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El romance del Aniceto y otros cuentos


El romance del Aniceto y otros cuentos Zuhair Jury


Índice

Prólogo 9 La boliviana 11 La ballena 23 El dependiente 27 De un sucedido 71 El romance del Aniceto 75 El de los baldes 93 El curandero 105 La Mariscala 119


Prólogo a la presente edición

La primera edición de los cuentos de El romance del Aniceto y otros cuentos fue publicado por la editorial Galerna, en 1969. En ese entonces, el libro se llamó El dependiente y otros cuentos. En la tapa, se reproducía parte de una escena de la película El dependiente, dirigida por Leonardo Favio, donde se veía al actor Walter Vidarte tomando té en el patio de una casa. La actual edición incluye algunos cambios acordadas con el autor. Además de correcciones en los textos, se sacó el relato “Un cuento” y se agregó “La Mariscala”, inédito hasta el momento. A su vez, se modificó el nombre del cuento “El cenizo”, que en la presente edición se llama “El romance del Aniceto”. Debido a los nuevos criterios de la edición, cambió también el nombre del libro.

Editorial Mil Botellas La Plata, 2010.


La boliviana

Era la noche del cuatro de cada mes. El turco gordo, pelado y de nuca chata, se revolvía insomne entre las sábanas. Por la puerta entreabierta que daba al boliche, le llegaba el vaho espeso del olor de las alpargatas, de los salamines y el ácido tufo del vino barato. A su lado, su mujer flaca y ojerosa, rígida y silenciosa como una muerta, dormía un sueño afiebrado de pesadillas eróticas y violentas en las que se veía violada interminablemente por un peón de la ripiera que noche a noche venía a tomar su vinito acodado en el mostrador sin quitarle los ojos sanguinolentos de su pecho escuálido. Quieta en su sueño, la mujer dormía. El turco, con los ojos redondos, fijos en el cielo raso, pensaba en las ganancias especiales del día siguiente cuando el peonaje le llenaba el boliche y tomaban hasta quedar enrojecidos y azulados mientras esperaban turno para ir a acostarse con el cuerpo blanco y rollizo de la boliviana. Un gusto a mujer desnuda le inundó la garganta y tragó saliva. La imagen desnuda de la boliviana le anduvo por la nuca calenturienta y se le fue corriendo, palpitándole con el vientre cálido los costados de las sienes. Hizo esfuerzos por bajársela hasta las ingles, pero no pudo. Desde hacía tiempo, desde mucho antes de enviudar de la otra mujer, las ansiedades no le bajaban a la sangre y trataba de conformar a su mujer con un manoseo que sólo lograba ponerla histérica. Con el tiempo cada uno se fue habituando, y cuando llegaba la hora de dormir, los dos sabían que era para dormir y dormían. El turco seguía agrandando redondos los ojos en la imagen tibia, blanca y carnuda que ahora pasaba por la puerta de su boliche, le sonreía, le mostraba un pecho agarrándoselo con las dos manos y arqueaba el vientre hacia él, y cuando iba hacia ella para acariciarla, la imagen se alejaba por la vereda hacia la enorme pieza de los dos vagos atorrantes, y el más chico saldría a buscarle clientes, y los clientes estarían mañana apretujados, sonrientes y sudorosos, traspasados de


anís, ginebra y vino, esperando dentro del boliche estrecho, pasándole a él y a su mujer la plata arrugada de un mes de pala y pico. Sí, llegaría el más chico de los atorrantes, de pantalón corto, fumando como un viejo, llevándose uno a uno hasta el último de los peones por la vereda oscura y despareja, cruzando el callejón de los Sánchez, y metiéndolos dentro del caserón tenebroso donde esperaba tendido el cuerpo regordete y blanco de la boliviana. Era la noche del cuatro de cada mes. Dentro de la enorme pieza del caserón, arrebujado en la colchita oscura, y apoyada su cabecita de niño sobre el pantalón corto que le hace de almohada, duerme mi hermano. En el suelo, al alcance de su mano, humea un pucho. Por la arruga del pantalón, rozándole el pelo, le asoma casi vacío un atado de Fontanares. Duerme agitado, a veces se le escapa un quejido, a veces un murmullo; se da una vuelta y vuelve a quedar tranquilo, quieto, sin movimiento, como si mirara por una hendija o una cerradura y no quisiera perderse un segundo de la escena que está viendo porque más allá se está mirando a él mismo; se ve de pantalón corto, con el mismo pantalón de lana gris barata que tiene bajo su cabeza, de alpargatas, y la cara envejecida y triste. Mi hermano duerme. Su mano niña cuelga al costado con los dedos entreabiertos como sosteniendo aún una pitada que hace rato se la fuma el sueño. El pucho humea lento, ceniciento. Mi hermano duerme. Mañana la boliviana, de gaucha, le dará un par de pesos y tendrá para un par de atados, para el invite en la Gruta Azul a dos o tres pendejos a cambio del asombro, o quizá comprará un regalo, un muñequito de treinta centavos con el que viajará hasta la angustia de nuestra madre. Mi hermano duerme asomado a su sueño; vuelve a robarle todo el cuerpo a las cobijas y se va desnudito y corriendo a la hendija, a seguirse mirando; a veces no se encuentra y se queda expectante, inmóvil, confundido. A veces lo que ve, le causa tal asombro y estupor que se lleva una mano a la mejilla y queda con la boca entreabierta y los ojos fríos. Ve muchas cosas, y entre ellas, la mano oscurita de la tía Berta alcanzándole un bizcocho tibio y dulcísimo, y entonces sin poder más se mete por la hendija y se le abraza a las faldas


hundiendo su cabecita en el vientre que se agita en una risita feliz. Mañana esperará, jugando con un palito en el agua de la acequia, que doble la esquina de la vereda alta, el cuerpo gordito, menudo, y vestido de rojo de la boliviana. Mi hermano está despierto, tiene su rostro vuelto hacia mí; la penumbra de la luz de la luna da en los pies del elástico con patas que es su cama, y alcanzo a ver su rostro blanquecino, oval y niño, que mira brillándole los ojos grandes y oscuros. No tenemos nada que decirnos. Carraspea, se cruza una mano en la nuca y se queda mirando hacia afuera, hacia las sombras de las ramas del parralito y más allá donde se esfuman como fantasmas los retorcidos pedazos de la higuera con la luz cenicienta de la luna. Desde la magia de las sombras espera que le llegue un milagro, que le llegue de una vez el milagro, que se descuelgue el duendecito rojo de la higuera haciendo morisquetas y cabriolas, que llegue de una vez, que llegue ya, ahora, en este instante, porque dentro de muy poco será tarde. Se le cansa la vista brillante y fija en la penumbra. Si llega a verlo, si ve que el duendecito salta de una rama al suelo, entonces olvidará lo andado, y escapará corriendo a jugar una ronda fantástica y feliz, una ronda infantil de payasito, de grandes saltos y de carcajadas, una ronda de la que costará sacarlo. Se le cansan los ojos en la espera. Afuera la sombra es sombra y la luna es luna. Se pasa la mano por la frente, parpadea. Mi hermano piensa en los pobres pendejos del patronato durmiendo horizontales en las camas alineadas, y sobre ellos encerrándolos, la caja del pabellón con el techo a dos aguas, las paredes gruesas, el celador de guardia y un pito. Se sonríe y vuelve a quedar serio, serio, muy serio. Por su boca de niño pasa un asco maduro, paladeado y escupido. Recuerda la fuga sobre el caballo rengo, la lluvia, el barro y la estridencia de los pitos. Suspira profundo y escarba en el pantalón un cigarrillo, enciende y pita. Mañana en esta misma cama se va a cubrir de todos los dolores, mañana sobre un cuerpo de mujer con cálidos pechos de madre, su adolescencia trágica va a crecer a hombre libre y fuerte, va a descender al desamparo feliz y angustioso del muy niño, y en el momento en que se esté logrando hará un embrollo con su padre muerto, con la dolida


angustia de la madre, con mi silencio, y en ese instante va a ser él, puro, limpio y feliz porque no sabrá que lo rodea ni la infame miseria de la pieza. Era la noche del cuatro de cada mes. El gordo Landia, rosado de gula y lujuria se escarbaba una carnecita entre los dientes con la uña larga y recortada del meñique; esto le ayudaba a aislarse de los que rodeaban la mesa, y mientras el zumbido crecía a su alrededor, él podía andar lejos, hundido en sus sueños de piernas abiertas, regodeándose en un éxtasis de quilombos con alcahuetas y putas de todas layas, viejas y jóvenes, altas y bajas, que no le hacían asco a su gordura ni se asombraban mucho de que tuviera que desnudarse hasta las medias para llegar a sentir algo. Después de todo, muchas le contaron que lo de él no era nada comparado con lo de otros. Dentro de la grasitud de su cerebro vivía la plenitud de la vida concebida en dos aspiraciones únicas y terminantes: comer bien y mucho, y desnudarse hasta los tobillos frente a una putita cualquiera. Ahora la putita cualquiera era la boliviana que bajaría del ómnibus del centro a la noche siguiente, y él la esperaría desde temprano husmeando como un perro cada coche que llegara, presintiéndola desde lejos por el ronco motor de lo Leylands que se acercaban virajeando por la cuadra de la plaza hasta la terminal, excitándose más y más ante la incertidumbre de la espera; y al final la mujer, la aparición del vestido rojo y ajustado de la boliviana que descendía. Después le haría seña de que se cruzara a la vereda oscura, y donde nadie lo viera, le diría que se llegara hasta su casa a cambio de unos buenos pesos; todo esto, siempre y cuando no se le volviera a cruzar en el camino el pendejo caradura y desfachatado del callejón que le hablaba delante de todos y la acompañaba por las calles sin importarle un carajo de la gente. Era la siesta del cinco. Para hacer tiempo, con mi hermano y otros tres pendejos nos vamos al río. Vamos andando. Las viejas nos miran y tiemblan. Un sol luminoso y otoñal baña la cal de los techos del bajo y la serpenteante calle de la costa hasta el infinito. Por la anchura inmensa pedregosa y aguijarrada del río, corren entrelazándose cuatro o cinco brazos de agua panda,


bordeados de álamos, de troncos blanquecinos y hojas canelas, y más a la orilla, las viñas bermejas, doradas, cobrizas; y entre el río y las viñas, un caballo blanco, altivo y fantástico, con la nariz en alto dilatada y rojiza nos ventea, nos presiente. Nos vamos corriendo en círculo estrecho. Tiene que ser nuestro, y el que se le anime tendrá más derecho y galopará hasta ampollarse por entre las piedras y los totorales, señor de la grupa redonda y caliente, emperador del río, príncipe del pillaje, con un cortejo de risas, chiflidos y algún peñascazo. Lo vamos rodeando, el tordillo bufa, se le hinchan las venas, y por el laberinto de las arterias, debajo de la piel caliente, le fluye un torrente azul de frío y miedo. La brisa de otoño le riza las crines, le ondula la cola. Pasa una chirigua de vuelo quebrado y desaparece. El tordillo gira, las patas fibrosas nervudas se afirman, vuelve hacia el frente y queda tieso. De lejos le vemos temblar los hijares. El sol brilla fuerte. Mi hermano se corre por la derecha, el Cacerola por la izquierda, yo me quedo al frente. Desde mi ángulo los veo a todos: a los costados, ansiosos y distantes el Cacerola y mi hermano, al centro, como un mármol purísimo, el tordillo. Sobre las alpargatas con suavidad de algodón lo van acuadrillando. De pronto quedan quietos; en el rostro de mi hermano brota una sonrisa de angustia y asombro y grita que de ese lado el caballo es tuerto; del otro lado, la voz del Cacerola grita lo mismo. Entonces yo digo que el caballo es ciego y nos vamos alejando como un abanico que se cierra hasta encontrarnos tristes y callados, caminando en silencio, lo más en silencio posible para que el tordillo vuelva a la paz de la brisa, las chiriguas y el río. De lejos nos volvemos a mirarlo; el sol en un ocaso rojo incendia los totorales, las viñas y las hebras platinadas del agua; el tordillo mordisquea el oro del yuyal pajizo y se le colorea el gusto y la sangre con todo el fuego del otoño. Ahora sí, reímos; prendemos cinco puchos y nos vamos por la costa arriba, a ganar para los hombres giles el cuerpo rollizo de la boliviana. Es el ocaso del cinco. Una larga sombra vinagrienta tiñe la terrosa calle de la costa. Las sombras chatas de los frentes y los perfiles de las casas desparejas se recortan nítidos en el último arrebol. Las


sombras bajan lentas a todo lo largo de la vereda alta y van cubriendo el frente descascarado de nuestro caserón, llenando el hueco del callejón de los Sánchez, ensombreciendo la mugre de la puerta del boliche del turco. Un bermellón agonizante tizna el cielo hasta los confines. Una vecina curcuncha sale del hueco de una puerta, mira y se mete en otro como una comadreja asustada, moralista y púdica. Por el medio de la calle viene la sombra zaparrastrosa de un borracho baboseando una tonada. La noche cae. Ahora el borracho es un bulto negro que salta como un loco despatarrado zarandeando un pañuelo mugriento al compás de lo que grita. Los perros arman un infierno de alaridos. ¡Ah chino que va contento! Se enciende la lamparita miserable y amarillenta del frente del boliche; el turco asoma la cabeza chata y mofletuda, escupe y la vuelve a entrar. Por la vereda, chalina al hombro, algo echado hacia atrás en el andar, viene Morales, el caudillo Morales; cuarentón, de rasgos quijotescos, con un romance de estrados y de arengas en la frente, tiene la decepción en los ojos, y hasta cuando sonríe da tristeza. Polemista intuitivo, tribuno de cafetín pueblerino, ignorado de las listas, agobiado y trágico, cuando llega la noche no sabe para qué ha vivido. Ahora pasa, me saluda, me sonríe y sigue hasta perderse en el fondo de la costa. Desde el bajo brota el embrollo del amor de los gatos. Doña Luteria, la vieja trastornada del frente, aparece por la boca oscura de su covacha, tira una palangana de agua sucia al medio de la calle; me descubre, y se queda mirándome masticando sobre las encías un rosario de maldiciones y amenazas. Le pego un chistido, y entonces crece en un remolino histérico de insultos y ademanes temblándole el traperío rotoso sobre las patas flacas. La vuelvo a chistar. Ahora es un bulto frenético que no sabe si tirarme con la palangana, llamar a los vecinos, o ir a la policía; se decide por la policía. Chancletea cinco pasos, siente miedo, se detiene; siente mucho miedo y se vuelve hasta quedar con el cuerpo dentro de la pieza, asomando la cabeza calva con cuatro mechas cenicientas sobre los ojos torcidos, la frente cruzada de cicatrices, la nariz enorme y la boca desdentada; ya no habla, ha quedado con la boca abierta, agitada y seca como una tortuga exhausta.


Algunos hombres van cayendo al boliche. La noche crece negra y redonda. A los tumbos por los bordes de la calle viene el lujoso coche del gringo Felitelli, él y el padre han nacido en una viña, ahora él es un caballo alto, flaco, semianalfabeto, casado, padre de seis hijos, con coche y doscientas hectáreas de viñas. Aquieta la marcha, mira, pasa y sigue. De buena gana metería el coche en la oscuridad del callejón, y quedaría como otras veces en una espera oculta y clandestina hasta que llegara el cuerpo de la boliviana, pero ahora no puede correr riesgos porque en las próximas elecciones da por descontado con el puesto de intendente y sería peligroso. Con los votos de todos los peones de sus fincas, y un par de fajos de miles, el asunto es un hecho ineludible y matemático; el escuálido y huesudo Felitelli siente que va a ser un ilustre como los próceres del libro de segundo grado y en su repentina y fantástica ansiedad política, sueña con un día de efemérides fastuosa en el que inaugurará un mástil en la plaza, un mástil largo con base de cemento y una plaqueta; la plaza estará llena de cuelgas de serpentinas multicolores, campanillas y fuelles de cotillón; la bandita de la policía tocará el himno, dirá un discurso y se sacará una fotografía para el comedor. Dobla en la esquina y se aleja pensando en la boliviana rumbo al club donde va a hacer sociedad con dos peluqueros, cuatro almaceneros, tres carniceros, un relojero, un oficial meritorio; los respetables de nariz alta y gesto inquisitorial, cuidadores de la moral, casta privilegiada entre los rústicos: la aristocracia del pueblo. Noche cerrada del cinco. La calle es una soledad larga, oscura y densa. Un círculo apretado de silencio ciñe el pueblo chato. Detrás de las paredes de adobe de las casas, los hombres y las mujeres trazan pasos rutinarios, sabidos, amorfos, larvarios. El pueblo se recoge conservador a la calma de todas las noches. Por las ventanuchas de la calle torcida, escapan luces pálidas, azafranadas. Al boliche del turco ha llegado un cantor; guitarrea y brama. El vocerío de los hombres sale a la noche en oleadas agrias, ardidas, calientes, hechas un enredo con la voz chillona de la mujer del turco y los gritos del cantor. El vecindario sale de su sopor y se le agranda la oreja. Por la esquina dobla un policía pedaleando una bicicleta, llega hasta el boliche, se


detiene, mira, monta y sigue hasta perderse tragado por las sombras. El vecindario presiente, pone la enorme oreja detrás de la ventana, y espera. Me voy al boliche. Un espeso aliento a sudor, a humo, a canto y vino brota como un incienso infernal. Los hombres tienen los rostros colorados, violáceos, cenizas, alegres. Chocan los vasos cristalinos y tintos en un convite atolondrado, feliz, ancestral; se guacean, se ríen tirantes y brillosas las mejillas curtidas, barbilampiñas; las bocas de bigotes ralos y encías rojizas se abren y se cierran ahogadas de risas, de gritos y vinos. Al turco y a la mujer les faltan brazos para cobrar tanta copa. El cantor sacude el encordado y ruge lastimero el compás de un valsecito peruano ágil y nostalgioso… “Mi vida ven… acaríciame como anhelo yo… Si tú comprendes bien la realidad ay no atormentes por piedad mi ser…”. A su alrededor el barullo crece ardoroso, el cantor los ignora metido en su canto, y sigue en el grito, venosos los ojos, congestionada la tráquea, chasqueándole la frente un mechón duro y lacio. Dentro del boliche del turco la noche quema lo mejor de las ansias desatadas. Me invitan con cerveza y tomo, me invitan con ginebra y tomo, con aguardiente, con anís, con grapa y vino. Al rato se me carga la frente con la inquietud de siempre y entonces, como otras veces, comienzo a presentirlo. Al principio su contorno es leve, es sólo una idea leve y fugaz; después, ya me conozco, es un ansia febril de hallarlo entre la gente, entre esta gente, cuando me siento nada, cuando desciendo y no encuentro una salida y me refugio más allá de cuando fui parido, más allá de la matriz, en el instante en que aún yo era parte de su cuerpo. Sé que está aquí, que no puede faltar cuando el vino me enciende la tristeza. Me arden las sienes, lo sigo buscando, sigo hurgando con los ojos turbios, los párpados hinchados por entre la penumbra neblinosa del humo, del alcohol y de los gritos, hasta que lo hallo: está ahí, mirándome con su mirada triste, con su sonrisa triste, se parece a mi hermano y a mí, también vivió perdido, es casi tan muchacho como yo pero hace siete años que está muerto. Cierro los ojos, cuando vuelvo a mirar ya no lo veo, ya no está, miro cada rincón y cada rostro, sigo buscándolo, sigue el cantor vociferando, y el ruido de las copas, y


las risas, y una rabia de alienado y de borracho me va subiendo por la sangre hasta que me brota un grito absurdo, urgente, incontenible: ¡Eh, turco cabrón! ¿Adónde está mi padre? -Parece que se ha curao el amigo… -¡Vaya a la mierda!... ¡Bien a la mierda!... ¡Todos se van a la mierda! Salgo, y me quito las ganas de llorar mojándome con agua de la acequia. Camino lento por el frescor de la vereda, enciendo un cigarrillo, cruzo el callejón de los Sánchez, y me siento en el umbral penumbroso. A mi lado aparece la sombra chocolate del Cautivo, nuestro perro de la mirada increíble, catador instintivo de angustias y alegrías; apoya suave la cabeza majestuosa en mis rodillas y entrecierra los ojos. Estiro mi mano sobre el pelo y lo acaricio mucho, mucho, porque sé que debajo de su frente tiene un niño. Por la subida de la costa como un muñeco articulado y grotesco vuelve el policía pedaleando en la bicicleta, pasa frente al boliche, cruza el callejón y viene hacia mí. El Cautivo gruñe. El policía baja, me saluda y me pregunta si puede haber lugar a un garroncito en caso de caer la boliviana. Le digo que sí, y se aleja a las pedaleadas a cambiarse para no hacer mal papel frente a la gente. El cantor del boliche se ha callado. Ahora la calle es un crespón, un luto. Detrás de las ventanas y las puertas, los vecinos tienen los ojos enrojecidos, y las orejas entumecidas de una espera expectante de madres impúdicas y morbosas. El silencio se agranda, se agiganta, duele. Toda la noche está pendiente del gran momento, toda la noche late la espera hasta que al fin se recortan en la esquina gris de la vereda alta, las siluetas dramáticas de la boliviana y mi hermano. Sí, es ella, llegó. Hay un clic en todas las ventanas, un leve chirrido detrás de cada puerta. Caminan hacia acá con un fulgor de pucho en cada boca, vienen riendo a carcajadas; ella trae en una mano una toallita envuelta en un papel de diario. Pasan bajo el foco milagriento del boliche, y de atrás se asoma un enjambre de cabezas a mirarla. Mi hermano y ella siguen, cruzan el callejón, llegan al umbral, me hago a un lado y se pierden en lo oscuro hacia el lado de la pieza. Algunos de los hombres del boliche van saliendo y pitan nerviosos los cigarros. Detrás de las ventanas y las puertas el pueblo entero asiste solapado al espectáculo; con su ansiedad atraviesan las sombras de la


noche y participan en una orgía fantástica y silenciosa de ademanes lascivos y tenues como el pensamiento. Los hombres y las mujeres del vecindario se le deslizan por sobre la piel; desde sus lugares, seguras, sin culpa, las mujeres, palpitantes de envidia la roban de la pieza, le preguntan, la tocan, la manosean, la cansan. Los hombres desde sus camas hundidos en sus mujeres le siguen recorriendo el cuerpo desnudo y blanco. El último cliente hace rato que se fue. Mi hermano está despierto, me mira brillándole los ojos grandes y oscuros. No tenemos nada que decirnos. Apaga el pucho, se cruza el brazo en la nuca y queda mirando hacia afuera… Quieta, como crucificada a la cama, los brazos extenuados y las piernas abiertas, la boliviana.

El romance del Aniceto y otros cuentos  

primer cuento del libro

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