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Año 2, N° 18, OCTUBRE de 2009, Magazine DE distribución gratuita,

Fotografía cortesía Nuvoyá

México


E

l fascinante viaje realizado por el jazz, a través de todo el orbe, es una de las historias más notables de la música. La nueva producción de Putumayo, Jazz Around the World, destaca la poderosa influencia del jazz en músicos de todo el mundo, al presentar versiones e interpretaciones extraordinarias y originales de artistas consolidados y músicos recientes. Esta colección incorpora una amplia gama de ritmos, instrumentos y melodías que el jazz, con el paso de los años, ha tomado prestados de las tradiciones musicales de todo el mundo.

www.putumayo.com


Fotografías cortesía Nuvoyá


Para tocar el alma

Nuvoyá > Fabián Aranda Calderón de la Barca

M

ucho podemos decir de la música como lamento, como mucho se puede decir de los lamentos como nuestra forma predilecta de refugio. Siempre que algún dolor viene a clavarse justo entre los ojos, mudaremos la punzada al intersticio labial para convertirlo en canto que busca compartir, contagiar. Y es que la música lleva intrínseca una naturaleza que se inclina hacia la piedad y la compasión, una suerte de voluntad con tintes redentores de cualquier pena. El blues, un lamento; el reggae, otro lamento; la vidalita, lamento entre lamentos. Y entre llanto y llanto llega a nuestros oídos uno lejano, marcado su destino por la esclavitud y un porvenir incierto. Al este de Madagascar y ataviando al Índico se encuentra La Isla de la Reunión, un departamento ultramarino de la brillante República Francesa, pero bastante menos brillante para su gente. Viene su lamento viejo y cadencioso: el maloya. Música festiva, como lo es toda música triste e isleña; música con sabor a siglos amontonados en la garganta, con aromas salados y arrastrando un sinnúmero de historias perdidas. Música viajera porque nació junto al mar y su voz no quiere contenerse en los contornos de su isla. Música que de tanto andar por las mismas veredas arenosas, parte un buen día para contagiar con su canto y mostrarse al mundo, renovando ya no su dolor, sino la herencia de una forma particular de vida.

En tiempos en los que el mundo ya no parece tan grande, basta asomarse a una pequeña Isla para recordar que si bien no es grande, es basto y puede que hasta infinito. Si se aguza un poco la mirada, está ella, Flora Pasquet, la voz de Nuvoyá, la voz de una tradición que se reinventa en el mundo, lanzando carnadas sonoras y pescando ritmos para enriquecer sus manjares.

Corazón y vida “Nuvoyá es la fusión de dos palabras que son nuevo y maloya, maloya que es la música tradicional de la Isla de la Reunión”, comparte Flora con Tangente. Un nombre creado en vísperas de viaje, cuando después de un tiempo de tocadas parisinas y un viaje por Irlanda, Flora decidió que era buen tiempo para viajar a tierras nuevas, a tierras mexicanas, a tierras de su acompañante Juan Pablo Aispuro, bajista y chelo de la banda. Entre correteos y planes en construcción, nace Nuvoyá y Bribes de Vie, su primera producción. “El plan era venir a México a tocar una temporada solamente y mientras estábamos haciendo todos los planes nos preguntaron: ‘¿oigan, ustedes tienen un disco, un soporte?’, y la verdad es que no teníamos. Entonces dijimos tenemos 20 días para hacer un disco. Rápidamente, con amigos nos lanzamos y lo empezamos a hacer. Todo fue muy a la carrera y muy divertido: experimentamos cosas dentro de la producción de las canciones”, confiesa Juan Pablo.


Bribes de Vie es una buena muestra de que la música, contrario a lo que durante varias décadas se ha impuesto, no necesita de grandes estudios, ni de enormes gastos. “La gente que nos hizo los coros no estaba en París, sino en Bordieu, entonces mandábamos las sesiones ahí, ellos grababan y en la noche nos las mandaban para poderlas mezclar”, comenta Flora. Es la música buscando el camino, improvisándose sin importar los parámetros ni las relaciones públicas ni la infraestructura ni todas esas macabras invenciones de la industria, sino que sólo requiere esas tres cositas que Adrián Flores Albán sugería hace tiempo: alma, corazón y vida. Una producción apresurada, pero no por eso desechable. Un ir y venir entre el maloya, el bossa nova y el soul, con el sello de casa: una deliciosa voz que se desliza para contar historias, para sumergir al escucha en océanos desconocidos, para sorprender oídos con su propuesta, “la música de Nuvoyá la están catalogando como World Music, pues dentro de que se sale un poco de la formación tradicional, que hay una batería y guitarra y eso, nosotros queremos dar más ese ambiente roots, ese ambiente raíces. Como percusión utilizamos un cajón, una quijada de burro, cosas así, no muy usuales de ver dentro de un escenario y dentro de una música que no viene siendo totalmente ni tradicional, ni jazz, ni algo concreto. Nos gusta mucho mezclar, traemos un poco de bossa nova, de samba, de maloya sobre todo, pero también de soul, de jazz, con armonías más complicadas para eso: para intentar dar una nueva propuesta de una música que acá en México todavía no se escucha mucho, más orgánica y que al mismo tiempo sea festiva, que te haga pasar un buen rato y sea muy fácil de escuchar”, comenta Juan Pablo. Y vaya que sorprende, por su frescura, por su sinceridad, por su abrigo. Y aunque uno no sepa bien a bien cómo definirlo, podríamos decir que el sonido de Nuvoyá se deja probar fácilmente, que su naturaleza maleable se deja tocar, transformar… pero decir eso es un error, pues al escucharlos con atención, viene el corazón a convertirse en una masa moldeable y sin darse uno cuenta acaba flotando lejos lejos, hasta quién sabe dónde.

Para tocar el alma… con el alma Al final del camino una contradicción añeja que se asoma en lo nuevo: “la música es una forma de contar historias, experiencias, de hacer viajar a la gente, una manera de expresión”, asegura Flora. Es decir, la música como vehículo de las palabras, como el vestido que mejor le asienta a las historias. Pero dice Juan Pablo, “es una forma de poder llegar a tocar el alma de la gente sin necesidad de palabras complejas, con significados que ya hemos deformado, es realmente tocar el alma y tocar con el alma”. Es decir la música como plástica, como lenguaje diáfano que no requiere de trasnochadas lingüísticas. Palabras o no palabras; plástica o historia… en realidad no se trata de una contradicción, ni de una encrucijada sin retorno, sino el patio de recreo donde el corazón juega a las escondidas con la razón para recordarle las palabras de Flora, que esto va “de encuentros de la vida, de amor, de adiós y de que hay que tomarse el tiempo para vivir”.


Bribes de Vie Nuvoyá 2009 Aventura en puntas de pie sobre la piel crispada de labios dicotómicos: a la derecha mueca triste, a la izquierda sonrisa esperanza. Lepidóptero recorrido sobre océanos dispares pero igualmente salados. Ideal para volar descalzo y dejarse atrapar por la seducción del terciopelo.

La Isla en DF: Viaje redondo y sin escalas al corazón mismo de la Isla de la Reunión. Para llegar tan sólo transite esa larga avenida, herida en el rostro con el mentao metrobús y descienda donde antaño tenía su guarida el rock, ahí donde hoy brillan sueños de amapola. Nuvoyá, todos los martes de octubre y noviembre en el Amapola Music Hall, antes Rockotitlán



tangente18