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Orleans

La calle principal de Bernal, la calle 9 de julio, que termina en la estación, siempre me trajo el recuerdo de Orleans. Visité aquella pequeña ciudad francesa hace ya algunos años. Había alquilado un auto en París, para recorrer la capital y los alrededores, pero sobre todo para poder trasladarme luego hasta Rothenburg, Brujas y finalmente Amsterdam. Tal vez por el hecho de que fuera mi primer viaje a Europa, el diagrama de aquel viaje era eminentemente turístico. Pero debo admitir que esa intención fracasó por completo. La intención turística fracasó ya en ese entonces y fracasó también con el paso del tiempo, debido a que las cosas que mi memoria pudo retener de aquel viaje –ciertas vivencias e impresiones- eluden sin remordimiento las atracciones convencionales. Así, la iglesia de Sacre coeur, las maravillas del Louvre, los Coffee shops, o el ayuntamiento de Brujas, caen sepultados bajo otros detalles que, por el contrario, con el correr de los años, se van agigantando: una playa portuaria, gris y ventosa en Zeebrugge, frente al Mar del Norte; la figura de un parisino amable y callado que, acaso dispuesto a liquidar infamias mundiales, me supo acompañar más de diez cuadras para que llegara sin perderme hasta Montmartre; la dimensión diferente que posee el clima para los nórdicos, en la respuesta natural que me dio la joven recepcionista de un hostel, en las afueras de Ámsterdam. Y también pertenece a este catálogo la tarde que pasé en Orleans. De todos modos, es posible que el recuerdo de Orleans sobreviva y se enriquezca gracias al parecido que encuentro entre la calle céntrica de Orleans -que durante esa siesta yo recorrí a pie en dos oportunidades- y la modesta y comercial calle 9 de julio, en Bernal, a unas diez cuadras de donde supe vivir estos últimos años. El parecido, por cierto, es un parecido estructural o esquemático: una sola calle larga y relativamente angosta para concentrar el comercio y los principales servicios de la zona. Locales uno al lado del otro y construcciones de no más de tres plantas. Llegué a Orleans, como decía, con un entusiasmo turístico, con esa disposición para hallar sólo lo que pretendía hallar, para fascinarme ante aquello que, de antemano, había


anotado en mi cuaderno como fascinante. Ése era el ánimo que había proyectado y dirigido mi viaje hasta entonces y que, justo unas horas antes de mi llegada a Orleans, había alcanzado su cúspide durante la visita a Versailles. El tamaño de Versailles, aún hoy, cuando lo evoco, me resulta agotador. Semejante sucesión de salas y habitaciones enormes, lujosas, y siempre saturadas de historia, hizo que a poco de salir no quedara en mí nada de aquella visita, a pesar de que la había programado con ilusión, y que durante todo el recorrido me había esforzado por seguir y valorar cada uno de los magníficos objetos que se me iban presentando. Pero ya al salir, como dije, y salvo por cierto malestar, nada de Versailles quedaba en mí. Sólo después de bastante tiempo, pude rescatar tres elementos, puramente subjetivos, y por demás residuales frente a la cantidad de datos y objetos de valor, de siglos y siglos de monarquía francesa, que se guardan en aquel palacio. El primer elemento es un hogar. Recuerdo, en una de las habitaciones, observar con asombro el hogar más grande que pude haber visto. El alto de su boca era el alto de una persona mediana como yo. Sin embargo, el hogar no era desproporcionado; sólo respetaba la escala, las magnitudes de la habitación que debía calefaccionar. De todas maneras, al recordar ese hogar, retorna también la impresión de sentir, de ver reflejado en ese enorme artefacto, un exceso. Ya entonces, de pie frente a esa boca extraña, recuerdo tener la fantasía de que si así era el hogar, los hombres que allí vivieran debían también ser más grandes, más altos, más gordos. O debían no ser hombres; debían ser otra especie, más robusta y mejorada. De otro modo, si fueran hombres comunes, frente a ese hogar y en aquella sala interminable, lucirían como muñecos, o quizá como una comunidad de duendes al servicio de un titán o cíclope, amo y señor del palacio. El segundo elemento lo hallé, desprevenido, en un corredor. Se trataba de la fotografía de un ex-presidente argentino (presidente entre el ´89 y el ´99). Entre los muchos corredores Versailles tenía uno destinado a fotos y retratos de visitantes ilustres. Pero lejos de sentir alguna felicidad por el hallazgo de un compatriota, sentí, en cambio, detenido solo en aquel pasillo, lo periférico, lo secundario que resultaba nuestro país en el mundo. Por supuesto que se trataba de un pensamiento vulgar, y en cierto modo inducido por las circunstancias y por mi antipatía si no mi rechazo ante aquel presidente. Pero lo cierto es que aquella insignificancia sobrevive aún en la memoria, mientras toda la información que recibí durante esa mañana sobre la dinastía de los Luises ha caído entera en el olvido.


Y el tercer elemento fue la contemplación de los extensos e inabordables jardines de Versailles. Recuerdo que cuando por fin acabé la recorrida de los interiores y salí a la parte trasera del palacio, frente a esa especie de enorme plantación o laberinto verde, una gran sensación de hastío me doblegó. La necesidad de irme lo más pronto posible de aquel lugar, casi de huir, me invadió como una alergia. Y mientas empezaba a caminar, buscando la salida y el estacionamiento, iba pensando si durante los siglos en que aquella construcción habría servido como residencia imperial, ese sentimiento que ahora yo padecía, no habría sido común entre los visitantes; y por lo tanto, cuántas veces, acuerdos, documentos, tratados, o cualquier otra negociación habría sido beneficiada por aquel derrumbe del ánimo y de las fuerzas físicas que implicaba recorrer Versailles. Los jardines, en ese razonamiento, serían así la estocada final; el remate para quien todavía hubiera salido con vida del palacio. Bastaba enseñarlos, mostrar el panorama, para de alguna forma expresar la temeraria amenaza: y falta esto…. El huésped, supongo, del todo desmoralizado, no dudaría en rendirse o ceder lo que fuera, antes que emprender la travesía. Molesto, con hambre, sed, pero todavía soportando los restos de aquel fallido impulso turístico, tras un viaje corto, llegué a Orleans. En principio, se trataba de un alto en el camino, apenas un descanso previsto para almorzar, antes de continuar mi periplo hacia otro castillo, el castillo de Chambord. Pero como ya había pasado el mediodía, y Orleans -descubrí- tenía el ritmo de un pueblo, encontré las calles desiertas y todos los negocios cerrados. De todos modos, estacioné y decidí recorrer de punta a punta la calle principal, que, según se mire, nacía o terminaba en un puente. Recién entonces, cuando ya por inercia crucé aquel puente, como un premio concedido a mi necedad o a mi constancia, pude dar con un aislado e impensable Mc Donalds. Había hecho aquellas ocho o diez cuadras vacías, a pleno sol, sin retener nada del paisaje, salvo la serie compacta de edificios de dos o a lo sumo tres plantas, acompañado por la idea espontánea y en apariencia inútil de que, al otro lado del océano, una gran y emblemática ciudad, se había fundado en homenaje a este pequeño pueblo de provincia. Entonces imaginé que lo mismo le debería ocurrir a un visitante de York cuando, errando en condiciones similares, pensara y comparase aquella módica ciudad inglesa, con esa especie de capital o núcleo del mundo, también situada al otro lado del Atlántico.


Sin embargo, esa decepción, o mejor, esa desilusión, acabó por seducirme, y hasta me hizo decir: Pero ésta es la verdadera Orleans, la auténtica. Y al decir eso, como para desmentir o mitigar la afirmación, algo me hizo pensar con gran intensidad en campesinos y esclavos negros, en sembrados de algodón, en barcos de enormes molinos en la popa, que progresan lentos sobre el Mississippi, y en esa música antigua y bailable, bastante ligera e involuntariamente triste. Después de almorzar, repuesto y con otro ánimo, volví a pasear por la calle principal de Orleans, yendo en dirección al auto, con la previa e implícita decisión de retomar mi camino y, bordeando el Loire, en no más de una hora, estar en Chambord. Los datos que tenía por folletos e Internet mostraban un hermoso castillo renacentista que, como todo castillo, poseía sus leyendas y fantasmas. En este caso, la más poderosa, se refería a una enorme escalera en doble hélice, atípica para la época, que debía su diseño y controversia al incansable y genial Leonardo. No existían pruebas que confirmaran tal aseveración y, por lo tanto, corrían en paralelo, alimentándose mutuamente, las versiones de que Leonardo había diseñado la escalera, como así también la versión de que algún emisario del rey -tal vez un brillante y audaz arquitecto- había robado o plagiado los planos. El caso es que la escalera doble hélice sí existía y era imponente, al igual que todo el castillo. Pero una vez dentro del auto, mientras no sin incomodidad reanudaba la tarea de desplegar mapas y activar el GPS, abandoné por completo la idea de viajar hasta Chambord. Debían ser alrededor de las tres de la tarde. Decidí –o acepté- que no iría, que no haría ese viaje y que permanecería ahí, en Orleans, todo el tiempo que quisiera, hasta que algo, igual de anárquico, me impulsara a volver. Entonces comencé a sentir un gran alivio, un profundo bienestar, que me duraría toda esa tarde y que se extendería todo ese tiempo que estuve en Orleans, es decir, ese par de horas hasta entrado el atardecer, cuando regresé a París. Supongo que por eso, cada vez que paso -o más bien pasaba- por la calle 9 de julio, por la zona de la estación de Bernal, un sentimiento genuino y breve, como el roce de un perfume, me envuelve por un instante. No es siempre. Muchas veces apenas transitaba la zona y nada más. Pero en algunas ocasiones, cuando algún fin de semana, o incluso alguna noche, yo regresaba muy tarde hacia mi casa y pasaba sin detenerme frente a esa calle,


también principal, también desierta y con sus dos veredas de locales cerrados, el recuerdo de Orleans –a veces sólo la palabra- reaparecía en mi lengua. En verdad, nada extraordinario sucedió después aquella tarde. Recuerdo que tras doblar y guardar los mapas, y apagar el GPS, puse el auto en marcha y di unas vueltas sin rumbo por la ciudad, hasta detenerme en una calle empedrada que no tenía salida. La calle se cortaba ahí, en lo que en apariencia era el patio trasero de un edificio de departamentos no muy alto. Estacioné el auto y creo que, sin bajar, sin siquiera mover o reclinar el asiento, no tardé en retomar la lectura del libro que estaba leyendo entonces (me vienen a la memoria dos títulos de esa época, quizá de ese viaje: La piel de zapa y El verdugo). Leía concentrado y, cada tanto, levantaba la vista, como para verificar la realidad; entonces reencontraba la pared blanca del edificio de departamentos, el árbol aislado parecido a una acacia, cercado en su base rectangular por una pequeña reja, y a veces, algún hombre o mujer, alguna forma viva y humana que iba o venía por la estrecha callecita empedrada. Justamente en ese empedrado, yo iba viendo reflejada la lenta e inevitable declinación del día. Lo podía medir por los cambios de color que se iban produciendo sobre los adoquines. Al llegar, poco después de las tres de la tarde, los adoquines brillaban y eran blancos, de un gris muy claro o directamente plateados. Pero después, aquel manto o tejido angosto de piedras, en forma progresiva se fue oscureciendo y se volvió de un gris mineral, ferroso; por último, cuando guardé el libro, activé el GPS y puse en marcha el auto, ya era un remanso azul, o de un gris azulado. No había dudas de que para cuando yo saliera de Orleans y retomara la autopista hacia París, la calle tornaría a un negro azabache y definitivo.


Orleans