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Reportajes Gráficos: Garbage Pail Kids: Xavier Roberts

Textos: Fran Juarroz Kevin Martínez Izcoatl Jacinto Aurora Chirino Sara Raca Andrés Galindo Victor Chi

Magazine Digital de Literatura

Taxonomía: Jan Švankmajer


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www.radiadormagazine.com Fran Juarroz Kevin Martínez

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Nueva Pestaña: Asesinato Colateral

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Reportaje Gráfico Garbage Pail Kids: Xavier Roberts

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Izcoatl Jacinto Aurora Chirino

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Nueva Pestaña: Buenos Aires Poetry

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Nueva Pestaña: El día de la Bestia

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Reportaje Gráfico Taxonomía: Jan Švankmajer

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Sara Raca Andrés Galindo Victor Chi

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Esta revista es producida gracias al Programa “Edmundo Valadés” de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes 2013, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes”

Editor en Jefe y Diseñador Daniel Malpica Curaduría Poética Emmanuel Vizcaya


o del Ectoplasma

E

n la oscuridad nos aproximamos a las cosas, a las sombras y siluetas. El mundo se resume a lo que oímos, olemos y tocamos. Sin embargo, en aquel lugar del fondo reside el misterio que apenas se separa de nosotros por un par de pasos. Todo lo sentimos cerca, inmediato, íntimo, abrumador. Mientras tanto, más allá de lo visible aguarda lo inesperado, el miedo, el recipiente que se llena de nuestras visiones. Le damos rostro, textura, atmósfera y tamaño. Podemos ser nosotros los que acechamos la penumbra o tal vez es ese umbral el que está acechando. Imaginamos una mirada enrojecida, un rumor de cuerpos que se agitan. Esperamos que algo ocurra pero se cierne el silencio y su tensión eléctrica. Entonces miramos nuestras manos que tiemblan, los objetos próximos, para constatar la realidad que nos compete. Seguimos siendo los mismos y estamos en el centro de la breve luz de nuestros ojos, mirando aquella oscuridad que avanza y se aproxima

Emmanuel Vizcaya


Silve Revu

Sens

Mr Bungle Quote Unquote [Travolta]

GG Allin

Outlaw Scumfuc

Isao T

Razor Draws N


estre ueltas

semayรก

Tomita

r Hanzo Near Evil

John Zorn Metamorfosi

Frank Zappa The Mothers John Lennon & Yoko Ono Scumbage


***

Fran Juarroz (Argentina)

1 La luz fatigosa magnĂŠtica de tanto brillar de soslayo pudre mi boina gris que amarra silenciosa el recuerdo de mi pueblo Preso en andares se me revela un barro violento un barrio de espanto un tono funesto. El secuestro de un silencio zumbante 2 Sur se desdobla pienso, sur, en la tempestad y pienso, en el rumor de las espigas al sol pienso, sur, prohibido sur

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en racimos, sur, de unas manos que extrañan la lluvia del vino, y la flor del río 3 Ausencia y sol la hojarasca llena con el viento lo que digo con un sonido gris como un cascabel ebrio y como intentar llenar mi tumba, así, se vuelve el reto de desanudar de desnudar, así y todo así con mis manos llenas de palabras que se me escapan y como el barro escurridizo de tu sonrisa así, intento salir, de esa brujería atando mi cuerpo ya oculto a ese poste escandaloso que hoguera llamaban en el siglo XVI 4 Las fibras de este texto se disparan incandescentes al hielo mortecino del papel ensayo picotear con las manos aquello detrás de la palabra mano y emerjo oceánico con tinta en mis venas, con la certeza del artificio ahora nada es inicio [07]


solamente un soplo casi mudo en el andar eterno de la palabra 5 Circulante veo yo el entrecruzamiento de tu voz con todo aquello inútil que fue: el sol en la cara, los pies en la marea la flor y el pétalo azul que de noche trazabas con la esperanza en los dedos y con ese vestido de negro en cambio ahora lo intentas (después de leer a través de la luz) que deja escapar y te presta sus partículas para concretar tu sueño de soledad en esa antigua habitación la maquina de escribir facilita lo que te gusta titular como: “el adelgazamiento de la distancia”

6 Lo extraverbal (aquello que suele darse por obvio) es la conjetura que el oficio poético transforma en posibilidad. 7 Silenciosa es la magia que forja la inmensidad [08]


errante del viento y abandona en un simulacro de vida las pretensiones de estar anclado a certezas fugitivas a contraviento inclino el plano de esta fuerza que no caduca y me obliga a saltar del precipicio saltar para encontrar mientras caigo la resistencia del aire que soplan mis propias palabras

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Receptor alienígeno Kevin Martínez

(Ciudad de México, 1992)

Recuerdo que en la primaria nos contaron de una niña que, con una varilla, aquel receptor alienígeno que sobresale en construcciones mal implementadas, le atravesó la testa a su hermano de ocho años. La noticia nos sorprendió a todos, pero más nos sorprendió haber visto, después de enterados, al niño de ocho años vendiendo jugos en el receso, con un receptor sobresaliendo en su frente. Todos, en algún momento, soñamos con el hermano muerto, con la varilla y la primaria

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http://www.youtube.com/watch?v=yo22QlP6NgQ

Ectoplasma

Asesinato Colateral


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La Chula Itzcoatl Jacinto

(San Miguel Totolapan, 1989)

–¿Cómo te llamas? –pregunta Eduardo, con los ojos afilados, mientras pide un escocés en las rocas y un sex on the beach para la chica que pretende cogerse. Ella se muestra esquiva, pero los flirteos siempre son así: cede tras un guiño apenas visible entre las vertiginosas luces que invaden el lugar. –Leonora –el nombre le suena familiar a Eduardo, aunque no le importa mucho–, pero, si no te incomoda, prefiero que me digas Chula –remata la india de ojos almendrados y vestido Dior en blanco perla, combinación chocante y al mismo tiempo perfecta, pues su belleza es contundente, según la perspectiva de Eduardo. El barman deja los tragos sobre la barra, observa a Eduardo con azoramiento y se va. Leonora ni siquiera se percata de su vaso, en tanto que él apura el whisky de un sorbo. Le tiende la mano para invitarla a bailar, ella sólo sonríe y se adelanta, dándole la espalda. Él la sigue, satisfecho de que las cosas se dificulten, cualquier otra habría estado ya con la boca ocupada en su entrepierna. La india es gata baleada, se relame Eduardo. La música enfatiza las formas de los muslos, los senos y la cintura de Leonora sobre el satén, su cuerpo impone el ritmo. Él la sigue. Piensa hacer lo que ella quiera. Le permite rodear su cintura, bailan untados el uno en la otra. Ella mete su mano izquierda en el bolsillo del pantalón de Eduardo, sus dedos juguetean y él no soporta más, la besa. Un beso rápido que los obliga a salir pronto del lugar, subirse al convertible de Eduardo, fugaz en la búsqueda de un hotel, y entrar al primero de cinco estrellas que vieron. Él paga la habitación con su tarjeta de crédito. El recepcionista lo ve con la misma mirada del barman. ¿Para qué tanta prisa? Ellos olvidan detrás el elevador y corren por el pasillo. La alfombra colecciona sus pasos junto a muchos otros de apuros semejantes. Más calmado, Eduardo desliza la tarjeta para abrir la puerta, sujeta a Leonora por el talle; no la separará ni un centímetro de sí, quizá no haya segunda ocasión y prefiere aprovecharla cada instante. Entran. Eduardo no enciende la luz, sus manos están ocupadas en las nalgas de Leonora que evita, incluso, suspirar. En cambio, él gime, resopla, sus labios provocan explosiones de saliva, cuyo escándalo ilumina la estancia. Sus propias piernas lo hacen caminar a tropiezos hasta la orilla de la cama. Arroja con cierto salvajismo a Leonora sobre las cobijas. Él cree verla a través de la oscuridad, sonriente, los ojos exacerbados de ausencia y necesidad, su piel abierta como las piernas que ostentan una vulva florecida. Eduardo

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imagina los pliegues por saborear cuando su lengua pase entre ellos; maquina los movimientos futuros en su mente para no sólo meter y sacar su verga sin mayor sentido. La Chula es un cuerpo donde sus otros miembros pueden realizar maniobras más audaces. Él hace por desnudarla, pero ella se resiste. Lo toma por la camisa y empuja fuertemente contra la pared. El golpe enardece la piel de Eduardo. La Chula abre el cierre del pantalón para que sus dedos especulen sobre el tamaño de la verga, pujante bajo la ropa interior. Ella pica el músculo con sus uñas, él siente descargas eléctricas, tiembla, solloza. Al poco rato, sin darse cuenta, Eduardo termina desnudo, magnetizado por el alto voltaje de las caricias. La Chula trabaja su pelvis con técnicas propias de un cunnilingus, suaves y precisas. Él no aguanta mucho tiempo y eyacula. Su diafragma se contrae frenético en suspiros que tardan en sofocarse. –Espera –pide Eduardo, jadeante. Agarra su pantalón. Va al baño. Cierra la puerta y enciende la lámpara del espejo. Saca su billetera y de ésta un sobrecito de cocaína. No piensa esnifar nada por ahora, tiene un plan distinto. Sostiene bien su pene. Toma una porción mínima de polvo con su dedo índice y lo frota en el glande, mezclándolo con los restos de semen. Percibe un cosquilleo incontrolable. Alcanza una segunda erección, más explosiva, piensa. Vuelve junto a la Chula. La encuentra en la cama, aún vestida. Lo obliga a recostarse y se coloca encima de él. Ella no usa interiores, su vulva le moja directamente el abdomen. Eduardo quiere penetrarla de inmediato, mas la Chula pospone el acto clavándole las agujas de sus tacones en los pectorales. Duele. Sin embargo, la presión sanguínea de su pene aumenta. Eduardo, desbocado, avienta a la Chula y se arroja sobre ella. A tientas, busca cualquier orificio donde pueda meterle la verga y da con el ojo del culo, o al menos eso parece. Escupe su mano para lubricar. Un solo golpe basta para internarse por completo en ella. Cuando Eduardo llega al segundo orgasmo, la soledad lo hace suyo. Tiene miedo, pero logra un sueño profundo. Eduardo amaneció al mediodía. Su cuerpo era desarticulado por dolores contusos, aunque le resultó extraño no ver las marcas de las zapatillas en su pecho ni moretón alguno de los besos de Leonora, quien, sobra decirlo, ya no estaba a su lado. Amplificó su mirada para capturar bien los detalles del escenario: las sábanas volaron y ahora anidaban en la lámpara del techo, sus calzones posados en la cómoda tenían una sonrisa por cada arruga, –sin saber cómo– una puerta del armario yacía sobre el piso hecha pedazos. No obstante, ningún rastro de Leonora. Bueno, es una gata sigilosa, se consoló Eduardo, melancólico, pues era evidente que no habría otro encuentro. Una hora después, bajó a la recepción a regresar la llave y pagar los daños. Lo atendió el mismo hombre de la noche. Sólo por curiosidad también preguntó a qué hora su acompañante había dejado el hotel, claro, si la recordaba. –Perdóneme, joven, usted llegó solo anoche, bastante apresurado, pensé que alguien llegaría más tarde, pero no fue así, ¿está usted bien? –Eduardo perdió el aliento, preso

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del desconcierto, y salió del hotel. Estuvimos juntos allá arriba, cavilaba, sentado frente al volante de su Mercedes SLR negro. Decidió regresar al antro y preguntar por ella. Era temprano, mas el barman estaba tras la barra preparando el arsenal. Él explicó algo similar a Eduardo, lo vio solo; sí, Eduardo pidió dos tragos, lo que le pareció raro, sin embargo, eso no le importó, muchos hacen eso para no perder tiempo. –¿Cómo crees? Ella estaba conmigo, se llama Leonora, muy bonita, me dijo que le decían la Chula. – Ah, ahora comprendo, caíste justo como los demás. Mira, yo no creo en esas cosas, pero muchos cuentan la misma historia, se ligan a la Chula aquí y al otro día están solos, adoloridos, vienen a buscarla y nadie les puede dar señas de ella, porque nadie la conoce. O todos son unos orates, disculpa, eso pienso, o ella los pendejea como quiere y sabe cuidarse. Aunque, esto es lo que no creo, para varios, la Chula está muerta y le gusta aparecerse por acá, llevarse güeyes a la cama y ponerles el susto de su vida. Yo nomás te cuento lo que sé. –Eso es lo que sé –contesta Anabel, hermana gemela de Eduardo, a éste luego de que le platicara todo–. Camila me lo contó, Leonora era su novia; solían ir los viernes en la noche a ese antro, cada una se ligaba a cualquier pendejo, los hacían gastar en hoteles caros para dominarlos. Aunque a ti te fue bien, hermanito, Camila dice que después de emborracharlos los amarraban para que vieran cómo cogían ellas dos, les encantaba verlos sufrir con sus erecciones, a veces los obligaban a tener sexo entre ellos; Leonora siempre sacaba a relucir un revólver en el momento indicado. Pero bueno, eso acabó cuando Leonora desapareció en Madrid el año pasado, la pobre de Camila todavía le llora, porque está segura de que la secuestraron y luego la mataron. Se alegró al enterarse de las recientes apariciones de Leonora en el bar, la ha buscado, sin suerte, pareciera que muerta se volvió heterosexual. Lo siento por mi amiga… y por ti, claro, querido, se ve que te marcó la indita. Nos vemos en la casa, llega temprano, papá va a ir a cenar –Anabel se despide de él besándole los labios. Eduardo apenas distingue el sabor a martini en la lengua de su hermana. El letargo en que se encuentra abigarra sus sentidos. El ruido se amortigua en el interior del baño de mujeres. Eduardo esnifa una línea de coca para galvanizar su ánimo. Sale y avanza hacia la barra. Ignora los cuerpos alrededor y sus ritmos, atenderlos sería ir contra su estrategia y perder la posibilidad de lograr su objetivo. Afila sus ojos. El barman lo mira alucinado. Eduardo se limita a pedir un escocés en las rocas y un sex on the beach. Prepara bien las palabras, está convencido, pronto podrá preguntarle su nombre otra vez. La mirada almendrada aparece perfectamente definida entre las luces del lugar

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Chabochi Aurora Chirino (México, 1985)

Tiene ciento treinta y cinco años, es anciano, pero no por eso bondadoso. Los pocos que lo han visto, y los que no, lo llaman Chabochi. Ha perdido sus dientes y los sustituyó por colmillos de animales que metió a presión en sus encías que sangran casi todo el tiempo. Sus ojos son totalmente negros, no tiene parpados ni pestañas. Su piel tiene llagas que supuran pus, él las quemas para cerrarlas. La ropa que lleva la ha tenido desde siempre, no es vieja , es algo parecido a piel curtida sobre la piel , unos dicen que perteneció a su primera víctima , una ingenua joven que se acercó a ofrecerle agua recién llegado a la sierra. Es de gran estatura y corpulento, sus movimientos son lentos, pero cuando tiene que atacar se vuelve tan veloz que nadie lo podría ver venir. Llegó desde un país muy frío de Europa y se instaló, cuando joven, en alguna parte de la sierra de Chihuahua, al norte de México. Algunos dicen que se alimenta de los animales que asesina en un ritual; los hace sufrir cruelmente, otros dicen que no necesita comer y que a quienes tortura son a las jóvenes parejas que se aman en los matorrales. Lo hace sólo para complacer a su compañera. De piernas largas, brazos cortos con enormes manos y uñas negras, no es humano, al menos no ahora, ni animal, es algo, que anda siempre acompañado de una gallina. Unos dicen que este animal le robó su alma hace años allá en Europa y que persiguió a la gallina hasta México y al alcanzarla se dio cuenta que no quería su alma de vuelta, dejó de perseguirla y se volvieron compañeros. Coloca a la víctima frente a la gallina, le inserta puntas afiladas de madera o piedra que él mismo labró, deja caer sangre hirviendo sobre su cara, le quema los ojos y canta una letanía que concluye con un fuerte cacaraqueo de la gallina, la víctima muere y Chabochi come su carne, el resto lo cuelga de los árboles que hay donde vive. Quienes ven colgando esto saben que no se deben acercar, otros dicen que Chabochi no existe

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http://buenosairespoetry.com/page/2/

Ectoplasma


Alta traici贸n en las c煤pulas del lado obscuro, pero la estrella de la muerte se mantiene...


http://tu.tv/videos/el-dia-de-la-bestia-espanol

Ectoplasma


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Vestida de negro Sara Raca (Jalisco, 1981)

Mi abuela materna era devota de San Francisco de Asis. Tanto así, que fue sepultada a sus 84 años con el hábito de Franciscana. Esa fue su única petición previa a morir. Juana Martin era sumamente católica. En épocas de La Cristiada, siendo apenas una adolescente, ya escondía un arma debajo de sus anchas faldas, para luego darla a su padre que a caballo gritaba: “Viva Cristo Rey”. En más de una ocasión, se tiznó el rostro y usó ropas sucias y harapos para pasar por vieja ante los federales, que robaban y violaban mujeres a su antojo. También hubo de ocultarse por varios días entre las gruesas paredes de la hacienda donde creció, entre los escondrijos, como murmullos de ratas, rezando esperaba junto a las otras, que los balazos calmarán. Mi abuela fue una mujer muy hermosa, de los Altos de Jalisco y raíz franco-española. Mi abuelo, ya viudo a sus 38 años, se casó con ella de 19, y juraba que era un querubín vuelto mujer que Dios le mandó para no morirse de tristeza. La guerra cristera impactó fuertemente a mi abuela y su relación con la muerte. Posterior a esta etapa pero joven aún, aseguró tener visiones y encuentros misteriosos. A lo largo de su vida, en una especie de ensueño/delirio, le fue revelado el fallecimiento de varios de sus seres más cercanos. Pasaba que ella, de la nada, enfermaba: caía en fiebre y vómito, y ya dentro de la alucinación se le aparecían un par de mujeres vestidas negro, muy elegantes, que le hacían la visita en casa para avisarle que su esposo Jesús, su tía Consuelo, la prima Agripina, su hija Soledad, su hermano Ignacio u otros, habían muerto. Las señoras de negro entraban en sus sueños y tocando la puerta, se anunciaban: Juana, queremos platicar contigo -ella nunca se les negó- te venimos a prevenir que reces fervientemente por el alma de tu difunto… y por tu propia alma; el arma más poderosa contra el demonio es el Santísimo Rosario, no dejes de encomendarte a él mientras le ofreces tu pena a San Francisco. La fiebre cedía y en cuanto podía balbucear preguntaba por el difunto. A veces le tomaba semanas confirmar una muerte anunciada, pues varias de ellas se sucedían en la distancia y debía mandar un peón para reafirmar lo que ya sabía: A la muerte no hay que temerle ni buscarla, únicamente esperarla. Otros fallecimientos, los más dolorosos, como el de su papá, le fueron ocultados por [45]


miedo a que enfermará, pero sucedía lo mismo, las señoras de negro venían y así, ella se enteró. Siempre mostró resignación ante una virtud tan amarga, y deseó con la misma entrega, estar equivocada. Cuando le preguntábamos por esta situación y su veracidad, se ponía seria y contaba de nuevo la historia con solemnidad y cautela, como si no quisiera que algo entre las plantas y los muros de la hacienda, la escucharán. Decía que el sueño y la muerte son próximos parientes, que había muchas cosas que la gente de ahora ya no podía ver, pero que nosotras (yo y mis primas) nunca dejáramos de rezar pues el diablo si existía y donde quiera metía la cola. Creo que también se sentía culpable de la gente atea que ayudo a matar para defenderse. El día de su muerte ayude a vestirla con su hábito de Franciscana: Sonreía placida, incluso el ceño entre sus cejas que siempre caracterizó su testarudez –y yo heredé- era casi imperceptible; fue también, la única vez que le recuerdo despeinada, su rostro flotaba entre sus cabellos como un mar de hilos de plata, a punto de hundirse en el sueño para siempre. La velamos en su casa. Muchas señoras vestidas de negro, elegantes y guapas, vinieron a visitarla. Al caer la madrugada, pesé a mi terquedad por velarla toda la noche, quedé dormida en uno de los equipales del corredor. Tuve un sueño muy extraño: Estábamos todas sus hijas y nietas jugando baraja, como cada domingo de reunión familiar. Luego aparece ella, vestida de negro y nos dice que ha muerto

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Recuerdos en blanco y negro Andrés Galindo

(Ciudad de México, 1974)

Medias caladas, vestido negro, labios rojos, rubia, guantes y un cigarrillo; como Rita Hayworth en Gilda. Ya sabes, un lugar común. Pero en 1948 eso era nuevo. La primera vez que la vi fue enfrente del Salón México. Le ofrecí fuego y ella me tendió el cigarrillo; no sabía fumar, pero le gustaba guiarse por apariencias. Caminamos hasta el Tacuba. Llegamos a tiempo para guarecernos de la tormenta. Dos semanas después me presentó a su familia. Su madre era una mujer loca que defendía a los animales por encima de todo y de todos. Decía que la compañía de los animales era más placentera que la de cualquier hombre. Sí, sí, ya sé que eso también te parece un lugar común; pero es que hoy medio mundo defiende los derechos de los animales. Antes no era así, uno podía ir a una corrida de toros sin que nadie se ofendiera. Su padre era un exrevolucionario que había peleado al lado de Villa. Antes de que terminara la revolución se robó a su mujer y la trajo a la ciudad “nomás para enloquecer”. Tenía un hermano y una hermana. Andrés era un idiota que más de una vez había pisado la Castañeda. Constanza era una muchacha ya pasada de años; una quedada, digamos; muy linda eso sí. A mí me gustaba. Pero en ese tiempo era cosa de aprovechar a la más joven. Solíamos caminar por la alameda y alguna que otra vez nos metíamos al cine. A mí me gustaban esas películas de gánsters, donde siempre era de noche. No puedo decirte que no era un macho, porque en ese tiempo tenías que serlo. Te diré que hasta me hubiera gustado ser un matón, como el de aquellas películas. Me hubiera gustado matar a ese idiota de Andrés, que siempre estaba molestando cuando iba a dejar a Flor. Se me tiraba encima y comenzaba a darme golpes indiscriminadamente. Con Constanza me llevaba bien. Había noches que, mientras Flor preparaba la cena, yo le hablaba de mi tierra natal, Zacatecas, y ella me hablaba de novelas rosas y de poesía. Pedí la mano de Flor antes de que terminara el año. Ella soñaba con el vestido blanco. Hacía planes y hasta pensaba en el nombre de los niños. Un día llegué por la tarde y me recibió Constanza. Flor y su madre habían ido a hacer algunas compras para la boda. El papá había ido con Andrés a la Castañeda, el muchacho se había puesto muy violento. No estaba de acuerdo con la boda y eso lo irritaba más de lo normal. Creo que sentía un amor desmedido por su hermana menor; ahora lo veo así. Al idiota le hubiera gustado matarme; años después me llegó la noticia de que había muerto de tristeza cuando su hermana menor también enloqueció y se tiro a la bebida. Esa tarde Constanza y yo nos amamos con una [47]


furia callada, contenida. Nunca se me van a olvidar sus ojos, desesperados, clavándose en los míos. Terminamos antes de que llegaran Flor y su madre. Yo ya me había ido. Ya estaba elegido el vestido blanco y faltaban apenas un par de semanas para la ceremonia. Había hecho algunos ahorros para la luna de miel; no me iba mal como abogado recién egresado. Todo estaba listo. Sin embargo no dejaba de pensar en el sexo desesperado de Constanza. Planeamos la huida por teléfono una semana antes de la boda. El asunto no salió bien porque esa semana la madre no dejó en paz a Constanza; quería que le ayudara con esto y aquello. Una noche antes de la ceremonia le llamé por teléfono y le dije que el plan era ir a Zacatecas a ver a mis padres. Pero pararíamos en Guadalajara; ahí podríamos encontrarnos. Dejé a Flor la noche que llegamos a Guadalajara. Traté de no hacer ruido pero algo me decía que ella ya sabía lo de su hermana y yo. En la oscuridad del cuarto de hotel alcancé a ver una mirada de resignación. Me encontré con Constanza en la estación de autobuses y seguimos hasta Zacatecas. Eso fue hace mucho. ¿Por qué te lo cuento? No lo sé, quizá porque siempre he querido contar esta historia. Nunca he sabido contarla, hasta ahora que te lo cuento. Quizá sea que ya nada importa; cada pieza ha tomado su lugar en el tablero. Constanza se suicidó tres años después de la fuga. Creo que no soportó la traición a su hermana. Debí premeditar todo eso desde que entré por vez primera a esa maldita casa de la calle de Moneda, oscura, fría, con esa familia completamente enferma. Yo mismo terminé por enfermar. Mis padres murieron hace mucho y yo quedé varado aquí, para siempre, en este pueblo de tierra y fuego en que sólo se oyen ladrar los perros. De la vieja ciudad sólo escucho rumores, y algunas noches sus sombras me visitan

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Terror Víctor Chi

(Yucatán, 1979)

Y en aquel lugar, lo surrealista de la muerte y los decapitados resultaba tan patéticamente rutinario y cotidiano que, entre los asustadores, “El jinete sin Cabeza” perdió vigencia y dejo de causar terror entre las pesadillas de los niños. Ahora, ellos le temían más al “Jinete Descabezador”

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“The Omen es una película de terror de 1976 dirigida por Richard Donner. Junto con Rosemary’s Baby y El exorcista, es una de las pocas producciones cuya calidad trascendió el género de terror sobrenatural. Años después tuvo tres secuelas, con las que forma una especie de tetralogía, y dos décadas después se produjo un remake, estrenado el 6 de junio del 2006, en medio de una sonora campaña de marketing por coincidir con la fecha del Anticristo.”


Nunca lloverá sobre mi tumba Y nadie vendrá a llorar sobre mi tumba Dibujando con versos, las sílabas de un cadáver Que tuvo sólo, el nombre de la nada El amor de un perro Y las sílabas de un cadáver Que amó la nada con las sílabas del can Que como alguien dijo, en otra ocasión, «yo soy el hombre Que sólo amaba a los perros», Raimond Chandler, lo dijo Escribiendo, sobre la grupa de un caballo Palabras sólo para los dioses Cae mi pluma al suelo Y se llene de cenizas mi balcón Que tuvo sólo por nombre el espanto Que es como una virgen contra el mundo

Leopoldo María Panero de Rosa enferma


[Radiador] No.29