y poderlo separar de la forma. Así lo atestigua la paulatina evolución de las capacidades de lectura a lo largo de los siglos y las diferencias existentes entre los miembros de una misma sociedad, incluso en la época actual.


Otros objetos de documentación, como los derivados de la actividad audiovisual, tampoco resultan sencillos de manejar. Desde la incorporación de los estos soportes a la actividad documental, la posibilidad de mantener registros icónicos verosímiles de segmentos temporales se ha convertido en un importante recurso para analizar, estudiar y comprender la producción de sentido y el funcionamiento mismo de diferentes sociedades. También para olvidarlas, o ignorarlas, incluso para manipular su contenido, puesto que la tecnología permite conservar sólo versiones específicas de fragmentos de realidades sólo representadas para la cámara. Ahora contamos con la posibilidad de extraer información relevante, depositarla con facilidad en múltiples soportes, de alta durabilidad potencial, y recuperarla posteriormente con eficacia, desde cualquier parte del planeta; esto supone una potencialidad de las tecnologías infotelemáticas, aún en fase de desarrollo, cuyas consecuencias no se acaban de apreciar en toda su extensión. INTERNET COMO EXOMEMORIA Desde sus orígenes, las redes infotelemáticas van a tener como objetivo principal el mantenimiento de las comunicaciones en tiempos de crisis; las antiguas calzadas, primeras redes por las que circulaba información en los imperios, dan paso a una visión reticular del territorio organizado en ramales, una malla de conexiones estratégicas desarrollada por ingenieros militares como Vauban (Mattelard, 2002: 26). La dependencia de recursos humanos expuestos y frágiles hace que la versión moderna de estas redes de información consigan transmitir información sin emplear mensajeros; incluso antes de que se apareciera la electricidad existían varios precedentes de líneas de transmisión capaces de unir largas distancias, como puede ser el caso de las líneas de telégrafo óptico desarrollado, entre otros, por el ingeniero canario Agustín de Betancourt (Otero, 2006). La red Internet supone la versión actual, civil, no militar, de esas líneas, una red que se presenta a la sociedad como un vehículo comunicativo, del que se van derivando poco a poco otras aplicaciones importantes. Una de ellas consiste en la posibilidad de registrar, almacenar y recuperar información estructurada de calidad en bases de datos multilocalizadas. La información puede gestionarse desde centros administrativos remotos, independientes físicamente de los puntos de archivo. La consulta, selección y recuperación de documentos puede ofrecerse a diferentes tipos de usuarios, que pueden acceder a estas bases de datos desde cualquier equipo informático conectado a la red. Esta gestión de la información de calidad compite con las ofertas genéricas de otro tipo de información semiestructurada o anárquica, también


presentes en la red; éstas últimas, aunque útiles, presentan dificultades de uso, puesto que no precisan acreditar procedencia o veracidad. En realidad, producir información y ubicarla en la red Internet es varias veces más fácil, incluso para un neófito, que encontrar datos auténticamente valiosos sobre un tema concreto. Sin embargo, en esto Internet tampoco es tan diferente a la memoria que utiliza una mente individual; muchos recuerdos ocupan partes de la memoria a las que rara vez se accede; el recuerdo, bajo la forma física probable de contactos neuronales sigue allí, a lo mejor esperando un olor para activarse; y puede permanecer congelado décadas. Otros recuerdos invocados para resolver una situación no resultan realmente relevantes en ese contexto determinado. Sencillamente, almacenamos información en exceso, probablemente ‘por sí acaso’. Pero entonces surgen las limitaciones: las memorias personales, situadas en cada cerebro resultan especialmente limitadas: si la información ocupa lugar, la mente puede funcionar en términos de un contador digital fi-fo, first in first out, por lo que tareas como aprender tendría límites físicos; sin pruebas irrefutables sobre esto, la naturaleza perecedera y frágil de la memoria individual precisa soportes externos confiables; además, en el ámbito de lo audiovisual, siempre queda el problema de la representación, o la forma de restitución que se da a la imagen percibida, al sonido escuchado; por lo tanto, la búsqueda que realiza la especie humana de un soporte universal desde hace tanto tiempo nos lleva a considerar algunas de las características y posibilidades de las tecnologías disponibles. Pensar en Internet como exomemoria supone asignarle la capacidad de depósito y gestión de información; desde el punto de vista físico existen limitaciones; el depósito debe existir realmente, debe situarse sobre un servidor, en algún tipo de las múltiples

memorias

electrónicas disponibles, en sus sistemas de almacenamiento...; aunque limitada, esta capacidad de uso del ciberespacio no hace sino aumentar en tamaño al tiempo que disminuye en coste por unidad de información, en un proceso que mantiene ese comportamiento de manera continua desde hace dos décadas; sea en discos de naturaleza óptica o soportes magnéticos no parece que vaya a ser un gran problema utilizar más espacio y más unidades para cubrir demandas. El tamaño de cada archivo también es importante, porque determina cuanto espacio podremos ocupar finalmente; cuando tratamos con archivos alfanuméricos el problema es sensiblemente menor que cuando nos enfrentamos a originales formados por sonidos, imágenes fijas, imágenes en movimiento o una combinación de todos los elementos anteriores. Las modernas técnicas de digitalización y compresión con pérdidas controladas permiten aceptar las soluciones actuales, y esperar que mejoren en el futuro.


Donde empiezan a aparecer dificultades comunes a todos los sistemas de almacenamiento y recuperación de información es en el acceso y la gestión de los datos: existen límites generales a procesos como registro, indexación, búsqueda, selección y recuperación de información. La utilización misma de la red, o la cantidad de usuarios que pueden acceder en un mismo momento a informaciones concretas, resultan barreras importantes que sólo se pueden superar con ingentes recursos. En el caso de contenidos audiovisuales estos problemas sencillamente se agravan. Por lo tanto, una de las cuestiones centrales de todo esto va a ser quiénes van a poder asignar recursos para construir exomemorias audiovisuales en Internet. LA MEMORIA AUDIOVISUAL EN INTERNET Existe un panorama desdibujado que muestra a duras penas cuál es la situación actual. En realidad, casi todo el trabajo está por hacer. Resulta preciso construir un conocimiento adecuado de la cartografía mnémica de la red en el ámbito audiovisual para proyectar la construcción de un sistema de exomemoria realmente significativo. Por una parte, parece evidente que en Internet encontramos muchas memorias audiovisuales, por lo que sería necesario establecer una taxonomía previa para profundizar en esta cuestión (Codina y Valle: 2001). En general, los registros suelen ser recientes, locales, poco estructurados, dispersos, indexados sólo en la propia base de datos; las actuaciones públicas de documentación se producen en países desarrollados, dando su visión selectiva del mundo; en el sector privado, la iniciativa se acomete porque se lleva a cabo también la gestión de los derechos de los registros. Incluso, determinadas políticas neoliberales permiten que entidades privadas puedan acceder a fondos públicos para digitalizar una memoria común y luego comercializarla entre los mismos que han sostenido el proceso de documentación (García Gutiérrez, 2005). Existen diferentes categorías de archivos, de sistemas de archivos, y de gestión de archivos; sitios web con archivos audiovisuales que recogen aspectos socioculturales, económicos, políticos, antropológicos, científicos de un lugar o de una zona concreta del planeta; otros con archivos genéricos y/o específicos, centrados en un área concreta; y aún hay otros que repiten las imágenes de los anteriores; desde los que ofrecen servicios de pago, hasta los que regalan sonidos e imágenes de gran calidad.


Dentro de estos esfuerzos taxonómicos, Fernández Quijada (2006) aprecia tres grandes grupos de bases de datos en función de la forma que se use para crearla y mantenerla: manual organizada, automática organizada y manual voluntaria. El primer caso utiliza determinadas fuentes y personas para ‘subir’ datos a la base; el segundo caso emplea la potencialidad de las redes para explorarlas y construir nuevas conexiones con información sobre la información; el tercer caso corresponde a grupos de personas que construyen los datos a partir del interés propio en dar a conocer esa información (Fernández Quijada, 2006). Pero, además, en muchos casos la información no relevante, redundante o de baja calidad, suele enmascarar a la información cualificada en términos numéricos que pueden superar varios órdenes de magnitud; las herramientas para realizar búsquedas selectivas se convierten entonces en centrales hasta el punto de dar lugar a servicios especializados de búsqueda específica, bases de datos de búsquedas e indexación de contenidos audiovisuales, en detrimento de otras formas de localización de información asociadas a los grandes buscadores. Pero, ¿existen demandas de los usuarios respecto a este tipo de archivos? Comenzaremos por un extremo. El lado oscuro de Internet ofrece una ingente cantidad de archivos audiovisuales obtenidos por procedimientos fraudulentos, procesados específicamente para someterlos a altas compresiones que permitan su descarga a través de redes de media y alta velocidad. Sin que la piratería sea una actividad nueva, esta variante sorprende por el volumen de tráfico que soporta, y porque a partir de un beneficio mínimo para el promotor y para el usuario final se produce un impacto económico negativo sobre los productores; sin embargo, está por ver cual es el daño real que estas actividades originan en las industrias culturales que producen contenidos, porque muchos datos disponibles y su interpretación proceden de fuentes claramente interesadas; pero sí resulta significativo que la actividad más intensiva de utilización de sonidos e imágenes en la red pase por el uso de estrategias como el blindaje que proporciona el préstamo entre pares de un producto cultural, como ocurre en el caso de las comunidades peer to peer; los servidores asociados a este tipo de organización virtual permiten acceder a las últimas novedades fílmicas, musicales o a las producciones del sector de los videojuegos. Este lado oscuro de Internet también nos da una pista. Cualquiera puede plantear el sistema de exomemoria audiovisual que desee, pero si quiere mantenerlo en el tiempo parece inevitable contar con fuentes de financiación no directa. Conviene estudiar usos y usuarios


de las redes porque “la característica más notable de la relación entre sistema y usuario es el intercambio. Los usuarios son los que en realidad interactúan y mueven Internet” (Moreiro, 2000: 35). Estos estudios permitirán determinar como intercambiar información relevante con millones de internautas reticentes ante los elevados peajes telefónicos o la imposición de un canon. Además de estos usos de las redes aparecen otros más declarables, e incluso mucho más formales. A la necesidad genérica de saber algo se añaden consultas específicas que se producen en la investigación científica, el conocimiento técnico y la docencia. Esto irá unido al estudio del cambio estructural del los sistemas docentes respecto a un desplazamiento de la educación desde la centralidad del conocimiento dirigido, a la búsqueda y gestión de ese conocimiento (Foncuberta, 2003). Sin embargo, la herencia audiovisual, producida en tiempos pasados es de tal importancia que no podemos renunciar a los sonidos e imágenes que reflejan lo que han sido y son sociedades enteras. Es decir, sólo la conservación del material es en sí mismo suficiente justificación para actuar de manera decisiva; en los países occidentalcentristas,

y

en

ellos

algunos

especialmente

sensibles

o

simplemente

desarrollados, ésta es una cuestión que no admite dudas en cuanto a la forma pero sí en cuanto al fondo. Una de las dimensiones del problema que se olvida con frecuencia es como la conservación de una exomemoria audiovisual relevante contribuye a superar la brecha centro periferia; la tendencia a conservar sólo el centro, dadas las dificultades propias de la periferia, no hacen sino aumentar las diferencias entre ‘ricos’ y ‘pobres’ en representación audiovisual. Mientras tanto, en muchos otros países los archivos fílmicos, cuando los hay, se encuentran en estado penoso, no existen bases de datos sobre la producción nacional ni registros estadísticos de sus industrias culturales y no resulta posible encontrar documentos visuales y sonoros históricos, ni en los medios productores, ni por supuesto, en la red. Para esos países, y para la humanidad, su memoria audiovisual sencillamente o no existe, o está perdida. ACCESO DEMOCRÁTICO A REGISTROS ICÓNICOS UNIVERSALES Para que la memoria audiovisual de Internet sea realmente una exomemoria propia de una sociedad orientada al conocimiento se precisan una serie de requisitos.


En primer lugar destaca la toma de conciencia de la necesidad. Así como la captación de la imagen fotográfica abre el debate sobre el rol de la fotografía en la investigación científica y en el caso de la antropología reclama su estatus -ciencia, arte, técnica- (Ardèvol, 2001), en el proyecto de exomemoria audiovisual se necesita un colectivo unificado en torno a la idea de comunidad del conocimiento que sea capaz de vehicular esta idea hasta los públicos capaces de reconocer su importancia, organizarse y actuar. Se trataría por lo tanto de comunidades nootrópicas, que utilizarían nootecnologías; con este término. Sáez Vacas (2001) se refiere a “la tecnología organizacional e instrumental necesaria para responder adecuadamente a los problemas sociales derivados de la adquisición, depósito y gestión de los conocimientos actuales y futuros”. El problema asociado a una exomemoria de sonidos e imágenes se extiende a todos los productos independientes y a las propias industrias culturales. En el ámbito alfanumérico, la digitalización de millones de ejemplares de libros propuesta por Google ha hecho moverse inquieto al sector editorial, poco preocupado después del escaso éxito que han tenido las anteriores iniciativas públicas y las privadas sin ánimo de lucro. La timidez con la que se acogió la llegada del libro digital no estaba a la altura de las nootecnologías disponibles; estos medios tecnológicos podrían evolucionar con facilidad hacia bibliotecas virtuales, públicas, dirigidas a construir un gran almacén virtual de conocimientos (Prado, 1997). Según Raymod Colle, en las universidades se plantea ahora la presencia de estos objetos propios de información-conocimiento en el diseño de sistemas que admitan estas sustancias como combustible. La respuesta universitaria parece raquítica: adopción de las tecnologías infotelemáticas, docencia a través de Internet, pero sin llegar a una auténtica estrategia de actualización del conocimiento que lleve a una nueva concepción de la universidad (Colle, 2003). Desde el punto de vista técnico, parece importante unificar el trabajo realizado en torno a los abundantes lenguajes de codificación que sirvan para la identificación, conservación y recuperación de textos audiovisuales, y en la gestión de soportes, fundamentalmente para la información, una tarea que valga también para la investigación audiovisual; esto va a introducir cambios estructurales en el quehacer de los documentalistas y sus repercusiones se van a extender a los usuarios que contribuyen a ingresar o consumir información (Saintville, 1999). El sector de la infotelemática va a seguir evolucionando, quizás no con la velocidad anterior, pero sí en términos de hardware dedicado y de software cada vez más eficiente; a esto se añade el previsible incremento en las velocidades de acceso; por lo


tanto, resulta previsible la mejora en los sistemas de captación, almacenamiento y recuperación de contenidos audiovisuales; el problema quizás se encuentra en la previsible obsolescencia de los formatos y en las dificultades para la transformación de los documentos analógicos en digitales. Si nadie interviene tampoco se aminorará la brecha entre ricos y pobres en información; Internet continua siendo una globalidad fuertemente asimétrica; de esta manera, los países más poderosos seguirán contando con mayor ancho de banda, más servicios y servidores más rápidos; a ellos se dirigirán la mayoría de las consultas y de ellos se utilizará la mayor parte de la información, construida y suministrada según sus propios criterios económicos y sociopolíticos. La brecha y la asimetría también están presentes en el interior de países, supuestamente privilegiados; frecuentemente, políticas insolidarias, prepotentes, o insensibles, producen desigualdades entre sectores sociales o zonas geográficas que corresponden a diferentes puntos del binomio centroperiferia; en el universo de las redes esta situación podría evitarse mejorando y multiplicando los sistemas y las velocidades de conexión. El ser humano parece dotado para buscar soluciones tecnológicas a sus limitaciones. Esta capacidad aumenta de grado cuando se reconoce la importancia de la transmisión cultural que supone acceder al conocimiento de los principios naturales, sociales y técnicos que configuran el mundo en cada tiempo determinado. El uso de las redes telemáticas supone una posibilidad más, con potencialidades diferentes y características específicas. A partir de la digitalización de la memoria de la especie surgen preguntas acerca de quién y con qué criterios va a poder almacenar información, supuestamente relevante, y quién y con qué medios, va a poder recurperarla. Porque sin ninguna duda, los depósitos de exomemoria contenidos ahora en Internet, y los que están por desarrollar, contribuirán de manera decisiva a modelar el conocimiento que nuestra especie mantenga como relevante.

(*) Artículo desarrollado a partir de la comunicación ‘Exomemoria e Internet. Un proyecto necesario’ presentada a la V Bienal de la Comunicación celebrada en el Instituto Tecnológico de Monterrey, México, en septiembre de 2005.


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José Manuel Pestano Rodríguez jpestano@ull.es Doctor en Ciencias de la Información, es docente e investigador en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna. Ha participado en varios trabajos de investigación relacionados con las tecnologías de comunicación y es autor de artículos y libros sobre esta dimensión de los medios y especialista en producción audiovisual. Irma Amézquita Castañeda irma@cuci.udg.mx Maestra en Comunicación con especialidad en difusión de la ciencia y la cultura, es profesora-investigadora de la Universidad de Guadalajara, Centro Regional Ciénega. Colaboró con el Dr. Jesús Martín-Barbero en un proyecto de investigación sobre el uso y apropiación de las nuevas tecnologías por parte de los jóvenes.

EXOMEMORIA E INTERNET  

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