Issuu on Google+

Tema 7: Los orígenes de las lenguas peninsulares Antes de que los romanos unificaran lingüísticamente la Península, se hablaban en ella distintas lenguas (íbero, celta, euskera...), sobre la que se impuso el latín de los conquistadores, los cuales comenzaron la ocupación en el año 218 a.C. Las lenguas indígenas fueron desapareciendo poco a poco, pero dejaron huellas: ciertas formas de entonación y pronunciación, así como palabras como barro, perro, charco, colmena... De todas ellas, solamente el euskera se ha mantenido hasta nuestros días, de tal modo que ha influido incluso en la evolución del latín al castellano (pérdida de la f- inicial latina). No es por tanto una lengua latina y lo cierto es que se desconoce su origen. Así pues, las lenguas románicas son el resultado de la evolución del latín en los distintos territorios de la Península. Mientras que el Imperio Romano se mantuvo unido, el latín era el vehículo de expresión común de todas sus provincias. Pero, a partir del siglo V, cuando desaparece, cada territorio tendrá una historia diferente y, por lo tanto, el latín se irá diversificando progresivamente. En la Península Ibérica, dos hechos históricos tuvieron una importancia decisiva: la invasión de los “bárbaros” (pueblos germánicos procedentes del Norte de Europa) a principios del siglo V y la invasión árabe (año 711) Los germánicos adoptaron el latín como lengua, introduciendo palabras nuevas como jabón, guerra, guardar, falda, sala, rico, blanco...y nombres propios como Elvira, Fernando, Álvaro, Rodrigo... Mayor importancia tuvo la invasión árabe. Al principio, estos ocuparon prácticamante toda la Península, excepto la cordillera Cantábrica y los Pirineos, donde se refugiaron los cristianos. En estas regiones aisladas, el latín evolucionó de manera diferente y se formaron las distintas lenguas: gallego-portugués, leonés, castellano, navarro-aragonés y catalán. Además, en los territorios ocupados por los árabes quedaron comunidades cristianas que conservaron su religión y su lengua: el mozárabe, lengua de origen latino con abundantes elementos árabes. Este se perdió a medida que avanzaba la Reconquista y fueron incorporadas en los nuevos reinos cristianos.


Debido a su larga permanencia en la Península, la influencia cultural árabe fue enorme; hay más de cuatro mil palabras de origen árabe en castellano: almacén, azúcar, arroz, álgebra, alcalde, alchohol, alfombra, aduana, azotea... Esta riqueza de términos se explica fácilmente por la sofisticación y nivel de desarrollo de la cultura islámica en la Edad Media. Hacia el siglo XIII, la situación se modifica por el ascenso político de Castilla. En consonancia con los avances militares, el castellano se extiende hacia el sur, invadiendo poco a poco las lenguas laterales, hasta tal punto que el aragonés y el leonés son absorbidos por este, reduciendo su importancia a la de hablas familiares. Este mismo proceso se repetirá a los largo de los siglos: las lenguas periféricas son presionadas por el español como lengua institucional. Hasta el XIX no se producirá el resurgimiento de las lenguas de las nacionalidades, fenómeno que desemboca en la cooficialidad del gallego, catalán y euskera en sus autonomías correspondientes.


Orígenes de las lenguas peninsulares