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G O N Ç A L O M . TAVA R E S

HISTORIAS FALSAS Historias

Traducción de Florencia Garramuño


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HISTORIAS FALSAS

la historia de Lianor de Mileto


GONÇALO M. TAVARES

El episodio es conocido: lo contó Platón. Tales de Mileto, absorbido en sus ideas, miraba hacia el cielo cuando cayó a un pozo. Una criada, Tracia, muy simple, casi analfabeta, presenció la escena y estalló en carcajadas. Algunos historiadores intentaron clasificar la anécdota como no verdadera; otros la redujeron a mera ilustración de la conocida distracción de los sabios. Nos cumple, pues, reponer la verdad y avanzar un poco. Todo ocurrió como se cuenta, y más: la criadita, en ese instante, se enamoró de Tales de Mileto, el sabio. La casa donde uno vive, lo sabemos, es otra parte del cuerpo; la ropa, ésa, la casa más próxima. En ella, en la criada, los tejidos eran pobres; en él, el sabio, descuidados. Entre los dos, la diferencia entre quien se olvida de la apariencia por estar ofuscado en lo que existe por detrás de lo visible, y quien no puede recordarla, pues no tiene medios para mantenerla digna. Su nombre era Lianor. Agregamos: de Mileto. Habían, pues, crecido en la misma ciudad y en el mismo tiempo, Lianor y Tales. Es costumbre que los tedios entren de acuerdo con las edades, pero en estos dos personajes no: Lianor había trabajado desde siempre– y quien hace eso no desarrolla

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filosofías ni disponibilidad para localizar el alma. Tales, por el contrario, había comenzado temprano a diseñar su destino de filósofo. En él, la suerte de haber nacido algunos metros por encima del suelo. El primer trabajo: la pereza. Había querido tocarlo antes, pero sólo en aquel momento lo consiguió: después de terminar de reírse, la criadita Tracia –Lianor– extendió la mano hacia el fondo del pozo y subió a Tales de Mileto de nuevo hacia la tierra, hacia la superficie: hacia lo cotidiano. “Cuando el abrigo es seguro, la tempestad es buena” y lo cierto es que el filósofo en nada se arrepintió de la caída, tanto le agradaban las consecuencias: aquel calor calmo y directo de la mano de la criada. Durante días, Lianor tuvo esperanzas; enseguida, sin embargo, las perdió. De los filósofos y de los poetas se sabe poco; sin embargo, una seguridad: no son como los otros, no cambian. Si Procrustes, el bandido de Ática, que después de robar a los viajantes los acostaba en una cama de hierro, cortándoles los pies si estos eran más largos que la cama, y estirándolos con cuerdas, en el caso de ser más cortos; si, decíamos, Procrustes, el bandido de Ática, aprisionara a un sabio o a un poeta, no tendría dificultad en transformarles el cuerpo de acuerdo con las medidas de su violencia, pero lo que jamás conseguiría sería normalizarles las ideas, o la voluntad. Para Tales, pesimista, el tiempo sólo traía atributos negativos: delgadez a la salud, debilidad a la fuerza.


GONÇALO M. TAVARES

Pasión significaba desilusión; y es el entusiasmo de la noche lo que, más tarde, a la mañana, nos hará quedarnos sin fuerzas, pensaba Tales. Rechazó entonces a Lianor; no por orgullo, sino por prudencia. Las mujeres guardan en el cuerpo la serpiente, había pensado siempre. Desesperación para Lianor, claro, como para cualquier mujer rechazada. Quiso morir: se tiró en el mar. Tales interrumpió su tarea de mirar hacia lo que no puede ser mirado, oyó los gritos de los habitantes de Mileto: ¡Lianor desapareció en las aguas! Tales corrió hacia la playa. Miró hacia el fondo. —Este mar mató –dijo. —Está demasiado calmo. Indisciplinado por naturaleza, después de este acontecimiento, Tales se transformó. Se levantaba, ahora, todas las mañanas, a la misma hora. ¿Qué hacía? Él, el filósofo, el sabio, subía a un barco, que había llenado de arroz la víspera, y entraba al mar. A medida que avanzaba iba tirando arroz al agua, como si ésta fuera un ser con hambre. —Si los peces y el agua comen el arroz, los peces y el agua se olvidarán de la carne de Lianor. Así pensaba Tales, el sabio. Durante veinticinco años mantuvo el mar alimentado con arroz. Juraba, sin embargo, no hacerlo por amor; era orgulloso. Decía:

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—Soy un investigador. Quiero estudiar el agua.

Lo cierto es que el cuerpo de Lianor nunca apareció. Las estaciones se sucedieron después, como desde el inicio de los tiempos, hasta que llegó el único día que, junto con el del nacimiento, es común a todos: el de la muerte. Después de una salida más en su barco, Tales de Mileto murió, en tierra y en su casa, precisamente a las doce horas y cuarenta minutos. No fue sabia, ni no sabia; fue muerte: la carne quedó, el alma volvió hacia el sitio o hacia la mentira de donde había venido. Hacia el final de la tarde otro hecho alborozó definitivamente el día en la ciudad de Mileto. El cuerpo de Lianor había llegado a la costa. Intacto. Veinticinco años habían pasado, pero cuenta quien vio: había una sonrisa, una ancha sonrisa en el rostro del cadáver de la única mujer con coraje para reírse del sabio de la ciudad. Otra versión (imposible confirmarla): llegó a la costa, sí, el día de la muerte de Tales de Mileto, pero intacta, tanto en la carne como en lo que existe dentro de ella; es decir: viva, absolutamente viva; sólo envejecida veinticinco años, cabellos blancos, arrugas. Habría sido realmente ella misma quien tratara de los preparativos para la conducción de Tales a su última morada (hablamos de las conocidas). Como una simple criada, servicial.


GONร‡ALO M. TAVARES

Esta versiรณn hace de Lianor una bromista sรกdica: se escucharon carcajadas en las horas del entierro mรกs triste de la ciudad de Mileto.

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