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Carlos tiene momentos malos y momentos buenos, como todos, y cuando está furioso va corriendo a mirarse al espejo, entonces, se ríe recordando lo que le pasó el verano anterior y consigue desenfadarse. Todo empezó hace aproximadamente un año. Al terminar el curso se fue con sus padres a pasar las vacaciones a casa de su abuela en el pueblo. El pueblo no está mal, con sus vacas y sus boñigas, y además tiene un río donde bajan a bañarse todas las tardes. La casa de la abuela es muy antigua, de paredes gordísimas de piedra y suelos de madera. Su abuela es una señora con moño y delantal, que siempre tiene cara de enfadada y que solo sonríe a Marilyn, que es una cerda enorme, que debe pesar como mil kilos o más. Va con la abuela a todas partes, la persigue por el huerto y por el jardín. Y si la abuela se sienta en un banco a descansar, Marilyn se tumba a sus pies y frota su hocico plano y rosa con las zapatillas de la abuela. Es como un perro faldero pero a lo grande.


Los primeros días de las vacaciones pasaron entre excursiones en bici, baños en el río y partidas de parchís con su padre. Cuando apenas habían transcurrido dos semanas, los padres de Carlos tuvieron que regresar a Madrid por asuntos de trabajo, ya se sabe, los mayores y sus obligaciones. Antes de irse, su madre le había dicho que él se quedaría en el pueblo con la abuela, que solo estarían fuera diez días, que fuera bueno, que hiciera caso a la abuela, bla bla bla bla. A estas alturas del discurso, Carlos ya no escuchaba, en su cabeza retumbaban una y otra vez las mismas palabras: “se quedaría solo con la abuela”, “sólo con la abuela”, “sólo con la abuela”… El corazón comenzó a latirle tan fuerte que casi le dolía. Intentó protestar, pero su madre le dijo que no perdiera el tiempo lloriqueando, que se iba a quedar de todas todas y que, además, estaba segura de que se lo pasaría muy bien. Y él no podía dejar de pensar: “¿Pasárselo bien con el ogro?” eso era imposible. Carlos intentaba no llorar, pero las lágrimas salían de sus ojos a borbotones.


A pesar de las súplicas y su llanto incesante, los padres de Carlos se fueron un domingo por la mañana y Carlos se quedó solo con su abuelaogro. Intentó buscar compañía y consuelo en el regazo de la abuela, pero ella se limitó a decirle: - Vete a jugar un rato por ahí y procura no molestarme que tengo mucho que hacer. Carlos se sentó en el suelo pensando: - “¿A qué puedo jugar yo sólo?”. Empezó a tirar piedras a lo lejos, primero con desgana, después con mucha rabia. Carlos pasaba los días de malhumor y aburrido. Su abuela le había dicho que como no quería que le pasara nada mientras sus padres estaban fuera no podía alejarse, sólo podía jugar en la casa o en el jardín y, claro, eso quería decir que se acababan las excursiones en bici y los baños en el río. Tenía la sensación de que el único propósito en la vida de su abuela era amargarle las vacaciones. La abuela pasaba los días refunfuñando y siempre atareada de aquí para allá. A veces, la observaba ir de un sitio a otro; ahora al huerto con la azada; después al jardín a regar o al pilón a lavar ropa. Siempre seguida de Marilyn. Mirar a su abuela y a la cerda era el entretenimiento más divertido que había por allí. Las miraba y comparaba el culo y el caminar de las dos. Y a pesar que sabía que aquello no estaba bien, le hacía mucha gracia comprobar que tenían cierto parecido y, en secreto, se burlaba de su abuela.


Una tarde después de comer, sentado en el banco de piedra, observaba el trajín de las dos cuando su abuela tropezó con una piedra, no se llegó a caer, solo dio un traspié y mientras su abuela maldecía, Marilyn que iba siguiendo sus pasos tropezó también con la misma piedra. A Carlos, esto le pareció tremendamente gracioso y comenzó a reír a grandes carcajadas. Su abuela lo escuchó y se giró a mirarlo mientras levantaba el dedo amenazadoramente y le decía: -¿te parece gracioso que tu vieja abuela se tropiece?- Carlos intentaba decirle que no, pero no podía parar de reír y su abuela muy muy enfadada lo envió a la casa a dormir la siesta, porque ya estaba harta de que le siguiera a todas partes molestándola. Dejó de reírse y agachó la cabeza, ni siquiera intentó convencerla, su abuela no atendía a razones y no le enternecían para nada sus pucheros. Así que se encaminó hacia su habitación con paso resignado, pero aun conteniendo la risa y pensando que aquello era lo más divertido que le había pasado en todo el verano.


Esa tarde durante la siesta pasó algo inesperado. Hacía un rato que estaba en la cama y no tenía nada de sueño. La habitación estaba en penumbra y el sol se colaba por la rendija de la persiana y se reflejaba en el enorme espejo de la puerta del armario. “¡Qué aburrimiento!” - Pensaba Carlos - “Si al menos tuviera una tele, aunque fuera minúscula”. Pero en la casa del pueblo no había televisión, ni PlayStation, ni… es decir, no había nada con lo que Carlos supiera pasárselo bien. Convencido de que no podría dormirse, se puso de pie en la cama y empezó a saltar arriba y abajo, arriba y abajo. La cama crujía con cada salto y los muelles rechinaban. Ahora sí que se lo estaba pasando bien. Se reía con ganas mientras hacía volteretas y daba palmas. Entonces escuchó la voz de su abuela que le gritaba desde la escalera: - ¡Venga, a dormir! – Se tumbó de golpe. Su abuela era temible. Estuvo callado durante un rato. En la habitación solo se escuchaban las moscas y sus resoplidos de aburrimiento. Cerró los ojos y con todas sus fuerzas intentó dormir. Pero, ¡qué va! imposible, no tenía sueño y además estaba de malhumor. - ¡Qué rollo eso de la siesta! - Dijo en voz alta, sin darse cuenta. Los ojos se empeñaban en estar abiertos. Miró un rato el techo, contó las vigas de madera, las manchas de humedad y hasta siguió un rato el trajinar de dos hormigas bajo la cama.


Mirándose al espejo que estaba enfrente se puso hacer muecas con la cara, sacaba la lengua y se estiraba las orejas o intentaba poner los ojos en blanco y, de golpe, notó unos escalofríos tremendos que le empezaban por los pies, se los miró y no vio nada especial pero, cuando levantó la vista, en el espejo había un monstruo que le miraba. El corazón le hacía pumba, pumba, un poco por la sorpresa y mucho por mieditis. Iba a gritar, ya estaba con la boca abierta cuando el monstruo del espejo le dijo con un gesto que no lo hiciera, la boca se le cerró instantáneamente y dijo, para sí mismo: - Sí mejor no gritar, si no me escuchará la abuela y mejor que no suba. Pero se moría de ganas de llamar a su madre para que viniera volando a salvarlo, ¡cómo la echaba de menos! Volvió a abrir la boca para chillar con todas sus fuerzas cuando vio que el monstruo le sonreía y de su boca empezaba a salir fuego. Se cayó de culo en la cama sin poder decir ni mu.


Arrastrándose y temblando llegó hasta la almohada y con ella se tapó la cabeza. Deseó desaparecer de allí. Pero lo que ocurrió en realidad fue algo más sorprendente. Con la cabeza bajo la almohada y el culo en pompa se le escapó un pedo y Carlos escuchó las carcajadas del monstruo. Giró un poco la cabeza para poder mirarlo por el rabillo del ojo y vio cómo desde el espejo le señalaba y se tapaba la nariz mientras se reía. Carlos, muerto de vergüenza y aún con miedo, se metió esta vez bajo las sábanas.

Durante un rato no se escuchó nada y pensó que quizá el monstruo había desaparecido, se armó de valor y asomó su naricilla por encima de las sábanas. Lo que vio le llenó de rabia, ¡qué furioso estaba! El monstruo lo miraba descaradamente, sacaba por la nariz un poco de fuego y con el humo que sacaba por la boca estaba escribiendo, una y otra vez, “pedorro”. Carlos estaba indignadísimo, tenía los puños apretados de la rabia y notaba la cara y las orejas ardiendo de furia. De un brinco se puso de pie en la cama y se enfrentó al espejo diciéndole: ¿Pero, tú qué clase de monstruo eres? No das miedo ni nada, que lo sepas. Los ogros de los cuentos de niños pequeños dan más canguelo que tú.


Pero el monstruo no se lo tomaba muy en serio y le sacaba la lengua. Una lengua enorme y verde que se movía de arriba abajo burlonamente y en cada movimiento de lengua salían despedidas babas espesas y blanquecinas que iban a parar encima de los muebles de la habitación y sobre la colcha. Entonces Carlos le gritó: - ¡Para de echar babas! ¡Como lo vea la abuela…! Al escuchar esto, el monstruo metió la lengua dentro de la bocaza y puso cara de susto. - ¿Tú también le tienes miedo a mi abuela? – Le preguntó Carlos sorprendido - y el monstruo, un poco avergonzado, le dijo que sí con la cabeza. A Carlos le dio un poco de pena, pero seguía enfadado y no podía ser simpático ni compasivo con él. Le dijo: - ¡Pues vaya monstruo de pacotilla!


El monstruo puso toda la cara de malo que pudo y comenzó a sacar fuego otra vez por la boca y del esfuerzo se le escapó un pedo. Los dos estallaron en risas, no podían dejar de reírse, Carlos se agarraba la barriga que le dolía de tanto reír, los ojos le lloraban y entre las lágrimas veía al monstruo que también se reía. Acabó por caerse sentado en la cama y cuando volvió a mirar el espejo vio que el monstruo ya se había ido


y que en el espejo había dejado escrito: “RÍETE DE TODO Y SÉ FELIZ”. Le dio pena su desaparición y deseó volver a verlo alguna vez. Justo en ese momento escuchó la voz de su abuela que le decía: Tienes la merienda encima de la mesa de la cocina. Saltó de la cama, abrió la puerta en un suspiro y bajó las escaleras de cuatro en cuatro.

RÍETE DE TODO Y SÉ FELIZ


En la cocina olía requetebién, la abuela había hecho magdalenas de chocolate, sus preferidas! Cogió una que aún estaba caliente y salió al jardín, su abuela estaba sentada en un banco a la sombra desgranando guisantes. Marilyn estaba tumbada a sus pies, comiendo las vainas que la abuela le acercaba amorosamente al hocico. Carlos se acercó y con una gran sonrisa agradeció a su abuela aquella maravillosa merienda, alargó la mano en un intento de acariciar a la cerda pero ésta le espantó con un gruñido, así que Carlos se fue a la cocina dispuesto a darse un buen atracón de magdalenas de chocolate. Pero eso pasó el verano pasado. Ahora ya es mayor y no tiene miedo de nada y, aunque a veces, se sigue enfadando y se pone rojo de rabia ya sabe cómo desenfadarse fácilmente. Sólo tiene que mirarse en un espejo para recordar al monstruo pedorreta y reírse a carcajadas. Lo malo es cuando se pelea con algún amigo en el cole, porque allí no es fácil encontrar espejos.


Entonces, lo primero que hace para que se le pase el enfado es aflojar los puños que los tiene apretadísimos y estirar los dedos, hasta conseguir abrir las manos, después se esfuerza en sonreír, porque ahora sabe que la sonrisa y la risa son incompatibles con los

enfados y cuando ya ha relajado las manos y más o menos sonríe, es el momento ideal para la última fase del desenfado, se tira un pedo, sí, sí, se tira un pedo y esto le hace estallar en risas hasta el punto en que la rabia desaparece como por arte de magia. Probarlo, cuando estéis muy muy enfadados, probar las tres fases del desenfado: Primera, desapretar puños. Segunda, hacer un esfuerzo por sonreír. Tercera, tirarse un pedo, si es sonoro mejor. Ya veréis como funciona. Eso sí, para la última fase es muy importante que no tengáis ningún adulto alrededor, porque si no os ganaréis una buena regañina.

El monstruo pedorreta  

Cuento. El monstruo pedorreta le miraba desde el espejo, sacaba fuego por la boca y se tiraba pedos.

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