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A TRAVÉS DE LA LLUVIA

Maren Navarro

REFLEXIONES Y PENSAMIENTOS 1


“Una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir, la buena noticia es que podemos aprender, morir en vida es una nueva oportunidad para empezar a vivir de nuevo la vida”. C. Jung

“La vida siempre nos responde, de nosotros depende estar atentos y escucharla” (Muchas voces)

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Ella tenía el don de sacarme de mi yo pequeño, traspasar mi ego y tocar las notas de la conciencia regalándome una música que yo intuía escuchar. —¿Agradeces todas las mañanas al levantarte lo que tienes? —Su voz era amistosamente dulce. —No. Hace tiempo que no —le respondí sintiendo que tenía suerte de poder compartir aquel momento con ella. Entonces, cogió uno de los sobres de azúcar que el camarero nos había puesto junto a nuestras tazas de café y, me mostró el anverso del sobre de manera que yo pudiese leerlo, decía: “Gràcies” (gracias en catalán). —No lo olvides, el universo te lo muestra.

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CADA LECCIÓN ES UN INICIO

Las lecciones nos van llegando hasta que aprendemos, avanzamos en círculos concéntricos. No importa el ritmo. El mérito está en reconocer las señales, en dejarse fluir sin trampas, sin miedos, sin justificaciones ni tapaderas mentales. Si sentimos tristeza, rabia, desasosiego, dudas o miedos, es mejor que nos tomemos un tiempo para no identificarnos con estas emociones, ni proyectarlas en los demás, sino observarlas, reconocerlas y dejarlas fluir con mucho cuidado, amor y respeto, porque están ahí para hacernos crecer. Una clave que debemos tener en cuenta es que todo aquello que no nos haga sonreír, ni sentir amor, no será, sin lugar a dudas, la brújula que nos indique el camino que estamos llamados a andar. Este libro es mi mejor manera de pedir perdón a todas aquellas personas a quienes hice daño, incluida a mí misma, es una forma de agradecer el amor que me fue regalado y de compartir las lecciones que tanto me han ayudado al despertar de la conciencia. Un infinito abrazo de agradecimiento y amor.

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UNO VER Y DAD

“La mejor parte de la sincronicidad nos llega por medio de verdades de otros seres humanos” J. Redfield

A lo largo de mi vida, vibrar ha sido una puerta abierta al infinito, una conexión hacia la imaginación y los sentimientos. Sentir era el modo más hermoso de saber que estaba viva. Sin embargo, no era capaz de interiorizar las enseñanzas de vida. Disfrutaba, me entregaba, sufría, soñaba despierta, me ilusionaba, me sentía querida, deseada, me sentía abandonada, elegía mi círculo de relaciones abriendo y cerrando las puertas a mi antojo, amaba, rechazaba, y, sobre todo, hablaba y hablaba defendiendo mi verdad que no era para nada tan cierta como yo creía. Permanecía dormida para la conciencia, herméticamente acomodada en una esfera de múltiples capas con las que me identificaba o tras las cuales me escondía. Mi vida estaba enfocada hacia el exterior, me afectaban demasiado las relaciones y el peso subjetivo que les adjudicaba a las personas. Gastaba

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toneladas de esfuerzo y energía para mantenerme dentro de los parámetros de lo estimado y lo deseado. Antes de mi gran lección de vida, en el transcurso de los años, me había ido dando cuenta, aunque fuese a través de pequeños destellos de conciencia, de que algo fallaba, de la precariedad de mi autenticidad, de que no era feliz porque había hipotecado la felicidad en castillos de viento. Y el miedo, la desidia y la ignorancia me impedían buscarla dentro de mí. Y digo ignorancia en el sentido del convencimiento de que la felicidad estaba fuera y debía regirse por un sistema de sumas. Por aquel entonces, al igual que un castillo de cartas que se viniera abajo, vi cómo se derrumbaban muchas cosas de mi mundo: mi pareja, la seguridad de una vida conocida, la amistad de alguien a quien adoraba, y no fue que perdiera todo esto y entonces me perdiera, fue más bien que tuve que perderlo todo, para darme cuenta de que nunca me había tenido, fue un darme cuenta progresivo, descendente, acribillado de dudas, ira y muchas dificultades. Un duelo de mí hacia mí. La dualidad enfrentándose en un mismo espacio-tiempo, una mota de ego intentando aferrarse a su pasado. Hasta ese momento en que tropecé con la parte sumergida de mi particular iceberg, no era consciente de que en realidad todo se había ido gestando desde una “autodejadez”. Poco a poco había olvidado responsabilizarme de mi vida, me entregué a los deseos del ego y a sus necesidades. Olvidé los detalles que 6


sostienen los vínculos de amor entre las personas. Me preocupé de satisfacer mi ego, de alimentarlo con lo que más le gustaba, sentirse un ser especial en la medida de todas mis posibilidades y cerrar los ojos a todo lo que no me ayudase a mantener ese estado de obnubilación en el que, a veces, nos sumergimos arropados por las cosas efímeras y externas.

Estas páginas tratan del camino que emprendí desde el momento en que la vida, tal como yo la conocía, me dio la espalda. O mejor, desde que yo empecé a sentir las consecuencias de haberle dado la espalda a la vida. Estas páginas tratan de morir en vida y de la resistencia a hacerlo, pero también de la no resistencia, del cambio y la expansión y del despertar a la conciencia y al Amor. Puedo corroborar por mi propia experiencia que es cierto lo que se dice, que las lecciones aparecen cuando más las necesitamos aunque no sean de nuestro agrado y que cuando lo hacen es porque estamos preparados para afrontarlas. En esos momentos, en que nos toca enfrentarnos a nosotros mismos, todo se confabula a nuestro alrededor para ayudarnos a cambiar de frecuencia. En mi caso, empezaron a llegar mensajes preciosos a través de los libros sin que yo los buscara. Algunos de ellos ya los había leído en el pasado sin que me hubiesen aportado nada. Casi todos hablaban de un mensaje común; de un viaje

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fascinante hacia el interior, del despertar de la conciencia y de la existencia de una energía pura y poderosa, llamada Amor. Me di cuenta de que había estado flotando en la superficie de un océano siempre asida a alguna que otra tabla que me mantuviera a salvo, pero cuando me vi empujada a profundizar en mis aguas, necesité ver a través de ellas para no ahogarme y empecé a absorber aquella información tan reveladora y desconocida. No podía dejar de asombrarme sobre todas las cosas que había leído y que no me habían servido de nada. ¿Cómo pude pasar por alto tantas cosas buenas que me habrían ayudado a abrir mi capacidad de interiorización y entendimiento? No lo sé, pero, sin lugar a dudas, se trataba de un código que anteriormente había estado cifrado para mí. En el pasado, había creído que aquel tipo de cosas no podían pasarme, que aquellos mensajes no tenían nada que ver conmigo. Ahora me daba cuenta de que empezaba a sentir una conexión distinta. Las experiencias de vida que había estado leyendo de otras personas, adquirían un sentido nuevo, algunas se asemejaban a lo que me estaba pasando. En cierto modo era como si la vida me viviera, yo estaba despertando y podía verlo todo de un modo distinto. Los pensamientos, los miedos, las inseguridades, las frustraciones, las dudas, aparecían ante mis ojos como lo que realmente eran, elementos distintos de un yo que de repente adquiría autonomía y fuerza. No es que hubiesen 8


desaparecido de repente como por arte de magia, sino que mi manera de percibirlos era diferente. Vivir se había convertido en un sentir y compartir emociones que me conectaban a la unidad cósmica desde el interior. Todo comenzó desde el momento en que miré a mi ego y lo vi. En realidad, lo vi porque fui consciente del efecto dañino que mi ego causaba en las personas que amaba. No resultó un encuentro amistoso, se inició una batalla entre nosotros en la que caí precipitada hacia un abismo sin fondo, y no me quedó más remedio que presenciar en primera persona la implacable y devastadora muerte de lo que yo creía que era yo y mi vida. Soy consciente de que sin todos aquellos acontecimientos que me sobrevinieron en aquel momento, posiblemente, jamás hubiera empezado a transitar por mi camino y seguiría estando demasiado dormida para despertar a una nueva frecuencia. Fue precisamente durante aquel periodo crucial de pérdidas muy dolorosas, que en realidad sólo eran cambios, que mi ego se mostró por primera vez, o al menos así lo percibí yo, como una entidad separada de mí misma, aunque formaba parte de mí como un enorme corsé que se resistía a soltar sus cuerdas y me ahogaba todavía más con su energía destructiva, para no perder su consolidación de tantos años. Pensé más de una vez en el descanso que supondría morir, pero la muerte no siempre es sencilla cuando se está vivo. La muerte voluntaria deja 9


demasiados sufrimientos, culpa, e impotencia en aquellas personas que nos quieren y a las que queremos. Ya que nadie podía vivir por mí, y yo tenía que seguir viviendo, llegué a la determinación de que todo aquello me había llegado porque de algún modo yo lo había atraído y que debía tener un sentido. Así que empecé el sendero para aprender a salir de aquel abismo. Deseé mil veces renunciar a la oportunidad de crecer, saltarme ese paso de interiorizar lo aprendido y expandir la experiencia. Pero era una mera ilusión, la vida no es un libro que puedas cerrar y abrir a tu antojo, y poco a poco llegué a disfrutar del camino a medida que iba entendiendo. Entender. Hacerse la luz en la mente. La suma ya no era una cuestión de cantidades que pudiera almacenar en un currículo, más bien era un compendio de cualidades, frecuencias y percepciones distintas. Dejé de ver sólo mi dolor y sentí el daño que estaba causando a la persona que más quería y que tenía más cerca, vi cómo su luz no dejaba de alumbrarme por más que hubieran cambiado las cosas entre nosotras y lejos de apartarse de mi lado, cosa que yo misma hubiera hecho de haber podido, se mantenía paciente sin que su amor menguara, a pesar de que yo todavía no pudiese amar a nadie. Por primera vez, tenía que enfrentarme a solas a la más difícil de las pruebas; un viaje de ida y vuelta hacia mí misma.

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En todo este vertiginoso viaje resultó crucial que me hubiera trasladado a vivir a una masía, sin electricidad, sin Internet y sin agua corriente. Los vecinos estaban a media hora andando y el pueblo más cercano distaba unos diez kilómetros de la casa. Los bancales adyacentes aparecían salvajes, llenos de coscojas, sabinas, pinos y zarzas. Aquellos que todavía tenían almendros, estaban cubiertos de altas hierbas, sin embargo, aunque admitía la belleza del lugar, no era capaz de disfrutarla debido a mi lamentable estado. ¿Qué veía a través de mis ojos? Pues…, ruinas, miedo, y muchísimo dolor. No podía imaginar que en aquel pequeño refugio entre las montañas, encontraría el mayor tesoro imaginado, y, precisamente, lo encontré cuando dejé de buscarlo en los reductos acotados por mi mente. No había nada en el pasado que me estuviese esperando, y un abanico de posibilidades se abría ante mis ojos, aunque yo no alcanzase todavía a ver nada. Pasé muchas horas junto al fuego sintiendo el frío de mi abismo y la oscuridad de mi sufrimiento, pasé muchas horas vagando por caminos solitarios. Ahogada en el pasado, aplastada por pensamientos que se repetían sin tregua, apenada por todo lo que había perdido. El dolor se estancaba en forma de sufrimiento y las emociones de rabia avivaban el fuego de la ira, ira contra mí misma, por lo que había hecho, por lo que no había hecho, por no poder desembarazarme de mis pensamientos y mis sensaciones, por sentir pena, por

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sentir miedo, por no ver, por querer terminar con todo aquello por la vía fácil, por tener que seguir viviendo después de todo. A pesar de estar inmersa en toda aquella energía negativa y autodestructiva con escasos periodos de descanso durante el sueño, había como un pequeño piloto encendido en algún lugar de mi interior, algo o alguien en mí que sabía que todo aquello no era yo, sino una creación negativa de mi mente enferma, y ese pequeño piloto que permanecía muy escondido y casi imperceptible, era, sin embargo, capaz de sentir una sensación de amor indescriptible durante ciertos momentos; cuando contemplaba el amanecer, el vuelo de un halcón, la visión de un zorro en la montaña, el sonido del viento convertido en un océano entre las ramas, o también durante algunas meditaciones. Aquellos momentos eran de vital importancia para mi salud porque conseguían llenarme por algunos instantes de inmensa paz y de calma. Sentir todo aquello, no sólo me asombraba, sino que me daba esperanzas para creer que algún día saldría del estado en el que me encontraba. Sentir todo aquel amor en mi interior hizo que me diera cuenta de que la dirección estaba hacia dentro y que ciertamente mi visión, mis creencias y mi ego, no eran Yo, y que bajo ningún concepto debían ser los controladores de la vida que tenía la suerte de poder vivir. Me costó mucho acallar las voces del ego. A veces pensé que iba a desfallecer en cualquier momento de puro agotamiento. No temía a la muerte, 12


hacía tiempo que no temía a la muerte, pero sentía pánico de vivir la vida que estaba viviendo, miedo de salpicar a las personas que más quería, como de hecho estaba pasando, tenía miedo de quedarme estancada en todo aquel sufrimiento. Aquellos días en la masía constituyeron la puerta de un antes y un después del despertar de la conciencia. No sólo experimenté el amor, ese que se siente hacia todo lo que nos habita y habitamos, sino también el sentido de la existencia, la amistad, la belleza, la honestidad y los sentimientos nobles y profundos que pasaban a través de mí y que no me pertenecían. Encontré muchas cosas y perdí otras que ni siquiera sabía que tenía. Fui soltando lastre en cada amanecer, dejándome absorber por las plantas aromáticas y la tierra, me fui descubriendo a medida que descubría aquel hermoso valle y sus montañas sagradas, me fui purificando junto al fuego de la chimenea mientras se despertaba el fuego del corazón y se apagaba el de la ira. Me fui encontrando poco a poco, muy lentamente. Recuerdo que andaba física y mentalmente muy perdida, a trompicones, a sobresaltos. Caía, pero seguía acercándome cada vez más a mí misma. Mis pasos eran vacilantes y minúsculos frente a un camino infinito cuyo recorrido empezaba a descubrir. Deshacer la primera capa supuso la posibilidad de deshacerlas todas. Primero hacia adentro la capa más externa, más tarde, una a una de dentro a fuera, a un ritmo que yo no marcaba y que se interrumpía más de una vez por la 13


impaciencia. Tenía tanta prisa de salir de todo aquello, que no me daba cuenta de que primero tenía que ir acortando las distancias entre la luz y el abismo. El cambio desde dentro me permitió ver cómo todo cambiaba, adquiriendo una tonalidad completamente distinta. Era un cambio silencioso que me iba cambiando a mí, un flujo que me llevaba en su corriente y cuyos únicos obstáculos residían en mi cabeza. No puedo dejar de sentirme agradecida por toda la ayuda que recibí, incluso de aquellas personas que apenas me conocían o de las que, aún conociéndome, no sabían de los cambios que estaban teniendo lugar en esos momentos en mi vida. Gracias especialmente a la persona que más me conocía, por su soplo de amor que hizo ponerse en movimiento la primera pieza del engranaje de mi conciencia, por ser la primera persona que me habló del ego, del apego, del ser interior, de la existencia de las señales y de que todos podemos crecer y ser canales de amor.

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DOS TRASCENDER

Construimos barreras para no tener que entrar en los espacios abiertos de la libertad. Yo era muy buena en ese tipo de construcciones, tan buena que era capaz incluso de construirlas para los demás. Con el paso de los días, he entendido que el universo siempre se las arregla para recordarnos lo que somos a pesar de nuestros constantes esfuerzos por olvidarlo. Una noche, mientras conducía de regreso a casa, me llamó la atención el gesto de un enorme gato que se disponía a cruzar la carretera, se agazapó como si fuera a abalanzarse sobre una presa, corrió todo lo deprisa que le permitieron sus fuerzas y utilizó el impulso de su carrera para trepar a lo más alto de una verja que había al otro lado. Allí estaba en un lugar privilegiado para cazar y protegerse. No pude dejar de pensar en cómo se jugaba la vida cada vez que tenía que cruzar la carretera. A veces me he sentido agazapada, preparada para realizar el salto que nunca me he atrevido a dar, atrapada en las redes del miedo. Demasiado vértigo al cambio, demasiado pánico de no llegar al lugar idóneo. Construimos barreras

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por todas partes, también en nuestra mente y en cada célula de nuestro cuerpo. Del mismo modo, nos movemos por la vida, demasiadas veces en piloto automático y sin prestar atención a las señales del camino. La cuneta puede estar muy bien si eres una señal de tráfico, pero no es nada recomendable para descubrir lugares y crecer como ser humano, si es que te quedas en ella paralizada por el miedo. El desafío consiste en trascender todo aquello que nos paraliza, aquello a lo que ni siquiera queremos prestar atención y que, muchas veces, disfrazamos de una seguridad y comodidad de segunda mano. Tenemos que trascender para crecer. Una vez, alguien muy especial, se me apareció en un sueño y me dijo: “Yo experimenté la nostalgia y la trascendí”. Aunque el sueño había sido mucho más largo, esa frase fue lo único que fui capaz de recordar cuando desperté. Supe que ese era el mensaje que necesitaba recibir en aquellos momentos y que tenía que experimentar la trascendencia con todas mis fuerzas, no sólo con la mente sino con el alma. Trascender es la clave para liberarnos de nuestras sogas, esas que nos vamos enredando en las alas, y que nos van asfixiando el corazón hasta sofocar su voz. Es recomendable para nuestra salud ser pacientes, cultivar la paciencia mientras los mensajes toman formas de nubes, de olas, de crisálidas, 16


de infinitas señales, de certezas intuitivas y de invisible calma. Hace unos años, antes de que me tropezara con mi ego, inicié unas clases de Kundalini yoga. Los ejercicios eran duros, había momentos en que dejaba de realizarlos porque no me sentía capaz de trascender el dolor o el cansancio físico. La profesora nos repetía una y otra vez que si éramos capaces de ir más allá del cansancio, del calambre molesto, del hormigueo y del temblor de nuestros miembros, podríamos trascender los límites físicos y sentir la energía envolviendo el espacio, liberando la pesadez de nuestros brazos y piernas, transformándose en una especie de apoyo sutil e invisible. Si íbamos un poco más allá en el ejercicio de cada kriya, llegaría un momento en que nos convertiríamos en más sutiles a la energía y en menos conscientes de nuestras limitaciones mentales y físicas hasta conseguir vivir la experiencia desde una nueva percepción física, mental y espiritual. He de admitir que ni siquiera fui capaz de creerme del todo lo que decía, incluso sentí cierto alivio cuando al poco tiempo dejé las clases y seguí enfrascada en el laberinto de mis miedos, los fuegos artificiales del ego y los abismos de la frustración. Estaba demasiado ocupada en maquillar mi vida para poder disfrutarla, demasiado ocupada en perseguir espejismos y en ocultarme de mí misma. Demasiado preocupada, defensiva, orgullosa, inmadura, exterior, dependiente e inconsciente. Un maravilloso ser que dormía su maravilla.

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Había levantado tantos muros a lo largo de la vida que, inevitablemente, quedé emparedada. Si intentara definir qué me estaba pasando, creo que diría que dejé todo el control en manos del ego y de los miedos. Olvidé la magia de los detalles, el respeto por los sentimientos de los demás, fui indiferente a los gestos de amor y al dolor de personas entrañables, me perdí ofuscada en buscar en el exterior aquello que no había sabido encontrar en mi interior, el amor y el respeto por mí misma. A veces, una meditación puede descubrirnos nuevas percepciones, una especie de conciencia sobre las cosas que no habíamos percibido hasta ese momento. La meditación fue para mí como iniciar el camino hacia el interior. Podemos leer mucho sobre qué es meditar, podemos asistir a multitud de talleres de meditación y escuchar a todos aquellos que quieran contar sus experiencias, pero sólo tú puedes saber dónde vas o dónde te quedas cuando meditas, sólo tú tendrás esa experiencia, tuya y del universo. No sé si la meditación es necesaria para crecer interiormente. En mi caso, al principio me sentaba en sastre, cerraba los ojos y me concentraba en la llegada de la iluminación, en realidad me debatía entre mi ego triunfante y mi ego herido. Pero lloraba, lloraba tanto que me vaciaba de emociones que se licuaban sin descanso. También lloraba cuando no meditaba, pero el efecto era distinto. Con el tiempo conseguí micro descansos en la constante ebullición de 18


mis pensamientos. Sentarme a meditar era como abrir una ventana por donde se colaba siempre una inmensa sensación de amor. Creo que durante las meditaciones, independientemente de las sensaciones únicas de cada persona, tenemos la posibilidad de aproximarnos más, a través de la certeza del corazón, a nuestra presencia consciente. Para mí era como despertar un poco más en cada una de las meditaciones. Empezaron a llegarme frases que llenaban de sentido aquellas zonas de mi entendimiento que habían estado yermas. A veces lloraba y sonreía a la vez y sentía, cada vez más nítidamente, que se estaban deshaciendo emociones estancadas, las lágrimas eran distintas, arrastraban, limpiaban, mientras me invadían sensaciones de amor que afloraban de dentro afuera. Cuando dejé de invertir toda mi energía en lamentarme del pasado y en resistirme a los pensamientos que no deseaba tener, la meditación se fue convirtiendo en hermosos paisajes de amor y conciencia. Recuerdo una meditación que agradecí mucho porque me aportó mucha paz mental. Cuando nos abrimos a la conciencia, no precisamos de documentos, apuntes o anotaciones. La conciencia es como la apertura de una mirilla. No tiene que ver con los ojos, ni con la mente, tiene que ver con el campo visual que se abre de repente ante nosotros, no depende de lo que vemos sino de cómo lo estamos viendo, tiene que ver con el alma. 19


En esa meditación olvidé mi resistencia a pensar y fui capaz de darles la bienvenida a todos esos pensamientos que habitaban en mi cabeza, algunos de manera casi obsesiva, persistentes y fieles a sus contenidos repetitivos, otros más recientes, pero no por ello menos destructivos. Los vi por primera vez como peces de colores, peces de distintas formas y tamaños, algunos muy llamativos y vistosos, otros más desapercibidos, pero todos ellos eran preciosos. El miedo era un enorme pez globo, de esos que son capaces de hincharse aumentando visiblemente su tamaño, mostrando sus afiladas y amenazadoras púas, capaces de triturar con sus dientes cualquier cosa en un instante, cosas construidas de la materia de los sueños, las ilusiones, el valor, la constancia, la autoestima, la paciencia, la amistad, la seguridad, el perdón y la confianza, ocultando la senda del amor. También a éste le di la bienvenida. Sentía cómo se suavizaba cualquier tipo de resistencia, a la vez que crecía en mí el sentimiento de que a partir de ese momento, todos y cada uno de ellos podían quedarse a su antojo en esta inmensa pecera que parecía constituir mi mente. No había reglas, horarios, condiciones ni contratos, les dejaba la libertad de su nado, mi respeto por su convicción y poder y mi no resistencia a su complicada existencia. Ya no iba a intentar sacarlos de allí a zarpazos. Todos eran dignos de habitar esas turbulentas aguas: los pensamientos del pasado y sus 20


emociones estancadas, las palabras pronunciadas por aquellas personas que me amaron o me rechazaron o que creí que me habían amado o rechazado o ambas cosas a la vez, allí buceaba hermosa la memoria del ego, las heridas, las relaciones, los encuentros y los desencuentros, los errores, las expectativas, el dolor, el sufrimiento, las mentiras. Todos se habían convertido en fabulosos peces de colores, todos, incluso la imagen de mí misma, la persona que creía haber sido durante tanto tiempo y que, desde ahora, aparecía como un pez más, un tanto perdido, herido y desconcertado. Algunas veces puede que me quedara observando un pez por un tiempo indefinido, atraída por sus bellos movimientos, pero, por primera vez, sentía que no surgía ningún tipo de identificación, me hacía sonreír la mera idea de dotarlos de realidad, de transportarlos más allá de lo que representaban en la pecera, al fin y al cabo sólo eran elaboradas y sofisticadas creaciones de la mente. La mente daba forma a la pecera y su especialidad era crear peces, cuantos más y más vistosos, más satisfecha estaba en su propósito. La mente puede llegar a crear verdaderos monstruos que han perdurado ahí desde nuestra infancia. Todo tiene cabida en el arte de crear y no se puede negar que la mente es una gran artista. Y no sólo es una maestra en esto, sino que además le gusta hacer alarde de sus creaciones, analizarlas, clasificarlas, controlarlas y, sobre todo, que nos identifiquemos con ellas. Pasando a ser también nosotros, una mera creación mental.

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Fuera de nuestra pecera también hay peces y una pecera mucho más grande, un océano de peces: guerras, playas, llanto, destrucción, árboles, nubes, gritos, desolación, praderas, tormentas, pájaros, flores, personas, pensamientos, dogmas, religiones, vidas, nacimientos, muertes… Peces que a veces queremos conseguir y retener a toda costa en nuestra pecera particular o peces que, por el contrario, evitamos con todas nuestras fuerzas. Todos son también producto de nuestra mente: cómo vemos, cómo sentimos, cómo atribuimos y establecemos vínculos con las cosas y las personas, esa es la función especializada de la gran artista, nuestra mente, a través de la cual creamos el mundo que queremos o que nos creemos. Nuestra pecera particular y la gran pecera no se diferencian en nada. La conciencia cósmica puede observar los peces, verlos pasar como lo que son. El ego es el que tiene siempre el bote de comida preparado para alimentarlos. En realidad su bote de comida parece ser enorme e inagotable y todos sabemos que los peces son capaces de comer sin parar hasta reventar. En la pecera se suelen repetir los mismos esquemas, la mente no es que sea una buena artista por su originalidad, sino por el realismo que es capaz de transmitir a sus obras. Soy consciente de que todos estos magníficos peces sólo existen ahí, tan reales como la materia de los sueños y pueden estar ahí, pero sin afectarme. La conciencia es el agua, no los peces. 22


Tras aquella meditación me di cuenta que mi memoria, tan minuciosa y detallada del pasado, también era un pez, una ballena enorme y entrañable que yo me había empecinado con todas mis fuerzas en que recreara y acaparara mi presente llenándolo de pasado y, mientras escribía todo esto en mi cuaderno, recordé que, hacía unos años, estuve pintando la habitación de mi anterior vivienda. Compré polvo de color azul con la pretensión de pintar nubes sobre una base de pintura blanca, fue una mañana divertida pero no conseguí plasmar ninguna nube. Por el contrario, en cada trazo surgían peces de distintos tamaños en distintas posturas y dimensiones, aquellos peces que todavía no me explico cómo llegaron allí a través de mis manos, parecían bucear en las paredes. Ahora, desde la distancia, sonrío pensando que el universo ya me había mostrado peces otras veces, y un corazón que alguien me pintó en la pared, como un presagio de que ese corazón azul, estaría siempre transmitiendo su amor. Me perdí el ahora de muchos instantes, tocaba hundirse y llorar por ello o crecer y cambiar para abrir los ojos y el corazón a los instantes presentes. Pinté aquellos peces, precisamente cuando se iniciaba un cambio importante en mi vida; cuando dejé definitivamente un trabajo que me estaba enfermando, pero no me preocupé de encontrar un sentido a mis responsabilidades; cuando desapareció de mi vida una perrita que me enseñó muchas más cosas sobre el amor de lo que yo pude enseñarle a ella; cuando

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miré hacia un lado del camino y me perdí el otro. Y me perdí entera para darme cuenta de que no me había tenido nunca y me hice adicta a otros juegos, a otros miedos.

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TRES RENACER

De la vacuidad del cuenco nace la mejor música. A veces, nuestra pecera, se convierte en océano.

¿Por qué etiquetarlo todo? A nuestros amigos, a los desconocidos, a nosotros mismos. A la mente le encanta etiquetar como si se tratara de una bibliotecaria eficiente almacenándolo todo con su particular código de referencia. Las etiquetas no sólo limitan, se pegan como lapas y en el caso de deshacerse de ellas, toca luego lidiar con la textura pegajosa que se queda. Si pensamos en el proceso del continuo cambio, del fluir constante, que es como en realidad nos desenvolvemos junto con la marea cósmica, necesitaríamos estar cambiando las etiquetas en cada momento, por eso son tan innecesarias como dañinas.

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La paz de la paciencia Cada vez que me sumergía en una frustración, me daba cuenta de que no tenía paciencia. Y si bien me parecía normal, porque al ego no le gusta ser paciente, me desesperaba pensar que quizás nunca pudiese conseguirla. A la mente le gusta ser dramática y hablar en términos tajantes: “nunca”, “jamás”, “imposible”, “para siempre”, “mío”, “tuyo”, “tú”, “yo”, “ellos” y un largo etcétera. Tener paciencia no es lo mismo que aplazar las cosas, sobre todo si se aplazan a causa de las parálisis provocadas por el miedo. La falta de paciencia es una consecuencia directa de la falta de madurez, sin embargo, aplazar las decisiones que surgen del corazón pero que no queremos afrontar, tienen que ver con el miedo. La historia relata experiencias de personas que se han iluminado de repente y de otras que, por el contrario, se encerraron en una cueva o estudiaron toda su vida los textos de los antiguos buscando la iluminación sin conseguirlo. Posiblemente, la iluminación no sea algo intermitente. No se puede sentir que se está iluminado por la mañana y pasar la tarde estresado y amargado en el trabajo. La iluminación está o no está, es o no es. Aunque todos tengamos potencialmente la posibilidad de alcanzarla. Quizás el camino de cada uno de nosotros esté plagado de pequeños destellos que tengamos que vislumbrar poco a poco para atravesar muchas 26


oscuridades, esos destellos tienen que ver con la capacidad de entender, de tomar conciencia de lo que es el apego, el ego, la identificación con nuestros pensamientos y emociones, nuestra inmadurez emocional. Ser conscientes del funcionamiento de nuestro ego y de nuestra mente pensante, calibradora, controladora y analítica, significa poder seguir el camino más ligera, más consciente, más vacía de lo exterior y superfluo, más llena de tu Ser. “Ya no soy la misma”, “mis percepciones han cambiado”, “ahora creo que todos tenemos la misma potencialidad de crecimiento espiritual”, “muchos muros han sido derribados”. Entonces, ¿dónde estaba la iluminación? ¿Por qué no era feliz? ¿Cuánto tiempo tenía que transcurrir? ¿De cuántas cosas más me tendría que desprender? ¿Cuántas cosas más tenía que desaprender? ¿En qué kilómetro del camino podría llamar a mis amigos para enseñarles mi nueva y recién estrenada iluminación? Es fácil saber de dónde surgen todas estas cuestiones, quién está controlando las lecciones y el tiempo que tienen que durar, quién toma exhaustiva nota de nuestro proceso de cambio para obtener algo, para sacar provecho, para colgarse la medalla de conseguir los resultados. Sí, es nuestra mente. La que quiere conseguir cada vez más, con mínimo esfuerzo y en menos

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tiempo posible, curiosamente guarda cierto paralelismo con la mayoría de las invenciones humanas. La iluminación, entendida como ese estado de paz y calma interior en el que te observas a ti mismo y te conviertes en lo observado, no debe ser una entrega a plazos, aunque alcanzarla, la mayoría de las veces, dependa de un proceso progresivo. No existe ningún manual de instrucciones que se pueda estudiar durante cierto tiempo para conseguir hacernos con una, ni profesor alguno que pueda darnos clases particulares a cincuenta euros la hora para obtener el título de iluminados. No hay más discípulo y maestro que uno mismo y pasar el examen es trascender, ver más allá de nuestros pensamientos y emociones, entrar en contacto con ese ser que somos más allá de nosotros mismos. Y, precisamente, la paciencia juega un papel muy importante en todo este proceso, que tenemos que ser capaces de ver, si queremos tener la clave mágica para transitarlo. Puede que nos haya costado muchas lágrimas y alguna que otra pérdida de apetito ver que había un camino esperándonos, y que lo andado hasta el momento era pura fantasía, pero, el mero hecho de iniciarlo, es en sí mismo, de lo más gratificante y fabuloso. Es difícil identificarse con el miedo, lo que solemos hacer es pensar que es una amenaza que nos llega a través del exterior y de los demás, sin embargo, esta creencia es igual de desastrosa que la proyección y la identificación, que 28


nos hace actuar como autómatas, al servicio del control de la mente y/o de las emociones. El miedo, sin embargo, no nos permite actuar de ningún modo, porque lo que en realidad hace es paralizarnos y acallar la voz del interior. Ser pacientes significa no forzar el ritmo, no calzarse de cualquier modo por querer empezar de inmediato el recorrido, significa pararse tantas veces como sean necesarias a atarse los cordones del corazón hasta que aprendamos a escucharlo, es disfrutar cada milímetro de tiempo presente, centrando toda nuestra atención y conciencia en cada cosa que sale a nuestro encuentro, incluidos nosotros mismos. Por el contrario, aplazar significa no atender a lo que nos dice el corazón, significa darle cancha a nuestros miedos. A mí siempre me había parecido que entender las cosas era suficiente para interiorizarlas, sin embargo, estaba aprendiendo que eran parcelas distintas, aunque ambas tuvieran sus frutos. La cantidad de conocimientos acumulados no es proporcional a la apertura de nuestra conciencia, del mismo modo que la cantidad de agua de una vasija no puede hacer que el aceite se fusione con ella. Existe un proceso que imagino visualmente como una espora que se abre, que se expande desde el entendimiento teórico al instante en que como por arte de magia lo interiorizamos. Ese momento me gusta visualizarlo con la imagen de una espora que viaja dejándose llevar por las corrientes de aire hasta que se queda un tiempo en un lugar sin hacer nada. Dentro lleva todo su potencial 29


infinito. Cuando la espora se abre y ese potencial se manifiesta, la espora transmuta, trasciende y se expresa en toda su esencia.

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La música emana de la vacuidad del cuenco Cada vez era más frecuente que las emociones me invadieran como una cascada de sensaciones hermosas. Todas las cosas que me envolvían adquirían una luz nueva. Los árboles se manifestaban como seres independientes y majestuosos, más allá de lo que me habían enseñado sobre ellos, más allá de los conceptos y de sus nomenclaturas, también sentía esas sensaciones con cada planta, flor o nube y era ésta una percepción que no dejaba de extenderse y de asombrarme. En uno de mis paseos por la montaña, invitada a acompañar a una amiga para rastrear una senda abandonada, llegué a un riachuelo crecido por las recientes lluvias y el agua me pareció mágica, era transparente, de una textura a medias entre la tierra y el aire. Sumergí mi mano en un remanso cristalino y me sentí afortunada de estar allí, de escuchar la armonía del lugar, el correr del agua, el canto de los pájaros, el sonido del viento contra las ramas. Una libélula pasó casi rozándome. Entonces pensé: “estoy descubriendo una primavera en este otoño, casi invierno”. Y henchida de una especie de emoción que se fundía con la vibración de todo aquello, supe que la primavera era una metáfora del renacer, el renacer de la conciencia. Respiré el prana y lo devolví al Todo y en aquella respiración de dicha, di amorosamente las gracias.

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CUATRO AMOR/EGO

No me acuerdo de olvidarte “No me acuerdo de olvidarte”, esta frase sacada de la película “Mementos” y más allá de su aparente aspecto romántico, encierra una verdad constante de nuestra dificultad para desprendernos del pasado. Yo no sólo no me acordaba de olvidar el pasado, sino que negaba el presente. Cuando no olvidamos cosas que nos gustaron y ya no están, y vivimos sumergidos en la pena y la añoranza o la frustración y la ira, nos olvidamos de vaciarnos, de reciclarnos, de estar presentes y atentos. Aquello que vivimos como agravios o como momentos únicos, se quedan pegados a nuestros egos y viajan en primera clase a donde quiera que vayamos. ¿Podía sentirme despojada de todo eso? ¿Acaso podía descubrirme más allá del rencor, del miedo o de la satisfacción personal? Empecé a creer que sí, si indagaba un poco, si soltaba las estructuras mentales y penetraba de puntillas por esa otra puerta, por la que nunca me había permitido asomarme y junto a la que había ido amontonando muebles viejos hasta ocultarla.

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Cada lección que nos brinda la vida es un regalo, del mismo modo que son regalos las señales cuando estamos atentos y podemos verlas e interpretarlas. Todos estos regalos van dirigidos a nuestro ser interior, y nos dan la oportunidad de crecer y quizás la atención sea el regalo más importante para conseguirlo. Es un coste de energía inmenso recrearnos en el pasado, nadie puede pretender leerse una novela en inglés sin tener al menos algunas nociones del idioma o un buen diccionario cerca. Lo mismo sucede con las cosas que hicimos o dejamos de hacer en el pasado, entonces no teníamos la facultad de ver las señales o no sabíamos lo que eran, ni entendíamos su significado. Hicimos lo que hicimos como lo hicimos porque no podíamos hacerlo de otro modo, lejos de estancarnos en las consecuencias, lejos de mortificarnos con la culpabilidad, la pena o la rabia, lo mejor que podemos hacer es seguir adelante desde el nuevo tramo del camino, seguir subiendo los peldaños de esa escalera que nunca nos muestra el final, aunque sí los suficientes escalones como para saber que no hemos llegado. Podemos disculparnos por nuestros errores si tenemos ocasión de hacerlo. Podemos enviar mucho amor a todas aquellas personas a las que hicimos daño o a las que amábamos y se fueron. Seguir nuestro camino ocupándonos de las señales que van apareciendo. El daño, muchas veces, nos lo hemos producido a nosotros mismos, cuando mentimos o dejamos de lado a alguien, cuando no respetamos la

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intimidad de alguien, somos a nosotros a los que estamos perdiendo el respeto. No podemos ocultarnos de nosotros mismos, ni de nuestras acciones, por eso lo mejor es que seamos íntegros, si somos consecuentes con lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, somos capaces de perdonar lo que hicimos o no hicimos, dijimos o callamos, entendiendo las limitaciones que imperaban en aquellos momentos, abrimos la llave del cambio desde los cimientos, desde la ilusión de convertirnos en mejores personas, en lugar de echarnos a perder en un juicio de intolerancia o condena perpetua. Toda mi vida había necesitado que las personas que quería y me importaban me perdonasen a los pocos minutos de tener una discusión. Estaba convencida que el amor que esas personas sentían por mí era incompatible con el enfado. Hubo personas que me hicieron entender que necesitaban más tiempo tras una discusión y que el amor no desaparecía por un enfado, pero yo no podía dejar de esperar ansiosa el momento de ser perdonada. Otra cuestión muy importante para mí, había sido el gustar a las personas que me gustaban, era como si mi autoestima fluctuase, me disgustaba pensar que era así, pero no me paraba a observarme. La clave estaba en mi propio perdón, en darme siempre una oportunidad, en quererme y respetar la vida y el aprendizaje. La clave estaba en no buscar un redentor exterior que me absolviera de mis errores, en no buscar la aceptación

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en el exterior, si me amaba y me respetaba, iba a ser capaz de trasmitir ese amor y ese respeto a cualquier persona desde cualquier lugar. Podemos usar la memoria para ser más atentos, la memoria no está para mortificarnos con culpas o rencores, su misión es la de no tener que empezar a aprender de nuevo cada vez desde el inicio. Es una agenda inestimable para que no tengamos que empezar a conocer otra vez lo que ya hemos aprendido. El corazón, por su parte, realiza esta función en la sabiduría que nos va dejando la vida. Recuerdo el tiempo en que yo deseaba no tener memoria, (en mi caso tengo una memoria casi de elefante para recordar no sólo las conversaciones sino las emociones añadidas, recuerdo miradas, deseos,… y sin embargo no puedo acordarme de un día para otro de cómo se ponen las cadenas de la nieve en las ruedas del coche, o en qué programa he de lavar la ropa de una vez para otra). Mi memoria era una máquina de analizarlo todo, un intento constante de controlar y clasificar. Almacenar conocimientos puede ser muy práctico, intentar almacenar y controlar la sabiduría que nos confiere el corazón es como pretender acumular agua en los bolsillos. La elasticidad moldea la forma sin romperla. La energía confiere la materia, el amor es la energía más pura y poderosa. Por eso es tan importante estar en consonancia con el corazón.

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Guardar rencor y resentimiento porque nuestro ego se siente frustrado e insatisfecho es algo así como poner una bomba letal en un coche y dejarlo estacionado, y perder el detonador y no saber cuándo, ni quién lo hará explotar. El corazón no puede mentirnos, pero nuestra mente sí, la mente está acostumbrada a hablar muy alto, incluso a gritos, nos distrae y nos despista para distraernos de la verdad que sentimos. No debe ser por casualidad que la mayoría de los suicidas elijan dispararse en la cabeza, la boca, o las sienes, precisamente allí donde sentimos el constante parloteo de nuestra mente, disparamos hacia el lugar donde nuestros pensamientos han tomado el control. Nadie se pega un tiro al corazón, el corazón no se expresa como la mente, el corazón vibra y la vibración del corazón tiene que ver con sentir la plenitud de las cosas que nos trascienden. El miedo es el mejor silenciador del corazón junto con el ego. La cuestión es saber diferenciar la forma de expresarse y de sentir de la mente y la forma de sentir del corazón. La manifestación del corazón está en todas partes si sabemos mirar y escuchar, si confiamos y somos capaces de dejarnos caer hacia atrás con los ojos cerrados porque la verdad pura del corazón nos sostiene y nos abre las alas de la conciencia. Hay un video, del Dr. Wayne Dyer, en el que pide al público que se señalen todos a sí mismos y todos lo hacen llevando su mano al corazón. Dyer 36


resalta el hecho de que esto es así porque es allí donde reside la esencia más pura y auténtica de las personas, aunque tengamos la cabeza llena de esquemas mentales de quiénes somos, cuánto dinero ganamos o perdemos al mes y qué estatus ocupamos en la sociedad, la familia o el trabajo.

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CINCO AMOR INCONDICIONAL / AMOR EGO

El ego tiene la maniática obsesión de hacerse pasar por amor, pero ni todos los espejismos del ego pueden emular por un instante al amor.

“El amor sabe decir no a sus propias necesidades” Kubler Ross.

“Una mente que tiene miedo es incapaz de ver con claridad y no sabe qué significa amar, puede que conozca el placer, pero seguramente no sabe lo que significa amar” Krishnamurti.

“El verdadero amor perdona, no abandona, no se quiebra, no presiona, no revienta como pompas de jabón” (Fragmento de “El verdadero amor perdona” de Maná).

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La propia sabiduría del corazón es la pista más fehaciente de cuándo actuamos por amor y cuándo por ego. Si algo nos incomoda, nos perturba, nos hace cuestionarnos las cosas, alimenta nuestros miedos, vanidad o dudas, podemos darle muchos significados pero ninguno será amor. Me costó muchísimo reconocer y admitir que no había sabido amar desde el amor incondicional, desde ese tipo de amor que como dice Elizabeth Kubler Ross sabe decir no a sus propias necesidades. Pensaba que había querido muchísimo, profunda y apasionadamente, pero ¿había sido verdadero amor? ¿Era amar cortar las alas a quien amas por miedo a que le ocurra algo?, ¿Era amar tener miedo a perder a alguien? A veces es necesario algo más que la colección entera de los libros de Jorge Bucay. Es necesario que suceda algo importante que nos remueva por dentro y nos haga cambiar de frecuencia, y entonces nos preguntamos asombrados: ¿Qué es esto que estoy sintiendo? ¿Qué era aquello que creía que era amor? Y no importa si no nos respondemos porque, lo sabemos. Sencillamente algo ha cambiado dentro, cambiándolo todo fuera. Hay una escena de la película “Ama, come, reza”, en la que Julia Roberts está bailando con su exmarido y él le dice con mucha pena que la echa de menos, que no ha podido olvidarla y que la sigue amando y entonces ella le contesta que aunque no vuelvan a estar juntos, eso no supone un impedimento

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para que él la quiera, le envíe todo su amor desde donde quiera que esté y siga con su vida. Para mí, este fue el mensaje más bello de la película. Entre otras cosas porque cuando la vi estaba desorientada sobre qué hacer con toda la añoranza y con mi amor herido. Aquella frase me caló porque era lo que necesitaba escuchar en aquellos momentos de pleno aprendizaje del desapego. Si de verdad estamos sintiendo verdadero amor, nuestro dolor y nuestra frustración por la sensación de estar perdiendo a alguien se eclipsarán ante la aceptación de los hechos, ¿dónde está escrito que no podamos seguir amando a los que se han marchado, nos apartan de su lado o incluso han dejado de amarnos? Estas circunstancias no están bajo nuestro control, ni siquiera bajo el control de las otras personas. Nuestro amor herido no es amor, es ego. El amor no conoce de heridas porque no necesita ni espera nada, porque en las relaciones no tiene ni pierde, el amor es emanación continua, no se agota, no se rinde, no lucha, no abandona. La persona que ha alcanzado este estado, no puede ser herida ni herir a nadie. Y aunque yo no me encontraba en ese estado tan equilibrado y maduro cuando vi la película, me gustó que la frase me calara tanto y se quedara tan adentro. La aceptación, que no es lo mismo que la resignación, es el mejor antídoto para que no nos ocurra una hecatombe existencial cada vez que las cosas no ocurren como nos hubiese gustado. 40


La madurez consiste en el respeto al cambio. Nuestros sentimientos pueden cambiar y lo sabemos, por esa misma razón todos pueden experimentar cambios y también lo sabemos. Ayuda bastante haber alcanzado la madurez emocional a la hora de aceptar las cosas como son, aceptar nuestro duelo por la pérdida, como algo natural y humano. Me ha encantado descubrir por mi propia experiencia que nuestro amor herido no es amor, sino ego. El amor no se deshace, es energía pura y en movimiento. Todo lo que se da y se recibe desde el amor, sólo es amor. Amor en mayúsculas. Las palabras tan poco son amor, cuando escucho frases como: “Nadie te querrá como yo, te quiero más que a mi vida, ¿cómo puedes hacerme esto con lo que yo te quiero? Perdona el mal que te hice pero lo hice por amor”, etc, etc. Me pregunto cómo no nos damos cuenta de inmediato de la ausencia de amor que hay detrás de todas esas palabras, acciones y convicciones.

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SEIS ATENCIÓN CONCIENCIA

Las enseñanzas actúan como infusiones para el alma Tomar conciencia de la importancia de rodearnos de personas que nos enseñan, observar para aprender, despertar para crecer, respirar para tomar conciencia, ser para amar… Las infusiones para el alma se encuentran a nuestro alcance a cada segundo, observar lo que dicen los demás y las reacciones que nos suscitan; lo que no nos gusta, lo que nos pone en guardia, lo que nos genera rabia o miedo, lo que nos enamora y nos atrae. Es verdad que toda provocación está dentro, y ser capaces de observarlo carentes de juicios y proyecciones, constituye una magnífica oportunidad para llegar hasta esa cuerda desafinada que nos distrae de la nota precisa. Mis infusiones fueron inestimables y cuantiosas y siguen siéndolo. Aunque ya he dejado por escrito mi infructuoso inicio con el yoga, cuando me caí de mi castillo-fortaleza mental, volví con la cabeza inclinada y el ego abatido a las sesiones de yoga y entonces el yoga se convirtió en una práctica aliada para no hundirme en mi naufragio. Mi vida, tal como la conocía hasta entonces, hacía aguas por todas partes ante mis narices y yo me aferré a la única cosa que no era de esa vida y que me sostenía de un fino hilo para no hundirme del todo. Iba a todas las sesiones que podía. Entraba repleta de ira, 42


derramaba lágrimas silenciosas durante los mantras y las meditaciones y salía llena de una calma que al menos me duraba unas horas. Me lo dejé de nuevo al trasladarme de vivienda. Y al cabo de un año volví a retomarla y me ocurrió que trascendí las clases, trascendí los horarios. El yoga se integró en mis días como los paseos, las lecturas o tomar infusiones. Hasta tal modo que no me molestó tener que dejar las clases porque no llegaba económicamente a fin de mes. Todos los días procuraba dedicar un tiempo a las asanas, a las kriyas, a meditar y, sobre todo, intentaba dedicar un tiempo a respirar. Lo más asombroso fue el efecto desatascador. Algunas emociones que creía ya olvidadas, volvían a aflorar hacia la superficie, porque seguían estando escondidas. He descubierto la respiración de los árboles, de dentro afuera. Intensa, pausada, plena y serena. Otra infusión para el alma fue la naturaleza. Los amaneceres, las estaciones, el vuelo de las águilas, los zorros, paseando entre la niebla, las noches estrelladas, la explosión de los meteoritos, la caída de las hojas. Me fui vaciando lentamente de mis armaduras mentales para llenarme de todo aquello. Los paseos por los caminos de tierra, hablar conmigo, escuchar mis emociones y al silencio cuando nos descifra el corazón, momentos de éxtasis, meditaciones junto a la chimenea, los primeros meses, los siguientes meses, los 43


otros meses, cuando dejé de contar los meses. Ahora ya no me importaba si era tiempo de volver a la ciudad, de mezclarme con sus gentes y sus barullos. Como dice una buena amiga, ahora ya no importaba dónde me encontrase, ni a qué iba a dedicar gran parte de mi tiempo, porque no estaba sola, porque me tenía dentro y no tenía nada ni nadie que me perteneciera. El concepto posesión, tal como lo había entendido durante tantos años, había perdido todo su significado. No hay maestros, los que se venden como tales siempre me han causado desconfianza. Sin embargo, existen personas sabias que enseñan sin pretenderlo, sin dedicarse a ello por oficio, son aquellos que emanan, sin poder remediarlo, su estado de conciencia de un modo natural. No esperan nada a cambio y no hacen ninguna ostentación de ello, ni se creen superiores o distintos del resto de las personas. Hay muchas, muchísimas lecciones que son gratuitas, económicamente hablando, los maestros y las maestras de estas lecciones están fuera y dentro de nosotros, al igual que lo está el discípulo. Hubo una época en que yo corría atropelladamente hacia las personas, sin ser consciente de que me estaba adelantando a lo que tenía que llegar y todavía no podía ver porque había cortado la conexión con mi centro y no me dejaba fluir. Cuando fui consciente de haber mirado hacia otro lado, sin tener en cuenta las señales, me convertí en una exagerada buscadora de señales, me instalaba en el dolor que la memoria me traía del pasado. Cada omisión y cada error que había cometido eran como punzadas que me obstruían y me aprisionaban en

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emociones que se enquistaban. Hubo un libro que acudió a mí en el momento adecuado y que me ayudó a entender y a interiorizar lo que me estaba pasando, el libro se llama “Conciencia Emocional” de la escritora Moonstone Star White. Todos los libros nos aportan algo, a veces de manera inconsciente, pero hay otros que nos hablan de aquello por lo que estamos pasando, de cosas que nos están ocurriendo y que no esperábamos, ni contábamos con que ocurrieran ni entonces ni de ese modo. Esos libros dan testimonio de un mensaje, de una experiencia que se repite una y otra vez, aunque para cada ser humano sea única e intransferible. Recomiendo la lectura de los libros que aparecen en nuestras manos, esa amiga que saca un libro del bolso y es precisamente el libro que necesitas leer y lo miras de reojo sin soltar la taza de café y tu amiga te dice: “Mira, no sé por qué estaba pensando en ti cuando lo compré” o “me apetece mucho leer este libro, pero ahora ando muy liada, te lo dejo”. Yo tengo una amiga de esas, sus libros han ido versando sobre temas que me iban versando a mí en la vida. Mientras estamos en reinvención de nuestras expectativas de trabajo y en reconstrucción personal, puede aparecer cualquier cosa, desde un correo que no esperabas, hasta un lindo abejorro en el interior de nuestros pantalones vaqueros

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tendidos al sol. Un día estás más espiritual, más zen y al día siguiente eres un moco egótico, del que no puedes desembarazarte. A mí me gusta verlo como la figura del áuryn de “La historia interminable”. Nuestra parte espiritual, la que está en calma y siente el amor se enlaza con la parte del ego, las proyecciones y los miedos y ésta, a su vez, también está enlazada a la espiritual, como forman un círculo las dos adquieren el mismo protagonismo dependiendo de cuál esté mostrándose en cada momento. Es cuestión de tiempo y práctica y de tener mucha paciencia. Pero, mientras estamos en el proceso de construcción, puede que a veces tengamos las piernas demasiado largas y los brazos muy cortos, como los cachorros en crecimiento. Un día amamos la lluvia y otro día, nos hace llorar.

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SIETE DE DENTRO AFUERA: UNA ALQUIMIA SILENCIOSA

Si sobrevives a un naufragio siempre aparece la oportunidad de descubrir esa maravillosa isla que la tempestad no te dejaba ver. Cuando vi esa isla tuve que tener cuidado de no creer que era la única isla del universo. El ego es un poco bastante tontorrón, nada es para siempre, nada que esté ubicado en el exterior de nosotros mismos es estable, ni nos pertenece, ni nos puede garantizar la felicidad, ni la dicha, pero a él le gusta creer que sí, a veces, incluso cuando se ve debilitado y pillado, le gusta subirnos a la plataforma de la soberbia, y hacernos creer que precisamente por saber separar el ego de nosotros, somos mejores que los demás. Las ilusiones del ego son parte de sus manifestaciones, sean de la índole que sean. La risa nos libera del peso de las creencias fijas y arraigadas, reírse de nuestro miedo o del sentido de la vergüenza y del ridículo es la mejor terapia que se nos ha regalado. Llega un momento en que inevitablemente nos caemos de la parra, o de la nube en la que nos habíamos acomodado. Soltar amarres hace que descubras que el puerto no es el océano, brincar sobre las zarzas siempre es mejor que quedarse sobre ellas por mucho tiempo.

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Hubo una temporada en que yo saltaba de una emoción a su contraria en un breve periodo de tiempo. Un día estaba agradecida y feliz por el hecho de estar viva, sentir el sol sobre mi cara o descubrir un pájaro en una rama y al día siguiente estaba abatida, sin saber hacia dónde dirigir mis pasos, ni qué hacer en la vida. Entonces, mi amiga del alma, me decía: “No pienses, siente la quietud interna”, “fluye, no tengas miedo, déjalo pasar cada vez que te venga y sigue”, “pase lo que pase vívelo desde la quietud”. Esas palabras cobraban un sentido porque estaban dichas desde el corazón y mi corazón podía entenderlas, mucho antes que yo.

Alguien solía hablarme, hace unos años, sobre las mariposas azules y las ranas saltarinas de mi charca, era una alusión preciosa e imaginaria que habíamos inventado para hablar de nuestras vidas. Aquella charca se quedó sin agua y las mariposas y las ranas se marcharon. Yo era quien secó la charca y me lamenté mucho por ello, tanto, que no me daba cuenta que ahora las mariposas eran de verdad y llenaban el camino que llegaba arriba de la montaña, revoloteaban en grupos numerosos y, desde la distancia, parecían nubes sincronizadas de mariposas que volaban a ras de tierra. Otras veces eran libélulas, que al pasar cerca de mí, me rozaban con sus alas. No podía imaginarme que, con el tiempo y al cambiarme de vivienda, también encontraría a pocos metros de la masía una charca de verdad, a veces me siento cerca a

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contemplar la quietud. Las ranas no saltan al agua, se han acostumbrado a mi silenciosa presencia y continúan absorbiendo el sol, ¿vivirán ajenas a que el universo es algo más que su charca? Entonces me viene una respuesta en el acto: el universo está en ellas. En la casita de piedra, la quietud de las estaciones se palpa a través de su dinámico fluir, jamás había sido tan consciente del modo de proceder de las estaciones. En las ciudades se borran sus minuciosos detalles, sus pinceladas de hermosos colores. Sin embargo, aquí, todo se rige por los armónicos acordes de la naturaleza. El tiempo no es de arena, ni de las máquinas. El tiempo se olvida de los minutos y las horas y convierte los días y las noches en una danza continua.

En la película-documental, “Por qué andar si puedes volar” de Isha hay una historia muy graciosa sobre la relación entre un ballenato y su madre ballena. El ballenato quiere acaparar la atención de su madre a coletazos, pero ella sigue con lo suyo sin inmutarse, luego la madre empieza a saltar fuera del agua y el ballenato intenta hacer lo mismo, aunque sus movimientos son de lo más torpes y poco agraciados. Sin embargo, la ballena no siente que ha fracasado como madre, ni se preocupa de qué estará haciendo mal, ni de si el ballenato necesita la presencia de un balleno, ni del qué dirán sus amigas ballenas.

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Puede que mis experiencias de vida capitaneadas por el ego fueran torpes y que intentaran acaparar la atención de otras personas para sentirme realizada y adecuada, pero mi ser espiritual era como la ballena. Aunque a mí me faltara mucho por aprender y fuese una ballenata torpe y caprichosa. Un día, hablando con una persona muy especial, me dijo: “Búscate dentro de mí” y nos reímos de su equivocación porque en realidad había querido decir que me buscara dentro de mí y no de ella. Esa mañana me estuvo rondando el significado de su “lapsus mental”, y sentí que era cierto que en realidad podía buscarme dentro de ella, en su luz y en su amor. Sentí la fuerza de la unidad a través del amor.

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OCHO LA VISITA DEL MAESTRO

Si he aprendido algo de lo que puedo dejar constancia es que, cuando nos toca, hay que pasar por el proceso entero del dolor y que éste no termina cuando decidimos que ya hemos tenido bastante, no vale el decir: “De acuerdo dolor, ya lo entendí y me doy por enterada, puedes irte, gracias.” Habremos pasado por nuestro particular proceso doloroso, y seguramente no será el único, cuando tengamos la certeza, desde algún lugar del interior, de que el dolor se ha transformado en otra cosa. Nuestra tarea recaerá en que esa cosa no tenga nada que ver con el sufrimiento sino con el aprendizaje de vida y la apertura a la conciencia. El sufrimiento es la emoción que puede quedar enquistada después de pasar una experiencia dolorosa, y que no nos va a permitir crecer. La mayoría solemos ser muy vulnerables al dolor. Tenemos miedo al dolor, incluso muchos de nosotros hemos creído que íbamos a morir de dolor. Y no sólo es una experiencia difícil y temida, sino que además nos suele incomodar cuando lo vemos en los otros, sobre todo si no son de nuestro círculo más cercano. Nos convertimos en torpes, y la mayoría de las veces no sabemos qué decir ni cómo actuar, quizás ayudaría si nos olvidáramos de nuestra incomodidad y nos dejásemos llevar con naturalidad. La relación con el dolor y 51


la muerte es la gran asignatura pendiente de las sociedades. Un abrazo y nuestra empatía silenciosa pueden suponer mucho más que todas las palabras que se nos puedan ocurrir, más inclusive si estas son de las que intentan cortar la expresión natural del que sufre. El reverso del dolor siempre es una lección de categoría magistral, porque el dolor, como el fuego, purifica. Tiene la capacidad de llevarnos muy adentro y, si nos damos tiempo y lo manejamos desde la naturalidad y la aceptación, podemos trascenderlo. Si el universo me estaba mandando todas aquellas experiencias que yo había pensado inverosímiles que me ocurrieran a mí, era por algo. Al principio estaba un poco cabreada, en realidad muy furiosa, luego estaba aterrada, pero recordé que a lo largo de mi vida, había ido apareciendo también, con más o menos claridad, un cierto sentimiento de inmadurez y de carencia de algo en mi interior y que ahora era el momento de solucionarlo. Como dice Sergio Fernández en su libro “Vivir sin miedos”: “Las personas necesitamos, no que nos despierten sino que nos recuerden que estamos dormidos”. Y, ciertamente, lo necesitamos aunque nos duela que nos lo digan, aunque al principio dediquemos más esfuerzos a cambiar la percepción de los demás intentando convencerles de que no estamos dormidos, más que dedicar toda nuestra atención a ir despertando lentamente. 52


Un día escuché una canción de Chambao que tenía el mensaje de que más nos valía espabilar, despertar y ayudar a los demás. Y pensé que era un mensaje muy certero, porque no depende únicamente del tiempo que transcurra, ni del ejercicio que hagamos en el gimnasio, ni de lo conocidos que seamos en Facebook, ni de lo que los demás nos quieran o puedan hacer por nosotros, depende sobre todo del interés que pongamos en no seguir mintiéndonos, ni conformándonos en ser humanos de segunda mano, del compromiso que adquiramos con nosotros para derribar los viejos esquemas, vencer a los miedos y desmontar los andamios de los que tanto le gusta presumir a nuestra mente. Es posible que el andamiaje sea tan eficiente que no seamos conscientes de vivir en una especie de telaraña, aunque en realidad, no ser conscientes de que hemos sido paralizados y entrenados para ser engullidos por el miedo, no es ninguna suerte. Podemos hacer que nuestro estanque sea un océano y que éste sea cada gota de agua.

Los sabios coinciden en la certeza de que para llenar hay que vaciar primero, he descubierto que la cavidades huecas lo tienen todo, son canales sin límites de espacio, la música puede llenarlo todo, hacernos sentir desde lo más profundo, pero no se queda dentro del instrumento. 53


Todo crecimiento en la naturaleza es de dentro afuera y tiene su ritmo, el dolor no se irá hasta que no pasemos por su alquimia, quizás nos cueste reconocerlo en nosotros mismos porque hemos perdido mucho de la conexión con la naturaleza pero cuando nos dedicamos más a observar, nos asombra saber lo mucho que podemos aprender de una minúscula semilla.

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NUEVE LAS TRAMPAS DEL EGO

Ver las trampas del ego, trascender los conflictos de la dualidad “La mayor parte de las energías son energías de la resistencia, la energía de la atención es libertad.” Krishnamurti.

No importa las veces que te preguntes si ya estás enseñada, cuando dejes de pensar en ello, cuando te relajes y vivas en la conciencia, habrás dejado de hacerte esa pregunta. El día de Navidad, me ocurrió algo que me hizo darme cuenta de las vicisitudes del proceso. Ese día me invadió una sensación de mucha tristeza y también una buena dosis de reproches hacia una persona que me había pedido tiempo en la distancia y que yo estaba convencida que se lo estaba dando sin esperar nada. Ese día, sin embargo, me di cuenta de que seguía esperando, esperaba una llamada, un mensaje de cariño en el correo electrónico, una sonrisa en la pantalla del móvil, tan sólo un pequeño gesto que me aportara la sensación de que, a pesar de todo el tiempo transcurrido y de todo lo que había pasado en nuestras vidas, no me había olvidado.

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Como una proyección de los momentos de mi vida, pude ver al ego creciendo fielmente conmigo y a mí misma abrazándome a su fuerza e identificándome una vez más con él. Me enfadé conmigo misma porque parecía que había ido caminando en una suerte de círculos en donde se repetían una vez tras otra las mismas cosas, aunque cambiaran las personas y las circunstancias. Pero, sin embargo, ahora no me resulta difícil ser consciente de la separación que mediaba entre mi ego y yo, le sentía relamiéndose de gusto, atemperándose tras los escollos de la no conciencia. Pero yo había aprendido a reconocer de dónde procedía el sufrimiento, la espera, el juicio, el deseo. Aunque esto no evitaba que me enfadara por todo lo que estaba sintiendo. Me sentía otra vez inmadura, egoísta y un tanto estúpida. Aquello me desconcertó, ¿iba a dejar de nuevo que el ego acampara a sus anchas? De acuerdo, era una fecha delicada, yo podía estar baja de defensas contra la Navidad. La Navidad, ese hermoso paquete envuelto en celofán plateado, repleto de canciones que hablan de paz, de felicitaciones, regalos, mensajes amorosos, reuniones con los amigos, risas, comilonas, complicidades, ese montón de nieve que se derrite al calor de los seres queridos, pero también ese enorme contenedor lleno de abetos moribundos, de añoranzas por los que se han ido, por lo que ya no es, por lo que ya no está, por el vacío que se llena de dolor, por la nieve que se ha convertido en frío…

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Esa percepción tan clara de mi ego, brillando al fulgor de unas ascuas que ahora parecían no haberse apagado del todo, me sumió en un cierto recelo, puede que hubiese estado podando las leñosas ramas del ego pero había permitido que salieran a la superficie las raíces que aún quedaban sin sanar. Cuando la ceniza nos quema es que todavía tiene brasas. De pronto me dediqué a observar toda la rabia que me daba sentir lo que estaba sintiendo. Pero en vez de alimentar ese rencor, me di cuenta de la suerte que tenía de ser consciente de ello. ¿Debía suponer que no había aprendido nada de la visión de los peces durante aquella meditación? ¿Acaso apenas había avanzado unos pocos pasos desde que inicié este camino, hacía ya más de un año y medio? ¿O sin embargo volvía a pasar por una experiencia egótica para la cual ahora sí que estaba madura y preparada, aunque no me gustara? Ocurrió entonces que mis ojos se detuvieron en un libro que había empezado varias veces sin éxito, de esos que miras, abres, cierras, dejas en la estantería, lo trasladas al lado de la cama, lo pierdes de vista. Y que sin saber por qué me vi tentada a abrir al día siguiente, había una señal casi hacia la mitad del libro, aunque yo no recordaba nada de lo que había leído con anterioridad sobre “El vuelo del águila” de Krishnamurti. Esta vez acaparó toda mi atención lectora, y me arrojó la luz del mensaje que necesitaba comprender. Que verdaderamente la importancia no estaba en dejar de experimentar momentos

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críticos a lo largo de la vida, sino en aceptarlos y saber cómo pasar por ellos airosamente. Entendí el peso de la dualidad. Cada vez que me sentía mal, que me enfadaba conmigo, por sentir lo que sentía. La dualidad se cernía sobre mi cabeza como una trágica y virulenta batalla entre lo que estaba sintiendo y la rabia que se desencadenaba por sentirlo. Tenía un pensamiento y arremetía contra él con la esperanza de cambiarlo o eliminarlo a fuerza de juzgarlo y despreciarlo sin darme cuenta de que ahí radicaba el error, ya que al entablar una batalla conmigo misma, no hacía más que acrecentar el conflicto y la inevitable pérdida de energía, la cual desaprovechaba sin darme cuenta. Debía admitir mis sentimientos, reconocerlos, dejarlos fluir hacia fuera, y observarlos en su recorrido hasta perderlos de vista. En algunos momentos podía sentir rabia, miedo, añoranza o apego, causadas por mis percepciones hacia diversas situaciones y personas. Y esa era la realidad. No cabía juicio sobre ello, no había batalla que valiera. Por supuesto, esto también se hacía extensible a las veces en que me sentía un tanto culpable o molesta por mi actitud de sentir rechazo o inapetencia de ver o estar con alguien, aunque no conociera siquiera las verdaderas causas o todavía no las entendiera. Lo veía, lo aceptaba, lo asumía, lo dejaba ser y, como por arte de magia, desaparecía hacia fuera dejando en su lugar otra vez la calma, la quietud de la 58


mente. De repente podía contemplarlo todo desde otro nivel y nada me controlaba, nada me succionaba haciéndome perder el equilibrio. La mejor técnica era no presentarse a la batalla, ¿contra quién vas a combatir entonces? ¿A quién vas a ajusticiar o a suplicar el perdón? ¿A quién vas a perdonar, traicionar, condenar o condecorar? No hay lucha, no hay luchadores, no hay gasto energético, no eres vencedor ni vencido, sólo eres el observador atento, un paladín de la no resistencia. Pueden llegarte mil pensamientos que no deseas, pero es nuestra forma de reaccionar ante ellos lo que nos condena. La mejor forma de no dejarse embaucar por nuestro ego es practicar la atención y la no reacción. Hacía mucho tiempo que el ego no mordía, ¿qué mejor manera de saber de él que sintiendo, un poco de vez en cuando, que podía morder de nuevo?

El libro me proporcionó el mensaje que necesitaba en el momento en que estaba preparada para recibirlo. Ahora entendía un poco más la naturaleza de la mente humana y sus hábitos, porque había tenido la experiencia de ello. Me di cuenta que en cierto modo ya lo había estado poniendo en práctica desde hacía meses, aunque de un modo no tan consciente, sin embargo, recordaba los descansos cada vez más abundantes y extensos de pensamientos, sin necesidad de recurrir a la meditación. Recordé mi conexión con el universo, que me había estado trayendo lo que le había pedido. Los periodos de flotar absorta 59


contemplando los gráciles movimientos de un petirrojo, o el crepitar de la leña en la hoguera. No es que antes tuviera el corazón vacío de todas estas cosas, es que no tenía espacio vacío en la cabeza que me permitiera sentirlas. De repente, cambié de pensar que cómo podía hacerme eso, a pensar cómo podía estar juzgando el modo de proceder o no proceder de alguien a quien quería y, sin embargo, no era capaz de ponerme en su lugar y respetar el tiempo que necesite. Entonces, los pensamientos se desinflaron y el sentimiento se quedó tranquilo.

Me venían a la mente las terapias psicológicas que consistían en cambiar los pensamientos negativos por positivos y entendía las palabras de Krishnamurti, del peligro que suponía el convertir esta práctica en algo mecánico, de corta duración y escasa efectividad. Quizás podamos estancar, y negar nuestras emociones durante un tiempo, pero probablemente estas seguirán apareciendo ante circunstancias parecidas a lo largo de toda la vida si no hacemos algo al respecto. Si cuando veo algo, lo acepto y no me identifico, siento como si estuviera abriendo una puerta cuya llave me servirá para abrir todas las puertas que puedan aparecer a partir de ese momento. A los pocos días me dio por volver a leer algunos de los libros que ya había leído hacia tiempo y me asombró que todos ellos hablaran de lo mismo. De 60


alguna manera aquel suceso de la Navidad, había hecho posible que lo teórico se hubiese interiorizado para que yo pudiese reconocerlo y seguir aprendiendo. Cada lección nos lleva su tiempo y tiene su ritmo. Doy gracias a esas pequeñas alarmas que se disparan precisamente para hacernos ver que no hemos de descuidarnos, que aunque el corazón esté a salvo, el ego sabe acechar disfrazado. Sin estas alarmas, los aprendizajes podrían quedar inacabados y repetirse los mismos errores a lo largo de muchas relaciones y de muchas vidas. Las alarmas han sido decisivas para no quedarme sin abrir todas las puertas de mi interior, arropada por los deseos y el control del ego. Estoy tan agradecida a todas las circunstancias que han propiciado estos descubrimientos, desde el primero hasta el último, en este viaje que emprendí desde hace ya más de un año y medio, que no se me ocurre mejor forma de agradecerlo que compartirlo con los demás del mejor modo que sé. Estas páginas son un tributo a todas las personas que se cruzaron y que aún están por cruzarse en el trayecto. A todas las lecciones de vida, circunstancias, relaciones, palabras escritas y habladas, al amor y su perenne sonrisa. También son un guiño a los miedos, a los silencios escondidos, a las lecciones desaprovechadas, a las relaciones deformadas bajo el yugo del ego, a la inmadurez, el apego y el dolor que hacen posible el crecimiento. Ahora sé cosas con mucha menos convicción que hace unos años, pero siento la certeza del corazón, me siento familiarizada y confiada con lo efímero, 61


me codeo con la muerte como el reverso del nacer. Puedo caminar sola, y al desatar a los demás de mis yugos, al respetar cada expresión única e intransferible de vida, puedo hacer mucho más que caminar sola o acompañada, puedo seguir aprendiendo a volar en libertad, consciente y agradecida de las lecciones que aún permanecen abiertas y de todas las que están por abrirse todavía y de la importancia de permanecer atenta y relajada.

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UNAS PALABRAS MÁS CONTIGO (EPÍLOGO)

Desde hace unas semanas una buena amiga y yo coincidimos en el café de las mañanas con otra persona que conocemos de verlo por el pueblo. En esos momentos de café compartido, hemos conversado sobre la energía, el amor, conocerse a uno mismo y temas del estilo. Hoy ha entrado alguien que conocí las Pascuas anteriores, supongo que porque lo atraje de algún modo, ya que quería conocerlo. Por aquel entonces creía que aparecería alguien, un maestro o maestra que me mostraría alguna receta rápida e infalible para tomar un atajo. Este hombre me llamó la atención porque siempre iba andando desde su masía al pueblo, pero lo que más me atrajo la atención fue el hecho de que a veces llevaba ropa de monje budista. Cuando en aquel entonces coincidimos en la fuente y le invité a tomar un café conmigo, me decepcioné, como suele ocurrir siempre que esperamos algo de alguien, y proyectamos nuestros deseos. Lo que decía eran como citas sacadas de los libros, hablaba del amor y de su deseo de ayudar a las personas enfermas pero se crispaba y maldecía a sus padres que lo habían maltratado de niño. Había tanto odio y rencor en sus palabras que hasta yo me di cuenta de que esto era un escollo que le estaba impidiendo sentir en su totalidad el amor del que tanto me hablaba. No estaba enfocado hacia su interior, todo lo que me quería ofrecer; sus cuidados, ropa y música del Tibet, su compañía, su amor incondicional, me parecía incomodo, era como si él quisiera

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darme todo aquello porque estaba buscando algo fuera de sí mismo para sentirse bien, me hacía el efecto de estar ante una parada en un mercadillo y que me regalaran cosas que yo no quería y se extrañaran de ello. Sólo me nacía darle las gracias al tiempo que le decía que se lo ofreciera a otras personas y a sí mismo porque yo no lo necesitaba. Nos despedimos ante su asombro y mi decepción porque por aquel entonces seguía acumulando decepciones, ya que, aunque sabía que quería encontrarme, me buscaba en la dirección equivocada. Hoy, esa persona con la que no me había vuelto a cruzar más que algunas palabras de saludo y alguna que otra sonrisa o inclinación de cabeza, se estaba sentando a nuestra mesa con la excusa de preguntarnos algo. A medida que seguía hablando, me estaba pasando algo muy extraño, no era lo que decía, palabras de críticas al pueblo en general, o la maldad que según él percibía en el pueblo y, sobre todo, en algunas personas que yo ni siquiera conocía. No era el tono de su voz, un tanto elevado y acelerado, ni tan siquiera la expresión endurecida de sus gestos. Lo que me estaba haciendo sentir incómoda era más bien una especie de energía que me estaba acelerando el ritmo de beberme el té, yo notaba una fuerza que me incomodaba y me hacía inclinarme hacia la otra parte de la mesa, miraba a mi amiga y la veía sonreír y con actitud calmada, miraba al compañero de nuestras tertulias matutinas, que aunque había callado de repente, también se le notaba calmado y relajado. Vi también cómo empezaba a hablar con una voz muy suave y relajada algo referente a lo que dicen los budistas, con lo que distrajo la atención del que estaba hablando alterado e hizo que escuchara sus 64


palabras. Algo así como que si él permanecía en su camino y escuchaba su interior, todo lo externo, tal como se nos presenta ante los ojos, no podría afectarle ni engullirlo, porque no era real y estaba basado en creaciones mentales controladas por el miedo. Si era capaz de mantener la atención en la conciencia, y no perseguía representar un papel o conseguir una integración en aquel sistema, este no podría con la bondad y la paz de su interior. No he sido capaz de transmitir fielmente sus palabras exactas aunque sí la esencia del mensaje. Y más allá de lo que estaba diciendo, o de cómo lo decía, yo sentía que una energía amorosa me envolvía y mi ritmo se desaceleraba y la sensación de incomodidad desaparecía y la otra persona vibraba a otra frecuencia, porque yo podía notar que su energía había cambiado. Estaba tan alucinada, tan sorprendida, que cuando me fui de allí pensé en cuánto me quedaba por recorrer y que no era tan fuerte como pensaba porque, aunque no me había contagiado de las vibraciones negativas, no había podido transmitirle suficiente energía para restablecer el desequilibrio de sus vibraciones de rabia. Aquellas personas me acababan de ofrecer una lección práctica de la fuerza de la energía y del control que pueden ejercer las construcciones mentales sobre las personas. Había sentido de manera directa lo que había leído en los libros de las Revelaciones de James Redfield. Todo me parecía que estaba surgiendo con una finalidad de apertura a la conciencia.

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En el pueblo había una especie de bohemio hablador que se dedicaba a vivir de la contemplación y otro hombre que a veces se vestía de monje budista y que sobrevivía de lo que podía. El bohemio hablador, aparentemente no le importaba dónde le clasificaran los demás, el que se vestía de monje, aparentemente era un pobre hombre que todavía no había sido capaz de perdonar. Mi querida amiga, aparentemente, era una mujer atractiva que no hablaba mucho, cuando en realidad era una sabia que no necesitaba enseñar o transmitir con palabras. Y, aparentemente, yo era una mujer a quien esa mañana durante el té no le había pasado nada especial, y que, sin embargo, acababa de sentir las fuerzas de distintas vibraciones energéticas y sus efectos. Era una persona ávida de sabiduría que había aprendido que la sabiduría no hay que ir a buscarla porque nos rodea siempre, hay que saber mirar, saber escuchar, saber ser. Le di las gracias al Universo por la infusión de ese día.

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Lapsus mentales o parcelas ocultas No siempre llueve, aunque caiga la lluvia y las gotas se sumerjan en los charcos, podemos no darnos cuenta, no siempre llueve la misma lluvia para todos. A veces, la luna calla y duerme, y no hay besos ni abrazos, y orbitamos en fiestas de prestado, el móvil deja de sonar y el correo se convierte en mensajes carentes de sentido. A veces, cuando estamos muy perdidos o muy equivocados o muy obcecados, es mejor que se nos rompa algo, algo que nos obligue a cambiar el trayecto automatizado de nuestros pensamientos, que nos cuestione las ganas de permanecer en la antesala de nuestra vida, o en la cola de la ventanilla de nuestra libertad o de nuestro crecimiento personal. Puede ocurrirnos que el significado de las palabras nos visiten al cabo de un tiempo, y que se hagan conscientes como si, de tanto analizarlas cuando ocurrieron, no hubiésemos sido capaces de verlas. Y, de repente, sin que medie ninguna razón para ello, (aunque quizás tenga que ver la relajación mental y nuestro crecimiento personal), las vemos con los ojos o los oídos del entendimiento, llegan y se despojan de nuestro control. Quizás el descuido de nuestra tensión nos venga como un guiño de luz que nos lanza el universo. A veces, la revelación retroactiva de la conciencia no sólo me ha dejado asombrada sino que ha cambiado algo que no sé explicar, me ha cambiado a mí misma. Supongo que hay momentos en nuestra vida que no estamos preparados para enfrentarnos a las cosas que nos acontecen, una despedida que no 67


deseamos, perder a un ser querido, un cambio que no esperábamos y que nos tambalea,… desgraciadamente, cuando esto ocurre, muchas veces, la rabia, el miedo y el dolor, nos impiden respetar como debiéramos las decisiones de los demás o el curso de los acontecimientos. El modo que encontramos para protegernos del sufrimiento o del sentimiento de abandono, no siempre es el más adecuado, inteligente o maduro. El mayor periodo de tiempo que puede durar un lapsus puede ser toda una vida, a mí uno de los más largos me duró casi un año. Quizás fue por protegerme de sufrir más allá de mi propio límite, no podía ver el amor, sólo mi ego destrozado. Sólo un año más tarde, desde la distancia temporal, pude ver mi impaciencia, mi cabezonería y mi sufrimiento ante ciertas cosas y espero haber aprendido de lo que ahora me hace sonreír. Fue extraña la sensación que tuve una noche de algo que había ocurrido hacía casi un año. Esa noche, pasó algo en mi interior, y se abrió una ventana o se selló la puerta de un sótano lúgubre. No sé qué fue, porque no puedo definir algo que me ocurría por primera vez. Era algo importante, lo sé porque me entraron muchas ganas de reír y no dejaba de sentir mucho amor y ternura. La vida me parecía como un libro que podía leer mientras se escribía, en el que podía leer sin enterarme de su significado o sintiéndola plenamente.

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He creído conveniente escribir esto aquí, en la sección de los lapsus porque es el más largo que he tenido hasta el momento, tan largo que podría pasar por otra cosa distinta y quizás así sea. No puedo dejar de preguntarme cuántos lapsus mentales me quedarán por descubrir y desde cuándo estarán ocultos en mi inconsciente, esperando a que los abrace la conciencia. La luna, que en aquellos momentos estaba llena, parecía esperar que me pusiera a llorar en cualquier momento, pero a mí no me apetecía llorar para nada, me sentía feliz, a pesar de que me estaba despidiendo del pasado, deshaciendo nudos de resistencia, despidiéndome de los bloqueos oxidados, del miedo al olvido. Me apetecía dormir, darle riendas sueltas al cansancio que se deslizaba y trepaba hasta abrazarme en el sueño. Sí, no sabía que se pudiese estar tan cansada, y es que en esos momentos asumía y aceptaba, por fin, que alguien a quien siempre querría con el alma, se acaba de despedir de mí hacía ya casi un año.

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Puede que a veces no lo veamos, que incluso creamos lo que nos dicta el ego y nos llevemos bien con nuestros miedos para que no nos aprieten demasiado. Las personas están en nuestras vidas para enseñarnos algo importante, en cada conversación, en cada mirada, en cada sentimiento que nos sacude por dentro, en cada acción, omisión, decisión o duda... existe un extenso mar de códigos por descifrar. Los demás no están para querernos, alegrarnos los días o hacernos más soportable o insoportable la vida, están para brindarnos la oportunidad de vernos en sus espejos y para recordarnos que todos somos canales de Amor.

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OTRO INSTANTE EN LA ERA DE ACUARIO

Estoy en el asiento de atrás del coche, es invierno por la mañana y la lluvia moja los últimos días de un enero fabuloso. La creencia en nuestra propia incapacidad espiritual nos sentencia y nos limita. Nuestras creencias están tan arraigadas en la cabeza que a veces nos esforzamos en no pensar para evadirnos de las culpas, del peso de las vidas que nos rozan, del miedo a sucumbir a los deseos que nos apartarán, todavía más lejos, de ese abismo oscuro que no deja de constituir una ilusión de seguridad y sustento. Damos vueltas para no seguir andando hacia el vértigo de lo desconocido, escudados en la enfermedad de un cuerpo que la mayoría de las veces es más mental que físico. Buscamos el placer de la felicidad apremiados por la prisa sin ser conscientes de que vamos en sentido contrario, sepultados bajo la frustración que nos invade el hecho de no alcanzarla nunca. Cierro los ojos, ahora puedo verme, sonrío, me siento feliz y agradecida. Fuera, las nubes siguen cantando su lluvia.

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Este fin de semana he recibido la visita de alguien que entiende bien de procesos, de amistad, de amor, de trascender al dolor, de cambios de dentro afuera, de sentir rabia y enojarse por ello, de llantos compartidos y de abrazos regalados, de abrir las manos y soltar amarras. La miro y mi corazón sonríe porque es un gozo verla elevarse, sus alas son más anchas, más libres, lleva todavía la tibieza del que empieza de nuevo. Ya no me habla del cambio, ni de la superación del dolor, ahora puedo ver ese cambio en sus ojos que han dejado de reflejar la tristeza y atesoran destellos de conciencia. Me siento feliz de verla resurgiendo de un pasado que ha transformado en su presente. Me siento feliz de ver dónde estamos ahora. “Estamos en el camino”.

Veo la tierra como una extensión de mi alma, siento su poesía donde quiera que mire, me dejo caer sobre su enorme abrazo y puedo sentir su energía incansable, cómo se mezcla en mis latidos y me hace respirar y sentir como un árbol más.

Agradezco de todo corazón este gran viaje cuya única regla es que no hay reglas, ni maletas, ni horarios, ni prisas, ni metas, un viaje infinito de ida y vuelta al origen, de ida y vuelta al Amor.

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“El agradecimiento es la memoria del corazón” Lao Tse Me resultaría materialmente imposible agradecer a todas aquellas personas y situaciones que de algún modo han contribuido a que surgieran estas páginas. Gracias a quienes se cruzaron gratuitamente en mi camino, antes incluso de que me diera cuenta de que existía un camino que recorrer y entender que, nadie, ni siquiera quienes más nos aman, pueden recorrerlo por nosotros. Gracias a todas aquellas personas por las valiosísimas lecciones de vida y por los aprendizajes compartidos. Gracias a los bares de los pueblos del interior que me permitieron conectar el ordenador a su red eléctrica y a los que me contrataron por horas, a pesar de mi escasa experiencia y de la crisis económica. Al equipo de funcionarios y de guardas forestales que me permitieron quedarme muchísimas mañanas en la última planta de sus oficinas para escribir y conectarme a Internet. A Mar por llenar mi playa de tanto amor, por sus libros, por su escucha, por entender mi humor. Muchas gracias por cruzarte en mi camino, guapa. Te quiero. A Sara por soportarme tantas horas en la cafetería sin cobrarme un extra por la electricidad, por compartir sus caramelos y su peculiar simpatía.

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A mis padres y mi hermano por respetar mi espacio y mis ganas de estar sola en los momentos en que más lo necesitaba, por dejar siempre abierta su puerta, por su amor. A mi hermana, mi cuñado y mi maravillosa sobrina por estar ahí, como un faro de constante amor, apoyo y cariño. A aquellas magníficas personas que extravié o perdí por el camino, ahora sé que todas fueron importantes y únicas. A aquellas que respetaron mi silencio y a las que me permitieron, con paciencia y comprensión, que yo no siempre respetara el suyo. A las amigas que sin saberlo me ayudaron con su mera presencia y cariño, (Manu, Sonia, Soni) A Kris , mi humana favorita, por enfocarme con su luz en las horas más oscuras, por recordarme más de mil veces esa virtud tan saludable que es la paciencia, por ayudarme a trascender el ego y los miedos. Gracias por ver mi ser espiritual aunque yo no pudiera verlo, por enseñarme la verdadera esencia del amor, por compartir tu alma. Sé que has estado y estarás en mi corazón todas las vidas. Gracias por tanto amor, por tanta sabiduría y paciencia. A Loli, por lo bueno y lo mejor de la alquimia, gracias por estar ahí a pesar de ti y de mí. A Irene, por la inestimable lección que aún sigo aprendiendo, muchas gracias desde mi corazón sin que medie ni el tiempo ni el espacio. 74


A la casita de piedra donde tuve el honor de ir a vivir un día. Rodeada de almendros, sabinas, pinos, coscojas, carrascas, higueras, cerezos, enebros, halcones, zorros, tejones, jabalís, musarañas, conejos y águilas. En donde empecé a saber de mí desde un lugar llamado corazón y a descubrir que la soledad es otro tipo de compañía. Al silencio, que me enseñó a escuchar los mensajes del corazón. A Senda y a Lino por su infinita compañía, sus ladridos, sus lametones y sus incansables muestras de amor. Donde quiera que estés ahora, Lino, te mando mi amor. Todo sigue oliendo a ti, a romero y lavanda. A las estaciones, insaciables alquimistas y maestras de la belleza en movimiento. A los perseverantes ratones de campo obstinados en compartir la masía y a los que fabrican las ratoneras que hacen posible devolverlos al monte sin hacerles ningún daño. Gracias Universo por tu constante Verso y tu Música infinita…

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A través de la lluvia