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Tierra de vigilia

Oliverio Coelho


A mis padres


“Nunca sirve, con el mero fin de consolarse de él, ennoblecer un destino que es forzoso padecer.”

Gesualdo Bufalino

“Vaya tipo. Atiza el fuego que lo devorará.” Giuseppe Tomasi di Lampedusa


I

No había podido adaptarse a la imposición de viajar sin pertenencias, despojado; apenas le habían permitido cargar con su propio cuerpo. Había sufrido la falta de sus objetos, de su ropa, como si se tratara de la ausencia de un ser querido. Demasiado acostumbrado a los trenes, a tener el equipaje a la vista. Ahora advertía lo peligroso de los hábitos demasiado arraigados: más que implicar algún virtuosismo, producían una incomprensión torpe -e infantilmente dolorosa- frente a situaciones y condiciones de lo cotidiano. Apenas el avión aterrizó, empezó a pensar que en realidad esa máquina no era tan siniestra; no parecía más impúdico que un autobús, aunque era menos privado y poseía más salidas y más aire... Y era más misterioso, desde luego, porque los pasajeros padecían desamparo y una inclinación perniciosa a revelar historias bajo la intimidad de lo ajeno. Lo cierto -si en lo cierto hay más que un artificio literario- es que Germán amaba los trenes; le fascinaba el mundo azaroso que se desenvolvía en los corredores, donde a veces no podían

pasar

al

mismo

tiempo

dos

individuos,

y

en

los

compartimentos, ese espacio íntimo y tenaz en el que los pasajeros se hacían

cómplices

de

una

familiaridad

que

no

llegaban

a

desentrañar. Había algo pavoroso y placentero en la complicidad: no consistía más que en tantear disimuladamente las presencias e improvisar un lenguaje tímido y secreto que sólo los pasajeros conocían. Al fin y al cabo todos se servían de ella para superar la extranjeridad que exhalaban los vagones a través de los sonidos y de los paisajes calcinados por la velocidad. Los aviones representaban para Germán algo totalmente distinto. No había complicidad, porque resultaba imposible humanizar la atmósfera de esa máquina; debía permanecer cristalizado en el desamparo, en el tormento físico de no poder mover los miembros ni


pararse, pues adelante, atrás o a los lados, había alguien en el mismo estado de incomodidad. Además, al contemplar a los pasajeros, revivía temores infundados de la infancia; en los rostros y en la espera y en el sueño nervioso de algunos, intuía el miedo a la muerte: se preguntaban si llegarían a destino, y en la pregunta misma estaba implícito el temor a sufrir la casualidad humillante de morir en un avión.

- Son lentos estos hombres -dijo una anciana de aspecto mañoso que había viajado junto a Germán y había pasado varias horas de vuelo hurgando una cartera demasiado pequeña para justificar semejante artificio- ¿Usted tiene la visa? Germán asintió, mientras hacía la cola de migraciones, sin decir palabra alguna, y desvió la mirada, porque intuyó que unas pocas palabras conferirían a la anciana el derecho -o el deseo- de tejer un discurso interminable. Empezó a padecer una suerte de emoción contenida... El vuelo había terminado. Ansiaba otra experiencia similar; gozar, gozar de la ausencia de temor que siempre intuía en los hombres

que

lo

habían

probado

todo.

Algo

similar

había

experimentado después de hacer el amor por primera vez. Hasta entonces aquel acto había estado rodeado de un misterio pavoroso. A través de enseñanzas religiosas que él mismo urdía sin auxilio de libros sagrados, había alcanzado la certeza científica de que el acto sexual era propio de las bestias esclavizadas por el instinto. Pero una vez experimentado, todas las conjeturas se desvanecieron, y al día siguiente sufrió la necesidad sofocante de repetirlo y llevarlo hacia un horizonte que su juventud aún desconocía. Desde ya que al liberarse de las conjeturas se había desembarazado de Dios, y con él de sus propias enseñanzas y certezas caprichosas. A medida que se habían multiplicado sus prácticas sexuales, Germán se había transformado en un firme y exquisito ateo que a veces entraba en las iglesias para respirar el aire reseco de la infancia. Cerraba los ojos y tenía la impresión de que era el niño frágil de hacía décadas, y sentía en la carne el temor despacioso que erizaba su piel cuando observaba la


figura de Cristo agonizando en una sórdida cruz que nunca había comprendido. ¿Por qué una cruz y no una X o simplemente un poste? La melancolía entonces cerraba su garganta; lo invadía el enmudecimiento que antaño carcomía su interior y que luego se derramaba en los brazos puros y alargados de su madre. A pesar del tiempo aún pesaba sobre él la infancia, e incluso, cuando cerraba los ojos en la oscuridad airosa de los templos, revivía imágenes de la fiesta tormentosa y melancólica de sus primeros años de vida. A veces creía descubrir -sólo lo creía, porque en cuanto su hallazgo se tornaba evidente perdía consistencia- que regresaba a las iglesias para palpar la mano áspera y fresca de su madre; era como sentirla viva, respirando sobre su nuca las palabras profusas de un rosario. Extendía el brazo, buscando su presencia, y ante el vacío abría los ojos húmedos y se descubría a sí mismo, envejecido y solo, y se ponía de pie para transitar con lentitud la nave principal hacia la salida.

Un hombre moreno, de mirada cansada y pulcramente vestido, estampó de un golpe el sello en su visado. Germán tomó su viejo pasaporte y se despidió en inglés. Esperó una respuesta, inmóvil junto a la casilla, pero el empleado, enajenado en su devoción por la burocracia, ya fijaba los ojos en una señorita para verificar si su rostro se correspondía con la foto del pasaporte. Guardó el pasaporte en el bolsillo interior de su saco, donde a menudo metía todo tipo de objetos, desde caracoles a papeles escritos y sucios que recogía en las calles y conservaba en su colección de caligrafías ajenas. Se dirigió hacia la salida y se detuvo a contemplar el horizonte anaranjado y casi desvanecido apretándose sobre una tapia de cemento. La imagen encarnaba en el cielo algo del artificio femenino; los colores borrados de la tarde exudaban la belleza de una mujer madura. Podía comprender el cuidado oscuro que ellas se prodigaban sobre la piel; podía desentrañar el modo árido de exhibirse frente a los espejos; llegaba incluso a admirarse de su propia intolerancia frente a una feminidad envejecida, turbia como la del atardecer. Las mujeres maduras siempre habían escondido algo


maternal, algo que las entorpecía; por ello quizás solía frecuentar jovencitas, mujeres que podía limitar con su propio deseo. Una mujer de su edad le parecía ilimitada, incontenible como una madre, y sumirse en el calor ostentoso de su cuerpo era como arrojarse a un río e intentar nadar contra la corriente. Además las jóvenes se amoldaban con más facilidad a la carencia de necesidad estética que presumía en sí: para él la juventud podía suplir sin problemas la belleza. Y mientras observaba a través de la ventanilla de un taxi cómo el atardecer caía empañado en Estambul, advertía que hacia las mujeres de su edad guardaba el mismo temor que lo había alejado de los aviones durante años; el temor que en las antiguas tribus se tenía hacia lo sagrado, hacia el punto céntrico que ordenaba los ritos. En el fondo, dentro de su fértil ateísmo, había restos de una arraigada superstición, y el primero no era sino una excusa para esconder, como se esconde algo prohibido, esto último.


Tierra de vigilia