Issuu on Google+

Tantos payasos como sean necesarios


Las caras de los pasajeros tendrían que haberlo puesto sobre aviso. Algo en ellas debería haberle despertado al menos la sospecha de que se estaba equivocando de colectivo. Es sabido que las caras tienen algo de trayecto, sobre todo cuando los gestos o la ausencia de gestos pierden la intención, porque no están dirigidos a nadie. La cara vacía de un pasajero ensimismado tiene los rastros que va dejando el paisaje repetido por la ventanilla, la misma sucesión de casas, comercios, edificios y plazas, las mismas calles frecuentadas tal vez a diario, con sus signos y detalles que se van grabando en la memoria solapadamente. La punta torcida del cartel que anuncia que en ese momento se recorre la calle Triunvirato del 100 al 200, el profundo badén en el que el colectivo se sumerge para enseguida despegar y en pleno salto hacernos vislumbrar el muro con el mismo graffiti leído infinidad de veces. Baches, un árbol inclinado, el nombre de un almacén o una funeraria, el mismo auto estacionado para toda la eternidad frente a una gomería, un mozo aburrido en la puerta de un bar persistentemente vacío. Por eso es que Juan, alias “Bonete”, tendría que, por lo menos, haber sentido la punzada de la duda.


Pero Juan, alias “Bonete”, no percibió su error hasta cuarenta minutos después, cuando el paisaje de casas bajas y edificios ciegos le resultó desconocido y alarmante. O mejor dicho, conocido y vagamente temido en sus veinticinco años de vivir en el sur del conurbano bonaerense, pero lejos del trayecto que él podía reconocer como suyo, el que lo llevaría a su casa en Lanús. Como excusa o explicación hay que decir que Juan, alias “Bonete”, había tenido un mal día. Era el primer aniversario desde que Laura lo había abandonado, y le había tocado un cumpleaños donde el agasajado, con sus flamantes seis años, descubrió al verlo que le tenía miedo a los payasos, y estrenó dicho descubrimiento con un llanto largo y gritón que duró hasta que Juan, después de haber intentado calmarlo desplegando todas las obviedades posibles, ya que hay que reconocer que no era un payaso con mucha iniciativa, se vio repentinamente lanzado a la calle. En un instante que a él le pareció inexistente, pasó de ser la atracción de la fiestita, a ser el ruin causante del desastre. Esto, claro está, incidió en la retribución. La madre, mientras lo empujaba hacia la puerta de calle, alcanzó a justificar a su hijo culpando a la precariedad de su vestimenta y a lo poco feliz de su maquillaje, a su payasosidad, en fin, como si los payasos no fueran así, y le tiró veinte pesos en la cara como si estuviera haciéndole un favor. Con el orgullo herido y la confusión a flor de piel, viendo lo temprano de la hora, se decidió a intentar hacer algunos pesos más improvisando algunas payasadas para los turistas en la plaza Dorrego, a unas cuadras de ahí. Empezó realizando un estruendoso y desafinado llamado a los presentes y, poco a poco, fue entrando en calor. Si bien ya hemos dicho que era un mal payaso, hay que decir también que era un mal payaso abnegado: mientras los pocos que se habían reunido alrededor de él intentaban entender lo que estaba haciendo, con la sonrisa expectante de quien espera que le arranquen una carcajada y ésta no llega, él se compenetraba más y más en las piruetas de su monólogo. Tanto que no llegó a darse cuenta de que le robaban el bolso que había dejado en un rincón, en donde llevaba su ropa de civil, sus algodones y maquillajes, y los veinte pesos. Por suerte, la gente empezó a reírse cuando él, dejando la actuación de lado, descubrió la ausencia del bolso y empezó a lloriquear y a maldecir. Al ver que las risas brotaban espontáneas y con alivio cuando ya se creían perdidas, no tuvo más remedio que continuar lloriqueando y maldiciendo como si todo eso fuera parte de su acto. Finalmente alcanzó a juntar unos pesos y un par de monedas para el colectivo. Así estaban las cosas cuando Juan, alias “Bonete”, bajó hasta Paseo Colón a tomar el 33 y se equivocó de ramal. No vio las caras de los pasajeros porque no podía verlas, contrariado como estaba. No vio el paisaje extraño porque cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la vibrante ventanilla y se dejó adormilar por el


golpeteo. Además, y ésta es otra hipótesis que puede terminar de explicar su larga ceguera frente al error, las pocas caras que vio no le decían nada, porque todavía maquillado y vestido como un payaso, pensaba como un payaso, y esas caras contenían tanta verdad como la suya, ninguna. Estos son los motivos por los que recién se percató de que ése no era su viaje cuando recorrían un barrio siniestro y apartado, con calles de tierra y casas hundidas en la oscuridad, porque de repente se había hecho de noche; casas torcidas y desequilibradas, con veredas intransitables cruzadas por maderos, puentes precarios sobre el barro perdiéndose en la penumbra de los umbrales. Y entonces hizo lo que definitivamente no debía hacer. Hay veces que la puntería es, exacta, lo contrario a sí misma. Juan se precipitó hacia la calle aprovechando que el colectivo se había detenido frente a un semáforo. –¿Dónde tomo el que vuelve? –alcanzó a preguntarle al colectivero. –Abajo, enfrente –fue la respuesta. Y Juan, alias “Bonete”, bajó y descubrió el acierto de su error. Veredas hundidas, casas salteadas y más hundidas aún, árboles inmensos que tapaban la casi inexistente luz del alumbrado público y una calle estrecha de tierra por la que se perdía solitaria y tambaleante la mole verde del 33. Pero no fue eso lo que lo hizo percatarse de la exactitud de su desacierto, ni el silencio vegetal que se respiraba por la cercanía del río, dulzón y vivo, enredándose en el basural que a mano derecha se extendía hasta donde llegaban sus ojos, junto al 33. Lo que lo hizo reaccionar fue descubrir la parada del colectivo del otro lado de la calle, una casucha descascarada, una oscura boca de lobo de la que asomaba la cara absorta de un payaso. Juan, alias “Bonete”, miró en todas direcciones como esperando una explicación. Luego volvió a mirar hacia la casucha. Ahora la cara del payaso había emergido de la oscuridad, acompañada por un cuerpo. Los dos payasos se miraron, la calle de por medio y un silencio que de a ratos se poblaba de ruidos de motores lejanos que le daban a la noche su dimensión de suburbio apartado. La única cercanía era la de los grillos. * Nunca habían visto tantas estrellas juntas. Las manchas nocturnas del cielo resaltaban las sombras de la calle, endurecían las pálidas casas, las formas de los baldíos y el basural. Llevaban esperando más de una hora pero no lo sabían, porque ninguno de los dos tenía reloj. Una coincidencia menor dentro del cúmulo de coincidencias que los había juntado. A pesar de ya haber sorteado la sorpresa, aún les duraba una desconfianza cerval. En la penumbra de la casucha con olor a


meada, sentados uno junto al otro, aunque separados por un metro, habían intentado una y otra vez sostener un diálogo. “Me equivoqué de colectivo”, había dicho Juan, cuando por fin se decidió a cruzar la calle. El otro, para no repetir sus palabras, se había limitado a decir, “Ajá”. “Mi nombre es Juan”, dijo entonces Juan, y tuvo que morderse la lengua para no decir que le decían “Bonete”. Intuyó que no era buena idea hacer hincapié en la payasosidad propia, como si callándola pudiera ocultarla. Sin embargo, el otro payaso debía ser menos sutil o menos supersticioso, pensó en ese momento Juan, porque su respuesta fue “Yo soy Jerónimo Panceta”. –Nombre raro para un payaso. –No es mi nombre de payaso, es mi nombre real. Callaron. A lo lejos un auto aceleró, ¿o era una moto? Los grillos parecían comentar atentos esos sucesos invisibles. –Mi nombre artístico es “Firulete” –aclaró finalmente el otro payaso, mientras se estrechaban las manos. Su sonrisa era una enorme mueca blanca y roja. Jerónimo, alias “Firulete”, era más alto y más grueso que Juan, y llevaba una peluca de rulos negros que lo hacía más alto todavía. Tenía puesto un enterito lleno de parches y una camisa floreada y, por supuesto, unos enormes zapatones. Juan no pudo dejar de envidiar el brillo de sus zapatones. Después, apenas lograron referirse a la tardanza del colectivo en cuestión, como dos comadronas comentando “no somos nada” junto al cajón del muerto. Pero el problema era que sí eran; eran dos payasos perdidos en la madrugada de un barrio sombrío y peligroso. Cada tanto alguno tiraba una pregunta en la oscuridad y el otro respondía desde la prudencia, “¿estudiaste con alguien?”, “no, va, sí, pero muy poco... ¿y vos?”, “también, con un profesor de teatro de Lanús, pero seguro no lo conocés”, “sí, seguro”, “¿siempre laburás solo?”, “sí, es mejor así, más de un payaso...” “más de un payaso qué” “más de un payaso es más duro, la gente ve a un payaso y ve a un artista, a un clown, a un actor, cuando la gente ve a dos payasos o más ve a un par de vagos pintarrajeados...”, “ajá”, “ajá qué”, “ajá que tenés razón, creo”. La noche los fue dejando sin palabras. Las preguntas que se hacían se fueron espaciando, hasta que dejaron de hacerlas. Otra vez como dos viejas comadronas, ahora en silencio junto al cajón del difunto, olisquearon la humedad de las meadas que se adhería al olor familiar de sus maquillajes y dolientemente aburridos hicieron el balance de sus vidas. Pero fue como contar las pelusas en los bolsillos sin monedas del pantalón. Juan pensó otra vez en Laura, en lo que ella podría decirle si acaso existiera la posibilidad de que él le contará lo que le estaba sucediendo. La había conocido en el taller de teatro de Lanús, y aunque ella se había ido él no había perdido la costumbre de contarle sus cosas.


Jerónimo, por su parte, pensó en lo mal payaso que era y en lo solo que eso lo hacía sentir, y miró el cielo y recordó cuando su padre, un mentalista autodidacta que había aprendido la técnica con el libro La magia del poder psicotrónico, disolvía nubes apuntando con los dedos y le decía que despejaba el cielo para él, para cuando fuera astronauta, y tuvo que reprimir un sollozo que se le anudó en la garganta. –¿Estás bien? –preguntó Juan, para borrar el recuerdo de Laura. Siempre le pasaba lo mismo. Recordarla y hablarle al principio era casi placentero, pero luego la boca se le secaba y un amargo desconsuelo lo invadía. Laura respondía siempre lo mismo: “Mi analista dice que tu tristeza es demasiado contagiosa. Me gustaría que no estés cuando pase a buscar la ropa”. Ese era el resumen del final. –¿Cómo? –Que si estás bien... –¿Eh?, sí, estoy un poco resfriado, nada más, y la humedad de esta casilla de mierda... –¿Tenés pañuelo? –No. –Yo tampoco. –¿Y entonces para qué me lo ofrecés? –Yo no te lo ofrecí, nada más te pregunté... –¿Y para qué preguntás? –Para nada, solamente quería iniciar una conversación... –¿Una conversación preguntándome si tengo pañuelo? Estaban cansados. La larga espera los iba sumiendo en un sopor que desgastaba el contorno de las cosas. A pesar de que por precaución no salían de la casilla, ya le habían perdido el miedo al oscuro barrio que los rodeaba. Y lo que habían perdido en miedo, lo habían ganado en desdicha. Cada uno por su cuenta sentía lástima por sí mismo. El basural de la otra cuadra era el paisaje exacto para sus tribulaciones; el aire de ese río que existía inmensamente en alguna parte les traía los vahos fríos de la descomposición. Era un olor vivo que se enroscaba en la casilla y luego se iba, despertando de las paredes carcomidas y del piso de tierra la memoria de las meadas, haciéndolas temblar bajo sus rojas narices. Las casas de enfrente, con las ventanas a oscuras, hundidas por debajo de la altura de la calle, los miraban ciegas, hundiéndose más con el paso de las horas, como ahogados que se saben perdidos y ya dejan de dar manotazos intentando la salvación. Ojos nunca tan redondos, ventanas nunca tan cuadradas. –Es la primera vez que estoy en este barrio... –dijo Jerónimo, titubeando después de un largo rato, como queriendo disolver el olor de la casilla como si fueran nubes.


–Siempre hay una primera vez para todo –respondió Juan. –No. No me entendiste. No me dejaste terminar. Es la primera vez que estoy en este barrio y sin embargo siento que ya estuve. –Por eso, siempre hay una primera vez para todo. Hasta para que algo ocurra directamente desde la segunda vez. –Entonces esta es la primera vez que a mí me pasa algo por segunda vez sin que primero me pasara la primera. Jerónimo se rascó la peluca. Los dos miraban las casas de enfrente, los árboles altos, el cielo más alto aún, duro y negro. El canto de los grillos parecía venir del titilar de las estrellas. –Es relativo. ¿Sabías que muchas de esas estrellas que estamos viendo ya no existen? ¿Sabías que en Venus el día es más largo que el año? El movimiento de rotación... –¿Qué es relativo? –El tiempo es relativo, el espacio... –Para un payaso no. Juan, sorprendido frente a sus propias palabras, sintió sobre su cuerpo la mirada herida de Jerónimo, y se le hizo pesado el frío. Estaba exhausto. Después se preparó para el insulto, pero Jerónimo no volvió a hablar, y Juan se quedó esperando largo tiempo la puteada. Al no oírla se sintió más desprotegido que nunca. A Juan el desamparo le daba sueño, y entonces se dejó envolver por el sopor de la lástima; la belleza de la noche no era para él. Su cabeza se deslizó lentamente hacia delante, y su cuerpo se corrió hacia el costado hasta apoyarse contra la pared. Era el lugar menos indicado para dormirse y por eso se durmió. Sentía que no lo había hecho en años. “Laura...” alcanzó a mascullar, como si fuera a su encuentro. Unos minutos más tarde Jerónimo también se durmió, dejando en el aire el demorado insulto. * El primero en despertase fue Juan. No fue un despertar paulatino sino un salto que lo depositó, luego de un peligroso tropezón, en la calle. Sus grandes zapatones se enredaron en el aire y terminó de rodillas en la cuneta. No estaba acostumbrado a despertarse con los zapatones puestos. Miró a su alrededor y en un segundo recordó la situación, aún era de noche y no había señales del colectivo. –¿Te dormiste? –la voz de Jerónimo sonó achacosa y de ultratumba. –No –dijo Juan. –Sí, te dormiste, y por tu culpa capaz que pasó el colectivo y ni lo vimos.


–Entonces vos también te dormiste –reaccionó Juan, todavía de rodillas. –Pero no lo hubiese hecho si vos no lo hacías primero. Juan iba a responderle, pero lo asaltó la sospecha de que ese diálogo no podía ser cierto, de que en realidad ninguno de los dos se había dormido. Miró a su alrededor. El paisaje nocturno seguía igual, el escaso alumbrado, la calle de tierra, los árboles altos y las casas bajas. Los autos y los grillos seguían midiendo distancias. –Todavía es de noche –dijo. Jerónimo ni apoyó ni refutó su afirmación. Se limitó a salir de la casilla para ayudarlo a ponerse de pie. Juan seguía buscando, miraba en todas direcciones, pero no encontró lo que buscaba. Todo estaba igual, y precisamente por eso tenía la apremiante sensación de que algo había cambiado. –¿Cuánto habremos dormido? –No sé. –Ya debería estar amaneciendo. –Ajá –dijo Jerónimo. ¿Habría pasado el colectivo? ¿Habría pasado alguien en semejante soledad sin que ellos se despertaran? Ya un poco despabilados, volvieron a sentirse perdidos, y sin decir nada volvieron a meterse en la oscuridad de la casilla. Lo hicieron justo a tiempo, porque no habían terminado de acomodarse cuando escucharon primero unos gritos amenazantes, y luego un par de respiraciones agitadas que se convirtieron en dos sombras que corrían por la calle. Con unos segundos de diferencia pasaron cinco sombras más, y al minuto todos habían desaparecido. El eco de la persecución o la carrera duró en el aire un buen rato, y a medida que se iba perdiendo Juan y Jerónimo fueron aflojando los dedos encogidos dentro de los zapatones. Cada uno por su cuenta recordó las terribles historias que habían escuchado sobre esa parte de la ciudad. El miedo volvió a alimentarles la espera y el silencio. Pero Juan todavía miraba la oscura porción de cielo sobre las casas de enfrente, detrás de las sombras de los grandes árboles. Había perdido la noción del tiempo y su cuerpo ahora tenía el doble frío del desconcierto. Miraba y miraba el cielo como si pudiera empujarlo, y un cuchicheo empezó a crecer en su cabeza. Y mientras más miraba el cielo y más fuerza hacía para empujarlo, más fuerte se hacía el ruido. “Esa es la locura que llega. Chau, Laura”, pensó con los ojos llenos de lágrimas, gobernado por un sórdido y apresurado entusiasmo. –¡Un colectivo! –gritó Jerónimo, arruinando su despedida triunfal. Jerónimo ya había saltado hacia la calle y miraba en la dirección por donde habían venido. Juan se asomó y descubrió la mole verde que se acercaba bamboleándose. Estaba a dos cuadras, zozobrando en los badenes de una


esquina. Al salir de los badenes el colectivo hizo un juego de luces, ya estaba más cerca. –¡Nos avisa, nos viene a buscar! –gritó entusiasmado Jerónimo, que ya estaba parado en la mitad de la calle. –Pero si va para el otro lado... –Seguro que después tiene que volver. –Bueno, pero correte de ahí que lo vas a asustar –dijo Juan con sensatez, y cruzó la calle para ubicarse en la parada contraria, ya compenetrado en el entusiasmo de su compañero. Jerónimo civilizó su ansiedad y se paró junto a Juan, acomodándose los rulos de la peluca. El colectivo estaba a unos cincuenta metros cuando Juan levantó el brazo ceremonialmente, respirando pausado, digno y natural. Sin embargo, el colectivero no disminuyó la velocidad. Los había visto, y precisamente por eso no atinó a detenerse. Por el contrario, cuando ya estaba llegando a ellos, aceleró, y el esfuerzo del motor sonó como un estampido que hirió a los payasos en lo más profundo de sus esperanzas. Lo vieron pasar desesperando, mientras una nube de tierra los envolvía. Jerónimo fue el primero en empezar a correr. Juan lo siguió al instante. Agitaban los brazos y gritaban, pero sus enormes zapatones no les facilitaban la persecución. No habían corrido veinte metros cuando ya se hizo evidente que era imposible alcanzarlo. Se detuvieron exhaustos. Apenas podían hablar, un nuevo maquillaje de polvo les cubría la corroída blancura transpirada. –¿Lo viste? –preguntó como pudo Jerónimo. –¿Si vi qué? –No te hagás el boludo, lo viste. Juan no respondió, pero no pudo evitar que la escena se repitiera en su cabeza. Su brazo levantado, el colectivo acelerando justo al pasar junto a ellos, y dentro de su luminiscencia vacía, el único pasajero con su rostro multicolor pegado a la ventanilla, con una dolorosa e increíble mueca de asombro. Sobre su cabeza calva sobresalía un diminuto sombrero ladeado. Pero no tuvo tiempo de creer o no en lo que había visto, porque tres cuadras más adelante, a la altura del final del basural, sonó una explosión y el colectivo se detuvo. –¿Qué está haciendo? –No sé. Se le habrá roto algo. Por un momento se quedaron expectantes, esperando que el colectivo se pusiera en marcha otra vez. Pasaron varios minutos y entonces, en silencio, empezaron a caminar hacia donde estaba. Las luces de posición los atraían como


en un trance. Ya estaban lo suficientemente cerca como para percibir el temblor de la carrocería por el motor encendido. –Shhhh... –dijo Jerónimo, llevándose un dedo a la enorme sonrisa sobre sus labios–. No vaya a ser que se nos escape otra vez. Sigilosamente, amparados por la misma sombra del colectivo, levantado mucho las piernas para evitar cualquier percance con los zapatones, se acercaron a la puerta junto al conductor. Estaba abierta. Lentamente se asomaron. El conductor del colectivo descansaba sobre el volante, con la cara vuelta hacia ellos. Tenía los ojos abiertos y el pelo revuelto en un cuajarón oscuro de sangre. Juan y Jerónimo, perplejos, se miraron por un rato sin saber qué hacer. Luego miraron al otro payaso que los miraba a ellos, en silencio, asomado por la ventanilla. Volvieron a mirarse. Tardaron en decidirse a subir. Más que la muerte del chofer los intimidaba la idea de que todavía pudiera prohibirles el ascenso. Pero el chofer no se levantó, los dejó subir mirándolos con aprensión, aunque es posible que eso estuviera relacionado con lo que estaba viendo, o no, en el otro mundo. El muerto y los payasos se midieron con respeto. –Alguien se llevó el expendedor de boletos –dijo Jerónimo. A Juan le pareció extraño que alguien llamara “expendedor de boletos” a la máquina de los boletos. Sonaba como un secuestro. Se puso en puntas de pie e intentó localizar el agujero en la cabeza del chofer, pero no lo encontró. Parecía que la bala había salido de su cabeza, no entrado. –¿Fuiste vos? El tercer payaso negó con la cabeza. Jerónimo se había acercado a él y lo miraba con desconfianza. Era el único en presencia del muerto, y era un payaso. Para Jerónimo era natural estar vestido de payaso, e incluso ya le resultaba natural que Juan también lo estuviera, pero este tercer payaso le resultaba sospechoso. –¿Dónde dejaste el arma? –Te dije que yo no lo maté. –¿Y quién fue entonces, el expendedor de boletos? De golpe el expendedor de boletos era un asesino, no un secuestrado, pensó Juan, y le pareció sensato. –No lo quiso matar. Se le escapó el tiro. Un bache y ¡pum! No había sido el expendedor, sino un adolescente flaco y alto. –¿Y cómo arrancó el expendedor de boletos? –No sé, tiró y lo arrancó. Pasaron unos segundos en que los payasos se midieron. Juan miró a Jerónimo, que miraba al tercer payaso. El tercer payaso sostuvo la mirada de Jerónimo y después miró a Juan. Juan miró al tercer payaso.


–¿Cómo te llamás? –preguntó Juan. –“Cachirulo”. Juan estuvo a punto de decirle “no, cuál es tu nombre real”, pero Jerónimo se le adelantó. –Yo soy “Firulete” y él es “Bonete”. Luego de las presentaciones se hizo una pausa. El muerto pareció acomodarse sobre el volante para ver qué sucedía. –¿Qué pasó? –Ya dije. Se le escapó el tiro, se asustó, arrancó la máquina de los boletos y se fue por allá –dijo “Cachirulo”, señalando hacia el basural. Juan imaginó al adolescente corriendo con el expendedor a cuestas. –Debe ser pesado, ¿no? –Se le cayó el revólver. Pensé que iba a volver pero no. Se le cayó por ahí. Los tres miraron hacia donde “Cachirulo” señalaba, un espacio abierto entre las pilas de basura en donde habían quemado algo. –Andá a buscar el revólver –dijo Juan. –Andá vos –dijo Jerónimo. Finalmente fueron los dos y se agacharon al mismo tiempo para levantarlo, golpeándose las cabezas. –Hacelo vos –dijo Juan. –Bueno –dijo Jerónimo. Jerónimo la levantó y la guardó en uno de sus bolsillos que, por supuesto, estaba roto. Era el bolsillo de un payaso, así que cuando el revólver comenzó a resbalar por entre sus pantalones, el frío del metal deslizándose por la entrepierna, “Firulete” empezó a agitarse como si le hubiese dado un ataque de epilepsia. Juan lo miraba impávido. El revólver volvió al piso. Ambos contemplaron el arma en el suelo, y luego juntos dirigieron la vista hacia el colectivo. El conductor los miraba malogrado sobre el volante; en el otro mundo tal vez esas cosas ocurrían todo el tiempo. El otro payaso, desde uno de los últimos asientos, la cara blanca pegada contra el vidrio, los observaba sin pestañear. –Mejor agarralo vos –dijo Jerónimo. Juan levantó el arma y se la aseguró en el elástico del pantalón. Se sintió valiente y ridículo. Desde donde estaban, el chofer parecía sonreír sobre el volante, pero Juan no supo si le sonreía a él o al revólver. Un escalofrío le recorrió el cuerpo una y otra vez. Alguien en ese momento estaba caminado sobre su tumba. *


Una hora más tarde, el colectivo avanzaba quejumbroso por calles de tierra poco iluminadas, entre basurales cada vez más extensos y barrios de casas precarias. Era, todavía, una noche maravillosa y resplandeciente, en la cúspide de su negrura y de su frío. Los tres payasos, desde que habían sacado el cuerpo abandonándolo en el basural y se habían puesto en marcha, no habían vuelto a dirigirse la palabra. Juan, que había dejado el arma a la vista sobre el tablero, manejaba como si siempre lo hubiese hecho, concentrado en las irregularidades del camino. Jerónimo y el otro payaso se habían sentado juntos en el primer asiento doble, y miraban por la ventanilla el extraño paisaje. Cruzaron varios puentes sobre arroyos de desechos, y pasaron junto a varias moles de edificios ciegos, engañosamente abandonados, en los que titilaban sombras que parecían alargarse y alejarse. En muy pocas casas vieron luces encendidas. Los perros los miraban pasar como viejos conocidos, sin ladrar, ganados por la melancolía. La noche era maravillosa pero era la noche. Nadie les había salido al paso, en ninguna garita había alguien esperando el 33 y tampoco se encontraron con alguno de los colectivos que regresaban. No importaba. Probablemente ya se habían desviado del recorrido, pero Juan estaba convencido de que llegarían a destino. Era como si creyera que el colectivo retomaría su huella, como lo haría un animal de corral, un caballo viejo y sumiso. Lo que no quiso pensar Juan fue que tal vez el colectivo no quisiera llegar a destino, que tuviera miedo de llevar semejante carga. Muchas cosas le pasaron por la cabeza. Pensó vagamente en Laura, en lo que le contaría, estuviera o no. Había una incierta alegría en esa despreocupada narración para nadie, para Laura, y esa alegría también podía ser contagiosa. Juan sonrió sobre su sonrisa roja. –Si la velocidad de la luz es de 300.000 kilómetros por segundo. ¿Cuál será la velocidad de la sombra? –preguntó “Firulete”, sin dejar de mirar por la ventanilla. –¿No debería ser la velocidad de la oscuridad? –dijo “Cachirulo”. –No, eso es otra cosa –respondió “Firulete”. En determinado momento del viaje, las luces del alumbrado público se apagaron, y sólo quedaron los faros del colectivo iluminando el paso y un cielo de pronto lleno de estrellas. Tal vez ahora sí la belleza de la noche pudiera pertenecerles. Siguieron en silencio por avenidas desiertas y calles negras. Ahora los payasos podían ver el resplandor del interior del colectivo recortando sus figuras sobre los costados de la calle, sobre las casas oscuras y los grandes baldíos, y en el resplandor veían cómo sus figuras los miraban a ellos. Las sombras de los payasos tampoco hablaban, pero era como si pudieran hacerlo.


Tantos payasos como sean necearios