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NADIE SABE ADÓNDE VA LA NOCHE


Beatriz Vignoli NADIE SABE ADÓNDE VA LA NOCHE

BAJOLALUNA


Vignoli, Beatriz Nadie sabe adónde va la noche. - 1a ed. - Buenos Aires : Bajo La Luna, 2007. 96 p. ; 13,5x21,5 cm. ISBN 978-987-9108-45-1 1. Narrativa Argentina . I. Título CDD A863

© Beatriz Vignoli

© bajo la luna, 2007 Pje. Aníbal Troilo 988 2º C C1197ABB Buenos Aires República Argentina www.bajolaluna.com

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723 Impreso en Argentina

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.


Y nadie sabe adónde va la noche Y nadie sabe porqué corre el vino. LEONARD COHEN, «The Guests»

Más que tomar la palabra, habría preferido verme envuelto por ella y transportado más allá de todo posible inicio. Me habría gustado darme cuenta de que en el momento de ponerme a hablar ya me precedía una voz sin nombre desde hacía mucho tiempo... MICHEL FOUCAULT, Lección inaugural, Collège de France, 1970


Prólogo (inédito)

Cuando mi amigo Ricardo Rojas (crítico literario, profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana I en la Escuela de Letras de la Universidad Nazi-onal de Atopia y autor, hasta donde puedo saber, de los sonetos en verso endecasílabo más interesantes de la primera década del siglo XXI) me pidió que prologara su Noctario, como él lo llamaba, estuve a punto de decirle que no. «Es casi una novelita de la vida real. La acción transcurre en una noche. Comienza cuando cae el sol del viernes y termina en el amanecer del sábado», me anticipó. No sonaba mal, pero después lo comparó con el Ulises de Joyce. Al oír esto último, me acobardé. ¿Estaría mi trabajo a la altura de sus expectativas? Mi amigo Rojas (un seductor, como se verá por su relato autobiográfico de las páginas siguientes) me envió una serie de aduladores mensajes de correo electrónico esperando con ello subsanar lo que él creía ––o yo le presentaba como–– una súbita e injustificada crisis de autoestima, cuando lo que yo en realidad estaba haciendo era disimular con una diplomacia vagamente autodestructiva el desconcierto que me producía su insólita jactancia. No he leído el Ulises de Joyce. Lo tengo por supuesto en mi biblioteca, en una baqueteada copia de la edición agotada de Santiago Rueda (no la nueva de tapas negras, por la misma editorial y el mismo traductor) que compré una tarde en Plaza Italia por $25. Mi amigo estaba seguro de que yo lo había leído en la versión original, por lo cual quedará decepcionado 9


al leer este prólogo. «Esto es sólo para decir…» que no voy a poder hacer lo que él esperaba que hiciera: un estudio preliminar comparativo entre su obra y la del bardo irlandés. No hubiera sido ético. La que el lector tiene entre manos, dicho con todo respeto, es una obra menor. En el mejor sentido, cabe aclararlo. Menor, en el sentido de que no pretende más de lo que puede lograr. Es una obra sanamente honesta, si se me permite hablar de arte en esos términos. Su autenticidad hace que le perdone sus molestas connotaciones misóginas: aquí la linda es tonta, la inteligente es repulsiva, la buena es vieja y la perfecta, cobra. Le señalé además a Ricardo, en su debido momento, un exceso metafórico que me parecía de mal gusto. Ya es una alegoría burda (o barata, como él gusta decir) que se compare el pene con un arma de fuego. No tengo ninguna objeción moral contra ello. Pero dar además la marca, calibre y año de fabricación es poner todo el peso de la imagen del lado del término secundario de la metáfora. Otro detalle: la frase (estoy citando de memoria) «Era demasiado joven para conocer la tinta» le fue sugerida a Rojas por el Lic. G, su psicoanalista. Abstenerme de señalar esto equivaldría a permitir que mi buen amigo incurriera en plagio. Y si bien lo que diré a continuación podría perjudicar mi reputación enormemente, no puedo callarlo. Se trata de la comparación que hace el profesor Rojas en el último capítulo, donde el perfil de su hijo se asimila a una efigie de Alejandro Magno. Mi amigo Rojas ha leído sin lugar a dudas mi novela inédita DAF, el nombre de pila completo de cuyo narrador protagonista es Alejandro Daniel Magno, en homenaje abierto y transparente al Alexander De Large de La naranja mecánica (el profesor Rojas tampoco puede ignorar esto) de Anthony Burguess. Eso no se lo perdono. Sí le perdono que en su texto abunden, por ignotos motivos, cosas azules y brillantes (¡las uñas de Romina Montesco en mi novela premiada Reality están pintadas de azul metalizado!) y que en un pasaje ficcional él se atribuya mi 10


traducción de Hamlet para cierta colección juvenil de una editorial argentina, a la que él alude inequívocamente mediante la palabra «azulejo». No comparto tampoco su opinión negativa sobre las versiones al inglés de dos poemas juveniles de Kensington Lagarto, publicadas en Bradford (son muy buenas, a mi modesto entender) y lamento que no me haya permitido intervenir en la edición, ya que con gusto habría suprimido esos pasajes tan digresivos como innecesarios de su por lo demás entretenida y agradable obra. B. V., Atopia, viernes 31 de agosto de 2007

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Nadie sabe adónde va la noche