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DE BURDELES Y LOS OTROS

CAPITULO I

Al ritmo de cumbia las vidas se entrelazan, chocan, se repelen y se reafirman; la moral se sienta en una mesa y extiende sus brazos rojos, azules, verdes y morados en forma de luz artificial, observa atenta a su alrededor buscando a quienes osen quebrantarla y cuando encuentra a alguno lo mira a los ojos y lo acusa ante si mismo, lo exhibe y lo desnuda ante un mundo ajeno. Aquí la Señora Moral es otra pero no por ello deja de ser Señora, aquí adentro la moral trastoca los principios y no redime porque no hay nada que redimir; las culpas te sacan si no las dejas afuera detrás de la tabla sobrepuesta que anuncia el lugar, incluso hay quienes ni siquiera las traen consigo porque no las tienen; las vidas siguen entrelazándose, chocando, repeliéndose y reafirmándose para volver al mismo punto de partida sobre el cual giran todas las realidades alternas que coinciden por las noches para conformar una sola: El burdel.

El burdel aislado no nos dice nada, encaja en una realidad más grande, es parte de un cuerpo más amplio, es una de las tantas caras de la ciudad, no es nada por si sólo aunque establezca sus propias reglas, aunque se abra imponente cerca de Iglesias y barrios viejos, es imponente precisamente por eso, por su contraparte, por ser la reacción de la acción. En la ciudad de Guadalajara el burdel adquiere otros matices, la sociedad habla de si misma y “el bule” es uno de los tantos receptores de este monólogo sin fin. La sociedad tapatía, siempre preocupada por los principios y las buenas costumbres, por las apariencias y la imagen frente al otro, alberga en sus entrañas una de las otredades que la componen y la oscuridad es el telón que se abre a la otredad de las putas y los padrotes, de las ficheras y los clientes, de lo que la misma sociedad ha denominado la promiscuidad y la inmoralidad, dentro la connotación cambia y la inmoralidad es la de afuera. En un mundo de apariencias el burdel no es la excepción, aquí también lo que se ve importa, lo que se muestra cuenta para moverte dentro sin salirte de lo preestablecido, en el burdel también la imagen habla de ti para ser juzgado; aquí también como te ven te tratan y como te tratan te ven. La oscuridad no sirve para esconderte detrás de ella, cobija los deseos y sirve de guardia para lo permitido, cubre y alivia cuerpos exhaustos que se soban los pies de vez en cuando cansados de andar en zapatillas de tacón, la oscuridad aquí es cómplice de la realidad oculta al exterior, dueña de su mundo y amiga de la moral; la oscuridad adorna el fondo pero a final de cuentas no oculta las apariencias y todos somos percibidos de alguna manera, nos perciben a partir de la imagen, pero la imagen no es solamente la ropa o los colores, los zapatos o el peinado, la imagen es todo lo que se ve, gestos, movimientos, expresiones, palabras, el


otro entonces comienza a rastrear los indicios de nuestro origen, de nuestra procedencia y ninguna actitud disfraza, por el contrario revela más acerca de nuestra presencia en ese lugar: “Bienvenido al Burdel. Deje su saco en el perchero” CAPITULO II

-Nomás no hagas mucho ruido mija porque Margarita está dormida, ándale ve picando la cebolla mientras yo voy poniendo el grano a cocer. Gloria entra con mucho cuidado de no hacer ruido como Doña Lupe le ha dicho, entra silenciosa, casi de puntitas a la cocina y como todas las tardes se pone a picar la cebolla para la vendimia de en la noche, no le pagan mucho pero lo hace con gusto porque le alcanza para comprar dulces de con Doña Pema, además se ha empecinado en descubrir por que su mamá le dice que no se le acerque a Margarita, le ha preguntado a Doña Lupe pero solamente agacha la cabeza y le dice que continúe picando y que no se distraiga. Gloria ha notado que la gente del barrio ve de manera distinta a Margarita pero todavía no logra descubrir por que; en una ocasión, mientras la Virgen que llora estaba en casa de Gloria como parte de la tradición del barrio y los vecinos aprovechaban la ocasión para ir a pedir piedad y milagros a la imagen, entró Margarita callada, sin mirar a nadie, no llevaba su falda corta ni los tacones en la mano como todas las mañanas que la veía pasar hacia su casa, ahora llevaba falda larga y una blusa sin escote, como si tuviera que vestirse diferente para ir a ver a la Virgen, caminó por el largo pasillo con los ojos puestos en la imagen, se hincó lentamente como si el cuerpo le pesara y los rezos cesaron y el silencio inundó la sala que unos segundos antes había estado llena de “Vendita eres entre todas las mujeres…”, la falta de voces pesaba y decía algo que Gloria no lograba entender, el silencio alrededor de Margarita era tan incomprensible como el que una imagen de barro derramara lagrimas de sangre, pero en ambos casos cuando preguntaba su mamá le contestaba “Cállate y no preguntes, un día lo entenderás”. -Hola Gloria, ¿Cómo estás? -Bien Margarita ¿Y tú? -Estoy. Le gustaba cruzar palabras con Margarita, aunque nada más fuera para saludarla, después la veía ir hacia el baño y minutos después salir envuelta en la toalla, era la hora en que se iba a trabajar. Todos los días pasaba igual, Gloria llegaba, picaba cebolla en la cocina, Doña Lupe ponía a cocer el grano para luego echarle la carne, Margarita salía del cuarto, se bañaba, se persignaba y se iba haciendo sonar sus tacones por el pasillo. Hoy algo fue diferente, Margarita parecía estar llorando cuando se persignó. La vio salir con su ropa de siempre, de colores bonitos, rojo, negro, azul; ya había notado como los hombres la miraban al pasar y más de alguno le preguntaba quien sabe que


cosa, a veces se iba con ellos y a veces no, pero siempre continuaba su camino, nunca regresaba hasta la mañana siguiente cuando Gloria barría la banqueta de su casa y la veía otra vez llegar, con los tacones en la mano. Esto nada más sucedía con Margarita, las demás muchachas de la cuadra no volteaban a ver a los muchachos que les decían algo, y si platicaban era sólo con su novio y afuera de sus casas, pero ella era distinta, caminaba diferente, veía diferente, hablaba diferente, Margarita lucía diferente a las demás. Ve a Gloria picando cebolla y la saluda, la niña le parece agradable, con sus apenas 8 años y ya trabajando; ha notado como la observa, desde que sale del cuarto no le quita los ojos de encima, pareciera como si se paralizara y sólo existiera para mirarla a ella, deja suspendido el cuchillo en el aire y sólo recupera el aliento cuando responde al saludo; después tiene que bañarse y cambiarse para ir a trabajar así que deja de poner atención en la niña que le ayuda a su mamá a preparar todo para la cenaduría; comienza a ponerse sus medias negras, ya lo hace automáticamente, al principio le costaba trabajo ponérselas y no sólo por las complicaciones que implica deslizar unas pantimedias por las piernas, era todo lo que significaban, por si solas no mucho pero después tenía que ponerse la falda corta y entallada que iba completando el atuendo, que iba creando otra imagen de Margarita, con la blusa escotada y los tacones, el labial rojo, el rimel y las sombras brillantes, Margarita sentía que ya no era Margarita, eso sólo pasaba al principio cuando hace 3 años decidió que trabajar de prostituta era más rentable para ella y para su mamá que ayudar por las noches en la cenaduría; comenzó yendo a meserear a un “bule” en la Calzada, ahí conoció a “El charal” que se convirtió en su protector, en realidad era un tanto enclenque y no muy alto pero su fuerza provenía de otra parte, no del físico, cuando les hablaba a sus muchachas parecía como si toda la autoridad cayera sobre él en un instante, las veía de arriba abajo, levantaba un ceja y luego les daba las ordenes, también su voz decía que él era el que mandaba, sus gestos lo mostraban todo el tiempo y los demás lo entendían; no rebasaba los 25 años, los del burdel lo respetaban y las putas eran de él, ninguna hacía nada sin que “El charal” lo aprobara, era muy joven para acaparar tanta autoridad pero decían que tenía los suficientes “huevos” para hacerlo, y todo él parecía tenerlos. “El charal” era en realidad una excepción en el burdel, sus antecesores no tenían menos de 40, así que este apenas iniciaba su carrera y con el pie derecho. Margarita no podía estar en mejores manos, adentro y después afuera, su seguridad dependía de él y de que ella hiciera las cosas bien para él; ahora ya era una de las putas de “El charal” y ella le era leal a su padrote; ahora ella era su niña consentida, a la que mas concesiones le hacía, a la que más procuraba, Margarita era la que más clientes tenía, la que se movía mejor en el burdel, por la que la mayoría preguntaba para solicitar sus servicios, era la que más le daba a ganar. Es curiosa la niña que pica cebolla pero no sabe nada de la vida todavía, y sobre todo, no sabe nada de la vida que a Margarita le tocó vivir; ahora camina hacia la Calzada por Reforma, todavía le queda tiempo para llegar al burdel, no tiene prisa, incluso puede agarrar uno o dos clientes; camina y escucha sus pasos con el sonido sordo de los tacones, uno y otro al compás.


CAPITULO III

De noche las calles parecen otras, la oscuridad crea imágenes distintas de lo que de día uno puede ver; el manto negro que cae por la ciudad la cubre de un imaginario distinto y el mundo que durante el día se esconde detrás de comercios y gente pasando se corona al caer la noche con luces de colores que anuncian su presencia constante en la realidad tapatía, la noche viste de gala a la zona roja de Guadalajara y la redime de las miradas matutinas. Van por Niños Héroes casi llegando a la Calzada y desde varias cuadras de distancia se puede ver el anuncio luminoso con letras moradas que les indica que deben de orillarse; Karen estaciona el auto enfrente de “El galeón”, por fuera no luce distinto a los demás bules de la ciudad, Yoce se pregunta como será por dentro, siente una ligera descarga de adrenalina por el cuerpo, es la primera vez que visita uno y no sabe como debe comportarse, tiene que pasar desapercibida y repasa una y otra vez el texto que leyó acerca del observador participante, “trata de no llamar la atención” se repite una y otra vez, “que no se sientan observados y no tomes notas”, el nerviosismo es mayor debido al campo de investigación que eligió, “Burdeles”, eso implica entrar en un mundo al que no le gusta ser evidenciado ni salir de la oscuridad de la noche, “¿Y si se dan cuenta que estoy observando?”, aún así se inclinó por este tema para echar un vistazo a la “otredad” y ahora mira por la rendija del muro entre ella y los burdeles. Entra y no evita mirar a su alrededor, ve a una puta sentada en las piernas de un cliente en lo que parece ser una antesala con mesas y barra de bebidas, se dice a si misma “no es una puta, es una prostituta”, la realidad es que en este mundo son putas, prostitutas son para los que no pueden decir la palabra puta porque se ofenden a si mismos, aquí las putas valen por ser putas pero Yoce se resiste a nombrarlas así, “puta es un juicio de valor” piensa, sigue avanzando hasta la parte oscura, la parte con las luces de colores y música en vivo; Karen, Carla y Alex también eligieron el mismo campo de estudio, es por eso que están ahí con Yoce, observando pero no como ella, ninguno observa igual, cada uno interpretando y buscando significados distintos; Yoce sabe que lo que se aparenta es importante para ser percibido por los demás, pero esta vez no puede aparentar porque la mirada de los habitantes de este mundo la desnudan, le hablan un lenguaje que no entiende, las miradas significan algo pero no logra descifrar que, lo mismo ocurre con los gestos, con las sonrisas, de pronto se siente como en esos sueños en donde aparecía desnuda en la escuela en medio de todos pero finge no estar perturbada, actúa como si el lugar le fuera familiar pero aún así la observadora es observada.

CAPITULO IV


En la mesa del rincón está ella, ebria y cansada con una botella en la mano, pareciera que todo el peso del tiempo le hubiera caído encima de repente, hace mucho que no baila, hace mucho que no puede fichar porque le gana la borrachera, ahora ya no aguanta tanto como antes y se dedica a esperar clientes sentada y lo que caiga es bueno; “El charal” ya no le dice nada, lo que gane se lo deja para que pueda seguir tomando, “a esa ya ni le hago la lucha” les dice a los clientes de confianza. De vez en cuando levanta la cabeza para ver a su alrededor pero poco valen los esfuerzos que hace para incorporase; ya no usa rimel ni labial y cuando las demás la maquillan no pasa mucho tiempo para que la pintura se le corra por la cara dibujando el rostro surrealista de una puta envejecida y perdida en el alcohol; en el otro extremo sobre la pista de baile “el charal” promueve a sus chicas, las baila y enseña la mercancía, en este momento baila con la puta que más le da a ganar, la que consigue más clientes, la que se mueve mejor, la que tiene estilo, la baila y ella se ve bien porque él la dirige muy bien, sonríe, levanta la ceja y mira a su alrededor, ella sabe hacer su trabajo, y más que eso sabe generar la imagen que quiere que los otros perciban, es la puta joven y sensual. De repente se percata de algo que todos los demás ya percibieron, en la mesa del centro está un grupo bastante peculiar que son cuestionados y escudriñados por las miradas del burdel, un hombre acompañado por tres mujeres, pero no es esto lo que llama la atención, es todo, como visten, como miran a su alrededor, casi no hablan entre ellos y no saben responder a los cuestionamientos que el burdel les hace. Sencillamente no explican a los anfitriones por que están ahí, a que vinieron. Ella mira a los ojos y le sonríe a una de las tipas que acompañan al fulano, la otra dibuja en sus ojos desconcierto, apenas un brillo, un ligero titubeo y le devuelve la sonrisa, la extranjera ha hablado de su procedencia, los de la mesa del centro no pertenecen aquí.

CAPITULO V

Escogí burdeles por morbo; estoy en “El Galeón” sentada en la mesa del centro mirando a mí alrededor, no puedo evitar hacer juicios de valor, tarareo en mi mente la canción que está cantando el grupo “…que bello cuando me amas así, y muerdes cada parte de mi…”, pienso en mi vida, en la cama caliente y el plato en la mesa, en mi trabajo y en mi carrera, y todo se convierte en opciones y decisiones, estudiar Historia por el miedo a no ser buena en Letras, comer quesadillas con jamón y tomar mucha agua, todo lo he elegido yo, “ y yo que te deseó a morir, que importa esta es la última vez, el orgullo puede esperar…” una de las prostitutas baila con su proxeneta en la pista, luce bien porque se deja dirigir, no se resiste y responde a la pauta que le marca el otro, sabe cuando dar vuelta, cuando ir a un lado y cuando ir al otro, definitivamente responde al rol que le corresponde jugar dentro del burdel, su mirada se clava en la mía y me sonríe, por un momento pienso en voltearme, en realidad no se cual es el significado de ese gesto, y por milésimas de segundo dudo, le


devuelvo la sonrisa y ella no percibe mis titubeos; “…pero me arrepiento en el piso donde sea y tómame…”; en un rincón aparece una imagen que me impresiona sobremanera, otra prostituta con una botella en la mano, dormida en una silla y con la cabeza sobre la mesa, levanta la mirada de vez en cuando para volverla a dejar caer violentamente, lo único firme es la botella en su mano; dos de los extremos del burdel se revelan ante mí, “Las dos putas” Autorretrato de Burdel. Me pregunto si ellas tuvieron opción.

CAPITULO VI

Margarita ya ha olvidado su nombre, a veces agarra cliente, a veces le pagan y a veces no, lo que esporádicamente gana se lo bebe a diario; la dejan estar en El Galeón para que no ande peligrando por la calle, “alguien como ella no merece terminar vagando por las calles”; sentada en un rincón con botella en mano se erige dentro de la realidad del burdel, la realidad de las putas que son y que dejan de ser. Levanta de vez en cuando la cabeza para recordar en donde está, mira a su alrededor y se siente en casa; ella no se percata de los de la mesa del centro. Hace mucho que Margarita dejó la pista de baile y se sentó en la mesa del rincón. Gloria a veces les platica a sus hijos que por su casa vivía una muchacha que era prostituta, era hija de la señora que vendía cena en la cuadra, cada vez la veía menos en la casa de doña Lupe hasta que un día dejó de ir, quien sabe que habrá sido de ella. Margarita es observada por una de las de la mesa del centro que por hoy vinieron a observar al otro, Yoce no logra descifrar la imagen de la puta en la mesa del rincón.

CAPITULO VII

Yoce mira a Margarita, la puta que baila mira a Yoce y todos saben que están en el burdel, entre putas, luces, música y padrotes las realidades se distienden sobre la vida urbana de Guadalajara, una puta hace su trabajo, otra está perdida en el alcohol, un padrote vende la mercancía, y Yoce le hace a la investigadora; el burdel le abre sus puertas para mostrarle su moralidad anulada, Yoce se siente fuera de la moral; el burdel le habla y ella no entiende su idioma. Las historias convergen por un instante y chocan entre si ante la presencia de los extranjeros, las historias se miran a los ojos y el otro ve al otro y se da cuenta de su presencia, lo interroga y no contesta. Desde entonces, cada que entra a un burdel los ojos la ven de la misma manera, Yoce les grita que es extranjera y entra mirando a los demás diciéndoles que vino a


observarlos porque no tiene un mejor argumento. Ahora les dice putas a las putas y padrotes a los padrotes, sonríe si le sonríen, ya no tiene nada que ocultar porque el burdel ya sabe que está ahí.

CAPITULO VIII

La noche llega y las luces se encienden para anunciar a donde llegar; antes de llegar a la Calzada puedes ver el gran letrero luminoso con letras moradas “El Galeón”, adentro una puta baila, otra duerme y Yoce juega a investigar.

FIN


Del burdel y los Otros