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De empujar el carrito a editar libros de culto Trascartón En pleno centro del barrio de La Boca funciona la editorial Eloísa Cartonera, un emprendimiento colectivo que edita sólo los libros que les gustan a sus fundadores. Allí trabaja Miriam, una ex cartonera que encontró un oficio y una manera de ganarse el pan sin tener que trabajar en la calle. Una chica robusta llega corriendo a la puerta del local con una cortesía inusitada, deja ver sus fabulosos dientes blancos, dignos de una publicidad de dentífrico, y saluda a la francesa, con un beso en cada mejilla. Miriam Soledad Merlo, alias La Osa, trabajaba de cartonera desde los 15 años hasta que encontró en Eloísa Cartonera, una editorial ubicada en la calle Brandsen al 700 -a pasos, literalmente, de la cancha de Boca Juniors- una vía para dejar cambiar de oficio y salir de la calle. Hoy está feliz porque su marido cartonero –o ex marido, no lo tiene muy claro- le regaló un perfume exclusivo, una fragancia “de las caras”, y porque acaba de llegar del Chaco, de presentar los libros de su empresa, un proyecto artístico, social y comunitario sin fines de lucro, que incluye una cartonería llamada No hay cuchillo sin Rosas, donde los profesionales del cartoneo cruzan ideas con artistas y escritores. ¿Cómo llegó a Eloísa Cartonera? Pasaba siempre con mi carro por acá y veía a la gente que pintaba en el local. ”Yo quiero entrar a ver lo que hay ahí” le decía a mi marido, hasta que un día estaban todos trabajando y pedí permiso para ir al baño, solamente para husmear lo que pasaba. Entonces me quedé mirando y me ofrecieron pintar la tapa de un libro y más adelante me propusieron quedarme a trabajar acá. Es una cooperativa, y trabajamos hasta los feriados. Me siento bien, conocí periodistas de todos lados, me re gusta la fama. El nombre Eloísa surge del amor de uno de los fundadores de la editorial, que en honor al amor no correspondido por una chica le puso su nombre. Ella se enteró, pero nunca le dio bola. Yo pinto tapas, corto cartón, compagino y armo los libros, todo. Aprendí mucho mirando. Es un trabajo fácil, pero me gusta mucho. Antes salía de mi casa en La Plata a las 12 del mediodía, llegaba a Constitución a las 2 y a las 5 de la tarde ya tenía 72 pesos en el bolsillo de juntar cartones. Ahí estaba sola, pero acá somos cinco que con lo que ganamos compramos los materiales y con el resto nos lo quedamos para nosotros. ¿De qué manera se eligen los libros que fabrican? Si nos gustan los editamos. Hay algunos títulos muy buenos, como Paraguayito de mi corazón, de Cucurto, o Salón de belleza, del mexicano Mario Bellatín. Es la historia de un chabón que quería decorar su salón con peces, y va comprando peceras, piedritas, y peces para alojarlos. Pero se le van muriendo los padres de los peces y ahí empieza todo. Como yo terminé la primaria y sé leer bien, me terminé varios libros de la editorial. Hay uno que trata de un chico rico y una chica pobre. El pibe tiene una Ferrari y en la novela llueve en toda la historia. Como ella es muy humilde, él la invita a conocer su casa, su mundo maravilloso, pero cuando vuelve a su casa se imagina que todo lo que pasó fue un sueño. Finalmente, los dos mueren de amor y nunca logran estar juntos. ¿Cómo vé la situación de los cartoneros en la ciudad?


Creo que lo que propuso el gobierno está re bien: un camión para guardar la mercadería y transportarla hasta los puntos de venta, para que los cartoneros paguen su boleto de tren como debe ser, sin tener que viajar con los carros ni pedir la vuelta del Tren Blanco. Ellos se opusieron, dijeron que los choferes de los camiones les iban a robar las cosas. Pero lo cierto es que ese tren daba miedo. Yo viajé unas cinco o seis veces y no tenía ventanas, puertas ni piso. Lo que estuvo de más de parte de la policía fue la represión: había chicos, mujeres, mucha gente que había estado todo el día trabajando. Pero eso pasa siempre en la calle. A los cartoneros de Constitución -muchos de ellos amigos míos, que viven abajo de un puente- la policía los corre todos los días, les pegan, los maltratan. Les dijeron que les iban a dar un galpón para instalarse ahí, pero eso una locura. Imaginate lo que puede pasar si ya se cagan a palos en la calle, cuando los metan a los 50 ahí adentro. ¿Qué otras dificultades encuentra un cartonero en la calle? Es un trabajo pesado, y los días de calor te morís. Los tacheros de mierda te gritan: “Ciruja, correte, por qué no vas a laburar”. Mi marido sigue laburando con cartones, y mis amigos se dedican casi todos a eso. Le venden el cartón a un depósito que se llama San José a 50 centavos el kilo, que ahora bajó a 35. Para llegar a esas cantidad tenés que juntar mucho, y los que la pesan en la balanza te re duermen. Ahora te dejan guardar el carro allá, pero les tenés que vender a ellos exclusivamente. Recién vino mi marido a hacerse el buenito con el carro, ¿no lo viste? Se debe haber ido a juntar. Si me editaran un libro hoy, escribiría la historia del perfume que me regaló, desde que lo conocí en el cyber hasta nuestra pelea de hoy. Publicada en Buenos Aires, crónicas de la ciudad abierta, revista digital de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires


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