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La luz en Querétaro: la inclemencia del desierto en la ciudad. por Jacobo Zanella

Las calles de Querétaro se convierten en ríos de luz avasallante. Inundando y agrietando todas las aberturas de la ciudad, la luz domina las fachadas, los pavimentos, los patios, los vanos de las ventanas y la vegetación. Destello solar inclemente, no se filtra en ninguna nube, no crea ninguna atmósfera. Luz directa que penetra los sólidos y elimina los matices; luz que decolora todo lo que toca, que lo convierte casi en blanco. La luz de la ciudad de Querétaro es la luz del desierto: domina el territorio llano como las montañas dominan los valles. Su exagerado brillo elimina los posibles detalles que, de tanto ausentarse, han dejado de existir. Sus sombras son lo opuesto: son la nada, lo inexplorable, reforzando la imposición de la luz por contraste. En su punto máximo, cuando todas las superficies se convierten en espejos, la luz reflejada en la ciudad impide incluso verla. Entonces hay que buscar refugio en los interiores mansos, frescos y en silencio. Nada se oculta bajo la luz de Querétaro, no hay delicadezas. Todo lo contrario: el tosco e inmanejable brillo exterior hace que el interior sea relativamente amable, aunque no lo sea en lo absoluto. Pintar o fotografiar con esta luz es imposible: es una luz que espanta. Los que han vivido siempre en Querétaro han asimilado de manera natural esta luz y su carácter.

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Querétaro MX: memoria fotográfica  

La ciudad y sus múltiples tiempos paralelos.

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