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Presidenta de la Nación
 Dra. Cristina Fernández de Kirchner Jefatura de Gabinete
 Dr. Juan Manuel Abal Medina

Ministro de Educación
 Prof. Alberto Sileoni Secretaría de Educación
 Lic. Jaime Perczyk Jefatura de Asesores de Gabinete del Sr. Ministro A.S. Pablo Urquiza Instituto Nacional de Formación Docente
 Directora Ejecutiva Lic. Verónica Piovani Coordinación Nacional de Tecnicaturas Superiores Sociales y Humanísticas Lic. Gustavo Wansidler


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Postítulo Pedagogía y Educación Social Problemáticas Socioculturales Ignacio Amatriain


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Instituto Nacional de Formación Docente Directora Ejecutiva Lic. Verónica Piovani Tecnicaturas Superiores Sociales y Humanísticas Coordinador Nacional Lic. Gustavo Wansidler Área de Fortalecimiento Institucional Responsable Prof. Valeria Frejtman Línea de Desarrollo Profesional Responsable Esp. Marcela Browne Postítulo en Pedagogía y Educación Social Responsable General Esp. Marcela Browne Responsables Pedagógicas Lic. Marianela Giovannini Dra. Alicia Villa Entorno virtual de enseñanza y aprendizaje Asistente técnico pedagógico Lic. Alejandro Alfonso Módulo Problemáticas Socioculturales Autor Mg. Ignacio Amatriain Edición y diagramación Trad. Vanesa Frejtman Diseño Gráfico Dg. Natalia Gloverdans


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Indice INTRODUCCIÓN Y OBJETIVOS

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CAPÍTULO 1. La cuestión de lo “social”

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1.1. Paradojas y tensiones del contrato social liberal

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1.2. Estratificación social y clases sociales

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1.2.1. Capitalismo y lucha de clases

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1.2.2. Crisis de entreguerras, reformas de posguerra y nueva ciudadanía social

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1.2.3. Nuevas demandas sociales y “deconstruc- 16 ción” teórico-filosófica de las clases 1.2.4. La formulación de Pierre Bourdieu: espacio social multidimensional y habitus de clase

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1.2.5. Mutación histórica, posfordismo y sociedad postsalarial: “Adiós al proletariado”

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1.2.6. “Nueva cuestión social” y redefinición de la pobreza

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CAPÍTULO 2. Evolución histórica de la cuestión 32 social en la Argentina 2.1. Emergencia de la cuestión social en el siglo XIX 33 2.1.1. Modelo agroexportador. Dominio territorial 33 y violencia fundacional del Estado-Nación 2.1.2. La cuestión social en las ciudades: el mie- 36 do a las epidemias físicas y morales 2.1.3. Protopolítica científica y medicalización: el 38 par normal-patológico 2.2. La sociedad de masas y el Estado de bienestar 42 2.2.1. Crisis del liberalismo, auge del nacionalis- 43 mo y sustitución de importaciones 2.2.2. El peronismo y el Estado de bienestar

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2.2.3. El ascenso y la doble moral de las clases medias

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2.2.4. El fantasma del peronismo: “la pequeña burguesía en el purgatorio”

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CAPÍTULO 3. Globalización y neoliberalismo

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3.1. Crisis y mutación hacia un capitalismo mundial integrado

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3.1.1. Crisis de acumulación y de hegemonía del capital

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3.1.2. El embate del neoconservadurismo

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3.2. El neoliberalismo y la “globalización” del capital financiero

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3.2.1. El “Consenso de Washington” y el neoliberalismo

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3.2.2. América Latina: laboratorio de experimentación neoliberal

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CAPÍTULO 4. La nueva cuestión social y la po- 74 breza 4.1. Nueva sociedad, nueva cuestión social

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4.1.1. “Neodecisionismo” del Estado y transición del pacto de unión al “consenso por apatía”

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4.1.2. Desintegración de la solidaridad social e individualismo

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4.1.3. Reflexividad: prácticas expresivo-estéticas y consumos de las clases medias

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4.1.4. La “opacidad” de lo social: empobrecimiento y heterogeneidad de trayectorias

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4.2. Las políticas de la pobreza

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4.2.1. La definición del “pobre”

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4.2.2. Otros términos: “desarrollo humano” y “capital social”

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4.2.3. Modelos de política social: focalización y 101 universalización Por razones estrictamente gramaticales y para facilitar la lectura, en este Módulo usaremos el género masculino para referirnos tanto a varones como a mujeres.


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Introducción

Objetivos

Las sociedades modernas y contemporáneas se caracterizan por una complejidad y dinamismo inéditos en la historia humana, transformadas por el advenimiento del capitalismo, los Estados burocráticos, las comunicaciones globales y las tensiones de la vida urbana. Uno de los problemas transversales a la economía, la política y la cultura modernas es lo que llamamos “cuestión social”: la tensión entre los ideales de la democracia y las desigualdades propias del capitalismo. También vemos realizarse hoy el proyecto original de la modernidad: una cultura verdaderamente universal, producto de la “globalización” de las industrias culturales y los medios de comunicación masivos, y signada a la vez por nuevas formas de diversidad cultural. En este módulo, con perspectiva histórica y foco en la contemporaneidad, atendiendo procesos globales sin perder de vista las particularidades de la realidad argentina, ordenamos diversos aportes teóricos en torno del eje planteado de la cuestión social, problemática aún determinante para la vida moderna e ineludible en particular para analizar el marco en que se desenvuelven las instituciones y el trabajo en el campo de la educación. Un antecedente de este trabajo es el módulo coordinado por la Dra. Susana Murillo junto con las sociólogas Paula Aguilar y Ana Grondona, llevado a cabo en el año 2007 como material de capacitación para el área de Tecnicaturas Sociales y Humanísticas y que finalmente permaneció inédito. Debe señalarse la deuda con aquél trabajo (incluido entre la bibliografía de apoyo para el trabajo con el presente módulo), del que se procuró retomar varios conceptos teóricos y lineamientos temáticos incluyendo citas textuales, y que serán abordados en esta ocasión aquí de modo más sintético junto con el desarrollo de otros nuevos enfoques y problemáticas.

El objetivo general es brindar herramientas de análisis para comprender la significación y relieve de “lo social”, como realidad y problemática en sí misma y dimensión de análisis que atraviesa todos los demás aspectos y dimensiones de análisis de la vida moderna. Se procurará desarrollar una sensibilidad para captar dichos factores de lo social (y su relación con lo cultural, lo político, lo económico) en el análisis de cualquier fenómeno, y en particular en la interpretación y diagnóstico en el ámbito educativo y las prácticas pedagógicas.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS • Establecer las características definitorias y los orígenes históricos concretos de la llamada “cuestión social”. Comprender su influencia en la historia moderna y reciente, tanto a nivel mundial, como en particular para apreciar acontecimientos de la historia argentina (los proyectos decimonónicos de Nación, el radicalismo, los modelos agroexportador y de industrialización sustitutiva, el peronismo, la sucesión de regímenes militares, etc.) • Entender las formas generales de expresión de las disputas de poder en la sociedad, y en particular la relación tensa entre las lógicas e intereses de lo “público” y lo “privado”; es decir, el balance entre los márgenes de intervención de las políticas públicas estatales y la lógica económica liberal del mercado. Apreciar críticamente bajo esta luz el impacto de los discursos y las políticas del “neoliberalismo” en nuestro país y nuestra región. • Distinguir las formas y dimensiones de la desigualdad (social, económica, cultural), y conocer los distintos factores y discernir críticamente los discursos que caracterizan hoy en día los fenómenos de la “pobreza” y de la “exclusión”, la “vulnerabilidad” social, etc. • Clarificar el sentido de las dimensiones de “lo lo-


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cal” y “lo global”, transversales a todo fenómeno o proceso sociocultural. En particular, comprender el relieve de la llamada “globalización” como aspecto definitorio de la contemporaneidad (y aun antes, del propio proceso de la modernidad), apreciando críticamente los discursos sobre ella, y cómo se expresa en los planos de la economía y el comercio, de la sociedad y las migraciones, de la cultura y las comunicaciones, de la producción de conocimiento, etc. • Interiorizarse en las discusiones y corrientes teóricas más importantes, en el campo de las ciencias sociales y el análisis sociológico, y en otros campos afines como la ciencia política y los estudios culturales. • Leer críticamente los discursos sobre lo social, lo político y lo cultural, que circulan en documentos oficiales e institucionales, en medios de prensa, en el ámbito educativo, en la fundamentación de políticas públicas, en el sentido común, etc. • Desarrollar una capacidad de diagnóstico sobre problemáticas socioculturales concretas, utilizando las herramientas teóricas y la información adquiridos en el curso. Ser capaz de formular y plasmar dichos análisis y diagnósticos en una producción escrita y un discurso articulado, para la fundamentación de proyectos y prácticas pedagógicas. • En particular, poder trasladar la comprensión de las problemáticas socioculturales, para la percepción de las características y condicionamientos en concreto del ámbito educativo: las características sociológicas de la población (alumnos, docentes, autoridades), las formas de desigualdad y de diversidad en su seno, las lógicas institucionales y políticas, las formas de ejercicio del poder y construcción de autoridad, los modos de formulación y circulación de discursos y saberes, la relación entre conocimiento escolar-académico y el conocimiento y prejuicios del sentido común, etc.

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Capítulo 1

La cuestión de lo “social” 1.1. Paradojas y tensiones del contrato social liberal 1.2. Estratificación social y clases sociales

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l concepto de lo “social”, término integrado a nuestro lenguaje más cotidiano con una vasta amplitud de sentidos, tuvo un significado y origen histórico precisos. Difundido durante el siglo XIX en el contexto de los nuevos conflictos de la vida urbana moderna y, en particular, las crecientes demandas de derechos de los trabajadores, designó la progresiva contradicción entre los ideales y principios igualitarios abstractos del contractualismo liberal y la realidad concreta de la desigualdad y la pobreza reproducidos por el naciente capitalismo industrial.


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1.1. Paradojas y E tensiones del contrato social liberal

l ideario político liberal heredado de la Revolución francesa, inspiración hasta hoy de los más básicos principios políticos de nuestras democracias, se basó en la consabida tríada de valores de “libertad, igualdad y fraternidad”. En el plano de la filosofía política, el marco de inteligibilidad y legitimación de los nuevos regímenes políticos lo brindó el contractualismo: el relato y premisa de un mítico pacto originario o “contrato social”, fundante a la vez tanto de la soberanía del pueblo, como del vínculo de representación por el que se transfiere el poder al gobernante (en este relato se basan y conviven en tensión los valores y tradiciones políticas del liberalismo y la democracia1). En otros términos, dicho contrato social instituye la relación vis-à-vis entre las instancias separadas de la sociedad civil y el Estado modernos. Este proceso consagró una peculiar idea del Derecho y de la Ciudadanía. El Derecho se basa en la idea de una ley universal, un régimen jurídico cuya abstracción y formalidad suponía y confirmaba la idea de una racionalidad universal (ínsita también en la propia idea ilustrada del Sujeto racional que la fundaba) y a los gobernantes como meros ejecutores neutrales de la misma. La Ciudadanía asimismo se basa en el reconocimiento para todos los miembros de la comunidad política de ciertos derechos: vida, libertad, seguridad, propiedad (según la doctrina del “iusnaturalismo”, atributos naturales del ser humano, universales, previos y por ende superiores o independientes de su institución jurídico-política). El Estado y la ley aparecen así como una instancia trascendente, representante de una posición universalista y neutral respecto del particularismo de la pugna de intereses en la sociedad civil.

1 • Es necesario destacar las variantes intrínsecas de la tradición contractualista, en particular sus dos exponentes más destacados, el inglés Thomas Hobbes (1588-1679) y el francés Jean Jacques Rousseau (1713-1788). En su obra Leviatán (2003), Hobbes se basa en una antropología esencialmente individualista negativa (“el hombre es el lobo del hombre”), y el pacto es la respuesta aterrorizada en procura de seguridad que aliena la soberanía de los individuos en la sujeción al poder absoluto del Estado-Leviatán. El relato de Rousseau, en su magnus opus El contrato social, se funda por el contrario en una concepción humanista positiva (“el buen salvaje”), y enfatiza la voluntad y soberanía del pueblo como prioritaria e irrevocable. Puede decirse grosso modo que Hobbes y Rousseau fundan respectivamente, por un lado, el ideario liberal, y por otro, el democrático y también el socialista. Liberalismo y democracia, constituyen pues dos tradiciones diferentes, aunque histórica e íntimamente entrelazadas; así como lo han sido también, correlativamente, las muy distintas ideas de “libertad” e “igualdad”, aunadas en un mismo grito por la Revolución francesa (Bobbio, 1993). “La doctrina de la soberanía popular no debe ser confundida con la doctrina contractualista, tanto porque la doctrina contractualista no siempre ha tenido resultados democráticos (piénsese en Hobbes, a manera de ejemplo, pero no se olvide a Kant, que es contractualista, pero no democrático), [...] así también no todo el democraticismo es contractualista. Por cierto, [...] teoría de la soberanía popular y teoría del contrato social están estrechamente conectadas, al menos por dos razones: el populus, concebido como universitas civium, es en su origen el producto de un acuerdo (el llamado pactum societatis); una vez constituido el pueblo, la institución del gobierno, sean cuales fueren las modalidades de la transmisión del poder, total o parcial, definitiva o temporal, irrevocable o revocable, se produce en la forma propia del contrato (el llamado pactum subiectionis). A través de la teoría de la soberanía popular la teoría del contractualismo entra con pleno derecho en la tradición del pensamiento democrático moderno” (Bobbio, 1981: 444).


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El “Leviatán”, monstruo bíblico con que Hobbes bautizó y representó el nuevo orden político moderno. En la ilustración original de tapa del libro, el Leviatán posee en su interior la fuerza de los miembros del pueblo que lo componen y de los que emerge la soberanía. A la vez, constituye una única entidad soberana, un gigante que posee en sus manos los fundamentos del poder público: el cetro de la ley y la violencia de la espada. El Estado aparece aquí como una instancia fundada en el contrato social, pero a la vez es trascendente, está por encima de la sociedad civil. La tierra y la ciudad a sus pies. Leviatán es el dueño y garante del orden, de la seguridad y de la propiedad privada.

En este relato de armoniosa racionalidad, conviven sin embargo varias paradojas y contradicciones. En primer lugar, la paradoja lógica insinuada por Rousseau y no resuelta por los contractualistas, por la que los hombres deben enajenar su libertad al Estado para permanecer libres; es decir, una libre autoenajenación de la libertad, a una entidad estatal per se inexistente antes de dicho acto de enajenación. En el mismo sentido, los derechos son considerados naturales, pero a la vez se realizan solamente en su efectiva garantía y vigilancia por parte del poder político. Estas paradojas se vuelven al fin especialmente evidentes en el ejercicio del Estado como garante de la propiedad: “La cuestión social emerge pues el Estado es, paradojalmente, quien está por encima de los intereses de los propietarios y quien a la vez los garantiza. Él es quien al tiempo que garantiza la propiedad privada como derecho natural, debe garantizar también el igual acceso a los bienes a todos los ciudadanos. Lo anterior conduce a que en los hechos libertad y propiedad entren en colisión” (Murillo, Grondona y Aguilar, 2007: 4).

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La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, es uno de los documentos fundamentales de la Revolución francesa de 1789, que decreta la universalidad de los derechos personales y colectivos: libertad, propiedad, seguridad, y resistencia a la opresión. Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

I. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos. Las distinciones civiles sólo podrán fundarse en la utilidad pública. II. La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. III. La fuente de toda soberanía reside esencialmente en la Nación; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella. IV. La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos. Estos límites sólo pueden ser determinados por la ley. V. La ley sólo puede prohibir las acciones que son perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no puede ser impedido. Nadie puede verse obligado a aquello que la ley no ordena. [...] (se reproducen sólo los primeros cinco artículos)


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Estas contradicciones intrínsecas al discurso político, atravesaban asimismo la realidad efectiva, con las crecientes protestas de la clase obrera por el derecho al trabajo, y la escalada de eventos revolucionarios y traumáticos que convulsionó la historia del siglo XIX. La Comuna de París en 1848 y en 1871, y la temprana Revolución mexicana en América Latina, pusieron de manifiesto, según el recomendable análisis específico del francés Jacques Donzelot (2007), una “fractura del derecho”, la contradicción entre sus principios esenciales, “libertad” e “igualdad”: la primera aparece de modo negativo y egoísta (libertad individual limitada a no afectar a los demás), resulta ser fundamentalmente la libertad de los propietarios; la segunda aparece como una abstracción, cuando el imperio de la ley por sobre los propietarios presupone las diferencias patrimoniales entre los mismos, y no se estipulan vías jurídicas que garanticen un efectivo disfrute universal e igualitario de la propiedad para todos los ciudadanos. Es decir, se trata del contraste insalvable entre la igualdad abstracta y la desigualdad real concreta.

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1.2. Estratificación L social y clases sociales

a idea de una desigualdad social estructurada se halla muy naturalizada, expresada en el concepto corriente de “estratificación social” que, en sentido lato y estricto, supone pensar de modo muy general un orden de diferenciación social de grupos horizontales como estratos, de modo jerárquico y vertical. Ello se ha plasmado históricamente en las formas de castas, estamentos y clases sociales (por principios religiosos, adscripción por nacimiento, títulos de nobleza, regulaciones estatal-legales, atributos socio-económicos, división del trabajo, etc.). El concepto de “clase social” corresponde específicamente a las formaciones sociales capitalistas. Un debate epistemológico clásico en las ciencias sociales es la pregunta por el estatuto de verdad y la realidad de sus constructos teóricos. Concretamente: si las únicas entidades reales o, digamos, empíricamente observables son los individuos y sus relaciones, entonces, la clasificación de grupos como las clases sociales ¿existen más allá de su definición en el papel? Podemos responder rápidamente que las clases son construcciones teóricas pero se basan en procesos efectivos de diferenciación social y dialécticamente participan de dicha realidad social. Las clasificaciones e imaginarios y consignas clasistas se filtran en el sentido común y “encarnan” en los sujetos orientando sus prácticas y direccionando las políticas de grupos e instituciones, factor subjetivo que revierte pues o constituye siempre la propia realidad social. A continuación veamos algunas importantes teorías sobre la cuestión de la estratificación social y las clases sociales en el capitalismo, tomando como punto de partida el clásico planteo de Marx, para luego ver la reformulación bourdieuana y el debate actual sobre las clases sociales.


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1.2.1. Capitalismo y lucha de clases

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a obra del filósofo alemán Karl Marx (1818-1883) constituyó el marco teórico más influyente para el análisis del capitalismo y la “lucha de clases”: el paradigma del “materialismo histórico”. En la tradición marxista (que refiere tanto a la obra de Marx como a las múltiples exégesis y reelaboraciones de sus seguidores, incluso las versiones a veces simplificadas del llamado “marxismo ortodoxo” soviético), la distinción antes planteada entre clases teóricas “en el papel” y clases reales o movilizadas se tradujo en el dilema teórico-político de la distinción entre clases “en sí” y “para sí”. Las clases en sí o a nivel estructural se definen por la propiedad o no de los medios de producción, que tendería a resumir las divisiones sociales al enfrentamiento entre burguesía y proletariado. Esta situación objetiva configuraba todas las condiciones materiales de existencia y la pertenencia de ambas clases a verdaderos “mundos” socioeconómicos (y aun culturales) radicalmente diferentes y distantes entre sí2.

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Germinal (Francia, 1993). Dirección: Claude Berry. Basada en la clásica novela homónima de Émile Zola.

La política liberal y la sanción jurídica de la propiedad privada y el proceso de “acumulación originaria” de patrimonio y medios de producción por parte de las clases dominantes en los orígenes del capita-

lismo sientan las bases del nuevo régimen de acumulación y de la antedicha división social. Pero el orden de clases sociales sólo deviene real y con fuerza sobre la vida de los sujetos al pasar de la “subsunción formal” o jurídica (libertad de la fuerza de trabajo para venderse al mercado) a la “subsunción real” del trabajo en su forma específicamente capitalista3: su disciplinamiento en la industria, donde el trabajador repite operaciones parciales convertido en apéndice de la máquina, perdiendo el conocimiento pleno y el dominio del proceso productivo4.

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El Manifiesto del Par tido Comunista “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases”. Con esta sentencia lacónica y contundente, Marx y Engels comienzan el primer capítulo del texto encargado por la Liga de los Comunistas para 1848, uno de los tratados políticos más influyentes de toda la historia. “Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”. La burguesía tiene un rol histórico verdaderamente revolucionario, pues "no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social". El ímpetu con que la burguesía empuja el desarrollo de las fuerzas productivas, se topará

2 • “Las condiciones de vida de los diferentes burgueses o vecinos de los burgos o ciudades, empujadas por su oposición a las relaciones existentes o por el tipo de trabajo que ello imponía, convertíanse al mismo tiempo en condiciones comunes a todos ellos e independientes de cada individuo [...]. Al entrar en contacto unas ciudades con otras, estas condiciones comunes se desarrollaron hasta convertirse en condiciones de clase. Idénticas condiciones, idénticas antítesis e idénticos intereses tenían necesariamente que provocar en todas partes, muy a grandes rasgos, idénticas costumbres” (Marx y Engels, 1985: 60, la cursiva es nuestra). 3 • “La cooperación, esta fuerza productiva del trabajo social, se presenta como una fuerza productiva del capital, no del trabajo” (Marx, 2005: 22). 4• Así “no basta con el desarrollo tecnológico sino que el ordenamiento legal debe posibilitar la existencia de trabajadores libres que ofrezcan su fuerza de trabajo en el mercado, de ahí la importancia de la Revolución francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano que cimentaron los derechos de ciudadanía política, frente a las limitaciones de la esclavitud o el vasallaje. Todo este proceso fue acompañado con la expansión de la escolarización primaria y de políticas centradas en el control de las familias como forma de capacitar a la fuerza de trabajo y de incorporar valores culturales ligados a la moral, al trabajo y a la responsabilidad” (Murillo et al., 2007: 2).


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y forzará al fin los límites de las propias relaciones sociales de producción burguesas. "Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía". Más aún, el capitalismo engendra a su propio sepulturero: el proletariado, cuya revolución significará la emancipación humana universal. "Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás. [...] Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial" (Marx y Engels, 1932). Esta división estructural entre clases a la vez debía condicionar (pero podría o no “determinar”, he ahí la cuestión) el antagonismo o lucha de clases, y de ahí el imperativo de la revolución (liberación del proletariado que ulteriormente sería la emancipación respecto del capital de la humanidad toda). Pero he aquí que las condiciones materiales de vida y situaciones objetivas comunes (no-propiedad, explotación laboral, pauperismo, barrios y culturas obreras) habilitaban pero no garantizaban la efectiva identi-

dad grupal y organización del proletariado para la revolución. El ajuste de esa brecha entre clase “en sí” y “para sí”, el dichoso problema del despertar de la “conciencia de clase”, era una conquista siempre pendiente en el plano de la ideología y la labor de organización y lucha política5. La política del socialismo y el comunismo, en adelante, también quedaría de este modo permanentemente condicionada por el dilema entre “reformismo” y “revolución”: la cuestión de si las conquistas de derechos políticos y sociales por la clase obrera son un avance hacia la transformación radical de la sociedad o, por el contrario, un retroceso en la conciencia de clase y un engaño o estrategia de captación de la clase dominante para evitar la revolución. Esta discusión se actualizaría especialmente en el siglo XX con la integración de los trabajadores en la economía fordista y el Estado de bienestar y el apogeo hacia mediados de siglo XX de partidos y regímenes políticos conducidos por la social-democracia.

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• El cómic del francés Jacques Tardi, El grito del pueblo, sobre los sucesos de la Comuna de París de 1971. Disponible en: http://www. normaeditorial.com/libros_img/01203436101_g.jpg

• El cuadro Manifestación (1934) del argentino Antonio Berni, que muestra la muchedumbre multicolor de inmigrantes y trabajadores en plena ebullición de la cuestión social en nuestro país. Disponible en: http://coleccion.educ.ar/ coleccion/CD5/contenidos/img/bernichicos/pop/ bg02_11.jpg • Una escena de Tiempos modernos de Chaplin, representación paradigmática de la alienación y las luchas del trabajador fabril. Disponible en: http://3.bp.blogspot.com/-NtFSFpwyCw4/

5 • “Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues de otro modo ellos mismos se enfrentan los unos con los otros, hostilmente, en el plano de la competencia” (Marx y Engels, 1985: 61, citado en Murillo et al., 2007: 3).


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UKiWYTl27vI/AAAAAAAABBI/1HUXOJh4U2U/ s1600/tiempos+modernos+Chaplin.jpg La nota común en todas es el protagonismo de las “masas”, un fenómeno históricamente novedoso, que funda la representación de la cuestión social moderna.

1.2.2. Crisis de entreguerras, reformas de posguerra y nueva ciudadanía social

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l mundo sobre el que pensaron los autores clásicos de la sociología fue trastocado por la sucesión de las dos guerras mundiales de 1914-18 y 1939-45, la revolución rusa en 1917 y el auge del socialismo, la crisis económica de 1929, la emergencia del fascismo y el nazismo. Estos eventos tendieron un manto sombrío sobre las ilusiones de progreso de la modernidad decimonónica y el optimismo burgués de la belle époque. En las humanidades se entreveía una suerte de crisis civilizatoria y comenzaría a hablarse de la “decadencia de occidente” y de un “malestar en la cultura”, a la vez que se prendían nuevas luces de alerta en torno de la cuestión social. En EEUU, tras el crac de la bolsa de Nueva York en 1929 y la posterior depresión y desempleo crecientes, el presidente Franklin D. Roosevelt auspició el llamado New Deal, un conjunto de medidas de reforma financiera y bancaria, promoción industrial y agrícola, ayudas sociales y a desempleados, así como la legalización y fortalecimiento de los sindicatos y acuerdos de mejora laboral y aumento salarial y del consumo que redundó en una mejor distribución social del ingreso. Ello supuso un fuerte intervencionismo del Estado para la reactivación de la economía, atribuido en especial a las ideas del economista

John Maynard Keynes (1883-1946). Y a la vez, es importante señalar, que tuvo también especial éxito para instituir una solución política de la cuestión social, conjurando la tentación de las clases subalternas por la revuelta y el fantasma del comunismo. Tras la segunda guerra mundial, la reconstrucción de Europa se dio a través de un conjunto de políticas en lo que se denominó Plan Marshall (oficialmente, European Recovery Program). La base material fue la asistencia financiera y la promoción de la integración económica y el libre mercado. Y en el marco de la Guerra Fría, la estratégica contención del avance del comunismo se basó en el sostén de regímenes democráticos liberales y políticas de seguridad universal que redefinieron la cuestión social a través de una ampliación de derechos de la ciudadanía. La primera formulación teórica sistemática se debe al británico Thomas H. Marshall en una conferencia de 1949 editada con el título de Ciudadanía y clase social (1997). La ciudadanía es concebida como un proceso histórico de progresiva adquisición de derechos: en primer lugar, los derechos civiles, relativos a las libertades básicas individuales; luego, los políticos, con la participación en el poder por votación; y finalmente, el “elemento social”, que el autor define como “todo el espectro desde el derecho a un mínimo de bienestar económico y seguridad al derecho a participar del patrimonio social y a vivir la vida de un ser civilizado conforme a los estándares corrientes en la sociedad. Las instituciones más estrechamente conectadas con estos derechos son el sistema educativo y los servicios sociales” (Marshall, 1997: 302-303)6. “De manera entonces, que el plan Marshall, que se aplicó con variantes en Europa y América latina, sanciona la ciudadanía social que promueve el derecho al trabajo, a la salud, a la educación y a la vivienda; son tiempos de políticas universales en los cuales el Estado funciona como condición de posibilidad de la resolución de la vieja cuestión social actuando como árbitro entre empresas y sindicatos.

6 • Podemos citar también otra clasificación distinta pero cercana, formulada originalmente por el jurista checo y Director de Derechos Humanos y Paz de la Unesco Karel Vasak (1977), entre derechos humanos de “primera, segunda y tercera generación”. Respectivamente: 1ra. derechos civiles y políticos; 2da. derechos económicos, sociales y culturales; 3ra. derechos de solidaridad.


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Se produce un profundo proceso de movilidad social ascendente, que en la estrategia pensada por los países industrializados debería tender a disolver, o al menos remediar más profundamente la cuestión social en un contexto de fuerte presencia de la amenaza ‘comunista’ de la U.R.S.S. Con ello, la pobreza y la desigualdad decrecieron fuertemente” (Murillo et al., 2007: 8). En América Latina, el fortalecimiento de los Estados y la ciudadanía social en la posguerra fue muy desigual y en muchos casos muy débil. En el caso particular de Argentina, se produjo el acceso de una mayoría de la población a la “ciudadanía social”, que consolidaría el predominio y protagonismo de las “clases medias” como rasgo peculiar del país, aunque siempre con un excedente persistente de población subalterna de origen migratorio interno y mestizo (analizaremos esto en profundidad más adelante en el próximo capítulo).

1.2.3. Nuevas demandas sociales y “deconstrucción” teórico-filosófica de las clases

E

l marco de las así llamadas “sociedades de bienestar” posibilitó una inclusión de mayorías de la población y trazó, de este modo, un mapa social más homogéneo característico del auge de las “clases medias” que parecía borronear los contrastes y tensiones de la lucha de clases. Asimismo, ésta fue la época de los treinta “años dorados” del capitalismo de posguerra, con crecimiento industrial y pleno

empleo. La estabilidad de los sistemas políticos, sin embargo, se vería continuamente desafiada tanto en la periferia como en el mismo centro de las potencias occidentales, por la emergencia -especialmente desde los años sesenta- de nuevas demandas y agrupamientos que complejizaban la siempre persistente y renovada cuestión social. En este contexto, se comienza a cuestionar la pertinencia del concepto mismo de clase social. Este revisionismo del paradigma clasista, que se difunde tras la caída del comunismo y con el auge neoliberal7, se planteó desde dos perspectivas: por un lado, una deconstrucción y crítica teórico-filosófica del concepto de clase por parte de nuevas corrientes intelectuales; por otro lado, se ligó con cambios en la producción y el trabajo (a veces llamado “post-industrial”), que abre interrogantes sobre la centralidad del mismo como eje de orden y diferenciación social. En el campo de la discusión teórica, ciertas posturas filosóficas relativistas cuestionaban la idea de clase social, como una fijación esencialista de la identidad en la estructura socioeconómica, y sugerían, en cambio, una idea de identidad social multidimensional y flexible8. Estas apuestas antitéticas del clasismo, potencialmente afines al ethos e ideología despolitizadora del neoconservadurismo9, se nutrieron sin embargo también de una “nueva izquierda”, con nuevas perspectivas ideológicamente radicales y autonomistas (por entonces críticas del marxismo ortodoxo que inspiró el régimen del socialismo real soviético). Éstas se inspiraban en la antedicha emergencia de nuevas minorías y focos de demanda y movilización, menos anclados en lo socioeconómico y guiados por un reconocimiento político-cultural (grupos étnicos, sexuales y de género, movimientos juveniles y estudiantiles, etc.).

7 • Debe destacarse la coincidencia, en la misma época, de los cuestionamientos al clasismo en el plano teórico académico, y también en el de la práctica política, con el auge de recetas neoconservadoras (reaganismo y thatcherismo en los países centrales, y dictaduras militares con complicidad civil en América Latina), bases de un proceso sistemático de reconversión y disciplinamiento de la fuerza de trabajo (Holloway, 1994). 8• La difusión académica del “posestructuralismo” desde fines de los años sesenta (con epicentro en Francia), suerte de crítica interna del paradigma teórico estructuralista hasta entonces dominante, basada en diversos autores en varias disciplinas (Jacques Derrida, Michel Foucault, Gilles Deleuze, entre otros), reivindicó la dimensión diacrónica históricamente cambiante de las significaciones sociales y de los anclajes identitarios, así como una metodología para su “deconstrucción” (variantes de la semiología, la lingüística y los “juegos de lenguaje”). Esta corriente se definió muy en general en oposición al “esencialismo”, por ejemplo, contra la reivindicación de identidad nacionalista; aunque también muy notoriamente, contra el esencialismo clasista del marxismo, que llegó a tener mucha influencia en la academia europea continental. 9 • Al atacar dos factores de identidad e ideas-fuerzas fundamentales de la modernidad, como fueron las de la de Nación y de la cuestión y clase social, la crítica deconstructiva en el campo intelectual se aunaba así con los proyectos de política neoliberal, que buscaban transgredir tanto el proteccionismo de las fronteras nacionales, como también las fronteras de resistencia clasista contra una mayor “flexibilización” y subsunción real del trabajo, ambos obstáculos para el libre flujo y valorización del capital.


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La conclusión general de las críticas teórico-filosóficas es que el creciente protagonismo político de las minorías, o -particularmente en América Latinade los llamados “movimientos sociales”, o también más contemporáneamente la reivindicación posmoderna de nuevos agrupamientos como las llamadas “tribus” urbanas y los nuevos estilos de vida, cuestionarían en conjunto la centralidad o aun la existencia eficiente de las clases sociales como factor ordenador de la subjetividad y la identidad social.

ara p mirar

En primer lugar, les proponemos observar el cuadro Quarto stato, del pintor italiano Giuseppe Palliza da Volpedo (1901). Este representa el tono monocolor y homogéneo de la masa del proletariado de comienzos del capitalismo. Disponible en: http://upload. wikimedia.org/wikipedia/commons/2/29/ Quarto_Stato.jpg En segundo lugar, nos referiremos a un collage con una estética más acorde a la representación contemporánea del abanico multicolor de las culturas juveniles y las “tribus” urbanas, imagen publicada en el Blog de la Juventud Arica. Disponible en: (http://2.bp.blogspot.com/_vic8EZmef4/SVW-Lwh7EMI/AAAAAAAAA0U/ Z6BiFlc-teQ/S1600-R/collage1.jpg) Resulta evidente el contraste: en el primer caso, una cultura unitaria de clase; en el segundo, la celebración múltiple de las “diferencias”. Retomaremos más adelante esta contextualización histórica y la discusión general sobre las nuevas orientaciones para definir las clases y las formas de

desigualdad (al punto que se hablará de una “nueva cuestión social”). Haremos antes un paréntesis para reseñar en el apartado siguiente una expresión de estos nuevos debates teóricos a través de la sociología de Pierre Bourdieu.

1.2.4. La formulación de Pierre Bourdieu: espacio social multidimensional y habitus de clase

E

n el campo de las ciencias sociales, ligado con las nuevas corrientes teórico-filosóficas antes reseñadas, se destacó la difusión contemporánea del “constructivismo”10 (denominación que engloba a autores como Norbert Elias, Anthony Giddens, Pierre Bourdieu, Peter Berger y Thomas Luckmann) (Corcuff, 2005; Giménez, 2002). Aquí interesa destacar el aporte del sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002), con su peculiar versión de “constructivismo estructuralista”11 en particular, para la reformulación de las clases sociales. La perspectiva constructivista de Bourdieu (continuando de modo más o menos explícito ideas ya presentes en Marx, Foucault, Bachelard y Gramsci, entre otros) es “relacional”: ve la realidad no como conjunto de substancias fijas existentes en sí, sino como complejo de relaciones constituidas históricamente; y éstas condicionan las prácticas de los agentes, y así sus nuevas relaciones. De ahí que también se trate de un enfoque “praxeológico”, por su concepción de lo social interiorizado subjetivamente, como principios generadores de prácticas (el

10 • El constructivismo social, en líneas generales, se caracteriza por tres rasgos fundamentales: 1) la voluntad de superar los conceptos dicotómicos que la sociología heredó de la vieja filosofía social (idealismo/materialismo, sujeto/objeto, individual/colectivo); 2) aprehender la realidad social como una construcción histórica, cotidiana y práctica de los actores; 3) la doble dimensión recíproca de lo social como objetivado (reglas, instituciones) e interiorizado subjetivamente (representaciones, sensibilidad, valores) (Giménez, 2002: 2). 11 • Bourdieu define “constructivismo” como “la afirmación de que existe una génesis social de los esquemas de percepción, de pensamiento y de acción que son constitutivos de lo que llamo habitus, por una parte; y por otra de las estructuras sociales, particularmente de lo que llamo campos o grupos, así como también de lo que ordinariamente suelen llamarse clases sociales” (las cursivas son propias). Y el adjetivo “estructuralista” difiere aquí de su sentido usual (de tradición saussuriana o levi-straussiana): “Por estructuralismo o estructuralista entiendo la afirmación de que existen -en el mundo social mismo, y no sólo en los sistemas simbólicos como el lenguaje, el mito, etc.- estructuras objetivas independientes de la conciencia y de la voluntad de los agentes y capaces de orientar o de restringir sus prácticas y sus representaciones” (Bourdieu, 2000: 127).


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habitus de clase, conjunto de “esquemas de percepción, pensamiento y acción”) (Bourdieu, 2000: 127). Bourdieu absorbe y reformula el análisis marxista de las clases sociales, pero su enfoque estructural ya no radica sólo en el espacio económico o de la propiedad de los medios de producción, sino también en otros espacios sociales con sus distintivos rasgos y tipos de poder. Estos últimos son definidos como “capitales”12, y se clasifican fundamentalmente en los tipos: económico, cultural, social, simbólico. Muy sucintamente, definamos a continuación cada variante de capital. El capital económico es el patrimonio directamente transformable en dinero13, institucionalizado en forma de derechos de propiedad. El capital cultural (su análisis es uno de los aportes específicos de la sociología bourdieuana) puede eventualmente rendir o devenir en capital económico, institucionalizado fundamentalmente bajo forma de títulos escolares14. El capital social son las relaciones, vínculos y compromisos sociales que pueden habilitar lugares en el espacio social y apoyos para oportunidades varias (“conversiones” a otros tipos de capital); y la pertenencia a un grupo otorga recursos y obliga a rituales que actualizan y visibilizan socialmente la pertenencia de sus miembros. El capital simbólico, es el capital -en cualquiera de sus formas- en la medida que es representado simbólicamente en una relación de reconocimiento (derivación del antiguo valor del “honor” o prestigio social). Las clases sociales, sobre esta base, se deberán definir de modo relativo por la distribución de las distintas formas de capital, según tres dimensiones o

medidas: el volumen (de cada capital, y un volumen global), su composición (el peso relativo de cada forma de capital dentro del total, fundamentalmente del económico y el cultural) y su evolución en el tiempo (que define distintas trayectorias sociales15). Al tratar en particular sobre la forma incorporada del capital cultural, Bourdieu sigue los pasos de Marx y Foucault al plantear que “estas distancias sociales están inscritas en el cuerpo” (2000b: 109) (entendido no sólo como lo corporal físico, sino como sustrato de una interiorización profunda de lo social en la subjetividad). Esto explica lo que comúnmente se entiende por “socialización”, definida en espacios como la familia y la escuela, pero que aún más profundamente ancla la subjetividad en torno de lo que el autor francés llama -citando a Erving Goffman, sociólogo referente del interaccionismo simbólico- “sentido de la posición de uno”, que caracteriza como “lo que, en una situación de interacción, mueve a aquellos que llamamos en francés les gens humbles, literalmente ‘gente humilde’ [...] a permanecer ‘humildemente’ en su lugar, y que lleva a los otros a ‘mantener su distancia’ o ‘mantener su posición en la vida’” (2000b: 108-109).

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El gusto de los otros (Francia, 2000). Dirección: Agnès Jaoui.

En síntesis, el constructivismo de Bourdieu brinda elementos para pensar lo social estructurado de

12 • Como en Marx, el capital se concibe aquí como trabajo acumulado, sea de modo cosificado materialmente o interiorizado corporal-subjetivamente, respectivamente como trabajo objetivado o trabajo vivo. El capital cultural, por caso la educación que puede objetivarse en títulos académicos, es una disposición interiorizada (por ejemplo, como una hexis corporal, o en criterios diferenciales de “gusto” estético), el producto encarnado de una gran cooperación y trabajo colectivo de socialización, que involucra una extensa trama de instancias y relaciones sociales: la crianza de la familia, la formación en la escuela y la socialización de los grupos de pares, así como también la trayectoria laboral, etc. 13 • El capital económico puede ser objetivado en patrimonio o riqueza y medios de producción, pero también es una forma de poder que provee o admite su conversión a otros tipos de capitales, por ejemplo un capital social de relaciones y poder de “influencias”, que puede o no garantizar a su vez un capital simbólico de prestigio social. 14 • El capital cultural puede tener asimismo tres estados: a) incorporado, en el modo de disposiciones duraderas interiorizadas a nivel subjetivo; b) objetivado, en bienes y consumos culturales (que precisan de disposiciones interiorizadas para poder ser aprovechados); c) institucionalizado, a través de títulos y formas de reconocimiento y pertenencia de asociaciones. Al tratar sobre la forma incorporada del capital cultural, Bourdieu sigue los pasos de Marx y Foucault, 15 • Las trayectorias (individuales y grupales), desconsideradas a menudo en los análisis estadísticos (limitados a una “foto” estática de un corte en tiempo presente de ciertas variables socioeconómicas), son muy importantes, porque hacen a la dimensión propiamente histórica y a la memoria biográfica personal de cada sujeto. La alquimia entre las distintas formas de capital puede ofrecer distintas combinaciones y resultados según su evolución temporal. Por ejemplo, dado un similar volumen presente de capital económico, pueden distinguirse, por caso: la autoestima y memoria de tiempos mejores de una clase media empobrecida, respecto de la condición más modesta de sectores populares de origen humilde; o los modales de distinción de alguien “de familia” tradicional, frente a la pretensión chillona del “nuevo rico” (y esto era aún más claro en tiempos pre-modernos, cuando las diferencias estamentales estaban institucionalizadas con títulos de nobleza, y mediaba aún un abismo simbólico entre las familias nobles y la naciente y aún no reconocida burguesía, aun cuando ésta acumulaba ya mucha riqueza).


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modo multidimensional y no determinista, interiorizado en las múltiples relaciones que traman el espacio social y encarnado en estilos de vida y habitus que son a la vez generadores de prácticas o, como él define, “estructuras estructuradas y estructurantes” (Bourdieu, 2002: 54). Con estas fórmulas, apuesta a superar las dicotomías y aunar los principios tradicionalmente antinómicos de estructura y acción, determinismo y libertad. Y además no descarta, sino que retoma y complejiza, el concepto marxista de las clases sociales, analizando las nuevas formas de diferenciación estamental y “distinción” simbólica que con mil matices separan a clases y fracciones de clase (hábitos típicos de la “pequeña burguesía” o “clases medias”, no identificables sencillamente dentro del clásico par marxista de burguesía vs. proletariado). En especial a través de sus célebres investigaciones sobre la reproducción del capital cultural en el sistema escolar, Bourdieu nos permite pensar las formas en que la desigualdad social se extiende y se naturaliza como desigualdad cultural.

omento m de reflexión

Observá los dos gráficos:

• El Esquema de Habitus elaborado por Bourdieu en base a investigaciones estadís-

ticas (2003: 31), donde se plasma un orden de afinidad de prácticas, posiciones y disposiciones diferentes (orientaciones políticas, profesiones, actividades recreativas) que hacen a la cotidianeidad de habitus de clase, en cuadrantes relativos a volúmenes de capital global y su composición en las formas de capital económico y cultural. Disponible en: http://upload.wikimedia. org/wikipedia/commons/e/ed/Espace_social_de_ Bourdieu-es.svg • La ilustración de Azagra sobre La pirámide

del Sistema Capitalista 2.0 (actualizada). Allí se representa una típica figuración del orden de clases sociales, caricatura del modelo vertical de la “pirámide social”. En la misma, se contemplan varios estratos (es decir, que difiere a priori del marxismo y su división fundamental entre burguesía y proletariado) y representa distintos niveles de poder y actitudes de conciencia, complicidad o disconformidad. Disponible en: http://4.bp.blogspot.com/hQyOrUddPM0/TmIfKK-z85I/AAAAAAAAERw/ BCxKF3Bi3N8/s1600/piramide%2Bsocial.jpg Básicamente, uno de ellos plantea una estructura con una única dimensión jerárquica vertical, y el otro un plano extendido en dos dimensiones en forma de diagrama de ejes cartesianos. 1. Reflexioná acerca de cuáles son las sentidos diferenciales y las miradas sobre la cuestión social y la clasificación de clases inherentes a cada uno de los gráficos; y cuáles serían las ventajas o utilidades que pueden tener uno y otro modo de representación. 2. Representá un diagrama similar al de Bourdieu, e incluí otros tipos de prácticas y disposiciones que crea pertinentes para caracterizar los diferentes “habitus” de clases: por ejemplo, trayectoria y títulos escolares, gustos culturales y artísticos, tipo de “hexis” corporal, confesión y prácticas religiosas, localidad y barrio de residencia, etc. 3. ¿Dónde te ubicarías en cada uno de los gráficos? ¿Y en qué lugar ubicarías a otras personas con las que compartís tu rutina de trabajo? (colegas, alumnos, etc.)


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1.2.5. Mutación histórica, posfordismo y sociedad postsalarial: “Adiós al proletariado”

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partir de la década de los setenta, asistimos a una mutación histórica con cambios a nivel político, económico, cultural, social, subjetivo que repercuten también en el orden de la teoría social. La crisis económica del capitalismo ubicada en torno de los años 1971-73, con la caída de la tasa de ganancia y la “crisis del petróleo”, tenía un correlato en el orden sociopolítico, visto que el modelo bienestarista de ciudadanía social no había debilitado la cuestión social, sino que la había complejizado, con la emergencia de nuevas demandas y la reactualización de viejas y nuevas formas de la lucha de clases. En este contexto, se divulga la idea de “sociedad postindustrial”, formulado por autores como el francés Alain Touraine (1969) o el norteamericano Daniel Bell en 1973 (1991). Este concepto daba cuenta, por un lado, de las transformaciones en la economía, a saber, un rápido crecimiento del sector de servicios en detrimento del sector industrial; y, por el otro, de la nueva “revolución industrial” que ubicaba las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las dichosas TICs) como nueva materia prima y fuente central de aumento de la productividad (en detrimento del componente de trabajo humano en el capital).

De aquí también la difundida idea emparentada de “sociedad de la información” que alude a esta centralidad de la información y la comunicación en red tanto en el trabajo como en las relaciones sociales en general y en la vida cotidiana (Castells, 2002).

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Los lunes al sol (España, 2002). Dirección: Fernando León de Aranoa.

Paralelamente en el plano social, con la reorganización de la producción y las relaciones laborales, cada vez más analistas daban su “adiós al proletariado” industrial (Gorz, 1981)16, lo que sugería una pronta extinción de las culturas obreras tradicionales y las políticas laboristas, y la consiguiente transformación del viejo paradigma de lucha de clases. Todo ello planteaba, a la vez, un escenario de “metamorfosis de la cuestión social” (Castel, 1997). Es importante repetir la advertencia, sobre el carácter “performativo”17 de todos estos discursos: las representaciones sobre las clases y la cuestión social no son neutras, deben tratarse como “actos de habla” que tanto describen la realidad como también forman parte e influyen en ella. En este caso, los discursos sobre el declive del proletariado industrial, ligados a intentos de deconstrucción teórica de las clases sociales, se difundieron en un contexto de replanteo de la relación de fuerzas entre capital y trabajo, y acompañaban (intencionadamente o no) y daban cierto sustento a los efectivos intentos del capital por torcer la fuerza del sindicalismo y aumen-

16 • Citamos la obra homónima de André Gorz, por su temprana difusión e impacto en 1980. También luego el marco teórico y discursivo sobre los cambios del proletariado y el trabajo “postsalarial” se verá nutrido por el aporte de muchos autores: Claus Offe, Benjamin Coriat, Alain Touraine, Jean Lojkine, Fergus Murray, Adam Schaff, Ernest Mandel, István Mészáros, Robert Kurz, Alain Bihr, Thomas Gounet, Frank Annunziato, David Harvey, Simon Clarke, por sólo citar algunos destacados. 17 • En su Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje, Ducrot y Todorov definen como “performativo” (por oposición a “constativo”) al enunciado que: “1) describe una determinada acción de su locutor y si 2) su enunciación equivale al cumplimiento de esa acción” (1983: 384). Se relaciona con la teoría lingüística de John Langshaw Austin y de John Searle sobre los “actos de habla” (2001). 18 • El mundo del trabajo sigue siendo siempre un espacio de lucha y de definición de modelos de sociedad alternativos y antagónicos. El paradigma del llamado “posfordismo” se caracteriza por las estrategias de “flexibilidad” y “polivalencia” del trabajo (por oposición a la descomposición del proceso productivo propio del taylorismo, y la segmentación del trabajo característica de la tradicional industria fordista) y de “descentralización” de las decisiones e instancias de producción. Es interesante destacar la alternancia de orientaciones e interpretaciones por “derecha e izquierda”, en torno a esta transformación de las relaciones laborales (Wydler, 2005). Por derecha, expresan usualmente el consciente proyecto de embate del capital para disciplinamiento del trabajo (los oficios obreros y los reclamos sindicales de protección del trabajo definidos como “rigideces” laborales). Por izquierda, en cambio, hay autores que ven la polivalencia y la descentralización -características por ejemplo del modelo japonés “toyotista”- respectivamente como una ruptura con el embrutecimiento y explotación del trabajo industrial y como una posible variante de “democracia en las relaciones de trabajo” (Coriat, 1992), y aun una alternativa política al verticalismo de las organizaciones sindicales. En síntesis, a partir de la “crítica de la razón productivista” propia de la sociedad industrial (Valdivieso, 2008), la utopía posindustrial de la nueva izquierda autonomista permite vislumbrar la “riqueza de lo posible” (Gorz, 1997), las potencialidades de las nuevas tecnologías productivas y formas de trabajo contemporáneas para multiplicar y emancipar el poder del trabajo cooperativo social más allá de su constricción en las relaciones del salariado (Coriat, 1992b).


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tar la explotación y “flexibilización” del trabajo18, y desandar las conquistas de los derechos sociales. Ello se expresó hacia comienzos de la década de los ochenta en las políticas neoliberales del reaganismo y thatcherismo y los regímenes autoritarios implantados en muchos países de la periferia global. De todos modos, lo cierto es que en este contexto resultaba crecientemente difícil “leer” las sociedades contemporáneas a partir del mundo del trabajo. El sociólogo francés Robert Castel (1997) analizó la metamorfosis de la cuestión social en torno de dichas transformaciones del trabajo. En una descripción retrospectiva del capitalismo de posguerra, describe la institución estable del “salariado” más que como una mera relación económica, como todo un modelo de sociedad: la inclusión social y la asignación de recursos y derechos se basaba privilegiadamente en la participación en el mundo del trabajo. Hoy en día, en cambio, estaríamos viviendo la transición hacia una “sociedad postsalarial”: frente al declive del rol socializador del contrato laboral, en un contexto de auge neoliberal, el “post” es una definición por transición de un modelo anterior sin un modelo sistémico alternativo de integración social.

1.2.6. “Nueva cuestión social” y redefinición de la pobreza

L

o que muchos comenzaron a denominar “nueva cuestión social” parte de la premisa de los cambios en el mundo del trabajo, y se plantea a partir de la creciente difusión por parte de gobiernos y organismos internacionales de una nueva agenda de problemas y conceptos: se trata del desplazamiento del problema de la “desigualdad social” hacia una generalización de la nueva problemática contemporánea de la “exclusión” y la “pobreza”. El cambio del reparto protagónico ratifica el cuestio-

namiento académico de las clases sociales: del relato de la lucha entre burgueses y proletarios pasamos al binomio, cualitativamente diferente, de los “incluidos” y “excluidos”. Éstos ya no están fuera tan sólo del trabajo, sino también del mismo lazo o contrato social, situación que Castel denomina “desafiliación”.

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Pizza, birra, faso (Argentina, 1997). Dirección: Adrián Caetano y Bruno Stagnaro.

Todo esto actualiza, redefine y da renovada centralidad a la problemática de la “pobreza”. Exclusión y pobreza devienen centros de un espacio discursivo, asociadas con otros términos o categorías, como por ejemplo la apropiación del concepto bourdieuano del “capital social”. La nueva concepción de la pobreza parte de la revisión crítica del tradicional “enfoque de ingresos”. Éste se basaba en dos métodos de medición de la pobreza. Uno es el método directo, que estima necesidades básicas insatisfechas (NBI). El otro es el método indirecto o estudio de la “línea de pobreza”, que concibe diferentes criterios de medición: el de la pobreza absoluta (definición de un núcleo básico mínimo de privación absoluta; se utiliza en países como Chile, México, Uruguay y EEUU) y el de la pobreza relativa (que asume que las necesidades humanas son relativas y el umbral o la sensación de pobreza varían en cada sociedad y dependen del nivel del ingreso general; es el criterio de la Unión Europea).

tener penarauenta c

La CEPAL recomienda construir el índice de necesidades básicas a partir de las siguientes variables:


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Necesidades básicas Acceso a la vivienda

Dimensiones Calidad de la vivienda Hacinamiento

Acceso a servicios sanitarios

Disponibilidad de agua potable Tipo de sistema de eliminación de excretas

Acceso a educación Capacidad económica

Asistencia de los niños en edad escolar a un establecimiento educativo Probabilidad de insuficiencia de ingresos del hogar

Variables Censales Materiales de construcción utilizados en piso, paredes y techo a) Número de personas en el hogar b) Número de cuartos de la vivienda Fuente de abastecimiento de agua en la vivienda a) Disponibilidad de servicio sanitario b) Sistema de eliminación de excretas a) Edad de los miembros del hogar b) Asistencia a) Edad de los miembros del hogar b) Ultimo nivel educativo aprobado c) Número de personas en el hogar d) Condición de actividad

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Necesidades_b%C3%A1sicas_insatisfechas Elaborado según informe http://www.eclac.cl/deype/mecovi/ docs/taller5/10.pdf

En la Argentina, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) pone en práctica el “enfoque de ingresos”, siguiendo el criterio de la pobreza absoluta, para definir sobre esta base las condiciones de la “pobreza” y la “indigencia”.

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Acerca del método utilizado para la medición de la pobreza en la Argentina. Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). En: http://www.indec.gov.ar/nuevaweb/cuadros/7/ sesd-metodologia-pobreza.pdf Valorización Mensual de la Canasta Básica Alimentaria y de la Canasta Básica Total. Aglomerado Gran Buenos Aires. Febrero de 2010. En: http://www.indec.mecon.gov.ar/nuevaweb/ cuadros/74/canasta_03_10.pdf

Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) Línea de Pobreza y Canasta Básica El cálculo de los hogares y personas bajo la Línea de Pobreza (LP) se elabora en base a datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). A partir de los ingresos de los hogares se establece si éstos tienen capacidad de satisfacer -por medio de la compra de bienes y servicios- un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales. El procedimiento parte de utilizar una Canasta Básica de Alimentos (CBA) y ampliarla con la inclusión de bienes y servicios no alimentarios (vestimenta, transporte, educación, salud, etc.) con el fin de obtener el valor de la Canasta Básica Total (CBT). Para calcular la incidencia de la pobreza se analiza la proporción de hogares cuyo ingreso no supera el valor de la CBT; para el caso de la indigencia, la proporción cuyo ingreso no superan la CBA. Hogares con Necesidades Básicas Insatisfechas En el caso argentino, los indicadores de NBI son cinco y basta con carecer de cualquiera de ellos


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para entrar en la correspondiente categorización. Se consideran hogares con NBI aquellos en los cuales está presente al menos uno de los siguientes indicadores de privación: 1) Hogares que habitan viviendas con más de 3 personas por cuarto (hacinamiento crítico); 2) Hogares que habitan en una vivienda de tipo inconveniente (pieza de inquilinato, vivienda precaria u otro tipo); 3) Hogares que habitan en viviendas que no tienen retrete o tienen retrete sin descarga de agua; 4) Hogares que tienen algún niño en edad escolar que no asiste a la escuela; 5) Hogares que tienen 4 ó más personas por miembro ocupado y en los cuales el jefe tiene bajo nivel de educación (sólo asistió dos años o menos al nivel primario). Retomando la discusión anterior sobre la representación de las diferencias sociales, puede decirse que el “enfoque de ingresos” es afín con la imagen tradicional de la “pirámide social”: la división social por estratos socioeconómicos verticalmente ordenados, en una única escala cuantitativa unidimensional, ligada a necesidades básicas y estándares de consumo. Frente a este enfoque, muchos intelectuales e investigadores reivindican una resignificación de la pobreza que refiera a varias dimensiones: “En primer lugar, a la carencia de libertades fundamentales de acción o decisión para influir sobre los propios problemas. En segundo lugar, al déficit en vivienda, alimentos, servicios de educación y salud. En tercer lugar, a la vulnerabilidad a enfermedades, reveses económicos y desastres naturales. En cuarto lugar, a tratamientos vejatorios por parte del Estado, aquejado de corrupción. En quinto lugar, a la estigmatización por parte de la sociedad que somete a la pobreza a un tratamiento también arbitrario, pues las normas y valores, así como las costumbres provocan la exclusión de mujeres, grupos étnicos o de todos aquellos que sufren discriminación, tanto en el seno de la familia, como en la comunidad y en los mercados. En sexto lugar, a la intensa vivencia de ‘sufrimiento’. En sépti-

mo lugar, a la voluntad de progresar o no y la capacidad de éxito en la lucha por la vida. Finalmente, a la percepción de que la situación es inmodificable, la resignación a un destino inevitable” (Murillo et al., 2007: 15). Por otro lado, todo diagnóstico de un problema lleva implícita una mirada sobre las prioridades y vías para la resolución del mismo. El concepto de lo “social” en particular también ha sido siempre tanto la forma de nominar el problema (las contradicciones del contrato social liberal, las luchas contra las crecientes desigualdades concretas del capitalismo) como la necesaria búsqueda política de una solución (la intervención del Estado, la vigilancia policial a las políticas sociales para suturar la brecha social y política). En el mismo sentido, la redefinición del concepto de pobreza se liga también con un replanteo y crítica de la solución tradicional, el intervencionismo del Estado, que supuestamente inhibiría las capacidades individuales y la iniciativa colectiva de auto-organización de la sociedad civil. Aquí aparece el concepto de “capital social”, también convenientemente resignificado. Bourdieu lo definía como una forma de poder, entre otras, en que se expresaba y reproducía la desigualdad social. En su nuevo uso actual, se lo concibe optimista y virtuosamente como un reservorio de valores solidarios y un potencial de auto-organización civil. En resumen: en esta operación discursiva, el eje de solución de la cuestión social se desplaza de la demanda de políticas públicas sociales del Estado al “empoderamiento” y el “capital social” de los pobres.

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“Capital Social en español”. Disponible en el sitio web del Banco Mundial: http://go.worldbank.org/S03YKDP0L0


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“En esta nueva estrategia discursiva, compartida por teóricos sociales y organismos internacionales, la pobreza y la desigualdad son presentadas como inevitables. Frente a esta carencia constitutiva, se afirma, es posible construir alternativas, basadas fundamentalmente en que los pobres se articulen en redes que les permitan acceder a un ‘capital social’ que los sostenga frente a la inevitable adversidad. En este punto, lo que alguna vez fueron políticas de integración social y ciudadanía universal se trocan en políticas focalizadas sobre ciertos grupos, y lo social como trama contenedora se disuelve a favor de una concepción en la cual la sociedad es un conjunto de individuos, cada uno de los cuales debe velar por sí mismo” (Murillo et al., 2007: 16). Volveremos sobre esto más adelante en el siguiente capítulo, en torno a las características de la cuestión social y las políticas sociales actuales en la Argentina.

omento m de reflexión

Diario Clarín, Jueves 5 de octubre de 2006 La pelea contra la inflación: Conclusiones de un estudio de economistas sobre “pobreza subjetiva” Se sienten pobres aunque las estadísticas lo nieguen Los economistas suelen decir que las estadísticas son como las salchichas: pueden resultar muy sabrosas, pero mejor ni preguntar cómo se hicieron. En el caso de los 861 pesos que hacen falta, según el Indec, para no ser pobre en la Argentina al mes de agosto, se trata de un promedio que tiene poco que ver con la percepción de la gente. La mitad de la pobla-

ción que está técnicamente por encima de la línea de pobreza se siente, de todas maneras, pobre. La conclusión surge de un estudio realizado en base a una muestra de 650 jefes y jefas de hogares del Gran Buenos Aires, por el Centro de Economía Regional y Experimental. En total, seis de cada diez bonaerenses sufren algún tipo de pobreza, ya sea porque están objetivamente en esa condición o bien porque se sienten pobres. La semana pasada se conocieron los datos a agosto de la cara real de la pobreza, que mostraron que 12,1 millones de personas se encuentran en esta condición: un 31,4% de la población. Y 4,3 millones son indigentes que no llegan a cubrir los 391 pesos en los que está valuada la canasta básica de alimentos. La percepción de pobreza cayó en el último año: en el 2005, un 53% de los que estaban por encima de la línea marcada por el Indec se sentían pobres, y ahora ese porcentaje bajó al 48%. Sin embargo, en la investigación, tres de cada cuatro personas encuestadas señalaron que los ingresos mensuales que recibe su hogar no alcanzan para cubrir los gastos necesarios. "El caso típico es el de una pareja joven del GBA, en la que ambos trabajan y juntan más de 1.000 pesos al mes, pero deben pagarle a alguien para que cuide a su hijo en el horario laboral, postergan su consumo y no pueden solventar el colegio y la prepaga que realmente quisieran", explicó Victoria Giarrizzo, economista del Cerx e investigadora de la Universidad de Buenos Aires. "Técnicamente no son pobres, pero ellos sí lo sienten", agregó. Los estudios sobre "pobreza subjetiva" (así se llama esta rama), están extendidos en Europa y EE.UU, pero en la Argentina aún son escasos. En parte, admite Giarrizzo, porque


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no se trabaja con estadísticas duras, algo que suele provocar alergia en los economistas. Sin embargo, la percepción de pobreza es fundamental para moldear expectativas: quienes se sienten pobres actúan como tales, caen el el desánimo y ven perspectivas sombrías para su futuro. Del estudio surgieron otras conclusiones interesantes: • El valor de los bienes alimentarios y no alimentarios que según la encuesta necesitan los hogares para cubrir su subsistencia se ubica, en promedio, en $ 1.732 mensuales, el doble del costo de la canasta básica total (CBT) que informa el Indec. • El ingreso promedio que, según declara la gente, necesita el hogar para no sentirse pobre ascendía en julio a $1.904 mensuales, 10% superior al ingreso promedio que manifiestan los hogares precisar para cubrir sus gastos necesarios y 120% superior al costo de la CBT. • Los factores más mencionados para dejar se sentirse pobre son mejoras en la salud y en la educación, contó Dardo Ferrer, del Cerx. Una política pública que refuerce estas áreas es la que más impacto tendría para bajar la percepción de pobreza. • Las mediciones de pobreza subjetiva están, a su vez, sujetas a subjetividades geográficas. En la Capital federal, por caso, el dinero que hace falta para no sentirse pobre es mayor al del interior del país, contó Giarrizzo, donde "la educación privada es más barata y hay menos aversión de la gente a mandar a sus hijos a un colegio público". ------------------------------------------------------El artículo periodístico retoma la cuestión de las formas de concebir y percibir la pobreza. En relación con el planteo del mismo, reflexioná en torno de los contenidos vistos en esta unidad:

1. Cómo se vincula la distinción entre “pobreza objetiva” y “pobreza subjetiva”, con la problemática de la relación entre el concepto teórico de las clases sociales (“clases en el papel”) y la “realidad” de las mismas. 2. Cuáles considerás que son las ventajas y límites de las distintas formas de medir la pobreza. 3. Qué criterios, bienes de consumo, servicios y otros factores, considerás como elementos indispensables o importantes para no ser “pobre”. 4. Qué reflexión podés hacer sobre los dos últimos párrafos del artículo, en relación con los conceptos de “capital cultural” y “capital social” de Bourdieu.

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En este capítulo, hemos definido la llamada “cuestión social” y visto sus orígenes y evolución histórica, así como las consecuentes formas y abordajes teóricos de la estratificación social y el antagonismo entre clases sociales, en relación con las transformaciones del capitalismo. En cada apartado, podemos resumir las siguientes definiciones conceptuales: • La “cuestión social” se define y origina históricamente por la contradicción entre el principio de igualdad abstracta de la política democrática y las desigualdades concretas propias de la economía y sociedad capitalistas. Esta es la paradoja insalvable del contractualismo liberal que funda la idea de ciudadanía y el derecho modernos. • La idea común de “estratificación” o división de grupos sociales debe adaptarse para el


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caso específico del capitalismo al análisis del antagonismo o “lucha” de clases sociales, tal como lo desarrolló originalmente en el siglo XIX la obra clásica de Karl Marx. Éste definió el criterio de clasificación en torno a la propiedad de los medios de producción, y la cuestión de la organización política e identidad de clase (clase “en sí” y “para sí”). Ello condicionó la política del socialismo en torno al dilema entre reforma y revolución. • La crisis del capitalismo de entreguerras y la posterior política del New Deal y el plan Marshall de reconstrucción europea (estrategia de contención del comunismo), legitimaron la idea de una “ciudadanía social”, base de una “segunda generación” de derechos al bienestar económico y la seguridad, y el acceso a servicios sociales y a la educación. Ello replantea la cuestión social, apaciguando las luchas de clases y preparando la emergencia y consolidación de las “clases medias”. • En las sociedades y Estados de “bienestar” de posguerra, se comenzó a criticar y “deconstruir” el paradigma conceptual de las clases sociales. En el campo teórico, se planteó una mirada relativista y de análisis multidimensional de las diferencias sociales. En el campo social y político, se verificó una reducción del proletariado industrial, en transición a regímenes de trabajo “posindustrial”, y la emergencia de nuevos grupos de minorías y demandas no definidas por el factor socioeconómico o de clase. • Entre las nuevas teorías sociológicas, es destacable el aporte del francés Pierre Bourdieu. En particular, su “constructivismo estructuralista” permite un análisis multidimensional basado en distintas formas de poder o “capitales” y la interiorización subjetiva de la condición y trayectoria social en los “habitus” de clase. En particular, analiza la reproducción en el sistema escolar del capital cultural y la importancia de

éste en la definición de las desigualdades y la clasificación de grupos y estamentos sociales. • La crisis y mutación histórica del capitalismo a comienzos de la década de los setenta preparó el cambio hacia la economía “posindustrial” y la innovación tecnológica de la llamada “sociedad de la información”. Esto se dio en un contexto de reducción del proletariado y de embate contra el poder de los sindicatos, en el contexto de auge del neoconservadurismo y los regímenes autoritarios. Estos cambios tenderían a desplazar la centralidad del trabajo y la relación del salariado como marcos de integración social. • La llamada “nueva cuestión social”, emerge de las transformaciones de fines de siglo XX y el auge de las políticas neoliberales. En función de este contexto debe leerse críticamente la nueva preocupación de organismos internacionales y políticas públicas afines por la problemática hoy privilegiada de la “pobreza” y la “exclusión”. La “pobreza” busca desviar el eje de la cuestión social respecto del viejo problema de la desigualdad (y la discusión técnica sobre su medición, puede distraer de su discusión política). Asimismo, la problemática de los “excluidos” desplaza el análisis de las clases sociales. Esta mirada liberal se asocia a nuevas políticas sociales no universalistas, sino focalizadas; basadas menos en la garantía de derechos por la intervención del Estado, que en un redescubierto “capital social” (concepto de Bourdieu prestado y resignificado) para interpelar a la auto-organización y responsabilización de los propios damnificados.


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Contractualismo y liberalismo. “Contrato social” y “capital social” Comencemos por los principios del contractualismo y su relación con la cuestión social. Esta última, la definimos repetidamente por el choque del ideal de igualdad con la realidad de desigualdad del capitalismo. De todos modos, también está planteada en el título una “paradoja” o contradicción interna del contractualismo liberal: ¿en qué sentido? Asimismo, es dable pensar relaciones entre la filosofía y la política práctica. Concretamente, podemos interrogarnos por la relación de la idea del “contrato social”, con el concepto de “capital social” que en la actualidad determina muchas políticas sociales. ¿Qué filiación o afinidad puede encontrarse entre ambas ideas? Acaso esta filiación deba buscarse en su común adscripción al ideario del liberalismo (político, y económico). ¿De qué modo? Clases “en sí” y “para sí”: la importancia de la organización y la movilización La cuestión de las clases teóricas o “sobre el papel” y las clases reales o movilizadas, que hemos expuesto de modo muy sintético y simplificado, se vincula con una discusión central y siempre abierta en las ciencias sociales, la de la respectiva relación entre determinación y libertad, “objetividad y subjetividad”, o “estructura y acción” sociales. ¿De qué modo comprendemos al fin las ideas de clase “en sí” y “para sí”? Dichas ideas, ¿no encierran en sí una paradoja? (plantear que algo existe más allá de cobrar “conciencia”; o al revés, que algo adquiere conciencia sin tener

antes plena existencia “en sí”) La resignificación contemporánea del “capital social”, en la medida que responsabiliza a la propia sociedad civil en lugar de buscar garantías en el campo de la política y el Estado, ¿cómo puede relacionarse con la discusión socialista en torno del reformismo? Las estrategias de auto-organización del “capital social”, ¿en qué sentido son “movilizadoras”?; es decir, ¿puede decirse que fomentan la organización política, o aún más, alguna forma de “conciencia de clase”? ¿Apuntan en última instancia a un horizonte de cambios estructurales o de conservación del statu-quo?

Lo “social” como adjetivo omnipresente Hemos intentado aclarar la definición original de lo “social”, para clarificar un poco el sentido de un término que aparece de modo omnipresente en los debates políticos, y como adjetivo asociado a muchos conceptos teóricos. Hemos reseñado aquí varias ideas calificadas por lo “social”, a saber: “cuestión social”, “clase social”, “ciudadanía social”, “capital social”. ¿De qué modo estos términos adquieren y dan a la vez un sentido diferencial de lo “social”? Por ejemplo, entre las ideas de “ciudadanía social” y “capital social”, ¿cuáles son los contextos de emergencia y sus sentidos diferenciales? ¿Qué horizonte cabe en cada caso a la intervención estatal y a la garantía política de derechos? Bourdieu y el análisis marxista de las clases sociales Hemos dicho que la obra de Pierre Bourdieu, en el cruce de diversas corrientes de la sociología (al decir de García Canclini, un “marxismo weberiano”), habilita una actualización y complejización multidimensional del análisis de clase marxista. ¿Por qué? ¿En qué sentido puede decirse que el esquema


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teórico de Bourdieu es superador, o acaso más apto que el de Marx para pensar las divisiones de clases contemporáneas? Y a la vez, ¿en qué medida retoma o incluye aun el análisis de clases sociales? De otro modo: ¿cuáles son las ventajas de clasificar las clases según la propiedad de los medios de producción, o según distintas formas de poder-capital?

Bourdieu: los habitus de clase, la educación y la “distinción” El constructivismo de Bourdieu supone incluir la dimensión de interiorización subjetiva de lo social. Este marco epistemológico se vincula con su concepto de “habitus” de clase. ¿De qué modo? Y estos habitus, al definir una adscripción social de clase y ser definidos como “estructuras” (en rigor, como “estructuras estructuradas y estructurantes”), ¿qué margen de libertad dejan para los sujetos? He aquí la difícil cuestión: ¿cómo puede torcerse a nivel de las trayectorias individuales el profundo destino social marcado por lo que Bourdieu denomina “sentido de la posición de uno”? En relación con esto, se discute si la escuela puede ayudar a compensar y rectificar estas trayectorias merced al esfuerzo y trabajo educativos. ¿Cuál es el repertorio de formas del “capital cultural” que la escuela hoy reproduce y que podría proveer? ¿En qué medida dicho espacio reproduce, compensa o nivela las desigualdades de capital cultural? Basándonos en la reflexión teórica, y aun en nuestra intuición y nuestra experiencia, ¿cómo imaginamos que las formas del capital cultural y escolar interactúan, al interior de los sujetos educandos, con las disposiciones profundas que conforman el “habitus” de clase? Por otro lado, la teorización de Bourdieu sobre las formas de “distinción”, y las diferencias del capital cultural y simbólico y sus matices entre

clases o fracciones de clase, ¿en qué sentido son útiles para pensar la dinámica del espacio social de las clases medias?

Modelos de representación de la estratificación social: la “pirámide” social y el diagrama de Bourdieu Vimos más arriba una comparación entre dos gráficos, el primero un diagrama diseñado por el propio Bourdieu (ordenado según diferencias de volumen global y composición capital cultural y económico); el segundo una representación típica de un modelo estratificado de “pirámide social”. Vale otra vez reflexionar y repetir las siguientes preguntas: ¿en qué se diferencian?, ¿cuáles son las teorías sobre lo social implícitas en cada modo de representación?, ¿cuáles las ventajas de cada una? Evidentemente, el gráfico de Bourdieu aparenta ser más complejo que la pirámide social. ¿Por qué? ¿Cuáles son en cada caso las variables que ordenan la representación? Retomando el análisis de clases sociales de Marx, ¿cómo se lo puede relacionar o incluir en la representación de ambos gráficos? La “nueva cuestión social” ¿En qué sentido general hemos comprendido la diferencia entre la “cuestión social”, tal como se definió al comienzo del capítulo, y la hoy llamada “nueva cuestión social”? Reflexionemos sobre nuestra concepción y nuestra imagen mental, de las características concretas de la “exclusión” (en sus aspectos económicos, culturales, urbanísticos, legales, etc.), y la imagen tradicional de la clase obrera y el “proletariado”. ¿Qué diferencias aparecen entre nuestras imágenes del “excluido” y del “proletario”? ¿Qué significación política tiene el cambio de foco de atención, del problema de la “desigual-


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dad”, al de las “diferencias”, la “equidad”, o la “pobreza”, la “exclusión” y la marginalidad? Buscando una posible fundamentación de este cambio de enfoque, ¿responde a cambios efectivos en la estructura social y en el espacio del trabajo?, ¿y/o a cambios del contexto político? (tanto a nivel mundial, como a nivel regional y de la política doméstica) Estos cambios de enfoque y de conceptos, ¿qué impacto y traducción tienen en el plano de las políticas y las instituciones educativas, y de las estrategias y prácticas pedagógicas? ¿Cuál es el sentido y eficacia de apelar al concepto de “capital social”? ¿Qué mirada política subyacente hay sobre el carácter y las prioridades de intervención del Estado?

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Capítulo 2 Evolución histórica de la cuestión social en la Argentina 2.1. Emergencia de la cuestión social en el siglo XIX 2.2. La sociedad de masas y el Estado de bienestar

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n este capítulo retomaremos la problemática de la “cuestión social”, junto a la revisión de algunos ejes conceptuales y el desarrollo de otros nuevos, en perspectiva histórica y para el caso específico de la República Argentina. El análisis comenzará en la emergencia de la cuestión social en el siglo XIX, en particular en función de los problemas de la vida urbana que hicieron eclosión en la ciudad de Buenos Aires y otras grandes urbes del país. Y continuaremos con las formas de políticas de inclusión social y bienestar hacia mediados de siglo XX, para finalmente llegar al análisis de las nuevas formas de la cuestión y las políticas sociales en la actualidad.


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2.1. Emergencia L de la cuestión social en el siglo XIX

as formas que adquirió la llamada “cuestión social”, según hemos visto ya en el capítulo 1, eclosionaron no sólo en Europa, sino que también impactaron en la joven República Argentina, merced a su fuerte integración al mercado mundial, sobre la base del desarrollo de un modelo económico agroexportador. Las paradojas y contradicciones del contrato social liberal que constituyen el corazón de la moderna cuestión social (Donzelot, 2007), junto con los problemas concretos de la desigualdad y las condiciones de pauperismo y la vida obrera en las aglomeraciones urbanas y fabriles, también se repitieron en nuestro país, y despertaron fuertes dudas e inquietudes en las clases dirigentes ilustradas en función del proyecto de construcción de una “Nación”.

2.1.1. Modelo agroexportador. Dominio territorial y violencia fundacional del Estado-Nación

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a Argentina de fines de siglo XIX se constituyó como moderno Estado-Nación a partir de la integración a la economía mundial, básicamente a través de la exportación de productos agropecuarios y la importación de capitales y productos manufacturados. Este patrón de integración subordinada al mercado mundial se conoció como “modelo agroexportador”. La relación fundamental a nivel geopolítico y de las transacciones económico-comerciales internacionales durante esta etapa se estableció con Inglaterra, alimentando de este modo el continuado desarrollo de su revolución industrial y ampliación de mercados. El modelo agroexportador se fundaba en una acumulación capitalista basada sobre el latifundio improductivo y la agricultura extensiva, con mínima agregación de valor en la producción y un incipiente y poco significativo desarrollo industrial endógeno.


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La expansión de la frontera agrícola se llevó a cabo a través de campañas militares, como las que se conocieron con la mala denominación de “Conquista del desierto” dirigidas por el general Julio Argentino Roca entre los años 1869 y 1888 sobre los territorios de La Pampa y la Patagonia. El combate contra los “malones” y el poder territorial de algunos pueblos originarios (tehuelches, mapuches), con el saldo del exterminio sistemático de dichas poblaciones indígenas originarias19, corresponde a lo que Marx analizó en El Capital, en torno a la transición del modo de producción feudal al capitalista, ligado a formas de “violencia extraeconómica” y “violencia económica” (Marx, 1988: 891). La primera forma, propia de las antedichas campañas militares, inauguró lo que en jerga marxista se llamaría proceso de “acumulación originaria”: la expulsión de poblaciones de sus tierras que pasarán a constituir el patrimonio de la oligarquía terrateniente y la base de acumulación del capitalismo agroexportador. Este proceso, a la vez que una acumulación de tipo económico fue también político, fundando lo que comúnmente se entiende como "monopolio de la violencia” sobre un territorio, elemento definitorio esencial del Estado-Nación moderno. Los gauchos e indios eran poblaciones nómades, que no conocían ni la forma convencional burguesa de la familia y la civilidad, ni la propiedad privada ni el Estado. Expulsados de su hábitat y despojados de su modo de vida y su libertad, serían empujados hacia los bordes de los centros urbanos, forzados a constituirse en fuerza de trabajo o transitar en la marginalidad. Muchos de ellos olvidarían y perderían sus costumbres y alimentarían la penosa rutina de la “mala vida”, de los “compadritos” al servicio de patrones de dudosa moral o de la prostitución. La violencia “extraeconómica” de la expulsión por la fuerza es entonces complementada con la violencia “económica”: cuando aquellos que han sido expulsados y privados de sus medios de vida y de pro-

ducción y sustento (la pequeña unidad rural agrícola, las economías comunitarias tradicionales) se ven forzosamente convertidos en mano de obra “libre” jurídicamente, obligados a venderse en un mercado de trabajo. Estas formas históricas de violencia sentaron la base de lo que constituiría, merced a la integración de los expropiados de la vida rural en la rutina fabril y urbana, la nueva clase obrera, el moderno proletariado, base de la explotación de plusvalía en el capitalismo. Por otro lado, la concepción de un “desierto” a conquistar se acompañó con el ideal de “poblar la Nación”, que alentó la apertura a la inmigración de origen europeo20. Los inmigrantes fueron el grueso de los colonos, pero en muchos casos no se asentaban en el campo más que temporariamente, y el grueso de los asalariados permanentes rurales siguieron siendo criollos. El flujo inmigratorio tuvo de todos modos un peso demográfico determinante, y el censo de población de 1869 en la ciudad de Buenos Aires arrojaba una cifra de 51,8% de población extranjera. Esto comenzaría a fundar el mito -aún muy discutido- de una Argentina “blanca”.

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En el año 2012, los aborígenes constituyeron alrededor del 1,5% de la población total del país, la mayor parte de ellos están ya transculturizados, desconociendo su lengua y sus costumbres tradicionales. Algunos estudios señalan que la población mestizada en la Argentina —con por lo menos un antepasado amerindio— rondaría el 50%. Diario Clarín, Revista Ñ, Domingo 26 de septiembre de 2011

19 • Estas campañas contaron, en algunos casos, con la complicidad de algunas pocas tribus o fracciones indígenas que participaron en combate como aliados del gobierno nacional argentino. De todos modos, la mayor parte de las tribus fueron exterminadas al resistir el avance del Estado sobre sus territorios. Este proceso que fue reivindicado como fundacional por el Estado-Nación argentino, más tardíamente se reconoció como un verdadero “genocidio” sobre los pueblos originarios de nuestras tierras. 20 • La gran mayoría de los inmigrantes era de origen italiano, 571.057 sobre un total de 859.919 llegados de ultramar, entre los años 1857 y 1887. Sobre esa cifra, el 87% eran adultos; y entre los adultos, el 75% eran varones y el 12%, mujeres (Murillo et al., 2007: 25).


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(…) Si el primero se ponía a cantar al compás de la vigüela, éste, el de hoy, prefiere la “kumbia” villera. Al primero lo vuelven matrero la pobreza y una institución del Estado, el ejército y su leva. Al segundo, lo tornan chorro malo la misma pobreza y una institución distinta, la cárcel. Si uno padece a los oficiales y el trabajo gratis, el otro padece a los “pitufos” –presos “antipresos” que, según muchas versiones, en las cárceles roban, violan y matan bajo protección de miembros el Servicio Penitenciario– y “trabaja” gratis para los oficiales carcelarios. Los dos pierden mujer, hijos y casa. Los dos cometen dos crímenes sin sentido. Contemos uno,

el primer asesinato. En el original, El Gaucho Martín Fierro, el que escribió José Hernández y se publicó en 1872, el gaucho mata porque está borracho. Le hace un chiste pasado de tono a una negra –le dice “vaca” y quiere seducirla–. El negro que la acompaña se enoja. Y Fierro lo mata. En la reescritura, El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña, publicado hace poco más de dos meses, el guacho mata por el mismo chiste. En vez de a un negro, a un boliviano. Los dos hacen el mismo comentario racista: uno dice “los negros”, el otro “los bolis”, y afirman que Dios (“D10s” en la versión contemporánea) los creó “para carbón del infierno” (“tizón” en el original). Si uno se pasa al indio después de robarse unas vacas, el otro se va a Paraguay con unas bolsas de soja ajena. Los dos rompen ese mito tonto, ese que sostiene que quienes son víctimas deben ser necesariamente buenos, como si hubiera alguna relación lógica entre la adversidad y el altruismo, como si ser bueno fuera más fácil con todo en contra. (…)

El guacho Martín Fierro

El gaucho Martín Fierro

Era un cheto e Capital que nada se le entendía, que flor de papa tendría en la boca, ese marciano: lo único que repetía es que era palermitano.

Era un gringo tan bozal, que nada se le entendía. ¡Quién sabe de ande sería! Tal vez no juera cristiano, pues lo único que decía, es que era papolitano.

El Mar tín Fierro, remixado El clásico de clásicos de la literatura argentina en una nueva versión del joven poeta Oscar Fariña. El poema, “traducido” a la clave marginal de hoy: el gaucho matrero es un pibe chorro. Por Gabriela Cabezón Cámara

Ahí nomás ¡Gilda me valga! el ruido a metal yo siento me agaché, y en el momento el gato vino a los tumbos; mamado fakeó sin rumbo, que si no, no cuento el cuento. Y aguante el que ahora se anime a meterse con este chorro, o si no que pase el porro y para otro barrio emigre: yo trasca mando en el Tigre y te re garcho sin forro. Yo junté todos los cuerpos, me harté y les eché un clorito; hice una cruz con palitos y pedí a D10s y al Frente perdonaran mi delito de achurar a esos agentes.

Ay no mas ¡Cristo me valga! rastrillar el jusil siento; me agaché, y en el momento el bruto me largó un chumbo; mamao, me tiró sin rumbo, que sinó, no cuento el cuento. Y aguante el que no se anime a meterse en tanto engorro, o si no apretese el gorro, o para otra tierra emigre; pero yo ando como el tigre que le roban los cachorros. Yo junté las osamentas, me hinqué y les rezé un bendito; hice una cruz de un palito y pedí a mi Dios clemente me perdonara el delito de haber muerto tanta gente.

(Selección de párrafos comparados del original de J.Hernández y la versión de O.Fariña, (2011). “El guacho Martín Fierro”. Buenos Aires: Factotum.)


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Es importante replantear una advertencia y una síntesis del siguiente modo: hemos planteado ya antes la “cuestión social” y acostumbramos imaginar su nacimiento en torno de las luchas del proletariado industrial y urbano; pero hay una faceta distinta y previa, ligada a la historia invisible de las poblaciones originarias y del colonialismo en América Latina. Como acabamos de describir, en el propio proyecto de fundación de un EstadoNación moderno en la Argentina, se concibió una acumulación originaria de tierras y propiedad, así como una acumulación y monopolio de la violencia, y un ejercicio sistemático de la misma por parte del aparato represivo estatal en el genocidio de las poblaciones originarias. Este genocidio se extendió en el plano cultural, con poblaciones amerindias diezmadas, gauchos condenados a la errancia y la persecución; todos expulsados a los márgenes de la “mala vida” en las ciudades, donde debieron perder y olvidar sus culturas y modos de vida rurales y ancestrales, para malvenderse como fuerza de trabajo en el nuevo orden del capitalismo. La temprana mecanización de la producción rural, por una parte, y el pobre desarrollo de una industria local de manufacturas o maquinarias agrícolas, por la otra, limitó el acceso al trabajo y por ende el asentamiento rural. Es el principio de un éxodo de población del campo a la ciudad. AÑO

1869 1895 1914

Población de la Argentina (según los censos nacionales) Total Urbana Rural Número % Número % 1.737.076 496.680 28,6 1.240.396 71,4 3.954.911 1.479.452 37,4 2.475.459 62,6 7.885.237 4.157.370 52,7 3.727.867 47,5

Fuente: Censos nacionales21

21 • (en Murillo et al., 2007: 23)

La mayor concentración de población se dio pues alrededor de las ciudades cercanas a los puertos, dotadas aún de un escaso desarrollo industrial e infraestructura urbana. Según datos de los censos nacionales de 1895 y 1914 (ver tabla de censos), en el transcurso de dicho período, la población urbana aumentó hasta constituir más de la mitad del total de la población del país. Y asimismo, el 71,5% de los incrementos demográficos totales se acumuló en la zona Este, correspondiente a las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, y la Capital Federal. Las mayores concentraciones de población se dieron en las ciudades de Buenos Aires y Rosario.

2.1.2. La cuestión social en las ciudades: el miedo a las epidemias físicas y morales

“E

n Argentina, y especialmente en Buenos Aires, esas paradojas se evidenciarán con toda fuerza luego de 1853. Fue entonces cuando en primer lugar se usó la violencia directa para ‘pacificar’ la incipiente nación y luego se actuó de modo predominante a través del discurso de la persuasión sobre la heterogénea multitud de inmigrantes que amenazaban como ‘microbios’ con corroer el cuerpo social” (Murillo, 2005: 197). El explosivo crecimiento demográfico planteó una cuestión a la vez social y urbana. Las manifestaciones más crudas del pauperismo, los problemas del hacinamiento y los déficits de infraestructura, la difusión de epidemias, todo ello provocó cierta desazón en el optimismo de los sectores ilustrados de las élites y la difusión de miedos en la población, que acompañaban el resquemor frente a la creciente presencia y demandas de las “masas” de


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trabajadores22. El paisaje de los “conventillos”, que conocemos gracias a inolvidables letras de tangos y sainetes, fue cuna de dichas expresiones de la cultura popular, pero también caldo de cultivo de muchas de las aberraciones de la cuestión social23. Las figuras del “compadrito”, tan homenajeado luego en voces de nuestra literatura, o los burdeles, en los arrabales donde se ubica el nacimiento mítico del tango, eran por entonces vistos como formas de “mala vida”: delito, proxenetismo, promiscuidad, vagancia, desarraigo, violencia, alcoholismo, abandono de niños, falta de higiene. En fin, un foco de enfermedades físicas y morales. “Los compadritos muertos” Jorge Luis Borges Siguen apuntalando la recova Del Paseo de Julio, sombras vanas En eterno altercado con hermanas Sombras o con el hambre, esa otra loba. Cuando el último sol es amarillo En la frontera de los arrabales, Vuelven a su crepúsculo, fatales Y muertos, a su puta y su cuchillo. Perduran en apócrifas historias, En un modo de andar, en el rasguido De una cuerda, en un rostro, en un silbido, En pobres cosas y en oscuras glorias. En el íntimo patio de la parra Cuando un tango embravece la guitarra. Las “epidemias morales” (delito, prostitución, locura), junto con los flagelos del cólera, el tifus o la fiebre amarilla, eran las dolencias que comenzaban a aque-

jar la salud de la Nación. Todos ellos, flagelos traídos por los inmigrantes, visto además que había fracasado la política de atracción de laboriosos trabajadores del norte europeo y, en cambio, abundaban anarquistas españoles24 y otros elementos de países mediterráneos, cerrados en sus propias asociaciones mutuales y cada vez más organizados y conscientes de su derecho al trabajo y la ciudadanía. Miguel Cané y la “Ley de Residencia” En 1889, desde su puesto de cónsul argentino en España, Miguel Cané llamaba a controlar a las compañías contratistas para seleccionar a los inmigrantes, y advertía que “durante varios meses se han embarcado en los puertos de Andalucía millares de hombres sin oficio conocido, vagabundos, inhábiles para el trabajo, futuros parásitos de nuestras ciudades, verdadera lepra social en vez de contingente de riqueza […]. La inmigración, lejos de ser un beneficio para la República, es un elemento de disolución social, no sólo por los vicios morales que esa masa de hombres pervertidos importa, sino también por las numerosas enfermedades físicas que padecen” (citado por González Leandri, González Bernaldo de Quirós y Suriano, 2010: 203). El mismo Cané (1851-1905), autor de Juvenilia y una de las plumas más representativas de la Generación del 80 en la literatura argentina, desempeñándose como senador nacional y por encargo de la Unión Industrial Argentina, fue quien auspició y dio aun su nombre a la infausta Ley 4144 sancionada por el Congreso Nacional en el año 1902, conocida como “Ley de Residencia” o “Ley Cané”. Dicha legislación facultó al gobierno a expulsar sin previo aviso a extranjeros, y fue

22 • Una referencia ineludible es el conocido Informe Bialet Massé. “El estado de las clases obreras Argentinas” de 1904, encargado al catalán Joan Bialet Massé por el presidente Julio A. Roca, que sirvió de precedente para la primer creación de un Código y un Departamento Nacional de Trabajo. “El Informe se constituye en un dispositivo productor de sujetos trabajadores argentinos ‘normales’ que abominan del socialismo y que ‘aman’ el capitalismo buscando crear un efecto de realidad que justifique por una parte la necesaria ‘tutela’ del Estado sobre los trabajadores, y por el otro estigmatice como ‘normales’, ‘anti-argentinos’, y ‘enfermos’ a quienes luchaban por la revolución social” (García Fanlo, 2009). 23 • Recordemos las variables de definición del umbral de “necesidades básicas insatisfechas” (NBI), a saber: más de tres personas viviendo en una misma habitación; alojamiento en viviendas precarias o de inquilinato; falta de retrete con descarga de agua o sistema de cloacas; presencia en la familia de un niño de entre 6 y 12 años que no asista a la escuela. Es claro que en los conventillos se conjugaban prácticamente todos estos males y otras formas de precariedad. 24 • La fuerte tradición anarquista de los españoles, alentó bajo esa orientación la fundación en 1901 de la primera organización obrera en nuestro país, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). La posterior escisión de los gremios socialistas daría origen un año después a la Unión General de Trabajadores (UGT). Esas dos orientaciones, junto con la del sindicalismo revolucionario, serían las variantes fundamentales en los orígenes del movimiento obrero argentino (Matsushita, 1983).


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utilizada para perseguir y reprimir la organización sindical de los trabajadores y expulsar fuera del país principalmente a anarquistas y socialistas. Este tipo de discursos, como se aprecia muy claramente en la cita de Cané, amén de discriminatorios y xenófobos, respondían a toda una peculiar y novedosa matriz de pensamiento conservador, que conjugaba prejuicios con cientificismo, con el que las élites pensaron la cuestión social, a la vez como un problema de orden político y de salubridad y moral públicas. Discurso policial y discurso médico se aunaban en una protopolítica científica.

2.1.3. Protopolítica científica y medicalización: el par normal-patológico

E

l análisis siguiente se desprende del marco teórico del francés Michel Foucault (1926-1984), muy influyente en otros análisis de la cuestión social que citamos aquí (Castel, Donzelot, Murillo y otros). El concepto de “gubernamentalidad” (Foucault, 1981) aludió a una economía específica del poder (o “biopoder”; 1977 y 1992), distinta de las formas premodernas de la soberanía (el viejo poder del soberano, externo y por ejercicio de la violencia, poder de “hacer morir y dejar vivir”), basado ahora en la regulación no-violenta de lo público y la interpelación al auto-control y gobierno de sí de los sujetos libres, para regulación tanto de individuos como de poblaciones, merced a saberes y técnicas de poder que articulaban la acción del aparato del Estado con la de esferas institucionales paraestatales (familia, escuela, prisiones y hospicios).

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Les recomendamos visitar la obra Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires (1871), de Juan Manuel Blanes. Disponible en: http://www.buenosaires.gob.ar/areas/cultura/ arteargentino/00sigloxix/02gr_crono_1871_1a.php

En pleno auge de la inmigración extranjera y la amenaza contestataria de las masas, el discurso con que las élites argentinas respondieron a la cuestión social concibió a la sociedad como un “cuerpo” (metáfora organicista25), cuyo equilibrio u homeóstasis era menester proteger y sanar. La ciencia, y en especial la medicina, se transformaba en matriz discursiva y modelo de intervención sobre lo social. Esto expresó la hegemonía del “positivismo” como base del proyecto de “Nación” de las fracciones intelectuales de las clases dirigentes de la Argentina de fines de siglo XIX y comienzos del XX (Terán, 1987). Los médicos, dotados de la autoridad cuasi absoluta de la ciencia y revistiendo en nuevos organismos de Estado (como la Asistencia Pública, o el Departamento Nacional de Higiene creado en 1880), devinieron en profesionales de intervención en lo social (prefiguración genealógica de lo que más adelante conoceríamos como “trabajadores sociales”). El Estado puede pensarse aquí pivoteando y articulando entre las instancias de lo político y lo civil, tejiendo una alianza estratégica entre instituciones estatales y paraestatales, contándose entre estas últimas las formas liberales de acción social: la filantropía, las sociedades de beneficencia, los agentes de la Iglesia, o aun clubes, mutuales y organizaciones civiles, etc. Estas estrategias y prácticas de intervención, articularon especialmente con los espacios de la familia26 y la escuela, lugares de constitución (“socialización”) del futuro ciudadano, que fueron rodeados con prescripciones de cuidado de sí y de normas de

25 • La analogía organicista y la metáfora del “cuerpo social” fundan la idea novedosa, luego integrada en el sentido común sociológico, del “sistema” social: una nueva forma de solidaridad “orgánica” entre los miembros de la comunidad, cuando ya disueltos los lazos de autoridad tradicional y religión del medioevo, frente a la afirmación del individualismo moderno, debe procurarse una nueva forma de integración y subordinación de las partes al todo, y de solución y conjura de los conflictos y amenazas. Este pensamiento positivista y organicista sobre lo social estuvo en la base de la teoría sobre la sociedad industrial de los primeros precursores de la sociología como disciplina, Henri de Saint-Simon (1760-1825) y su discípulo Auguste Comte (1798-1857) (Forte, 2008).


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conducta, de higiene y de moral. Todo esto auspició un proceso de “medicalización de la población”, una “protopolítica científica” aplicada a la salud física y moral de la población (Murillo, 2000). La institución en dispositivos estatales y paraestatales de esta matriz de discurso disciplinario sustentaba un régimen de verdad: toda una forma de pensar la sociedad en sus alcances y en sus límites, una prescripción de conducta social que era interiorizada en forma de imperativo moral (los valores burgueses de la “moral y buenas costumbres”, la “decencia”). En fin, se generalizaba el nuevo par de la “normalidad/anormalidad” como imperativo de integración social y, correlativamente, como criterio de clasificación y juicio de las conductas desviadas. “Todo ese proceso demandó a la disciplina como técnica-táctica de poder y estableció una línea de demarcación social, entre el ciudadano normal y el desviado; en esta última categoría cayó la locura y el crimen, así como su zona intermedia: la contravención. Estas figuras, se transformaron en lo Otro, que le dio sentido a la identidad de la nación y a sus ciudadanos. La medicina, a través de su modalidad de intervención dio el modelo para el establecimiento de parámetros de ‘normalidad’ y desvío de la norma, así como para rencauzar al desviado. Las técnicas de los trabajadores sociales, desde el pedagogo hasta el criminólogo, pasando por el maestro y el psicólogo, se constituyeron sobre la matriz de diagnóstico e intervención terapéutica de la medicina” (Murillo et al., 2007: 32). Retomando la reseña del marco teórico de Foucault, el nuevo régimen de gubernamentalidad involucraba dos vías complementarias del poder, individualizante y socializante, orientadas a interiorizarse y construir subjetividad o a regular estrategias de solidaridad y orden social; se corresponden respectivamente con lo que Foucault denominó “anatomopolítica” (disciplinas, a nivel de los cuerpos) y “biopolítica” (regulaciones, a nivel de las poblaciones).

“Podríamos decir esto: todo sucedió como si el poder, que tenía la soberanía como modalidad y esquema organizativo, se hubiera demostrado inoperante para regir el cuerpo económico y político de una sociedad en vías de explosión demográfica e industrialización a la vez. […] Para recuperar el detalle se produjo una primera adaptación: adaptación de los mecanismos de poder al cuerpo individual, con vigilancia y adiestramiento; eso fue la disciplina. […] fue la más temprana -en el siglo XVII y principios del XVIII- en un nivel local, en formas intuitivas, empíricas, fraccionadas, y en el marco limitado de instituciones como la escuela, el hospital, el cuartel, el taller, etcétera. Y a continuación, a fines del siglo XVIII, tenemos una segunda adaptación, a los fenómenos globales, los fenómenos de población, con los procesos biológicos o biosociológicos de las masas humanas. Adaptación mucho más difícil porque implicaba, desde luego, órganos complejos de coordinación y centralización. Tenemos, por lo tanto, dos series: la serie cuerpo-organismo-disciplina-instituciones; y la serie población-procesos biológicos-mecanismos regularizadores-Estado. Un conjunto orgánico institucional: la órgano-disciplina de la institución, por decirlo así, y, por otro lado, un conjunto biológico y estatal: la biorregulación por el Estado” (Foucault, 2000: 226). “Los conceptos de ‘normal’ y ‘patológico’, tal como fueron acuñados por la medicina, se transformaron en la medida de una serie de acciones políticas con las que se articulan instituciones estatales y privadas, tendientes a lograr la gubernamentalidad de la población. Ello se evidencia entre otras cosas en las funciones de organismos del Estado y de instituciones de encierro a cargo del mismo. La articulación de esas instituciones posibilitó un ejercicio de la gubernamentalidad que actuó en una doble dirección: por un lado tuvo un sentido totalizante, en tanto toda la ciudad a través de diversos dispositivos (DNH, Asistencia Pública, Escuela) cayó bajo la mirada controladora y cuadriculadora de los pode-

26 • Esta concepción de la institución familiar, estratégicamente vista como complemento de la acción estatal y relleno de los vacíos o déficits de lo social, prescribía roles estrictos para sus miembros. Lo femenino, como cualidad de sensibilidad y abnegación, tanto para la crianza del niño como para arrancar al hombre de los malos hábitos de la taberna, el callejeo y el motín. El padre, con su autoridad, era quien portaba y acercaba la función de la Ley. La infancia, en fin, era vista como matriz del adulto normal, futuro ciudadano y fuerza de trabajo. Sobre este espacio se fundaron así conscientemente toda una serie de estrategias de “familiarización”, según ha sido analizado en el trabajo específico y muy recomendable de Jacques Donzelot, La policía de las familias (1990). También hemos desarrollado en otra ocasión una investigación específica sobre las relaciones familiares (Amatriain, 2003).


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res; por otro lado la gubernamentalidad se ejerció de modo individualizante, en tanto esos dispositivos gestaron a través de diversas estrategias, el gobierno de sí mismo, por medio de la aspiración a ideales de limpieza, orden y moral. La construcción de un yo interior, de una conciencia moral, jugó en ello un papel central. Y en la construcción de esa conciencia moral, el miedo a las enfermedades físicas y morales fue esencial para la interiorización del imperativo ético” (Murillo et al., 2007: 32). El proceso de medicalización que describimos se tradujo en varias orientaciones o estrategias, entre ellas las del “alienismo” y el “higienismo”. Estas estrategias médico-jurídicas valorizaron e instrumentalizaron la dimensión del espacio, respectivamente el espacio cerrado y el espacio abierto de los intercambios (Murillo, 2002). El alienismo se aplicó al diseño de espacios de encierro, valorados como agentes de educación, curación y regeneración, con un modelo eminentemente hospitalario (Robert Castel se centró en la difusión del orden psiquiátrico, que definió como “edad de oro del alienismo”; 1980). Dicho modelo (que contaba a la vez con una triple estrategia: distribución precisa del espacio; clasificación diferenciada de patologías de conducta; relación de autoridad entre médico y paciente) se trasladó al régimen de prisiones, depósitos de mendigos y contraventores, manicomios, instituciones de minoridad, etc. En fin, instituyó la idea de lo “correccional”, el encierro controlado para el estudio científico de la psicogénesis y la etiología moral, la “secuestración” de sujetos por parte del aparato estatal no para purgar sus condenas, sino para su “resocialización". El higienismo, complementariamente, fue la extensión de estas estrategias al espacio abierto, al espacio público donde concurre la población sana y laboriosa, es decir, normal. La progresiva extensión

de las estrategias, reglamentaciones y agencias del Estado (a través de su propio funcionariado y de sus articulaciones y ramificaciones paraestatales) alcanzó bajo su jurisdicción el diseño urbanístico, de calles y cursos cloacales (“sistema arterial y venoso de la ciudad”, según rezaban documentos públicos de la época, reproduciendo la imagen organicista de lo social) y la regulación en la construcción de edificios de viviendas y de plazas y espacios públicos (Gorelik, 1998). Las regulaciones también alcanzarían la inspección de escuelas y la normatividad de la rutina de trabajo. El prestigio científico de la medicina legitimó la intervención estatal sobre los espacios del ocio y trabajo públicos, y de la privacidad. El modelo higienista y el correccional tuvieron su esplendor a nivel internacional entre los años 1930 y 1950. Sus propuestas fueron en buena medida la matriz de políticas públicas emprendidas durante el Estado de bienestar. No es posible en este trabajo inventariar los avatares de las mismas, sino sólo señalar en qué medida la emergencia de la cuestión social ligada a los temores de lo urbano impulsó la articulación de “un triple eje: la gestión de los espacios públicos y privados, la construcción de un sujeto universal desde el punto de vista de sus facultades morales, aunque con diferenciaciones particulares desde la perspectiva de sus obligaciones y lugares sociales, y la implementación de la ciencia como instrumento para la gestión de tales espacios y la constitución de tales sujetos” (Murillo et al., 2007: 36). La contraparte de este proceso de “normalización” social fue la difusión, a nivel tanto de las regulaciones públicas como del sentido común, de la discriminación de aquello que la clasificación incluía en el oscuro espacio de la “degeneración” y la “desviación” social27. Entraban en este espectro tanto la prevención de enfermedades28, la sanción de los problemas de aprendizaje y conducta en la escuela, la disolu-

27 • El caso de Cayetano Santos Godino, que pasaría a la posteridad como el “Petiso orejudo”, se destacó y mostró bien la representación de la criminalidad y la cuestión social por parte de las autoridades y la opinión pública de la época. El susodicho resumía en su biografía los males típicos de la cuestión social: hijo de inmigrantes calabreses, víctima en su infancia de la enfermedad y de la violencia de un padre alcohólico, fue expulsado de varias escuelas y creció vagando en los terrenos baldíos y conventillos de los barrios de Almagro y Parque Patricios. El propio mote de “petiso orejudo”, concentrado en sus caracteres físicos, honra el sentido común permeado por el pensamiento positivista, en sus variantes del darwinismo social y el lombrosianismo (por el médico y crimonólogo Césare Lombroso, que ligaba la criminalidad con causas físicas y biológicas). Los dictámenes médicos lo definieron como “un imbécil o un degenerado hereditario, perverso instintivo, extremadamente peligroso”, sentenciándolo así a reclusión perpetua, hasta su muerte en el penal de Ushuaia, presuntamente por un ataque de los propios reclusos. 28 • En 1909, en tren de evitar la potencial “degeneración de la raza argentina”, el Departamento Nacional de Higiene promovió una reglamentación para prohibir la unión de tuberculosos, sifilíticos y alcohólicos, que eran los progenitores que tenían un mayor porcentaje de mortalidad en sus hijos (Murillo, 2003).


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ción familiar o el descuido de los hijos (aun al límite de su eventual secuestración estatal, contemplada en la ley de patronato), e incluso las faltas de modales y el aspecto exterior (ser pobre, pero “honrado” o “limpio”). Los inmigrantes que llegaban al país, a imagen de las familias aristocráticas tradicionales, internalizarían estos criterios de juicio y prejuicio, de conducta, vestimenta e higiene, que devenían signos de distinción y pertenencia a la “gente decente”, constitutiva de una cuasi raza, opuesta a los “otros” de los criollos y poblaciones originarias, en una forma de larvado o abierto racismo. “La ‘raza argentina’ se constituyó en un horizonte a lograr. Raza que no tenía en todo caso una marca étnica (si bien la apostura de los aristócratas anglosajones o franceses solían servir de modelo), sino que consistía sobre todo en un modo de ser que implicaba respetar a la patria, a la familia, ser limpio, aplicado, trabajador, decente, respetar la palabra dada y tomar precauciones para el futuro” (Murillo et al., 2007: 43).

ara p mirar

• Mapa fundacional de la ciudad de La Plata: la representación del sueño positivista de diseño racional urbano y dirección científica de la vida social. Disponible en: http://www.laplata80.org.ar/wpcontent/uploads/2011/03/la-plata-plano.jpg • El “panóptico”, diagrama espacial de encierro, usado en prisiones y hospicios, adoptado por Foucault como modelo social de vigilancia. Disponible en: http://www.alrededoresweb.com. ar/2012/02/el-panoptico-social.html • El “Petiso orejudo”, famoso asesino serial arrestado en 1912, caso que conjugaba dos figuras: la criminalidad y la “degeneración”. Disponible en: http://commons.wikimedia.org/ wiki/File%3APetiso2.jpg

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omento m de reflexión

Retomemos el análisis sobre la conjugación de técnicas disciplinarias (anatomopolítica) y de regulación de las poblaciones (biopolítica), inspirado en la obra de Michel Foucault. 1. ¿En qué medida es pertinente y provechoso para pensar las instituciones y prácticas educativas? 2. En concreto, pueden plantearse, entre otros, los siguientes interrogantes: • En general, ¿en qué medida puede considerarse la institución escolar como una de las estrategias de respuesta a la cuestión social? • El diseño espacial de la escuela, ¿en qué se asemeja al diseño espacial panóptico, y a otros dispositivos institucionales y espacios de encierro? • ¿La práctica educativa apunta a un objetivo de “normalización” social? • ¿La pedagogía constituye una técnica de disciplinamiento?, ¿en qué medida y de qué forma puede ir más allá del disciplinamiento?


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2.2. La sociedad L de masas y el Estado de bienestar

a cuestión social, como hemos visto, surgió originalmente en el siglo XIX en el marco de desarrollo del comercio, la industria y la urbanización, encuadrada en las estrategias de construcción de un poder de Estado y una “Nación”, y avivada en sus términos más dramáticos por la reacción conservadora frente a la inmigración y las primeras manifestaciones del pauperismo y, luego, hacia fines de siglo XIX y comienzos del XX, frente a las demandas populares de participación política (la “Revolución del Parque” en 1890, liderada por la Unión Cívica, germen del radicalismo, y marca fundacional de estas luchas hasta la conquista del sufragio universal con la ley Sáenz Peña en 1912) y por derecho al trabajo (los sucesos de la “Semana trágica” de enero de 1919, y la “Patagonia rebelde” entre 1920-21, represión feroz de obreros en reclamo de derechos, por parte ya del gobierno civil democrático de Yrigoyen).

ara p mirar

La Patagonia rebelde (Argentina, 1974). Dirección: Héctor Olivera. Basada en la novela Los vengadores de la Patagonia trágica, de Osvaldo Bayer.

En las primeras décadas del siglo XX, con la paulatina integración de trabajadores en la economía industrial, y la socialización de los inmigrantes que devendrían parte de las nuevas “clases medias”, el centro de la decisión política y aun el modelo cultural dejarían de depender exclusivamente de las élites aristocráticas de la oligarquía, y en cambio, un nuevo protagonismo político y social de las “masas” marcaría el advenimiento de una nueva era histórica en la Argentina.


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2.2.1. Crisis del liberalismo, auge del nacionalismo y sustitución de importaciones

E

l cambio histórico hacia una mayor participación e integración de las mayorías no sería un proceso exento de tensiones. Especialmente, con los trastornos debidos a la crisis económica mundial tras el crac de la bolsa de Nueva york en 1930 que afectó la dependencia del modelo agroexportador y auspició un nuevo régimen económico de sustitución de importaciones. La repercusión política local de este marco histórico de crisis sistémica del capitalismo está en el golpe militar de Uriburu que puso fin al gobierno democrático radical e inauguró una serie tristemente larga y duradera de golpes militares y gobiernos de facto en la historia argentina. En el contexto del debate de ideas en la época de entreguerras, en las décadas de los veinte y los treinta, acontecimientos como la guerra mundial y la crisis capitalista parecían inaugurar una suerte de “crisis civilizatoria”, de cuestionamiento del paradigma del progreso asociado a la modernidad y de un pesimismo generalizado a nivel mundial y, en particular, el descrédito y la aparición de cuestionamientos al liberalismo y el positivismo. Esta atmósfera de crisis y desazón en nuestro país tuvo por ejemplo su expresión, más allá del debate académico o filosófico, en letras de tangos que devendrían clásicos del género, como las del gran compositor Enrique Santos Discépolo, “Yira, yira” (1930) y “Cambalache” (1935), u otras muy conocidas como el tango “Pan” (letra de Celedonio Flores, 1932), o “Al mundo le falta un tornillo” (letra de Enrique Cadícamo, 1933).

“Yira, yira” (fragmento) Cuando la suerte qu'es grela fayando y fayando te largue parao... Cuando estés bien en la vía, sin rumbo, desesperao... Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol... Cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar... La indiferencia del mundo que es sordo y es mudo recién sentirás… “Cambalache” (fragmento) Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil, también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, barones y dublés. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados…

Volviendo a la caracterización de la crisis y el debate ideológico de entreguerras, en la Argentina la crisis del liberalismo se expresó a nivel político en el auge de un nacionalismo conservador, crítico tanto del liberalismo como del socialismo29, y con fuerte desconfianza respecto de las “masas” (entendidas en

29 • Tras la Revolución rusa de 1917, liberalismo y socialismo ya se perfilaron como los dos polos que tensionarían la geopolítica y el debate de ideas a nivel mundial y devendrían más adelante en la llamada “guerra fría”. Los discursos nacionalistas, en este marco, resultarían igualmente críticos de ambas corrientes y aparecerían ubicados dentro del espectro ideológico en una suerte de “tercera posición”.


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dicha matriz discursiva como una mera agregación atomizada de individuos indiferenciados, proclives a la agitación populista y al motín). Los nacionalistas de la década de los treinta ejercieron una crítica de la democracia, frente a la cual reivindicaban un orden social jerárquico en el que el gobierno político expresara a las facciones sociales organizadas de modo corporativista (el agro, la Iglesia, la patronal industrial), y no a todos los ciudadanos por igual, que sumados como individuos en la “masa” sólo podían fundar una “tiranía de las mayorías”30. La cuestión social se vio excitada tanto por la crisis capitalista como por la creciente difusión local de las ideas del fascismo europeo, a las que se superpondrían también las propuestas económicas de inspiración keynesiana del New Deal norteamericano. La prédica fascista y las políticas del keynesianismo constituían dos programas diferentes que coincidían sin embargo en una crítica –respectivamente en lo filosófico-político y lo económico– del liberalismo, y apuntaban ambas a un mismo objetivo: paliar la acuciante cuestión social. La llamada “década infame”, inaugurada con el golpe militar de 1930, se caracterizó en lo político por el auge de las ideologías ya descritas del nacionalismo y por el fraude electoral, la represión de los opositores y la corrupción generalizada. El filofascismo y la simpatía con las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial no impidieron, sin embargo, las concesiones a Gran Bretaña en materia comercial (el pacto Roca-Runcimann) y de control de transportes. En el plano económico, la crisis mundial y el aislacionismo comercial de las grandes potencias auspiciaron a nivel local un proyecto de industrialización por sustitución de importaciones (modelo ISI) y un mayor dirigismo de la política económica con la creación del Banco Central junto a muchos organismos estatales reguladores (como las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes) y empresas públicas. El modelo ISI de capital intensivo requeriría ingentes cantidades de mano de obra, que fueron aportadas

por las corrientes de migración interna que tuvieron su primer apogeo en esta época, desde las provincias más pobres del norte hacia los centros urbanos más importantes del país. El consecuente desarrollo del sector industrial llegaría en 1943 a superar por primera vez al sector de la economía agropecuaria, y sería la base de una transformación mayor del sistema social y político. Estas transformaciones de la matriz económica industrial y los cambios y movimientos poblacionales, como sucedió ya en las primeras manifestaciones de fines del siglo anterior, impactaron dramáticamente en las ciudades; y de la realidad de los viejos conventillos dentro del espacio urbano pasaríamos hacia mediados de siglo XX a la nueva imagen de las “villas miseria” agigantadas en los bordes de la trama urbana, lo que a la vez agitaba en la población nuevos miedos y suponía nuevas formas de la cuestión social. Si a comienzos del siglo la oligarquía manifestaba su desdén elitista y su temor por la epidemia de las “masas”, promediando el siglo serían ahora las clases medias urbanas las que revelarían su discriminación y temor frente a la invasión de los “cabecitas negras”.

2.2.2. El peronismo y el Estado de bienestar

E

l ascenso de Juan Domingo Perón, de Secretario de Trabajo y Previsión a la presidencia de la Nación en el año 1946 y, aun antes, la irrupción de las masas en la Plaza de Mayo para exigir su liberación el 17 de octubre de 1945 son los hitos que marcan el nacimiento del peronismo y, con él, un proceso de transformación fundamental en la historia argentina. No se pretende aquí hacer un análisis histórico exhaustivo, sino apenas señalar y retomar algunos aspectos ligados a la evolución de la cuestión social en

30 • Esta matriz ideológica conservadora y antidemocrática, que alentaba diversas expresiones de racismo, paternalismo y aristocratismo, tiene un ejemplo acabado en el discurso de Leopoldo Lugones, quien describe bien las paradojas del antiliberalismo en su propia trayectoria que va desde la militancia juvenil en el Partido Socialista hasta su ulterior vuelco ideológico al militarismo y el fascismo (Fanlo, 2007).


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relación con el peronismo y, en particular, su aporte para la institución en nuestro país de un modelo político-social conocido en general en la historia mundial y en la teoría política como “Estado de bienestar”. De modo muy general y sintético, y apelando a lo consabido, digamos que la etapa histórica signada por el período correspondiente a las dos primeras presidencias de Perón (1946-52 y 1952-55) se suele asociar, en lo económico, a una consolidación del modelo ISI, con el consecuente crecimiento de la clase obrera industrial, y un creciente intervencionismo de la política económica estatal. En lo político, dentro de un marco democrático, se instituyó una ideología antiliberal, un fuerte liderazgo carismático y una orientación corporativista para el ejercicio efectivo del poder, con un significativo crecimiento y reconocimiento de los sindicatos, y una mayor integración del movimiento obrero dentro del esquema socio-económico. La enumeración de estos hechos en alguna medida expresa una continuidad respecto del marco económico-político que se insinuaba en años previos y del perfil que asumían muchos regímenes políticos en la época de la posguerra y los años dorados del capitalismo fordista. La gran significación y singularidad del peronismo, sin embargo, puede acaso situarse en un nivel político-cultural: se trató de un parte-aguas histórico que reordenó el mapa social y dividió de modo profundo y duradero a la sociedad argentina entre dos polos político-ideológicos: el antagonismo fundamental e irreconciliable entre peronismo y anti-peronismo. “La historia política de la Argentina en el siglo XX se divide en dos: antes y después del peronismo. Al constituirse como fuerza política en 1945 desplazó hacia el pasado la tradicional oposición entre radicales y conservadores sobre la que habían girado las luchas políticas desde la cruzada por la libertad del sufragio. En el lugar de esa oposición se levantó

otra, más cargada de contenidos de clase y tributaria de los conflictos que acompañaron la expansión de los derechos sociales y la integración política y social de vastos sectores del mundo del trabajo” (Torre, 2002: 3). La oposición fundamental en la Argentina de la primera mitad del siglo XX entre radicales y conservadores se había basado en las luchas en pos de la conquista de la “primera generación” de derechos civiles y políticos. Y la etapa inaugurada por el peronismo, con “la institucionalización de las realidades propias de una sociedad industrial” (Ib.: 4) se caracterizó, al decir de Torre, por mayores “contenidos de clase”, con el reconocimiento de una segunda generación de derechos, un nuevo horizonte de “justicia social”. En este sentido, la interpelación política del peronismo a la organización de la clase obrera, con un discurso crítico de los privilegios de clase de las viejas élites ligadas al modelo agroexportador, supuso una tensa explicitación y una redefinición política de la vieja “cuestión social”31. La crítica planteada contra el peronismo desde la izquierda política (con el extremo de la alianza del Partido Comunista con la candidatura del embajador norteamericano Braden contra Perón, concebida como una versión local de los frentes anti-fascistas), por el contrario, entendió que la interpelación del discurso peronista al “pueblo”, como unión interclases, significaba un retroceso y desdibujamiento de la contradicción clasista fundamental del capitalismo (burguesía vs. proletariado) y suponía el paradójico compromiso de la clase obrera con su propia explotación dentro del sistema capitalista. En una perspectiva alternativa, el historiador Daniel James (1995) interpretó en los sucesos del 17 de octubre de 1945, jornada de bautismo del peronismo, lo que definió como una “iconoclasia laica”: la profanación de propiedades y espacios de las élites, por ejemplo el diario La Prensa, el Banco Comercial o la

31 • En relación con las diversas interpretaciones posibles sobre el polémico fenómeno histórico del peronismo, podemos reseñar aquí apenas un par de análisis sociológicos de entre los más difundidos. En primer lugar, Gino Germani, referente fundacional de la sociología en la Argentina, en su momento perseguido por su posición política antiperonista, dejó sentada una interpretación clásica del peronismo (1962), que asimiló el mismo con los movimientos fascistas europeos y basó su explicación en factores psicosociales: el choque por la migración de la vida tradicional de provincias al mundo urbano y moderno, facilitó la disponibilidad irracional de los trabajadores para su engaño y adhesión a un régimen carismático y totalitario. En segundo lugar, una mirada diferente y aun opuesta es la de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero (1971), quienes conciben una participación más activa y racional de los trabajadores, reconociendo la importancia de su organización gremial en articulación con el aparato de Estado, y la continuidad con las viejas demandas de la clase obrera por la concreta distribución del ingreso, que el gobierno peronista habría sabido satisfacer.


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sede del Jockey Club y otros clubes y universidades constituían actos de transgresión del orden simbólico establecido. El peronismo tendría en esta perspectiva, de modo inaugural en la historia argentina, el valor de un reconocimiento, y aun la institucionalización desde el propio Estado, de una identidad de la clase obrera, la “dignificación” de los trabajadores y los humildes, y la elevación de la cultura popular de masas al estatuto de una cuasi cultura oficial. Volviendo al análisis de los aspectos sociales del peronismo, podemos encauzarlo con la descripción de la difusión más general en esta época de lo que se llamó “Estado de bienestar”. Se trató de la institucionalización de nuevos derechos sociales a nivel del espacio laboral (períodos de vacaciones y descanso, condiciones de trabajo y sobre todo salarios más dignos) y de la intervención estatal y la prestación de servicios públicos universales (planes de vivienda, ampliación de los sistemas públicos de salud y educación, empresas públicas e inversiones en energía, transporte e infraestructura). En el caso argentino, durante el gobierno peronista, varias de estas políticas sociales lograron amplia difusión y visibilidad a través de la labor de la Fundación Eva Perón y de la figura y memoria indeleble de su conductora. Y claro está, también debe destacarse en este período la ampliación del voto femenino; el reconocimiento, por fin, de una plena ciudadanía y derechos políticos para las mujeres.

ara p mirar

Eva Perón (Argentina, 1996). Dirección: Juan Carlos Desanzo.

Ahora bien, hecho este breve racconto histórico del primer peronismo y su política social, pasemos al análisis de las características del Estado de bienestar en un sentido más general, para considerar la efectiva difusión de este modelo en regímenes políticos de todo el mundo, acompañando los llamados

treinta “años dorados” (1945-73) del capitalismo de posguerra. Visto en una perspectiva más general o macro, este marco histórico auspició una estabilización del orden político, una articulación entre las políticas públicas y el esquema económico del capitalismo industrial fordista, la integración de la clase obrera en la sociedad salarial y de consumo y una consolidación de los procesos antes descritos de disciplinamiento de los sujetos y de regulación y “normalización” de la población. “El período de tres décadas que va desde 1945 hasta mediados de los setenta constituye a nivel mundial lo que dio a llamarse los “treinta gloriosos” considerados como una “etapa de oro” de la economía industrial capitalista. A partir de una articulación de taylorismo y fordismo, en tanto formas predominantes de organización del trabajo, con la teoría económica keynesiana y las políticas welfaristas se construye un modo particular de “dar respuesta” a la cuestión social y una forma definida de gobierno de la fuerza de trabajo y de administrar la contraposición entre trabajo y capital: el salariado (Castel, 1997). Esta forma de gobierno de los sujetos supuso la construcción de fuertes anclajes identitarios, en particular en el trabajo, y la posibilidad de construcción de cuerpos y proyectos colectivos” (Murillo et al., 2007: 52). Los debates en el campo académico mundial y las alternativas teóricas en torno al análisis y definición del Estado de bienestar han sido abundantes y es imposible reseñarlos aquí. Digamos apenas que aquél puede en verdad concebirse como una extensión del Estado protector moderno clásico, lo que por ejemplo el francés Pierre Rosanvallon (1995) llamó “Estado Providencia”32. La propia denominación del Welfare State, por otro lado, también asocia este modelo de bienestar con la difusión de las políticas económicas keynesianas durante la posguerra, como respuesta a la vez a la crisis económica y la cuestión social (Hobsbawm, 1995; Holloway, 1994). Podemos reseñar el conocido planteo del sociólogo

32 • Este término État-Providence fue acuñado en la época del Segundo Imperio en Francia (1852-70), por los republicanos que preconizaban un “Estado social” en la crítica a leyes antisindicales. El Estado protector clásico entronca también en la tradición europea, en Inglaterra con el antecedente de la asistencia social o pública organizada bajo las “leyes de pobres”; y en la Alemania del Segundo Reich (1871) con el Wohlfahrtsstaat que designaba las políticas bismarckianas en materia social.


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danés Gøsta Esping-Andersen (1990), provechoso por la simplicidad de su clasificación, que distingue tres modelos de bienestar: “liberal”, “conservador” y “socialdemócrata”; respectivamente, vinculados con las experiencias de los países anglosajones como EEUU y Reino Unido, los países de la Europa continental como Alemania y Francia y los países escandinavos. En el marco teórico de Esping-Andersen, estos modelos (a los que agregaría más adelante un posible cuarto modelo mediterráneo, tras su experiencia en Italia y España) se basan diferencialmente “en las hipótesis fundamentales sobre las insuficiencias del mercado laboral y de la familia” (Esping Andersen, 2001: 202) (los regímenes de bienestar resultan así en procesos de des-mercantilización y desfamiliarización); y “se distinguen entre sí de acuerdo con la distribución de responsabilidades sociales entre el Estado, el mercado y la familia (los que constituyen la “tríada del bienestar”) y, como elemento residual, las instituciones sin fines de lucro del ‘tercer sector’” (Esping-Andersen, 2001: 207-8)33. Los tres modelos de regímenes de bienestar (Esping-Andersen) Liberal Socialdemócrata Conservador Familia Marginal Marginal Central Mercado Central Marginal Marginal Estado Marginal Central Subsidiario (versión simplificada del esquema de Esping-Andersen, tomado de: Sunkel, 2006: 22)

La difusión de los modelos y regímenes bienestaristas, ligados a las experiencias de las socialdemocracias europeas, como correlato del establecimiento de una “ciudadanía social” (Marshall), tuvieron un indudable éxito en la reducción de la pobreza y la redistribución social de la riqueza, la articulación política entre corporaciones y grupos de interés (sindicatos, partidos políticos, patronales empresarias), una relativa eficiencia en la productividad y desarrollo económicos, la recompensa y protección contra riesgos en el mercado de trabajo. En un balance político general relativo a la cuestión

social, los regímenes de bienestar parecieron brindar una aparente solución, suturando las heridas del contrato social con su éxito para la integración de las mayorías de la población en el salariado. En un orden de posguerra signado por la memoria cercana de la guerra del fascismo contra el liberalismo y del auge del comunismo, la fórmula práctica del “bienestarismo” socialdemócrata fue exitosa en la integración del movimiento obrero al orden político liberal y la economía capitalista, el establecimiento duradero (al menos hasta fines de la década de los sesenta) de una cierta paz social, y resultó una estratégica contención de la amenaza soviética en el marco de la Guerra Fría.

2.2.3. El ascenso y la doble moral de las clases medias

T

ras el anterior análisis de las políticas económicas keynesianas y de intervención estatal en el mundo del trabajo, y de las variantes políticas del Estado de bienestar que caracterizaron la consolidación y los “años dorados” del capitalismo fordista en la posguerra, cabe concluir este capítulo acerca de la sociedad de masas atendiendo a algunas variables sociales sobre el impacto de aquellos procesos macro políticos y económicos en la vida cotidiana y en la morfología de la sociedad. En particular, con la integración de las mayorías de la población en el salariado y la difusión de regímenes bienestaristas, se destaca como nota sociológica dominante en la contemporaneidad el creciente predominio y protagonismo de las llamadas “clases medias”. Esta denominación peca de cierta vaguedad teórica34 y designa un amplio espectro social cada vez más mayoritario en las sociedades modernas, definido por la variable económica y laboral (profesio-

33 • Según estos criterios de Esping-Andersen, podemos describir pues sintéticamente las variantes de cada modelo de bienestar: El modelo socialdemócrata resulta el extremo más igualitarista, con prestaciones públicas universales que profundizan a la vez la independencia del individuo respecto del mercado y de la familia. El modelo conservador -con la influencia histórica del estatismo, el corporativismo tradicional y el catolicismo- se basa en la protección del trabajo, con una des-mercantilización e intervención de política social menores, y la protección laboral del varón en tanto sostén de la familia, vista como núcleo de seguridad y garantía de bienestar. El modelo liberal anglosajón, se basa en soluciones de mercado, y -afín a la mirada liberal decimonónica del “alivio a los pobres”- promueve un Estado “residual” con intervención mínima y asistencia a un espectro circunscrito de necesidades especiales (por ende, al contrario del universalismo, es individualista y tiende a la focalización) entendidas como fallas de mercado.


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nes liberales y un cierto poder adquisitivo) y también por aspectos socio-culturales, que nos interesa aquí destacar: una cierta pretensión de estatus social diferencial, que aleja a las clases medias de los sectores populares (y de la rutina del trabajo fabril o manual), para auto-percibirse en cambio a imagen del modelo burgués; y en particular, una voluntad de “ascenso social” con una fuerte apuesta y valorización del acceso a la educación y la cultura. El análisis de clases sociales clásico tiene una lógica dificultad para incluir la realidad de las clases medias dentro de su clasificación de las clases sociales35; y, como vimos ya en un capítulo anterior, la obra de Pierre Bourdieu permite complejizar el análisis de clases y resulta especialmente pertinente para pensar las clases medias, por las apuestas de éstas a la distinción social a través de la trayectoria profesional y un mayor capital cultural y educativo. La posición estructural de medianía entre clase alta y baja definió como parte del habitus de las clases medias lo que puede definirse como “doble moral” o “hipocresía pequeñoburguesa”. Esta doble moral explicaba, por una parte, la reacción especialmente feroz de las clases medias contra toda forma de grosería y de las desviaciones y enfermedades morales de la plebe y, por otra, la vara distinta con que se juzgaba la dudosa virtud de las clases altas, responsables de las múltiples formas de corrupción política y de explotación de clase, y que aún miraban con desdén a las propias clases medias y su ostentosa pretensión de ascenso. Entre una dignidad imaginaria cuasi aristocrática y, a la vez, una cercanía

al mundo del trabajo y la necesidad económica, las clases medias se refugiaron y anclaron sus esperanzas de ascenso social en el valor de la educación y en los ideales y formas y modales de la “decencia” (como ya hemos visto, formas ellas todas del proceso de “normalización” social y de disciplinamiento de los sujetos para el orden y la vida laboral del capitalismo). Como dijo el ensayista Arturo Jauretche, en relación con su famosa definición del “medio pelo” en la sociedad argentina: “Es la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee […] El medio pelo procede de dos vertientes. Los primos pobres de la alta clase y los enriquecidos recientes” (Jauretche, 1966: 280). En la Argentina, hacia fines de siglo XIX y comienzos del XX, las ocupaciones secundarias ligadas a la economía agroexportadora (industria y manufacturas y servicios como el transporte y la estiba) conformaron la clase obrera; y fue la expansión de las actividades llamadas “terciarias”, ligadas a la administración y el comercio, la que dio origen a la clase media. Los extranjeros inmigrantes serían quienes se integrarían a las ocupaciones más modernas, como industria y servicios, y los argentinos nativos quedarían en actividades tradicionales, como artesanía y servicio doméstico. Hay dos mitos muy difundidos y vinculados entre sí acerca de la Argentina que han buscado distinguirla como un supuesto caso excepcional respecto del resto de países de América Latina. El primero es el mito de la Argentina “blanca”, basado en la antedicha filiación de la clase media local con los con-

34 • La denominación de “clases medias” ha sido usada comúnmente para referir a los grupos sociales que practican actividades y oficios vinculados con el comercio, la administración, así como las llamadas “profesiones liberales” (abogados, escritores, arquitectos, contadores y, en general, todos los oficios de trabajo no manual). Incluye también a pequeños propietarios y sectores con un cierto poder adquisitivo que conforman lo que se daría también en llamar la “pequeña burguesía”. En verdad puede decirse que la existencia de tal espectro social así vagamente definido se remonta al siglo XVIII (respondía por ejemplo a la llamada “gentry” en Inglaterra), asociada íntimamente pues con el desarrollo de la Revolución industrial y de la administración propias de la modernidad. La clase media moderna surge en el siglo XX, al comienzo principalmente en los EEUU, con el desarrollo del modelo industrial fordista y la difusión de las políticas keynesianas, que supusieron un incremento general de los salarios. 35 • La apuesta marxista era que la radicalización del antagonismo entre burguesía/proletariado tendería a devenir cada vez más excluyente y a separar binariamente la sociedad, limitando las clases medias a un lugar residual. La realidad mostraría que, al revés, durante el siglo XX las clases medias tenderían a generalizarse, desplazando el relieve demográfico y político anterior del proletariado. Es comprensible que Marx no atendiera tanto a este problema, pues vivió el nacimiento del capitalismo y la sociedad industrial de primera mitad del siglo XIX, cuando el problema más acuciante que saltaba a la vista era la realidad del pauperismo y la explotación de la clase obrera y las revoluciones plebeyas que trastornaban la cuestión social. En cambio, otro clásico de la sociología como Max Weber, ya sobre fines del siglo, podía dar testimonio del desarrollo de la intelligentsia técnica de “cuello blanco” que problematizó con su teoría sobre la burocracia; y pensó una estratificación social en tres dimensiones paralelas (económica, política y social) y una conformación de estamentos sociales basada pues en las variables de “estatus” económico y político y de “prestigio”, entendidos como distintas especies de poder (Weber, 1997). En buena medida, puede decirse que la obra más contemporánea de Pierre Bourdieu es una cierta forma de “marxismo weberiano” (García Canclini, 1990), que retoma el análisis de clases del marxismo pero lo complejiza y que retoma las dimensiones de análisis y la mirada sobre lo social de Weber, traduciendo las formas de poder y estatus weberianas a distintas formas de “capitales”.


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tingentes de la inmigración europea, que sentó un precedente y marca de distinción de tipo étnico, entre una clase trabajadora “morocha” y una pequeña burguesía “blanca”. El segundo mito, que ahora evaluamos, es la idea de la Argentina “de clase media”. Ambos relatos responden en parte a la realidad y, en parte, son producto de una lectura parcial e interesada de la historia del país, una narrativa histórica oficial inaugurada ya en el siglo XIX con Mitre que, junto también con los planes sarmientinos de educación pública y otras estrategias de integración social, expresaron al fin el propio proyecto de Nación de las élites ilustradas locales, que imaginaban un país con distancias sociales menores y más integrado, inscribiendo la historia nacional dentro de un proceso universal de “modernización” (Adamovsky, 2009b). En la historia política concreta, en verdad el ascenso de las clases medias no fue sencillo ni exento de alternativas dramáticas, y para su reconocimiento social tuvieron que librar una primera batalla contra la cerrazón y los privilegios de la aristocracia. En este sentido, la entrada protagónica de las clases medias en la historia argentina, que marcaría su identidad política, suele asociarse con el ascenso del radicalismo36, que expresó el espíritu de ascenso social e integración a partir de la conquista de derechos políticos, traducido en la conquista del sufragio universal que llevó a la presidencia a Hipólito Yrigoyen. En dicho ciclo, con hitos como la reforma universitaria de 1918 y con la apertura y distribución del empleo público, se cimentó una relación duradera entre el radicalismo y las clases medias asalariadas.

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Clase media (Argentina, 2011). Dirección: Juan Carlos Domínguez. Ver afiche de difusión del film en: http://www.alrededoresweb. com.ar/2012/08/cine-historia-de-una-clase.html

A medida que se consolidaron las clases medias en ascenso, al integrarse y confundirse como parte de la burguesía, el eje de diferenciación pasaría a la distinción en el espacio social respecto de la clase trabajadora y los grupos sociales subalternos. Paradójicamente, y mostrando acaso lo que antes definimos como una cierta forma de “doble moral”, los inmigrantes y sus descendientes, que habían sufrido antaño el rechazo de las familias patricias tradicionales, reprodujeron paralelamente después una reacción similar en contra del aluvión inmigratorio interno de los “negros” y “grasas” del norte que habían arribado a las ciudades. Este giro de la cuestión social y los nuevos prejuicios de la clase media urbana correspondieron y se hicieron visibles especialmente con la nueva etapa histórica inaugurada por el ascenso al poder del gobierno peronista.

2.2.4. El fantasma del peronismo: “la pequeña burguesía en el purgatorio”

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n un plano estrictamente sociológico, el primer peronismo fue una etapa de consolidación de la clase trabajadora, aunque no tanto en lo que respecta a las clases medias, las que tendrían una nueva expansión significativa recién en los años sesenta por efecto del desarrollismo: “A partir de 1945, en el modelo del primer justicialismo, claramente hay una política social de mejoramiento del bienestar de los sectores populares, pero en lo que hace a la estructura social, en términos del volumen y movilidad de las clases, no hubo grandes cambios. Esas modificaciones ocurrieron más intensamente durante el período del modelo desarrollista, que va a desplegarse entre 1958 y 1972. No es posible decir que no haya cambiado nada, pero el del justicialismo no fue un

36 • El radicalismo, vale aclarar, aparece a veces mitificado como expresión de clase media, pero en sus orígenes la UCR fue un partido con líderes de la élite, que no se dirigiría particularmente a la clase media hasta entradas las décadas de los veinte y treinta. Asimismo, vale decir que más adelante, frente a la emergencia del peronismo, se hizo también evidente este componente elitista y el rechazo del plebeyismo político que aquel movimiento supo encarnar.


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modelo transformador en ese aspecto: uno de los indicadores de modernización que suele tomarse para el análisis de la estructura social es el incremento de las clases medias asalariadas (técnicos y profesionales de inserción estable, con trabajo en blanco y pleno) y éste no ha sido uno de las rasgos característicos del primer peronismo, cosa que sí es más notable en el desarrollismo por las modificaciones que introdujo en la producción industrial” (Torrado, 2010). Sin embargo, cabe decir del peronismo que fue la etapa histórica de una cierta consolidación de las clases medias en el aspecto político-cultural e ideológico. El historiador Ezequiel Adamovsky (2011) plantea de este modo una de las hipótesis centrales de su análisis sobre la clase media argentina: “el momento de arraigo definitivo de la identidad de ‘clase media’ fue el del peronismo. […] La reacción antiperonista agrupó por primera vez de forma sólida los intereses de la élite con los de una gran proporción de los sectores medios. En los años peronistas, ser ‘de clase media’ era una forma de diferenciarse de las identidades que proponía el peronismo, centradas en el ‘trabajador’ como figura principal de la nueva nación que se buscaba construir. También en esta ocasión hubo políticos e intelectuales que favorecieron la expansión de la identidad de ‘clase media’, esperando estimular así una reacción de orgullo social contra el fenómeno peronista. En tiempos de Perón se instalaron poderosas visiones académicas acerca de la sociedad argentina y de su historia, que por primera vez colocaban a la ‘clase media’ en el papel protagónico estelar. Como en tiempos de Sarmiento y Mitre, las clases bajas (‘negras’ y peronistas) fueron catalogadas como portadoras de la ‘barbarie’ que amenazaba la ‘civilización’ argentina. En esta forma de imaginar la nación, la ‘clase media’ -que, por omisión, se suponía blanca, educada y de las regiones ‘modernas’ de Buenos Aires y el Litoralocupaba el sitial de honor como motor del progreso y garante de la libertad contra la tiranía populista. Así, la identidad de clase media arraigó fuertemente

en estos años cargada de componentes peculiares y furiosamente anti plebeyos”. La clase media quedó entonces parada (duraderamente) en la vereda del antiperonismo (o “gorilismo”, en jerga peronista) y se plegó al frente civil-político que derrocó a Perón, bajo la bandera de la democracia contra la presunta “tiranía” del régimen depuesto. Para aquellos sectores de clase media reprimidos o efectivamente postergados por el peronismo, los años inmediatamente posteriores a la “Revolución Libertadora” parecieron insinuar un tiempo de apertura y mayor libertad en el ámbito cultural: por ejemplo, con el restablecimiento de la autonomía universitaria con cogobierno estudiantil y la designación del socialista José Luis Romero como rector de la UBA; o la reorganización del CONICET; o la creación del Fondo Nacional de las Artes, presidido por la aristocrática Victoria Ocampo, al tiempo que reabría también, por ejemplo, el principal teatro de la comunidad judía, el IFT, de tendencia comunista. Pero este optimismo prontamente entraría en crisis con las divisiones de los representantes políticos respecto de qué hacer con el peronismo y, luego, frente a las deficiencias de las presidencias radicales y la creciente imposibilidad de sostener una efectiva institucionalidad democrática (Cavarozzi, 2006). La evidencia creciente de una tendencia al autoritarismo en la sociedad y la política se comprobó plenamente con el golpe del general Onganía contra el debilitado gobierno radical de Arturo Illia en 1966. El proceso de la “Revolución Argentina” inauguró un largo período de inestabilidad política, signado por la disputa entre sectores nacionalistas-desarrollistas y otros más liberales al interior de los grupos dirigentes, la represión y el conservadurismo cultural (con casos emblemáticos como el de la irrupción policial dentro de la UBA en la “noche de los bastones largos” del 29 de julio de 1966), y la resistencia cada vez más abierta de la clase trabajadora y la imposibilidad de encontrar una solución a la proscripción del peronismo. Podemos pues repetir aquí el planteo de Adamovs-


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ky: la concepción del parte-aguas histórico del peronismo como anclaje fundante y persistente de la identidad de clase media argentina. Efectivamente, podemos ver cómo la clase media siguió signada en forma duradera por la experiencia y el fantasma del peronismo y, tras el derrocamiento de Perón en 1955 y a medida que se imponía la desazón frente a la inestabilidad y el autoritarismo en el campo político, cada vez más amplios sectores de intelectuales de la clase media comenzaron una severa auto-crítica (como la definió Carlos Altamirano en un conocido ensayo sobre el tema: “La pequeña burguesía, una clase en el purgatorio”; 1997), un replanteo de su ambiguo lugar social y político y su distancia respecto de los sectores populares y de la clase trabajadora. La progresiva politización de sectores intelectuales de clase media responderá tanto al propio contexto nacional, como también al contexto mundial de fines de los años cincuenta y de la década de los sesenta, signado por los procesos de descolonización y resistencia “tercermundista”, con el impacto singular en la región y en nuestro país de la revolución cubana en 1959 (Terán, 1993). “La imagen de la clase media y su lugar en la nación sufrieron severos cuestionamientos luego de 1955. Un creciente giro hacia la izquierda afectó todas las áreas de la vida nacional, incluyendo las identidades” (Adamovsky, 2009b).

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La hora de los hornos (Argentina, 1968). Dirección: Fernando Solanas.

La proscripción política y represión sistemática del peronismo no hicieron más que acrecentar su representatividad en la clase obrera y lo convirtieron en una bandera de resistencia, que no tardaría en identificar a sectores cada vez más mayoritarios de la sociedad civil, provocando una situación de vacío o “empate hegemónico”37, en contra de los regímenes políticomilitares de facto, que buscaban instituir lo que el po-

litólogo Guillermo O'Donnell definió como un “Estado burocrático-autoritario” (1982). La llamada “resistencia peronista” en las fábricas entre 1955-58 fue base de un nuevo sindicalismo más “basista” y clasista (que también derivó en grupos de izquierda no peronista; por ejemplo, el caso del dirigente de ideología marxista Agustín Tosco, importante referente del Cordobazo); el cual chocaría luego con la facción del sindicalismo más participacionista y conciliador con los gobiernos de facto, representada por la fracción “Azopardo” de la CGT de Augusto Vandor y su proyecto de un “peronismo sin Perón” (James, 2010).

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No habrá más penas ni olvido (Argentina, 1983). Dirección: Héctor Olivera. Basada en la novela homónima de Osvaldo Soriano.

A la par de estas alternativas en el movimiento obrero, un sector politizado en el seno de la clase media buscó a su vez acercarse al movimiento popular, nutriendo una nueva corriente de “izquierda peronista”, de lo que surgirían en los años setenta agrupaciones como FAR, FAP y Montoneros (junto a las de izquierda marxista como el PRT-ERP). En suma, la conflictiva cuestión social y política planteada tras el derrocamiento del peronismo seguiría condicionando la historia argentina, sin una solución por parte de las clases dirigentes, hasta el gobierno de Lanusse, cuando se habilitaría por fin el retorno del peronismo al poder en 1973. En fin, para recapitular e ir concluyendo este apartado, debemos cerrar aquí el relato histórico, para retomar en lo que sigue unas consideraciones sociológicas más generales. Retrospectivamente, la época inaugurada a mediados de siglo XX por el peronismo constituyó, paradójicamente y a pesar del anti-peronismo de la clase media argentina, la de la generalización más plena en

37 • Desde una perspectiva gramsciana, el sociólogo Juan Carlos Portantiero explicó la inestabilidad endémica del sistema político argentino por un vacío o crisis de hegemonía, o un “empate hegemónico”. La resistencia y trabas efectivas que ponían los trabajadores en las fábricas a la acumulación del nuevo capital monopolista dominante (ligado a la apertura a inversiones extranjeras directas y multinacionales en el desarrollismo) hacían que “las líneas generales del proceso desde 1955 se encuadran dentro de lo que llamaríamos fase de no correspondencia entre nueva dominación económica y nueva hegemonía política” (Portantiero, 1973).


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nuestro país de un modelo social típico de clase media. Efectivamente, el peronismo auspició la integración de una mayoría de la población trabajadora en un espectro social de clase media, en un sentido demográfico y socioeconómico, gracias al acceso mayoritario a nuevos estándares de bienestar y de poder adquisitivo y de consumo. Como base de esta transformación social debe contarse, claro está, el factor del desarrollo de la economía industrial fordista, con su correlativa política de pleno empleo y altos salarios. Pero también debe destacarse un nuevo fenómeno, cada vez más significativo: el desarrollo e impacto creciente de los medios de comunicación masivos y de las industrias culturales. Estos incorporaron elementos de la cultura popular y los fundieron en el nuevo paradigma de una verdadera “cultura de masas”, matriz cultural contemporánea que aunó y asimiló valores, imaginarios y hábitos de recreación y consumo comunes a las distintas franjas de la población. La época que coincide con la década de los sesenta quedará siempre caracterizada por el auge de un proceso de “modernización” de la cultura y los hábitos de la población, con impacto directo en las clases medias, que involucró toda una serie de fenómenos diversos. Podemos resumirlo, por una parte, en una complejización de la estructura social con protagonismo de nuevos grupos de demandas (feminismo y “revolución sexual”, demandas de nuevas minorías) y, por otra parte, en la difusión de una cultura de masas más globalizada, ligada tanto a la expansión de una sociedad de consumo y una industria cultural mediática y mercantil, así como a la difusión de nuevas expresiones culturales y estilos de vida liberales y libertarios y de impronta juvenilista (el rock y la cultura juvenil, el hipismo, los happenings y modas del diseño y arte contemporáneos, el ecologismo y el pacifismo, el movimiento estudiantil, las nuevas variantes de izquierdismo anti-soviético, con el existencialismo, el estructuralismo y el marxismo dando que hablar en aulas y tertulias, dándose todos cita en el

“Mayo francés” de 1968, o también un año después aquí en el “Cordobazo”) (Hobsbawm, 1995; Longoni y Mestman, 2010; Grieco y Bavio, 1995). Así pues, desde mediados de siglo XX, con la generalización de la sociedad y cultura de masas, la sociedad argentina adquirió un nivel inédito de homogeneidad de su población (sobre todo en comparación con otros países de la región) tanto en lo social como en lo cultural (y más allá de las divergencias planteadas en lo político en nuestro país por el fantasma del peronismo). Corresponderá pues afinar la mirada y distinguir matices; y, al mismo tiempo que vale conservar la clave del análisis de clases clásico, el nuevo escenario habilita la concepción o análisis de “fracciones” de clase al interior del amplio y dinámico espectro de las clases medias. Esto es lo que comúnmente hemos todos incorporado ya en el sentido común, con la distinción nominal entre sectores de clases “media-alta” o “media-baja”. También veremos que se hablará, en función del análisis dinámico de las trayectorias sociales, de una “nueva pequeña burguesía” contemporánea, ligada con la nueva economía de servicios, y surgirá la denominación de “nuevos ricos”. Por otro lado, también aparecería contemporáneamente la “clase media empobrecida”, en el contexto de crisis económica y desempleo estructural configurado por el auge de las políticas neoliberales de las últimas décadas del siglo XX. Nos ocuparemos más de esto en un próximo capítulo, cuando abordemos el análisis de la situación contemporánea, y lo que hoy en día se denominaría “nueva cuestión social”.


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Capítulo 3 Globalización y neoliberalismo 3.1. Crisis y mutación hacia un capitalismo mundial integrado 3.2. El neoliberalismo y la “globalización” del capital financiero

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n este capítulo debemos adoptar una perspectiva macro a escala global, para evaluar las transformaciones sociales y la mutación del modo de acumulación capitalista a nivel mundial. Ello nos ubicará cronológicamente a comienzos de la década de los setenta, tiempo de transición hacia un paradigma económico y sociopolítico definitorio de la contemporaneidad. En lo económico, esta nueva etapa contemporánea se caracteriza por nuevas formas de flexibilización del trabajo y los procesos productivos, una nueva integración a escala global del mercado, del comercio y la división internacional del trabajo, y la irrupción del capital financiero como nuevo factor económico estratégico y hegemónico. En lo político, la creciente influencia del llamado Consenso de Washington y la hegemonía del neoliberalismo, que condicionó a Estados y organismos internacionales en pos de


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la implementación de políticas de liberalización económica y de reducción de las seguridades y regulaciones del Estado de bienestar, para un nuevo disciplinamiento de los trabajadores y un despojo de las conquistas sociales de antaño. Esta nueva corriente político-ideológica, que comenzó en las potencias del hemisferio norte y se hizo conocer allí como “neoconservadurismo”, tuvo también su réplica y un espacio privilegiado para la experimentación de las recetas neoliberales en América Latina, con un giro autoritario de la política y asociada con regímenes de facto, como el de la dictadura militar del llamado Proceso de Reorganización Nacional de 1976 en nuestro país. Fue la salida del capital frente a un contexto de crisis sistémica, y la respuesta política represiva frente al poder que habían ganado los sindicatos y la clase obrera organizada en alianza con algunas franjas de las clases medias, desestabilizando la “gobernabilidad” del sistema político con nuevas demandas sociales y de ampliación de ciudadanía. Muchas de las reformas estructurales surgidas de esa matriz y esos procesos históricos serían determinantes del escenario actual de flujo global de capitales y de interconexión y borramiento de las fronteras nacionales que ha sido denominado y celebrado con el nombre de “globalización”. Dichas transformaciones en la economía y la política, que veremos a continuación, constituyeron el marco general que determina y da inteligibilidad a los cambios y nuevos problemas sociales, de los que nos ocuparemos luego en el siguiente capítulo, en torno a la llamada “nueva cuestión social”.

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3.1. Crisis y mutación E hacia un capitalismo mundial integrado

l período de los treinta “años dorados” del capitalismo de posguerra concluyó hacia comienzos de la década de los setenta. La época de desarrollo económico sostenido del capitalismo fordista y la estabilidad política enmarcada en los regímenes de los Estados de bienestar se vio trastornada por la concurrencia de una crisis económica y una agudización de las luchas de clases que puso bajo cuestionamiento y redefinió todo el régimen social de acumulación y abrió la puerta para el auge en lo económico de las teorías neoliberales del Consenso de Washington y el embate político del neoconservadurismo. En este contexto se prepararon las condiciones para un salto cualitativo en la internacionalización (y financiarización) del capital, con un giro radical en el balance de poder entre capital y trabajo, y una redefinición de la (nueva) cuestión social.

3.1.1. Crisis de acumulación y de hegemonía del capital

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comienzos de la década de los setenta comienza a verificarse una sensible disminución de la tasa de ganancia del capital en su fase monopolista. Esto se debió, por un lado, a una crisis extendida ya por años en el nivel de la disciplina y organización del trabajo y, por otro, a la llamada “crisis del petróleo” y el consecuente encarecimiento energético. En cuanto a la organización del trabajo, comenzó a plantearse una merma de la productividad del trabajo, organizado según el viejo modelo taylorista38 y condicionado por las “rigideces” del mundo laboral debidas al dominio de los sindicatos (fortalecidos en el contexto de garantías laborales y negociación sectorial propio de los Estados de bienestar). Entonces, se trató de una dimensión más técnica relati38 • El taylorismo es el análisis y gestión propiamente científicos del trabajo que descompone el proceso productivo unitario en una multiplicidad de tareas fragmentarias homogéneas para maximizar el rendimiento de cada trabajador y minimizar las pérdidas de los pequeños tiempos improductivos u ociosos que separan la repetición de las operaciones; y, a la vez, despoja a los operadores separados del saber o dominio del proceso total de la producción, cuyo control se concentra en la figura del manager. Este tipo de organización laboral avanza en lo que Marx denunciaba como un extrañamiento o “alienación” del trabajador respecto de su trabajo. Esto se da en un triple sentido: se trata de una enajenación respecto del producto concreto de su trabajo (perteneciente al capitalista en virtud de ser propietario de los medios de producción), de su actividad (que no es autónoma sino heterónoma, controlada por los managers, los propietarios de los medios de producción y aun por las propias máquinas) y de su ser genérico (la realización de su esencia humana que es transformar la naturaleza y transformarse y reconocerse en el trabajo con el que crea su mundo material, pero que deviene una mera labor y medio de subsistencia).


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va a los modos de organización óptima del proceso productivo; y también, en última instancia, una dimensión netamente política relativa a la lucha de clases, con un balance de importantes conquistas en la redistribución de la riqueza entre el capital y los trabajadores y en el control del espacio laboral y las condiciones de trabajo, que había alentado cada vez mayores huelgas y la resistencia obrera a la explotación y la plusvalía capitalistas (Holloway, 1994). En lo que hace al otro aspecto mencionado, la “crisis del petróleo” se ligó a la conformación de la Organización de Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP), federación de los principales países productores que comenzaron a regular la producción y oferta del “oro negro” con el consecuente aumento del precio de la energía y, por ende, de uno de los principales insumos de la industria a nivel mundial. Ello forzaría el imperativo de desarrollo de nuevas fuentes energéticas y materiales y la reconversión industrial y del sistema productivo, conducentes a un salto cualitativo de la innovación científico-tecnológica (todo lo que sustentará luego el paradigma de la llamada economía y sociedad del “conocimiento” y la “información”). La concurrencia de estos dos problemas estaba en la base de la caída de la tasa de ganancia capitalista y se conjugó con factores de índole social y política. Por un lado, una creciente conflictividad a nivel de la política interna, aun en los países centrales (la resistencia sindical obrera, sumada a la “sobrecarga de demandas” en el Estado benefactor; un clima general de creciente insatisfacción y rebeliones, tanto de minorías en busca de mayor reconocimiento como en el espacio laboral y en contra de las normas disciplinarias del sistema39). Por otro lado, un balance conflictivo de la geopolítica internacional, en que la expansión del capital de empresas multinacionales encontraba resistencias y la potencial competencia y alianza de los países “en vías de desarrollo”. Esta era la época de la descolonización en África, de la retirada de EEUU de Vietnam, del apogeo de la URSS

y del contexto de la “guerra fría”; en nuestra región en particular, de la Revolución cubana y su influjo en el resto de Latinoamérica; y en nuestro país, de la resistencia peronista y de los nuevos sindicatos de base, y luego la lucha de las guerrillas y grupos insurgentes armados, o aun cambios en el seno de la Iglesia católica, tras el Concilio Vaticano II y la vía por los pobres de los sacerdotes tercermundistas.

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El Mayo Francés (ver imágenes en http://goo.gl/ rmchP) y el Cordobazo (ver imágenes en http:// goo.gl/z28Zp) en los años 1968 y 1969 respectivamente, mostraron en Europa y en nuestro país, el poder de los trabajadores organizados y la eventual alianza con los movimientos de estudiantes y otros sectores medios. Las demandas y resistencias civiles mostraban su capacidad de condicionar la acumulación capitalista y la gobernabilidad del sistema político.

En fin, las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado configuraron un contexto de crisis de acumulación económica y crisis de hegemonía política del capital (y en particular, del dominio geopolítico estadounidense), reavivando y complejizando la cuestión social y generando un clima de cambio generalizado, en el que el mundo parecía estar a punto de estallar (literalmente, vista la “crisis de los misiles” de 1962 y la amenaza cotidiana de una hecatombe nuclear). Ello forzaría un cambio del diagnóstico y estrategia de los grupos dominantes frente a las protestas y demandas sociales: los remedios para su contención (el contractualismo liberal, junto a los dispositivos disciplinarios de formación de sujetos y garantía de la seguridad y derechos sociales del Estado de bienestar) resultaban disfuncionales y al fin resurgía la cuestión social. La vieja máxima de la Moral Universal, incorporada en los dispositivos de la educación masiva y del em-

39 • Podemos mencionar aquí, a modo de ejemplo de movimientos de rebelión en el seno de los países centrales, los casos salientes del Mayo francés de 1968, las luchas de la minoría afroamericana (movimientos como el Black Power, figuras como Malcolm X y Martin Luther King) y las manifestaciones antibélicas en EEUU, y aun grupos armados insurgentes como las Brigadas rojas en Italia o separatistas como el IRA en Irlanda (ambos fundados en 1969) o las primeras acciones de ETA en España; todo ello sumado a las ya mencionadas rebeliones y demostraciones del poder sindical en las fábricas.


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pleo calificado estable (como instrumentos de gobernabilidad y gubernamentalidad), “había logrado gestar (además de formas de dominación), cuerpos sociales solidarios. Sus ideales […] habían generado aspiraciones, conocimientos y destrezas capaces de cuestionar el orden establecido (aunque también ser complacientes a menudo). En ese contexto la disciplina había dejado de ser un instrumento para reparar el desperfecto social. Lo mismo ocurría con la educación, el derecho al trabajo y a la salud. Paulatinamente los viejos remedios a la cuestión social se habían transformado en reactivadores de la misma” (Murillo, 2003: 65). Estudiantes y trabajadores, capacitados y organizados disciplinadamente y con cierto estándar de bienestar mínimo en lo referente a la salud y al ocio oponían resistencias y cuestionaban de diversas maneras y con distintos grados de intensidad el statu quo. “Las estrategias de poder habían sufrido un relleno estratégico que las tornaba disfuncionales para los grupos más poderosos de la tierra. La categoría sociológica del “desarrollo” construida luego de la segunda guerra mundial mostraba su cara ambivalente respecto de la dominación de clase: generaba sujetos previsibles, pero también cuerpos sociales resistentes. Era menester desestructurarlos y, con ello, sus memorias y hábitos colectivos. Es aquí donde la subjetividad cobra un relieve inusitado” (Murillo, 2006: 13).

3.1.2. El embate del neoconservadurismo

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l “neoconservadurismo” designa originalmente el movimiento de los también llamados “neocons” en los EEUU, con base política en el Partido Republicano y apogeo con las presidencias de Ronald Rea-

gan y la dinastía de Bush padre e hijo, entre fines del siglo pasado y comienzos del actual. Esta expresión alude también más en general a la reacción ideológica a la socialdemocracia y a la contracultura de izquierda que signó la década de los sesenta, y que fundó sucesivos hitos de avanzada de una organización y “revancha” del capital contra la fuerza y rebelión del trabajo. El “neoconservadurismo” conjuga en el discurso y en la práctica un conservadurismo en lo político con una orientación liberal ortodoxa en lo económico. Entre los antecedentes destacados de esta corriente, está la llamada “Comisión Trilateral”, creada a comienzos de los años setenta por la confluencia de empresarios, intelectuales y políticos de los tres núcleos de poder geopolítico mundial de entonces: EEUU, Japón y algunos países de Europa. Esta corriente política comenzó a difundir un discurso crítico de la política socialdemócrata y la “sobrecarga” de demandas civiles y sociales en los Estados de bienestar, y buscó instalar la nueva problemática de la (in-)“gobernabilidad”. La premisa de este concepto es la contradicción entre democracia y gobierno, explícita en el “Informe” de dicha Comisión: “el corazón del problema radica en las contradicciones inherentes relacionadas a la misma frase de lo gobernable de la democracia. Porque en cierta medida, gobernable y democracia son conceptos en conflicto. Un exceso de democracia significa un déficit de gobernabilidad; una gobernabilidad fácil sugiere una democracia deficiente”40 (Informe de la Comisión Trilateral, 1978: 385) (las cursivas son propias). En el mismo sentido, frente al desarrollo de los países del tercer mundo y sus orientaciones a la autonomía y posibles lazos con el movimiento de países “no alineados” y la URSS, la Comisión planteó un imperativo y un nuevo concepto de “interdependencia” global, el auspicio de una nueva integración y división internacional del trabajo. “La ‘interdepen-

40 • Vale repetir la advertencia, acerca de la carga polisémica y polémica de muchos términos, y en particular respecto del concepto de “Gobernabilidad”, que siempre quedará asociado a este paradigma discursivo neoconservador, la idea general de una contradicción Gobierno vs. Democracia, o al menos un riesgo en la ampliación “excesiva” del horizonte de libertades y derechos de esta última. “Estas perspectivas son retomadas para América Latina en los años noventa, a partir de los documentos elaborados por los organismos de financiamiento internacional, en particular el Banco Mundial y el BID. Probablemente los documentos Governance and Development (1992) del Banco Mundial y Gobernabilidad y Desarrollo. El estado de la cuestión (1992) del BID, han jugado un papel fundamental en la reaparición del concepto en la arena de la política y las ciencias sociales de la región. Recuperada la institucionalidad democrática y habiendo desaparecido (al menos momentáneamente) los enemigos ‘externos’ del sistema, los problemas de gobernabilidad se visualizan principalmente como deficiencias del propio Estado y del sistema político” (Filmus, 1996).


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dencia’ es el nombre de lo que luego se conocerá como ‘mundialización’ ‘globalización’ o ‘capitalismo mundial Integrado’ (Guattari, 1995). Se trató de una estrategia política, cultural, tecnológica y económica que tendió gradualmente a integrar a todo el mundo, profundizando la brecha entre países pobres y ricos, así como la dependencia de los segundos, bajo el pretexto de que dicha interdependencia unida a un ‘ambiente liberal internacional’ mitigaría la pobreza” (Murillo et al., 2007: 59). Entre los exponentes más significativos del ideario y la práctica neoconservadora, y como inspiración fundamental en lo económico del neoliberalismo que preparaba su apogeo en años venideros, debe citarse el aporte de Friedrich von Hayek, y su obra Camino de servidumbre (1944). Ya tempranamente, en tiempos de éxito del keynesianismo y el Estado de bienestar, Hayek profesó el liberalismo contra toda regulación económica, la necesidad natural de la competencia contra todo igualitarismo social, convocando periódicamente (con reuniones bianuales de la “Sociedad de Mont Pélerin” en Suiza) a los enemigos de la política del laborismo y la socialdemocracia, hasta que la crisis capitalista les daría una oportunidad. “La polémica contra la regulación social tuvo una repercusión mayor. Hayek y sus compañeros argumentaban que el nuevo ‘igualitarismo’ de este período (ciertamente relativo), promovido por el Estado de bienestar, destruía la libertad de los ciudadanos y la vitalidad de la competencia, de la cual dependía la prosperidad de todos. […] Con la llegada de la gran crisis del modelo económico de posguerra, en 1973 cuando todo el mundo capitalista avanzado cayó en una larga y profunda recesión, combinando, por primera vez, bajas tasas de crecimiento con altas tasas de inflación, todo cambió. A partir de ahí las ideas neoliberales pasaron a ganar terreno. Las raíces de la crisis, afirmaban Hayek y sus compañeros, estaban localizadas en el poder excesivo y nefasto de los sindicatos y, de manera más general, del movimiento

obrero […] El remedio, entonces, era claro: mantener un Estado fuerte en su capacidad de quebrar el poder de los sindicatos y en el control del dinero, pero limitado en lo referido a los gastos sociales y a las intervenciones económicas. La estabilidad monetaria debería ser la meta suprema de cualquier gobierno. Para eso era necesaria una disciplina presupuestaria, con la contención de gasto social y la restauración de una tasa ‘natural de desempleo’, o sea, la creación de un ejército industrial de reserva para quebrar a los sindicatos. Además, eran imprescindibles reformas fiscales para incentivar a los agentes económicos. En otras palabras, esto significaba reducciones de impuestos sobre las ganancias más altas y sobre las rentas. De esta forma, una nueva y saludable desigualdad volvería a dinamizar las economías avanzadas” (Anderson, 1999: 16). Estas fórmulas pasarían del discurso a la práctica y a la ejecución de políticas en la década de los ochenta, de modo especial y notorio en los gobiernos de Ronald Reagan en EEUU y Margaret Thatcher en Gran Bretaña, que lideraron el embate neoconservador y la imposición y generalización en todo el occidente capitalista de una nueva hegemonía. En América Latina el embate neoconservador también brindó un marco global y dio bríos para la acción de los regímenes militares autoritarios en muchos países de la región que, más allá de las alternativas singulares del conflicto político armado doméstico, implementaron las mismas políticas y apuntaron a un mismo modelo de país que aquel inspirado por las corrientes neoconservadoras y neoliberales. En Argentina, en un escenario de crisis hegemónica (O'Donnell, 1977) signado por la efervescencia social y la endémica inestabilidad política post 1955, la lucha de clases se volcó en un embate de los grupos dominantes para fragmentar el poder de negociación de la clase obrera, que se expresó ya hacia finales del último gobierno peronista con el Plan Rodrigo (junio de 1975) y luego con la represión sistemática y la política económica de Martínez de Hoz en la dictadu-


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ra militar de 1976-1983 (no en vano bautizada “Proceso de Reorganización Nacional”). Ya en democracia también el terrorismo de Estado se continuaría en un virtual terrorismo económico, expresado en los rigores del proceso inflacionario de los años ochenta y los “ajustes estructurales” de los noventa, formas ambas de un embate disciplinador y una redistribución regresiva del ingreso en la población.

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Margaret Thatcher (1) y Ronald Reagan (2), en los países anglosajones, y las dictaduras militares latinoamericanas encabezadas por Jorge Videla (3) y Augusto Pinochet (4). La avanzada neoliberal. Imágenes disponibles en: (1) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/f/f6/Margaret_Thatcher_cropped1.png (2) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/1/16/Official_Portrait_of_President_ Reagan_1981.jpg (3) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/f/f6/Videla_Sociedad_Rural.jpg (4) http://commons.wikimedia.org/wiki/ File:Pinochet_de_Civil.jpg?uselang=es#file

Volviendo a los principios generales del pensamiento neoconservador y neoliberal, éste se basa en la prioridad absoluta del mercado por sobre el Estado como vía privilegiada y eficiente de asignación social de recursos. El objetivo político inmediato, expresado en lo económico por una obsesión con la inflación y el gasto público (que, de modo indirecto, eran, respectivamente, resultado de la puja distributiva por el crecimiento de la masa salarial y de la inversión estatal en los servicios sociales), apuntó a resolver la crisis de acumulación capitalista mediante el quiebre de la resistencia obrera y sindical y sus reivindicaciones salariales y un nuevo y radical disciplinamiento

del trabajo mediante la “flexibilización” de las condiciones laborales y el proceso de producción. El concepto recurrente de la “flexibilidad”, tan polisémico y polémico como otros que difunden esta nueva matriz discursiva, adquirió en este contexto histórico los siguientes significados: “una flexibilidad cuantitativa, en relación a las condiciones de contratación (disminución de los plazos de preaviso, contratos temporarios), una flexibilidad organizacional (acomodamiento de horarios según fluctuaciones diarias, semanales o mensuales y en la organización del trabajo a partir de la polivalencia de los trabajadores), una flexibilización funcional que supone una recentralización de la empresa sobre una actividad, por medio de la subcontratación de las funciones “adjetivas”, flexibilización de los límites “naturales” de la acumulación. Nos extendemos un poco más sobre este punto pues es clave para comprender las actuales transformaciones. La superación de los límites “naturales” de la acumulación se dio en dos sentidos, en lo que hace a los recursos naturales (por ejemplo mediante la biotecnología y los nuevos materiales) y en lo que refiere a la fuerza de trabajo (por ejemplo mediante la lisa y llana desaparición de puestos en los que la habilidad del cuerpo del trabajador era fundamental) (Murillo, 2005). Esto último implicó, además, la superación de las limitaciones socio-históricas a la acumulación de capital, puesto que el proceso económico depende cada vez menos de las capacidades humanas y por ende de los resultados de las resistencias y luchas sociales” (Murillo et al., 2007: 60).

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Recursos humanos (Francia, 1999). Dirección: Laurent Cantet.


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omento de eflexión

r

El discurso neoliberal y la educación “Es bastante deseable que todos los jóvenes, independientemente de la riqueza, de la religión o del color, o, también, del nivel social de sus propias familias, tengan la oportunidad de recibir tanta instrucción cuanto puedan asimilar, siempre que estén dispuestos a pagar por ella, sea en el presente, sea a costa de rendimientos superiores que percibirán en el futuro, gracias a la instrucción recibida” (Friedman y Friedman, 1934: 188). “No demorará mucho tiempo para que las personas se convenzan de que la solución está en despojar a la autoridad de sus poderes en el ámbito de la educación” (Hayek, 1982: 497). Arriba citamos pasajes de textos de Milton Friedman y Friedrich Hayek, dos de los más renombrados referentes intelectuales del discurso neoliberal, que hablan sobre la educación. Es consabido que el neoliberalismo fundó las políticas de descentralización y “financiamiento basado en la demanda” del sistema educativo durante la década de los noventa en nuestro país. Podemos reflexionar sobre las relaciones intrínsecas entre los discursos y aquellas políticas concretas. 1. ¿Qué sentido adquiere en el marco del discurso de la primera cita, la mención del acceso a la educación “independientemente de la riqueza” o del “nivel social”? 2. ¿En qué se diferencian u oponen la idea de

la educación como un derecho y un servicio público, y la idea de aquella como una mercancía? 3. ¿Qué sentido y valor adquiere en estos discursos la idea de la “libertad”? 4. ¿Cómo se relaciona la visión neoliberal sobre la educación y la institución escolar, con la mirada más general de dicha doctrina sobre las relaciones entre el Estado, el mercado y la sociedad civil? 5. ¿De qué modos dicha perspectiva fundamentó las políticas de descentralización y reformas educativas de la década del noventa en nuestro país?


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3.2. El neoliberalismo E y la “globalización” del capital financiero

l embate neoconservador, sobre fines de la década de los setenta y en los años ochenta, torció el rumbo y balance de la lucha de clases y abrió la puerta para el dominio en la agenda política de los organismos financieros internacionales y de muchos países de los preceptos del llamado “Consenso de Washington”; la hegemonía, en especial en la década de los noventa, del neoliberalismo. Asimismo, estas orientaciones en el plano político se vincularon con una mutación del capitalismo y del mundo del trabajo. La novedosa expansión del capital financiero, así como la internacionalización del proceso productivo y los flujos migratorios del capital y el trabajo, plantearon el imperativo de una “globalización” de los flujos económicos por sobre las fronteras de los viejos Estados nación (así como por sobre los demás límites o fronteras políticas, sociales, ecológicas, etc.).

3.2.1. El “Consenso de Washington” y el neoliberalismo

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l “Consenso de Washington”, en alusión a los organismos financieros internacionales y centros de poder económico con sede en la capital de EEUU y ligados a los intereses de ese país, remite originalmente a un documento redactado por el economista John Williamson (“What Washington means by Policy Reform”, de 1989), que resumía una serie de “reformas de política económica que casi todos en Washington consideraban necesario emprender en América Latina en ese momento” (Williamson, 2003: 10). El “Consenso de Washington” • Disciplina presupuestaria (los presupuestos públicos no pueden tener déficit) • Reordenamiento de las prioridades del gasto público (el gasto público debe concentrarse don-


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de sea más rentable) • Reforma Tributaria (ampliar las bases de los impuestos y reducir los más altos) • Liberalización de las tasas de interés • Tipo de cambio competitivo • Liberalización del comercio internacional (disminución de barreras aduaneras) • Liberalización de la inversión extranjera directa (levantar barreras al flujo de capitales) • Privatización • Desregulación de los mercados • Derechos de propiedad (garantías de protección de la propiedad privada) Estas prescripciones políticas, más allá de ser mentadas en relación con la política de EEUU hacia América Latina, tuvieron una proyección ulterior como un programa de liberalización económica general de alcance global. En efecto, junto con las elecciones de Thatcher y Reagan respectivamente en 1979 y 1980, la década inauguró un viraje político a la derecha en los gobiernos de casi todos de los países del norte de Europa occidental41. En un contexto de recrudecimiento de la “guerra fría” (tras la invasión soviética de Afganistán en 1978), esta nueva derecha se legitimó y pudo avanzar en un sentido militarista (el caso especial de Reagan en EEUU, aunque no debe dejar de mencionarse la aventura belicista de Thatcher en Malvinas), así como sobre los sindicatos y las conquistas sociales del Estado de bienestar. “El modelo inglés fue, al mismo tiempo, la experiencia pionera y más acabada de estos regímenes. Durante sus gobiernos sucesivos, Margaret Thatcher contrajo la emisión monetaria, elevó las tasas de interés, bajó drásticamente los impuestos sobre los ingresos altos, abolió los controles sobre los flujos financieros, creó niveles de desempleo masivos, aplastó huelgas, impuso una nueva legislación anti sindical y cortó los gastos sociales. Finalmente y ésta fue una medida sorprendentemente tardía, se lanzó a un amplio programa de privatizaciones, co-

menzando con la vivienda pública y pasando enseguida a industrias básicas como el acero, la electricidad, el petróleo, el gas y el agua. Este paquete de medidas fue el más sistemático y ambicioso de todas las experiencias neoliberales en los países del capitalismo avanzado” (Anderson, 1999: 17-18). El fenómeno que pujaba por salir a la luz y establecerse tras estos dramáticos acontecimientos históricos era el proceso de creciente “financiarización” del capital. Éste se originó en la confluencia de dos factores: por un lado, la acumulación de una gran masa de dinero excedente en busca de valorización tras la crisis del petróleo de 1973; y, por el otro, el desarrollo de las comunicaciones electrónicas que permitieron (claro está, junto con las políticas de desregulación financiera) el movimiento instantáneo de las inversiones en un espacio verdaderamente global. Y, por supuesto, la promoción de políticas de desregulación, que permitieron el efectivo desanclaje y libre entrada de las inversiones financieras en busca de “oportunidades de negocios” entre países y enclaves en permanente disputa de competitividad, cada vez más dependientes todos del favor y el ciclotímico “humor” de “los mercados”. La nueva política neoliberal, que en la experiencia thatcherista destacó por su giro neoconservador sobre el mundo del trabajo y la cuestión social, también en el plano económico buscó efectivamente allanar el terreno al capital financiero. La insistencia en la “apertura de la economía”, la “libertad de inversión” y la “seguridad jurídica” procuró alzar las barreras proteccionistas y dejar la puerta abierta para la entrada irrestricta de capitales, con fuerte orientación a inversiones especulativas de corto plazo. Ello generó una gran volatilidad en las economías desprotegidas y un fuerte condicionamiento del capital y organismos internacionales sobre las políticas de los gobiernos. Esta libertad del flujo global del capital, amén de alimentar grandes “burbujas” financieras (valorización exponencial de patrimonios ficticios, en base a derivados financieros cada vez más desconectados de

41 • A mismo tiempo, en los países del sur europeo llegaban al poder gobiernos socialistas. Estos insinuaron en algunos casos una política más progresista, aunque más adelante también sufrirán condicionamientos para la reorientación neoliberal de la política económica. Al fin, el eurosocialismo se convertirá en una de las variantes “progresistas” de la misma hegemonía neoliberal global.


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la economía real y el trabajo, fuentes genuinas de creación de riqueza), también propició una nueva división internacional del trabajo, con la que el capital buscó resolver su crisis de acumulación de ganancia. Esto comprendió dos dimensiones: la “flexibilización” y reducción de costos laborales, y la innovación tecnológica de la producción.

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Capitalismo. Una historia de amor (EEUU, 2009). Dirección: Michael Moore.

Por un lado, los flujos de capital se orientaron a aquellas naciones o enclaves productivos donde se garantizaran más bajos costos y “seguridad jurídica” para sus inversiones. Ello subordinó aún más a muchos países periféricos en esta nueva división global del trabajo, forzando una represión de la cuestión social y una “flexibilización” laboral y reducción de salarios para compensar la falta de “competitividad” y “no quedar fuera” del mercado mundial. Por otro lado, la flexibilización se conjugó con un nuevo paradigma socio-técnico, orientado a una innovación permanente tecnológica y organizacional del proceso productivo. A diferencia del paradigma del fordismo (explotación intensiva de una fuerza de trabajo poco calificada, concentración gerencial del saber), el nuevo paradigma posiciona el conocimiento como insumo clave, y no sólo el conocimiento científico-tecnológico, también los demás saberes socializados y propios de los trabajadores y agentes del proceso productivo. Esto es central en el nuevo paradigma técnico-organizacional del trabajo conocido como “posfordismo” (Coriat, 1992b). El concepto de “globalización”, en este contexto, fue el significante clave, socializado en forma profusa y difusa en los discursos políticos y académicos hasta permear en el sentido común, que expresó estratégicamente este ideal de un mundo interconec-

tado y abierto, sin fronteras (políticas, económicas, sociales), en especial para el libre flujo y valorización global del capital. “Globalización” y “mundialización” de la cultura El concepto de “globalización” es polisémico y polémico y ha adquirido en los últimos años múltiples usos y connotaciones sobre las que es preciso establecer algún acuerdo. En el marco de nuestro análisis hemos puesto un claro énfasis en el aspecto económico, ligado a la nueva dinámica del capitalismo financiero y las políticas neoliberales. En el Diccionario de la Real Academia Española, hay tres escuetas definiciones de la globalización, entendida como: la “extensión del ámbito propio de instituciones sociales, políticas y jurídicas a un plano internacional”; la “difusión mundial de modos, valores o tendencias que fomenta la uniformidad de gustos y costumbres”; y el “proceso por el que las economías y mercados, con el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, adquieren una dimensión mundial, de modo que dependen cada vez más de los mercados externos y menos de la acción reguladora de los gobiernos”. Es importante notar que dichas definiciones aluden a diferentes procesos (o más bien, dimensiones diferenciadas de un mismo proceso histórico); respectivamente, a los aspectos político, cultural y económico. En el primer caso, podríamos acordar en hablar alternativamente de “internacionalización”, proceso de más larga data que identifica en su propia definición un rol aún relevante para los estados y territorios nacionales y los acuerdos e intercambios entre ellos. En los otros dos casos, es conveniente distinguir los cambios de la economía capitalista, designados más generalmente con el término “globalización”, de la dimensión cultural que podemos


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aludir con el concepto de “mundialización”, siguiendo para ello el análisis del sociólogo brasileño Renato Ortiz (1996 y 1997). Este autor critica la difundida visión de una nueva cultura mundial unificada, tácita tanto en ciertos discursos sobre la “posmodernidad” y en las apologías del consumo y la cultura de masas mundializados, como alternativamente también en las advertencias apocalípticas sobre la “macdonalización” de la sociedad como extensión de un presunto imperialismo cultural norteamericano. Estas ideas conciben equivocadamente como una realidad nueva y unificada, aquello que Ortiz constata alternativamente como prolongación de un proceso que él denomina “modernidad-mundo”. La tendencia inherente de la modernidad a la unificación de las categorías de tiempo y espacio por la comunicación entre distintos territorios, proceso fundamental de “desterritorialización” ya comenzado mucho tiempo atrás con la primera unificación de territorios nacionales en épocas del naciente capitalismo, hoy simplemente se amplía y profundiza en una nueva escala transnacional, con la más intensa e instantánea interconexión debida a los medios electrónicos de comunicación, los movimientos migratorios contemporáneos y la creciente integración de la economía-mundo capitalista. Lo que nos importa señalar, junto con Ortiz, es la distinción del proceso de “mundialización” cultural, diferenciado de la “globalización” económica, contra la falsa idea de una única cultura mundial signada por la estandarización del consumismo. Se trata de preservar la concepción típicamente antropológica de la cultura como espacio de la “diversidad” y de la(s) identidad(es) en plural (sin perder atención, claro está, de la tensión permanente con las tendencias homogeneizantes de la economía-mundo; evitando pues la celebración ingenua de un armónico “multiculturalismo”). Así lo explica el autor brasi-

leño en una entrevista (Dussel, 2006): “La idea de globalización nos remite a una dimensión de unicidad. Se habla de mercado global y de tecnología global asumiendo una connotación de que existiría una ‘única’ economía y una ‘única’ tecnología. Difícilmente podríamos calificar al universo de la cultura de esta manera. No existe, ni existirá, una cultura global. La cuestión en esta esfera no es la de la homogeneización sino la de la diversidad; por ejemplo, las lenguas diferentes (pese a la hegemonía del inglés). En este sentido, prefiero hablar de mundialización de la cultura. El término nos remite a la noción de concepción del mundo, que es diversa y diferenciada en función de los países, los grupos sociales y los intereses. La mundialización cultural se encuentra evidentemente asociada con el proceso de globalización económica y técnica, pero no coincide de manera íntegra con él. Por eso los temas de las identidades nacionales y étnicas siguen estando presentes en el contexto de la globalización. Tal vez el elemento más característico del proceso de mundialización de la cultura sea la desterritorialización de determinados patrones culturales, que se distancian de sus raíces nacionales o regionales, para volverse mundializados. En este caso, ocurre una gran transformación de nuestras categorías espaciales. Al lado de nuestra concepción de una realidad local nacional, hay otra -transnacional- que las atraviesa, redefiniendo el propio mundo en el cual estamos insertos.”


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3.2.2. América Latina: laboratorio de experimentación neoliberal

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as tendencias de mutación y de globalización del capital, y las políticas neoliberales que buscaron abrirles cauce, marcaron efectivamente la agenda y condicionaron las políticas de los gobiernos de muchos países latinoamericanos. Ello fue en particular también el caso, ejemplarmente, de la Argentina. “Con la caída del gobierno de Isabel Perón se puso en marcha una estrategia de inserción en el sistema financiero internacional y de desmantelamiento de la industria manufacturera desarrollada en el período 1930-1975” (Ferrer, 1997: 83). La dictadura militar de 1976, bajo la presidencia de Jorge Rafael Videla y con José Martínez de Hoz como representante miembro de las clases dominantes al mando del Ministerio de Economía, orientó el rumbo económico hacia la valorización financiera y la apertura a las importaciones con revaluación del tipo de cambio, lo que afectó gravemente la trama de la industria y la producción nacional. La apertura al capital financiero, y la posterior estatización de las deudas contraídas por el sector privado, dejaron la pesada herencia de la deuda externa, cuyos compromisos estallarían en los años venideros, en nuestro país y otros de la región, en la llamada “crisis de la deuda” (en 1982, las tasas de interés se habían cuadruplicado respecto de fines de los años setenta, generando una transferencia enorme de recursos a la banca acreedora y un déficit crónico de las balanzas de pagos frente a deudas impagables). Esta situación propiciaría más adelante la intervención en nuestros países de los organismos internacionales de crédito. En el mundo del trabajo, se redujo cuantitativamen-

te la clase obrera industrial, y se dio una baja del salario real; también se diversificó la fuerza de trabajo, con un crecimiento de los trabajadores independientes y una mayor estratificación salarial, tras el fin de los contratos colectivos. En paralelo, se dio un aumento de la desocupación y de las formas de trabajo informal, que se volverían notas constantes en adelante de la nueva cuestión social. En el nivel de las clases dominantes, éstas se fueron agrupando en torno del capital financiero. La crisis de 1975 y el golpe de 1976 rompieron la previa situación de “empate” socio-político de la élite con los sectores defensores de la industrialización sustitutiva y permitieron expandir una “gran burbuja” de negocios liderada por el endeudamiento (Nochteff, 1998: 30). Comenzaba una orientación hacia un modelo de acumulación neoliberal, desmontando el esquema industrial nacional de sustitución de importaciones y ampliando la asociación con el capital extranjero, y sentando las bases para consolidar una economía financiera, agroexportadora y de servicios. Al final del período, “en el centro del proceso económico se instala un nuevo ‘bloque social’ constituido por capitales nacionales y extranjeros: los grupos económicos y las empresas transnacionales diversificadas y/o integradas” (Aspiazu, Basualdo y Khavisse, 1989: 10). La restauración democrática, en el año 1983, despertó enormes esperanzas, proporcionales con la frustración frente a la posterior evidencia de una continuidad de la tendencia neoliberal. En el contexto de este resumen, no se busca ahondar en la historia económica reciente, sino apenas la breve mención de algunos hitos que marcarían la hegemonía del neoliberalismo en el país, condicionando la evolución y las nuevas formas de la cuestión social. En pocas palabras, los términos que signaron y sembraron la disciplina del miedo entre la población argentina durante las décadas de los ochenta y noventa fueron respectivamente “hiperinflación” y “ajuste estructural”.


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“Existe un equivalente funcional al trauma de la dictadura militar como mecanismo para inducir democrática y no coercitivamente a un pueblo a aceptar las más drásticas políticas neoliberales: la hiperinflación” (Anderson, 1999: 25). Efectivamente, ésta fue una nota distintiva del período coincidente con el gobierno radical de Raúl Alfonsín que, amén de sus méritos en la apertura y reconstrucción de una institucionalidad democrática, sufrió la creciente conflictividad del movimiento obrero, el deterioro de los términos de intercambio en el comercio internacional y la enorme sangría de la deuda externa, y el flagelo de la hiperinflación que apareció al fin entre las principales razones de su prematuro ocaso político. “Durante los ochenta la subordinación de la fuerza de trabajo vino de la mano de procesos hiperinflacionarios, de sus consecuencias inmediatas en la depreciación del salario y de su largo impacto en la memoria. Asimismo, durante esta década comenzaron a aplicarse estrategias de gobierno de la fuerza de trabajo vinculadas a las reformas estructurales que serían centrales en la década siguiente -el Plan Austral en Argentina; el Cruzado en Brasil, y el INTI en Perú-. A pesar de estos primeros atisbos de reformas estructurales, para los intelectuales del neoliberalismo se trató de una ‘década perdida’, justificando el fracaso de los planes citados por su carácter ‘populista’ y heterodoxo. El diagnóstico de las agencias internacionales no se hizo esperar: había que realizar un ‘ajuste estructural’ en toda la región” (Murillo et al., 2007: 63). Los años noventa son el momento de mayor auge neoliberal en toda la región, que convirtió a los países y pueblos de América Latina (Menem en Argentina, Collor de Melo en Brasil, Salinas en México, Fujimori en Perú, Pérez en Venezuela, Paz Zamora en Bolivia) en un laboratorio de experimentación privilegiado de las políticas del Consenso de Washington.

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Carlos Menem (1) (Argentina, 1989.1999), Fernando Collor de Melo (2) (Brasil 1990-1992), Carlos Salinas de Gortari (3) (México 1988-1994), Alberto Fujimori (4) (Perú, 1990-2000). Líderes de la consolidación del neoliberalismo en la década de los noventa. Imágenes disponibles en: (1) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/0/05/Carlos_Menem_%28Retrato_ Oficial_1989%29.jpg (2) http://es.wikipedia.org/wiki/ Archivo:Fernando_collor.jpg#file (3) http://embamex.sre.gob.mx/vaticano/images/ Salinasoficial.jpg (4) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/7/76/Al_Fujimori.jpg

En la Argentina, la política había quedado signada por el anterior ocaso del gobierno de Alfonsín frente al terror hiperinflacionario, que dejó allanado el terreno para el menemismo. El gobierno de Carlos Menem permitió, desde dentro del propio peronismo, alterar la orientación histórica nacionalista-popular de dicho movimiento político y conducir un programa neoliberal con un masivo apoyo político (refrendado en su reelección en 1995) por parte de la población. El plan de convertibilidad del ministro Domingo Cavallo mostró una faceta inicial exitosa para detener el proceso inflacionario; aunque luego la extensión de la convertibilidad y de las recetas neoliberales resintió la competitividad de la producción nacional frente a las importaciones y promovió la valorización en divisa extranjera de los activos financieros, de las empresas privatizadas y de un nuevo “establishment”, que desde la década de los ochenta fue conformándose con los grupos económicos y empresas transnacionales.


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En esta época se desarticuló definitivamente la alianza social de la industrialización sustitutiva. “Condicionado por la sobrevaluación cambiaria, la liberalización comercial y financiera y la permanencia de altas tasas de interés activas en el mercado financiero local, el grueso del aparato productivo se vio obligado a realizar un severo proceso de reconversión en condiciones francamente adversas, en especial para las pequeñas y medianas empresas” (Mancebo, 1998: 190). Ello produjo una mayor concentración económica y un aumento de la desocupación. La larga lista de “recetas” (condicionamientos que arbitraban, en forma directa o indirecta, la concesión o refinanciación de préstamos externos) de ajuste estructural expresó el control de la política local por parte de los organismos internacionales de crédito. Entre ellos, instituciones heredadas de Bretton Woods como el Fondo Monetario Internacional y, también, con especial injerencia específica en América Latina, el importante rol y las “recetas” del Banco Mundial. Estas medidas de ajuste (inaugurado en nuestro país con la firma de los planes Baker y Brady, y la primera “ola” o ciclo de reformas de orden administrativo y financiero) seguían al pie de la letra los lineamientos de política del Consenso de Washington, con sus respectivas consignas (a veces eufemismos que evitaban hablar de “recortes”): disciplina presupuestaria (es decir, recorte del gasto o inversión pública) y redirección del gasto (en cierta forma el Estado no se “achicó” sino que se sostuvo el gasto en ciertas áreas, en especial de las fuerzas represivas, que definieron el nuevo perfil de un “Estado gendarme”); liberalización financiera (desregulación del capital) y comercial (desprotección arancelaria); “flexibilización” laboral (facilitar despidos y contrataciones temporarias o “de prueba”); privatización (justificada con el discurso de la supuesta mayor “eficiencia” privada contra el dispendio y la endémica “corrupción” en la empresa pública y la política), etc. En cuanto al modelo general de Estado y de políti-

cas públicas, la política neoliberal menemista procedió al desmantelamiento de los programas de bienestar social; la reforma administrativa que redujo las capacidades de gestión e intervención estatal, ahondado con la privatización de las empresas públicas. Se trató pues de verdadero proceso de “colonización” del Estado por parte del sector privado, plagado de evidencias escandalosas de una sistemática corrupción. No puede aquí hacerse una consideración particular sobre las gestiones de gobierno de los presidentes nacionales en este período. Baste decir que el modelo neoliberal se instituyó principalmente durante las dos gestiones de Carlos Menem que signaron la década de los noventa (1989-1999) y se extendió (y aún profundizó42) en la gestión radical-aliancista de Fernando De la Rúa (1999-2001) hasta la final crisis económica terminal y la explosión política y la renuncia presidencial tras las puebladas y las trágicas jornadas del 19 y 20 de diciembre del año 2001. A efectos de nuestro eje de análisis específico, en torno a la evolución de la cuestión social en la Argentina, interesa destacar un cambio de paradigma, inducido por los propios organismos financieros internacionales y otros “socios” del desarrollo en la región, acerca del problema de la pobreza y la redefinición de las políticas sociales de los Estados. Las propias agencias de investigaciones sociales de dichos organismos asumieron que las transformaciones económicas, a la vez que reactivarían las economías (según la polémica teoría del “derrame”), tendrían como costo o daño colateral un cierto aumento (presuntamente marginal) de la pobreza, ligada a situaciones de desempleo e informalidad laboral. Estos problemas ahora comenzarían a definirse como “estructurales”; es decir, conformarían un “núcleo duro” irreductible, definitivamente excluido del mundo del trabajo formal. Esta situación define la nueva condición contemporánea de lo que denominamos “exclusión”. En efecto, si las garantías del Estado de bienestar de antaño

42 • Considérense, por caso, la aprobación, en un Congreso salpicado de corrupción en el año 2000, de la Ley de Reforma Laboral; o la reincorporación del propio ministro del menemismo Domingo Cavallo, para sostener la convertibilidad con renovado endeudamiento público externo, a través del “blindaje” y el “megacanje”.


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se basaban en la integración social de los trabajadores en la relación del salariado (ello caracterizó, por caso, al peronismo), el paisaje actual de informalidad y exclusión laboral representa una exclusión del propio lazo social. Frente a sectores enteros de la población que ya estarían fuera de todo horizonte de “empleabilidad” al fin ya no tendría siquiera sentido hablar en su caso de “desempleados”; hoy devienen “excluidos” o “marginales”, términos definitorios de una “nueva” cuestión social. “Los pobres (‘pobres verdaderos’, pobres a los que hay que asistir) fueron definidos como no trabajadores lisa y llanamente o como trabajadores del sector informal. Razón por la cual las políticas de ‘lucha contra la pobreza’ se separarán tajantemente de la red de seguridad social estatal, dado que alimentar a ésta era ir contra el interés de los ‘pobres verdaderos’. La pobreza se separaba, así, de la relación salarial, y con ello, de los derechos sociales, para pasar a ser una cuestión de ‘asistencia’ de las políticas sociales específicas” (Murillo et al., 2007: 65)

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Capítulo 4 La nueva cuestión social y la pobreza 4.1. Nueva sociedad, nueva cuestión social 4.2. Las políticas de la pobreza

E

n el comienzo de este texto, en el primer capítulo definimos el sentido y origen histórico de la llamada “cuestión social” como una fractura interna del derecho, debida al desfasaje entre el ideal político moderno de igualdad de la ciudadanía y la desigualdad y pauperismo que signaron la vida del proletariado en el orden naciente del capitalismo y la sociedad industrial. Más adelante, vimos en el segundo capítulo la consolidación de una idea de ciudadanía y de ciertos dispositivos de seguridad social, que caracterizaron a los Estados de bienestar de la posguerra en el mundo y también en nuestro país, con una relativa estabilidad del sistema político y económico hasta


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comienzos de los años setenta. Y en el tercer capítulo, vimos la crisis de dicho orden y el despliegue de las políticas neoliberales en la era de la “globalización” del capitalismo financiero, con un saldo de desempleo estructural y mayores desigualdades y brechas sociales. Sin embargo, como advierte Pierre Rosanvallon, si la recaída en el liberalismo económico y las formas de la pobreza “parecieron llevarnos a largo tiempo atrás”, hay algo en el actual escenario social cualitativamente nuevo. “Los fenómenos actuales de exclusión no remiten a las categorías antiguas de la explotación. Así, ha hecho aparición una nueva cuestión social” (Rosanvallon, 1995: 7). En este último capítulo, comenzaremos con una revisión de los factores que fundan la idea general de un “cambio de época”. El escenario que se asentó en los noventa estuvo signado por la transición política hacia un “pacto por apatía” y la aparición de formas más positivas o negativas de individualismo, y una nueva (des)estructuración y heterogeneidad de lo social. En la segunda parte, concluiremos con la revisión crítica de la actual problemática de la pobreza, atendiendo las distintas variantes teóricas y la profusión de nuevos conceptos alternativos. Estas concepciones y discursos no fueron indiferentes al influjo y las sugerencias de los organismos internacionales como el Banco Mundial, y fundamentaron decisiones políticas y lineamientos para el diseño de programas de intervención sobre la cuestión social. Antes de comenzar, cabe hacer una advertencia y aclaración, respecto de la cronología y los alcances y objetivos del presente análisis. Hay un acuerdo general, tanto a nivel del debate político como académico en la actualidad, acerca del cambio sustantivo que en nuestro país constituye el período político inaugurado por la presidencia de Néstor Kirchner en el año 2003, respecto de los años previos de hegemonía neoliberal y el escenario desolador dejado por la crisis de fines del 2001. Aunque es prematuro hacer un balance de expe-

riencias cercanas o que están aún en curso, puede constatarse un cambio del modelo económico, con una mayor apuesta al crecimiento de la producción y el empleo orientados al mercado interno, y una recuperación de resortes institucionales y mayores márgenes para la intervención del Estado en la política económica. Asimismo, como consecuencia de este cambio político y económico, se constata una reversión o contención de algunas de las consecuencias sociales del neoliberalismo, con un descenso del desempleo y una reducción de la pobreza e indigencia, entre otros cambios en los indicadores sociales, que serán oportunamente reseñados más adelante. De todos modos, en el presente análisis haremos omisión deliberada de la crónica política de los cambios que distinguen al kirchnerismo, muy notoriamente en la gestión del Estado, la dinámica del campo político y de sus actores. Por una cuestión de recorte temático y de método, nos deberemos concentrar más bien en el análisis de aquellas variables y problemas que definen específicamente la cuestión de lo social, la desigualdad, el desempleo y las formas viejas y nuevas de pobreza. En este sentido, vale advertir que los problemas que veremos en este apartado, como la desigualdad y la fragmentación social, o los estigmas de la pobreza y la exclusión, aún si acompañaron en especial la etapa de implantación neoliberal en los años ochenta y noventa, han mantenido en buena medida su vigencia y sus consecuencias se hacen aún sentir y caracterizan hasta el día de hoy la nueva cuestión social.


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4.1. Nueva sociedad, E nueva cuestión social

n las últimas tres décadas, tras crisis y cambios sociales como los que venimos evaluando, nos hemos habituado al fin a la idea de un cambio de época: vivimos en una era “post”. Resulta sintomática la profusión en muchos discursos y ensayos académicos de dicho prefijo, antecediendo a varios términos con que acostumbrábamos denominar el orden social previo. Lo “post” denota una transición hacia otro orden y, a la vez, la incertidumbre sobre la deriva final o la forma de concebir y nombrar los rasgos definitorios de la nueva época. La idea de una nueva cuestión social, ligada a nuevos problemas como la llamada “exclusión”, en cierta forma puede también dar cuenta de este estado de cosas. El preanuncio de la ola neoliberal y de una virtual era “postsocial”, característica de las formas de desregulación y desestructuración de la sociedad debidas al avance de la lógica de mercado en casi todas las relaciones sociales, tuvo su más categórica definición en boca de la propia Margaret Thatcher, al pronunciar la famosa frase, lacónica y categórica: “lo social no existe”. A modo de resumen, para recapitular lo visto en el capítulo anterior, podemos a continuación ordenar en un cuadro distintas variables o factores, ligados a transformaciones en la política, la economía y lo social, divididos cronológicamente en un antes y un después, respecto de la crisis y transición de comienzos de los años setenta del siglo pasado. Esto nos permite marcar un contraste, de modo muy esquemático, entre el orden de posguerra con economía regulada y Estado de bienestar, y el perfilamiento de un nuevo orden contemporáneo.


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Los “años dorados”. La sociedad de bienestar

Los años “Post”. ¿Una nueva sociedad?

Marco sistémico mundial

Estados nación y concertación internacional

Globalización

Tipo de Estado

Estado de bienestar

Estado neoliberal (“mínimo” o “gendarme”)

Legitimación del contrato social Pacto de unión

Consenso por apatía

Tendencia política hegemónica

Social-democracia

Neodecisionismo

Modelo socio-productivo

Fordismo

Posfordismo o toyotismo

Regulación económica

Keynesianismo

Librecambio y “derrame”

Valorización capitalista

Industrialización

Servicios, economía informacional, capital financiero

Mundo del trabajo

Salariado (Estado-sindicatos-empresas)

Postsalariado

Mercado laboral

Estabilidad y pleno empleo

Flexibilización y desempleo estructural

Integración social

Ciudadanía social

Dualización: incluidos/excluidos

Cuestión social

Desigualdad

Pobreza/Exclusión

Políticas sociales

Servicios universales y prestaciones laborales

Programas focalizados para familias y grupos “vulnerables”

Paradigma cultural

Modernidad (verdad universal y proyectos colectivos)

Posmodernidad (relativismo y “fin de los grandes relatos”)

Espacio

Espacio público. Ciudad y “barrio”

Desterritorialización y virtualidad. Suburbanización

Temporalidad

Linealidad y acumulación a futuro de proyectos, progreso profesional (carrera) y social (“ascenso social”)

Puro presente y contingencia, incertidumbre (“vivir al día”)

Identidad/Sujeto

Socialización disciplinaria

Individualismo (positivo y negativo) y sociedad “posdisciplinaria”

Identidad colectiva

Identidad de clase social. Culturas nacionales, populares y masivas

“Multiculturalismo”. Minorías, “tribus” y estilos de vida

Es preciso prevenir de esta exposición binaria que, aunque esquemática, confronta bien ciertos binomios y conceptos contrastantes, muy difundidos en el discurso de sentido común y el campo académico, con que se describió (y aun auspició y celebró) el proceso de transformación social de las últimas décadas. Sin embargo, podría también inversamente remarcarse la continuidad, entre antaño y hoy, de ciertos pilares básicos de un mismo orden: economía capitalista, mercado mundial, Estados nacionales, sociedad de clases, cultura de masas. Las novedades de la época no deben pues ni desconocerse, ni tampoco exagerarse o mitificarse.

omento m de reflexión

1. ¿En qué aspectos de nuestra memoria personal y nuestra vida cotidiana podemos apreciar las dimensiones clasificadas en el cuadro de más arriba sobre el cambio histórico y la nueva cuestión social? 2. ¿En qué medida ello atraviesa y signa las experiencias subjetivas en términos de diferencias generacionales?


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De cualquier modo, la propia proliferación de los discursos ya es sintomática de cambios efectivos hacia una nueva sociedad y una nueva cuestión social. “En los últimos veinte años del siglo XX se produce el proceso que hoy nos llama la atención: proceso centrado en el pasaje de una sociedad de integración a la actual de tendencias excluyentes, del bienestar a la pobreza, de la apropiación del tiempo histórico a un presente perpetuo, de la homogeneidad intra-clases y grupos sociales a un grado de heterogeneidad inédito en nuestra historia contemporánea, reemplazado por otra sociedad donde reina la diversidad en cada uno de los dos sectores que la integran, que ya no son sólo diferentes sino profunda e insalvablemente desiguales, y que se muestra desintegrada en relación con su funcionamiento. En el contexto de esta desigualdad, la nueva pobreza es una estrella” (Feijoó, 2001: 22-23). Uno de los autores más citados en nuestro país en torno de la metamorfosis de la cuestión social, el francés Robert Castel, investigó y ubicó como eje del análisis los cambios en el mundo del trabajo. “La tesis que planteo es que en estos momentos hay una constante para todos los países occidentales -dominados por la mundialización- que es su respuesta, en una triple vertiente: A) Degradación de las garantías del empleo. Antes la existencia de diferencias sociales no implicaba precarización alguna. Esas diferencias se podían regular mediante acuerdos, por ejemplo, la negociación colectiva. Ahora esas diferencias están desreguladas. B) Por otro lado, la precarización hace que la solidaridad y los acuerdos inter-grupos sean más difíciles por la heterogeneidad de los mismos. Eso implica un individualismo negativo. C) Finalmente se produce un nuevo descubrimiento para la sociedad: los inútilesnormales, esos sujetos que ya no son integrables” (1997b). Este análisis ubica como principio determinante o estructural -para decirlo, alternativamente, con términos del marxismo- el de las relaciones sociales

de producción. Pero también deben contarse ciertos cambios operados a nivel de la política y la gestión de Estado, con los que comenzaremos nuestro análisis a continuación.

4.1.1. “Neodecisionismo” del Estado y transición del pacto de unión al “consenso por apatía”

P

odemos ensayar una descripción general del marco político, retomando los conceptos y análisis de Susana Murillo (2004), como un pasaje del “pacto de unión” a un nuevo “pacto por apatía”. El pacto de unión alude a la alianza táctica entre Estado, empresas y sindicatos que se insinuó ya con las políticas keynesianas a partir de la crisis de 1929 y que se generalizó especialmente en el mundo de la posguerra. Este pacto por unión, como ya hemos visto, fue el que instituyó la parcial integración de la fuerza de trabajo, merced a los derechos sociales y servicios propios del Estado de bienestar. Y a la vez que supuso un amplio control del Estado burocrático sobre la vida de la población y una eficaz contención de la cuestión social, habilitó, sin embargo, también una socialización de recursos económicos y culturales y propició, al fin, la rebeldía civil en nombre del ideal político de una mayor igualdad social. Este paradigma se quebró con la crisis capitalista y el auge del neoconservadurismo a comienzos de la década de los setenta, frente al creciente peso de los flujos del capital financiero, la política neoconservadora de disciplinamiento de la fuerza de trabajo y la relocalización global de la producción. La difusión de discursos “globalistas” (ya citamos antes el antecedente de la Comisión Trilateral, con su énfasis


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en los conceptos de “complejidad” e “interdependencia” global) buscó desacreditar la viabilidad del anterior pacto de unión, que tenía por ámbito natural de negociación el espacio nacional, desbordado ahora por la lógica global del capital. Esta perspectiva significó una redefinición tanto de la política como de la cuestión social y la asignación de nuevas funciones para los Estados. En primer lugar, éstos debían articular con nuevos agentes, líderes locales (“gurúes” neoliberales, consultores y miembros de agencias internacionales) ligados con el nuevo “establishment” representante de los intereses del capital global para asegurar la sanción local de las políticas de desregulación y flexibilización y garantizar la “seguridad jurídica” para las inversiones. En segundo lugar, hacia dentro de los límites geográficos nacionales, los Estados debían oficiar de policías locales para la contención de las poblaciones excluidas tras los “ajustes estructurales”, a través del ejercicio directo de la violencia extraeconómica y la criminalización de la creciente protesta social (Murillo et al., 2007: 79). El Estado fue perdiendo así su carácter de espacio político promotor y articulador del pacto o “contrato social”, y fue definiéndose pues el nuevo perfil alternativo de un “Estado-gendarme”. Este nuevo modelo de Estado y de ejercicio de la política coetáneo del auge del neoliberalismo es lo que los politólogos han definido como “neodecisionismo” (Bosoer y Leiras, 1999). Este modelo de gobierno, aunque formalmente mantiene el marco republicano, confiere la suma del poder al Ejecutivo43, a fin de viabilizar las reformas propiciadas por los centros de poder mundial y su rápida traducción en decisiones concretas. Estas decisiones, fundadas siempre en la urgencia y la excepcionalidad44, eluden pues la instancia de deliberación y consenso encarnada tradicionalmente en los parlamentos y el debate ciudadano y, de este modo, acaban delegándose, en cambio, al saber supuestamente neutro y

eficaz de los “técnicos” (de ahí la alusión a las nuevas “tecnocracias”). Evidentemente, una primera expresión extrema de este modelo de gobierno en la región y en nuestro país encarnó en las dictaduras militares que, con su política económica liberal y de represión sistemática, permitieron la primera transformación fuerte del orden socioeconómico y el terror y repliegue en el descompromiso político y la apatía por parte de la población. De este modo, el neodecisionismo parece haber oficiado de respuesta a la obsesión neoconservadora por la “gobernabilidad”, procurando un nuevo balance entre las dos lógicas contradictorias de la represión y la legitimación; o, en otros términos, los dos extremos en tensión en todo régimen político, entre la “dominación” y el “consenso”. Este último consistiría menos en un compromiso civil activo con la política de gobierno que en el resultado por defecto de una sociedad civil más desmovilizada y un acompañamiento resignado de la población (signada por tantos años de terrorismo y violencia económica y extraeconómica). Así se fue consumando, desde mediados de los años setenta hasta el fin de siglo, una transición del anterior “pacto de unión” a lo que puede pues definirse como un nuevo y paradojal pacto o “consenso por temor”, o una “gobernabilidad por apatía”, con una creciente desmovilización de la sociedad civil y un descrédito general de la política (Murillo et al., 2007: 78). Asimismo, valga decir también que este ejercicio decisionista del gobierno, sea por su relativa indiferencia por las instancias legislativas, o como respuesta frente a la crisis del sistema político-institucional, fue característico del peculiar tipo de liderazgo denominado (a veces peyorativamente) “neopopulismo”, aplicado a muchos de los presidentes de América Latina (entre ellos, la mayor parte de quienes implementaron las políticas neoliberales; aunque también, algunos líderes exponentes de lo que hoy se con-

43 • Este gobierno neodecisionista caracterizó la gestión presidencial de Carlos Menem en la Argentina: “Hacia comienzos del año 1994, cinco factores habían hecho de la institución presidencial argentina, un instancia gubernamental muy poderosa: (1) una amplia y extendida disciplina partidaria en el ámbito legislativo, (2) el fortalecimiento de la posición del gobierno federal vis a vis los estados provinciales, (3) utilización del veto parcial y total en forma recurrente, (4) la utilización de los decretos de necesidad y urgencia por parte del presidente Carlos Menem y (5) la cooptación del Poder Judicial” (Leiras, 2005: 7). 44 • “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción”. Así comenzaba la Teología Política (1999) escrita en el año 1922 por Carl Schmitt, comúnmente citado como inspiración de filosofía política para interpretar el “decisionismo” político (asociado a los gobiernos autoritarios) y sus nuevas manifestaciones contemporáneas (Dotti, 2000).


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cibe como una “nueva izquierda” latinoamericana). “Serían casos paradigmáticos en Argentina, Brasil, Perú, Ecuador y Venezuela, Carlos Menem (19891999), Fernando Collor de Mello (1990-1992), Alberto Fujimori (1990-2000), Abdalá Bucaram (1996) y Hugo Chávez (1999-presente), dado que los mismos tuvieron como común denominador constituir verdaderos liderazgos de ruptura en medio de un contexto de crisis del estado, fragmentación y desestructuración social y crisis de representación y representatividad política” (Leiras, 2008: 2). El estado de excepción y de crisis que funda el ejercicio más discrecional y autoritario del gobierno neodecisionista, el “consenso por temor” y el reforzamiento de las prerrogativas y capacidades punitorias de un “Estado gendarme” se vinculan a la vez con las respuestas punitivas que los analistas denominan “criminalización de la cuestión social”. Y todo ello se liga en un sentido profundo con otro tema relevante de la agenda política contemporánea, la generalización de una idea devenida fetiche ideológico del discurso de la derecha política, y amplificada por los mensajes mediáticos: el ubicuo fantasma de la “inseguridad”. La cuestión de la inseguridad, en primera instancia, alude de modo explícito al problema de la criminalidad (sean los hechos y estadísticas concretas de delitos, o la más volátil “sensación” de inseguridad difundida por los propios discursos sociales, políticos y mediáticos). Pero de modo menos manifiesto, expresa al fin la preocupación y temor frente a las alarmantes consecuencias sociales de las políticas neoliberales. Y aun también, indirectamente, es el emergente de un estado general de malestar más profundo, frente a la desintegración de las viejas solidaridades sociales, y la inseguridad por la ruptura de los marcos de inteligibilidad y previsibilidad que antaño garantizaban la contención del Estado de bienestar y la integración salarial propia del capitalismo fordista. En el siguiente texto, el sociólogo francés Loïc Wacquant, destacado discípulo de Pierre Bourdieu,

especialista en la nueva problemática de los “parias urbanos”, desarrolla esta problemática de “generalización de la inseguridad social”, vinculada con una nueva cuestión social, signada por políticas de asistencia social resignadas a la aceptación del empleo precario (“workfare”) y una tendencia a la penalización de la pobreza (“prisonfare”) constitutivas del Estado neoliberal. La regulación penal de la pobreza en la era neoliberal - por Loïc Wacquant ¿Cómo y por qué la cárcel ha vuelto a ocupar un lugar central en las instituciones de las sociedades avanzadas? En mi libro Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social (2010) expongo tres tesis que resuelven este enigma histórico. Tesis 1: El refuerzo del Estado penal en respuesta a la inseguridad social Mi primera tesis consiste en que el refuerzo de la vertiente penal del Estado es una respuesta a la generalización de la inseguridad social y no una reacción a las cifras de crímenes. En las tres décadas que siguieron al momento álgido del movimiento de los derechos civiles, EE UU pasó de ser un ejemplo de justicia progresista a convertirse en el apóstol de la política de "tolerancia cero" [...] Entonces descubriremos que tras los disturbios raciales de los '60, se utilizó a la policía, a los tribunales y a las cárceles para refrenar las dislocaciones urbanas causadas por la desregulación económica y la implosión del gueto como contenedor étnico-racial, así como para imponer la disciplina del trabajo precario en las capas más bajas de la estructura polarizada de clases y lugares. [...] la tendencia dominante es similar: una renovación disciplinaria de las políticas públicas que asocia la "mano invisible" del mercado con el "puño de hierro" del Estado penal.


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Tesis 2: Volver a vincular la política social y la penal Mi segunda tesis es que para dilucidar las nuevas políticas de la marginalidad debemos vincular de nuevo los cambios introducidos en la política penal y en la social, en lugar de tratarlas como dos ámbitos separados, como suele ocurrir tanto en los espacios académicos como en los políticos. Los recortes en la ayuda pública, por un lado, unidos al proceso de transformación por el cual el Estado de bienestar con su derecho a la protección se convierte en el "Estado del trabajo", en el que uno se ve obligado a aceptar empleos precarios como condición para recibir la ayuda, y la apuesta por la cárcel como herramienta, por el otro, son las dos caras de una misma moneda. Juntas, las políticas de empleo y las penales ejercen un control simultáneo sobre la pobreza en un tiempo en el que se profundizan las desigualdades sociales y se generaliza la inseguridad social. [...] Tesis 3: La construcción del Estado neoliberal Mi tercera tesis es que la puesta en marcha de las políticas de empleo y penales forma parte de la construcción del Estado neoliberal. Los economistas han propuesto una concepción del neoliberalismo identificada con la aséptica norma del "libre mercado" y el advenimiento del "pequeño gobierno" [gobierno reducido o Estado en retirada, N. del T.]. Dicha concepción, que establece al Estado y al mercado como entidades antagonistas, ha sido asumida de manera general por otros científicos sociales. El problema reside en que lo que describe es la ideología del neoliberalismo, no su realidad. [...] El dominio del mercado por tanto necesita de sólidos dispositivos institucionales que los sostengan y apoyen [...]

Conclusión: La corrosión de la democracia por vía del neoliberalismo El vínculo existente entre la mezquina contracción del Estado del bienestar y la munificencia del Estado penitenciario, procesos ambos presididos por el patrón de la moral, han provocado cambios en el diseño y funcionamiento del estamento burocrático que son seriamente perjudiciales para los ideales democráticos. [...] En resumen, la criminalización de la pobreza fragmenta a la ciudadanía a lo largo de las diversas estructuras de clase, mina la confianza cívica de las capas más bajas y anticipa la degradación de los principios republicanos. Wacquant, Loïc (2012). La regulación penal de la pobreza en la era neoliberal. En periódico Diagonal, Nro. 171, jueves 5 de abril de 2012, Madrid. Disponible en: http://ar.globedia.com/regulacionpenal-pobreza-neoliberal-loic-wacquant

omento m de reflexión

1. ¿Cómo se puede definir y qué aspectos puede involucrar la idea de Wacquant de una “generalización de la inseguridad social”? 2. ¿Qué relación sugiere el autor que existe entre política social y política penal? 3. ¿Cómo se relaciona la política penal con el fenómeno de precarización del empleo? 4. ¿No hay contradicción entre la idea de Estado penal neoliberal, y el discurso acerca del “achicamiento del Estado”?


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4.1.2. Desintegración de la solidaridad social e individualismo

E

l análisis que venimos haciendo en un nivel más macro, sobre el nuevo balance de poder entre el capital y los organismos financieros internacionales y los Estados y las sociedades civiles nacionales en la nueva etapa de “globalización”, fue acompañado en paralelo por una serie de transformaciones a nivel más “micro” en la trama de las identidades y relaciones sociales cotidianas y las formas de solidaridad en la sociedad civil que son el correlato sobre el que se funda todo orden político. En este sentido, lo que definimos como un pasaje del pacto de unión al consenso por apatía, o del Estado de bienestar al Estado neodecisionista y la política neoliberal, se expresa también en el análisis que citaremos a continuación del historiador francés Pierre Rosanvallon (acerca de lo que define como la “nueva cuestión social” relacionada con la “quiebra del Estado providencia”), como parte de una crisis aún más amplia, de orden “filosófico” o “antropológico”: “Pueden distinguirse tres dimensiones que constituyen también tres etapas en la quiebra del Estado providencia. Las dos primeras son de orden financiero e ideológico. [...] La crisis financiera se desencadenó en los años setenta. [...] La crisis ideológica marca sobre todo los años ochenta. Traduce la sospecha bajo la que se encontraba entonces el Estado empresario en cuanto al manejo eficaz de los problemas sociales. Corresponde a la puesta en tela de juicio de una maquinaria cada vez más opaca y burocrática, que enturbia la percepción de las finalidades y entraña una crisis de legitimidad. Estas dos dimensiones subsisten hoy en día. [...] El hecho verdaderamente importante del período actual: está comenzando una tercera crisis del Estado providencia, de orden filosó-

fico. [...] Aparecen dos problemas mayores: la desintegración de los principios organizadores de la solidaridad y el fracaso de la concepción tradicional de los derechos sociales para ofrecer un marco satisfactorio en el cual pensar la situación de los excluidos” (Rosanvallon, 1995: 8-9). Este marco de análisis sobre la nueva cuestión social fue desarrollado especialmente por algunos autores en torno a la cuestión social en Francia, como el mismo Rosanvallon, quien junto con Jean-Paul Fitoussi ha también publicado un muy recomendable ensayo sobre La nueva era de las desigualdades (1997); o el sociólogo Robert Castel, en su ya citada obra La metamorfosis de la cuestión social (1997). Estos trabajos y este marco teórico tuvieron mucha difusión también en el ámbito académico y político local, como base de valiosos trabajos de investigación sobre las consecuencias del empobrecimiento y la exclusión social hacia fines de siglo pasado en nuestro país; por ejemplo, vale mencionar en la misma línea el trabajo colectivo editado por Maristella Svampa, Desde abajo. La transformación de las identidades sociales (2000), entre otros que citaremos en lo sucesivo.

ara p mirar

Mala época (Argentina, 1998). Dirección: Nicolás Saad, Mariano De Rosa, Salvador Roselli y Rodrigo Moreno.

La advertencia acerca de la desintegración de la solidaridad social remite a la tradición clásica de la sociología y, en particular, a uno de sus “padres fundadores”, el francés Émile Durkheim. Éste planteó en su obra una concepción de la sociedad moderna en riesgo permanente de “anomia” (literalmente, falta de normas); ello debido a la supremacía de la figura del individuo en la modernidad, la correlativa pérdida de fuerza de las normas de la tradición y, por ende, un


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creciente desajuste entre los individuos y los marcos tradicionales de integración social que cimentaban antiguamente el orden social, como la familia, la iglesia o comunidad religiosa, o aun los lazos de vasallaje y de autoridad tradicional. En el nuevo orden de la solidaridad social (“orgánica”, como la definía Durkheim) que integra la compleja trama de la división del trabajo social moderna, deberían cuidarse dichos marcos integradores (o de “socialización”, en jerga funcionalista) y lazos sociales intermedios entre el individuo y el todo social o el Estado; en particular, para Durkheim, cabía un rol importante de integración en la sociedad industrial a las corporaciones o gremios laborales-profesionales (Durkheim, 1993). Efectivamente, fueron dichos lazos de participación estable en el mundo del trabajo (constitutivos de lo que Robert Castel denomina “salariado”), ya en el siglo XX a través de la afiliación sindical y gremial, los que permitieron la integración social en tiempos del capitalismo fordista y la sociedad de bienestar de posguerra (integración traducida políticamente en el reconocimiento de los “derechos sociales”; y también, como fue el caso destacado del peronismo, en una legitimación de la cultura obrera). Y son estos mismos marcos o soportes relacionales integradores los que son hoy vulnerados, tanto los del trabajo como los de la familia o la vida barrial, que sufren directamente los impactos del desempleo y la exclusión. Ello volvería pues a plantear contemporáneamente el riesgo de la desintegración social anómica, con el abandono de los sujetos al “sálvese quien pueda” de las relaciones de mercado. Es decir, un debilitamiento de la solidaridad y del horizonte de igualdad social (crisis filosófica y política) y una regresión o recaída en el individualismo (crisis antropológica o del sujeto). En fin, podemos resumir con una cita de Rosanvallon y Fitoussi (1997: 14), que sintetizan el panorama de la nueva cuestión social contemporánea, como la conjunción de una triple crisis:

“La crisis que atravesamos es entonces indisociablemente económica y antropológica; es, a la vez, crisis de civilización y crisis del individuo. Fallan simultáneamente las instituciones que hacen funcionar el vínculo social y la solidaridad (la crisis del Estado providencia), las formas de la relación entre la economía y la sociedad (la crisis del trabajo) y los modos de constitución de las identidades individuales y colectivas (la crisis del sujeto)”.

omento m de reflexión

1. ¿Cuáles son los aspectos diferenciales de cada una de las tres crisis que identifican Rosanvallon y Fitoussi? ¿Qué relaciones intrínsecas hay entre ellas? 2. ¿Cuáles son las implicancias de lo que los autores denominan “crisis de civilización y crisis del individuo”? ¿Cuáles son los desafíos que plantea en el campo de la educación?

Si ya se han planteado y descrito anteriormente las dos primeras crisis, del Estado providencia y del mundo del trabajo, podemos avanzar ahora en el análisis de la “crisis del sujeto” y de las identidades, expresada en las manifestaciones contemporáneas de un nuevo individualismo (Rosanvallon, 1995; Castel, 1995 y 1997; Lasch, 1999; Bauman, 2001, 2003 y 2004). El “individualismo” es un término ambivalente, cargado de sentidos y valoraciones diversas y aun opuestas; y es empleado aquí menos como mera y obvia referencia a la existencia de una sociedad de individuos (creación original de la modernidad) que para calificar el grado y carácter de los lazos que establece el individuo con la sociedad. “Califica por turno


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una evolución moral (el triunfo de la lógica del mercado y el repliegue sobre sí mismo), un hecho sociológico [el desmoronamiento de los cuerpos intermedios, la fragilización de los vínculos comunitarios y la tendencia a la atomización social ]y un principio filosófico (la valorización de la autonomía y la autenticidad)” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 36).

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American psycho (EEUU, 2000). Dirección: Mary Harron.

La expansión del individualismo en las últimas décadas admite interpretaciones y valoraciones opuestas, y “mientras algunos consideran que la dinámica de la individualización se caracteriza por la progresiva emancipación del agente respecto de las estructuras, otros ponen de relieve el carácter deficitario del individualismo contemporáneo, despojado de sus ‘antiguos’ soportes colectivos” (Svampa, 2000: 10). En este último sentido, varios de los autores citados más arriba han descrito el escenario contemporáneo como una transición entre dos formas del individualismo: de un individualismo “positivo” (valor de “autonomía” y adhesión contractual al orden social) a uno de tipo “negativo” (signado por un déficit o “carencia”, propio de un sujeto librado sólo a sí mismo). Ésta es por caso la perspectiva de Castel (1995), para quien el mundo del salariado había conseguido una cierta desindividualización, un marco de integración colectivo y de seguridad superador de la visión del orden contractual liberal. La protección social y laboral redujo los riesgos del individualismo negativo y promovió una cierta forma de individualismo positivo. La identidad individual en este caso anclaba o formaba parte, a la vez, de una identidad colectiva, relativa al rasgo común vinculante de la ciudadanía y a los lugares específicos que cada cual ocupaba en el espacio social.

El individualismo positivo tuvo su celebración en las décadas de los setenta y ochenta con la oportunidad de reivindicar la propia diferencia y la autonomía de las coacciones colectivas. En un marco histórico de crisis y mutación del orden económico-social, ello acentuó una tendencia individualista más atomizadora de lo social, que finalmente “encuentra sus inflexiones narcisistas, hecho que se combina con la expansión de una cultura psicologizante (que implica la extensión de las terapias a los ‘normales’) en las clases sociales más cultivadas, fuertemente resistida por los sectores populares” (Svampa, 2000: 12). El ensimismamiento subjetivo y la ideología del cultivo de la “interioridad” en la “era del narcisismo” (Lasch, 1999) inducen un desajuste entre subjetivación y socialización, entre identidades individuales e identidades sociales. Otra variante celebratoria del individualismo ha sido el imaginario del “emprendedor” privado que comenzó en estos mismos años y fue muy afín a la ideología liberal del valor de la competencia de mercado. “En los años setenta y ochenta, la glorificación de la empresa acompañó el proceso de individualización, como si la independencia de las personas tuviera que prolongarse necesariamente en un himno sin matices a la empresa y en la valorización de las aventuras personales [...] Por doquier, nos vemos cada vez más obligados a hacernos cargo de nosotros mismos” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 38). Sin embargo, desde fines de siglo pasado, comienzan a ponerse de manifiesto los aspectos menos positivos y más problemáticos de este individualismo, que afectan tanto a los trabajadores más subalternos como también a los cuadros ejecutivos y técnicos más calificados típicos del “posfordismo”. En este último caso, el conocido y recomendable ensayo del sociólogo norteamericano Richard Sennett, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo (2000), mostró la conexión de este espíritu individualista de empresa con las nuevas pautas de trabajo propias del


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“capitalismo flexible” (con sus ideas asociadas, por ejemplo, de “polivalencia” o de movilidad y “formación permanente”). El imperativo de “reinventarse” permanentemente, en el trabajo y en la vida cotidiana, “corroe el carácter”: rompe la rutina y el propio hilo biográfico (o sea, la identidad) de las personas (y sus familias), la capacidad de interpretar su trayectoria social y proyectar en el largo plazo, de sentirse dueños de sus propias vidas, todo lo cual estaría en la raíz de nuevos y severos trastornos subjetivos45. La crisis de la sociedad salarial, la desprotección social y la creciente precarización laboral, generalizan los efectos atomizadores del individualismo negativo, que junto con los efectos del empobrecimiento y el desempleo, está en la base de las nuevas problemáticas que Castel definió con los conceptos de “vulnerabilidad” y “desafiliación” (concepto éste último crítico y sustituto de la común idea de “exclusión”46). La falta de soportes relacionales e institucionales de integración social, el desfasaje entre los procesos de socialización y subjetivación acaban “en el límite, con un individuo anómico y desocializado, cuyas figuras extremas son los desocupados sin domicilio fijo” (Svampa, 2000: 13).

4.1.3. Reflexividad: prácticas expresivo-estéticas y consumos de las clases medias Existe una línea alternativa de análisis, formulada por autores como Anthony Giddens, Ulrich Beck y Scott Lash, más ligada al espacio académico anglosajón47 y con relativa difusión también en nuestro país, que insinúa un mayor optimismo acerca de las oportunidades de un individualismo positivo (Giddens, 1991 y 1996; Beck, 1996 y 1998). El eje de atención de estos autores se desplaza del análisis económico de las finanzas y el mercado mundiales al análisis de ciertos aspectos culturales de la “globalización”, concebida como una etapa de expansión de “modernidad tardía” o “modernización reflexiva” (Beck, Giddens y Lash, 1997), como el proceso histórico de emancipación de los individuos respecto de la tradición y las sujeciones sociales. El aflojamiento de los lazos y regulaciones sociales, la distancia entre las estructuras y la acción, es vista así menos como un proceso negativo de desintegración y atomización social que positivamente como el desafío y oportunidad de una mayor “reflexividad”: los sujetos están expuestos hoy día a más riesgos e incertidumbre, pero sus trayectorias vitales están menos determinadas que antaño por su ubicación en una categoría o encasillamiento social. El individua-

45 • La insatisfacción identitaria, frente a la obligación y la “fatiga de ser uno mismo” (Ehrenberg, 2000) y la carencia de rutinas y soportes de referencia estables para el anclaje de la identidad, puede estar en la raíz de nuevos fenómenos de depresión y dependencia, el consumo compulsivo de mediadores como los psicofármacos (mediación del sujeto consigo mismo) y los medios de comunicación (mediación con los otros). Al fin, “dependencia y depresión son las dos caras del ‘individuo soberano’” (Svampa, 2000: 13). 46 • Frente a la idea común de “exclusión” (división binaria y estática de la sociedad y fijación del excluido en un no-lugar social definitivo), el concepto de “desafiliación” de Castel constituiría una perspectiva más relacional y dinámica sobre las trayectorias de (des)enclasamiento en una sociedad en transformación. “Para Castel la vulnerabilidad no es un término estático, pues un individuo puede localizarse en distintas zonas de vulnerabilidad. Esta posición le permite al autor realizar una crítica al término de exclusión social -muy en boga en Europa, en particular en Francia en los últimos años- y sugerir la utilización del concepto de ‘desafiliación’: proceso mediante el cual un individuo se encuentra disociado de las redes sociales y societales que permiten su protección de los imponderables de la vida (Castel, 1995). La decisión para utilizar el término ‘desafiliación’ radica en que el concepto de exclusión parecería reflejar, para Castel, una inmovilidad y designar en cierta medida un estado o diversos estados de privación, y con ello soslayarse los procesos que generan esos estados de privación. Además, el término exclusión provoca la sensación de referirse a una sociedad que al parecer está dividida en dos: los que se encuentran afuera -los excluidos- y los que se localizan adentro -los incluidos-, como si no existieran matices de afiliación en función de los distintos niveles y escalas del orden y de la estructura social. Por el contrario, cuando se habla de desafiliación se tiene como objetivo visualizar no tanto una ruptura sino un recorrido hacia una zona de vulnerabilidad -esa zona inestable que mezcla la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de proximidad-, lo que permite, además, subrayar la relación de disociación con respecto de algo, apreciándose el hecho de que un individuo puede estar vinculado, por ejemplo, más estrechamente con las relaciones societales y menos con las estructuras institucionales de trabajo” (Arteaga Botello, 2008: 165-166) 47 • El universo intelectual de los países anglosajones, cuna del librecambio y de una cultura esencialmente liberal, resulta afín con el ethos y la perspectiva individualistas. Esto contrasta con las preocupaciones y marcos teóricos en los países de la Europa continental; y, en particular, con los ensayistas antes citados, mayormente ellos de Francia, país con una tradición histórica, intelectual y político institucional más orientada por el ideal de la solidaridad y la integración social.


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lismo así visto supone una mayor libertad para la autoconstrucción de la propia identidad como un proyecto reflexivo y autónomo. Una manifestación posible de esto se encontraría en la variante que Lash (1997) definió como “reflexividad estética”: una comprensión y construcción de sí menos ligada al factor cognitivo, que a la dimensión mimético-expresiva subjetiva y la estética de la vida cotidiana. En fin, ello alude a toda la gama de prácticas y la dimensión del espacio-tiempo de la vida cotidiana no ancladas en el mundo del trabajo, pero importantes sin embargo también para la afirmación de la identidad y los grupos y marcos de pertenencia de los sujetos. Es el espacio de lo que suele denominarse también como “estilos de vida”, muy ligados a ciertas prácticas de consumo, cuyo estudio se puso en boga en los últimos años con la difusión académica de los “estudios culturales” posmodernistas (Featherstone, 2000; Wortman, 2003 y 2004; Bauman, 2006). Como ejemplos de manifestación de esta reflexividad estética, suelen mentarse la creciente asiduidad y extensión de las prácticas artísticas, la variedad de las modas, la amplia gama de los consumos culturales, los rituales múltiples que hacen a la valorización del tiempo de ocio y a la marcación de lugares y circuitos propios en el espacio urbano, etc. Ello no se limita a prácticas y sentidos individualistas, sino también a la conformación de diversos grupos y nuevos lazos colectivos, por ejemplo, proyectos culturales y “colectivos” artísticos, grupos religiosos o de minorías, fiestas o emprendimientos comunitarios, etc. El sesgo claramente culturalista de esta línea teórica se vinculó también, en particular entre algunos autores latinoamericanos (García Canclini, 1990; MartínBarbero, Jesús, 1987), a una reconsideración positiva de las prácticas y los consumos culturales. La globalización de los medios de comunicación masivos y los productos de las industrias culturales, la valorización del conocimiento y expansión global de las redes en la “sociedad de la información”, cons-

titutivas al fin de una nueva “economía de signos y espacio” (Lash y Urry, 1998), pone a nuestra disposición un flujo de signos y recursos culturales de un volumen y potencial inéditos. La recepción de este magma cultural-informacional ya no debería comprenderse solamente como aceptación pasiva de mensajes y productos de una cultura estandarizada y mercantilizada, sino también como oportunidad para una elaboración activa de sentidos y valores propios. A decir verdad, este tipo de prácticas reflexivas y expresivas y consumos culturales requieren bastante tiempo, así como un alto capital cultural y social, amén de económico. Es decir, que constituyen al fin desde siempre un privilegio de los estratos medios y altos de la sociedad, y podrían oficiar de símbolos de distinción social y una conquista de status por parte de “los que ganaron” con el modelo neoliberal (Svampa, 2001).

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Los lugares, el esparcimiento, los estilos de vida. Les sugerimos recorrer algunas imágenes como: panorámica de Puerto Madero (1) (2), emprendimiento inmobiliario paradigmático de los años noventa (3), cercano y a la vez separado del centro de la ciudad, con un puerto reciclado y reservado para viviendas y oficinas para los “nuevos ricos”; el shopping, símbolo de los paseos recreativos que integran en un mismo espacio cerrado, estandarizado y privatizado el consumismo, esparcimiento y servicios para la clase media; y el perfil de un típico “yuppie” (acrónimo para “young urban professional”, joven profesional urbano), figura icónica propia de las nuevas profesiones ligadas a las finanzas y los servicios, representativa de los “ganadores” de la época de auge neoliberal.


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Imágenes disponibles en: (1) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/2/27/Puerto_Madero_DLightning.jpg (2) http://upload.wikimedia.org/wikipedia/ commons/3/3e/Puerto_Madero.png (3) http://1.bp.blogspot.com/-UISZz8Z6LRg/ TZJlYqlNJLI/AAAAAAAABgo/ZV7-iQ0E2Q4/ s1600/shopping.jpg Podemos interponer pues una básica advertencia e interrogante crítico: ¿En qué medida la mentada “reflexividad” y las oportunidades de auto-realización, en tanto recurso social desigualmente distribuido, es válida para interpretar las prácticas del conjunto de los grupos y niveles sociales? Estas teorías originarias y en boga en los países anglosajones, ¿son pertinentes y aplicables sin más, en sociedades con mayores restricciones económicas, desigualdades y procesos de empobrecimiento, y con carencias de tiempo y de acceso para disfrutar de las bondades de la globalización cultural que afectan a una mayoría de la población? En efecto, la valoración y asiduidad de las prácticas culturales reflexivas en cuestión caracterizan en particular la rutina y el repertorio de consumos culturales de una franja social de alto capital cultural, constitutiva de lo que puede identificarse como una “nueva clase media” ligada a las profesiones típicas de las nuevas áreas de la economía informacional y de servicios. “Entonces la ‘nueva pequeña burguesía’ viene representada por ocupaciones que implican presentación y representación, y por todas las instituciones que proporcionan bienes y servicios simbólicos, producción y organización cultural” (Wortman, 2003: 72). En fin, la búsqueda reflexivo-expresiva de la identidad no es privativa de un grupo y puede acaso caracterizar prácticas en todos los niveles sociales; por ejemplo: consumos naturistas, “terapias alternativas”, talleres artísticos o de salud y “vida sana”, grupos de meditación o de “autoayuda”, todo aquello que constituye el llamado universo “new age”, difun-

dido y consumido en las clases medias y altas; pero también, en las clases bajas y los sectores populares, nuevos grupos religiosos e iglesias evangelistas, murgas en calles y plazas, tribus juveniles y bandas que cultivan el ritual del “aguante” en el fútbol o en conciertos, etc. Esta línea teórica de la identidad reflexiva-estética ha servido también para la interpretación y estudio de las “culturas juveniles”, calificadas contemporáneamente en torno de consumos de determinada música o vestimenta (el signo o marca propiamente antropológica de la “marca” comercial), u otros tantos elementos culturales distintivos, como su estética corporal (“¡el estigma como emblema!” podría ser el grito de guerra de los adolescentes cultores del piercing, cada vez más extendido e intrusivo con el propio cuerpo), rituales de sociabilidad, apropiación de espacios urbanos, términos y códigos de comunicación propios. En fin, todo el universo los nuevos agrupamientos comunitarios denominados “tribus urbanas”, fuertemente identificadas en torno de prácticas de estetización de la vida cotidiana y múltiples consumos. Esta dimensión reflexivo-expresiva puede reivindicarse aun también en el desarrollo de los llamados “nuevos movimientos sociales”. El protagonismo de la sociedad civil frente a la “retirada” del Estado neoliberal, con un nuevo despliegue en nuestro país tras la crisis de diciembre de 2001, dio testimonio precisamente de la existencia de múltiples actividades culturales que crecen en su seno: grupos de contrainformación, nuevos realizadores de cine y documental, múltiples colectivos de teatro que conforman el enorme circuito “off”, revistas, murgas y fiestas o conciertos de bandas de música alternativas, centros culturales barriales, talleres y seminarios organizados por grupos independientes, proyectos de producción de artesanías o de alfabetización, y un largo etcétera. Todas estas prácticas conforman un arco múltiple de iniciativas en buena medida ajenas al predominio del mercado y la industria cultural y


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en relación tensa con los intentos de cooptación por parte del Estado que, a través de la autogestión (de principio, y muchas veces también inevitable), podrían incluso alcanzar a extender un cierto capital cultural hacia los sectores más postergados de la población y abrir la apuesta a la construcción de interpretaciones del mundo alternativas. Por último, digamos que estas interpretaciones optimistas encuentran casi siempre su contraparte en estudios que destacan los aspectos más negativos del nuevo individualismo. Remitiéndonos a los casos recién vistos, por caso respecto de las culturas juveniles, debe señalarse que es sobre la juventud donde impactan en primer lugar varios de los problemas sociales vistos hasta aquí: son los jóvenes quienes engrosan los mayores índices de desempleo y precarización laboral, o quienes sufren y sintomatizan más directamente la carencia de normas o marcos sociales integradores (Torrado, 1995).

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Tan de repente (Argentina, 2002). Dirección: Diego Lerman.

Las “tribus urbanas”, que algunos celebran en su colorida estética y multiplicidad, son descritas a veces por otros como equivalentes de las bandas juveniles signadas por la delincuencia o la violencia, o subculturas captadas por una lógica consumista y mercantil, “estrategias del desencanto” de jóvenes que procuran un precario sentido de pertenencia grupal frente a los déficits de integración institucional, laboral y social (Reguillo Cruz, 2000). En fin, acaso sean todas éstas expresiones de un mismo “malestar identitario” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 43). Esto caracteriza también otros casos expuestos más arriba: la “búsqueda de sí mismo” en terapias y grupos de autoayuda entre las clases medias, o los templos evangélicos que penetran la religiosidad en los sectores populares. Estos aparecen

como espacios de pertenencia y de identidad personal y colectiva, cuando ésta depende de una “reflexividad coactiva” (Svampa, 2000: 14) sin anclajes sociales definidos y estables y se convierte en una construcción cada vez más trabajosa e incierta. El riesgo y la gran paradoja que la teoría de la “modernización reflexiva” parece insinuar y a la vez oculta es que el saldo de las políticas neoliberales y la desintegración de la solidaridad social, que involucra causas, responsabilidades y soluciones necesariamente colectivas, pueda al fin traducirse falsamente en una responsabilidad y una salvación puramente individuales. En este sentido, Svampa formula el siguiente interrogante crítico: “¿quién podría negar que, en el contexto de los nuevos procesos de globalización existe también algo más que una afinidad electiva entre modelos neoliberales y las nociones de desregulación y autorregulación que están en el corazón de la teoría de la reflexividad?”48 (Svampa, 2006: 6). La virtual responsabilización de los sujetos por el contexto de crisis, acarreada por el pesado imperativo de una incierta autoconstrucción identitaria, signa trayectorias que varían entre el potencial de la “reflexividad” y la realidad angustiante de la precarización y la “vulnerabilidad”.

4.1.4. La “opacidad” de lo social: empobrecimiento y heterogeneidad de trayectorias

E

l orden del salariado de posguerra había conseguido construir una sociedad relativamente ordenada. El esquema de la economía industrial, con su división del trabajo y de categorías profesionales y sociales, tendía a organizar la sociedad como conjunto estable y jerarquizado de colectividades liga-

48 • Valga decir que uno de los autores más destacados de la teoría de la “modernidad reflexiva”, el inglés Anthony Giddens, hizo en la década de los noventa una defensa y reivindicación de la orientación liberal que entonces asumieron el laborismo inglés y las socialdemocracias europeas, con su conocida teoría de la “tercera vía” (Giddens, 1999).


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das por el derecho y la solidaridad. Ello permitía una “lectura” de la sociedad, desagregada estadísticamente en series de datos geográficos y sociológicos, para consideración de los investigadores y para la posible orientación de las decisiones políticas. La rápida desestructuración de aquel esquema económico y social desde la década de los setenta tendría como resultado una progresiva “opacidad”, una dificultad de “lectura” de lo social y de interpretación de sus transformaciones; ello supone un concreto desafío de adaptación de las herramientas de las ciencias sociales así como de ciertas categorías del sentido común. Un síntoma acaso de respuesta aún tentativa a estas transformaciones sociales en el lenguaje, es la divulgación en el análisis sociológico o en el periodístico de términos como “fragmentación”, “desestructuración”, “polarización” o “dualización” para calificar el cambio social actual; o también nuevos nombres o adjetivos de la pobreza, “estructural” o “histórica”, “empobrecimiento”, “desclasamiento”, “marginalidad”, “exclusión”, “desafiliación”. Todos ellos son conceptos que suelen conjugarse aunque remiten a distintas lecturas, y alumbran con mayor o menor justeza distintos aspectos o fenómenos de la nueva cuestión social. En general, lo que tenemos es una complejización de la estructura de clases y un escenario social caracterizado por una progresiva “heterogeneidad”. Y como segundo fenómeno asociado con este último, una nueva tendencia al empobrecimiento, que impacta no sólo en los niveles más bajos de la escala social, sino también notoriamente en el espacio de las clases medias. Heterogeneidad y empobrecimiento son dos de las problemáticas fundamentales que definen la nueva cuestión social y se relacionan con algunos procesos que hemos descrito antes, como la reconversión del mundo del trabajo, la distribución regresiva del ingreso y la naturalización de un modelo social de reproducción de formas de desigualdad, viejas y nuevas.

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• Gráfico 1: “El `nuevo consumo’ según la pirámide social”. Se refiere a la última pirámide socioeconómica elaborada por la consultora especializada CCR Group (ajustada al tercer trimestre de 2009). Este nivel socioeconómico se subdivide, a su vez, en "clase media típica", "media baja" y "media recuperada", en orden descendente. Allí podemos ver una clásica pirámide social, donde apreciamos la necesidad de descomposición del antaño homogéneo universo de la “clase media”, en distintos estratos o fracciones de clase, distinguidos según variables estáticas y dinámicas, de nivel promedio de ingresos (ajustados a cifras correspondientes a fines del año 2009) y de trayectoria social estable (“precavido”) o descendente (“deteriorado”). Disponible en: http://www.iprofesional.com/ adjuntos/jpg/2010/10/320432.jpg • Gráfico 2: “Clase social real vs. Clase percibida” Se muestran dos pirámides que representan la realidad según datos objetivos de la condición social, y la percepción subjetiva de la pertenencia de clase. Esto muestra la generalización de una abarcativa identidad de “clase media”, que es declarada por los grupos más acomodados en la punta de la pirámide social, y persiste también entre sectores empobrecidos que siguen referenciándose identitariamente en aquella pertenencia social. Disponible en : http://1.bp.blogspot.com/_krRC4RqA4TY/TVHxcmhfWtI/AAAAAAAACCY/fiRPdhtlPM/s400/El%2BCerdo%2BCapitalista%2B%2BSantiago%2BA.%2BMagnin%2BG%25C3%2 5B3mez%2B-%2BClase%2BSocial%2BReal%2B vs%2BClase%2BPercibida.jpg


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1. ¿Qué factores pueden diferenciar los distintos estratos o fracciones de clase en que se divide el amplio universo de la clase media (“alta, típica, baja, recuperada”)? 2. ¿Cómo se explica la divergencia entre las pirámides correspondientes a la “clase social real” y la “clase social percibida”? 3. ¿Cuáles podrían ser las razones por las que los miembros de la clase alta se identifican con la clase media?, ¿y cuáles las razones para que hagan lo mismo aquellos sectores empobrecidos o de la clase baja? En el plano laboral, se dio una diversificación de las ramas ocupacionales, y junto a un mundo obrero industrial fabril declinante en términos cuantitativos y de importancia económica, creció todo un universo de ocupaciones no manuales propias de la economía de servicios que se expandió en nuestro país en los años noventa. Asimismo, el estatus y calidad de contratación en el mercado laboral se tornó más fragmentario y heterogéneo, entre los empleados más protegidos del sector público o de sectores fuertemente sindicalizados, y el crecimiento de nuevos contratos “flexibles” y formas de cuentapropismo (jóvenes que se inician en el empleo, o profesionales “free-lance”, o empleos y “changas” ocasionales signados por la informalidad). Estos cambios muestran un mercado laboral en reconversión, flexibilizado y precarizado en todas sus distintas ramas de trabajo, niveles de calificación y jerarquías socio-profesionales. Nuestro tradicional imaginario sobre el mundo del trabajo difiere bastante de este escenario disperso, donde “viejas identidades subsisten en contextos en los que las con-

diciones objetivas en que se fundaron desaparecen rápidamente -como, por ejemplo, en el caso de la condición obrera, identificando a trabajadores manuales o de cuello azul, trabajadores industriales e integrados socialmente- sustituidos por una mano de obra poco calificada, desprotegida, de desempeño intermitente e intersticial en lo que queda de la vieja economía [...] Sin embargo, aunque quedan pocos obreros manuales industriales, el concepto sigue manteniéndose con fuerza como referencia en ciertos discursos” (Feijoó, 2001: 9-10). En cuanto a la distribución de la riqueza, los años neoliberales se caracterizaron por una distribución más regresiva y una mayor concentración del ingreso en los deciles más altos de la escala social. Entre los grupos sociales privilegiados, el desarrollo de algunos sectores de la economía de servicios y de la valorización financiera prohijaron la aparición de nuevas figuras como la del “yuppie”, la pretenciosidad del “nuevo rico” (con perfil más moderno y decontracté que el “cheto” tradicional) cuya distinción debe menos al estatus que al logro profesional y el consumo suntuario. Estas figuras tuvieron un plus simbólico, el de convertirse en estereotipos del “éxito”, hipertrofiados por su incesante exposición mediática, durante los años menemistas de la “pizza con champán”, como paradigma de los “ganadores” del modelo de los años noventa. Los demás grupos mayoritarios de la población, sin embargo, cayeron más o menos precipitadamente en la vía de la degradación en la escala social. El espacio siempre diverso de las clases medias se fracturó y tornó aún más heterogéneo. Algunos grupos minoritarios de una nueva pequeña burguesía emprendieron el éxodo hacia una vida “verde” y apartada en los nuevos “countries” y barrios privados y emularon el consumismo y los estilos de vida de la clase alta (Svampa, 2001; Arizaga, 2003 y 2005). A su lado, muchas otras franjas de la clase media debieron en cambio “ajustarse el cinturón”, resignar salidas y reducir o abaratar ciertos consumos


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o privilegios (preservando casi siempre la apuesta por una buena educación como última variable de ajuste), popularizando al fin otra figura estereotípica, la de los “gasoleros” (Feijoó, 1992). En un extremo desgraciado, algunos sectores de clase media viven al borde o pueden caer (técnicamente hablando) en la pobreza, aunque no tengan “apariencia” de ser pobres. Paradójicamente, la gran mayoría de nuestra población, aun con todo, se consideraba y sigue identificando como perteneciente a la “clase media”; lo que denota la persistencia y dinámica propia de las identidades e imaginarios (en este caso, la identidad “clasemediera”), y en cierta medida, sus tiempos más lentos y su posible desfasaje con la realidad social objetiva.

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Buena vida delivery (Argentina, 2004). Dirección: Leonardo Di Cesare.

El empobrecimiento, entonces, es junto con la heterogeneidad el otro aspecto clave y distintivo de los últimos años. Esta difusa y progresiva tendencia de declinación social ha ido tiñendo de incertidumbre los horizontes del tiempo y de los proyectos personales y colectivos, y ha venido a poner en cuestión el tradicional imaginario del “ascenso social” y ciertos valores muy arraigados entre las clases medias y trabajadoras (el premio al esfuerzo personal y el ahorro, el progreso ligado al trabajo y la dignidad social de una buena educación). La conjugación de la precarización laboral, el resentimiento del ingreso salarial, la menor eficacia de los títulos educativos para garantizar un futuro, todo ello caracteriza una situación de verdadera “vulnerabilidad” que ya no atañe solamente como antaño a los pobres o a los “marginales”. Este nuevo panorama define y da entidad al fin dentro del repertorio del análisis sociológico a una nueva categoría social: el universo amplio y heteróclito de la “clase media empobrecida”.

Una de las características del empobrecimiento es su cualidad de proceso dinámico e incierto. A diferencia del concepto estático de “pobreza” (como condición fijada por ciertos parámetros o indicadores), el empobrecimiento describe la línea de trayectorias individuales o grupales. Cuando los destinos y las identidades están cada vez menos prefijados o garantizados por un lugar estable en la estructura social, se ponen en juego las astucias tácticas para mantenerse a flote, las estrategias y tácticas para sacar provecho de las “relaciones” que hacen al capital social y cultural (ya hablamos y volveremos más adelante sobre estos conceptos), sea un contacto para conseguir un empleo, la solidaridad familiar o comunitaria en una emergencia, o un intermediario para facilitar una ayuda estatal (aquello que se denomina, peyorativamente, como “clientelismo”). Hay quienes indagan y descubren alternativas vitales y nuevos lazos y espacios comunitarios y quienes desesperan, en cambio, por encontrar alguna salida individual para no dejar de “pertenecer” a un determinado nivel distintivo de estatus social49. La segunda característica del empobrecimiento, como correlato del dinamismo y las alternativas descritas más arriba, es la dificultad de aprehenderlo globalmente con las categorías sociológicas tradicionales. Los esquemas generales de la “pirámide” o los niveles sociales, donde cada cual debería entrar en alguno/s casilleros socioeconómicos o profesionales fijos, difícilmente podrían abarcar una realidad en movimiento permanente: las múltiples situaciones cambiantes con que individuos y familias enfrentan restricciones, las vicisitudes del “rebusque” laboral, la cotidianeidad incierta en la actual “sociedad del riesgo”. La atención analítica de los investigadores ha comenzado pues a seguir este movimiento y a mudar de la mirada más macro de las categorías sociales generales al análisis microscópico de las trayectorias individuales. “Lo que hay que describir ya no son identidades colectivas sino trayectorias individuales. Eso explica cierto desasosiego del sociólogo acostumbrado a contar y clasificar para descifrar lo social

49 • Frente a la incertidumbre o la desgracia, aparece la nota distintiva del temple personal y las diversas salidas más individualistas o colectivas y solidarias, y así por ejemplo podemos citar un ensayo del sociólogo Gabriel Kessler (2000), que descompuso el universo del empobrecimiento en diversos tipos sociales: “meritocráticos”, “solidarios”, “encapsulados”, “luchadores”, “pragmáticos” o “conversos”, distintos perfiles según las posibilidades de articulación entre notas subjetivas y condiciones objetivas, entre valores y recursos, diversas trayectorias posibles frente a un mismo escenario de crisis.


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y hacer legible el movimiento de las cosas. La crisis de las ciencias sociales es así parte integrante de la crisis de lo político” (Rosanvallon, 1995: 201). El texto de Fitoussi y Rosanvallon citado a continuación, describe bien el nuevo diagnóstico, acerca de la progresiva “vaguedad” de las diferencias sociales, y una correlativa “desociologización” de la política (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 28), es decir, la dificultad de orientar las políticas públicas por categorías socio-estadísticas precisas. Una “desociologización” de lo social “Una sociedad semejante se caracteriza sobre todo por una enorme reorganización de los modos de diferenciación y jerarquización sociales. Estos ya no son sólo colectivos (expresados en categorías de ingresos, títulos habilitantes, etcétera): se hacen más individualizados y evolutivos. De allí la sensación de que se pasa de una diferenciación ‘dura’ a una diferenciación ‘vaga’ […] Ninguna estructura es ya absolutamente coaccionante (debilitamiento de las normas) ni satisfactoria (achatamiento de las diferencias). Mientras que antes no era más que un subproducto ‘natural’ del status, la diferencia se busca ahora por sí misma, y su búsqueda no puede tener fin. […] El conocimiento tradicional fundado sobre el concepto de clasificación queda desactualizado, porque presuponía la existencia de diferencias estables. Los tipos de consumo, por ejemplo, ya no caracterizan a un grupo […] Nivel de ingreso, capital cultural y categoría socioprofesional ya no se corresponden con tanta claridad como en el pasado. […] Nos enfrentamos de manera creciente a un problema de denominación. La inadaptación del lenguaje va a la par con la menor pertinencia de las estadísticas y el desfase de las políticas […] Las variables topológicas y biográficas asumen una mayor importancia en la comprensión de las evoluciones de la sociedad” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997: 29-31).

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omento m de reflexión

1. ¿Qué significa la idea de transición de una diferenciación “dura” entre colectivos sociales a una diferenciación social más “vaga”? 2. ¿Cómo se relaciona esto con la creciente heterogeneidad de trayectorias al interior de las clases medias? 3. La aparición de modos de diferenciación social más individualizados y evolutivos, ligados a variables topológicas y biográficas, ¿en qué medida plantea desafíos en el plano metodológico, respecto de la pertinencia a las clasificaciones basadas en la estadística? 4. En última instancia, ¿las advertencias sobre una “desociologización” de lo social restan validez o utilidad a la concepción de la sociedad dividida en clases sociales?

Esta individualización de las trayectorias sociales (acaso la contracara de las expresiones de un nuevo individualismo a nivel subjetivo) y el peso que adquiere así el factor biográfico explican el interés de algunas investigaciones actuales sobre la nueva cuestión social, con un planteo epistemológico más atento a la dimensión subjetiva y cultural, y abordajes metodológicos en los bordes entre sociología y antropología, y búsquedas más interdisciplinarias, con base en el trabajo de campo y entrevistas, y organizado frecuentemente en torno de “historias de vida”. Entre los hitos sobresalientes de esta línea de trabajo en el extranjero, debe mencionarse la investigación en Francia de un equipo de sociólogos dirigidos por Pierre Bourdieu, que conjuga apuntes teóricos y metodológicos con entrevistas y notas de campo, plasmada en la obra La miseria del mundo (1999); y en el ámbito local, entre los primeros antecedentes


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destacados, la indagación temprana de varios investigadores sobre la percepción de los efectos de los ajustes y la crisis desde los años ochenta, publicada en Cuesta Abajo. Los nuevos pobres, efectos de la crisis en la sociedad argentina (Minujín, 1992); y luego sobre fines de siglo, el trabajo conjunto de Alejandro Isla, Mónica Lacarrieu y Henry Selby, Parando la olla. Transformaciones familiares, representaciones y valores en los tiempos de Menem (1999), que describe los hogares urbanos, la discriminación y visión de género de las mujeres, o las concepciones cotidianas de la autoridad y el respeto; y la ya citada obra colectiva editada por Maristella Svampa, Desde abajo. La transformación de las identidades sociales (2000), que analiza diversas situaciones de empobrecimiento y cuestiones de identidad con relatos biográficos. La misma Svampa hizo también una buena síntesis de los cambios sociales y políticos tras la década neoliberal y los movimientos sociales de protesta en su libro La sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo (2005). Podemos mencionar también otros trabajos, como el de dos sociólogos, Javier Auyero (2001), La política de los pobres. Las prácticas clientelistas del peronismo, y Denis Merklen (2005), Pobres ciudadanos. Las clases populares en la era democrática. Estos textos remiten al mundo cotidiano de los pobres y la indagación de las culturas populares. Efectivamente, en los fondos de la escala social también se repitieron los procesos descritos para las clases medias, y el empobrecimiento rompió la homogeneidad del mundo popular. Entre las miserias y peleas de pobres contra pobres, y las nuevas solidaridades y tramas de auto-organización y de clientelismo, en este universo social habitan también trayectorias diversas de condena o redención, de padecimiento y de resistencia activa, que definen las alternativas dentro de viejas y nuevas formas de pobreza. En el escenario de los sectores populares, también se advierten algunos de los procesos antedichos, como una mayor heterogeneidad y una equivalente “deso-

ciologización”, definitorias de la emergencia de una “nueva pobreza”, como la denominó Feijoó (2001). Esto explicaría por ejemplo los cuestionamientos del enfoque estadístico de medición de ingresos, insuficiente para ponderar las formas múltiples y cambiantes de la pobreza (discusión que se desarrollará en el siguiente apartado). “La pobreza de ingresos ya no depende de una definición de carácter estructuralocupacional bastante permanente –que determinaba el “nicho” que se ocupaba– [...] la nueva pobreza es más bien una pobreza por rotación alrededor de la línea: una quincena sí, otra no, una semana sí, otra no, períodos de desenganche del mercado de trabajo y, adicionalmente, vulnerabilidad proveniente de otras fuentes” (Feijoó, 2001: 11). Pese a la dificultad de aprehensión sociológica general de este escenario social actual signado por la heterogeneidad, pueden de todos modos resumirse algunas características estructurales. “En términos sociales, el resultado de este proceso de mutación estructural muestra una alta concentración de la riqueza y de las oportunidades de vida en los sectores altos; una fractura cada vez mayor en el interior de las clases medias; un notorio empobrecimiento y reducción cuantitativa de las clases trabajadoras y, por último, un superlativo incremento de los excluidos” (Svampa, 2000: 19). El problema de la pobreza y la exclusión hizo eclosión promediando la década de los noventa, alcanzando su punto de mayor gravedad con la crisis económica y política de fines de 2001.

ara p mirar

“Fragmentación”, “desestructuración”, “polarización”, “dualización”: La villa de La Cava (1) (2) y La villa 31 (3) frente a las altas torres en pleno centro porteño en el barrio de Retiro, y las grandes casas


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con parque en la exclusiva localidad bonaerense de San Isidro. El contraste muestra claramente la fragmentación del espacio urbano, entre el trazado de la urbe y el crecimiento informal de los barrios marginales, en un nítido margen que demarca dos mundos separados y recluidos sobre sí mismos, amarga metáfora gráfica de la nueva fragmentación social y el fenómeno contemporáneo de la exclusión. Imágenes disponibles en: (1) http://sp9.fotolog.com/photo/25/29/87/10var as/1220496045247_f.jpg (2) http://3.bp.blogspot.com/--wsED120pJI/ UC7a1a0HARI/AAAAAAAAKQQ/PL0Lzf4xO70/ s1600/contraste.jpg (3) http://www.diarioz.com.ar/wp-content/ uploads/2012/12/2968552-villa_31_390.jpg En nuestro país, el problema de la pobreza había sido prácticamente marginal hasta mediados de los años setenta, cuando comprendía una proporción no mayor al 5% del total de los hogares. En la década de los ochenta ya sufrió un aumento sensible, hasta un 12%, dando un salto con la hiperinflación de 1989/90, para luego descender en los primeros años de la convertibilidad. Pero desde el año 1994 en adelante se registró un aumento sostenido de la pobreza, que llegó al 35,6% en octubre de 2001, y poco después de la crisis de fin de ese año, tocó un pico del 52,3% de la población según las mediciones del INDEC en mayo de 2002 (considerando las variaciones geográficas, en la región más afectada, en el noroeste del país se llegó a un contar un alarmante 69,5% de sus habitantes bajo la línea de pobreza) (Iriarte, 2005: 9). Otro tema asociado al de los índices de pobreza, pero que apunta directamente a la delicada y fundamental cuestión de la distribución social de la riqueza, es la medición de la desigualdad. El continente latinoamericano se caracterizó en las últimas décadas por ser uno de los más desiguales del mundo, lo que se constata en la diferencia entre el ingreso de

los deciles superior e inferior de la escala social. Si en 1974 en la Argentina dicha relación era de 12 (la cantidad de veces en que el ingreso del decil social más alto supera al del decil más bajo), más contemporáneamente la distancia se amplió a 19 en el año 1994 (año en que los indicadores de pobreza y desempleo mostraron un salto pronunciado), llegando a una brecha salarial de 28 veces en el momento posterior a la explosión de la crisis de fin de 2001 (Iriarte, 2005: 8). Hemos revisado sucintamente algunos indicadores que dan cuenta de la urgencia del problema social en dichos años. Lo que interesa ahora es analizar el problema de la pobreza, en tanto fenómeno discursivo y objeto sobre el que se centró la atención en torno de la cuestión social. En el siguiente apartado nos resta pues hacer una revisión crítica de los discursos sobre la pobreza, que fundaron un campo de saber y de problematización sobre lo social y orientaron las decisiones y los diseños en materia de políticas públicas.


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4.2. Las políticas de la L pobreza

a “cuestión social” ha ido reduciéndose y redefiniéndose como la cuestión de la “pobreza”. Esta problemática (y sus otras definiciones, como “indigencia” o “vulnerabilidad”) desplaza el eje de la cuestión fundamental de la “desigualdad” y sus lazos con los problemas del trabajo, y retrotrae la definición de la cuestión de lo “social” a sus orígenes en el siglo XIX, cuando había hecho aparición bajo la forma del problema del “pauperismo”. La pobreza se define cada vez menos por déficits en el nivel económico y la integración en el mundo laboral y tiende a enmarcarse en variables culturales e institucionales. La problemática del trabajo, asimismo, aparece reducida también y resumida en el problema de la “falta de trabajo” (es decir, más allá del problema de las condiciones laborales, salariales y demás problemas y objetivos que habían orientado las luchas y conquistas sociales durante buena parte del siglo pasado). A continuación, se verán las alternativas de este centramiento y redefinición conceptual de la pobreza, y las significaciones implícitas e intencionalidades políticas que influyeron en la articulación y puesta en circulación de los discursos. Y finalmente, tendremos ocasión de una breve consideración sobre las alternativas de política social y la influencia recíproca que tienen con las formas de comprender y plantear soluciones a la vieja y persistente cuestión social.

4.2.1. La definición del “pobre”

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as respuestas planteadas a la nueva cuestión social, plasmada en discursos y estrategias de intervención en lo social, se enmarcaron en una particular definición de la “sociedad civil” y su relación con las instituciones del Estado. Tanto desde las agencias estatales como en el “tercer sector”, se identificó a los sujetos de la ayuda social como “tutelados y asistidos” (Duschatzky, 2000), y a la vez se interpeló al protagonismo de la sociedad civil, alentando concre-


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tamente formas de participación y autoorganización (y responsabilización) de las propias comunidades. Los organismos internacionales tuvieron un gran interés e influencia en la difusión de estos lineamientos de política social, en nuestro país y el resto de América Latina, condicionando de este modo el diagnóstico y el tratamiento público de la nueva cuestión social. En particular, tanto en las reformas estructurales como en las orientaciones de la política social, se destacó en los años de pleno auge neoliberal el importante rol activo e influjo del Banco Mundial. “A diferencia de otros diagnósticos que, por ejemplo, podrían haber puesto foco en aspectos de la desigualdad, pensar este proceso en los términos del Banco Mundial (‘crecimiento de la pobreza’) implicó evadir la conflictividad de la situación: la pobreza, en principio y desde el sentido común parecería indicar la relación de individuos respecto de necesidades y de objetos para satisfacerlas y no de otros hombres, como sería el caso de la desigualdad. Esto, por otra parte, garantiza un consenso automático respecto de la necesidad de combatirla (nadie puede oponerse a luchar contra la pobreza). Además, al crear al ‘pobre’ como la figura de intervención social transforma performativamente, al re-nombrarlas, las poblaciones otrora temidas como amenazas en un agregado de individuos ‘necesitantes’ [...] El pobre, como construcción social, se caracteriza por aparecer como estando frente (y en oposición) a la sociedad, como mero objeto de medidas que la colectividad toma con él” (Murillo et al., 2007: 80-81). En lo sucesivo en este apartado, retomando el planteo de Susana Murillo (2007 y 2008), veremos las distintas etapas y alternativas de la evolución del diagnóstico sobre la cuestión social en las últimas décadas, en años de pleno auge neoliberal, centrando nuestra atención en los diagnósticos y recomendaciones formulados por el Banco Mundial para el combate de la pobreza en nuestro país y el resto de la región. En la década de los ochenta, usando un término teórico de Foucault, puede decirse que la orientación de

la política y las preocupaciones sobre la pobreza eran de índole “biopolítica” (Foucault, 1992; Murillo et al., 2007: 81). Esto significa que la preocupación apuntaba a una regulación de las poblaciones, el logro de un relativo orden o equilibrio “homeostático” de las fuerzas en los niveles aun más elementales de la vida (regulaciones en problemáticas de nutrición, fecundidad, vejez, higiene pública) con el objetivo de maximizar las “fuerzas vitales” de la población. En los documentos del Banco Mundial, las causas de la pobreza se buscaron de forma casi excluyente en el problema del crecimiento poblacional, y la propuesta apuntaba pues a propiciar en las familias pobres conductas y prácticas de regulación de su propia fecundidad. “Ahora bien, la preocupación por la conducta de los pobres presente a principio de la década de los ochenta persistirá en los años sucesivos, pero virará desde una mirada macro o global atenta a los movimientos poblacionales para focalizarse (valga la expresión) en las conductas individuales y locales-comunitarias, de modo de distanciarse cada vez más de la intervención directa. Para ello será fundamental la progresiva ‘culturización’ de la mirada sobre la pobreza y la vida cotidiana” (Murillo et al., 2007: 83). En el Informe del Banco Mundial de principios de la década de los noventa, que ya desde su título, “Poverty”, marca la centralidad de la cuestión de la pobreza, ésta es definida como “inhabilidad de obtener estándares mínimos de vida” (Banco Mundial, 1990: 247). Es decir, se define la pobreza como un adjetivo o atributo de los individuos, sin referencia al orden social externo (el contexto que define la problemática social de la desigualdad), lo que supone una responsabilización discursiva de los pobres por su condición (que más adelante devendría en una responsabilización de hecho). La pobreza es vista ante todo como pobreza por ingresos y un “costo social”. Y es considerada como un problema contingente, pasajero, consecuencia o “daño colateral” debido a los ajustes y reformas estructurales, pero que presumiblemente se revertiría


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por el “derrame” del crecimiento económico. A este diagnóstico, se ligaba pues la insistencia en la “flexibilización” en clave neoliberal del mercado de trabajo para permitir el empleo de los pobres desempleados (es decir, la solución de la pobreza a través de una asignación de mercado, y no merced a un reconocimiento de derechos). Durante los años noventa, se fueron agregando dos factores en la redefinición de la pobreza, menos basada ya en un mero enfoque de ingresos, y más en rasgos y prácticas culturales de la vida cotidiana. Uno es la “genderización” o feminización del problema de la pobreza; y el otro es la extensión de la consideración de la pobreza más allá de las carencias materiales (Murillo et al., 2007: 83). En cuanto a lo primero, se dio un análisis de la pobreza con un enfoque de género, y se planteó una feminización del sujeto de asistencia: la asistencia y el ingreso de las mujeres era la vía más directa de alcanzar a los infantes y el resto del grupo familiar. Esto es una rearticulación de una vieja estrategia de “policía de las familias” ligada a los más antiguos orígenes de la primigenia cuestión social (Donzelot, 1979), por la que la mujer se consideraba ya en su “abnegación” como instrumento privilegiado para extender el control y protección del resto de los miembros de los hogares y así propender a la “civilización” de la clase obrera. En segundo lugar, la definición de la pobreza se tendió a relacionar con el acceso a bienes culturales o a la representación política. “Generalmente, los pobres tienen menor acceso que otros grupos a los bienes públicos y de infraestructura [...] Los pobres muchas veces son discriminados (set apart) por barreras educacionales y culturales [...] Los pobres juegan una pequeña parte en las políticas y son, muchas veces, privados de derechos (disfranchised). En muchos países la pobreza es correlativa con orígenes raciales y étnicos” (Banco Mundial, 1990: 37; citado en Murillo et al., 2007: 84). La consideración de todos estos factores, definitorios de la pobreza como una

forma de “inhabilidad”, más allá o por sobre las meras carencias materiales o económicas, demuestra lo dicho más arriba, sobre la tendencia a una “culturización” en la mirada sobre el problema de la pobreza.

4.2.2. Otros términos: “desarrollo humano” y “capital social”

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inalmente, con los albores del nuevo milenio, tenemos un nuevo giro, en la complejización de la mirada sobre la pobreza. En los planteos del Banco Mundial, se desplaza y reduce el énfasis y la confianza en la teoría del “derrame” del crecimiento económico, visto que las subas del PBI no habían redundado en una reducción, sino en una persistencia y aun aumento de los índices de población bajo la línea de pobreza. Ante la evidencia de la exclusión económico-laboral de una parte de la población, se continuó desviando la atención de dicho factor económico (la problemática de la redistribución del ingreso), y profundizando en la consideración de factores extraeconómicos para la definición y resolución del problema de la pobreza. En el año 2000, el Banco Mundial insistía así aún en estos términos: “La pobreza va más allá de la privación material y bajos niveles de educación e ingreso” (Banco Mundial, 2000: 25). Los documentos y lineamientos políticos de los organismos internacionales enfatizaron el enfoque de la pobreza como fenómeno “complejo” y “multidimensional”, al que debe enfrentarse una respuesta y estrategia de tipo “integral”. “Mucho camino se ha recorrido desde la preocupación cuasi-biológica de los ochenta y aún de definición mínima de pobreza del '90. La nueva mirada estará preocupada no sólo por la vulnerabilidad (ya


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presente, aunque en menor medida en el diagnóstico anterior) sino por la autoestima, la voz, la representación y la autorepresentación del pobre” (Murillo et al., 2007: 85). Un concepto clave del nuevo discurso sobre la pobreza, difundido por varios otros organismos, ha sido el concepto de “desarrollo humano”. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en el primer Informe de Desarrollo Humano (en 1990), lo definió con una premisa simple: “La verdadera riqueza de una nación está en su gente”. “El desarrollo humano, como enfoque, se ocupa de lo que yo considero la idea básica de desarrollo: concretamente, el aumento de la riqueza de la vida humana en lugar de la riqueza de la economía en la que los seres humanos viven, que es sólo una parte de la vida misma” (Amartya Sen, citado en el sitio Web del PNUD) "El paradigma del Desarrollo Humano propone una concepción de la pobreza abarcadora de las múltiples dimensiones de la misma. En esta perspectiva, la pobreza significa la privación de una vida larga, sana y creativa; del disfrute de un nivel decente de vida; de la libertad, la dignidad y respeto por sí mismo y por los demás. La atención se traslada desde los medios -en particular el ingreso- hacia los fines que los individuos persiguen y, por lo tanto, hacia las libertades sustantivas necesarias para satisfacerlos [...] El Desarrollo Humano concibe a la pobreza como privación de capacidades y libertades para que las personas puedan desarrollarse de acuerdo a sus valores"50.

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“Informes sobre Desarrollo Humano”. Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): http://hdr.undp.org/es/

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ara p mirar

Observar el esquema 5.1 “la dinámica del desarrollo humano” que figura en la página 100 del Informe Nacional sobre Desarrollo Humano 2010. Allí se ordena la multi-dimensionalidad del desarrollo humano en torno a tres áreas de desarrollo: economía, salud y educación. En el gráfico se sugiere una idea central: la postulación de una interacción y sinergia entre los desarrollos en cada una de dichas áreas. Disponible en: http://www.undp.org.ar/desarrollohumano/ docsIDH2010/PNUD_INDH_2010_Nov_2010.pdf

Aun cuando podemos acordar a priori con esta apertura de la mirada a nuevas dimensiones y factores definitorios del desarrollo humano y la calidad de vida, la cuestión que debemos plantear aquí es la de un posible desplazamiento de sentido, una operación discursiva de virtual inversión de causa-efecto: los límites para el desarrollo humano (los obstáculos para una vida “sana”, “decente”, realización personal de los propios “valores”, etc.), de ser una consecuencia de la pobreza, pasan a considerarse como la causa de la misma. Por ende, la búsqueda del desarrollo humano acapara la atención conceptual y política como un problema y objetivo en sí mismo, en desmedro de considerar las causas profundas en la desigualdad socioeconómica. De este modo, están sentadas las bases discursivas, teóricas e ideológicas para la responsabilización de los propios pobres en relación con la pobreza. Al desvalorizar el carácter determinante del factor económico, si el problema del pobre se basa menos en la situación laboral y económica y se debe más a la falta de ejercicio de “libertades sustantivas”, entonces los problemas y las soluciones pasarán por fomentar el efectivo ejercicio de dichas libertades, a través del objetivo de promoción de la participación y la organización comunitaria. Esta perspectiva de la organización de los pobres

50 • Los 18 desafíos que plantea la realidad argentina (PNUD 2002: 42-43; citado en Murillo et al., 2007: 85).


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como estrategia de lucha contra la pobreza se liga en el discurso de los organismos internacionales como el PNUD (merced a una apropiación conceptual de las ciencias sociales, en particular, de la teoría del sociólogo francés Pierre Bourdieu) con el nuevo enfoque predominante acerca del “capital social”. Este enfoque, muy influyente en las estrategias y políticas concretas de acción en lo social, tuvo como premisa tácita la existencia o reivindicación de un determinado perfil del Estado. Éste ya no debería aparecer como garante material o proveedor de derechos (el viejo modelo del “Estado providencia” o “de bienestar”), como acaparador de recursos, sino operar ahora más bien como “facilitador” de recursos organizacionales y de “gestión” para el “empoderamiento” de los sujetos sociales, como promotor de la auto-organización comunitaria, para la “articulación” entre actores que valorizan el “protagonismo de la sociedad civil” (comprendidas aquí las ONG del llamado “tercer sector”). De este modo, el análisis se desplaza de la estadística sobre variables de situación estáticas (nivel socio-económico) hacia una preocupación por variables más “relacionales”, las formas de “resiliencia” y de adaptabilidad a los cambios, la reconstitución de las “redes” organizativas comunitarias y civiles, las estrategias directas de recomposición del lazo social. Esta reivindicación del “capital social”, de las relaciones y vínculos de solidaridad y las tramas de organización comunitarias está signada por una radical ambivalencia. Por un lado, puede aludir a formas genuinas de solidaridad y organización colectiva y aun resistencia, que de hecho no son una novedad de estos años, sino una vieja herencia y rico patrimonio de la sociedad civil (desde las organizaciones mutuales de comienzos de siglo XX, y más aquí las formas de organización política barrial, que se pusieron de manifiesto ya en años de la restauración democrática y fueron articuladas con el “punterismo” político en los noventa). En este sentido, habría una afinidad de fa-

milia entre varias ideas en boga, la del propio “capital social”, con el “desarrollo local”, o la puesta en relieve en muchas políticas y estrategias de intervención social de la problemática del “territorio”. Esta atención a la dimensión local y territorial puede, por ejemplo, tomar forma en la valorización del microcosmos del “barrio”. “En primer lugar, es la base de una sociabilidad elemental y el soporte de una solidaridad interpares que permite resistir en los momentos de crisis o paliar la condición de los más débiles al potenciar las capacidades familiares. En segundo lugar, el barrio se convierte en una base de apoyo para la salida de individuos hacia la ciudad y su proyección hacia la sociedad. Desde el barrio se sale a buscar trabajo, a ganarse la vida o a estudiar, y a él se llega en busca de reposo y de ayuda. En el barrio se encuentra con quién hablar, jugar al fútbol, cantar, bailar o rezar. El territorio se convierte así en una suerte de “capital social” (al modo en que lo piensa Bourdieu), en un recurso para la acción individual. En tercer lugar, el barrio es también el sustento de la acción colectiva. En el barrio se articulan los movimientos sociales, revueltas, protestas, se construyen las sociedades de fomento, asociaciones de las más variadas, se encuentran los migrantes provenientes de un mismo lugar, se forman diversos grupos de música, iglesias de todo tipo, grupos y partidos políticos. Estas formas diversas de movilización refuerzan los lazos locales de cooperación y proyectan al grupo hacia el espacio público y el sistema político. Finalmente, a nivel de los barrios intervienen algunas de las instituciones que atañen a las clases populares. En el caso argentino, los partidos políticos juegan un papel mayor. El barrio es también la acción que sobre él ejercen otros agentes, desde el exterior. La escuela, la policía, y los servicios urbanos constituyen las principales, junto a todo tipo de políticas sociales que, precisamente en el período que nos interesa, se orientaron hacia lo local” (Sigal, 2005). Por otro lado, debe aclararse que, en el contexto de auge ideológico neoliberal de los años noventa, el


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énfasis de las agencias y organismos de crédito en el “capital social” tiende a desviar la atención del capital económico contante y sonante, la problemática central de la desigualdad y la distribución de la riqueza que sigue estando en la raíz verdadera de la cuestión social. “Desigualdad”, éste ha sido siempre el significante prohibido. Si en los años noventa este problema era ignorado o relativizado en su importancia51, luego, hacia comienzos del milenio, se reconoce otra vez en el repertorio conceptual y la agenda política, pero ligado con cuestiones diversas de reconocimiento de derechos, y con tantas problemáticas que al fin la crítica pierde especificidad y eficacia. “Las desigualdades denunciadas son múltiples: en el acceso a la educación, a la salud, suministro de agua, saneamiento, a los servicios públicos, al acceso a activos, al poder, a la tierra, al crédito, al mercado laboral, a la influencia política, a la participación, al consumo, al ingreso, al trato de la policía y el sistema judicial, a la electricidad, a la telefonía, a la aplicación del estado de derecho, desigualdades socioculturales, políticas, salariales, en las relaciones sociales y familiares” (Murillo et al., 2007: 87-88). El problema de la desigualdad, descentrado de lo social, pluralizado y disperso en desigualdades diversas, se vuelve inaprensible, por ende irresoluble. Su significación “flota” hasta equivaler al concepto de “diferencia”: todos somos diferentes, no podemos mantener una situación de igualdad o paridad en todos los órdenes diversos de la vida cotidiana; se deducirá pues que en algunos aspectos seremos necesariamente desiguales. En este sutil deslizamiento, de “diferentes” a “desiguales”, la desigualdad es naturalizada, y desaparece así como problema. Este marco de valorización de la diferencia es coherente asimismo con la ideología y terminología muy en boga del llamado “multiculturalismo”.

La igualdad, valor histórico fundamental de la democracia y definitorio de la cuestión social, padece una resignificación en lo terminológico, al emparentarse con el concepto de “equidad”: no sería ya cuestión de ser todos iguales, sino de tener cierta paridad de “oportunidades”, y algunas relativas compensaciones, que reconocen “puntos de partida” muy diferentes; es decir, desigualdades sociales, inevitables, y naturalizadas. Dado un objetivo de equidad, luego la diferencia (que podría concebirse como una “desigualdad positiva”) y las trayectorias ulteriores de cada sujeto dependerán del valor de la competencia y el esfuerzo personal; es decir, una responsabilización individual, que alivia de culpas a la sociedad y al orden económico y político por los destinos manifiestamente desiguales de los sujetos según su origen social. En síntesis, resulta hoy evidente la necesidad de complejizar la mirada sobre la cuestión social y las formas diversas en que podemos considerar el problema de la pobreza; y a la vez, estamos advertidos sobre los intentos discursivos de desplazar el eje de la cuestión de la (des)igualdad, hasta el punto en que corremos el riesgo de hacerla virtualmente desaparecer. La distinción que hacen Fitoussi y Rosanvallon entre viejas formas persistentes y otras nuevas variantes de la desigualdad, acaso va en el mismo sentido: “Las desigualdades ‘persistentes’, en primer lugar, que ponen en evidencia las estadísticas sobre la distribución de los ingresos, la vivienda, etcétera, corresponden a la visión clásica que se tenía de la desigualdad cuando se construyeron esos sistemas estadísticos. [...] Sin duda, esas desigualdades persisten y hasta se profundizan. Pero en lo sucesivo se agregan a ellas nuevas formas, tanto más individualmente experimentadas por encontrar poco eco en los medios de comunicación: desigualdades ante el trabajo y la condición asalariada, incluso ante

51 • La pobreza era vista como un problema más acuciante y objetivo, ligado a valores mínimos absolutos de necesidades básicas; frente a lo cual, la desigualdad aparecía como un valor eminentemente relativo, apenas una postergación mayor o menor definida por un estándar de vida o nivel medio de bienestar de cada sociedad, que no supone necesariamente una carencia sustantiva o una situación intolerable. “Pobreza no es lo mismo que desigualdad. La distinción requiere ser subrayada. Mientras que la pobreza concierne a un estándar absoluto de vida de una parte de la sociedad -los pobres- la desigualdad refiere a los estándares de vida relativos que atraviesan a toda la sociedad [...] La mínima desigualdad (todos son iguales) es posible con cero pobreza (no hay pobres) y con máxima pobreza (todos son pobres)” (Banco Mundial, 1990: 26; citado en Murillo et al., 2007: 87). Es decir, que en una sociedad puede haber desiguales sin que haya pobres. O de otro modo, podría decirse que lo que es considerado “pobre” en un país del primer mundo, podría equivaler a un estándar de vida de clase media en países menos ricos del tercer mundo. A estas conjeturas cabría responder que, a diferencia de la problemática de la pobreza, basada en un mínimo absoluto de necesidades básicas de vida, la cuestión de la desigualdad, justamente, plantea el objetivo de un máximo horizonte de igualación de derechos de toda la ciudadanía, idea de “bienestar” más amplia basada en un valor de justicia social.


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el endeudamiento, las molestias urbanas, las conductas inciviles, las consecuencias de la implosión del modelo familiar, las nuevas formas de violencia” (1997: 15). La advertencia es que debemos aprender a apreciar las nuevas formas de las desigualdades, sin perder de vista la importancia o gravedad de las formas más conocidas y persistentes de la desigualdad socioeconómica. Ambas, viejas y nuevas formas de la desigualdad, están al fin íntimamente ligadas entre sí.

4.2.3. Modelos de política social: focalización y universalización

“E

l advenimiento de una nueva cuestión social se traduce en una inadaptación de los viejos métodos de gestión de lo social” (Rosanvallon, 1995: 8). Si esto es así, nos resta pues hacer una última indagación en las nuevas respuestas y métodos de gestión de lo social, con una mínima revisión del repertorio de políticas de combate contra la pobreza. En la medida que se reconocía como inspiración estas concepciones que venimos describiendo, hacia fines de siglo pasado y comienzos del actual, con la difusión de discursos y recomendaciones de organismos internacionales, las políticas de combate de la pobreza y el desempleo se basaron en una adaptación del modelo desarrollado desde los años ochenta para la reforma del Estado de bienestar en el mundo anglosajón, que se conoció con el nombre de “workfare” (neologismo que conjuga dos términos del inglés, trabajo+bienestar). Esta matriz de política social se basó en un esquema de “contraprestación”, en que el beneficiario de una política o ayuda social sólo recibe en tanto también da algo a cambio. La inspiración de esta política es

la idea liberal de que debería evitarse la presunta “dependencia” del individuo como sujeto pasivo de la asistencia por parte del Estado. Esta idea orientó las políticas estatales frente al desempleo. En primer lugar, la formación del Fondo Nacional de Empleo en 1991 y la figura de la “emergencia ocupacional” para generar emprendimientos de obra pública con contraprestación para grupos poblacionales focalizados. Después, con la agudización del desempleo hacia mediados de los noventa, se creó y extendió el Programa Trabajar, con subsidios condicionados al trabajo en emprendimientos productivos; y tras la crisis económica del 2001, la cobertura de estos planes se masificó, con la creación del Programa Jefes y Jefas de Hogar. Una etapa posterior del diseño de política social se ligó con la creación del Programa Familias y el Seguro de capacitación y empleo, dirigidos respectivamente a las mujeres “inempleables”, o a procurar a aquellos beneficiarios con “empleabilidad” una capacitación y asistencia para su reinserción laboral (Murillo et al., 2007: 90-94; Grondona, 2006 y 2007). Este tipo de políticas sociales constituyeron intervenciones tópicas focalizadas, sobre casos individuales, tratados como casos puntuales de un desarreglo entre oferta y demanda en el mercado de empleo. Estas políticas tienen un sentido compensatorio frente a situaciones de urgencia, aunque distan de una necesaria respuesta global de política económica y de garantía pública universal de la seguridad y el empleo considerados como derechos ciudadanos. Estos programas mantuvieron siempre algún esquema de contraprestación laboral o de formación, con cierto parentesco pues con el antedicho modelo liberal anglosajón del workfare. La gestión de gobierno del kirchnerismo instaló crecientemente al trabajo como centro de su perspectiva política de integración y reparación social, con la promoción y la protección del empleo aun en contextos de crisis mundial y desaceleración económica, y articulando variantes de creación de empleo


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en el diseño de la política social. En este sentido, en el crítico contexto de impacto de la crisis económica mundial sobre los niveles de empleo en el año 2009, el cuadro de la política social en nuestro país tiene una reformulación importante con la creación del programa de Ingreso Social con Trabajo, o “Argentina Trabaja”. Como reza la presentación de dicho programa en el sitio web del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, la familia y el trabajo se postulan como los dos ejes que guían la implementación de la política social; y se profundiza en la caracterización del trabajo como vía de dignificación personal, integración social y distribución de la riqueza, que tendría en sí mismo el sentido y valor de una política social.

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“Argentina Trabaja”, en el sitio del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación: http://www. desarrollosocial.gov.ar/ArgentinaTrabaja/ “El trabajo es una actividad clave en la vida del ser humano tanto para desarrollo de sus capacidades personales, como para el de su familia y su comunidad. En el ámbito laboral, las personas sociabilizan y crecen con dignidad. Es por ello que el trabajo es el mejor organizador e integrador social y constituye la herramienta más eficaz para combatir la pobreza y distribuir la riqueza. Porque la generación de empleo digno y genuino es la mejor política social, este Ministerio promueve el desarrollo de la producción sustentable en las distintas etapas de la cadena productiva, el trabajo en red, la creación y el fortalecimiento de las empresas sociales, mutuales y cooperativas en el marco de la Economía Social (solidaria, democrática y distributiva)".

Esta línea de política social profundizó en una estrategia de articulación territorial de la acción estatal con organizaciones sociales y cooperativas a través de municipios, federaciones y mutuales que ofician como unidades ejecutoras, para el estímulo de cooperativas y emprendimientos de economía social para la producción de bienes y servicios. De este modo, se tiende a privilegiar la participación colectiva por sobre las meras soluciones individuales, y los emprendimientos cuentan con el aval público a través de distintas herramientas de apoyo (financiamiento de insumos y asistencia técnica para proyectos socio productivos del Programa Manos a la Obra, microcréditos, monotributo social, marca colectiva) y un vínculo de incidencia directa en la comunidad, merced a la orientación de los proyectos a obras de saneamiento e infraestructura comunitaria y urbana, construcción de viviendas y mejoramiento de espacios verdes. En la línea de renovación de las respuestas de la política social frente a las limitaciones de las asistencias focalizadas, en nuestro país se establece un hito fundamental con la creación en 2009 de la Asignación Universal por Hijo (AUH). La característica saliente de esta política fue la institucionalización de un horizonte de universalización de la cobertura pública de seguridad social. La implementación de la AUH supuso el reconocimiento de que, tras años de crecimiento económico sostenido debido al modelo económico implementado desde el año 2003 a la fecha, dicho crecimiento no logró romper la resistencia de un núcleo de desempleo, y sobre todo de un fenómeno extendido de informalidad laboral (muchos trabajadores reincorporados a una actividad no acceden sin embargo o sólo lo hacen parcialmente al mercado de trabajo formal). Ello hacía que de hecho la ayuda social no llegara a muchos niños, en caso de que sus padres no accedieran a planes sociales ni al régimen contributivo de asignaciones familiares. La AUH buscó así universalizar un ingreso social que


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permitiera alcanzar a todas las familias, ya sin una exigencia de contraprestación laboral, aunque sí un requisito de escolaridad y control de salud de los niños (requisitoria ésta que arriesgaba resentir la universalidad del alcance de la medida, pero en la práctica sería difícilmente controlable), que tuvo un gran impacto en la efectiva escolarización y control sanitario de muchos niños. La AUH excluía a priori a quienes ya percibieran otros planes sociales; aunque dicha restricción era incontrolable y se dio una superposición con otras ayudas. De hecho, el alcance de la AUH se extendió y tendió al fin a absorber y reemplazar los planes sociales preexistentes. Esta política logró apuntar directamente contra los problemas de la pobreza y de la indigencia: entre los que cumplían los requisitos para acceder a la AUH, el 54,2% de los hogares y el 63,1% de los niños estaban por debajo de la línea de pobreza (Fernández et al., 2010: 12). El aporte que esta ayuda significaba para el presupuesto de los hogares no es nada desdeñable. “El ingreso percibido a través de la AUH representa, en promedio, un 24% del ingreso total de los hogares que lo perciben, mientras que tiene una importancia aún mayor entre los hogares pertenecientes al decil más pobre, para quienes representa en promedio el 42% del ingreso total percibido. Finalmente, para algo más del 2% de los hogares perceptores de la AUH ésta representa el único ingreso” (Fernández et al., 2010: 13). Asimismo, la asignación del ingreso se hacía a las madres, por transferencia directa, lo que reforzó el rol (y acaso la responsabilización, que de hecho siempre les cupo en buena medida) de las mujeres, y evitó la mediación discrecional de punteros políticos o del llamado “clientelismo” político. “Las ventajas de la medida son conocidas: contribuye a reducir la pobreza, la indigencia y la desigualdad; neutraliza las mediaciones clientelares de punteros y dirigentes; ayuda a fortalecer la mesa del hogar y superar la fragmentación familiar (cosa que por ejemplo no sucede con los comedores escola-

res); genera efectos positivos en términos de género (el dinero se entrega a las mujeres); funciona como un poderoso dinamizador de las economías locales, ya que casi todo el dinero se vuelca al consumo de alimentos; y, al no exigir grandes esfuerzos administrativos, puede implementarse -se ha demostradocon una rapidez asombrosa” (Natanson, 2010). Esta política se extendió con inédita velocidad y alcance, con cifras a comienzos del año siguiente de su implementación de 3,7 millones de niños y 1,9 millones de familias beneficiarios. En la primera investigación importante y seria (a cargo de investigadores del CENDA, PROFOPE y CEIL-CONICET) sobre los efectos de la AUH (Agis, Cañete y Panigo, 2010)52, presentada en mayo de 2010, se comprobó que “todos los indicadores de bienestar social examinados experimentan una notable mejoría, especialmente en las regiones más carenciadas del país (el norte argentino)”. En efecto, tras la implementación de la AUH, salieron de la pobreza casi dos millones de personas, y un millón y medio superaron la indigencia; el margen entre los que más y menos ganan se redujo más del 30%; “los indicadores de indigencia se reducen entre un 55 y un 70%, retornando así a los mejores niveles de la historia argentina (los de 1974)”. Por otro lado, la tasa de escolaridad subió un 25% según fuentes del Ministerio de Educación, y aumentaron más de 50% los controles de salud y vacunación en el sistema.

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Estimaciones de la consultora Equis, tomadas del blog “Ramble tamble”, en entrada del 4/12/2010. http://rambletamble.blogspot.com.ar/2010/04/ pobreza-e-indigencia-evolucion-reciente.html La comparación estadística entre los años 2009 y 2010, es decir del momento de creación de la AUH a la medición inmediatamente posterior del año siguiente, muestra un claro descenso de los

52 • Las cifras y conclusiones de esta investigación permitieron refutar las otras difundidas también en ese entonces por Claudio Lozano y Tomás Raffo (2010), en un trabajo titulado “Bicentenario sin hambre”, en que cuestionaban la universalidad de la AUH, por dejar presuntamente fuera de su alcance a 2,8 millones de niños. La investigación de Agis, Cañete y Panigo, tras observar las fuentes de cálculos de precios y ciertas incorrecciones de las estimaciones censales del trabajo de Lozano-Raffo, concluye que sólo “quedarían sin cubrir unos 800 mil menores de bajos ingresos, algo que probablemente se solucione cuando se permita la inclusión de los monotributistas de categorías inferiores” (Amico, 2010).


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índices de pobreza e indigencia. Si en diciembre de 2009 la pobreza trepaba a 30,1% hoy se sitúa en 22,2%, en tanto la indigencia baja de 10,5% a 5,7% en el primer trimestre de 2010. En magnitud económica, el gasto previsto por la AUH supera a todos los programas de transferencias condicionadas de ingreso en América Latina (contando antecedentes importantes como el plan Bolsa Familia de Brasil), con una estimación de impacto en el crecimiento del PBI del 2% y una reactivación del consumo y la producción verificada en varios rubros. “La Asignación Universal por Hijo es lo contrario a la concepción del derrame de los noventa. En aquel caso se proponía que las ventajas del crecimiento económico generado por una cúpula cayeran sobre el resto de la sociedad. Ahora, el dinero aparece por abajo -con todos los reparos que tenemos por esa expresión- y derrama hacia arriba: aumentó la demanda para la industria alimenticia, textil, de juguetes, para el comercio y otras actividades”, describió uno de los autores de la antecitada investigación, Demián Panigo, del CONICET (citado en Cufré, 2010). Las investigaciones muestran que con la AUH la pobreza disminuyó de modo considerable, pero que al mismo tiempo no es suficiente para erradicar dicho problema, ni el de la persistencia de brechas de desigualdad social (medidos tradicionalmente con el índice de Gini). “La implementación de políticas de transferencias de amplio alcance como la AUH surge del reconocimiento de que, si bien el desempeño favorable que ha presentado la economía argentina durante la posconvertibilidad contribuyó a lograr una importante reducción de la pobreza, la creación de empleo, la mejora relativa de los salarios y las políticas de ingreso resultaron insuficientes para eliminarla” (Fernández et al., 2010: 21). En términos generales, las cifras son elocuentes al mostrar un cambio de tendencia en la última década, proceso inaugurado con la presidencia de Néstor

Kirchner. Tras el salto que registraron los indicadores sociales con la crisis de 2001 (con un 38% de la población sumida en la pobreza a fines de ese año, y un pico de casi 54% de pobreza y 27,7% de indigencia a comienzos de 2003), se dio una reversión de la tendencia hasta llegar a la última medición del informe del INDEC (2012) en base a datos de la EPH correspondientes al segundo semestre de 2011, que registra un descenso de la pobreza al 6,5% y de la indigencia al 1,7% de la población53. “Esto no quiere decir que cambió radicalmente la sociedad, pero sí es evidente que la desocupación, por ejemplo, deja de aumentar. La pobreza también deja de aumentar. Cambia la tendencia y en ese sentido, podemos considerar al gobierno de Néstor Kirchner como una bisagra” (Torrado, 2010). La persistencia de un “núcleo duro” de pobreza, de todos modos, deja abierta la cuestión acerca de la necesidad de los planes focalizados para aquellas familias que sufren aún esa condición. La garantía de una renta mínima de protección social, como es el caso de la AUH, constituye una respuesta parcial, frente a la fragmentación del mercado de trabajo; sólo puede compensar los déficits de una integración social más plena a través del crecimiento del empleo. De esto se deriva pues “la necesidad de que, para erradicar definitivamente la pobreza en Argentina, este tipo de planes asistenciales debe ser complementados con políticas masivas de empleo tales como las que se comienzan a vislumbrar en programas como ‘Argentina Trabaja’” (Agis, Cañete y Panigo, 2010: 1). El verdadero valor de universalidad de las políticas públicas no depende de una cifra de alcance más o menos pleno de la cobertura de los programas de asistencia; consiste más bien en la garantía a priori de una seguridad social igualitaria para toda la población como reconocimiento de un derecho ciudadano. En caso contrario, si persisten como respuestas signadas por la emergencia y la focalización sobre situaciones límite, “las políticas asistenciales,

53 • “Los porcentajes presentados para el total de 31 aglomerados urbanos indican que, durante el segundo semestre de 2011, se encuentran por debajo de la línea de pobreza 382.000 hogares (4,8%), los que incluyen 1.640.000 personas (6,5%). En ese conjunto, 141.000 hogares (1,8%) se encuentran, a su vez, bajo la línea de la indigencia, lo que supone 427.000 personas indigentes (1,7%). Respecto de la medición del segundo semestre de 2010, se puede observar la continuidad de la tendencia decreciente en los porcentajes de hogares y personas por debajo de la línea de pobreza e indigencia. En este sentido, hay 145.000 hogares menos debajo de la línea de pobreza, lo que implica 835.000 personas menos. Del mismo modo, bajo la línea de indigencia se registran 27.000 hogares menos (una disminución de 192.000 personas)” (INDEC, 2012b).


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que actúan luego de verificada la carencia y que, por lo tanto, requieren que las personas se coloquen en una situación de no-vida para tener derecho a la atención, son por definición políticas que alientan la no-vida e incapaces de generar condiciones para un desarrollo pleno de la condición humana” (Lo Vuolo y Rodríguez Enríquez, 1998: 37). En fin, queda planteada una de las disyuntivas centrales para el diseño de las políticas públicas y la orientación de la intervención social, comúnmente resumida en un binomio: la alternativa entre la focalización o la universalización. Acaso se trate en parte de una falsa disyuntiva, en la medida que no deban descartarse a priori la pertinencia o eficacia de ambos tipos de enfoque e intervención. Pero sí debemos analizar críticamente los sentidos implícitos escondidos tras la priorización dada a uno u otro paradigma en el diseño de las políticas sociales. No está en juego en ello sólo una cuestión de eficacia, sino de la concepción política implícita que sostenga cada orientación: sea la identificación (y posible naturalización) de recortes de población marginal como objetos pasivos de asistencia o sea, en cambio, el reconocimiento y garantía de un alcance universal de las protecciones sociales como condición de la ciudadanía. Así volvemos al corazón de la cuestión social: las formas en que los distintos diseños y técnicas de la política e intervención estatal se orientan en pos del horizonte político de una mayor igualdad.

omento m de reflexión

1. ¿Qué sentidos políticos e ideológicos están implícitamente en disputa en la definición y diseño de las políticas sociales? 2. ¿Qué concepciones implícitas de la pobreza hay en el diseño de las políticas sociales? ¿Qué

concepción y qué relación adoptan estas últimas con el trabajo? 3. ¿Cuáles son los sentidos ambivalentes de la noción de “capital social”? ¿Qué incidencia tuvo sobre el diseño de políticas sociales? 4. ¿Las políticas sociales focalizadas pueden constituir una respuesta integral frente a la cuestión social? ¿Cuáles serían sus limitaciones? 5. ¿Qué utilidad o qué ventajas pueden poseer las políticas de asistencia social focalizada? ¿Cuáles son los aspectos superadores de una política social universal? ¿Qué relaciones de tensión o de complementariedad pueden concebirse entre ambas? 6. ¿En qué sentido las políticas sociales recientes muestran una nueva orientación respecto de aquellas implementadas durante los años noventa?


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Problemáticas Socioculturales - Postítulo de Pedagogía y Educación Social  

Autor: Ignacio Amatriain. Módulo de capacitación del Postítulo en Pedagogía y Educación Social. Área de Tecnicaturas Superiores Sociales y...

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