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Horacio Convertini

Los que estรกn afuera (y otros cuentos infelices)

Paradiso


Convertini, Horacio Los que están afuera : y otros cuentos infelices . - 1a ed. Buenos Aires : Paradiso, 2008. 112 p. ; 20x13 cm. ISBN 978-987-9409-89-3

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título CDD A863

Segundo Premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la Industria Editorial. Fondo Nacional de las Artes, año 2007. Jurado: José María Brindisi, Raúl Brasca y Leopoldo Brizuela.

Diseño: Adriana Yoel Ilustración de tapa: Eduardo Iglesias Brickles, El jorobadito, 1985. © Horacio Convertini, 2008

De esta edición: © Paradiso ediciones Fco. Acuña de Figueroa 786, 1180 Buenos Aires www.paradisoediciones.com.ar ISBN: 978-987-9409-89-3 1ª edición: 500 ejemplares

Este libro se terminó de imprimir en el mes de noviembre, en Gráfica M.P.S. S.R.L., Buenos Aires, República Argentina Hecho el depósito que indica la ley 11.723

a Mariel

a Daniel

a Franco


LOS QUE ESTAN AFUERA

La cuatro por cuatro enfrentó tímidamente la masa negra que le cerraba el paso. Sólo las luces de posición encendidas, como si su conductor –el ingeniero agrónomo Adolfo Ravazzani– hubiera pensado que prender los faros, esos que cortaban de un tajo la oscuridad fantasmal de los caminos rurales, terminaría por despertar a la bestia que reposaba allí, en silencio, desde hacía horas. Avanzó prudente, tanteando la situación. Si alguien hubiese observado la escena desde cien metros de altura, bien podría haber creído que se trataba de la proa de un buque hendiendo la superficie de un mar sereno. Pero no era agua lo que se abría al paso de la camioneta. Era gente. Mucha. Cuarenta minutos más tarde, la multitud escupió una cubierta en llamas, que llegó viboreando hasta la caseta de los guardias. Recién ahí fueron a buscar a Kohlmeyer.

Kohlmeyer disfrutaba del mejor momento del día. Su momento. Preparó el mai tai como a él le gustaba, cargadito de ron, encendió un habano y se dejó llevar por el dramatismo de Carmina Burana, de Orff. Ta-ta-ta-tam... Ta-tata-tam... Sólo faltaba Roxi. La llamó de un bramido antes 5


de encerrarse en su estudio, pero le respondió Purita –con esa voz de alma en pena tan suya– que la piba, cosa extraña, se había ido esa tarde y no había regresado. Roxi era la chica de la casa. La mucama. Había heredado el trabajo de su madre, quien se había quedado seca de un ataque al corazón seis meses antes mientras limpiaba los vidrios del ventanal que ahora reflejaba la gruesa imagen de Kohlmeyer, vaso en mano, puro en boca, apenas iluminado por el fulgor anaranjado de una lámpara de pie. Buen cambio: Roxi, 18 años, calladita, casi muda. Y obediente. Se la manejaba como a los caballos, con palabras suaves pero firmes. Él le había enseñado a arrodillarse frente al sofá de su estudio –ese sofá en el que reposaba ahora– y a hundirse en su entrepierna. Le encantaba verla ir y venir, rítmicamente, al compás de la música. Y levantarle el mentón con un dedo para descubrir su propia cara de abuelito libidinoso en la humedad de sus ojazos almendrados. Linda, la guacha. Flaquita, tetona. Mucho mejor que la finada de la madre, de la que recordaba sus pechos estriados y lánguidos –bolsas vaciadas por la maternidad en serie– y un vientre que se desplomaba en pliegues de carne muerta, arrugada, gris. A veces hacía desnudar a Roxi y le pedía que se masturbara con uno de sus cigarros. Un junco la piba, que obedecía sin chistar pero con una morosidad desganada que le reventaba la cabeza de calentura. Las piernitas abiertas hacia arriba, el coño al aire y zac, zac, zac, despacio, como quien no quiere la cosa, los ojos cerrados, los dientes mordiendo los labios hasta marcarlos, muertita casi, a no ser por la respiración que se le estremecía con escalofríos traicioneros y alguna lágrima que le chorreaba por la mejilla. Todavía no se la había garchado. Detestaba los 6

forros y tenía miedo de preñarla o de pescarse una peste. Pero un día iba a tomar coraje y le iba a clavar la pija a media asta, porque hasta ahí se le paraba, y chau. Golpearon la puerta del estudio. Kohlmeyer se ilusionó con el regreso de la mucama y pegó tal salto del sofá que derramó parte del mai tai sobre la alfombra. Pero no era la piba sino su esposa, Purita. –Ricardo, vinieron a buscarte para una asamblea de propietarios en el club house. –¿A esta hora? ¿Qué pasa, se volvieron locos? ¡Qué se vayan a la puta que los parió! –Shhhh, hablá bajo que en la puerta está Pérez Saldías. –Decile que no me siento bien, que mañana me cuenta mientras jugamos al golf... –¡Es urgente, Kohlmeyer! La voz de Pérez Saldías subió por el hueco de la escalera. Raro. Ramiro Pérez Saldías –jurista de nota, profesor de tres universidades, columnista de La Nación– era un hombrecito de modales refinados. Tenía el amariconamiento propio de quien lleva a la práctica, palabra por palabra, las lecciones de los manuales de urbanidad. Actuar a los gritos como un carrero no estaba dentro de su catálogo de conductas esperables. Eso convenció a Kohlmeyer de la gravedad del asunto. –Voy, voy... –ladró, desde arriba. –Lo espero... –respondió Pérez Saldías. –No, mejor vaya yendo que lo alcanzo en dos minutos. Kohlmeyer apuró de un trago el mai tai, apagó el equipo de música y mandó a Purita a que le trajera una campera liviana por si la noche estaba fresca. Como siempre, eligió la más fea: una de color caqui, parecida a la que usan los 7


agentes de la Prefectura. Pero su esposa era así, incorregible, y no tenía ganas de iniciar una discusión por nimiedades, justo esa noche en la que todo empezaba a salirle mal. –¿Vas a tardar mucho? –le preguntó ella. –No sé. Vos por las dudas acostate, no me esperes. –Apagá el cigarro, Ricardo, que en los espacios comunes está prohibido fumar. –Buena razón para volver rápido. Chau. Entre su casa y el club house había una distancia de doscientos metros. Los transitó arrastrando los pies; un poco por los achaques de la edad que le agarrotaban las rodillas, pero sobre todo por el fastidio que le habían provocado la ausencia de Roxi y esa reunión fuera de programa. Asamblea de propietarios, justo un viernes a las diez de la noche, ¿para qué? Acaso fuera otra embestida del boludo de Fonrouge contra el administrador. Seguro. Lo tenía apuntado por un par de presupuestos dibujados y no iba a parar hasta echarlo. Camino al club house estaba la casa del ingeniero Ravazzani. Le llamó la atención que tuviera las luces encendidas a pleno, como si adentro hubiera una fiesta, pero que a través de los enormes ventanales no se viera a nadie. Así quedará todo el día en que estalle una bomba neutrónica, pensó. Su mente, erosionada por la inactividad, los años y cierto cansancio (“tener la vida solucionada cansa”, decía), se distraía a veces con pensamientos extraños. De pronto, como salido de la nada, un rostro de mujer se estampó contra un vidrio de la planta alta. Era Fátima, la esposa de Ravazzani. La nariz aplastada por el cristal la hacía ver algo ridícula, pero sus manos desmesuradamente abiertas –como si pretendiera trepar 8

por esa superficie lisa– parecían las de un náufrago desesperado que intenta aferrarse a algo y no puede. La mujer estaba a punto de largarse a llorar y miraba fijamente a Kohlmeyer, como quien pide ayuda. Él se hizo el gil y siguió de largo. Entró al club house echando humo como una locomotora a vapor. A veces le daba placer violar abiertamente las reglas sagradas del country para ver si alguien se animaba a reprenderlo. Justo a él, a don Ricardo Kohlmeyer, el capitán de la industria que le había hecho marcar el paso a gobiernos civiles y militares. Apenas le dijeran algo, los mandaría a la mierda y se iría. Pero el salón apestaba a cigarrillo. Había una docena de hombres en silencio y fumando, envarados por una tensión eléctrica que Kohlmeyer sólo había visto en los jugadores novatos de póquer que arriesgan su última moneda a la suerte improbable de un par doble. –¡Kohlmeyer! –gritó Fonrouge, casi con alegría. –¿Alguien me acompaña? –interrumpió Brodsky, asomando por detrás de la barra con una botella de Glenfiddich. Kohlmeyer odiaba a Brodsky, un psicoanalista mediocre de Villa Crespo que se había hecho millonario de la noche a la mañana escribiendo libros de autoayuda para señoras gordas. Lo detestaba por su condición de arribista, sí, pero más que nada por esos aires de gurú del comportamiento humano que no lo abandonaban jamás. –¿Qué pasa? ¿Desde cuándo esto se convirtió en un autoservicio? –protestó Kohlmeyer, puesto súbitamente en celador de las buenas formas. Brodsky no se dio por aludido y comenzó a llenar con whisky dos vasos de cristal tallado que, por su tamaño, parecían ensaladeras. 9


–Los mozos también se fueron... –justificó Pérez Saldías. –¿Cómo “también se fueron”? ¿Qué pasa? –Pasa que se cumplió su pronóstico. Tenía razón, Kohlmeyer, estamos solos y rodeados. –Explíquele, doctor –intervino Fonrouge. Pérez Saldías habló como si estuviera dando una clase en el aula magna de la Universidad de San Andrés. Voz clara y pausada, relato cargado de imágenes, giros dramáticos para cautivar la atención del auditorio. En este caso, un solo hombre: Kohlmeyer. Contó que en alguna hora imprecisa de ese viernes, el personal del country había empezado a dejar sus funciones y a retirarse sin dar explicación a sus patrones. Mucamas, jardineros, mozos, encargados de mantenimiento. Todos. Cerca de las seis de la tarde, los guardias de seguridad advirtieron que los pobladores de la villa cercana, en donde vivían los empleados y sus familias, estaban concentrándose afuera. Decenas, centenares y luego miles, como si hubieran recibido el apoyo de otros barrios cercanos. No se advertían gestos amenazantes; tampoco proclamas o pancartas de ningún tipo. Estaban en el silencio más absoluto y, lo que es más curioso, parecían abombados como zombies. El primero en inquietarse fue el ingeniero Ravazzani. Tenía una cita de negocios en Buenos Aires y el único camino a la ruta había sido cortado por la multitud. Quiso llamar a la Policía pero la línea telefónica estaba muerta. Tampoco funcionaban los celulares ni Internet. Prefirió creer en una casualidad. Lo de afuera, dijo Pérez Saldías que había dicho Ravazzani, debía de ser una fiesta vecinal, la que por azar coincidía con el colapso de todas las vías de comunicación existentes en el mundo civilizado. Cierto es que, por tratarse de 10

una celebración popular, la masa lucía demasiado silente y extasiada, pero el argumento era igualmente válido para impugnar la tesis opuesta: la que nadie quería referir porque olía a violencia y revancha de clase. Ravazzani decidió salir. Puso primera y fue atravesando a paso de tortuga la barrera humana, que se abría a su paso casi gentilmente. Cuando las luces de la cuatro por cuatro dejaron de verse, cuando todos pensaron que Ravazzani lo había logrado, cuando los demás propietarios del country se animaron a mofarse de ellos mismos por aquel miedo insensato que los había paralizado, algo instaló de nuevo la pesadilla. –¿Qué? –preguntó Kohlmeyer. –¡Esto! –respondió Fonrouge, y sacó de debajo de una mesa la goma quemada de la camioneta de Ravazzani–. Ahí fue cuando los de seguridad también se las picaron.

A Kohlmeyer, el alcohol le soltaba la lengua y el pesimismo. Apenas cargaba el buche con un par de copas bien servidas se enredaba en discursos interminables sobre el futuro del país. Que está desquiciado, que no tiene arreglo, que no hay salida. La última vez había sido ahí, en el club house, en la fiesta de Fin de Año. “Vean lo que es esto: un paraíso en medio de la nada, rodeado de alambres de púa y cercas electrificadas. Afuera, los malditos, los leprosos que nos sirven. Adentro, nosotros, los elegidos, los que todavía bailamos en la cubierta del Titanic, ajenos a todo. ¿Cuánto más tardarán en reaccionar? Planchan nuestras camisas importadas, prueban a escondidas nuestros mejores vinos, admiran nuestros autos como si fueran naves espaciales. Señores: meneamos la cuerda en las narices del ahorcado”, dijo después de la tercera copa de champagne. 11


No hay espacio político para una revolución, lo interrumpió Pérez Saldías. “No hablo de revolución sino de venganza, que es algo mucho peor. La sangre por la sangre misma –continuó Kohlmeyer–. ¿Qué podemos hacer? Rogar que los alambres de púa y que los cuatro morochitos vestidos de uniforme que están en la puerta, que encima son tipos de ellos, no nuestros, los hagan dudar un tiempo más. Estamos solos. Y sitiados. Si fueramos inteligentes volveríamos a la ciudad, sin campo de golf en la esquina ni pinos flameando en nuestras ventanas. O haríamos algo para demorar el asalto final. No sé... Ir a la villa y regalar juguetes, equipar una salita sanitaria, repartir bolsones de comida, ladrillos, tarros de pintura...” Deje la solidaridad para el Estado, Kohlmeyer, que bastante hacemos pagando nuestros impuestos, le contestaron. Y él, con la lengua dura por el alcohol, arrastrando pesadamente las palabras como si fueran de piedra, les gritó que no se trataba de solidaridad sino de cinismo, en caso de que fueran cosas distintas. “Si nos detuviéramos a pensar un poquito mientras ponemos a hervir nuestras bolas en el yacuzzi, no tardaríamos demasiado en salir corriendo a sobornar a los capangas de afuera para tenerlos contentos y de nuestro lado. Se viene, señores. ¿Cuándo? No sé, pero se viene...”

–Vea, Kohlmeyer, usted fue el único que tuvo consciencia del peligro. Y es el único que puede sacarnos de esta –dijo Fonrouge. –¿Qué pretenden que haga? –Que salga y parlamente con ellos. –Como un embajador de buena voluntad –terció Pérez Saldías. 12

–¿Qué pasa? ¿No encontraron otro boludo? –Ellos lo quieren a usted. –A mí, por favor... –No quieren negociar con otra persona. Ya lo intentamos. Piden a Kohlmeyer, sí o sí. Será que le tienen confianza. –Su mujer es amiga del cura de la villa –volvió Fonrouge–. Usted pagó el sepelio de su mucama, le dio trabajo a una de sus hijas. No sé, suena lógico. Kohlmeyer tomó un trago largo de whisky de un vaso que, le pareció, había llegado mágicamente a su mano derecha. –Piense... La vida de todos nosotros está en juego –rogó alguien. –Nuestras mujeres, nuestros hijos... –agregó otro. El viejo secó la ensaladera de cristal y sintió que los engranajes mal aceitados de su cabeza empezaban a chirriar. Recordó la casa del ingeniero Ravazzani, iluminada y vacía, y se le cruzó de nuevo la imagen de una bomba neutrónica. Eso hacía falta: un estallido de energía que los barriera a todos de una buena vez, un final prolijo, sin sangre. Reculó para irse, en cámara lenta y tomándose de los respaldos de las sillas para no caerse. “Me cago en ustedes y en sus familiares”, desafió. Algo le daba bronca y no sabía qué. ¿Sospechaba? No. Sólo era su mente cansada, otra vez. Cuando se dio vuelta para encarar la salida, Fonrouge lo agarró del brazo. –Ya pensamos en todas las alternativas posibles. Escapar por atrás, por ejemplo. Pero estamos cercados por el lago artificial. Bonito pero demasiado profundo para nuestras camionetas. Si yo tuviera veinte de éstas –le puso una pistola 45 a 13

Los que están afuera, de Horacio Convertini  

Primers páginas del libro de cuentos de Horacio Convertini.

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