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Historias de Doña Arminda

Irene Mariñas Dibujo portada de Kris García http://ta-lentosediciones.com/book/las-historias-de-dona-arminda/

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Relatos hilvanados

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INTRODUCCIÓN

Doña Arminda llegó por primera vez a mi peluquería una mañana de jueves. Enseguida entablamos una afectuosa amistad y mientras le lavaba la cabeza y la peinaba, ella me contaba historias asombrosas y, a pesar de que aseguraba que eran ciertas, a veces me resultaban difíciles de creer. Pero es que en su memoria otro mundo existía, más hermoso. Más feliz.

Desde aquel primer jueves no faltó una sola semana a su cita conmigo. La agradable anciana se iba encantada con su moño recién hecho y yo me quedaba encantada con el feliz recuerdo del cuento que esa mañana me había regalado. Doña Arminda era una anciana parlanchina, fascinadora e incansable. Me contaba sus fantasiosos recuerdos, sin más, por el puro placer de narrar y yo la escuchaba con avidez por el puro goce de oírlas. Dentro de su universo imaginario no excluía a nadie, ni a grandes ni a pequeños, por eso entre las historias que me explicó hay algunas que hablan de amantes, otras de demonios y maldiciones y otras que le nacieron con el lenguaje infantil de la niñez.

Bastantes años más tarde, buscando un cuento para mi primera hija, descubrí en una pequeña librería una recopilación de cuentos suyos. Por supuesto compré el libro. Se titula “En los sueños cabe el mundo” y para mi sorpresa leí en la dedicatoria: “Para Iris, hacedora de moños y sonrisas de colores”.

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Ahora soy yo la narradora y me he decidido a explicar nuestras conversaciones en la peluquerĂ­a y a escribir sus historias en forma de cuento, porque creo que es una manera mĂĄgica de alargarle la vida.

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PRIMER JUEVES

—¿Le hago un moño alto, Doña Arminda? —No, hija, si me haces un moño voy a parecer la Zarina Ivana, y no quisiera contagiarme de su tristeza. Pobre, cuántas lágrimas escondidas tras su belleza. Mejor hazme un recogido más moderno. —¿Usted se refiere a la Zarina de Rusia? ¿Aquella que se suicidó por el amor de un soldado? —Sí, ¿conoces la historia? —Sí, claro, es una novela romántica preciosa. —Bueno, antes de ser novela fue realidad y te aseguro que para ella no fue romántico. Nunca conocí muchacha más desgraciada. —¿Usted la conoció? —¿Pues no te lo acabo de decir? Ella sólo tenía deseos para aquel soldado, pero su marido era un hombre apuesto, vigoroso. Necesitaba una mujer en su cama y yo era su amante. —¿Su amante? —Eran otros tiempos. Otra cultura, otro mundo. El día que la Zarina apareció muerta yo estaba al final del pasillo, en la alcoba del matrimonio, con su esposo. Me impresionó mucho, no quedaba nada de su belleza, estaba amarillenta, con los ojos hinchados y grises. Llevaba muerta toda la noche, había tomado el veneno antes de irse a dormir y cuando la encontró su dama de compañía era media mañana, nunca le gustó madrugar. Sus manos agarrotadas y aquellos ojos

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tan abiertos, suplicantes, me hicieron comprender todo su sufrimiento. Esa misma mañana regresé a mi casa. —Disculpe, Doña Arminda, y no se ofenda por lo que le voy a decir, no es que no crea lo que cuenta, pero es que, más me parece una fantasía que una realidad. —No te preocupes… —Es que como en ocasiones la memoria nos puede jugar malas pasadas… Pero, por favor, siga contándome la historia. —Sí, tienes razón, a veces la memoria me falla, no podría decirte lo que cené ayer, pero recuerdo perfectamente el sabor de la perdiz confitada que sirvieron el día de mi boda y todavía siento náuseas verdes cuando evoco el perfume pegajoso y dulzón de mi suegra. Cuando me abrazaba y besaba sentía cómo las náuseas me bajaban de la nariz al estómago y volvían a subir hasta la garganta, tenía que apretar los labios para no vomitar sobre su caro vestido de gasa. Supongo que ya te habrás dado cuenta, mi suegra era lo peor de mi casamiento y te aseguro que en aquel enlace había muchas cosas torcidas. Mi padre no estaba precisamente feliz desde el compromiso, pero aún así cazó personalmente todas las perdices, ciervos y liebres que formaron el plato fuerte del banquete. Escuché decir a una criada que llevaban dos días cocinando, pues sólo de caza había más de doscientas piezas. Pensé que era más difícil pelarlas y guisarlas que cazarlas, pues mi padre lo hizo en una sola tarde. Tenía fama de ser el mejor batidor del pueblo. Los que le trataban de cerca le llamaban “el Pardo”. —¿Por qué le llamaban “el Pardo”?

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—De joven mató a un gran oso pardo, pero sin escopeta, con las manos desnudas. Fue una lucha entre iguales… —¿Entre iguales? Un oso es mucho más grande y fuerte que un hombre. —Si hubieses conocido a mi padre sabrías que era un hombre poderoso, robusto, si te miraba frunciendo el ceño temblaban hasta las ventanas. Tenía una voz tan potente y recia que no te quedaba más remedio que obedecer… —¿Tenía su padre mal genio? —No, por supuesto que no, derrochaba energía cuando abroncaba y cuando reía. Todo para él era grande y maravilloso, nunca hablaba sin pasión, no reñía sin cabezonería y jamás se tapaba la boca para reír, se podía ver el brillo de sus dientes de oro, sus carcajadas atravesaban paredes. Cuando era pequeña creía que las copas tintineaban con su voz y su boca destellaba porque era mágico y todo y todos se rendían a sus pies porque podía ser un mago y lograr maravillas, pero también podía convertirse en un ogro aterrorizante. Al crecer, comprendí que el poder de mi padre brotaba de su convencimiento en todo cuanto decía y hacía. —¿Y su madre? ¿Cómo era? —Pelirroja...era una mujer dulce y candorosa, bueno, menos cuando se teñía de la tonalidad de su pelo… —Pero, ¿no era su color natural? —Sí tontuela, la melena sí, yo me refiero a toda ella, su piel, la mirada… Comenzaba por los nudillos apretados y entonces, poco a poco, el rojo fuego subía por ella hasta llegarle a la raíz del pelo, no se podía distinguir dónde comenzaba el cabello y terminaba su frente, refulgía toda encarnada y hasta las palabras que le borboteaban de la boca eran color sangre. En esos momentos

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todos deseábamos salir de la estancia, pero nadie conseguía mover un sólo músculo. —¿Cómo iba a volverse completamente roja? Eso es imposible, deben ser recuerdos infantiles mezclados con fantasías. —Pero bueno, chiquilla, ¿es que tú nunca oíste decir que la gente se pone roja de ira? —Sí, pero sólo es un dicho, una forma de hablar, igual que cuando se dice que alguien está verde de envidia, es un decir, no es real. —¿Cómo que no? Conocí yo una vez una moza tan envidiosa, que un día reventó de color sapo. —¡Ya! Lo siento pero no me lo puedo creer. —Espera que te cuente la historia y después me contestas. —De acuerdo. —¿Recuerdas que antes te mencioné que fui amante de un Zar? —Sí, claro. —Pues no era la única, pero faltando a la virtud de la modestia te diré que yo era la favorita. Además había una muchacha jovencita, rubia, de ojos almendrados, famosa por ser una beldad, aspiraba a ser la predilecta, pero sin explicación, el Zar la tenía un poco olvidada. Hacía todo lo posible para que él se fijara en ella y que la reclamase a su lado con más asiduidad, pero, cuanto más se esforzaba ella, más repulsa parecía provocar en el Zar. Su cambio fue sucediendo de una forma muy sutil. Al principio eran insinuaciones pérfidas, pero poco a poco comenzó a idear pequeñas trampas para hacernos quedar mal. Según sus traiciones a las compañeras iban en aumento, su aspecto cambiaba, su melena dorada pasó a ser de un tono verde

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alga, los ojos miel se tornaron acuosos, del color verdín del agua estancada, aquella piel aterciopelada, que tanto cuidaba, estaba enfermiza, verdosa. Pensamos que tenía alguna enfermedad extraña, que padecía un mal raro. Una mañana se levantó más verde de lo normal, insultándonos, gritando y sacando espuma por la boca, se desmayó y asustadas llamamos al médico. El diagnóstico fue tajante: “la envidia está acabando con ella”. Le recomendó reposo absoluto. Pasó muchos días encamada, con los ojos lechosos, inmóviles, abiertos sobre el infinito, mirando sin ver. Nosotras la cuidábamos, la alimentábamos y le cepillábamos el musgo de su melena. Sólo abría la boca para insultarnos, acusarnos de traidoras e intentar escupirnos. Cuanto la ciencia o el ingenio pudieron idear para curarla, se hizo, pero seguía empeorando. Parecía que cuanto más mimos le dedicábamos más crecía su mal. Se hinchaba como si alguien le soplara aire caliente por algún orificio de su cuerpo y una mañana explotó, verde y globosa. Estábamos en su cuarto, sentadas alrededor de la cama, nos reuníamos allí para comentar los acontecimientos del día y la noche anterior (casi todas tenían amantes alternativos, para cuando no eran requeridas por el Zar). Charlábamos en aquella alcoba para hacerle compañía. Recuerdo que yo estaba explicando, en tono picaron, lo bien que me lo había pasado la noche antes en compañía del Zar. En mitad de mi relato se empezaron a oír unos resoplidos, como si el aire escapara a presión por algún lado, cuando nos dimos cuenta de que era ella que dejaba escapar gases, nos retiramos de un brinco y en un momento con la misma celeridad que soltó los vientos comenzó a inflarse, parecía

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que los ojos le saltarían, el vientre crecía, la piel no podía tensarse más y unida a nuestros chillidos se escuchó una explosión. —¡Parece increíble! —Sí, pero, así fue, yo lo presencié. Pero olvidé explicarte que no fue culpa suya, su destino era ese. Se llamaba Leandra Meta. —Pues… no lo entiendo. ¿Qué importancia tiene el nombre? —Chiquilla, ¿es que tú no sabes nada de la vida?, ¿de la vida de verdad? Su nombre es latino y significa: mujer ambiciosa, de salud y espíritu débil. Pobre, estaba predestinada. Mira, sin ir más lejos mi madre, ya te expliqué sus arranques de ira debidos al color fuego de su pelo, podía equilibrar su furia poderosa con la más virtuosa benevolencia gracias a su nombre. —¿Cómo se llamaba su madre? —Ana, mujer hebrea compasiva y portadora de misericordia. Mi madre siempre luchó por compensar la energía fogosa de su cabellera rojiza y la paz que su nombre le aportaba. Claro que también le ayudó la estricta educación que recibió y la bondad que le trasmitió su ama de cría, mezclada con la generosidad de su leche. —¡Caramba! ¿y su nombre, Doña Arminda, qué significa?, ¿le ha marcado en la vida? —Por supuesto, como a todo el mundo, el nombre que deciden para ti y te imponen en el bautismo es como una vara que te indica el camino a seguir por la vida. Mi nombre procede de las Islas Canarias, la familia de mi padre era de allí, y quiere decir: aquella que es atrevida. —¡Aquella que es atrevida!, desde luego es un nombre perfecto para usted. —Gracias.

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**** —Bueno, Doña Arminda, ya está usted peinada, mírese, ¿le gusta? —Sí, realmente tienes una buenas manos, me gusta, ¿crees que se mantendrá hasta el sábado? tengo un compromiso importante. —Tenga usted cuidado de no mojarse la cabeza al ducharse y por la mañana aplíquese un poco de laca para fijar el pelo y, yo creo que sí, le aguantará un par de días. —Muy bien, gracias, entonces hasta la semana que viene. —¿Le reservo la misma hora para el jueves? —Sí, por favor. —Hasta la próxima semana y que tenga un buen día.

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Pecado capital

Intentando recorrer los caminos que hacen felices a otros y por los que yo no pude pasar, perdĂ­ mis zapatitos rojos y encontrĂŠ una charca donde sumergirme verde de envidia.

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LEANDRA META

Era el día de su veinte aniversario, edad a la que murió su madre y su abuela. Leandra, delante del espejo, escrutaba su imagen buscando los primeros signos de aquella rara enfermedad genética. En su reflejo sólo había belleza. No descubrió ningún indicio de enfermedad y salió de su alcoba esperanzada, pensando que quizás ella sería la primera mujer de su familia que escaparía de una muerte tan terrible. Cada mañana miraba su cuerpo ante el espejo, murmurando oraciones. Buscando sin querer encontrar. Leía y releía el historial médico de su madre, indagando en sus síntomas, esperando encontrar algo que le dijera que a ella no le pasaba nada de todo aquello. Los primeros signos los notaron las demás habitantes del palacio, le daban quejas de su irritabilidad y hasta la preferida del Zar se había interesado por su salud, parecía demasiado pálida. Los síntomas iniciales no se veían con facilidad ante el espejo.

Comienzo de la enfermedad:  Náuseas y flatulencia.  Palidez cutánea, alternada con tonalidad verdosa.  Irritabilidad.

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Pasados unos días descubrió que su preciosa melena dorada, verdeaba, que sus ojos almendrados se hinchaban y se tornaban acuosos, que sus tobillos eran casi elefantinos. Decidió ignorar, no saber y tapó el espejo con una colcha. No escuchaba, y mentía para salir airosa de las preguntas e impertinencias de las demás. Era la más bella y joven de todas las amantes del Zar y por eso creía que la envidiaban y Leandra veía tras cada pregunta sobre su salud, un falso interés que mal disimulaba el rencor y los celos que le tenían. Entonces, escondía las lágrimas tras frías sonrisas. Quería sentirse deseada por el Zar, creer que no había perdido su belleza y lozanía, pero su antiguo amante se negaba a recibirla. La rechazaba, y eso hacía aumentar su ira que, a la vez, alimentaba la enfermedad que la invadía lentamente y escupía su rabia a todo el que se compadecía de ella.

Curso de la enfermedad:  Irritación y rabia. El organismo lucha por superar el efecto tóxico.  Sensación de presión en pecho y cabeza.  Piel y ojos verdosos.  Demostraciones, cada vez más continuadas, de ira e intolerancia al prójimo.

Intentaba hablar, pero de su boca sólo salía espuma e insultos. Una tarde se desvaneció y pasó unos días en cama, cuidada por las otras amantes del Zar. Pasaban horas con ella, la alimentaban y cepillaban el pelo.

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Se retorcía mientras aquel mal la derrotaba. Hasta que una mañana lluviosa de primavera, no pudo aguantar más sufrimiento y explotó.

Fase terminal progresiva e irreversible:  Coloración verdosa de piel, pelo y ojos.  Hinchazón generalizada del cuerpo.  Pérdida de las pulsaciones biológicas y parálisis.  Explosión múltiple de órganos.  Muerte.

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SEGUNDO JUEVES

—¿Doña Arminda, le hago el mismo peinado de la última vez? —No, mujer… —¿No le gustó? —Sí, claro que me gustó, además el sábado tuve mucho éxito, fui la envidia de todas mis amigas, por cierto, te recomendé a unas cuantas. —Gracias, es usted muy amable, entonces ¿cómo quiere que la peine? —Me dejo en tus manos, confío en tu buen gusto, además, hoy el color violeta te envuelve. —¿Y eso es bueno? —Sí, desde luego. —Bueno, entonces le voy a hacer un look nuevo. —¿Un, qué? —Un peinado nuevo... —De acuerdo, me encanta cambiar.

**** —Doña Arminda… —¿Sí…? —El otro día sus historias despertaron mi curiosidad y cuando usted se fue busqué el significado de mi nombre, y no entendí muy bien qué relación tiene conmigo o mi vida, quizás usted me lo podría explicar.

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—Perdona, no recuerdo… ¿cómo te llamas? —Iris. —Bonito nombre, y realmente muy apropiado para ti, ¿no has oído hablar de la aura? —No, bueno algo sí, pero… —Es una fuente de energía que todos poseemos desde el día del nacimiento y que nos acompaña hasta el día de nuestra muerte. Es una luminiscencia que vibra a nuestro alrededor y que cambia de color y tonalidades según nuestro estado físico o emocional. Normalmente no es visible, pero en tu caso se ve sólo con mirarte un rato, eso es porque tu espiritualidad está a flor de piel. Eres una persona emocional, cariñosa, activa, con un gran conocimiento de tus capacidades y una artista sensible, por eso tu aura es básicamente rosada con destellos dorados y tendencias violetas. Tu nombre Iris es un fiel reflejo de tu persona. Toda tú eres color. —¿De verdad? —Por supuesto. ¿Sabes? yo tuve una tía con ese nombre. Era hermana de mi padre y estaba soltera. —¿Y también reflejaba colores? —Sí, era una mujer cantarina, de risa fácil, timorata como una flor, algo inocente, casi infantil. Caminaba descalzada por la vereda del río y coleccionaba piedrecillas, trozos de cristal, mariposas y escarabajos verdes, de esos que exhiben reflejos irisados, y los conservaba tan llameantes y con los colores tan vivos que siempre parecía que los acababa de recoger. Conocía palabras secretas que espantaban la melancolía.

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La recuerdo siempre feliz, hasta aquel día… Pobre, no volvió a sonreír. Ella, siempre locuaz y hecha una pura risa, pasó al silencio y a la hosquedad. —¿Pero, qué es lo que pasó? ¿Tan gordo fue? —Mi tía era soltera pero tuvo unos amoríos con el cornetista de una banda de Jazz, que estaba de paso por el pueblo con motivo de las fiestas. Mi madre decía que con su música invocaban al diablo, que eran mala gente y se dedicaban a engatusar a las chicas jóvenes para utilizarlas en sus ritos satánicos. —También de los Rolling lo decían, pero son tonterías. —No, de tonterías nada, se demostró que era cierto. —¿Cómo se demostró? —Cuando aquellos hombres negros se fueron del pueblo, mi tía ya estaba en cinta. En el parto la asistieron mi madre y una sirvienta de confianza. Su embarazo había sido secreto, tenían que protegerla del escándalo que se habría formado a sus espaldas. Cuando después de muchas horas de parto, estaban a punto de llamar al médico, apareció la cabeza del bebé, entonces entendieron por qué había tanta sangre por todas partes. La criaturita, en la frente, tenía unos pequeñitos cuernos con los que había desgarrado por dentro a la madre. A pesar del susto y después de santiguarse miles de veces, acabaron de sacar al niño, era varón, estaba atado a su madre por un extraño cordón umbilical peludo, sus piernas también estaban cubiertas de pelo áspero y en lugar de piececitos tenía pezuñas de cabra... Te puedes hacer una idea de lo aterrorizadas que estaban mi madre y la sirvienta, habrían querido llamar al párroco, pero sabían que el cura desconocía el significado del secreto de confesión. Y que todo lo que escuchaba en el confesionario terminaba siendo el tema preferido de las conversaciones y

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cuchicheos de las mañanas en el lavadero de la plaza. Pues, el padre Don Jesús, tenía la pecaminosa costumbre de contárselo todo a sus compañeros de dominó y estos, más tarde, lo repetían en sus casas a sus mujeres. Así que envolvieron al… niño en las sábanas de la cama y lo metieron entre las ascuas de la hoguera, con la esperanza de que el fuego purificador de la noche de San Juan devorara todo el mal, para poder olvidar. Nunca más se mencionó el tema, nadie preguntó. Mi tía Iris llegó a ver el fruto de sus entrañas, las mujeres no se dieron cuenta, pero ella las vio envolverlo en las sábanas, después cayó inconsciente por la pérdida de sangre. Estuvo a punto de morir. Cuando se recuperó y salió de la habitación ya no era mi tía Iris, jamás lo volvió a ser. La mujer que apareció por la puerta arrastraba los pies al caminar, con la vista siempre fija en las puntas de sus zapatos. Era un fantasma, un alma en pena. —Es una historia muy triste. —Sí que lo es, pero bueno chiquilla, no nos vayamos a contristar. —Quizás podría explicarme alguna historia con final feliz. —¿Cómo no? Te puedo contar la historia de otra de mis tías. Mi tía Alejandra, por ejemplo, la hermana mayor de mi madre, falleció con casi cien años y siempre fue una mujer muy dichosa. Se fue con un circo que pasó por el pueblo. —Y… ¿no regresó nunca? —Por supuesto, cada vez que su madre la llamaba, ella volvía. Llevaba aprendido el camino de vuelta. —Pero… ¿cómo la avisaba?

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—Muy sencillo. Mi tía era excelente bordadora y por mucho que se alisara la falda al terminar la costura, siempre quedaba algún hilo colgando de su vestido. Cuando partió a vivir como nómada, de su falda pendía un hilo dorado, que todavía pertenecía a un carrete de su caja de costura, de manera que cuando su madre la necesitaba sólo tenía que dar unos ligeros tirones a aquel hilo dorado para que el circo retornase al pueblo. —¿Un hilo dorado?, ¡increíble! —Pues, deberías creerlo, mi tía Alejandra jamás habría abandonado del todo a su familia. Cada vez que el circo regresaba, mi abuela organizaba una comida en el jardín de la casa para su hija y su nueva familia. El patio de la casa se llenaba de titiriteros, payasos que comían fuego, enanos haciendo piruetas, contorsionistas, equilibristas sobre bicicletas de una sola rueda y hasta un domador que no se separaba de su elefante. —¿Entraba el elefante en el jardín? —No, mujer, pero sí había varias monas que sabían comer con cuchillo y tenedor y se limpiaban con las servilletas bordadas de mi abuela. —Y ¿qué hacía ella? —¿Quién? ¿mi abuela? —Sí. —Pues reírse y aplaudir, como todos los demás. Los días que las carpas itinerantes permanecían en el pueblo, toda la casa se alborotada. Se hacían comidas para treinta o cuarenta personas y había gente durmiendo por todos los rincones. Mi abuela corría de un lado a otro para conseguir que no le faltaran atenciones a nadie e incluso se ocupaba de la comida de las monas. Estaba feliz,

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ocupada, muy atareada, casi siempre refunfuñando, pero con una sonrisa permanente en sus ojos. —¿Le gustaba la gente del circo? —Sí, pero además estaba contenta por tener a su hija mayor de vuelta, aunque sólo fuera durante unos días. —¿Por qué decidió irse con el circo? —Se enamoró. —¿Se enamoró? Qué historia más romántica. Me habría gustado conocer a las mujeres de su familia, debieron ser increíblemente asombrosas. —Tenlo por seguro.

**** —Bien, pues ya está usted lista. —¿Puedes alcanzarme el espejo? Quisiera mirarme el peinado. —Tenga, espero que le guste. —Me encanta, eres una mujer muy creativa y sensible, como los colores de tu nombre. —Gracias, muchas gracias. Nos vemos la semana que viene. —Sí, perfecto, que tengas una feliz semana. —Igualmente, adiós.

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Con otra luz dentro del alma

Fue una niña rebelde, soñadora. La palma de su mano no servía para pedir limosna, la extendía, pero para hacerla volar en el aire de los pájaros. Cuando su cara se vio enmarcada por aquel vello negro, creyó que era otro desafío a la vida, como si su cuerpo viniese al encuentro de su espíritu inconformista y que sería su pasaporte a otros mundos. Poco tiempo después, su abuela la vendió a un circo ambulante.

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¡PASEN Y VEAN!

Por primera vez, llegaba un circo al pueblo y fue anunciado entre bombos y sonajas. Al atardecer, ya estaban instaladas las enormes lonas amarillas y azules. Los carromatos quedaron a su alrededor y, tras unas vallas, se podían ver las fieras amaestradas: leones, tigres, un elefante, monas escandalosas y un par de caballos blancos. El circo, para Alejandra, representaba un mundo desconocido, misterioso y atrayente. Cada tarde, abandonaba sus bordados y se acercaba al campamento para presenciar los preparativos de antes de la función. Le encantaba ver cómo aquellas caras cansadas se transformaban bajo el maquillaje en coloridos y risueños payasos; cómo las lentejuelas y los trajes brillantes convertían a simples hombres en tremendos trapecistas o valientes domadores de bigote altivo. La gente del circo estaba siempre ocupada, sus manos jamás se detenían. Los hombres se dedicaban a las tareas más arduas; levantar la carpa, montar las jaulas de los animales… y las mujeres, cocinaban, lavaban la ropa en el río y se ocupaban de los niños. Todos los días veía un hombre con una gran barba que hacía tareas de mujer, y estaba intrigada, pues no parecía enfermo, ni débil. Le atraía misteriosamente. Una tarde, toda la familia se endomingó y fue a la función. Cuando encendieron las luces, los ojos de grandes y chicos relumbraron de asombro. Aquel era un circo modesto, pero lleno de color, fantasía y risas.

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El maestro de ceremonias inició la función: “Damas y Caballeros”. Sonó la música del acordeón y los trapecistas comenzaron a volar, las bailarinas hacían equilibrios sobre los caballos, los payasos provocaban carcajadas, todo era luz y diversión. Cuando parecía que el espectáculo ya estaba a punto de terminar, el jefe de pista, colocado en medio del escenario, comenzó a gritar: “y ahora, vean aquello nunca visto en nuestras carpas”, y tras estas palabras dio comienzo un desfile grotesco que causó fascinación y temor. Bajo la música, y presentados uno a uno, fueron apareciendo: los enanos, la mujer más gorda del mundo, el hombre pez y la mujer barbuda. Los aplausos y risotadas no cesaban. Sólo Alejandra lloraba en silencio.

**** Cada tarde, antes de comenzar la función, se acercaba al campamento para hablar con aquella mujer de lenguas barbas y ojos gatunos que la miraban de lleno. Le explicaba su vida: sus padres eran pobres de pedir y un día su abuela la llevó de la mano hasta el descampado donde estaba montado el circo ambulante y, mientras ella jugaba con los niños, su abuela negoció su incorporación al espectáculo. Más tarde, se enteró de que la había vendido por unos cuantos reales y, desde entonces, pertenece a ese mundo nómada y vive la libertad que le otorga el saberse diferente y aceptada. Además de las apariciones al final de cada función, se encarga del puesto de copos de azúcar y en su tiempo de descanso escribe sonetos que luego vende a los enamorados ajenos. 26


—Pero… ¿cómo puedes ser feliz viviendo así? —¿Viviendo cómo? Nosotros vivimos en un orden distinto, libres de vuestra vida cuadriculada, medida por la costumbre social y mental. Aquí nadie mira de reojo. —Pero, la gente se burla de ti. Se ríe de tu desgracia. —¿Desgracia? Supongo que te refieres a mi barba, claro, para ti es inadmisible que una mujer tenga barba y que además la luzca con orgullo. —¿No te gustaría ser normal? —No, no me gustaría ser normal. Yo no soy mejor que los demás, pero soy diferente, no por ser velluda, sino porque soy poeta y no una campesina analfabeta cargada de hijos. Si no fuera por mi barba ahora viviría en un pueblucho, rodeada de miseria, viendo crecer a mi prole entre hambre y frío. Seguramente, estaría casada con algún infeliz borrachín, que por las noches descargaría su furia sobre mí. Lo que tú ves como una desgracia para mí es la puerta a la libertad. El circo es mi familia, pertenezco a la raza de gente del espectáculo. Aquí nada es imposible y nada se esconde, todo es visible. —¿Entonces, eres feliz? —Sí, supongo que sí. Siento decepcionarte y no ser la pobre desdichada que tú imaginabas. —No, yo… —No te preocupes, estoy acostumbrada. Una de las ventajas que me da la barba es que puedo observar a los demás desde la lejanía y según sus reacciones creo saber qué tipo de personas son. —Y yo, ¿qué tipo de persona soy? —Tú… eres de las personas que permanecen boquiabiertas, esperando para saber más.

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Fueron pasando los días mientras Alejandra se dejaba llevar por aquella atracción magnética, por aquella voz de tango que le llenaba el alma de cosquillas, por aquel amor que dolía y brillaba a la vez. Poco a poco se iba adentrando más en el circo, formando parte de su vida. Hacía algún remiendo en los trajes de los payasos, cosía lentejuelas caídas y zurcía los calzones del domador. Los habitantes de las caravanas ya no la miraban con curiosidad y parecía ser aceptada como una más.

Una mañana de lluvia, Alejandra contemplaba cómo las gotas rebotaban en los pétalos de las rosas abiertas y los hacían caer. La fuerza del agua derribaba la fruta madura, dejándola sobre la hierba como alimento del suelo y sus habitantes. A lo lejos, se escuchaban las voces del circo, atareadas, corriendo, resguardándose de la lluvia y, entonces, en aquel preciso momento, supo que quería vivir y morir entre aquella gente.

Cuando el circo partió, ella estaba sentada al lado de la mujer barbuda que conducía su carromato fuera del pueblo, camino de nuevos destinos. Su caja de costura quedó abandonada en el porche de la casa y de ella asomaba un finísimo hilo dorado que recorría caminos polvorientos, pendiendo de la falda de Alejandra.

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TERCER JUEVES

—Buenos días. —Buenos días, Doña Arminda, enseguida estoy por usted, siéntese y espere un momento, por favor. —Muy bien.

**** —Ya puede pasar, siento haberla hecho esperar. —No importa, tampoco ha pasado mucho tiempo. —¿Cómo la peino? —Sorpréndeme. —De acuerdo.

**** —Iris, hoy estás resplandeciente de una forma especial. Te estaba observando mientras esperaba, ¿a qué se debe? —Vaya, parece que tiene usted razón, no puedo esconder ningún secreto, mi aura me delata, hoy me han preguntado lo mismo tres clientas más. —Bien, ¿y puedo conocer el motivo? —Mi novio y yo hemos decidido casarnos. —¡Enhorabuena!, pero ¿cómo que habéis decidido? Te habrá pedido la mano.

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—No señora Arminda, ahora ya no se llevan esos formalismos, están pasados de moda, ahora las decisiones importantes se toman en común. —Parece que me estoy quedando anticuada. Me alegro mucho por ti. Supongo que será un buen mozo, trabajador y cariñoso, además de magnífico amante y perdona que sea tan clara hija, pero creo que es una parte fundamental en la relación. —Qué cosas tiene, hace que me ponga colorada, pero tranquila es muy cumplidor en todos los aspectos. —Muy bien, así es como debe ser. —Claro… —Entonces, me imagino que no habrá fiesta de compromiso, ni anillo de pedida, ni ninguna de estas cosas que tú y tu generación consideráis cursis y pasadas de moda. —No, no habrá nada de eso, sólo una boda sencillita en el ayuntamiento y después una reunión entre amigos y familia. —Mira, lo de no pasar por la iglesia me parece estupendo. —¿No le gustan a usted las iglesias? —Ya tengo cierta edad y te aseguro que oí barbaridades dichas bajo la protección del altar. No me gustan los curas. El párroco del pueblo solía decir, desde el púlpito, que el rojo era el color del fuego que representaba a Satanás, que era un color lascivo, que indicaba cólera y que por ese motivo, tal y como lo exigía la sacralidad del lugar santo, las mujeres debían vestir decorosamente, con pudor y modestia, sin colores ostentosos. Estas palabras, que por lo general eran las primeras de sus sermones, hacían que mi madre acudiese a misa con su bella

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melena escondida bajo un pañuelo negro, entraba en la iglesia con la cabeza gacha y con el labio inferior tembloroso. Cuando el párroco pronunciaba aquellas palabras ella sentía que todos los presentes la miraban y juzgaban por el color de su pelo. Nadie podía acusar a mi madre de vanidosa o poco cristiana, era una mujer compasiva y caritativa, sólo en alguna ocasión dejaba brotar su ira roja, pero no creo que tuviera nada que ver con el diablo, ni el infierno, sólo que, bajo su bondad, escondía un carácter fuerte. —Pero, usted me explicó que esos arranques de genio eran debidos al color de su cabello. —Sí, pero eso no es nada demoníaco, ni malvado, como decían las hermanas Zita. —¿Quiénes eran esas hermanas? —Las beatas del pueblo, solteras y comidas por la viruela. Aparentaban devoción. —¡Aja! Siga, siga con lo que me estaba contando. —Bien, pues como te explicaba, cada persona está determinada por muchos factores: nombre, luna de su nacimiento, color energético que le envuelve… pero nada tiene que ver con las tonterías que dicen los curas. Mi madre era creyente y escuchaba los sermones del domingo con devoción. Tanto le llegaron a afectar las peroratas de los domingos, que una mañana amaneció toda encanecida, su hermoso pelo estaba blanco y ella contenta porque no tendría que esconderlo más. Mi padre se puso furioso por la manera en que ella le explicaba que era deseo del señor. Él nunca fue a misa, ni creía en nada de lo que no pudiera reírse a carcajadas. Tan enfadado estaba que prohibió a mi madre que pisara una iglesia y, por supuesto, la entrada del

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sacerdote en la casa. Nadie supo el motivo, pero mi madre a partir de aquel día comenzó a encogerse, dejó de hablar y casi no comía, fue perdiendo color y prácticamente se volvió invisible, hasta el día de su muerte. —¿Por no poder ir a misa? —Probablemente eso influyó, pero creo que al perder el rojo de su pelo también perdió la energía vital que necesitaba para contrarrestar su naturaleza melancólica. —Sí, es una buena explicación. ¿Y se consumió hasta morir? —Murió una tarde sentada en la mecedora, donde tiempo atrás calcetaba. Para entonces era tan frágil y etérea que simplemente desapareció en el aire. —¿Desapareció? —Sí, algo así, se levantó una ligera brisa que venía del mar y salió por la ventana envuelta de olor a sal. —Pero… ¿la enterrarían? —Cómo la íbamos a enterrar, no te digo que se fue por la ventana flotando con la brisa marina. —Vale, de acuerdo, no se ofenda, no la entendí bien. —No mujer, no me ofendo, sé que suena extraño, pero en ocasiones los muertos también deciden su último destino y a mi madre siempre le gustó el mar. —¿Se puede elegir el destino?, ¿cambiarlo? —Por supuesto. Todos venimos al mundo con una misión que llevar a cabo, pero, de cada uno depende cómo vivir su vida y qué decisiones tomar en cada momento. De esa manera podemos influir en nuestro porvenir y cambiarlo o incluso decidir en qué circunstancias o cuándo nacer.

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—¿De qué manera podemos tomar decisiones en el momento de nuestro nacimiento? —Conocí yo un caso en el sur, de una niñita llamada Macarena que no quiso nacer mientras en la radio sonaba un pasodoble de esos que suenan en las corridas de toros y es que, más tarde, demostró que amaba a todo bicho viviente y que era un alma sensible y bondadosa. Pues bien, ella iba asomando su morenita cabeza. Me contaron que ya estaba casi completamente fuera, cuando se oyeron los compases de un tango muy trágico, que hablaba de muerte y tristeza y entonces sin darle tiempo a la comadrona de hacer nada, se escurrió de nuevo hacia las entrañas protectoras de su madre. Hasta que no escuchó un bolero que hablaba de amor, no se decidió a nacer. También te podría contar el caso de Ángela, mi hermana pequeña. —Pues, encantada de escucharla. —La próxima semana te explico la historia. —¿No podría ser ahora? —Pero chiquilla, si ya hace rato que terminaste de peinarme, dame el espejo que me mire y no seas impaciente. —Bien, esperaré, pero me deja usted con las ganas.

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La primera piedra

Aquel domingo la homilía sonaba hueca en el vacío de la iglesia, sólo las beatas del pueblo escuchaban misa. De la puerta colgaba un edicto que decía: “Se prohíbe la entrada a mujeres separadas y demás pecadoras”.

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LAS HERMANAS ZITA

Eran las beatas del pueblo. Santurronas que de todo se asustaban, o fingían asustarse porque eran personas decentes. Mujeres con aparente vocación de solteras, salidas de una epidemia de viruela, enjutas, pálidas y secas de pellejo. Limpiaban y floreaban la iglesia, aireando supuestos pecados ajenos, con una lengua sin freno, con un hablar sin cesar.

Un anochecer húmedo de aguaceros, al regresar a su casa, encontraron tendidos en las sombras dos ángeles. Se santiguaron y murmurando oraciones se fueron acercando. Comprobaron asombradas que aquellos seres de luz, estaban sucios, amarillentos y que tenían la mirada acuosa, velada. Pero convencidas de merecerlo, creyeron que era una señal del poder de Dios, que sus rezos habían llegado al oído del todopoderoso y que él les enviaba a sus ángeles más preciados para que ellas les curaran las heridas. Los cargaron a sus espaldas y, trabajosamente, los llevaron a casa mientras los seres alados sonreían, dejando ver unos colmillos ávidos de sangre y sueños ajenos. Esa noche, la pasaron contemplándolos y felicitándose la una a la otra por ser merecedoras de tan alto honor. Después de toda una vida de dedicación a la iglesia y de vigilar por la moral y el decoro de las mujeres del pueblo, creían poder superar aquella prueba y devolver al cielo a aquellos angelitos de alas rotas. Decidieron no contarlo a nadie, la envidia es muy mala y las gentes del pueblo, muy incultas, seguro que las tratarían de fanáticas, como en otras

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ocasiones. Ellas se consideraban espíritus grandes, escogidos para redimir al mundo de sus pecados y no necesitaban los mismos preceptos que el vulgo materialista y grosero. Tampoco se lo dirían al párroco, pues seguro que él intentaría robárselos. Por la mañana, acudieron a misa igual que siempre, al regresar, los ángeles de sonrisas podridas, las observaban desde el rincón más oscuro de la estancia, parecían sedientos y les dieron vino rojo, de aquel tan espeso que tiñe el vaso como si de sangre se tratase. Es el mismo vino que tomaban ellas cuando se sentían desfallecer, es el mismo vino que utilizaba el cura para las misas. Parecían recuperar algo de su brillo, las alas ya no estaban tan amarillentas, pero seguían sin moverse de la oscuridad. Las hermanas de pecados escondidos en las sombras, de ojos envidiosos y prejuzgadores, rezaban para que aquellos enviados del Señor se recuperasen y, así, ellas poder ser gratificadas pos su buena acción. Quizás serían recompensadas con la inmortalidad o podrían sugerir unos cuantos castigos divinos para las pecadoras del pueblo, de esta manera estarían haciendo otra buena acción. Rezaban de rodillas ante un pequeño altar doméstico, con los ojos cerrados, pero sin dejar de vigilar a sus huéspedes. Los miraban y remiraban, pero no veían sus miradas acechadoras, no veían sus alas manchadas de orín por andar arrastrándose por los suelos, no veían sus garras, no veían sus rostros hambrientos.

Los ángeles caídos o demonios alados, comenzaron robando y comiendo el alma de los animales, perros, gatos, ratas… antes sólo tenían que esperar la

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muerte de la gente, había suficientes almas cándidas para alimentarse, no tenían que arrebatarlas, sólo esperar que el alma se dirigiera a ellos. Los moribundos veían llegar a los ángeles y rezaban esperando que los condujeran a la salvación divina, pero se equivocaban, no irían al paraíso sino a engordar a los tragones angelitos. Pero ahora, ya casi no quedaban almas sensibles y timoratas, por eso, cuando los animales no fueron suficientes, antes de morir de inanición, comenzaron a robar, obligaban a las almas a separarse de los cuerpos y éstos quedaban vacíos, sin espíritu, ni conciencia, vagando por los caminos de la vida. Cuando se vieron obligados a bajar a la tierra a buscar alimento, sus alas se amarillearon, perdieron su resplandor, desarrollaron garras para poder defenderse de los demás carroñeros y perdieron la facultad de volar.

Las hermanas Zita, envueltas en rezos y velas purificadoras no los veían engordar, no los relacionaron con las últimas muertes de la parroquia. Los miraban arreboladas en santidad, en orgullo. Quizás no era Dios quien les hablaba, pero ellas jamás lo dudaron. Los ángeles no resplandecían, no tocaban el arpa, ni tenían unas voces angelicales, pero esperaban pacientemente que sus cuidados y sus mimos dieran resultados y cualquier mañana volarían, envueltos de luz, hacia el cielo. Una noche desaparecieron, pero no salieron flotando por la ventana, como ellas imaginaban, salieron arrastrándose entre las sombras, mientras las hermanas dormían.

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Las dos mujeres, creyendo que los ángeles habían sanado y habían regresado al cielo, en sus oraciones diarias pedían a Dios que les enviase la recompensa en vida, pues estaban convencidas que para cuando muriesen ya tenían ganado el cielo. Mientras, seguían llenando la copa del párroco sin faltar a una misa. Por eso, a todos extrañó que al morir las hermanas, se abriesen las puertas del purgatorio, invitándolas a entrar.

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CUARTO JUEVES

—Doña Arminda… —¿Dime?, ¿qué sucede? —No, no sucede nada, pero… ¿podría explicarme mientras la peino, la historia de su hermana pequeña? —Está bien. Lo primero que debes saber es que mi hermana Ángela es una mujer muy tenaz, maestra de escuela, de profunda y sincera vocación. Fuerte de carácter, pero débil de salud. Incluso ahora, años después de jubilarse, entra en las casas de sus antiguos pupilos para enderezar sus vidas, cuando estos se descarrían. Uno de sus alumnos tenía por costumbre, cuando regresaba del bar, zurrar a su mujer. Era la manera que tenía de demostrar su hombría, tras haber perdido toda dignidad delante del vaso de vino. Un día, mi hermana se encontró a la joven y sumisa mujer en el mercado. Le vio el ojo cerrado y violeta, no necesitó explicaciones, él siempre fue bastante bruto, así que a pesar de sus casi setenta años y los cincuenta y tantos del alumno, esa noche le hizo una visita. Lo cogió por la oreja como en tiempos pasados e izándolo del suelo le explicó el significado del amor y el respeto. El rudo obrero pasó a demostrar su virilidad en las broncas de la taberna, con bestias como él, pero nunca más en su mujer. Mi hermana heredó la fragilidad de mi madre y la ternura autoritaria de mi padre. —Ya veo, ya...

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—Parece ser que toda la familia estaba convencida de que Ángela, moriría a una edad bastante temprana, pues padecía asma y con frecuencia la dejaba sin aliento. —Pero, ¿no fue así? —No, ya te dije que vive, a pesar de que la muerte se le anunció en tres ocasiones. —¿Que se anunció la muerte?, ¿cómo? —Bueno, en realidad envió un emisario. Un cuervo negro. —Yo, me moriría de miedo. —Ella también sintió pánico y huyó, pero al final no se resignó a morir el día señalado por aquel pájaro de mal agüero y de un golpe se deshizo de la presencia de la muerte. —¿Entonces, cambió su destino? —Sí, en algunos casos muy concretos, poquísimos, se puede variar el rumbo de la vida. Pero en la gran mayoría de las ocasiones no es posible vencer la fatalidad de nuestras existencias. —Pero, su hermana lo hizo, ¿no…? —Eres muy joven y por eso también muy curiosa. Debería explicarte todos los casos de mala fortuna que hubieron en mi familia, debidos al destino que los empujaba al mar. Quizás de esta manera lo entenderías mejor. —¿Qué quiere decir? —Te podría contar muchas cosas sobre las olas, la espuma y la atracción que siempre sintió mi gente por el mar. Todas son historias increíbles, de sueños no alcanzados, de anhelos… pero ninguna tiene final feliz. Cada generación ha perdido algún miembro por culpa de los mares y océanos.

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—¿Su familia es marinera? —No, sólo soñadores. —Pero… y no se ofenda por mi pregunta, ¿qué tiene eso que ver con el destino? —En cada generación nace un varón con su suerte marcada en el azul de los ojos. Son muchos los casos de final trágico y te aseguro que las madres y mujeres de los afectados habrían querido cambiarlo y evitar que sus hombres desaparecieran en plena juventud, atraídos por el mar. —Sí, claro, me lo imagino. —Pero esto no quiere decir que debas abandonarte a tu suerte, siempre se pueden mejorar las cosas. —Tiene usted razón. —Bueno, hija, eso es cosa de la edad y de la experiencia, se tiende a gozar de la razón o por lo menos a creer que se tiene. —Doña Arminda, ¿podría acabar de explicarme la historia de los encuentros de su familia con el mar? —Si no te importa lo dejamos para otro día. Es muy extensa, hay mucho que contar, mucho que recordar y hoy me siento algo cansada. —No, claro que no me importa. Perdone si he insistido demasiado. —No, chiquilla, no me pidas disculpas, a mí me gusta explicarte las historias de mi familia, me sirve para recuperar memoria perdida. Pero ahora prefiero irme a casa a descansar. Te prometo que en otra ocasión te contaré con detalle todo lo que hoy hemos dejado empezado. —Pues entonces, otro día será, no se preocupe. —Bien, entonces te debo una historia.

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**** —Ya terminé de peinarla. Tenga el espejo, ¿le gusta? —Sí, mucho, siempre aciertas. —Me alegro, vaya usted a descansar y esperaré impaciente su visita. —Hasta pronto y conserva siempre esa curiosidad de niña, te ayudará a comprender la vida y sus gentes. —Gracias por el consejo. Hasta la semana que viene y cuídese.

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Vuelta a casa

Al bajar del autobús de línea, la sonrisa de un niño le entregó una carta sin fechar. Dentro encontró la serenidad, el aplomo y la confianza que le había robado aquel cuervo negro.

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EL PÁJARO DE MAL AGÜERO

Había vuelto a la ciudad y se dirigió a la escuela, donde antes fue maestra. El director la recibió en su despacho y después de darle la bienvenida, le preguntó por el motivo de su vuelta. Sólo hacía unos meses que se había ido a trabajar a una escuela rural de un pequeño pueblo del interior. Entonces, había pedido el traslado por motivos de salud. Su asma necesitaba aires más puros, y el director sentía curiosidad por los motivos de su temprana vuelta. Empezó a explicar la historia y, según avanzaba, se iba sintiendo ridícula. En el pueblo le iba bien, las gentes la acogieron con cierta alegría a pesar de su natural taciturnidad y en la escuela, rodeada de los pulidos pupitres de madera, impregnada del olor a tiza y a pesar de los precarios medios, se sentía dichosa. No deseaba más de lo que tenía.

Todo empezó a ir mal una mañana de sábado, al explicarle a la panadera que la noche anterior un pájaro negro se había golpeado varias veces contra su ventana. La mujer de la tahona se santiguó, bajó la voz y empezó a hablar con temor: —¡Qué mala noticia!, es el pájaro de los cementerios, ¡qué mala noticia!, es un animal agorero de muerte. Con un gesto de la mano la hizo salir de la panadería y Ángela, la maestra, se fue pensando que eran cosas de viejas. Por la tarde, llamaron a su puerta. Tras la mosquitera, la mirada de un anciano la conturbaba mientras decía:

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—Tienes un plazo para que arregles tus cosas, para despedirte de la familia, pero cuando aparezca la tercera vez, ya no tendrás más tiempo. No le dio lugar a preguntarle nada, se fue, y ella se quedó con los ojos sorprendidos y la boca seca. Aquella noche algo oscuro flotaba en sus sueños y despertó gritando en la penumbra. Un terror espeso le quemaba como fuego.

El lunes regresó a la escuela y no pensó más en lo ocurrido. Aunque notaba en su pecho, bajo la capa de los buenos razonamientos, cómo la brumosa desazón se escondía. Pasaron los días y, una tarde de invierno, en el alfeizar de la ventana, un pájaro negro graznaba y la observaba con aquellos ojos extraños, mirada de lobo. Echó a correr por el camino del bosque. De pronto, había muchísimos árboles, parecían surgidos de la oscuridad de la noche, de la negrura de las alas del pájaro. Tropezaba con las ramas y las hojas secas rugían bajo sus pies. Llegó a la taberna, todos los presentes se giraron a mirarla. Gritó: —¡Ha vuelto!, el pájaro ha vuelto. La contestación fue unánime: —Siempre es así. Él regresa, hasta tres veces vendrá, se posará sobre el campanario para anunciar con sus estridentes graznidos que la muerte está a punto de presentarse y entonces sabrás que llegó tu hora. Preguntó qué podía hacer y le contestaron lo que ella no quería oír: —Nada, no puedes hacer nada, nadie escapa de la muerte.

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Se fue, salió de la taberna como había entrado, muerta de miedo y cargada de dudas. La angustia gris viscosa, que le crecía dentro, la ahogaba con cada inspiración. El miedo le azotaba la espalda. Pero ella, no creía ser una triste víctima del destino. Cuando llegó a la casa, empapada por el sirimiri, el ave de mal agüero no estaba. Entró, encendió la lumbre y se metió en la cama respirando el aire lleno de olor a eucalipto. Sentía un frío siniestro, presentía aquellos ojos en acecho, espiando sus adentros. Apretó los párpados para no ver, tampoco quería oír, ni pensar. Deseaba poder dormirse de repente y caer en un sueño sin sueños, sin sobresaltos ni temblores. No consiguió dormir y pasó la noche llorando por lo que el miedo había hecho con ella.

Al día siguiente, sin despedirse de sus alumnos (no conocía las palabras adecuadas para que los niños entendieran aquella huida), subió al autobús de línea que iba a la ciudad. Las gentes del pueblo la despedían con tanta compasión en la mirada que giró la cabeza para no verlos, les dijo adiós con un leve gesto de la mano. El autobús se alejaba del pueblo, su respiración se iba acompasando y entraba en calor.

En la ciudad ya no se sentía desvaída, había recuperado su fuerza y los últimos días le parecían recuerdos imprecisos, difusos en el tiempo.

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El director la miraba con la boca abierta, no decía palabra, pero en su expresión se adivinaba un gran asombro. —Sí, señor director, ya ve usted… Yo tampoco me explico cómo pude dejar que las amarillas supersticiones de aquella gente inculta me calaran tanto. Pero bueno, ahora estoy aquí, toda esa historia ridícula quedó atrás y espero poder recuperar mi antiguo puesto. El pobre hombre asintió con la cabeza. No sabía cómo decirle que con ella había entrado un pájaro negro, de mirada lobuna. En las pupilas dilatadas del sorprendido director, Ángela descubrió un oscuro reflejo, se giró y dándole con el bolso de mano lo aplastó contra una mala copia del grito de Munch. Entonces, cesó el aleteo. No era mujer obediente.

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QUINTO JUEVES

—¿Desea algún peinado especial, Doña Arminda? —No sé… tú misma. —Hoy le haré un recogido muy sencillo, pero que creo que le quedará estupendo. —De acuerdo. —Espero que le guste.

**** —Iris, no es necesario que apagues la radio, no me molesta, todo lo contrario la música me complace. —No escuchaba música, eran las noticias y ya me cansé de oír barbaridades. —¡Vaya!, pareces afectada, ¿qué decían en el parte? —Hablaban de la guerra que se ha iniciado en el centro de Europa, de los miles de refugiados que salen del país sin nada, sólo con lo puesto y cargando a los niños y ancianos. —¡Dios mío, otra guerra, cuánta crueldad! —Sí, Doña Arminda, es increíble que en pleno siglo XXI puedan suceder estas cosas. Somos peores que animales y eso que nos creemos civilizados. —Sí, hija sí, tienes toda la razón. Las guerras hacen florecer los peores instintos, incluso a la gente buena, a la gente sencilla, la corrompe, la pudre por dentro… —Lo dice con tristeza, supongo que le ha tocado vivir momentos muy malos. ¿Usted ha pasado por dos guerras?

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—¡No, por tres! Pero la más brutal, la más cruenta, fue la de aquí, donde las familias se denunciaban entre ellas, donde amigos de la infancia se mataban por pertenecer a bandos diferentes… Fueron unos años de terror, de hambre, de miseria. —Lo siento, no pretendía hacerle recordar algo tan triste. —No importa, tranquila, lo mejor para asustar los malos recuerdos es explicarlos en forma de cuento. —¿Se refiere usted a la guerra civil? —Sí, claro está. —Usted debía ser muy joven, ¿no? —Sí, era joven, pero no tanto, poco antes había regresado de Rusia, donde pasé mi primera juventud. —Sí, algo me explicó sobre aquella época de su vida. —Lo sé, lo recuerdo. Cuando regresé, mi familia ya estaba instalada en el pueblo de mis abuelos, donde se había criado mi padre, rodeados de un espeso bosque de hayas y robles. Durante la hora de la siesta, mientras los mayores descansaban, los niños pescaban resbaladizas truchas y perseguían lagartijas. Mi padre decidió volver al lugar de su infancia cuando presintió la guerra. —¿Por qué? —Bueno… Él sabía que en el pueblo estaríamos protegidos de la barbarie y el hambre de la guerra. Allí únicamente llegaban las noticias. A la hora del parte, la gente se reunía en la casa de mi abuela o en la parroquia, pues eran los únicos que tenían radio, para escuchar las noticias del frente. —Por lo tanto, usted no vivió mucho la guerra, ¿no…?

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—No, no tanto como en otros lugares, pasábamos mucho miedo cuando se oía el estruendo de los frecuentes bombardeos más allá de las montañas, pero, aunque en mi pueblo no se conoció el fragor de la batalla, sí nos llegó la tristeza de la guerra. Durante todo ese tiempo no hubo un sólo día de fiesta, las campanas de la iglesia permanecieron mudas y escaseaban los suministros que nos llegaban de la ciudad, como el tabaco o el azúcar. Se lloró mucho, pero siempre por muertos lejanos, por crueldades que llegaban a nuestros oídos, atrocidades que pasaban en otros sitios. En una ocasión, un vendedor ambulante nos explicó cómo la adscripción a un bando u otro fue cuestión, en muchas ocasiones, de mero azar geográfico. Algunos pueblos quedaron divididos en dos bandos, familias enteras quedaron separadas y en los momentos de tregua o alto al fuego se situaban altavoces en las primeras líneas y, a través de ellos, de uno a otro bando se pedían noticias de los familiares, novias… —Qué ironía más triste. —Sí, disparaban por obligación mientras rezaban para no alcanzar a nadie. También se contaban historias de mujeres violadas, de torturas en las cárceles, de niños muriendo de hambre, de balas perdidas que entraban por las ventanas, hiriendo y matando por igual a personas, gallinas, terneras… Pero nosotros estábamos protegidos de todos aquellos males. —¿Protegidos?, ¿cómo? —Los árboles jamás dejaron pasar nada que el aire rechazara. —No lo entiendo. —¿Qué es lo que no entiendes?

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—Pues… ¿por qué no llegó la guerra a su pueblo? Y, ¿qué tienen que ver los árboles? —Tendría que explicarte toda la historia para que comprendieses el acuerdo de protección que existe entre el pueblo y los árboles. —Me encantaría escucharla. —Pues bien, mi pueblo está en un valle, rodeado de abedules, robles y hayas, que crecen bajo sus enormes sombras. Hace muchos años, las mujeres salvaron al bosque de una terrible enfermedad y éste, en agradecimiento, protege a los habitantes de posibles males. —Me parece difícil de creer. —¿Por qué?, ¿nunca escuchaste hablar de las acacias africanas? —No, ¿qué tienen que ver? —Verás, su forma de actuar, de protegerse unas a otras te podría ayudar a comprender el lenguaje de los árboles y de cómo se relacionan con los demás. —¿Me podría hablar de ellas? —Claro, desde luego. Hay qué ver chiquilla cuánto te queda por conocer de la vida, de la vida de verdad. Bien, pues resulta que las acacias africanas avisan a sus compañeras, emitiendo un gas etileno, para que se protejan ante la llegada de los herbívoros. —Increíble. —Hay muchas otras plantas que se comunican, que hablan entre ellas y se cuidan, incluso interactúan con pequeños animales, y en el caso de mi pueblo, las mujeres y los árboles mantienen un contacto permanente, una unión espiritual, invisible, pero real. —De acuerdo, ¿pero cómo consiguió el bosque alejar la guerra y a los soldados?

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—De la misma forma que sigue haciéndolo. Los árboles unen sus copas tapando el cielo, así no hay estrellas que indiquen direcciones y el bosque se convierte en ondulaciones de hojas olorosas, que ocultan aromas de pucheros. El pueblo queda escondido en las encrucijadas de caminos y senderos, enredados y cosidos de raíces. Por fin, los indeseados se alejan confundidos y sin saber lo cerca que estuvieron de las casas. —Tal y como lo explica usted parece tan… Suena a realidad. —Es que lo es, no lo dudes.

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La cosecha del pasado

Aquellos hombres de guerra, intentaban cruzar el bosque, llegar al pueblo. Pero caminaban tan cargados de odio y destrucción, que los caminos les conducían a sendas perdidas y el aire sacudía sus intenciones y hacía volar los pensamientos, logrando confundirlos y alejarlos de allí.

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SIMBIOSIS

El pueblo fue creado por la industria taladora, que suministraba madera a las primeras locomotoras de vapor y al aserradero más importante del país. Los primeros operarios llegaron a principios de siglo, con promesas de prosperidad y buenos sueldos, eso sí, tras horas de duro trabajo. Construyeron las instalaciones necesarias, trajeron de la ciudad las enormes sierras y máquinas herramientas. Se levantaron barracones para los obreros. Pero, tras ellos, llegaron sus mujeres, arrastrando enseres y niños. Comenzaron a brotar las primeras casas de sencilla arquitectura, con cortinas y aromas de cocina. Poco después, levantaron una ermita, que con el tiempo y la llegada de un párroco extranjero que se instaló allí huyendo de la guerra, se convirtió en una iglesia con campanario y nido de cigüeñas. Cuando el abuelo Camilo murió, buscaron un lugar donde plantar cipreses y dar reposo a sus difuntos.

Con las primeras talas se dieron cuenta de que los árboles estaban enfermos, los troncos tan lustrosos y fornidos por fuera, estaban podridos por dentro. Era madera inservible. El bosque estaba muerto y la empresa decidió trasladarse. Como la tierra era dura y parecía no servir para la siembra, no tenía dueño, por esa razón, y porque para aquel entonces unas cuantas familias ya se sentían lugareñas del valle, se quedaron a trabajar las tierras, criar niños y pequeños animales de corral. Tras las primeras lluvias, en los grandes artilugios

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cercenadores que quedaron olvidados, creció hierba desmelenada y brotaron flores silvestres.

Las mujeres de la aldea, que por tradición son las conocedoras de los remedios para pequeñas enfermedades, contusiones y heridas, salían al bosque que las rodeaba a buscar plantas medicinales o aromáticas para hacer ungüentos y tisanas o para cocinar. Pero, a la sombra de los robles y hayas que crecían bajo la protección de los abedules, sólo encontraban mala hierba, espinos, zarzas... Con la sabiduría que otorga la herencia genética y la usanza, las mujeres comprendieron cuál era la causa de la enfermedad de los solemnes árboles. El aire era muy espeso y las enredaderas ahogaban sus troncos, además, ninguna planta contrarrestaba la ponzoña expedida por los hongos y bayas venenosas. No creyeron que aquellos árboles que habían crecido por miles de años, pudieran estar muertos, así que decidieron poblar el monte de tomillo, con su fragancia desinfectante; malvas y orégano para aligerar la respiración; mostaza para hacer cataplasmas y aplicar en el pecho que suena, además de ser estupenda para purificar y facilitar la respiración de las hojas arborícolas; laurel como antiséptico y condimento; melisa para evitar agitación innecesaria; ajo de oso para la cura depuradora de primavera; acederilla que cubrió el suelo como un tapiz verde claro moteado de finísimas florecillas blancas y que es buena para expulsar los gusanos; y otras muchas hierbas por el placer de su aroma, como la lavanda o, más prácticas, como el diente de león, para fabricar vino dulce, o el hinojo, perfecto para fumigar los establos. Dentro de su Alma las mujeres sentían el latir de la tierra y pacientemente esperaban que sanara.

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Pasado un tiempo y algunos chubascos, el bosque comenzó a renacer y las calles a llenarse de niños cobrizos como la tierra. Desde entonces, los árboles, agradecidos, acompañan a los habitantes durante sus vidas, borrando caminos en las sombras y haciéndolos desaparecer en direcciones opuestas, manteniendo al pueblo oculto de las atrocidades creadas por las mal llamadas civilizaciones humanas.

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SEXTO JUEVES

—Buenos días, Doña Arminda. —Buenos días. —¿Le apetece alguna cosa?, ¿un café o un té? —No, gracias, eres muy amable, pero no me apetece tomar nada. —Bien, entonces pase usted, que le lavaré la cabeza. —Muy bien. —Hoy no me recojas el pelo, me duele un poco la cabeza y creo que no soportaría las horquillas del moño. —De acuerdo, como usted prefiera. Entonces no tendrá ganas de charlar. —No, mujer, no te confundas, para conversar siempre estoy dispuesta. —Vaya, pues me alegro, ya me acostumbré a sus historias y se me haría raro peinarla sin escuchar alguno de sus cuentos. —¿Cuentos?, no son cuentos, es la historia de mi familia, mi vida… Las historias que te explico sucedieron de verdad. —Disculpe, Doña Arminda, no pretendía ofenderla, sólo fue una forma de hablar. Sé perfectamente que son historias reales, no lo pongo en duda, perdóneme usted. —No importa, tranquila chiquilla, ya sé que no quisiste ofenderme, me sobresalté demasiado, ahora soy yo quien pide disculpas. —Bueno, no tiene ninguna importancia. —En muchas ocasiones se me ha tratado como una vieja chiflada. Cuántas veces he notado esa mirada de compasión que se les dedica a los enfermos o a los

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pobres locos. Mucha gente, escuchando mis historias, ha pensado que tengo mucha imaginación y que son inventos de anciana aburrida… —No, yo nunca pensé eso. —Bueno, bueno… Al principio de conocernos ponías en duda muchas cosas de las que te contaba. —Sí, pero tiene que admitir que es difícil creer que alguien pueda reventar verde de envidia o que pueda aplazar el día de su muerte… Es que en su vida y su familia hay historias realmente increíbles, aunque sean verdad. Pero ahora ya no dudo de sus palabras. —Me alegra saberlo. Has de saber que la familia de mi madre desciende de reyes, posee escudo de armas y tengo primos con baronías en el norte. —No lo dudo, pero nunca me contó una historia de reinas o princesas. —Pues pensándolo bien, tienes razón. Te puedo contar la historia de la princesa Marianela. —De acuerdo, ¿quién era? —Fue una princesita muy bella, tatarabuela de mi madre o de mi abuela, no estoy segura, de muchas generaciones atrás. Ella fue la causante de la fatal atracción que siente mi gente por el mar. —Tenía ganas de conocer esa historia. —Entonces, hoy te la explicaré, pero no toda… —¿Por qué no? —Ya te dije que es muy extensa, cada vez que nace un varón de ojos azules, desaparece en las profundidades marinas, y no pretenderás que te explique todas las historias, pues se remonta a una leyenda de hace siglos, no sabría decirte cuántas generaciones han pasado por esa maldición desde entonces. Te contaré

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sólo la historia de la tatarabuela de mi abuela, pues fue ella quien, con sus deseos, inició la condenación. —¿Cómo? —El dios de los mares y océanos le concedió el mar, pero a la vez se encaprichó de ella y se la llevó, pero pasado un tiempo ella quiso volver y él, enamorado, cedió de nuevo a sus deseos y la dejó marchar, pero bajo la promesa de que en cada generación de su descendencia le entregaría un varón, aquel que estuviese marcado en el azul de sus ojos. Ella accedió y de esta forma escribió el destino de mi familia. —¿Y de verdad todos los chicos de ojos azules mueren ahogados? —Nunca te dije que muriesen ahogados, no chiquilla, lo que sabemos es que el mar les llama y ellos acuden, nunca regresan, pero no sabemos si mueren o viven eternamente junto a su padre. —¿Su padre? —Sí, su padre, el dios Poseidón. Cuando nace un niño marcado por él, todos sabemos que le pertenece y por más que intentamos alejarlo de las costas… es imposible, siempre encuentra el modo de atraerlos. —Usted Doña Arminda, ¿ha tenido algún hijo de ojos azules? —No, pero… —¿Qué? —Nada, no tiene importancia. —Como usted quiera.

**** —¿Has acabado de peinarme? —Sí, ya está. No le puse horquillas, como usted me pidió, ¿le gusta? 59


—¡Claro!, está muy bien, así cambio un poco, comenzaba a estar cansada de llevarlo siempre recogido. ¡Perfecto!. —Hasta la semana que viene. —Hasta luego y descanse. —Gracias. Por cierto, Iris… —Dígame. —No te preocupes más por tu boda, todo saldrá bien y además te esperan años de felicidad. —¿Cómo sabe que estoy preocupada? —No olvides que los colores de tu aura te delatan. —Es verdad, no recordaba que usted puede leer mi alma.

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Tan azul

Esperaba encontrar la libertad entre las olas del amante mar, pero ignoraba que sĂłlo la encontrarĂ­a en la espuma de sus ensueĂąos.

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OJOS DEL COLOR DEL MAR CUANDO GRISEA

Llevaba tanto tiempo paseando por el acantilado, al borde del mar, esperando que sucediera algo, que ya no sentía ninguna excitación ni el delicioso miedo de lo inesperado. Los demás paseantes podrían pensar de él que era un viejo marinero ya retirado y nostálgico de la mar, pues su aspecto; barba blanca, piel morena y curtida por el sol, hombros poderosos y cuello fuerte, abrigo de paño azul marino y la pipa, siempre colgando de los labios, le daba un aire de antiguo capitán de navío. Pero nada más lejano de su realidad. Era la primera vez que veía el mar, bueno, la verdad es que la primera vez lo vio en las ilustraciones de un libro escolar. En su casa jamás entraron cuentos de aventuras marinas, ni de piratas, ni nada que remotamente pudiera hacer referencia a los océanos, tal era la obsesión de su familia por protegerlo de la maldición. Ahora, hasta él, llegaba un olor vivo a sal y algas, notaba la brisa en la cara, lo oía rugir, sentía su latido y se ensimismaba con el continuo vaivén de las olas. Llevaba tantas horas esperando… Había llegado después de almorzar y hacía rato que había visto el rojo atardecer. Contemplaba el mar, interrogándole con la mirada, buscando alguna señal, deseando notar una irresistible seducción, que las olas le transmitieran algún tipo de encantamiento y le impulsaran a lanzarse al agua, a pesar de no saber nadar. Pero no sucedía nada. El ir y venir de las olas continuaba, monótono, imperturbable. Debía ser bastante tarde, ya no quedaba nadie paseando por allí y comenzaba a hacer frío. Estaba un poco harto de esperar, además de sentirse

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bastante tonto por haber creído en maldiciones, sirenas y otras supercherías de viejas. El mar comenzaba a oscurecer y parecía más inmenso y temible. Sólo la luna le regalaba, con sus reflejos en el agua, un poco de luz. Se sabía sólo y hablaba con el mar, le reprochaba su falta de atención, su manera altiva de ignorarlo. Hablaba con el mar como si de un viejo amigo se tratara: —¿Por qué no me dices nada? ¿Dónde están todas esas aventuras que tenía que vivir entre tu espuma y las algas? ¿Dónde escondes esa atracción fatal que tenía que sentir por tus olas? Nunca vi una ballena azul, ni delfines, ni peces voladores y mucho menos una sirena. Y ahora, ya dudo de su existencia, de las sirenas quiero decir. Jamás oí su canto, jamás me tentaron con su belleza… Aunque la mar, que ya griseaba, estaba silenciosa y nada le contestaba, el viejo seguía con su conversación sin respuesta. —Mi única atracción por el mar ha sido siempre por curiosidad, por el amor a lo prohibido. Es cierto, tengo que reconocer que cuando llegué me sobrecogí ante tu inmensidad, eres increíblemente majestuoso, pero no he encontrado en tus aguas el mundo encantado del que me habían hablado y sobre el que me habían advertido tantas veces. No siento ganas de tirarme a tus negras aguas, ni de dejarme llevar por el oleaje. Quizá ya soy demasiado viejo, quizá ahora que he decidido venir a buscarte, ya no soy el que esperabas, ahora arrugado, canoso, con la espalda un poco curvada y con algo de tripa, ya no soy del gusto de las cantarinas y bellas sirenas. Tal vez, he llegado tarde para cumplir mi parte del maleficio. He pasado tanto tiempo en la meseta, entre trigales y campos secos, que hasta mis ojos azules se han enturbiado, vuelto espesos y casi ocres. Seguramente ni el dios Poseidón reconocería en ellos la señal de la maldición.

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He vivido con la sensación de que una parte de mí se estaba quedando sin usar. He visto pasar las estaciones entre mis dedos sin ninguna pasión.

Cerró por un momento los párpados y, al abrirlos, sus ojos ya no miraban el mar, estaban recordando miedos pasados, miedos inventados que se le echaron encima allá en su juventud. Hurgaba entre sus recuerdos y en medio de los esfuerzos que realizaba por recuperar imágenes de su pasado, tuvo que reírse por unos instantes de sí mismo. Le vino a la memoria una mañana de su juventud en que no se atrevió a salir de su cuarto, pues había soñado que, al abrir la puerta, unas enormes olas lo inundaban todo y se lo llevaban, dándole golpes con las paredes y muebles, hasta llegar hasta el océano. Había vivido acostumbrado al pequeño espacio de la casa familiar, la llanura y el pueblo de piedra. Fue un niño dócil, y un joven que buscaba la aprobación y bienquerencia de los demás. A su vejez, sólo quiso la confortabilidad de la mecedora. Aceptó como verdaderas las supersticiones de la familia y únicamente en su adolescencia sintió el picor de la curiosidad por lo prohibido. Pero su recién nacido amor por el mar y las sirenas, dejó paso enseguida al amor por las muchachas.

El graznido de unas gaviotas que pasaron cerca de él le sacó de sus recuerdos y regresó a la realidad del momento. Pareció pensar por un momento y continuó con su monólogo dirigido al mar:

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—De todas formas, a mí no me queda mucho tiempo y si tardas mucho en reclamarme ya no me encontrarás —le decía a las olas, a la espuma, al olor a sal.

Se levantó un viento gris, húmedo, que parecía traer desde el mar como un rumor, un murmullo que subía hasta él y de una manera lenta, minuciosa, le empezaron a llegar palabras. Al principio no entendió nada, no sabía de dónde surgían, a pesar de que estaba claro que venían de las aguas. Poco a poco fue entendiéndolas y por fin escuchó: “No es a ti a quien queremos, tus ojos fueron azules, pero tristes, casi grises, y nosotras queremos el azul titilante, vivo, audaz, de los ojos de tu nieto.” El viejo gritó, sin darse cuenta, un NO rotundo que salió de alguna profundidad de su ser. Las palabras no se detenían y a pesar de que instintivamente se tapó los oídos, seguía escuchando lo que la mar y las sirenas le decían: “Ahora tu nieto ya nos pertenece, las aguas turbulentas del río lo traen hacia nuestras simas marinas.” Aurelio, desesperado, imaginaba a su nietecito ahogado, todo él hinchado, azul, flotando en el río, arrastrado, golpeándose con las piedras, con las ramas. Lo imaginaba con la boca abierta y llena de pececillos que le mordisqueaban la lengua y en un último arrebato de pánico y locura se lanzó al mar. Al amanecer encontraron su cuerpo en la playa. La mar no le había engañado, no le querían a él y lo habían devuelto a tierra.

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SÉPTIMO JUEVES

—¿Se encuentra usted bien? —Sí, ¿es que tengo mal aspecto? —No, sólo que la encuentro un poco pálida. —Quizás esté un poco cansada, pero nada que un rato sentada no pueda solucionar. Supongo que es porque no he dormido muy bien. —¡Vaya! ¿Y eso? —En realidad no lo sé, pero he tenido unos sueños muy inquietos y me he despertado a media noche con sensación de desasosiego. Pero bueno, nada grave. Supongo que con una buena siesta me recuperaré. Además, buscaré en el baúl del recibidor el cojín de los dulces sueños y todo solucionado. —… — Ahora te lo explico mujer, deja de mirarme con esa cara de extrañeza. Verás, tengo un pequeño almohadón heredado de mi madre que es perfecto para conciliar el sueño y asegurarte de que tendrás ensoñaciones felices y apacibles. —¿Qué clase de almohada es esa? —Está bordado con hilos de diferentes tonalidades para tener sueños de colores y además, en su interior, hay una mezcla de plumas de jilguero y ruiseñor, para que sus trinos ahoguen las voces de las ánimas en pena que puedan acudir a buscarte mientras duermes. Huele a lavanda y melisa, pues en sus costuras están estas dos plantas entretejidas. Esos aromas traen recuerdos de niñez, de sábanas recién lavadas y ayudan al reposo.

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Lo confeccionó una cosedora ambulante, era conocida como la vieja de los remiendos y no sólo zurcía y bordaba para las casas de los ricos, también aceptaba encargos especiales, como el que le hizo mi madre. —¿Qué fue lo que le pidió exactamente su madre? —Pues verás, mi hermana mayor padecía unas jaquecas terribles, que comenzaban por las tardes y que al llegar la noche no le dejaban apenas conciliar el sueño. Cuando por fin conseguía dormirse, le asaltaban pavorosas pesadillas. Normalmente soñaba con niños que ardían en hogueras, oía sus gritos y ella no podía hacer nada. ¡Pobre! Se levantaba con unas ojeras tremendas y cada vez más triste y desolada. Habían probado a darle tila, agua del Carmen y toda clase de mejunjes que le recomendaban en la botica. Intentó dormir con la cabeza orientada al norte, los pies en alto y la ventana abierta, pero no dio resultado, entonces cerró la ventana, puso el cabezal de la cama al sur y los pies más bajos, pero tampoco sirvió de nada. Acudieron a médicos que la empapelaron de recetas y le destrozaron el estómago con píldoras, también consultaron curanderas que le pusieron cataplasmas y le dieron un amuleto para el mal de ojo, pero tampoco fue solución. Hasta que un día, llegó al pueblo la vieja de los remiendos, que además de venir con su mula, traía consigo la fama de ser cosedora de hechizos. Mi madre la mandó llamar y le explicó lo que le sucedía a mi hermana Leonor. Le pidió algún remedio y, al cabo de dos días, la anciana bordadora le entregó el almohadón. —¿Y entonces ya pudo dormir? —¡Claro!. Y ahora que he recordado donde lo tengo guardado yo también haré buen uso de él.

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—Pues espero que a usted le vaya tan bien como a su hermana y pueda descansar. —Gracias preciosa y, si no te importa, como veo que ya has terminado y mi moño está perfecto como siempre, me voy a marchar, que me siento algo cansada. —Por supuesto, Doña Arminda. Hasta el jueves próximo y cuídese.

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El hilo del tiempo

Pasó la vida bordando, hilvanado, festoneando puntillas a los días y a los meses. Cosió los años de su juventud, madurez y ancianidad con el mismo hilo que remendó algunos siglos que encontró revueltos en su caja de costura.

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LA VIEJA DE LOS REMIENDOS

La vieja de los remiendos iba por los pueblos repasando las gastadas coderas de los solteros maestros de escuela, zurciendo los duros mandiles de los herreros y recomponiendo las gastadas pieles de los odres de vino.

Cuando llegaba a las plazuelas, los lugareños se acercaban con sus encargos, unos los atendía allí mismo, otros necesitaban atenciones particulares y los realizaba en las casas, estos últimos, le daban la oportunidad de comer caliente. No sólo zurcía, también cosía hechizos.

En el refajo de los vestidos de novia hilvanaba pequeños trozos de tela con mensajes de buenos augurios, escritos con jugo de flores silvestres. En las mortajas, bordaba inscripciones en latín, para que san Pedro abriese la puerta. En los faldones de bautizo, ribeteaba hojas de menta y acedera para evitar el mal de ojo. En los pañuelos de las mozuelas, festoneaba hojas de limonero para evitar las envidias… Muchos eran los servicios que solicitaban de ella, pero las gentes humildes pagaban cuando podían o quizás nunca. En la mayoría de ocasiones le daban una gallina, unos huevos o un manojo de rábanos, pero pocas veces dinero y la vieja de los remiendos pasaba inviernos sin comida caliente ni un lugar donde guarecerse de la lluvia, pero eso sí, siempre tenía gallinas con las que hablar. La abuela de los remiendos era nómada por necesidad, pobre sin remedio y vieja de arrugas y pocos o muchos años.

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En su vida, el tiempo transcurría sin ritmo establecido. En el polvo del camino, los días y meses se confundían con la marcha lenta de su mula. Cuando llegaba a las aldeas, el tiempo caracoleaba en remolinos, corría si el encargo apremiaba, se detenía si no había trabajo ni comida y volvía atrás si tenía que recoser alguna prenda ya antes cosida. Al finalizar las tareas encomendadas, partía sin saber cuánto tiempo había estado allí, se encaramaba a su mula y seguía los senderos pausadamente, demorándose en la contemplación de las montañas que iban cambiando según ella pasaba, la del pico más alto le dedicaba el blanco de sus cumbres, mientras que las redondas más chatas la deleitaban con los frutales en flor y, un poco más adelante, una pequeña colina le mostraba los ocres y rojos de un atardecer otoñal.

Iba cantando sobre su mula que seguía caminos conocidos, cuando un sirviente, a pie, la detuvo. La esperaban en la casa grande, la condesa requería sus servicios. En otras ocasiones había atendido peticiones de esa índole, pero no estaba segura de poder coser un paisaje nuevo. Se sentía gastada, sus enaguas ya no coloreaban como antes, quizá no tendría tonalidades suficientes, quizá le faltasen hebras o flores y mariposas, pero aceptó el encargo, se acercaban los fríos y la perspectiva de cama y sopa la atraían.

La hija de la condesa fue criada entre riquezas y sedas, estaba muy consentida.

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Le pareció muy romántico casarse con un noble poeta del norte que la agasajaba con odas, cancioncillas y poemas que la halagaban hablando de su belleza. La joven condesa y su pretendiente, no se conocieron hasta unas semanas antes de su compromiso. Su relación se limitaba al intercambio de cartas perfumadas y repletas de frases floridas y dulzonas como la miel. Ella se enamoró de un trovador, que creyó hermoso y apuesto. Soñaba con el momento del encuentro, imaginaba cómo su mirada la abrasaría, cómo sus fuertes manos la ceñirían por la cintura durante los furtivos paseos por los jardines. Soñaba dormida y soñaba despierta.

Una tarde de septiembre llegó el pretendiente, contrahecho y enclenque, nada en él merecía veneración. Ante tal visión, la condesita, sufrió un desvanecimiento y, desde entonces, permanecía en su cuarto sin querer salir. Aquel personajillo no podía ser el caballero bronceado, intrépido y talentoso que ella ansiaba. La madre, aseguró a la vieja de los remiendos, que a pesar de no ser apuesto ni gallardo, era un hombre bondadoso, cortés y con un vivo ingenio de sabio y sensibilidad de poeta. Se arrepentía de haber educado a su hija en la superficialidad de la belleza efímera. Adivinaba que él sería un marido indulgente, cariñoso y suficientemente fuerte para darle hijos sanos. Su fortuna estaba comprobada, su buen linaje también. No podían deshacer el compromiso.

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No sabiendo qué hacer, acudió a la vieja porque conocía los milagros obrados por ella en el pasado. Le pidió ayuda, ya que faltaban pocos días para la pedida de mano.

La anciana pidió el almohadón que utilizaba la muchacha, pues imaginaba las lágrimas secas que debía contener y se sentó junto a una ventana para aprovechar la luz del día. Comenzó a bordar, utilizaba una antigua aguja de hueso que hilvanaba con los hilos sueltos de sus enaguas, surgían hebras de la luz del amanecer, en que todo se ve, pero nada se ve con claridad. También asomaban mariposas, de las que hacen cosquillas en el alma de los enamorados, y rosas que perfumaban la tela. Cuando el paisaje estuvo terminado, pusieron el almohadón en la cama de la muchacha y una mañana se levantó sintiéndose dichosa. Salió a los jardines, y por primera vez, escuchó la voz de su prometido como música frágil, pero sin embargo importante. Durante unos segundos, la luz se fue haciendo más nublada, y ella dejó de ver los detalles, se acercó y él olía a rosas como el papel de sus cartas. Entonces, iniciaron un diálogo de amantes. Así, de un modo imperceptible y furtivo, sin que supiera cuándo, su forma de ver cambió. La luz de su paisaje era otra y el amor estaba en sus emociones y estaba en sus oídos.

Las enaguas de la anciana estaban deshilachadas y necesitaban varios zurcidos, pero no tenía fuerzas, aquel último encargo la había desgastado. Bordar un paisaje era tanto como imaginar una vida nueva, inventar todos los años del futuro para otra persona, y era agotador.

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Salió de la casa a los caminos polvorientos, pero encontró carreteras asfaltadas, de vez en cuando pasaban vehículos a motor, acompañados de un estruendo de humo gris, que asustaban a su mula. El cielo era distinto y faltaban árboles. Se giró y se quedó un instante mirando con ojos asombrados la casa enmohecida y casi oculta por las zarzas y espinos. Al fin, se reanimó y comprendió que durante aquellos días de otoño en que ella había cosido en casa de la duquesa, afuera, para el resto del mundo, habían pasado varias décadas.

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OCTAVO JUEVES

—Buenos días, Doña Arminda. Parece que ya duerme bien, tiene mejor cara. —Buenos días, Iris. Gracias, sí, ahora duermo como un bebé, creo que hasta ronco. —Pues me alegro por usted, aunque de todas formas últimamente la veo más delgada. —Bueno, hija, eso debe ser cosa de la edad. Cuando una se hace mayor las carnes se vuelven flácidas y hasta te encojes un poco. Tú eres muy joven y todo eso te queda muy lejos. Pero no me quejo, he vivido mucho e intensamente. —Sí, eso es cierto, usted me ha contado historias increíbles. ¿Nunca ha pensado en escribirlas? —No mujer, yo sirvo para explicar, para hablar, pero eso de escribir se lo dejaremos para los literatos que son los que realmente saben. Yo, como mucho, me atrevo a escribir algún cuento infantil para mis nietos, pero nada más. Cuando mis hijos eran pequeños se los explicaba antes de dormir. Pero a mis nietos no los tengo cerca todas las noches, así que se los escribo para que sus padres se los lean. —Entonces, ya hace mucho tiempo que inventa cuentos. —No tanto, para mis hijos no los inventaba, sólo hacía adaptaciones. —¿Qué quiere decir? —Verás, yo les contaba los cuentos clásicos, Blanca Nieves, la Cenicienta, Caperucita… Pero, dependiendo de cuál era el destinatario del cuento, lo trasformaba para su gusto o necesidades.

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Por ejemplo, si era Celeste la que escuchaba, ningún animal podía morir o representar la maldad, pues ella tenía y sigue teniendo una sensibilidad muy especial para con los animales. Así que los lobos, dragones y demás bichos feroces, pasaban a ser lindos animalitos de compañía. —¡Qué gracioso! —Mucha más gracia tenía cuando era a Arturo, mi hijo menor, al que le explicaba el cuento. Siempre ha sido muy tímido y desde pequeñito ha tartamudeado un poco cuando se pone nervioso o cuando alguna situación le sorprende. Así que, imagínate a todos los príncipes azules, a todos los valerosos caballeros, tartamudeando al hablar con las princesas o poniéndose colorados cuando llegaba el gran momento del beso. Hasta mudito, el séptimo enanito de Blanca Nieves, dejó de ser mudo para pasar a tener un habla vacilante y entrecortada. También recuerdo cómo la candorosa Cenicienta se convertía en una intrépida amazona o la Bella Durmiente en una valerosa guerrera. Las princesas de los cuentos de mi hija Ana, nunca se resignaban a esperar al príncipe azul, bordando o encerradas en altos torreones, por el contrario, eran muchachas atrevidas, fuertes, incansables y recorrían el mundo sin miedo. —¡Vaya! Veo que siempre ha tenido usted una gran imaginación. —No creas, en aquel entonces era fácil, sólo tenía que cambiar un poco los cuentos de toda la vida, lo difícil es ahora que a mis nietos no les gustan, los encuentran anticuados y cursis. Ahora sí que tengo que echar mano de mi imaginación, ya ves… A mis años… inventando cuentos infantiles. —¿Y qué tipo de cuentos son? —Sobre todo los escribo pensando en la personita a la que van dirigidos. Normalmente les escribo un cuento para ayudarles a comprender alguna situación

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que no entienden o para hablarles de algo que les preocupa. Creo que es más fácil llegar a los niños utilizando su lenguaje que no hablándoles como adultos que sólo sabemos dar consejos. A mí me ayudaron mucho los cuentos con mis hijos y ahora me he modernizado para intentar ayudar a mis nietos. Fíjate si me he modernizado que hasta utilizo el ordenador y a Gabriela y Ángela les envío los cuentos por email. Viven en Argentina, ¡dios mío, qué lejos! bueno, no me quejaré, son decisiones de sus padres. Es que veras, mi hijo se casó con una chica de allí y ya sabes… El amor tira mucho. Pero chiquilla, no me dejes hablar tanto, que comienzo a desvariar y me voy del tema. Volviendo al tema de los cuentos. Te expliqué que mi madre tenía el pelo color fuego, ¿lo recuerdas? —Sí, claro, recuerdo perfectamente la historia de su madre. —Pues una de mis nietas ha heredado ese color de pelo, es pelirroja y es la única de la clase, ya sabes cómo son las criaturas, todo lo diferente les atrae y les divierte. Le hacen burla por el tono de su bonita melena. Pues bien, le escribí un cuento. —Me encantaría poder leerlo. —Pero mujer, si es un cuento infantil, seguramente te aburriría y hasta lo encontrarías ridículo. —¡Qué va! De verdad que me gustaría leerlo. —Bueno, mujer, bueno, ya te lo dejaré. —Muchas gracias. Doña Arminda, ¿usted podría escribir un cuento para mi sobrino? —Pues depende hija, dime en qué estás pensando.

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—Estaba pensando que quizás un cuento suyo podría ayudar a mi hermana y mi cuñado, que están desesperados. Verá, resulta que su hijito, mi sobrino, que tiene cuatro años lo pide todo llorando y a base de rabietas. Les monta numeritos en el supermercado, en el parque, vamos, en todas partes y por cualquier motivo, o bien porque se le antoja una chocolatina y no acepta un no por respuesta, bien porque nunca se quiere ir del parque… En fin, que es el típico niño malcriado, aunque también es un encanto y monísimo. —Seguro que es adorable, todos los niños lo son. Pero a veces cometemos la imprudencia de creer que dándoselo todo los hacemos más felices, y en la mayoría de las ocasiones, lo que necesitan es que se les escuche y se les tome en consideración. Te escribiré un cuento o algo parecido y espero que les ayude a tu hermana y su marido a comprender mejor a su niñito, porque las cuartillas que te daré serán para ellos. Diles que las lean ellos, aunque también se las pueden leer a tu sobrino, claro está. —Muchas gracias. —De nada, chiquilla, y recuerda que no es un cuento de niños, aunque quizás lo parezca, que lo tienen que leer los padres. —Sí, lo recordaré. —Ya está usted peinada. —Pues entonces, hasta el jueves que viene. Te traeré el cuento o, casi mejor llamarle el consejo de una abuela con muchos nietos. —Espere, Doña Arminda, ¿le puedo hacer una pregunta? Es sólo por pura curiosidad. —Claro que puedes, dime.

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—¿Cuántos nietos tiene usted? —¡Huy!, corazón, esa pregunta es muy difícil de contestar. —¿Y eso, por qué? —Porque tendría que contar con mucho detenimiento para no dejarme ninguno. Tendría que contar mis nietos de hijos, de hijas, mis nietos del recuerdo, los del corazón y las flores, los de los cuentos y los de mi Alma, y hoy no tengo la cabeza ni la memoria para tanto esfuerzo, otro día hago el recuento y te contesto, si no te parece mal. —No, claro que no me parece mal. Gracias otra vez y hasta el jueves, cuídese mucho. —Gracias preciosa, tú también.

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LA CARLOTA QUE NO QUERÍA SER ZANAHORIA

Carlota es pelirroja y en el colegio le llaman zanahoria. Esto podría ser un tanto gracioso si no fuera porque ella odia el color naranja de su pelo. Está deseando ser lo suficientemente mayor como para poder teñírselo de negro azabache. Su tía Enri lleva el pelo de este color y según cómo le da la luz parece casi casi azul. Para Carlota ese color es chulísimo y, por supuesto, mucho mejor que el suyo. Un día, le pidió permiso a su madre para teñirse la melena de ese color, pero claro, su madre le dijo que no, que los tintes estropean el pelo, que además su tía Enriqueta se teñía para taparse las canas, que a ella no le hacía falta tapar nada y que además tenía una melena preciosa que cuando le daba el sol brillaba como si fuese fuego. Le dio un montón de razones y explicaciones, pero a Carlota todas le parecieron excusas de madre para no dejarle hacer lo que quería, como siempre. Así que, Carlota llevaba dos cursos enteros aguantando que le llamaran zanahoria, odiando su pelo y deseando ser mayor para poder cambiarlo. Una mañana, en clase, le comenzó a doler un poco la tripa, pero no se lo dijo a la profe porque no quería que llamaran a su madre al trabajo y tuviera que ir a buscarla por unos pocos retortijones de barriga. Se aguantó toda la clase y a la hora del recreo se sentó a la sombra, no le apetecía hacer nada. Dedicó el tiempo a mirar a sus compañeros que jugaban al fútbol. Uno de ellos cometió una falta, era un penalti clarísimo, pararon el juego y Carlota pensó:

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“Ahora llamarán a la Topo para que chute el penalti”. Y es que la Topo era la mejor tiradora de penaltis de todo el cole. Carlota recordó que en realidad se llama Ana, pero todos la llamaban la Topo porque llevaba gafas y era miope, tanto, que se sentaba en la primera fila de la clase para poder ver la pizarra. En ese momento se le acercó K K para preguntarle si quería jugar a cromos con él. Carlota le explicó que no se encontraba muy bien y que prefería quedarse allí sentada. Entonces, pensó que tampoco K K era su nombre, en realidad se llamaba Miguel. Su apodo le venía de una vez que, en pleno examen de Música, levantó la mano y pidió permiso para ir al lavabo. La profe, naturalmente, le dijo que no y entonces él exclamó, con cara de no poder más: “¡Es que tengo caca!” Todos estallaron en risas, fue muy divertido, se rieron un montón. Claro, la profe le dejó ir al baño y desde entonces se le conoce como el K K. Al principio no le hacía mucha gracia pero, resulta, que un día que fueron unos cuantos a visitar a Mónica, que se había roto un brazo, Miguel firmó muy orgulloso la escayola con las iniciales de su mote, K K. Algún graciosito, después dibujó debajo una plasta con moscas. Mientras Carlota se reía recordando el día en que Miguel cambió de nombre, pasó por allí corriendo a grandes zancadas Israel. Carlota exclamó: “Eh, cuidado Big Food, no me pises.” Y es que Israel tenía los pies más grandes de la clase. De ahí viene el apodo. Un Big Food es un gigante de las nieves que tiene los pies enormes, como Israel, que ya en primero calzaba un 38.

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Una tarde, la profe de primero, la señorita Elisabeth, a la que Carlota recuerda con mucho cariño, les propuso hacer una clase de mates diferente, así que todos tenían que medirse y después anotar las medidas en la pizarra para hacer no se sabe qué cosa con los números. Después se quitaron los zapatos y también anotaron el número que calzaba cada uno para hacer algún tipo de cuentas. Carlota está segura de que los profes a veces se aburren de hacer siempre lo mismo y se inventan cosas, porque aquello de medirse y apuntar el número de pie no estaba en el libro ni nada. Bueno, el caso es que así descubrieron que Israel tenía unos pies enormes. Todos quisieron probarse sus zapatos y se lo pasaron en grande comprobando que casi casi les cabían los dos pies en una sola de sus bambas. Estaba sumida en sus pensamientos cuando escuchó al profesor de Inglés llamar a Miguel, le estaba riñendo por algo que había hecho, y entonces Carlota se dio cuenta de que sólo sus amigos y amigas, de que sólo los compis del cole le llamaban K K. Aquel era su mote, era su nombre reservado sólo para sus colegas, para los amigos. Quizás tener un apodo no era tan malo en realidad. Al fin y al cabo, a ella sólo le llamaban zanahoria sus amigos de confianza y sólo en momentos de juego y complicidad. Nunca le llamaban zanahoria delante de los profes o de sus padres. El mote que te ponen tus compañeros es íntimo y de uso exclusivo para los amigos, los adultos no tienen acceso a ese mundo privado. Sonó el timbre, había que volver a clase. Carlota se levantó de un salto, ya no recordaba el dolor de tripa, caminaba con porte orgulloso deseando que algún 82


compi la llamara zanahoria, pues aquel era su verdadero nombre de guerra, juego y diversión. Al pasar por delante del gimnasio se vio reflejada en las ventanas y pensó que realmente su pelo tenía una bonita tonalidad fuego, según cómo le diera la luz. Aquella mañana, Carlota se convirtió en una orgullosa zanahoria de melena color fuego.

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MIÉRCOLES POR LA TARDE.

—¿Es usted Iris? —Sí. —Hola, yo soy Carlota, nieta de la señora Arminda. —¡OH! Eres pelirroja… —Pues sí. Dicen que es herencia de mi bisabuela materna, que tenía el pelo rojo fuego. —Si, algo escuché. Dime. ¿Qué querías? —Mi abuela me pidió que le trajera esto… —¿Qué es? —Un cuento. Me dijo que se lo debía, y también me dijo que no se lo diera a su sobrino, que mejor que lo lean sus padres, que usted ya sabe el motivo. —Si, sí que conozco el motivo, gracias, pero… ¿Por qué no me la trajo ella? Mañana tiene hora a las diez, como cada jueves. ¿Es qué se encuentra mal? —Mi abuela murió ayer por la mañana. —¡No me digas! Pero…Dios mío…No me lo puedo creer. Yo…Lo siento, lo siento muchísimo. ¿Cuándo es el entierro? —Mañana por la tarde. Ya tengo que irme. —Sí… Claro, adiós. —Adiós. —Carlota, perdona, sólo una pregunta. —¿Qué? —¿Cuándo te enfadas te tiñes toda tú de rojo?

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—Sí, ¿por qué? —Por nada, no tiene importancia.

(Comienza a llover).

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NO ME GUSTAN LAS RABIETAS

No me gustan las rabietas, de verdad que no, después siempre me siento triste porque sé que lo he hecho mal y que se han enfadado mucho conmigo. Pero es que cuando me viene una no puedo evitarlo. Creo que todo comenzó antes de que yo naciera, cuando aún estaba en la barriga de mamá y alguien le dijo que los bebés tienen que llorar para que se les hagan los pulmones más fuertes o algo así y que además si me cogía en brazos, en cuanto comenzase a llorar, me convertiría en un niño caprichoso y mimado y después no la dejaría ni dormir tranquila. Así que, mi mamá, me dejaba llorar mucho rato antes de venir a consolarme. A veces, yo tenía que llegar a berrear y ponerme todo colorado y casi casi azul, para que alguien me abrazara y consolara. Creo que aprendí en la cuna que para que me hagan caso tengo que armar mucho ruido o dejar de respirar un rato. No creáis que no he intentado conseguir las cosas siendo un niño bueno, lo he intentado un montón de veces, pero nunca me ha dado resultado, al final siempre tengo que recurrir a los berrinches para que me miren y, aunque sea sólo por un momento, estén pendientes de mí, sólo de mí. Cuando en el super a mí me apetece una chocolatina y pido que me la compren, resulta que siempre es casi ya la hora de comer o cenar y me quitará el apetito y claro, no me la compran, a pesar de que yo explico que me la guardo en el bolsillo y me la como de postre, pero nada, ¡les da igual lo que yo diga!, como

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no me escuchan… Y me quedo con las ganas, pero si monto una pataleta en medio del pasillo de los dulces, mi madre, mi padre o mis abuelos parecen entenderme mejor y me la compran. Pero la verdad es que esa chocolatina me suele saber amarga, salada, como a lágrimas, y no la disfruto nada. Si estoy en casa, sentado en la alfombra jugando tranquilamente con mis piezas de montar castillos y llamo a mamá o papá para que vengan a ver la magnífica muralla que he construido y de la que me siento tremendamente orgulloso, la respuesta suele ser: “Ahora no puedo cariñito, después voy”. Así que, si quiero que vengan a ver lo que estoy haciendo, tengo que tirar las piezas por la ventana o algo parecido. Parece que sólo tienen tiempo para mí cuando doy motivos para una buena regañina. A la hora de comer pasa igual. Odio una verdura verde, que es así como unas hojas todas largas y ásperas, que están ¡puag! asquerosísimas, pues mi madre se empeña en que me las coma porque son muy buenas. Mentira podrida, son malísisimas y claro, si le digo que no me gustan no me hace ni caso, se empeña en que abra la boca. La única manera de librarme de esa comida es escupiéndola y llorando, como siempre. Qué ganas tengo de ser más mayor para poder decirle a mami: “¿Por qué apartas el pimiento y no te lo comes? Es muy bueno, seguro que tiene un montón de vitaminas y cosas de esas que tú me dices a mí.” Hace un rato que hemos llegado del parque, he ido con mis abuelos y cuando mejor me lo estaba pasando jugando con la arena, me han dicho que nos teníamos que ir. He intentado convencerlos para quedarnos un poquito más y al final lo he conseguido, pero después de montar un buen rato de pataleo.

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ยกEs que nunca me escuchan! De verdad de la buena que no me gustan las rabietas.

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NOVENO JUEVES

EL ENTIERRO

Protegido por los cipreses, un numeroso grupo de gente se movía por el jardín del cementerio. Los hombres, como era tradición en la familia, se turnaban para cavar la fosa.

Doña Arminda, dentro del ataúd abierto y con los ojos cerrados, escuchaba cómo sus antiguos amantes, familiares y amigos, iban construyendo su biografía. Explicaban anécdotas, historias, secretos conocidos y otros no tan conocidos. Intervenían en susurros o casi a gritos porque todos guardaban un trocito de ella que querían compartir y, de vez en cuando, estallaban en risas colgadas de lágrimas o callaban tras advertir que hablaban en pasado, que para tenerla presente tendrían que acudir a los recuerdos y añorarla sin remedio.

La muerte le había dado la oportunidad de reencontrarse con amigos a los que no veía desde hacía tiempo, pero a los que guardaba en la memoria y en su lindo corazón.

Había mesas vestidas con manteles blancos finamente bordados y ribeteados en vivos colores, pues la vieja de los remiendos conocía bien los gustos de Doña Arminda. Las mesas, además, estaban adornadas con flores silvestres e iluminadas con velas rojas, azules y amarillas, fuentes creadoras de los demás colores y protectoras de hechizos.

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El tentempié estaba servido en vajillas de porcelana fina, el vino en copas de la mejor cristalería, los cubiertos eran de plata, las servilletas de hilo y, por supuesto, la comida era variada, para cubrir los gustos de gente tan variopinta. Había platillos con caviar de esturión y salmón, para complacer a sus amistades y amantes de juventud, fresitas con chocolate y nata montada para los más golosos y, por si su tía Iris se pasaba por allí pues estaba enterrada muy cerca, champaña francés para complacer a las viejas urracas, compañeras de cartas y de tardes de té, vino rosado a gusto de su madre y, por supuesto, bocaditos de perdiz confitada, porque para su padre no había banquete si no se servía caza.

Entre el silencio de dos montes, mirando a las huertas del pueblo, blanqueaba el cementerio. Envuelta en un lienzo de algodón la bajaron a la fosa, en el centro del camposanto, con la cabeza orientada a la salida del sol y los pies al oeste, hacia los atardeceres. La acomodaron sobre un manto de helechos y tomillo de flores rosadas, para que la espiritualidad y el olor de las plantas la protegieran de todo mal. La cubrieron de margaritas blancas y distinguidos claveles rojos, de tierra mezclada con hinojo para darle fuerza y romero con la esperanza de que el entusiasmo de su aroma tapase la tristeza del momento. Las últimas flores las depositaron sus nietas; petunias, para que jamás se olvidara de sus travesuras; zinnias en recuerdo de los ausentes; bellas violetas y capuchinas naranjas, para que nunca le faltase la presencia del sol.

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Una vez enterrada, los conocidos comenzaron a irse de la misma forma que lo presenciaron todo, en silencio. Más tarde, se retiraron las amistades, todavía con copas de vino en la mano y brindando por haber conocido a tan extraordinaria persona. Sólo quedaban los familiares más allegados y los hombres se fueron lentamente, cargando en sus brazos a los más pequeños, que ya dormían. Se resistían a abandonarla y miraban atrás, con las lágrimas lamiéndoles las mejillas.

Cuando las mujeres se quedaron solas, se sentaron sobre la lápida y grabaron con cinceles su epitafio en el pedernal: “Aquí sólo descansan los huesos de Arminda Nava-Grimón Casas, porque ella sigue recorriendo el mundo”.

Su nieta Carlota fue la encargada, con la ayuda de un punzón, de poner el punto y final, entonces apareció una gran luna roja que iluminó la noche y les ayudó a contemplar cómo la difunta Doña Arminda volaba sobre sus cabezas acompañada de su madre, de una sirena y de su tía Iris que llevaba de la mano un pequeño diablillo, que les sacaba la lengua. Una sombra negra planeaba penosamente siempre detrás de aquellas almas voladoras y traviesas. La nieta más pequeña se estremece y pregunta por qué aquel pájaro negro las acompaña. “Es el anunciador de la muerte que se encontró con vuestra tía Ángela todavía joven. Y ella, que nunca fue una mujer obediente, decidió morir de vieja. Desde entonces el cuervo la espera, ocupando su lugar entre las ánimas de nuestra familia. Pero ese es otro contar y deberíamos recogernos, el aire anuncia tormenta.”

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Historias de Doña Arminda