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Ginny

Ella repasa por última vez el trazado irregular de su caligrafía, asegurándose de no haber cometido ningún error gramatical. Enseguida dobla —primero en sentido vertical, luego en sentido horizontal— las páginas que acaba de firmar con la V clásica que usa para los íntimos. Con firmeza, desliza el pulgar sobre los pliegues para reducir el volumen del papel que ensobrará. Ejecuta la tarea con la destreza que requiere un origami y la devoción de la gran escritora de cartas que ha sido siempre. Por último, acerca la cera del lacre a la llama de una vela y sella el sobre con el inconfundible signo VW, que identifica a la remitente. Mientras espera que se seque aquella mancha blanda y roja, su mirada danza: se detiene en cada uno de los objetos que hay sobre la mesa, agradeciendo la silenciosa aquiescencia con que la han contemplado trabajar todos estos años. La bola de cristal sobre las hojas de papel, las mismas hojas, compradas durante veinte años en una única papelería de Charing Cross, el tintero y la lapicera, regalos de Vanessa, a quien deberán entregarle uno de los sobres recién encabezados; el otro pertenece a Leonard. Es él quien ha de encontrarlos, al abrir el cajón del escritorio donde Virginia, finalmente, los acomoda. Sabe que aquel es el primer refugio en que el marido buscará, no bien se inquiete por su demora. No porque Leonard sepa de la existencia de las cartas; de momento, ellas pertenecen al universo cerrado de la remitente y podrían, sin perjuicio alguno, ser rasgadas, quemadas y nunca llegar a su destino. En cambio, Virginia las deja bien a la vista, evitando cualquier lapso que retarde su descubrimiento, a fin de ahorrar incertidumbre y ansiedad a los que ama. Recuerda la dificultad que enfrentó para encontrar cada palabra y dar al texto el tono justo que el asunto merece. Fue preciso escapar del laberinto de voces en que está encerrada, hacer garabatos y tentativas erráticas, y ser, en cuanto lo lograba, muy veloz. Escribir ha sido siempre el único medio que encontraba para soportar la vida. Y es también ahora el medio de anunciar su adiós. Virginia cierra el cajón y se dispone a dejar su gabinete. En la puerta, vacila. Una costumbre, todavía viva, le impide salir. Da media vuelta y se dirige hacia la vela, que ha quedado encendida. En el vestíbulo, se calza los zapatos sin tacones, un modelo masculino ya gastado que usa para recorrer grandes distancias. Saca del armario el abrigo de lana de siete octavos y enfila los brazos en las mangas. Se lo abotona hasta el cuello y zambulle las manos en los bolsillos en forma de faca, confiriéndoles profundidad. Por último, toma la vara de empuñadura de bronce, compañera de largas jornadas, y con su ayuda gana la calle. El único movimiento es el del péndulo del reloj, que empuja las horas hacia la segunda mitad del día, cada vez más larga cuanto más cerca está la primavera.


El paso de Virginia es fuerte, diferente del común de sus paseos, que han obedecido siempre a un ritmo muy propio, hecho de tramos cortos y rápidos, interrumpidos innumerables veces por el gusto de observar las mudanzas sutiles de las plantas que renacen o los animales que dejaban sus cubiles. Ella conoce por el nombre los árboles y las flores, ha aprendido a identificar, según la coloración de los terrenos más elevados, el tipo de cereal que los agricultores cultivan y la época ideal para la cosecha. Hoy, sin embargo, sólo se detendrá delante de la piedra que vio la semana pasada en la orilla del Ouse, río que marca la frontera con Rodmell. Es grande, la piedra, la más grande con que podría cargar. Sus aristas, bastante regulares, han sido limadas por años de intemperie y olvido. Después de haberla encontrado, Virginia ha vuelto cada día a vigilar, a asegurarse de que nadie más estaba interesado en retirarla de allí. La avista desde lejos, sólida e inexpresiva como todas las piedras. Pasividad que parece, con todo, una declaración de perseverancia, de firmeza, y Virginia sonríe, llena de gratitud, cuando se agacha a levantarla. Primero, precisa encontrar puntos de apoyo para removerla. La resistencia no es poca. Hay una tozudez en los minerales, que parecen detestar cualquier tipo de desplazamiento. Virginia insiste. Una intimidad de raíz, entre roca y suelo, retarda la separación, pero no la impide. La determinación de Virginia mueve cualquier materia. Es su primera victoria, y ella la interpreta como una buena señal. Se concede un momento para respirar. Mira hacia atrás. Los rastros que ha ido dejando se apagan a medida que se acercan al río. En vez de tirar guijarros blancos para encontrar el camino de vuelta, como Hansel y Gretel, Virginia se agacha de nuevo, recoge la piedra —una carga aparentemente insoportable para sus huesos— y la coloca en el bolsillo. Ahora, será preciso encontrar dentro de sí el impulso que había tomado y seguir adelante, preocupada apenas en mantener la columna erguida, garantizando así, la dignidad de no errar en aquel el último acto de su vida. Ella avanza lentamente, los ojos fijos en un horizonte sin imágenes, concentrada en la línea recta que ha de llevarla hasta el lecho del río. Las pisadas vacilantes y el agujero que la vara hizo en la tierra tardan pocos segundos en volverse charcos. Virginia apenas consigue mantenerse en pie cuando las aguas parduscas del río le tocan los tobillos. Los zapatos se hunden en el barro suelto de la orilla, dificultando la mecánica de sus pasos. Confundidas por el declive irregular del terreno sus pisadas tienen la torpeza de un bebé que aprende a caminar. La vara de madera en la mano izquierda, tan fiel en las caminatas, ahora se revela inútil. Al final de un paso, en vez del apoyo firme con que contaba, el puño encuentra un vacío sin fin, hacia donde el cuerpo es succionado con la violencia de las leyes físicas. Antes de llegar al suelo, las manos de Virginia se abren instintivamente, evitando el choque de la cara. Y ella cae, sostenida apenas por las rodillas y las muñecas, en la más humillante de las posturas. La caída es un susto. En todo lo que había previsto de impedimentos y contrariedades, Virginia jamás consideró la traición del propio cuerpo. A su alrededor, el agua se oscurece, teñida por el lodo que se revuelve en las entrañas del río. Puntas de guijarros se clavan en sus rodillas, raspándole la piel por debajo de la media de lana, rota en harapos. Sin embargo, Virginia no siente dolor. Está anestesiada por el frío, subyugada por el fracaso. Examina


las manos heridas, rojas de la sangre que brota de las llagas recién abiertas y, por unos instantes —ahora eternizados— permanece arrodillada, la piedra como un niño en el vientre, sin tener a quién pedir perdón. El viento del nordeste silba. Es el único ruido en aquella tarde de poca luz. Un pez salta, horadando el espejo del agua. Virginia podría mirarse en aquella superficie pulida, obtener de su propia imagen un motivo de renuncia. Pero ya no puede ver gran cosa. Las lágrimas han tejido un velo líquido sobre sus ojos, dejándolos turbios como el río que la llama hacia el fondo. La mano, a tientas como si estuviese oscuro, busca la vara y no la encuentra. Es preciso erguirse, esta vez, sin ayuda. Virginia acomoda otra vez la piedra en el bolsillo del abrigo ya empapado y sucio. El peso es ahora mayor y ella sólo se tiene a sí misma para recomenzar. Se levanta con dificultad y arriesga un primer paso. Percibe que está en condiciones de seguir adelante. Pocas veces en los libros tuvo la misma certeza. Había siempre una historia que escribir, y muchas abortadas. Eran tantas, que ya habían huido del frágil albergue de su imaginación para instalársele en el cuerpo entero, especialmente junto a los aros, en el lóbulo de las orejas, un torbellino de voces que ya no la dejaba concentrarse en nada más. Virginia ha probado comprimidos y doctores tantas veces como cumplió años: seis décadas casi completas. Había épocas en que las voces desaparecían, pero esos intervalos eran cada vez más cortos, y al volver, parecían estar siempre menos afinadas. El primer paso todavía es vacilante. En el segundo, Virginia gana nuevamente confianza en los zapatos, más habituados a la geografía de las aguas. Pequeñas ondas construyen círculos hipnóticos alrededor de aquel cuerpo magro y vertical que avanza con la determinación de un bañista en día de sol. Ella tira los bolsillos del abrigo hacia adelante y abraza la piedra, de modo de ofrecer mayor sustento al peso que le hace arder los hombros. La lleva prácticamente en el regazo, y parece de lejos una madre con su recién nacido en una ceremonia pagana de bautismo. Cada paso exige más y más fuerza a los músculos de las piernas, que se dijeran manipuladas por hilos invisibles en las manos de un titiritero poco experto. Al alzar uno de los pies del suelo para continuar su peregrinaje claudicante, Virginia siente que el zapato se prende al barro en que se ha asentado. Insiste en removerlo. Parece adherido. Ella no puede ni avanzar ni retroceder. La sensación es la de estar presa en su propia inmovilidad. Virginia busca apoyo en el pie libre, pero deposita en él más esperanza de la que debiera. En lugar de encontrar tierra firme para recomenzar, se pierde en el declive acentuado del terreno y se desliza como si patinase en una pista de hielo. El resbalón es rápido, el pie todavía preso en el lodo la detiene, la llama a volver, le tuerce la pierna, la conmina a quedarse aquí, y Virginia cae, quedando esta vez de espaldas contra el piso. La piedra, que sirve de ancla, mantiene su cuerpo preso desde el pecho a la cintura. Podría dejarse ahogar ahora, en el agua inmunda que apenas sobrepasaría la altura de sus rodillas si estuviera de pie. En el momento de la caída, sin embargo, los pulmones ya estaban protegidos, con todas las entradas de acceso bloqueadas para retener el aire por sesenta segundos, el tiempo suficiente que la vida necesita para reanimarse en una nueva estrategia. Virginia siente un sabor amargo en la boca. No es la acritud del lodo, de las algas podridas; es el gusto de la desolación. El mismo que le suscitaba la silla siempre vacía del hermano, o los dedos de Leonard, sucios de tinta,


desistiendo de prender el mechón de pelo que le entorpecía la visión, y aun las calles sinuosas de Londres, que muy pronto amanecerían bombardeadas. Ningún sentido más difícil de controlar que el del gusto. Por él, conservaba una especie de conocimiento ancestral, que guardaba memoria de todas las cosas. De la leche tibia, del beso de Vita, de las palabras y la ausencia de palabras, un gusto éste cada día más presente. Entonces decide levantarse nuevamente y morir con la decencia que había imaginado. Para eso, más que nunca, serán precisos método y paciencia. El corto intervalo que necesita para ponerse en pie tiene la lentitud de una noche de insomnio. Virginia está herida en todos sus miembros. La piedra le pegó brutalmente en el estómago, y la nuca le late después del choque libre contra el río. El coro de voces resurge como una algarabía de pájaros y la obliga a taparse los oídos, atormentada. Son fantasmas que la persiguen, ha escrito en la carta de despedida. Virginia no era tan fuerte como para vivir así sin su silencio, nadie lo es, ni siquiera esa especie de litografía bucólica donde nubes color plomo se derrumban llenas de curiosidad, ajenas a los tiempos que allá vienen. El esfuerzo desesperado de Virginia ignora las reacciones del cuerpo. Las voces no permiten que ella calcule ya sus avances. Es como una pesadilla en que se cree correr sin salir del lugar. Todo comienzo es así, ella sabe de esas cosas. Los cuentos, las novelas, las cartas. Sufría el mismo terror de no poder lograrlo. El fin siempre había sido más fácil, llegaba con la naturalidad con que llegan todos los desenlaces de historia, anunciándose de a poco hasta que todo concordaba. En la vida es diferente, como no debería ser. Virginia decide entonces lanzar de una vez su cuerpo hacia las aguas, que ya le cubren las rodillas, huyendo de los pájaros, los pensamientos, la magnitud del descubrimiento. Las manos tocan el suelo y agarran los guijarros y las plantas del fondo, como si estuviera escalando un terreno hostil. Virginia abre los ojos y ve apenas lo oscuro del barro, adonde volverá. Ahogadas, las voces finalmente se callan y Virginia ríe, dejando que bolitas de aire puntúen el camino sin vuelta. Ella nada, despreocupada como un pez. Sus brazadas largas siegan camadas y camadas de agua, hasta alcanzar la corriente del río, donde la piedra en el bolsillo ya no hará la menor diferencia.


Vísperas