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UN PASEO P OR L A V I DA Tato Rosés Martínez

“Dentro de veinte años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las cosas que hiciste... Explora. Sueña. Descubre” Mark Twain


Muestra del libro impreso

CARACTERÍSTICAS DE LA VERSIÓN EN PAPEL

Formato 30,5 x 37,5 cm (vertical) 224 páginas Fotografías en color y en blanco y negro Encuadernación cosida, tapa dura Más información en: tatoroses.wordpress.com


UN PASEO POR LA VIDA Tato Rosés Martínez

Viajes, exploradores, historia, vivencias


LA PRIMERA VEZ QUE ME AVENTURÉ A VIAJAR SOLO SENTÍ UNA MEZCLA DE TEMOR

y respeto ante la incertidumbre de lo desconocido. Con los años persiste una pizca de esas sensaciones, pero siempre ha ganado la curiosidad por conocer otras formas de entender la vida. Desde niño siempre he estudiado con pasión los mapas; me fijo en esas zonas remotas y de difícil acceso de las que nadie habla, y entonces me digo: “Ahí quiero ir algún día”. Creo que el verdadero espíritu de la aventura radica en esa mezcla intangible de riesgo, miedo y superación, algo que no se puede explicar racionalmente. Las metas imposibles dejan de serlo cuando se alcanzan. A pesar del universo que separa unos pueblos de otros, he visto que todos compartimos las mismas alegrías, tristezas, frustraciones y esperanzas. Viajar abre nuestra mente a los sentimientos de otros pueblos y a la idiosincrasia de otras culturas; es una vacuna contra el racismo, la xenofobia y la indiferencia. En Un paseo por la vida exploro la condición humana a través de la historia, mis experiencias y la vida de personas anónimas en diferentes países y bajo diferentes circunstancias. El conjunto de los relatos dibuja una inquietante imagen del ser humano.


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Santa Cruz, Bolivia (2006) Esta mujer y su familia viven con muy poco, como muchas otras personas en el mundo. Las desgracias de los más pobres están casi ocultas a los ojos de los demás. La siguiente historia se repite como la salida del Sol en zonas desfavorecidas de América Latina: Varias vinchucas (Triatoma infestans) trepan por las paredes de una choza en una aldea de las tierras bajas de Bolivia. Más tarde, amparado en la oscuridad, uno de estos chinches se introduce en la cama de un niño. Trepa por un hombro, recorre el cuello y llega hasta la cara. Se alimenta de su sangre y defeca sobre la piel. Cuando está saciado se aleja y se oculta tras un mueble, un cuadro o bajo una esterilla. Al día siguiente el niño se despierta, se rasca y Trypanosoma cruzi penetra en su torrente sanguíneo. Pasarán días antes de que el niño comience a sufrir los efectos que provoca este protozoo. Si no muere, lo más probable es que el resto de su vida sea un calvario sin diagnóstico. Regiones pobres e insalubres sufren los estragos de este parásito hematófago, emparentado con los que causan la enfermedad del sueño y la leishmaniasis. Se estima que unos diez millones de personas están infectadas por el mal de Chagas-Mazza (tripanosomiasis americana), y más de 15.000 mueren cada año. Son pobres entre los pobres, enfermos invisibles. Esta enfermedad es patrimonio de la miseria, y por ello permanece en el cajón del olvido.

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Los dos únicos fármacos que existen para su tratamiento (benznidazol y nifurtimox) causan importantes efectos secundarios. Su elevado precio y toxicidad, sumados a la falta de cultura y a las paupérrimas condiciones de vida de los afectados, hacen que su administración sea poco más que testimonial. Pero la globalización ha llevado el mal de Chagas-Mazza a los países ricos de Occidente. Es probable que no pase mucho tiempo antes de que se desarrollen nuevos fármacos, más eficaces, más baratos y con menos efectos secundarios. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100; conversión a blanco y negro Por un defecto del obturador de la cámara esta fotografía y muchas otras quedaron sobreexpuestas, un problema bastante serio con película para diapositivas. La mejor manera de salvar estas tomas (en fotografía analógica y digital) es convirtiendo la imagen a blanco y negro. Al margen de su valor estético, el blanco y negro permite modificar el contraste y la exposición con mayor efectividad que el color. Los tonos de gris toleran muy bien correcciones extremas de la gama tonal y la presencia de ruido (los píxeles rojos, verdes y azules se convierten en blancos y grises).


Copacabana, Bolivia (2008) —¿Quieren que les cante el Zapatito? —nos pregunta con un tímido hilo de voz. —Sí, claro —le decimos. El niño (no recuerdo su nombre) se pone a bailar y a cantar en voz baja, mirando al suelo. Resulta difícil entender sus palabras. En otro contexto me hubiese hecho gracia ver a un niño tan pequeño entonando una canción mal aprendida y acompañándola con torpes pasos de baile. Pero este niño anónimo, con el rostro oculto tras la sombra que proyecta su sombrero, está trabajando, no juega, no se divierte. En realidad se trata de una escena triste. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100 A medida que aumenta la altitud, las propiedades difusoras de la atmósfera disminuyen debido a la mayor expansión de las moléculas de aire. Las sombras son más oscuras y las luces más intensas, lo que incrementa el contraste de la imagen. Si en la Tierra no hubiese atmósfera, como en la Luna, las sombras serían totalmente negras, sin traza alguna de detalle. Para reducir la gama de brillo se puede utilizar flash de relleno o bien evitar el sol directo.


Cerro Rico, Potosí, Bolivia (2008) Potosí fue una de las ciudades más importantes y ricas del mundo durante los siglos XVI y XVII. Tanto es así que Miguel de Cervantes, durante su larga estancia en Bolivia, acuñó la frase “vale un Potosí” para hacer referencia a algo de mucho valor. La Casa de la Moneda enriqueció a la Madre Patria con ingentes cantidades de plata extraída por esclavos indígenas y africanos. Hoy es un bello museo que recuerda tiempos pasados de gloria y abuso. Aquí se acuñaban las monedas de medio mundo. El expolio de la Corona española y la mala gestión de los sucesivos gobiernos desde la independencia han cambiado mucho las cosas. Ahora, de las minas de plata de Cerro Rico solo se extrae miseria, desesperación y muerte. Ocho millones de personas han perdido la vida en el interior de las “minas del diablo”. Un túnel angosto y oscuro me introduce en el pasado. Huele a azufre y a humedad. Varios hombres y niños, en silencio, pican piedra durante horas. En las galerías más profundas trabajan con taladros neumáticos. El aire resulta difícil de respirar. Calor, sudor, ruido, mucho ruido. El polvo me cubre por completo. A más profundidad, lejos de la vista, las condiciones son todavía peores. La vida del minero comienza a los diez o doce años y acaba sobre los 40, cuando la silicosis de tercer grado destruye sus pulmones y corta su existencia. La figura del Tío (de Dios, pues en aimara no existe la letra D), ideada por los españoles para infundir miedo a los indígenas y obligarlos a trabajar durante jornadas de 20 horas, sigue gobernando el día a día de los mineros. Los niños que van a la escuela (no todos pueden ir) tratan de ocultar su otra vida para no ser marginados por sus compañeros de pupitre. —¿Por qué hay niños trabajando en las minas? —le pregunto al guía—. Según la ley está prohibido el trabajo infantil, ¿no es cierto? —Sí, pero ha de haber libertad; si los niños quieren trabajar no se les puede impedir —me contesta. Se podría deducir que existe un perverso sistema de explotación familiar, pero la realidad es algo más compleja. Los niños van a la mina para contribuir a la subsistencia de sus familias. El pan de cada día no entiende de leyes ni de justicia. Para sobrellevar las duras condiciones de la mina, los trabajadores mascan hoja de coca (Erythroxylum coca) mezclada con una base (bicarbonato o yeso), que facilita la

absorción de la cocaína (uno de los 14 alcaloides que contiene) y potencia su efecto analgésico y estimulante. La coca oculta el cansancio y el hambre, pero a la larga también provoca graves problemas bucales. El acullico (mascar coca) es una tradición profundamente arraigada en el acervo cultural del pueblo andino. Todos los intentos para prohibir el consumo de esta “demoníaca hierba” (así la calificó la Iglesia) durante la colonización acabaron fracasando. Los dividendos que procuraban las minas eran mucho más importantes que los principios éticos del Gobierno y la Iglesia. La primera aplicación comercial de la hoja de coca fue el vino Mariani, inventado por el químico corso Angelo Mariani en 1863. Tuvo un gran éxito como tónico revitalizante en Europa y Estados Unidos, e incluso recibió el beneplácito de la Iglesia. Algunos consumidores célebres de esta bebida divina fueron Émile Zola, Sigmund Freud, Julio Verne, Thomas A. Edison, Alejandro Dumas, Louis y Auguste Lumière… El Papa León XIII (1810-1903), uno de sus principales defensores y gran amante del alcohol, prestó su efigie para la etiqueta y concedió una medalla de oro al inventor. En abril de 1865, el coronel y farmacéutico John Pemberton, de Knoxville, fue herido en la batalla de Columbus, Georgia. Para aliviar el dolor, como muchos otros veteranos de guerra, recurrió al consumo de morfina. Luego comenzó a experimentar con hoja de coca y vinos de coca, y finalmente creó su propia versión del vino Mariani (Pemberton’s French Wine Coca), que tuvo un gran éxito comercial, especialmente entre las mujeres. La campaña social contra el consumo de alcohol obligó a Pemberton a elaborar una alternativa legal. Un buen día, el 5 de mayo de 1886, a la edad de 54 años, inventó por accidente la fórmula de la Coca-Cola, en la actualidad el refresco más consumido en el mundo. Pero volvamos a Cerro Rico, a Bolivia, al presente: Muchos mineros beben alcohol de 96º (supongo que rebajado con agua) y refrescos, pero apenas comen mientras pican piedra en las entrañas de la Tierra. Las condiciones de trabajo apenas han cambiado en cuatro siglos. Pero ahora, las monedas de medio mundo ya no salen de aquí. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Salar de Uyuni, Bolivia (2006) El Salar de Uyuni nos recuerda lo bello y misterioso que es el planeta Tierra. Más de 10.000 km2 de sal cubren lo que en otro tiempo, entre 30.000 y 42.000 años atrás, fue el lago Minchin, y posteriormente, hace entre 13.000 y 26.000 años, el lago Tauca. Desde el espacio se puede ver el brillo incandescente de esta planicie. Debido a su estabilidad y al elevado índice de reflexión de la superficie, el salar se utiliza como referencia para la calibración de satélites. La costra de sal, de hasta diez metros de espesor en algunos lugares, oculta 120 metros de agua, salmuera y barro. Esta salmuera, compuesta por litio, boro, potasio, magnesio, carbonatos y sulfatos de sodio, aflora a la superficie formando un manto blanco que cubre la orilla de las lagunas en la periferia del salar. El desierto de sal está salpicado por pequeñas islas, habitadas por cactus gigantes (cardón, Trichocereus pasacana) y otras plantas carnosas. Los cactus crecen sobre un centímetro al año, así que los más altos, de hasta doce metros, están aquí desde hace 1.200 años. El viaje de cuatro días hasta Tupiza carece de cualquier comodidad, lo que limita mucho el tipo y el número de visitantes. Curiosamente, el mayor peligro para esta zona de Bolivia no es el desarrollo turístico, sino la futura expansión del automóvil eléctrico, que requerirá ingentes cantidades de litio. El Salar de Uyuni y otras regiones de singular belleza en Bolivia, Chile y Argentina, albergan junto a Afganistán las mayores reservas del mundo de este mineral. Tras varios siglos de abuso y expolio, es posible que la antigua ciudad de Potosí adquiera de nuevo el esplendor de tiempos pasados. Esta vez no será por la plata de Cerro Rico, sino por el litio del salar. La vida y la historia dan muchas vueltas. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Santa Cruz, Bolivia (2006) De camino hacia el hotel me fijo en un niño descalzo sentado en un escalón. Cuando el semáforo se pone en rojo los autos se paran y el niño aprovecha para limpiar los espejos retrovisores, pues no llega al parabrisas. Me detengo a su lado y le doy unas monedas. —¿Cómo te llamas? —Bebé. Deduzco que sus padres todavía no lo han bautizado y por eso lo llaman bebé. —¿Dónde están tus padres? —Allí —dice señalando enfrente, en la otra acera. —¿Te dan dinero limpiando espejos? —Algo. —¿Y luego qué haces con el dinero? —Se lo doy a mis padres. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Laguna Chiyarquta, Condoriri, Bolivia (2006) A 4.750 metros de altitud contemplamos un cielo oscuro, profundo, nítido, cuajado de estrellas de varios colores: rojo (las más frías, sobre 2.000 K), naranja, amarillo, blanco, azul y blanco verdoso (las más calientes, hasta 100.000 K). La luz de algunas de ellas tarda miles e incluso millones de años en llegar hasta nuestros ojos. Las tiendas de campaña, débilmente iluminadas, se reflejan en la laguna. La noche nos permite ver al mismo tiempo el pasado y el presente de una pequeña porción del universo. Hace frío, y al día siguiente nos espera una larga jornada, pero el espectáculo astronómico merece la pena. Los átomos y las moléculas que dan forma a la Tierra y a todo lo que vive en ella, provienen de explosiones gigantescas que tuvieron lugar hace millones de años. El hierro de nuestra sangre, el fluido de la vida, es producto de la fusión nuclear en el corazón de estrellas supermasivas, que al agotar su combustible de hidrógeno colapsan y se convierten en supernovas tras una explosión de proporciones inimaginables. Observando el cielo nocturno me maravillo al tomar conciencia de que nosotros mismos somos parte de esa inmensidad.

Contax Aria; 35-70 mm 1:3.4; Fuji Sensia 100; 120 min.; f/3,4 Las estelas de luz que se ven en la imagen son estrellas y planetas. Debido al movimiento de rotación de la Tierra la película registra los puntos luminosos en el firmamento como líneas de mayor o menor longitud. Una exposición teórica de 24 horas mostraría multitud de círculos concéntricos (si en el centro del encuadre figurara la estrella Polar -hemisferio norte- o la constelación de la Cruz del Sur -hemisferio sur-). Cuando en la escena hay puntos de luz (por ejemplo estrellas), su brillo y diámetro en la fotografía dependen, además del tiempo de exposición, de la abertura absoluta del diafragma, y no de la abertura relativa. Por ejemplo, un objetivo de 28 mm f/2 tiene una abertura relativade 2 y una abertura absoluta de 14 mm (28 : 2); un objetivo de 100 mm f/2 tiene una abertura relativa de 2 y una abertura absoluta de 50 mm (100 : 2). En este caso (solo para los puntos de luz), el objetivo de 100 mm es cerca de cuatro veces más luminoso que el objetivo de 28 mm. En una cámara digital las exposiciones largas (de varios minutos) provocan un calentamiento excesivo del sensor, lo que se traduce en la aparición de ruido térmico en la imagen. Si hace mucho frío el problema se reduce, pero no obstante la mejor opción es tomar varias fotografías (a partir de 20) de unos 30 segundos de duración cada una y luego combinarlas en Photoshop. Para que las líneas de luz dibujen trazos continuos se ha de seleccionar el modo de fusión Aclarar. Otra opción, más sencilla y que ofrece muy buenos resultados, es el programa Startrails (http://www.startrails.de/html/software.html).

“Cada cosa tiene su belleza, pero no todos saben verla” Confucio


San Miguel de Velasco, Bolivia (2006) Esta fotografía, que tomé en la apacible localidad de San Miguel, evoca la tranquilidad y el abandono de los pueblos de la Gran Chiquitanía, a pocas horas de la bulliciosa Santa Cruz. En San Ignacio me subo a un autobús destartalado que se dirige a Concepción. Una amable mujer me invita a sentarme sobre un saco de plástico lleno de ropa. Durante el trayecto me cuenta una parte de la historia de su vida: Se dirige a Brasil, donde la vida vale unos pocos pesos. Hace un tiempo alguien mató a su marido de un tiro. No sabe por qué. Uno puede quitarle la vida a otro y al minuto siguiente estar de juerga con sus amigos o besando a su pareja. Años atrás murió su padre, y hace un mes su hermano. Su madre, ya mayor, no lo ha asimilado todavía. Su hermana tiene triquinosis y apenas se ve capaz de seguir adelante. El tratamiento le cuesta a la familia una pequeña fortuna. Ya no se siente ligada a esa tierra, pero se queda por su suegra, que no tiene a nadie. “Hace unos años tuve un accidente, y hasta hace tres años no pude valerme por mí misma. En el hospital conocí a un hombre brasileño que pagó todos los gastos y las medicinas. Era un ángel. No sé qué habría hecho sin su ayuda. Doy gracias a Dios por la gente que me ha ayudado y por estar viva”, me dice con una leve sonrisa en los labios. Por un momento pensé que me contaba esta historia para luego pedirme algo, pero no. Vida tras vida, viaje tras viaje, compruebo que la bonita frase “somos dueños de nuestro destino” no es del todo cierta. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100 La doble puerta actúa como marco secundario, a través del cual la vista se posa en la mujer sentada a la mesa. La focal angular del objetivo permite apreciar la decoración, las sillas vacías, la vajilla y los muebles de la casa, elementos que en conjunto transmiten una angustiosa sensación de soledad.


Camping Araucaria, Camino Austral, Chile (2008) Marisol nació en la casa que se ve al fondo, junto a una araucaria. Vive con su marido Nelson y su hija Yara entre montañas, prados y un río. Crían caballos, vacas y ovejas, cortan leña, elaboran productos naturales y alojan a los pocos turistas que deciden detenerse en este lugar aislado de la Patagonia chilena. Marisol nos invita a desayunar: pan y mermelada artesanales y leche de vaca con café. ¡Delicioso! Luego le compramos un par de botes de mermelada para el resto del viaje. Yara, que no se separa de su gallina “regalona”, dice que le encanta vivir aquí; se ha acostumbrado a estar sola entre montañas. Le digo que donde yo vivo a mucha gente le da miedo dormir sola en el campo. “No lo entiendo, a mí me daría miedo dormir en la ciudad, con tanta gente, por si me hacen algo”, dice, incapaz de comprender cómo a alguien puede asustarle la naturaleza. Nos cuenta Marisol que cuando vienen los promotores de HidroAysén para explicarles los grandes beneficios que reportarán las presas, Yara se esconde y se pone triste; no se quiere ir de su casa. “Comprendo que las hagan, necesitan electricidad en el norte. ¿Qué se puede hacer si no? Me daría mucha pena abandonar esta casa, pero igual no hay más remedio.” Tampoco le gustan algunos activistas de la campaña Patagonia sin represas. “Nos tratan como si no supiéramos nada, como si no pudiéramos decidir, como si no tuviéramos cultura.” Si finalmente se construyen las presas previstas, el agua del río cubrirá su casa y su terreno y tendrán que irse a otro lugar asignado por el gobierno, lejos de aquí. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Quito, Ecuador (2002) En la mayoría de los países de América Latina el cristianismo está estrechamente ligado a la cultura animista tradicional. En Bolivia, por ejemplo, las creencias católicas conviven en armonía con la Pachamama (Madre Tierra), amuletos, espíritus, supersticiones... Hasta no hace mucho, unirse a una orden religiosa era al mismo tiempo un honor y una tradición. En algunas familias pudientes la primera hija se casaba y la segunda ingresaba en un convento de clausura cuando cumplía entre doce y catorce años. A cambio del cuidado y la manutención de la novicia sus padres debían entregar una buena suma de dinero y objetos de valor, como figuras de porcelana, cubertería de plata, cristalería fina, iconos religiosos, baúles, joyas, bordados, tapices, cuadros, vestidos..., que hoy se pueden ver tras una vitrina de vidrio. Para las familias pobres tener una hija monja era lo más parecido a un sueño. Cuando las niñas traspasaban el umbral del convento ya no volvían a ver a sus familiares salvo en casos excepcionales. El cura que las confesaba lo hacía oculto tras una trampilla giratoria, de modo que no pudiesen cruzar la mirada. La vida de las nuevas monjas se reducía a la contemplación, la penitencia y el rezo. El contacto con el exterior se había acabado para siempre. Su refugio personal era un cuarto espartano, lúgubre, sin apenas luz. Dormían en camastros de madera, sin colchón ni almohada. Era un lugar frío, impersonal, centrado en la purificación del alma a través del sufrimiento. No había lugar para pensamientos impuros. La concupiscencia propia de la condición humana era pecado mortal. Un pequeño crucifijo de madera, clavado en una pared desnuda, presidía la estancia. ¿Cuántas oraciones habrá escuchado? ¿Cuántos pecados inconfesables habrá perdonado? Viví esta historia en el convento de Santa Catalina, en Quito, Ecuador, y años después una muy similar en el convento de Santa Teresa, en Potosí, Bolivia. En ambas ocasiones sentí escalofríos al imaginar la aciaga existencia de esas niñas sin infancia, encerradas de por vida, lejos del mundo. ¿Pero qué pensarían ellas? ¿Cuál sería su realidad? ¿Serían felices? Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100

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Refugio Carihuairazo, Ecuador (2002) El clima, la soledad y la amplitud del páramo dan forma al carácter de la gente. Los niños, como sus padres, son tímidos y reservados. Pero también son curiosos, y poco a poco, con paciencia y silencio te permiten entrar en su mundo. Irma y su hermana Santa Teresa, de doce y cuatro años de edad, nos enseñan una de las estancias del refugio, construido en la década de 1980 como alojamiento para los guardas del proyecto de reintroducción de la vicuña, un camélido salvaje que casi fue exterminado por los españoles durante la vergonzosa época de la conquista. En la actualidad lo usamos los excursionistas a cambio de una pequeña suma de dinero. Carece de todo tipo de comodidades, pero a mi modo de ver es mejor así. Estas dos niñas tienen el rostro quemado por el sol, el viento y el frío. Llevan pendientes y las uñas pintadas de rojo carmesí. Sus ropas son sencillas y humildes: sombrero negro, chal, pantalones y falda; botas de agua Irma y bambas Santa Teresa. Entre ellas hablan quechua (los indígenas dicen quichua, pues no pronuncian la “e”). Por suerte, en el colegio les enseñan español y pudimos conversar. Viven en una choza de hormigón y chapa, a unos 200 metros del refugio. El sustento de su familia se basa en la tierra y el pastoreo; tienen llamas y vacas, sobre todo vacas, que dan más dinero. Ellas colaboran en el cuidado de los animales y en las labores del hogar. En su tiempo libre van al refugio para jugar y ver a los extranjeros. Cada día caminan unos diez kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a la escuela. En la década de 1980, la NASA desarrolló un proyecto para construir una estación espacial a pocos kilómetros de aquí. La proximidad al ecuador (menor gravedad relativa a causa de la inercia de la Tierra), la altitud y la limpieza de la atmósfera facilitan el lanzamiento de cohetes y reducen costes. Sin embargo, los gobiernos de Estados Unidos y Ecuador no llegaron a un acuerdo satisfactorio.

El proyecto habría supuesto un importante aporte de capital y de empleo especializado, pero también habría puesto en peligro el frágil ecosistema del páramo. Jorge (nuestro guía), el conductor del todoterreno y su mujer se alegran en parte de que las cosas sigan como siempre. “Lo malo”, apunta Jorge, “es que el gobierno no invierte nada en estas zonas de montaña. Una buena gestión turística daría dinero a la población indígena”. A ambos lados de la pista que asciende hacía el refugio se pueden ver plantaciones de pinos, un árbol alóctono de crecimiento rápido y muy productivo a corto plazo. Las compañías madereras regalan plantones a los campesinos y les aseguran cuantiosos beneficios. Pero no les dicen que el pino consume gran cantidad de agua y nutrientes y que en pocos años agota las reservas del suelo. Además, las acículas resultan tóxicas por su acidez para la vegetación autóctona circundante. “Cuando el suelo deje de producir los empresarios se irán a otro lugar, dejando a los indígenas en la ruina. Cada vez hay más vacas; son muy productivas, pero con sus pezuñas compactan el terreno y poco a poco la vegetación desaparece. Las llamas son mejores para el ecosistema, pero dan menos dinero”, explica Jorge. Ricoh GR1s; 28 mm 1:2.8; Fuji Provia 400F La luz del exterior se refleja en las paredes y el techo del refugio, reduciendo la profundidad de las sombras y creando una agradable dominante cálida que enfatiza la sensación de intimidad. Debido al escaso nivel de iluminación tuve que usar película de 400 ISO y ajustar el diafragma más abierto del objetivo, f/2,8. En los días de la película, 400 ISO era el valor más alto que ofrecía una calidad de imagen aceptable. Hoy, las mejores cámaras digitales permiten ajustar valores mucho más altos con una calidad excelente.

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Isla Fernando, Solentiname, Nicaragua (2003) “Aquí, si no tenés reales te mueres”, me dice una madre de seis hijos sin que la sonrisa abandone su rostro. Dominga vive con su marido, Manuel, y cinco de sus hijos en el idílico archipiélago de Solentiname, un grupo de islas que haría soñar a escritores, pintores y millonarios retirados. Tiene diabetes, y aunque no depende de la insulina debería hacerse varios chequeos médicos anuales y seguir una dieta apropiada. “¿Tiene algo para el dolor?”, me pregunta. Le doy unas cuantas pastillas de analgésicos, aun sabiendo que de poco le servirán. La reforma cultural y sanitaria que precisa la gente pobre de Nicaragua no puede remendarse tan fácilmente. El día que me voy de su casa, Erica, una de sus hijas (la niña que aparece en la foto), me pregunta con timidez si le puedo dar unos calcetines. “Es que no tengo.” Le doy dos pares. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100 Hay fotografías inmediatas y fotografías progresivas. Las primeras captan la atención nada más verlas. Son impactantes, directas, por ejemplo el retrato de la página 88. Las segundas, como esta o la de la página 102, requieren un estudio más lento y meditado de la escena. Pero lo que distingue a una buena fotografía es su capacidad para evocar sensaciones y sentimientos, no la rapidez o el modo con que lo hace.

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Orinoco, Laguna de Perlas, Nicaragua (2003) —Hola, ¿quieres que te haga una foto? —Sí, pero luego vamos a ver a mi abuelo, que está en casa. —Yo me llamo Paco, ¿y tú? —Yo soy Jannie Wills, y mi abuelo es Onófer. ¿Vamos a verle? En Nicaragua hay pocas personas mayores. El precio de las medicinas y la precariedad del sistema sanitario son causa directa de la muerte prematura de mucha gente. Varias oenegés se esfuerzan por mejorar la calidad de vida en las zonas más pobres del país, y por lo que vi su labor da resultados muy positivos. En 1995, la URACCAN (Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense), con la ayuda de la oenegé Ayuda Popular Noruega iniciaron un proyecto para recuperar la identidad del pueblo garífuna de Nicaragua, que se había ido diluyendo a causa de la presión de otras sociedades. La enseñanza es la base de este fortalecimiento cultural y social. En las escuelas, repartidas por los pueblos de Laguna de Perlas, los niños descubren el origen y la historia de sus antepasados. Esta comunidad humana tiene su origen en las Antillas menores, y procede de la mezcla entre indígenas arahuacos de Ámerica del sur y fugitivos del comercio esclavista durante los siglos XVII y XVIII. La ocupación territorial de los europeos, principalmente Francia e Inglaterra, obligó a los garífunas a abandonar la isla de San Vicente (su primer asentamiento), y poco a poco fueron dispersándose por la costa del Mar Caribe. Entre los siglos XVI y XVIII, los conquistadores europeos usaban el término “caribe” para identificar a cualquier indígena, y era sinónimo de “salvaje”, “violento” e indócil a la evangelización y la sumisión. Varias semanas después, en la ciudad de Granada: Mientras tomo un fresco en una glorieta del Parque Central, veo a un hombre minusválido en silla de ruedas. Otro hombre empuja la silla y pide limosna.

Una familia les da una moneda. Cruzan por delante de mí y les doy otra moneda. Para la conciencia resulta cómodo pensar que se aprovechan de la situación. Al cabo de un rato pasan dos niñas que ofrecen altramuces. La familia no les compra nada y yo tampoco. Mientras se alejan trato de imaginar la historia de sus vidas. Me arrepiento de no haberlas ayudado un poco. Más tarde, mientras desayuno en una casa y escribo estas líneas, entra un niño y me pide algo para comer. La dueña le pregunta si respira cola. Me cuenta que muchos niños en el parque lo hacen. Le doy unas monedas y me da las gracias en un susurro. Tengo la sensación de estar perpetuando una mala costumbre; pero también sé que en el mundo hay personas, niños y adultos, que viven dramas sin una solución sencilla. A veces no bastan las palabras y los juicios morales. No tengo muy claro cuál es la mejor manera de ayudar. La mujer le dice al niño que vuelva a la una, que los martes y los jueves sirve comida gratis. Termino el desayuno y salgo a ver si encuentro a las dos niñas. Están sentadas en un banco. Me acerco y les pregunto cuánto cuesta una bolsa. —Diez pesos —responde la mayor. —¿Os compran los extranjeros? —No, los extranjeros no. —¿Y los de aquí? —Sí, los de aquí bastante. —¿Váis a la escuela? —Sí, por la mañana. Por la tarde venimos al parque y el dinero se lo damos a nuestra mamá. —¿Queréis que os haga una foto? —Vale. Miran a la cámara, disparo y me dan las gracias. Me alejo a paso lento. Abro la bolsa y me llevo unos altramuces a la boca. Pentax LX; Tamron 90 mm 1:2.8; Agfa Scala 200X

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Páginas 66 y 67

Punik, Sumbawa, Indonesia (2002) Aparentemente caótico y desorganizado, el transporte en Indonesia es de una eficiencia encomiable. No digo que sea cómodo, que no lo es, pero sí efectivo. A todas horas y por todas partes circulan bemos (furgonetas) cargados de gente que siguen rutas más o menos fijas y se detienen cuando alguien hace una señal, sin paradas establecidas. En las “estaciones” los microbuses salen cuando están llenos. No hay horario que valga. Si caben 16 personas seguro que entran 20, y quizá 25. Por supuesto, no hay cinturones de seguridad. He viajado hasta en el techo, y siempre había sitio para alguien más. En la pequeña y desangelada ciudad de Sumbawa Besar, un día, tras mucho buscar y preguntar, dimos con un tipo que accedió a llevarnos hasta Punik, una aldea en medio del bosque lluvioso. Él y sus amigos aprovecharon el viaje para transportar pasajeros y un montón de cosas: alimentos, bebidas, herramientas, clavos, tablones de madera... Después de varias horas de viaje por una pista embarrada y llena de agujeros y zanjas enormes, llegamos a nuestro destino. En Punik el tiempo y la vida siguen otro ritmo, tranquilo, sin prisas. Si en el futuro se construye una carretera que comunique esta aldea con el exterior, se ampliarán sus posibilidades turísticas, pero a la larga también es probable que pierda su identidad. Con 200 millones de practicantes, Indonesia es el país de credo musulmán más poblado del planeta. Para mucha gente todo lo que hace referencia al islam es sinónimo de terrorismo, violencia, machismo, odio... La realidad, mucho más compleja y con infinidad de matices, contradice esta creencia, sustentada en la incultura, el desconocimiento y el miedo a lo diferente. 66 Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Agfa Scala 200X 67 Pentax LX; 90 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100

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Waerebo, Flores, Indonesia (2002) Nos miran 100 años de vida y experiencia. Las costumbres y los valores de este hombre y su familia se han forjado en un entorno aislado al que solo se puede llegar a pie por el bosque lluvioso. En la isla de Flores el cristianismo sobrevive en pequeños núcleos como este, al margen de la mayoría musulmana. Durante el camino, que discurre por una estrecha senda, de tanto en tanto nos teníamos que quitar alguna sanguijuela de las piernas y los pies. La mordedura de estos anélidos hermafroditas no duele porque su saliva incorpora un anestésico muy eficaz; pueden estar enganchadas varias horas chupando sangre antes de que uno se dé cuenta. Además inyectan un vasodilatador parecido a la histamina y una sustancia anticoagulante (hirudina) que impide la agregación plaquetaria, con lo que la sangría no se detiene como en una herida normal. No obstante, poco a poco uno se acostumbra (casi) a estas incomodidades. En Waerebo las personas más ancianas han ido siempre descalzas. Tras años y años de pisar directamente sobre el suelo, los pies se les han ensanchado y endurecido. Me quité las sandalias para probar si yo podía caminar por la selva como ellos, pero muy pronto descubrí que no, de ninguna manera. Me clavé pinchos, ramas y piedras. En esta remota aldea de montaña, Anabel y yo vivimos bonitas y enriquecedoras experiencias que quizá en unos pocos años ya no puedan repetirse.

Probamos un café de sombra delicioso, negro, puro, con un aroma exquisito. A Waerebo no han llegado los intereses comerciales de las grandes empresas del sector, que promueven la tala de amplias extensiones de bosque para plantar café. Bajo los rayos del Sol la producción se multiplica por dos o por tres, pero a costa de la vida animal y vegetal, y también de las condiciones laborales de los productores. Café de comercio justo, ecológico o de sombra no son meras etiquetas para hacer bonito. Hasta la Revolución Industrial, entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX, la mayoría de la población mundial vivía en el campo y del campo. Durante 200 mil años de evolución hemos llevado una vida sencilla, en estrecha comunión con la naturaleza. En los últimos 200 años, la mayor transformación social, económica, tecnológica y cultural en la historia de la humanidad desde el Neolítico ha cambiado radicalmente el mundo. Ahora, en el siglo XXI, muchas personas consideran inferiores o desafortunados a los pueblos que viven alejados de la modernidad. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100; flash incorporado Sincronización lenta para captar el detalle del entorno.

“Aferrarse a lo conocido por miedo a lo desconocido equivale a mantenerse con vida pero sin vivir” Anónimo

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Pulau Sikandang, Sumatra, Indonesia (2001) Hasta hace unos años los habitantes de estas islas usaban dinamita y cianuro para pescar: la forma más rápida, cómoda y productiva de ganarse la vida a corto plazo. En poco tiempo el coral quedó destruido y los peces migraron a zonas menos contaminadas. Gracias a la educación y a las lecciones del tiempo y la experiencia, poco a poco la vida marina ha ido repoblando este refugio natural. Pero todavía hoy el fondo sigue tapizado de coral muerto. El incremento de acidez (pH) de los océanos, a causa de la absorción del CO2 atmosférico, está provocando graves problemas en casi todos los organismos marinos. En menos de 100 años el mundo será un lugar muy diferente. Ricoh GR1s; 28 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100 Las cámaras compactas de alta calidad, gracias a su reducido tamaño y peso, permiten hacer fotos en casi cualquier circunstancia. En pocos segundos saqué la cámara de la riñonera, ajusté f/16 para conseguir una óptima profundidad de campo, encuadré la escena y pulsé el disparador. Los modelos digitales (excepto unos pocos) tienen un sensor bastante más pequeño que el fotograma de 35 mm. Por ello, para cubrir el mismo campo de visión necesitan objetivos con una distancia focal más corta. Esto implica que el diámetro de la abertura a un número f cualquiera sea mucho menor, lo que incrementa los problemas asociados a la difracción (pérdida de nitidez y de contraste). Con estas cámaras de formato miniatura el límite práctico de abertura se sitúa sobre f/8.

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Dos niñas (hermanas, o quizá madre e hija) piden limosna frente a la fortaleza de Bikaner. Su profunda mirada refleja el duro camino que recorre la vida de los más pobres. Para los que viven en la calle la vida privada es algo que no existe. A veces da vértigo introducirse en la piel de otras personas; imaginar su existencia plantea cuestiones morales difíciles de asimilar. El miedo produce rechazo. En las megaciudades indias la explotación infantil es una realidad al alcance de la vista. Miles de niños trabajan para mafias organizadas, vigilados de cerca por aunties (“tías”) que recaudan lo que ganan mendigando. Prostitución, fábricas, servicio doméstico..., en el abismo social existe un terrible inframundo de esclavitud. La mendicidad se ha convertido en un oficio. Los mejores lugares para pedir están muy cotizados, y pasan de padres a hijos o se alquilan o venden por importantes sumas de dinero.

por dosis, se cobra la vida de más de un millón de personas al año. Pensemos un momento en lo que esto significa. Hasta la década de 1990, el único remedio para tratar la enfermedad del sueño, o tripanosomiasis africana, era el melarsoprol, un compuesto orgánico del arsénico con una toxicidad extrema. Un medicamento mucho más eficaz, la eflornitina, se dejó de producir porque era poco rentable. Años después, su uso en la industria cosmética hizo posible el desarrollo de un compuesto eficaz y con una toxicidad muy baja. La tuberculosis acaba con varios millones de vidas al año en países pobres; solo en la India mueren más de mil personas cada día a causa de esta enfermedad. Las medicinas que se usan son las mismas que hace 60 años. La coinfección con el VIH y la resistencia a los medicamentos habituales convierten esta enfermedad en una de las más mortíferas. Amortiguados por la abrupta frontera entre el bienestar y la miseria, en la distancia, muy lejos, se oyen gritos y silencios pidiendo ayuda.

En el tercer mundo varios millones de personas mueren cada año por una simple disentería. En algunos casos la producción de medicamentos no tiene la rentabilidad que buscan las empresas farmacéuticas, que sin suficientes subvenciones prefieren dedicar su dinero y esfuerzos a enfermedades que también afectan al mundo rico, como el VIH. La malaria, una enfermedad cuyo tratamiento cuesta unos dos euros

Ricoh GR1s; 28 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100 En fotografía de viaje el mejor equipo es el que pasa desapercibido. Una cámara pequeña, preferiblemente de objetivo fijo, un trípode pequeño y poca cosa más. Las limitaciones que impone este planteamiento a menudo se traducen en grandes ventajas. Desde el interior de un rickshaw, en un instante saqué la cámara de la riñonera y puede captar esta imagen. Cuestión de segundos.

Bikaner, Rajastán, India (2000)

“En los momentos difíciles surge lo mejor y lo peor del ser humano”

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Jaisalmer, Rajastán, India (2000) Nos contó un hombre que las vacas tienen dueño mientras son productivas. Luego, a partir de cierta edad las “independizan”; es decir, que dejan de preocuparse por ellas. Sea o no verdad, pues no te puedes fiar demasiado de lo que te cuentan, lo cierto es que todos los núcleos urbanos están llenos de cebúes, vacas y cerdos, que campan a sus anchas alimentándose de lo que encuentran: restos de comida, papel, plástico... Los cerdos hozan en las cloacas a cielo abierto junto a grupos de niños que las desembozan a mano. Cuando los animales mueren, normalmente a causa de la ingestión de bolsas de plástico y otros desperdicios, una carreta se los lleva. Así la ciudad se conserva “limpia y ordenada”. Las vacas en teoría son sagradas (solo para los hindúes), y su omnipresencia podría tener una explicación, pero los cerdos..., nadie supo explicarnos por qué había cerdos, un animal considerado impuro por el hinduismo y el islam. Y en el centro de este caos urbanístico, social e ideológico está, por ejemplo, Jaisalmer, una ciudad amurallada de exquisita arquitectura, con antiguos y bellos palacios, templos, havelis y cenotafios que se desmoronan poco a poco junto a un floreciente y caótico mercado turístico sin que el gobierno haga nada por evitarlo. Vendedores insistentes, tenaces, de una pesadez difícil de cuantificar, asedian al viajero sin apenas descanso. La palabra “NO” carece de significado. La ambivalencia de las sensaciones puede hacer del viaje una experiencia horrible o mágica, pero sin duda enriquecedora, única e inolvidable. Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Fuji Sensia 100

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Bhagalpur, Bihar, India (2000)

Carlos Álvarez Méndez

Bihar es una de las zonas más pobres de la India. Aunque desde la Revolución verde de la década de 1960 no se han vuelto a repetir las grandes hambrunas que acababan con la vida de millones de personas, el hambre y la desesperación no han desaparecido. La ayuda que reparte el mundo rico entre los pobres del planeta no está exenta de controversia, como explica Jordi Raich en su libro El espejismo humanitario. No obstante, a pesar de los errores y fallos de los sistemas que se utilizan para poner remedio al hambre, las enfermedades y las penurias del ser humano, muchas personas siguen vivas hoy gracias a la labor de individuos y organizaciones que dedican su tiempo y sus recursos a ayudar a quienes más lo necesitan. Pentax MZ5; 90 mm 1:2.5; Fuji Sensia 100

Pentax MZ5; 90 mm 1:2.5; Fuji Sensia 100; conversión a blanco y negro

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Kutch, Gujarat, India (2001)

mara, una con película de color, la otra con película de blanco y negro. (...) Estaba aprendiendo rápido. Era mi oportunidad de ganarme un lugar en el mundo del periodismo. Y eso era posible gracias al salvaje asesinato de un hombre.” En 1993, Kevin Carter y Joao Silva viajaron al sur de Sudán para retratar “el triángulo de la hambruna”. Llegaron en un avión de Naciones Unidas cargado de alimentos. Al cabo de unas horas, Kevin se reunió con Silva y le dijo: “Le estaba sacando fotos a una niña arrodillada, con la cabeza en el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y después espanté al buitre”. Juntos fueron a ver el lugar. El buitre ya no estaba, pero la niña seguía allí, abatida por el hambre. Ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, cuenta Silva en el libro The Bang Bang Club. Snapshots from a Hidden War. “Joao y yo vimos cientos de niños agonizantes o enfermos, pero no ayudamos a ninguno. Los mirábamos morir y sacábamos fotos (...). La tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que pulsamos el disparador”. El 12 de abril de 1994, la fotografía de la niña y el buitre ganó el Premio Pulitzer.

Carlos Álvarez Méndez

Las imágenes que retratan las penurias del ser humano han de ser capaces de conmover y de sacudir la conciencia de la gente. El respeto a la dignidad del prójimo siempre ha de estar por encima del resultado visual. Pero en ocasiones, la fotografía tiene un extraño poder para descubrir facetas ocultas, primitivas y aterradoras en cualquier persona. Tres ejemplos: En abril de 1945, el fotógrafo británico George Rodger, uno de los fundadores de la Agencia Magnum Photos, entró en el campo de concentración Bergen-Belsen (Baja Sajonia) con las tropas aliadas. Tiempo después, en una entrevista, dijo: “Cuando descubrí que podía mirar aquel horror -miles de cadáveres y personas hambrientas yaciendo por todas partes- y pensar solo en una buena composición fotográfica, supe que algo me había sucedido y que tenía que parar”. Sus fotografías se han expuesto en todo el mundo como testimonio de uno de los episodios más crueles de la historia. Él jamás quiso volver a verlas. Después de la liberación de Nelson Mandela se desató una terrible guerra civil en Sudáfrica, entre blancos y negros y entre partidarios de Mandela y zulúes separatistas. Cuatro fotógrafos sudafricanos (el Bang Bang Club) captaron las imágenes más impactantes del conflicto. Greg Marinovich narra la historia de una de sus fotografías: “(...) Los zulúes y yo lo perseguimos [a un partidario de Mandela]. El fugitivo cayó al suelo. Los atacantes lo rodearon en un círculo silencioso. Mis oídos captaban con absoluta nitidez el sonido del acero penetrando en la carne, los golpes secos de los palos destrozando su cráneo... Yo era uno más. Estaba horrorizado, eso no podía estar sucediendo. Pero al mismo tiempo medía la luz y cambiaba de cá-

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Bikaner, Rajastán, India (2000)

En la India rural, criar y educar a una niña es para muchas familias un trabajo baldío. Hasta los nueve o diez años, niños y niñas reciben un trato similar. Luego a ellos se los orienta hacia la herencia del negocio y la perpetuación de la estirpe, mientras que a ellas se las enseña a cocinar y a cuidar de la casa, pues una vez sean entregadas en matrimonio (casi siempre concertado) pasarán a formar parte de la familia del marido. Esta transición viene acompañada de una dote, que antiguamente era el seguro de la adolescente en caso de que el matrimonio no saliera bien. Pero eso era antes; ahora la dote pasa directamente a los suegros. Incluso existen intermediarios, que a cambio de una comisión aseguran a la familia del marido una dote lo más abultada posible. Para muchas chicas su nueva vida resulta traumática. En algunos casos sufren abusos, violencia, violaciones y privación de libertad. Las mujeres repudiadas por sus nuevas familias están muy mal vistas por la población. Para adquirir fuerza y presencia social, algunas mujeres se organizan en comunidades. Curiosamente, la segunda mujer en acceder a la presidencia de un país fue Indira Gandhi, que luego también fue primera ministra. Pero la diferencia entre la clase alta y la clase baja, enquistada por la ancestral tradición de las castas, es abismal, y los privilegios de la primera son inimaginables para la segunda. Pentax MZ3; 50 mm 1:1.7; Fuji Sensia 100

“Cada guerra es una destrucción del espíritu humano” Henry Miller

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Orillas del río Jhelum, Cachemira, India (2000) Al día siguiente, cerca de la frontera con Pakistán, nos dio el alto una patrulla del ejército. Nos condujeron a unas dependencias ruinosas, sucias y húmedas, protegidas por soldados armados con metralletas, pistolas y cuchillos. Atravesamos un pasillo estrecho y oscuro y llegamos al “despacho” del jefe (a la izquierda de Jordi). Tomamos asiento en un banco de madera y nos ofrecieron un chai. El jefe, con voz profunda y seca, dictaba al ordenanza frases que no podíamos entender. Luego nos pidió los pasaportes y que anotáramos nuestros datos en el libro de registro. En un arrebato de locura le preguntamos si podíamos hacer una foto de recuerdo. Sorprendentemente, sonrió y nos pidió que nos uniéramos a ellos. Coloqué la cámara sobre el pequeño trípode que siempre llevo encima, ajusté el disparador automático y tras diez segundos de espera la película inmortalizó una historia rocambolesca. Luego nos dieron su dirección para que les enviara copias en papel. Unos meses más tarde, ya en Barcelona, deposité en un buzón un sobre con varias copias de esta misma fotografía. Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Fuji Sensia 100

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Valle de Nubra, Ladakh, India (2000) Después de diez horas de camino, subiendo y bajando puertos de montaña, llega el mejor momento del día: quitarse la mochila y las botas, plantar la tienda y descansar. Luego, un té caliente y la sabrosa y abundante cena que cada día nos prepara Tensing, más que un guía un amigo y compañero de viaje. Pentax LX; 28-70 mm 1:4; Fuji Sensia 100; 20 min.; f/5,6 A 4.800 metros de altitud la atmósfera es casi transparente y la vista alcanza decenas de kilómetros. Para hacer esta fotografía aproveché la salida de la Luna, que debido al movimiento de traslación proyecta sombras largas y difusas sobre las montañas. En la imagen se puede apreciar el desplazamiento de las nubes por el cielo nocturno, y también el de la Tierra alrededor de su eje reflejado en las estrellas.

“Viajar no es tan solo moverse en el espacio; más que eso, es acomodar el espíritu, predisponer el alma y aprender algo nuevo” Ortega y Gasset

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Rawalpindi, Pakistán (2004) Un niño busca papel y cartón en la basura que rodea un contenedor oxidado. En las ciudades de Pakistán, grandes fortunas conviven con grandes miserias. La globalización del comercio mundial no ha supuesto una mejora apreciable en las infraestructuras del país ni en el nivel de vida del pueblo llano. El gasto social es prácticamente nulo en una nación donde los ricos no pagan impuestos. El sexto presidente de Pakistán, el dictador Muhammad Zia-ul-Haq (1978-1988), islamizó la economía, pero a su manera. En junio de 1980 convirtió la zakat (donación de limosna de forma voluntaria y sincera, uno de los pilares del islam) en un deber del pueblo. Con esta ley se cargó un impuesto del 2,5 % sobre todas las cuentas bancarias, depósitos, etc. La aplicación del ushr (diezmo) supuso un cargo del 5 % sobre la producción agrícola. La mayoría de estos fondos “islámicos” sirvieron para financiar las madrazas (escuelas coránicas) cuya ideología se adaptaba a los intereses de Zia-ul-Haq. Y los pobres siguieron siendo pobres. Un cine desvencijado en un barrio marginal de Rawalpindi recuerda la prohibición de las películas indias desde 1965, a raíz del conflicto entre Pakistán e India

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por la región de Cachemira. La calidad de las películas de Lolliwood (de Lahore, Pakistán), muy inferior a las de Bollywood (de Mumbai, India), ha generado un floreciente mercado de DVD piratas. La televisión privada emite películas de Bollywood a todas horas pese a la prohibición expresa del gobierno. En muchas bodas se proyecta la escena nupcial de la actriz Aishwarya Rai en Hum Dil De Chuke, una cinta que despierta pasiones. Y por fin, visto lo visto, en 2008 el CBFC (panel central de censores de cine) dio luz verde, con restricciones, a la fiesta de Bollywood. El mundo fantástico del cine, con mujeres de misteriosa y exótica belleza, hombres aguerridos y apuestos, amores idílicos y bailes de insinuante sensualidad, actúa de revulsivo contra el deprimente estado del país. Un curioso guiño a la libertad y a las pasiones ocultas. Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Fuji Sensia 100 El conocimiento de un país permite aprovechar situaciones que de otro modo pasarían desapercibidas. Antes, durante y después de los viajes leo artículos sobre los temas más variados: religión, sociedad, política, historia, costumbres, cine, arte, arquitectura... Y siempre trato de hablar con la gente; en sus palabras y en su comportamiento se encuentra la verdadera idiosincrasia del pueblo.


Peshawar, Jaiber Pastunjuá, Pakistán (2004) Me resulta difícil conciliar la fascinación por un país y la hospitalidad de su gente con un sistema que subyuga a la mujer y la aparta de todo papel social y cultural relevante. Las prácticas injustas y vejatorias hacia la mujer no figuran en el Corán; son una interpretación arbitraria, distorsionada por las mentes radicales que buscan la “pureza” y la “integridad” del pueblo. Miles de mujeres sufren cada día en silencio. Quemadas con fuego y ácido. Apaleadas. Fustigadas. Violadas... Muchas mueren porque sus maridos, sus dueños, no permiten que vayan a un hospital. El desamparo de la mujer queda subrayado por la necesidad de tener un testigo para que su palabra adquiera cierto valor. En 1984, el gobierno del general golpista Zia-ul-Haq promulgó una enmienda de la Ley de Evidencia (todavía vigente), según la cual, en caso de violación, la mujer ha de aportar cuatro testigos para no ser acusada de adulterio (zina) e ir a la cárcel o recibir un castigo ejemplar. Todavía hoy, en el siglo XXI, muchas mujeres son asesinadas en nombre del honor por familiares directos. En los pueblos y las ciudades pequeñas la vida gira en torno al bazar. Solo los hombres atienden al público, incluso en el meena bazar (mercado de artículos femeninos). Es el único lugar al que pueden acudir las mujeres para socializar y pasar el rato. El burka se convierte en su aliado, otorgándoles el alivio de la invisibilidad. Nadie las reconoce, nadie las mira, nadie las critica. Un día salí a dar una vuelta por el bazar para conocer un poco la sociedad y la cultura del pueblo. Cada pocos minutos alguien me saludaba y me invitaba a hablar y a tomar un té. Algunas preguntas habituales: “¿Viniste en avión?, ¿Cuánto cuesta el billete?, ¿En tu país puedes hablar con las mujeres?, ¿Es cierto que en las discotecas puedes elegir la mujer que quieras?...” Años después de tomar esta fotografía, el 28 de octubre de 2009, un grupo radical hizo estallar un coche bomba en el meena bazar que se ve en esta fotografía. Los integristas habían advertido a los comerciantes de que no vendieran cosméticos ni expusieran maniquíes con la figura femenina. Murieron 137 personas y hubo 250 heridos. Pentax LX; 50 mm 1:1.7; Fuji Sensia 100

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Rupal, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) El trabajo infantil es necesario para la subsistencia de muchas familias, pero también resulta devastador para el progreso de las zonas rurales. Este niño, como todos los de su comunidad, ayuda a sus padres en las labores del campo y del hogar, lo cual no significa que lo exploten o lo maltraten. Por supuesto, no podemos pasar por alto el perjuicio que provoca en la salud de los niños el trabajo físico intenso, ni tampoco las causas que conducen a esta injusta situación. Pero más grave que la necesidad de trabajar para vivir es la falta de medicinas, de médicos y de hospitales. Muchos niños y adultos débiles pierden la vida a causa de una herida que se infecta, una disentería u otras muchas enfermedades que en Occidente no revisten gravedad y pasan desapercibidas. En el otro lado del mundo tendemos a interpretar y a juzgar a las sociedades pobres desde la óptica de la riqueza. Pentax LX; 90 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100

“En los países pobres hay muchos niños, pero poca infancia”

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Rupal, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) Durante los meses de verano, en las aldeas de montaña niños y niñas caminan varias horas para asistir a la escuela. Estudian en aulas separadas y tienen profesores distintos. El resto del día ayudan a sus padres en las labores del campo y del hogar. La pobreza, la tradición y los matrimonios tempranos son la causa del elevado índice de analfabetismo entre las mujeres, que supera el 70 %, frente al 40 % entre los hombres. La enseñanza en las escuelas públicas y religiosas es arcaica y de una calidad más que cuestionable. Los textos de filosofía y lógica son de los siglos XIII al XIX; el temario sobre patología y anatomía fue escrito en el siglo XI por el médico y filósofo persa Avicena (980-1037); los libros de astronomía y matemáticas se escribieron entre los siglos XIV y XVIII. El contenido de las asignaturas se manipula para adaptarlo a la ideología de la escuela. Los libros de texto dicen cosas como: “La gente de África rogó a los musulmanes que invadieran sus tierras para salvarlos de la tiranía de los cristianos.”; “Los hindúes hicieron planes para esclavizar a los musulmanes.”; “Los hindúes y los sijs mataron a los musulmanes allí donde eran una minoría. Quemaron sus casas y los obligaron a emigrar a Pakistán.”; “Los musulmanes trataron a los hindúes con justicia, pero los hindúes se revelaban a la más mínima oportunidad.” El hermetismo, el poder y el miedo conducen a que en las madrazas se produzcan abusos físicos y sexuales, aunque cada vez son más denunciados. (Datos obtenidos del libro Pakistán, de Ana Ballesteros.) Pentax LX; 50 mm 1:1.7; Fuji Sensia 100

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Latobah, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) —Yo vivo en esas casas de ahí. Están sucias y son pequeñas [de piedra, con techos de madera y suelo de tierra]. ¿Dónde vives tú? —me pregunta con curiosidad. —En una ciudad grande, en España —le respondo. —¿Australia? —No, Europa. —Europa... Entonces eres muy rico —deduce. Estoy a punto de decir que no, pero antes pienso un momento y me callo. —¿Tienes medicinas? —Sí, algunas tengo. —Es que a mi madre le duele aquí —dice señalando su abdomen. Le doy unas cuantas pastillas de analgésicos, aunque sé que poco solucionarán. —Aquí no hay medicinas, no tenemos dinero para comprar. Tampoco hay médicos. Esta conversación la tuve con Muhammad Ali, el hermano mayor de este niño que juega con un avión de papel y que todavía disfruta de los años de inocencia, ajeno a las incertidumbres que le aguardan. Llantas, neumáticos, muñecas de trapo, tallas en madera y otros juguetes artesanales hacen a los niños tan felices o más que ordenadores, coches eléctricos, zapatillas de

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marca, videojuegos o teléfonos móviles. A lo largo de mis viajes he comprobado que algunos avances tecnológicos generan más necesidad que bienestar. En las zonas tribales la mujer es como un fantasma. Casi no sale de casa, y cuando lo hace va cubierta de pies a cabeza para evitar que cualquier hombre ajeno a la primera línea familiar pueda ver su rostro. En las montañas esta ley no escrita se relaja debido a la necesidad de realizar trabajos físicos. Sin embargo, el contacto visual y de palabra es prácticamente imposible. Recuerdo que un día se me acercó un niño y me pidió crema para su madre. Fui a verla, me miró a los ojos y me mostró sus manos. Había sufrido quemaduras, por suerte no muy graves. La curé con los pocos medicamentos que tenía y me dio las gracias en voz baja. Me hubiese gustado poder hacer algo más. En algunas zonas remotas, en un momento u otro surge la pregunta: “¿Cuánto cuesta el billete de avión hasta tu país?”. “100 dólares”, suelo contestar. Para las personas con ingresos inferiores a un dólar al día es una cantidad enorme de dinero. Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Fuji Sensia 100 Quería captar una imagen que representara el lado alegre de la vida en estas inhóspitas montañas del norte de Pakistán. Una focal angular me permitió retratar una bella escena: el niño jugando con su avión de papel, la yerma tierra donde vive y los picos nevados en la distancia.


Latobah, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) A la una de la madrugada del 3 de julio de 1953, el escalador austriaco Herman Buhl partió en solitario del campo V, a 6.900 metros de altitud. 18 horas más tarde, exhausto, sus pies hollaron la cima del Nanga Parbat, la novena montaña más alta del mundo. Ya de bajada, a las nueve de la noche decidió descansar en una oquedad, quieto y sin saco de dormir, agarrado con una mano a la pared de hielo. Antes del alba, sobre las cuatro de la madrugada, reemprendió el descenso. Agonizando y presa de alucinaciones, tras un esfuerzo titánico por salvar la vida, logró llegar al campo V varias horas más tarde. Culminaba así una lucha iniciada en 1895 por el montañero inglés Albert F. Mummery, que alcanzó casi los 7.000 metros de altitud por la cara Diamir y que murió el 24 de agosto sepultado por una avalancha. 31 hombres habían perdido la vida tratando de ser los primeros en conquistar la novena montaña más alta del mundo. En el campo base, cruces, placas e inscripciones grabadas en piedra recuerdan a los escaladores muertos en busca de un sueño. Cuatro años más tarde, unos días después de ascender el Broad Peak (8.047 metros), Herman Buhl se despeñó mientras trataba de coronar el Chogolisa (7.665 metros) en compañía de Kurt Diemberger. Desapareció en el vacío para siempre.

rio de la condición humana: el afán de superación, de conocimiento, de conquista. Mi intención era mucho más modesta y sin connotaciones épicas: subir un pico de algo más de 7.000 metros de altitud, muy poco frecuentado y al margen de la fiebre de las grandes cumbres. Pero un intenso dolor en el hueco poplíteo, provocado por una antigua lesión en la rodilla, me obligó a descansar en este campamento a los pies del Nanga Parbat, que se alza sobre mi tienda iluminado por la tenue luz de la Luna. Esos días, centrados en el reposo, la lectura y el contacto con la gente del lugar, fueron los más relajantes de todo el viaje. Un placer para los sentidos. Pentax LX; 20-35 mm 1:4; Fuji Sensia 100; 60 min.; f/4 La luz del Sol se refleja en la Luna, a 384.000 kilómetros de distancia media, e ilumina la Tierra con una intensidad 100.000 veces menor que durante el día. A lo largo de una hora la película capta el movimiento de la Tierra alrededor de su eje. Para conseguir una exposición correcta se puede empezar con 6 minutos a f/4 y 100 ISO (luna llena) o 3 minutos a f/4 y 100 ISO (paisaje nevado, luna llena). Esta escena se registró en su mayor parte sin luna, de ahí que el tiempo de exposición fuera tan largo. Con película se debe tener en cuenta el fallo de reciprocidad. En fotografía digital la reciprocidad se mantiene, por lo que el cálculo es mucho más sencillo.

Cuando un periodista le preguntó a George Mallory por qué quería subir al Everest, contestó: “Porque está ahí”. Una respuesta simple que resume un aspecto definito-

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Astor, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) Astor es un pueblo de montaña situado a 2.450 metros de altitud, próximo a la región de Azad Cachemira. Se accede desde Gilgit por una tortuosa pista de tierra llena de agujeros. Esta zona vivió una época convulsa durante el Gran Juego, cuando británicos y rusos se disputaban el control estratégico de Asia Central. Aquí todo el mundo habla shina, y casi nadie inglés ni urdu, la lengua oficial de Pakistán, que se impuso tras la partición (1947) a pesar de que lo hablaba menos del 7 % de la población. Después de recorrer el pueblo y comprar provisiones en el bazar nos dirigimos hacia el remoto y agreste altiplano de Deosai, donde el paisaje me recuerda a las extensas y frías llanuras del Tíbet. Leica M7; 50 mm 1:2; Agfa Scala 200X

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Páginas 130-135

Deosai, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) Este desolado, frío y yermo altiplano es el hogar temporal de los gujjar, nómadas pakistaníes de origen indio. Durante los meses de mayo y junio conducen sus rebaños de ovejas, cabras, búfalos y caballos hacia los prados altos en los territorios del norte. En esta comunidad la mujer desempeña un papel social además de familiar, y no debe protegerse de la mirada ni del contacto de los hombres ajenos a su familia directa. El mejor regalo que me llevé de este pueblo sin tierra fue su extraordinaria hospitalidad. Apenas tienen nada, pero no dudaron en compartir conmigo sus tiendas, su té y su preciado azúcar. En el mosaico de las páginas 8-9 se me puede ver con un gorro típico gujjar que compré a una mujer. Desde hace siglos, los gujjar regresan a los valles en invierno antes de las primeras nevadas. Pero a causa de la actividad militar en esta zona fronteriza, la mayoría de las tribus nómadas han abandonado la trashumancia, lo que poco a poco acabará con su cultura y su estilo de vida. Los guerrilleros cachemires que patrullan esta zona montañosa amenazan a las comunidades nómadas y les roban cabezas de ganado y leche. Las fuerzas de seguridad del gobierno pakistaní interrogan a la gente a punta de pistola para conocer el paradero de la insurgencia. Si les proporcionan cualquier información corren el riesgo de morir a manos de los guerrilleros. Los gujjar se encuentran entre la espada y la pared, acosados por unos y otros, en medio de una lucha en la que no participan. 130-132 Leica M7; 50 mm 1:2; Agfa Scala 200X 133-135 Pentax LX; 50 mm 1:1.7; Fuji Sensia 100

El enfoque selectivo es un recurso muy eficaz para centrar la atención en un plano. Cuando miramos una escena a simple vista todos los elementos se ven con la misma nitidez. El cerebro decide cuáles son importantes y cuáles no, dando prioridad a unos sobre otros. Para copiar esta habilidad del sistema visual podemos cerrar o abrir el diafragma del objetivo, aumentar o reducir la distancia al sujeto, o bien elegir una focal corta o larga. Cuanto mayor es el sensor de la cámara, más efectivo resulta el control de la profundidad de campo y más se aprecia la diferencia de nitidez entre las zonas enfocadas y desenfocadas.

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Shimshal, valle de Hunza, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) En el remoto pueblo de Shimshal nos alojamos en la casa de una familia wakhi. Una y otra vez compruebo que las bondades del ser humano se manifiestan en sociedades sencillas, basadas en la subsistencia. Agricultores, ganaderos, mecánicos, pastores, niños, hombres, mujeres..., más de 80.000 personas murieron en el terremoto que asoló Cachemira y Jaiber Pastunjuá el 8 de octubre de 2005. Hubo más de tres millones de afectados, muchos de los cuales nunca recibieron la ayuda que necesitaban. El interés de los medios de comunicación duró poco tiempo. Ahora ya casi nadie se acuerda de ellos. Más de un año después de mi viaje por Pakistán, Akhtar Hussain, una excelente persona y guía de montaña, me escribe: “Dear Paco. Hi, how are u sir ? here is Akhtar from Pak. ...so please write me if you have time really u are so great person i naver for get the time and your nice shoe always i wear them thanks of them.so take care. all the best, Akhtar.”

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En agosto de 2010, las inundaciones más devastadoras en la historia de Pakistán dejaron a su paso más de 20 millones de damnificados. La corrupción galopante del gobierno, las turbias alianzas con los talibanes y el desinterés general de Occidente por uno de tantos desastres que suceden lejos, muy lejos de casa, condujeron al abandono de los pobres entre los pobres. Las breves, precisas y contundentes palabras del Secretario General de la ONU, Ban Ki Mun, pidiendo ayuda urgente para “el peor desastre que han visto mis ojos”, apenas arrancaron una pequeña parte de todo lo que se necesitaba. Leica M7; 50 mm 1:2; Fuji Provia 400F La regla general para obtener fotografías nítidas de sujetos estáticos es disparar a una velocidad igual o superior a la distancia focal del objetivo (28 mm - 1/30 s; 50 mm - 1/60 s, etc.). No obstante, a veces es preferible captar una imagen ligeramente movida a no captarla. La escasa luz que se filtraba por la puerta me obligó a ajustar una velocidad muy baja, 1/30 s (objetivo de 50 mm y 400 ISO). La fotografía no tiene suficiente profundidad de campo y le falta algo de nitidez, pero creo que logra comunicar de forma exquisita la atmósfera de esta entrañable escena familiar.


Shimshal, valle de Hunza, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004) Dos niños, creo que hermanos, se abrazan con una entrañable demostración de cariño que encarna la importancia de las relaciones sociales. La endogamia, habitual en sociedades recluidas, conduce al nacimiento de algunos niños con defectos genéticos, como el hijo pequeño de esta mujer. Una leyenda defiende que el color claro de la piel y el cabello y el azul de los ojos de algunas personas (en Pakistán, Afganistán y Tayikistán) son rasgos heredados de los soldados de Alejandro Magno (“Sikander”). Otra posiblidad, más plausible, es que provengan de China occidental y Mongolia, donde se han descubierto restos humanos con el pelo rojizo de 4.000 años de antigüedad (la extrema sequedad del ambiente los ha preservado del paso del tiempo). Los habitantes de esta zona, descendientes de pastores nómadas afganos del corredor de Wakhan, hablan un dialecto del persa, y desde el siglo XIX son musulmanes ismaelitas, una secta chií que observa un islam moderado y tolerante. Viven en las remotas y aisladas montañas de Hunza, en la cordillera del Karakorum. Hace unos años era necesario caminar 25 kilómetros por tortuosos caminos para llegar a la carretera, por la que discurría uno de los muchos y difusos ramales de la antigua Ruta de la seda. Hoy, una angosta pista de tierra con precarios puentes colgantes de madera y flanqueada por barrancos de vértigo, facilita el intercambio con el mundo exterior. Por el camino vi varias camionetas retorcidas en el fondo del precipicio, oxidadas por el paso del tiempo. En el siglo XIX, las montañas que rodean Shimshal fueron testigo de un emocionante episodio del Gran Juego: Grupos de bandidos utilizaban un paso secreto de montaña para saquear las caravanas de los comerciantes que recorrían el solitario camino entre Leh y Yarkanda. En Calcuta se decidió que era imperativo encontrar ese paso, no solo para evitar el robo de los bienes británicos, sino también para proteger la India de una eventual invasión de las tropas rusas. En el verano de 1889, Francis Younghusband recibió la orden de buscar ese camino oculto. “El juego ha empezado”, escribió el coronel Durand en Gilgit.

Desde Leh, Younghusband y sus hombres tardaron 15 días en llegar a la remota aldea de Shahidula. Sus habitantes le dijeron que en el paso de Shimshal había una fortaleza custodiada por bandidos. El propio jefe de la aldea los condujo por estrechas y empinadas sendas hasta que pudieron divisar la guarida de los saqueadores, a 4.735 metros de altitud. El encuentro casi desemboca en una matanza, pero extrañamente, al cabo de un rato, Younghusband, sus seis gurkas (guerreros indios de origen nepalí) y los bandidos estaban compartiendo té y cigarros, riendo y charlando como grandes amigos. Younghusband no tardó en sospechar que los bandidos recibían órdenes y que no tenían más remedio que cumplirlas. Al día siguiente, escoltados por siete de sus nuevos amigos, partieron de la fortaleza. Al cabo de unos 15 kilómetros se encontraron con un emisario del soberano de Hunza. Llevaba una carta dirigida a Younghusband, en la que Safdar Ali expresaba su deseo de recibirle. Días más tarde, Younghusband conoció al hombre que no había dudado en matar a sus padres y a sus dos hermanos para acceder al trono, y que desde hacía años ordenaba los asaltos, secuestros y asesinatos que sufrían los comerciantes. Safdar Ali no mostró ningún temor ante las advertencias de Younghusband, pues creía que la reina de Inglaterra, el zar de Rusia y el emperador de China no eran más que jefes de tribus vecinas, con un poder muy inferior al suyo. Para demostrar la superioridad de su ejército, Younghusband ordenó a los gurkas disparar sobre una roca situada a unos 600 metros de distancia. Las seis balas dieron en el blanco, pero Ali no se inmutó. A lo lejos, un hombre descendía hacia el valle por una escarpada senda tallada en un risco. “Que le disparen”, dijo Ali. Younghusband contestó que no podían hacerlo porque probablemente acertarían. “¿Y qué importa si le dan? Ese hombre me pertenece”, respondió Ali. A mediados de diciembre de 1891, tras varias batallas sangrientas, las tropas británicas de Durand conquistaron el reino de Hunza. Pero Safdar Ali logró escapar, refugiándose en Xinjiang, China. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100

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Camino hacia Tingri, Tíbet (2003) Desde lejos es fácil caer en una visión idealizada del país. Pero arañando bajo la superficie se descubre una realidad fría y directa: casi la mitad de los niños sufren problemas graves de desnutrición; en las zonas nómadas la mortalidad infantil se acerca al 20 %; los campesinos no tienen acceso a la sanidad más elemental. Según las autoridades chinas ha sido necesario recluir a los nómadas tibetanos en campos de reasentamiento para evitar la degradación del suelo. Entre cuatro paredes, sobre una tierra yerma que no permite apacentar el ganado, muchos caen en la depresión y el alcohol. Unos pocos periodistas han arriesgado sus vidas para informar al mundo de esta práctica genocida, pero la noticia apenas ha llegado al gran público. El niño que aparece en esta fotografía vive ajeno a las miserias que ha sufrido su pueblo a lo largo de la historia, y muy probablemente ignora que el Tíbet ya no es el Tíbet de sus antepasados. Pentax LX; 50 mm 1:1.7; Fuji Sensia 100

“Lo más revelador de un hombre es aquello que le asusta”


Hacia el monasterio Ngor, Tíbet (2003) Durante una excursión al monasterio Ngor, en un collado aparece un niño. Nos saludamos, sonríe. Le pregunto si me puede enseñar cómo usa la honda que lleva en una mano. Coloca una piedra pequeña en la cesta, hace girar la honda a toda velocidad, suelta un extremo y da a una oveja en un costado. La oveja echa a correr en la dirección contraria. Al cabo de un rato aparecen varios amigos suyos (niños y niñas), cada uno con su propia honda, que fabrican con hebras trenzadas de lana de oveja y pelo de yak. Sin apenas apuntar aciertan en el blanco una y otra vez. La alegría y la despreocupación de estos niños pastores no se aprecian en el semblante de esta niña. Creo que su mirada refleja la naturaleza íntima de su vida; es uno de esos momentos fugaces que suelen pasar desapercibidos. La identidad tibetana, que se ha transmitido de generación en generación a lo largo de los siglos, está condenada a desaparecer. En su máximo apogeo, en el siglo VIII, la población del Tíbet llegó a tener 40 millones de habitantes. En el año 763, bajo el reinado del emperador Trisong Detsen, el ejército tibetano entró en China e invadió Xi’an, donde descansan los famosos 7.000 guerreros de terracota del emperador Qin Shi Huang. Hoy, en la región autónoma del Tíbet viven menos de dos millones de tibetanos. El gobierno incentiva la emigración de personas de etnia han (mayoritaria en China) para borrar del mapa a los pobladores originarios. Los ciudadanos chinos que deciden trasladarse a esta tierra de oportunidades reciben exenciones fiscales, ayudas económicas y pueden tener más hijos. Un problema similar sufre la etnia uigur, de credo musulmán, en la provincia de Xinjiang. Esta estrategia, heredada de la Unión Soviética de Iósif Stalin, ha demostrado ser silenciosa y efectiva. Las revueltas de 2009 devolvieron al presente un conflicto que permanecía en el olvido. Lo que no se conoce, no existe. Pentax LX; 90 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100


Monasterio Phabongka, Tíbet (2003) Durante la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976), el gobierno chino arrasó más de 6.000 templos para aniquilar la resistencia moral del pueblo. Algunos se han reconstruido, pero la herencia cultural que aporta la historia se perdió para siempre. La mayoría de los templos budistas originales no se encuentran en el Tíbet, sino en Ladakh y Sikkim (India), Bután y el antiguo reino de Mustang (Nepal). En esos días se cometieron actos cuyo recuerdo provoca una dolorosa punzada en el alma. Las fotografías de Li-Zhensheng son el único registro visual que se conoce. Bajo el manto protector de Mao Zedong su cámara captó arrestos, humillaciones y torturas. Decenas de miles de jóvenes se unieron a los Guardias Rojos. Muchos niños denunciaron a sus padres y a sus profesores, alumbrados por la llama del patriotismo idólatra. Li cayó víctima de las intrigas políticas y fue deportado a una zona desolada de China durante dos años. Arriesgando su propia vida escondió todos los negativos bajo las baldosas del suelo de su casa. A partir de 1999, Li-Zhensheng llevó unos 30.000 sobres desde China a las oficinas de Contact Press Images en Nueva York. En cada uno de esos sobres de papel marrón había un negativo, una instantánea que daba voz a la vergonzosa época de la Revolución Cultural de Mao. Esas imágenes, tanto tiempo a oscuras y en silencio, son hoy un testimonio aterrador para el mundo. En marzo de 2008 se produjeron las mayores revueltas tibetanas desde 1989. El gobierno reprimió con brutalidad las manifestaciones. Grupos aislados de tibetanos protagonizaron un violento pogromo sobre la comunidad china en Lhasa. La mayoría de las fotografías de este triste episodio de la historia se tomaron con teléfonos móviles y se transmitieron a todo el mundo a través de internet. 40 años después de la Gran Revolución Cultural nadie tuvo que ocultar negativos bajo el suelo de su casa. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Provia 400F


Sala de las velas, Jokhang, Lhasa, Tíbet (2003) En la sala de las velas, próxima al templo de Jokhang, los devotos budistas expresan sus oraciones a través del fuego. La estancia, oscura, sofocante y sin apenas ventilación, emana un olor acre y denso procedente de la mantequilla de dri (hembra del yak) que usan como combustible. Un día visitamos un monasterio de monjas enclavado a 4.300 metros de altitud, lejos de las rutas turísticas habituales (siguiente fotografía). Nos ofrecieron té tibetano (po cha), un brebaje espeso, grasiento y salado que constituye la base de la alimentación en las zonas rurales. La misma mantequilla que consume el fuego de las velas es el componente fundamental del po cha. Los tibetanos suelen beber hasta 60 tazas al día. Con mucho esfuerzo, a sorbos rápidos y aguantando la respiración, logré beber una taza. Nada más dejarla en la mesa, satisfecho por no haber defraudado la hospitalidad local, una monja muy amable la volvió a llenar, hasta arriba. Años más tarde, en Tayikistán, una bebida muy similar aunque de sabor menos terrible, me trajo a la memoria este momento con una viveza extraordinaria. Una dieta tan descompensada y rica en grasas saturadas provoca graves problemas de salud, que pocas veces se solucionan debido a la falta de recursos económicos de la población y a la escasez de hospitales. Ricoh GR1s; 28 mm 1:2.8; Fuji Provia 400F


Camino hacia Shekar, Tíbet (2003) Con la maza que lleva en las manos, este niño golpea los terrones de tierra más grandes para facilitar la absorción del agua y el brote de las semillas de cebada. Él, como muchos otros niños en el mundo, vive una infancia dura, a veces feliz y otras no tanto. Desde tiempos que se pierden en la historia, el pueblo tibetano vive de la tierra: una existencia sencilla, dura y sacrificada que empezó a cambiar cuando un mundo hasta entonces casi desconocido rompió su aislamiento. Así fue la gloriosa expedición del imperio británico: A principios del siglo XX, las relaciones entre San Petersburgo y Lhasa eran demasiado estrechas para Gran Bretaña. Después de varias tentativas fallidas para reunirse con el dalái lama, el Raj británico de la India decidió enviar una misión armada a Gyantze. El oficial político elegido por Curzon, virrey de la India, fue el coronel Francis Younghusband. La expedición, compuesta por 1.000 soldados, 10.000 coolies, 7.000 mulas, 4.000 yaks y seis camellos, cruzó la frontera con el Tíbet el 12 de diciembre de 1903. El último movimiento del Gran Juego sería uno de los episodios más ignominiosos en la historia de Gran Bretaña. Un grupo de monjes y 1.500 guerreros tibetanos se dirigieron hacia Guru para hacer frente al ejército invasor. Iban armados con mosquetes de mecha y amuletos

sagrados, y cada uno llevaba el sello personal del dalái lama, que según les habían prometido sus sacerdotes los haría invulnerables a las balas del enemigo. Cuando ambas expediciones se encontraron, el inepto general de brigada James McDonald ordenó a los sepoys (tropas nativas indias) desarmar al enemigo. Viéndose derrotado, y temiendo el brutal castigo de Lhasa, el jefe de los guerreros tibetanos sacó un revólver de debajo de su túnica y golpeó en la mandíbula al sepoy que tenía más cerca. En pocos minutos 700 hombres yacían muertos o moribundos en el suelo, abatidos por el fuego indiscriminado de gurkas y sijs. “Fue una escena terrible, espantosa”, escribió Younghusband. El fuego continuó mientras monjes y guerreros huían por la estepa. Un subalterno a cargo de las ametralladoras escribió en una carta a sus padres: “Espero no volver a disparar nunca más a un grupo de hombres huyendo”. Un tibetano que había perdido ambas piernas bromeó con los médicos que le atendían: “La próxima vez seré un héroe, pues nunca más podré escapar”. La fiera resistencia de los tibetanos alteró los planes de Curzon. Ahora avanzarían hasta Lhasa para hacer entrar en razón al dalái lama. El 2 de agosto de 1904, después de varias masacres, la expedición británica divisó a lo lejos la ciudad sagrada del budismo. Younghusband se volvió en su silla hacia el oficial de inteligencia y le dijo: “Bueno, O’Conor, ahí está, por fin”. Al día siguiente entraron en Lhasa acompañados por un pequeño séquito, todos vestidos de gala. Pentax LX; 90 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100


Tierra de nadie, Gorno-Badajshán, Afganistán-Tayikistán (2011) Cada sábado, a unos cuatro kilómetros de Ishkashim, en el valle de Wakhan, se abre la frontera para celebrar el mercado semanal, donde afganos y tayikos venden y compran todo tipo de productos. El misterio y el exotismo de la antigua Ruta de la seda han dado paso a un comercio adaptado a las necesidades de la gente en el siglo XXI. En el bazar se mezclan productos tradicionales de factura artesanal con otros de muy baja calidad procedentes de China. Se trata de un encuentro entre dos pueblos que comparten la misma lengua y en muchos casos la misma procedencia. En estas tierras sin ley, a finales del siglo XIX, algunos emires afganos ordenaban asediar, esclavizar y robar a los campesinos tayikos. Según relata el capitán Ralph Cobbold, que recorrió el Pamir entre 1897 y 1898, cuando los afganos abandonaban los valles a lo largo del río Oxus no quedaba ninguna mujer tayika virgen. Para librarse de la opresión afgana, muchos pueblos rogaban a los oficiales y exploradores rusos que los acogieran bajo la bondadosa protección del zar, en aquel entonces el erudito, reservado e inexperto Nikolái Aleksándrovich Románov (Nicolás II). Las manipulaciones de sus tíos y el Káiser Guillermo de Alemania, la estrecha amistad de la zarina Alexandra con el ladino Grigori Yefimovich Rasputín, y el desastre de la Primera Guerra Mundial precipitaron el trágico desenlace de los Románov, sellado por la negativa de asilo de Inglaterra y Francia. El 20 de marzo de 1917, Nicolás II abdicó en Kérenski. En octubre triunfó la Segunda Revolución rusa y los bolcheviques de Lenin derrocaron al gobierno moderado de Kérenski. El 16 de julio el Sóviet de los Urales ordenó a un escuadrón de la Cheka acabar con la familia Románov. Bajo el pretexto de que se los iba a trasla-

dar por su seguridad, fueron conducidos a una habitación de la planta baja, forrada de madera para que las balas no rebotaran. Yákov Yurovski, jefe del escuadrón, se reservó el placer de disparar a Nicolái y a su esposa Alexandra. El resto de los asesinos dispararon a las hijas, y luego, viendo que no habían muerto (las piedras preciosas que habían cosido en el interior de sus vestidos frenaron las balas), las atravesaron con sus bayonetas. El niño, Alexei, sobrevivió a la primera descarga y fue rematado por Yurovski con dos tiros en la cabeza. Ese día fueron asesinadas doce personas y un perro, la mascota del zarevich. Según el relato de Piotr Yermakov, “cuando sacamos los cuerpos para cargarlos en el camión que esperaba fuera, una o más muchachas empezaron a llorar y las rematamos a golpes en la cabeza”. El imperio comunista de los sóviets, iniciado por Vladimir Ilyich Lenin, fue una época terrible para el pueblo tayiko. Algunos de los exploradores rusos más sobresalientes del Pamir, como el coronel Bronislav Ludwigovich Grombchevsky, cayeron en desgracia tras la muerte del zar y acabaron sus días en la miseria o en los temibles gulags de la nueva Unión Soviética. Otros muchos se diluyeron en el caprichoso filtro de la historia. El valor y la determinación de Alexei Pavlovich y Olga Alexandrovna Fedchenko, y sus importantes contribuciones científicas, deberían figurar en todos los libros de historia, pero casi nadie los conoce. El glaciar de montaña más largo del mundo (77 km), en Tayikistán, fue bautizado con el nombre de Fedchenko por su amigo Vasily Fedorovich Oshanin, un bello homenaje a estos dos grandes exploradores. Panasonic GF1 (sensor 4/3); 14-45 mm 1:3.5-5.6


Tierra de nadie, Gorno-Badajshán, Afganistán-Tayikistán (2011) Nunca había dado la mano a una persona con la piel tan áspera y dura. Parecía de cuero curtido. En el corredor de Wakhan las infraestructuras son muy precarias o inexistentes. Los medios de transporte más habituales son el burro y el caballo, aunque por los caminos más difíciles -estrechísimas sendas talladas en la roca y precarias pasarelas de troncos y ramas- solo se puede pasar a pie. Esos caminos vertiginosos siguen siendo los mismos que encontraron los exploradores británicos y rusos a finales del siglo XIX. Entre 1917 y 1930, más de medio millón de tayikos cruzaron el río Oxus hacia Afganistán para escapar de las guerras, las hambrunas y la opresión política de los sóviets. Según relata Gul Muhamad, “Los rusos nos robaron nuestras casas y nuestras tierras. No tuvimos otro remedio que marchar. Entonces yo tenía cinco o seis años. Con varias pieles de vaca los mayores construyeron una balsa, y por la noche cruzamos el río. Cuando salió el Lucero del alba ya estábamos en Afganistán”. (Relato de Monica Whitlock, en Tajikistan and the High Pamirs, de Robert Middleton y Huw Thomas.) En 1979 los tanques soviéticos cruzaron el río Oxus hacia Afganistán. Una vez más, los emigrantes tayikos tuvieron que dejar sus casas y huir de los bombardeos

enemigos. Muchos se dirigieron a Pakistán, donde se establecieron en campos de refugiados junto a cientos de miles de afganos. En junio de 1984, en el campo de refugiados Nasir Bagh, cerca de la ciudad de Peshawar, Steve McCurry inmortalizó en un emotivo retrato a Sharbat Gula, la “Niña afgana”. Un año después, las páginas de National Geographic dieron a conocer al gran público uno de los muchos desastres humanitarios que avergüenzan al mundo. Años más tarde, algunos refugiados regresaron a Afganistán, solo para volver a huir cuando los talibanes se hicieron con el poder en 1997. Entre los tayikos, muy pocos volvieron a su tierra natal. Uno de ellos fue Nurullah, amigo de Gul Muhamad. Tenía tres años cuando cruzó el río y era un anciano el día que volvió a pisar Tayikistán tras la caída de la Unión Soviética. “Fue maravilloso, incluso el heno parecía de oro”, recuerda. Panasonic GF1 (sensor 4/3); 14-45 mm 1:3.5-5.6 En la composición de una fotografía, además de lo que se incluye hay que tener muy en cuenta lo que se decide excluir. Cuando se observa una escena a simple vista el cerebro “elimina” todo aquello que no es relevante. Sin embargo, en una fotografía lo inútil puede resultar más visible que lo útil. Por ello, antes de pulsar el disparador es importante decidir cómo nos gustaría representar a la persona que tenemos delante.


Wakhan, Gorno-Badajshán, Tayikistán (2011) Las imponentes montañas del corredor de Wakhan, una estrecha franja de tierra que ingleses y rusos ofrecieron a Afganistán para evitar el contacto entre la India británica y la Rusia zarista, son un excelente marco para la siguiente historia: Año 1839. A finales de otoño, 5.200 hombres y 10.000 camellos emprendieron un largo viaje entre Oremburgo y Jiva, 1.600 kilómetros al sur. El ejército ruso pretendía atravesar la estepa de Asia Central para frenar el avance del imperio británico hacia el norte del río Oxus, aunque oficialmente su propósito era liberar a los varios miles de esclavos rusos que los traficantes turcomanos habían vendido a Nadir Shah, khan de Jiva. El tráfico de esclavos era una práctica tan común que en ocasiones un hombre se veía obligado a comprar a su mujer a un traficante, que previamente la había secuestrado para venderla en un mercado. El general Perovski no eligió el invierno por capricho, sino para evitar el sofocante calor del verano y disponer de agua suficiente para la tropa. Los espías del khan no tardaron en anunciar a su soberano que un ejército de más de 100.000 hombres (multiplicaron por diez el número real) se dirigía hacia su territorio con el propósito de conquistarlo. Nadir Shah, desesperado, pidió ayuda a los británicos, que vieron una oportunidad de oro para ampliar su esfera de influencia y evitar el avance ruso hacia la India.

El capitán James Abbott partió hacia Jiva con la delicada misión de liberar a los esclavos rusos, teniendo muy presente que si algo salía mal el gobierno de Gran Bretaña se olvidaría de él, como ya había hecho con sus compatriotas Arthur Conolly y James Stoddart, encerrados en una mazmorra de Bujara. A principios de invierno el frío golpeó con fuerza a los hombres de Perovski. Por la noche se acurrucaban en el interior de las tiendas de fieltro, protegidos del aire helado únicamente con sus abrigos de piel de oveja. En diciembre comenzó a nevar. Incluso los kirguiz no recordaban nevadas tan copiosas en esas fechas. Los camellos morían de hambre y de agotamiento. Sus carcasas, devoradas por lobos y zorros, servían de referencia macabra a las columnas de retaguardia. En enero de 1840 había muerto casi la mitad de los camellos. Cada noche los soldados tenían que buscar raíces bajo la nieve para cocinar y calentarse, despejar amplias zonas para plantar las tiendas y descargar las cajas y bolsas de comida de los camellos. A las dos o las tres de la madrugada comenzaba un nuevo y penoso día. Panasonic GF1 (sensor 4/3); 14-45 mm 1:3.5-5.6; conversión a blanco y negro

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Zorkul, Wakhan, Gorno-Badajshán, Tayikistán (2011) Mientras tomamos plof (arroz con verduras), nan (pan), shir choi, choi (té) y kéfir, aparece el niño que habíamos conocido antes. Al cabo de un rato, la madre y la hija mayor (en esta fotografía) nos ofrecen leche de cabra fermentada, una bebida ligeramente alcohólica, con un sabor curioso que podría llegar a gustarme. Comemos varias veces hasta casi reventar. Luego nos dicen que van a comer ellos. Asentimos y acto seguido nos sirven otro plato rebosante de plof. Los problemas del idioma nos obligan a comer todavía más. Media hora más tarde apagan la lámpara de aceite y nos vamos dormir. Esta familia lleva una existencia tan diferente a la nuestra que resulta difícil hacer comparaciones. Me imagino viviendo aquí, en absoluta comunión con la naturaleza, pero creo que no llegaría a adaptarme. A la mañana siguiente, después de desayunar nan y un brebaje de dudoso paladar, intercambiamos algunos regalos; detalles sencillos pero con un gran valor sentimental. Mi pequeña navaja suiza está ahora en las manos de un pastor tayiko. Nos enseñan fotos de familia y documentos de hace muchos años que guardan en una vieja caja metálica de galletas. Cargados con nan, leche y kéfir nos ponemos en marcha. Un nuevo y apasionante día en nuestro viaje por la estepa del Pamir. Panasonic GF1 (sensor 4/3); 14-45 mm 1:3.5-5.6 Cuando empecé a hacer fotografías mi equipo era pequeño: una cámara y un objetivo. Poco a poco fue creciendo: varios cuerpos, angulares, zooms, teles, filtros, un trípode grande y otro pequeño. Ahora, pasados los años, he vuelto a los inicios, a los placeres del minimalismo: una cámara, un objetivo y un trípode pequeño. La mejor cámara es la que se lleva encima y a mano.

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Zorkul, Wakhan, Gorno-Badajshán, Tayikistán (2011) Después de la independencia de Tayikistán en 1991, estalló una guerra civil que pasó prácticamente desapercibida en Occidente.Casi nadie había oído hablar de este pequeño país de Asia Central, y los pocos medios que trataron el conflicto adoptaron un enfoque simplista y superficial, basado en una lucha entre comunistas y musulmanes fundamentalistas que nada tenía que ver con la realidad. La región del Pamir se vio aislada del mundo. Shah Karim al-Hussayni (Aga Khan IV, líder espiritual de los ismailíes imaníes), a través de la Fundación Aga Khan, alimentó durante años a los pamiris, evitando la muerte por inanición de miles de personas. Este organismo proporciona ayuda a las poblaciones más pobres del mundo, con independencia de su etnia, religión y género. Acabada la guerra, los habitantes de las zonas de montaña que habían sido forzados a emigrar 40 años atrás para cultivar los campos de algodón, fueron perseguidos por su origen. Muchos se vieron obligados a regresar a la tierra donde habían nacido. Panasonic GF1 (sensor 4/3); 14-45 mm 1:3.5-5.6


Pangane, Mozambique (2007) Este chico y sus amigos juegan a fútbol con una pelota fabricada con bolsas de plástico y varios trozos de cordel anudados. No es igual que una pelota de caucho o de cuero, pero produce la misma satisfacción. En los países pobres los desperdicios se aprovechan hasta que realmente ya no sirven para nada. Muy a menudo, la ausencia de medios y la necesidad agudizan la creatividad y el ingenio de las personas. Desde el siglo XI hasta principios del siglo XIX África fue un enorme coto de caza para los europeos, que buscaban mano de obra gratuita para desarrollar su economía. Portugueses y árabes fueron los precursores de este lucrativo negocio. En las crónicas de los conquistadores se encuentran ilustrativas descripciones de los africanos, como esta: “Grandes monos, tan hábiles que bien adiestrados son capaces de ocupar el lugar de un criado”. En una enciclopedia de 1704 se podía leer: “Los africanos (...) son viciosos, salvajes, crueles y muy fuertes, y cada año se venden gran cantidad de ellos como esclavos a los europeos”. La deshumanización del hombre negro sirvió para justificar su esclavitud sin ningún reparo moral. Según Livingstone, cada año se capturaban unas 350.000 personas, de las cuales solo entre una quinta y una décima parte llegaban a su destino. Las expediciones de caza apresaban hombres fuertes y con buena dentadura; mujeres jóvenes y sanas; y niños y niñas que pudieran caminar. Al resto se los asesinaba para no dejar testigos y la aldea se quemaba. Los esclavistas blancos incluso contaban con la ayuda de africanos, que a cambio de dinero apresaban y entregaban a sus compatriotas.

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10 de noviembre de 1871, Ujiji, cerca del lago Tanganika: “El doctor Livingstone, supongo”. Con estas palabras el periodista Henry Morton Stanley saludó al misionero escocés David Livingstone, uno de los grandes exploradores de la historia. Stanley siguió la huella de Livingstone, pero sin la elevada ética de su maestro. El discípulo echó mano de las peores cualidades humanas para someter y expoliar los territorios que “descubría”. Entre otras lindezas, Stanley conquistó la tierra que ahora es el Congo para el sanguinario Leopoldo II de Bélgica, que la convirtió en su coto privado de caza, de animales y de personas. Parafraseando El sueño de África, de Javier Reverte: Muchos de los exploradores y conquistadores más recordados por la historia han sido, en el fondo y en la superficie, asesinos, ególatras y racistas indolentes con delirios de grandeza. Salvo muy pocas excepciones, los “valientes descubridores” del mundo han aniquilado sistemáticamente el medio natural, la fauna y a sus semejantes en un empeño desmedido por engrandecer su fortuna, su fama y su imperio. Richard Francis Burton, el famoso explorador y aventurero británico del siglo XIX, abominaba de las prácticas colonialistas de Occidente. Su visión del mundo se puede resumir en una de sus reflexiones: “África no la descubrieron los occidentales, sino los africanos”. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Ibo, islas Quirimbas, Mozambique (2007) En Mozambique es habitual la presencia de hoteles de lujo junto a barrios de chabolas, donde la gente malvive como puede. El aire acondicionado, las baldosas de mármol, la suntuosa decoración y el eco de las pisadas ocultan la pobreza y el hambre. El corazón se encoje ante toda esa riqueza desmedida. Mozambique es uno de los países con mayor presencia de organizaciones de cooperación internacional. Esta circunstancia ha creado, paradójicamente, una oferta hotelera con precios muy elevados, que no guardan ninguna relación con la calidad ofrecida. “Los extranjeros son ricos; su deber es darnos dinero.” Así piensa casi todo el mundo. Poca gente ve al “blanco” como a una persona; para la mayoría es tan solo una fuente de dólares. El turismo de grupo y de alto poder adquisitivo contribuye a reforzar esta idea.

Un día, mientras daba un relajante paseo por la isla de Ibo, vi una escena curiosa e impactante: un turista alojado en un hotel que costaba 400 dólares la noche, repartía billetes de un dólar entre un grupo de niños desde lo alto de un todo terreno, como si fueran caramelos. Las inundaciones durante la época de lluvias favorecen la proliferación del cólera, que con más de 18.000 casos afecta a casi todas las provincias del país. La inestable situación sanitaria y la falta de hábitos higiénicos incrementan el riesgo de propagación de esta enfermedad. Sin embargo, el panorama es menos grave que en el vecino Zimbawe, donde Robert Mugabe, ajeno a una inflación galopante, al hambre y a la muerte del pueblo, celebra su cumpleaños con caviar, champán y langosta. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100

“—¿Qué haría si una niña estuviera bajo fuego enemigo delante suyo? —f/5,6, enfoque a ojo a unos dos metros” Respuesta de Don McCullin, fotógrafo de guerra


Ibo, islas Quirimbas, Mozambique (2007) Tres niños, descendientes de una generación masacrada por la dictadura portuguesa, posan ante mi cámara. A pesar de que han transcurrido pocos años, es muy probable que desconozcan el infortunio que vivieron sus antepasados. Joao Baptista, de cuerpo enjuto y carácter vivo, tendrá algo más de 70 años. Es uno de los pocos supervivientes de la infame cárcel de Ibo, donde estuvo preso durante la represión política y social del régimen de Antonio Salazar. Según me cuenta, “Uno de los castigos más atroces era encerrar en una celda como esta [de unos 5 x 5 metros] a 100 hombres sin agua ni comida hasta que no quedaba ni uno solo con vida. Yo tuve suerte, sobreviví”. Los presos que morían en Ibo eran enterrados en zonas aledañas a la fortaleza. Pero el hedor de los cadáveres en descomposición hizo que se adoptara otra táctica más efectiva: embarcar a los prisioneros y lanzarlos vivos al mar. En 1974, en memoria de los hombres que fueron asesinados, se plantaron palmeras alrededor de la fortaleza. Pasados los años, ondean al viento en recuerdo de las víctimas. En los albores del siglo XXI, Mozambique es un país destrozado por la guerra, pero pacífico y con una infraestructura turística en constante crecimiento. Lo más asombroso es que no haya rencor social, o al menos que no se perciba en la superficie. La gente no habla de aquellos años negros llenos de sangre, rabia, odio y violencia. Un día le pregunto a un taxista a qué partido piensa votar. —A la RENAMO, claro —contesta. —¿Por qué? Durante la guerra civil mataron a muchas personas sólo porque

sabían leer —le digo, suponiendo que desconocía ese dato. —Pero eso fue hace mucho tiempo —sentencia. Los niños de hoy, nietos de aquella generación, tendrán que construir el futuro de Mozambique. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100

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Ibo, islas Quirimbas, Mozambique (2007) La madre de esta niña me pregunta si le puedo dar algo para ayudar a su hija. —No camina, hace mucho tiempo, mucho —me dice. Le descubre las piernas y veo que las tiene deformadas a causa de la poliomielitis. Siento una pena muy profunda, se me encoge el corazón. —¿La llevaste a un hospital? —No, no tengo dinero. Pero el problema no fue el dinero, porque las vacunas y la asistencia médica son gratuitas en Mozambique. Fue la falta de cultura, el caos social, la corrupción, la herencia de la guerra. La miré a los ojos, tristes, apagados, y me pregunté si tenía derecho a retratarla. Sonrió, invitándome a que levantara la cámara, como había hecho ante su madre y sus hermanas. Me dio la impresión de que no se sentía digna de que un extranjero la inmortalizara en una fotografía. Contax T3; 35 mm 1:2.8; Fuji Sensia 100

“Nada conmueve más el alma que mirar a los ojos del que sufre”


De Nampula a Gurúè, Mozambique (2007) Después de una noche intranquila, a las cinco de la madrugada llega la chapa (furgoneta). Todavía a oscuras me subo a la caja para pasajeros, que en pocos minutos se llena hasta los topes: gente, pollos, carbón, leña, comida, bolsas, sacos y cacerolas. Voy sentado sobre un tablón de madera, agarrado a una barra para no salir despedido. Por el camino compro una caña de azúcar enorme para refrescarme un poco. A ambos lados de la pista hay gente que circula a pie y en bicicleta transportando todo tipo de cosas. Cuando un vehículo se estropea, algo muy habitual, en pocos minutos aparecen vendedores de no sé dónde y comienza la fiesta: fruta, carbón, pollos, bolsas con agua y refrescos... En pocos minutos la mercancía cambia de manos. Mientras tanto, el conductor y varios voluntarios tienden sobre el suelo ramas con hojas para indicar que el vehículo está estropeado. Botando como una pelota por pistas de arena llenas de agujeros, al cabo de muchas horas llegamos a Pangane, un pueblo de pescadores en cuyo extremo hay unas cabañas sin agua ni luz, pero muy acogedoras y en un lugar fantástico junto a la playa. Allí conozco a Alejandra, una chica canaria que trabaja para Médicos del Mundo. Me explica los entresijos de la sanidad en Mozambique y su vida en la oenegé, las dificultades, las satisfacciones, los grandes fracasos y los pequeños logros. Pangane es su remanso de paz. Un buen día una pareja me ofrece una preciosa concha y se la compro. Es brillante, grande y perfecta. Pienso que será un bonito recuerdo. Meses después, en Barcelona, recibo una carta de Alejandra en la que, entre otras cosas, me cuenta que esa pareja ha abierto una “tienda” de conchas. Y entonces pienso en el efecto mariposa: un insignificante gesto puede provocar cambios enormes e inesperados, para bien o para mal. Minolta TC1; 28 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Geldingaskoradalur, Látrabjarg, fiordos del oeste, Islandia (2012) Desperdigados por la arena y las rocas de Djúpalónssandur se encuentran los restos retorcidos y oxidados del pesquero a vapor Epine GY7, que naufragó al este de Dritvik la noche del 13 de marzo de 1948. Algunos hombres consiguieron atarse a las jarcias, donde pasaron toda la noche. Con el paso de las horas el viento aumentó a fuerza 9, venciendo la resistencia de los marineros, expuestos al frío, al viento y a las implacables embestidas del mar. Poco después del amanecer el equipo de rescate vio a varios miembros de la tripulación en el castillo de proa y la cámara del timonel. Cuando bajó la marea los rescatadores pudieron tender una cuerda con un arnés de salvamento hasta el barco, que algunos tripulantes consiguieron atar al mástil. Un hombre se lanzó al agua, o fue barrido por una ola, y llegó vivo a la playa. Otros cuatro fueron salvados por el equipo de rescate. Los 14 restantes murieron ahogados, de frío o de agotamiento. 64 años después, Paty y yo recorremos la playa entre los antiguos restos de acero del Epine, empujando las bicicletas hacia el pequeño refugio de Dritvik, a un kilómetro de distancia por un escarpado sendero esculpido en la lava. De las muchas fotografías que tomé, esta es la que mejor transmite la descomunal fuerza del Atlántico Norte y la tragedia del Epine GY7. Panasonic GF1 (sensor Cuatro Tercios); 14-45 mm 1:3.5-5.6


Snæfellsnes, Islandia (2012) En el núcleo del Sol la temperatura y la presión son tan elevadas (15,7 millones kelvin y unos 25 billones de kPa, o 250.000 millones de atmósferas terrestres) que logran vencer la fuerza electrostática de los átomos, y el hidrógeno se fusiona en helio. En este proceso un núcleo de deuterio (2H) y un núcleo de tritio (3H) -isótopos de hidrógeno- se unen para formar un núcleo de helio (He). Esta reacción libera un neutrón y genera enormes cantidades de energía en forma de partículas atómicas. Como consecuencia, el Sol pierde cada segundo cuatro millones de toneladas de materia. La fusión termonuclear es el origen de todas las estrellas del universo, y también de todas las formas de vida que habitan la Tierra, desde las primeras cianobacterias hasta los seres más complejos. Los fotones que se generan en el núcleo del Sol se desplazan a la velocidad de la luz, pero debido a la infinidad de impactos que se producen tardan más de un millón de años en llegar a la superficie. Luego, en tan solo ocho minutos iluminan la Tierra. El plasma (gas con carga eléctrica) más caliente aflora hacia la superficie del Sol y el más frío se hunde, formando células de convección que generan potentes campos magnéticos. En algunos puntos estas bolsas de plasma atraviesan la corona solar (atmósfera exterior), donde la elevada temperatura, superior a un millón kelvin, consigue arrancar los electrones de todos los elementos excepto de los más pesados, como el hierro y el calcio. Millones de toneladas de partículas atómicas (el viento solar) salen disparadas cada segundo hacia el espacio a velocidades de entre 300 y 800 km/s, y unos tres días después impactan con la magnetosfera de la Tierra, que las desvía hacia el espacio exterior. Pero una pequeña parte penetra en la termosfera y colisiona con átomos y moléculas de oxígeno y nitrógeno a diferentes alturas, entre 60 y 500 kilómetros por encima de la superficie. La carga eléctrica de las partículas solares se transfiere al oxígeno y al nitrógeno, que generan luz durante 0,5 – 1 segundo, lo que explica el lento baile de las auroras polares. El oxígeno produce auroras de color verde (hasta unos 250 kilómetros de altura) y rojo (por encima de 250 kilómetros), y el nitrógeno de color azul y púrpura (hasta unos 100 kilómetros).

El viento solar sigue las líneas del campo magnético en dos bucles sucesivos. El primero dirige las partículas hacia la zona diurna de los polos magnéticos, produciendo auroras diurnas. El impacto del viento solar deforma y estira el campo magnético, que finalmente se rompe y traza un bucle de retorno que dirige las partículas cargadas hacia el lado nocturno de los polos magnéticos, produciendo auroras nocturnas. La dirección de las cortinas de luz es siempre vertical porque las partículas cargadas se orientan hacia la zona con mayor intensidad magnética de la Tierra (el núcleo). Las auroras polares se suelen ver en un óvalo situado entre 60 y 80º N y S, y su intensidad y frecuencia dependen de la actividad solar, que presenta picos cada 11 años por término medio con una duración de entre dos y tres años. Durante este periodo las manchas oscuras (zonas más frías y con mayor actividad magnética) en la superficie del Sol son más abundantes. Entre finales de agosto y principios de septiembre de 1859 tuvo lugar la tormenta solar más intensa que se ha registrado. Este suceso, bautizado como evento de Carrington (por Richard Carrington, el astrónomo aficionado que detectó dos potentes fulguraciones el 1 de septiembre), creó auroras de un vivo color rojo, visibles desde latitudes cercanas al ecuador. En el siglo XXI una tormenta solar de esa magnitud (suceden cada 500 años aproximadamente) produciría un colapso casi general de las telecomunicaciones y los sistemas electrónicos. Panasonic GF1 (sensor Cuatro Tercios); 14-45 mm 1:3.5-5.6; 60 s; f/3,5; 400 ISO La exposición adecuada varía en función de la intensidad del fenómeno. No obstante, lo ideal sería ajustar el tiempo más breve posible, entre 1 y 15 segundos, para evitar la difusión de los dibujos que trazan las auroras en el cielo. Pero el sensor y la luminosidad del objetivo imponen sus límites. Por ejemplo, con mi cámara valores ISO superiores a 400 crean imágenes con un exceso de ruido electrónico. Si la aurora se ve de color blanco o verde muy tenue (cuando la luminosidad es muy baja solo percibimos tonos de gris), se puede ajustar una exposición de 15 segundos a f/2 y 1.600 ISO. Si el color es vivo a simple vista la exposición se puede reducir a la mitad o incluso a una cuarta parte. Gracias al frío el ruido de origen térmico no es un problema importante.

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Machir bay, Islay, Argyll, Escocia (1998) En mi segundo viaje por Escocia recorrí en bicicleta algunas de las islas menos pobladas de las Hébridas interiores. Durante casi un mes pedaleé por carreteras locales, pistas y caminos bajo una fina cortina de agua, con viento en contra, a favor y de lado. Muy pocas veces lucía el sol. La lluvia era un elemento más en un paisaje brumoso y gris, melancólico o alegre, dependiendo de mi estado de ánimo. En las subidas más fuertes la rueda delantera despegaba del suelo debido al peso de las alforjas. En algunos caminos de tierra no tenía más remedio que empujar, con agua y barro hasta los tobillos. La tienda de campaña resultó no ser todo lo impermeable que prometía, por lo que habitualmente tenía que achicar agua con un cazo. Algunas noches soplaba un viento furioso: rugía en las montañas abriéndose paso sin nada que lo frenara. Una vez, en Colonsay, la tienda cedió y tuve que salir bajo la lluvia para clavar de nuevo las piquetas. Los midges fueron unos visitantes inesperados y muy molestos. En algunos lugares, cuando me detenía, estos mosquitos diminutos se abalanzaban sobre mí y se me introducían en las orejas, la nariz, los ojos y la boca. En varias ocasiones no tuve más remedio que desmontar el campamento y buscar un lugar más idóneo, cerca del mar, donde son menos activos. Unos años y muchas experiencias más tarde, los challules, unos mosquitos que paralizan la actividad de la gente en algunos pueblos de la ribera del río San Juan, en Nicaragua, me trajeron a la memoria el implacable ataque de los midges.

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Varios días después de tomar esta fotografía: Al caer la tarde llego a la preciosa playa de Kiloran Bay, en la pequeña isla de Colonsay. A cierta distancia veo a dos chicas y me acerco para hablar con ellas. Cuando viajo, por alguna razón, me resulta más fácil hablar con la gente. Se llaman Clara y Zowie, y están haciendo un estudio sobre el agua de las Hébridas interiores. Al cabo de un rato aparece un chaval. Es de Glasgow y tendrá unos 17 años. De piel lechosa, muy delgado, con el pelo rapado casi al cero, pendientes y piercings por todas partes y tatuajes en ambos brazos. Viste tejanos negros elásticos muy ajustados, camiseta a juego y botas con puntera metálica. Se queja constantemente: “¡(...) en esta maldita isla no se puede hacer nada y me he de que quedar hasta el viernes! ¡Es horrible, horrible!”. Mientras parlotea enfurecido no deja de dar vueltas señalando hacia todas partes y pateando la arena. Le digo que yo viajo en bicicleta y que duermo en tienda de campaña. Me mira incrédulo varias veces, sacude la cabeza y asegura que he de estar loco para hacer algo así. Cuestión de opiniones, diferentes puntos de vista, pienso. Sus padres no tardan en llevárselo. Olympus OM2-N; 28-70 mm 1:3.5-4.5; Fuji Sensia 100


Port Charlotte, Islay, Argyll, Escocia (1998) Empiezo a pedalear vestido con chaqueta, pantalón y botas impermeables. La sensación de percibir las gotas de lluvia sin mojarme es agradable, aunque solo durante un rato. A las dos horas estoy hartísimo del agua y de contemplar un paisaje gris, húmedo, pantanoso y cubierto de bruma. Después de unas cuantas horas llego a una reserva natural de aves, junto a una granja. Me acerco a la casa para preguntar si me pueden dar agua. Abro la puerta y saludo, pero nadie contesta. Un cartel indica que la entrada a la zona de información de la reserva cuesta una libra (1,5 euros, o 250 pesetas de entonces). Paso sin pagar. En unos paneles hay fotografías y dibujos de las especies de la zona. Me extraña no ver a nadie. Hay varios prismáticos, un trípode para fotografía y, en el piso superior, un par de monitores y unos mandos para controlar las cámaras exteriores. Al cabo de un rato entra una pareja mayor. Pagan diligentemente y empiezan a jugar con las cámaras. Me pregunto qué buscarán, porque yo solo veo pajaritos y vacas, ningún ave grande y vistosa como las que aparecen retratadas en los paneles de la planta baja.

Me alejo de la reserva sin ganas de pedalear. Por el camino sale el sol, y mi ánimo con él. Al cabo de unos cuantos kilómetros llego a Port Charlotte, un pueblo tranquilo y sin apenas turismo. No hay bares, ni locales de música, ni cines, ni teatros. Aquí, como en toda la isla de Islay, hay que olvidarse del tiempo, relajarse y absorber poco a poco lo que ofrecen los sentidos. Esta fotografía, de una pareja sentada en un banco, refleja el carácter del pueblo y de sus habitantes. Después de visitar el museo doy un paseo hasta el puerto. Me relajo tomando el sol y mirando las barcas de pesca, los pájaros y el mar. Ese día decido comer en el restaurante del pueblo, una casa pequeña de piedra y madera con una preciosa vista hacia el Atlántico. El día siguiente amanece soleado. Saco la bicicleta del bicycle shed y comienzo a pedalear sin tener muy claro cuál será mi próximo destino. Olympus OM2-N; 28-70 mm 1:3.5-4.5; Fuji Sensia 100

“Tu vida es tan rica como grande el libro de tus recuerdos”


Iona, Argyll, Escocia (1998) El juego de luces y sombras evoca el silencio y la tranquilidad que se respira en la abadía de la isla de Iona un frío, gris y lluvioso día de septiembre. Este monasterio fue fundado el año 563 por Columba y sus doce seguidores, y pronto se convirtió en el núcleo cristiano más importante de Europa. En el año 806 los vikingos mataron a 68 religiosos en la bahía Martyrs, y los monjes de Columba regresaron a Irlanda. El cementerio adyacente alberga las tumbas de reyes de Escocia, Irlanda, Noruega y Francia. Unos días antes: La Priory House de Oronsay alberga las lápidas labradas en piedra de los primeros nobles que habitaron la zona, entre los años 1200 y 1500. Impresiona estar completamente solo, en silencio, ante tanta majestuosidad e historia. A eso de las cinco y media de la tarde di la vuelta para cruzar la lengua de arena que comunica esta isla con Colonsay antes de que subiera la marea. Llegué un poco tarde y tuve que pedalear sobre una fina película de agua. A los pocos kilómetros la bicicleta empezó a hacer ruido. La arena y el agua salada no le van nada bien al metal. Me detuve en el hotel de Colonsay y aproveché para limpiar la transmisión con una manguera. La cosa mejoró algo, pero no mucho. Unos días más tarde, en el Youth Hostel de Lochranza, en la isla de Arran, el encargado me dejó un poco de aceite (en aquella época iba muy mal equipado) con

el que lubriqué todas las piezas móviles de la bicicleta. ¡Bendito silencio! Pero la sal siguió haciendo su trabajo, y al cabo de unos años tuve que cambiar las dos ruedas, el pedalier y los pedales. En el Youth Hostel de Oban conocí a una pareja de Chile. Me contaron que lo habían dejado todo para recorrer el mundo. Pienso que hay que tener valor para dar un paso así, es admirable. Llevaban un año lejos de su tierra. También hablé con dos hermanos de Valencia, que como yo viajaban en bicicleta. Ellos habían elegido una ruta turística (Loch Ness, Invernes, Fort William...) y no estaban muy satisfechos con la experiencia. Me recomendaron un circuito en autocar por la isla de Mull que incluía una visita a la Isla de Iona, cuna del cristianismo en Escocia. Me dije que igual valía la pena y decidí retrasar unos días el recorrido por la montañosa isla de Arran. La edad media de mis compañeros de viaje rondaría los 80 años. La excursión por Mull estaba perfectamente organizada: del ferry al autocar y del autocar a otro ferry que nos llevó a Iona, donde nos quedamos un par de horas para visitar la abadía. Sin saberlo crucé campo a través y me ahorré la entrada de dos libras (tres euros, o 500 pesetas de entonces). En pocos días había pasado de una playa solitaria en la isla de Colonsay a un recorrido turístico por las islas de Mull y Iona. Olympus OM2-N; 17 mm 1:3.5; Fuji Sensia 100


Glen Rosa, Arran, Escocia (1998) La escarpada isla de Arran destaca por sus montañas, ciervos, águilas, ríos salvajes y caminos apenas transitados. Pero no resulta fácil acampar, pues todas las carreteras están valladas para evitar que las ovejas invadan la calzada. Al principio del viaje me hacía gracia ver tantas ovejas blackface; incluso les hice varias fotografías desde ángulos interesantes. Pero con el paso de los días acabaron por resultarme francamente molestas. Después de un duro día sobre la bicicleta llego al camping Glen Rosa. Monto mi maltrecha tienda y empiezo a caminar hacia un pico que se ve en la distancia. Antes de llegar a la cima distingo a lo lejos un precioso ejemplar de ciervo rojo (Cervus elaphus). En un instante la niebla me rodea ocultando el paisaje. En lo más alto me hago una foto de recuerdo. Desde el pico Cir Mhor, de 799 metros de altitud, la vista es espléndida: picos afilados y valles profundos envueltos en densas nubes que se rompen en jirones y vuelven a formarse. Pero la naturaleza de Escocia no es tan prístina como parece. Hace años el gobierno promovió la cría de ganado ovino para estimular la economía rural. Dio dinero a

los granjeros por cada hembra y financió el coste de las vallas, omnipresentes en casi todos los campos. Con el tiempo las ovejas han esquilmado el suelo y eliminado multitud de especies vegetales. Debido a la presión que ejercen sobre el entorno ahora se está estudiando reducir de forma drástica la cabaña ovina, una medida que rechaza la mayoría de los granjeros. Los parques naturales están protegidos desde hace años con vallas kilométricas para evitar la entrada del ganado y salvaguardar los árboles, la población de ciervos y la hierba de la que se alimentan. Lejos queda el tiempo en que los bosques eran meros almacenes de madera y los animales una fuente de carne y pieles sin ningún valor intrínseco. Cuando en 1872 se creó el primer parque nacional del mundo (Yellowstone, en Estados Unidos), la voz del pueblo se alzó indignada en contra de tamaña barbaridad. Por aquel entonces se consideraba que la naturaleza estaba al servicio del hombre; el término “conservación” carecía de sentido para la mayoría de las personas. Olympus OM2-N; 28-70 mm 1:3.5-4.5; Fuji Sensia 100

“La ilusión no vive de las experiencias pasadas, sino de las presentes”


Duncansby Head, Highlands, Escocia (1995) Este paisaje marino cubierto de bruma, que fotografié durante mi primer viaje a Escocia, me sirve de marco para reflexionar sobre la complicada relación entre el ser humano y la naturaleza. El inicio de mis aventuras alrededor del mundo es también un buen punto final para Un paseo por la vida. Los países más sabios encauzan su desarrollo hacia la conservación del medio ambiente. Gracias al lento y seguro poso de la educación y la cultura sabemos que el futuro de la diversidad de la vida está en manos de lo que hagamos en el presente. La contaminación y los gases de efecto invernadero modifican lentamente el equilibrio ecológico del planeta. La inercia es tan elevada que muchos cambios ya son inevitables. Sin embargo, es crucial desarrollar protocolos de conservación efectivos para no empeorar todavía más la salud de la biosfera. No obstante, incluso el modelo 450 (450 ppm de CO2 en la atmósfera), el más limpio de todos los escenarios que se contemplan, incrementaría la temperatura media del planeta en unos 2 ºC hacia 2035. En la actualidad China ya es el país que más CO2 emite a la atmósfera, por delante de Estados Unidos, aunque también es el primero en energías renovables. Poco a poco, o muy rápido, países como China, India e Indonesia se van incorporando al mundo moderno. Y África, ese gran continente a la deriva, tam-

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bién despertará algún día. El hambre de energía y de recursos naturales parece no tener límite. Un mundo sin hidrocarburos es hoy por hoy una utopía. Para ello habría que abandonar nuestro modelo de vida, reducir drásticamente la población mundial e invertir masivamente en investigación y desarrollo de sistemas de producción de energía limpia. Los hidrocarburos no se acaban, pero cada vez resultará más cara su extracción, para el bolsillo y para la vida de muchas especies. El petróleo y el gas no convencionales, además del licuado de carbón, podrían alargar muchos años nuestra dependencia del legado que nos ha dejado el Sol a lo largo de millones de años. La pregunta es si nos lo podemos permitir. Hasta ahora, la máxima del ser humano, el patrón de riqueza por el que se ha regido la civilización, ha sido el crecimiento: “cuanto más, mejor”. Hoy se debería cambiar por el progreso sostenible: “suficiente es mejor”. Desde un punto de vista global, lo cierto es que la “salud” de la Tierra apenas se ve afectada por la actividad humana. Sin embargo, es muy probable que la historia de Homo sapiens no sea uno de esos cuentos con final feliz. Si algún día desaparece nuestra especie, la Tierra tardaría menos de 100 años en recuperarse. Olympus OM2-N; 50 mm 1:1.4; Fuji Sensia 100; conversión a blanco y negro


AGRADECIMIENTOS

Un paseo por la vida no sería lo que es sin la ayuda desinteresada e impagable de unos cuantos amigos, que me habéis dado mucho más de lo que os pedí. No hago una lista porque todos sois igual de importantes y porque ya sabéis quienes sois. Quiero dar las gracias a todos los que habéis confiado en mi trabajo colaborando en la financiación de este libro. Sin vuestra ayuda no habría podido cumplir este sueño. Y por supuesto, siempre me acordaré de todas las personas que he conocido a lo largo de mis viajes. Gracias por haberme permitido profundizar en la condición humana a través de vuestras experiencias. En realidad, este libro lo habéis escrito vosotros. Muchas, muchas gracias. Un paseo por la vida está dedicado a mis padres y a mi hermana Marta. Si quieres hacer algún comentario, adquirir copias de las fotografías o ejemplares de este libro, puedes escribirme a tatoroses@gmail.com, o visitar mi blog en tatoroses.wordpress.com. Tato Rosés Martínez


BIBLIOGRAFÍA Además de la experiencia personal, para escribir Un paseo por la vida he recopilado información de diversos artículos (publicados en revistas, periódicos e internet), exposiciones, documentales y conferencias, y también de varios libros que detallo a continuación y cuya lectura recomiendo. AFGANISTÁN TAMBIÉN EXISTE, Jordi Raich. RBA ÁFRICAS, COSAS QUE PASAN NO TAN LEJOS, Bru Rovira. RBA AURORAS, FIRE IN THE SKY, Dan Bortolotti. Firefly CUIDAR EL MUNDO PERSONA A PERSONA, James Orbinski. Destino DIVIDE Y VENCERÁS. EL REPARTO DE ÁFRICA, 1880-1914, Henri L. Wesseling. RBA EL EMPERADOR, Ryszard Kapuscinski. Anagrama EL ESPEJISMO HUMANITARIO, Jordi Raich. Debate EL SUEÑO DE ÁFRICA, Javier Reverte. Debolsillo ERA MEDIANOCHE EN BHOPAL, Dominique Lapierre y Javier Moro. Planeta Internacional GLACIARES DE LA PATAGONIA, Guillermo A. Chinni. Zagier & Urruti HISTORIA DE AFGANISTÁN, Daniel Gomà. UBe HUMANITARISMO MILITAR, MILITARISMO HUMANITARIO, Centre d’estudis per a la pau J. M. Delàs IRAN, EMPIRE OF THE MIND, Michael Axworthy. Penguin Books LA CUEVA DE ALÍ BABÁ. IRÁN DÍA A DÍA, Ana María Briongos. Lumen LA INDIA, RETRATO DE UNA SOCIEDAD, Sudhir Kakar y Katharina Kakar. Kairós LAS RAÍCES CÓSMICAS DE LA VIDA, Josep María Trigo Rodriguez. El espejo y la lámpara MAL DE ALTURA, PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO, Javier Botella de Maglia. Desnivel MARCO POLO, DE VENECIA A XANADÚ, Laurence Bergreen. Ariel PAKISTÁN, Ana Ballesteros. Síntesis PATAGONIA CHILENA SIN REPRESAS, Rodrigo S., Patricio Orrego S. Juan Pablo (editores) SHACKLETON, EL INDOMABLE, Javier Cacho Gómez. Fórcola Ediciones TAJIKISTAN AND THE HIGH PAMIRS, Robert Middleton y Huw Thomas. Odyssey THE BANG BANG CLUB. SNAPSHOTS FROM A HIDDEN WAR, Greg Marinovich y Joao Silva. Arrow Books THE GREAT GAME, ON SECRET SERVICE IN HIGH ASIA, Peter Hopkirk. Jhon Murray THE PLACES IN BETWEEN, Rory Stewart. Picador THREE CUPS OF TEA, Greg Mortenson y David Oliver Relin. Penguin Books TRESPASSERS ON THE ROOF OF THE WORLD. THE RACE FOR LHASA, Peter Hopkirk. Oxford University Press UN DÍA MÁS CON VIDA, Ryszard Kapuscinski. Anagrama UN INVIERNO EN KANDAHAR, Ana María Briongos. Mitos Voces UNA BREVE HISTORIA DE CASI TODO, Bill Bryson. RBA

DATOS TÉCNICOS

Composición, maquetación y edición de imagen: Tato Rosés Martínez Revisión: Carlos Álvarez, Fran Nieto y Román Montull Formato: 24 x 34 cm, 224 páginas Encuadernación: Tapa dura, pliegos cosidos Tipografía: Jenson, Garamond, Minion, Frutiger Escáneres: Hell cilíndrico y Nikon Coolscan V Impresión digital en cuatricromía, trama semitono, 300 ppp Conversión RGB a CMYK: Fogra 39, colorimétrico relativo Papel tripa: Estucado mate de 170 gramos Certificado FSC

Quedan rigurosamente prohibidas sin la autorización escrita del autor la reproducción de esta obra por cualquier medio o procedimiento, la distribución de ejemplares mediante préstamo público. Impreso en España ISBN: 978-84-616-5417-8 Depósito legal: B-19984-2013


Este libro comenzó su viaje en 2003 como respuesta a mi inquietud por conocer el mundo y los pueblos que lo habitan. Por aquel entonces empezaba a tener una respetable colección de fotografías, fruto de mi innata curiosidad por lo nuevo y lo diferente. La mayoría eran imágenes “estándar”, pero unas pocas creo que conseguían transmitir algo especial. Poco a poco, viaje tras viaje, el número de esas fotografías “diferentes” ha ido aumentando, al menos para mí. Y también las vivencias y las ganas de plasmarlas en algo tangible. Cuando visito otro país trato de aprovechar parte del tiempo libre para escribir lo que experimento: historias sobre personas, naturaleza, cultura, costumbres, aventuras... Luego, una vez en casa, comienza el apasionante proceso de documentación, selección de imágenes y narración de vivencias, una etapa que me ha enseñado tanto como los propios viajes.

“Viajar nos hace más felices, más sabios, y quizá nos ayuda a ser mejores personas”

Autorretrato con unos niños Isla de Mozambique

Un paseo por la vida  

Viajes épicos, como el de Marco Polo, su padre y su tío hasta el imperio más poderoso del mundo; la conquista del Tíbet por el imperio britá...

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