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Doble crimen Ariel Magnus

Voy y vengo por el lago Epuyén, soy el barquero Quintín. Llevo y traigo de todo, mi barco se llama Esmeralda, tan grande no es, pero entrador. Ha llevado hornos, chanchos, mesas de billar, ha llevado incluso otro barco encima, mi barco, pero nunca hasta ese día, habrá sido fines de noviembre principios de diciembre, ustedes no van a dejar que me equivoque, había llevado a un muerto. Gente que iba a morir, montones, para cuántos habrá sido mi Esmeralda el último viaje, además de para Esmeralda, se sobreentiende, aunque de eso prefiero no hablar, si más tarde lo hago también se va a sobrentender por qué hubiera sido quizá mejor que no. Me acuerdo de un turista que llegó con dolor en el pecho y tuvieron que llamar a la ambulancia, para cuando la tuvimos acá el pobre hombre ya debía haber reencarnado varias veces, cada nuevo intendente promete que va a poner asfalto en el camino al pueblo pero el asfalto nunca llega, la decisión está pero falta asfaltarla, como decía el subcomisario Francisco Ángelos, acá nunca hubo comisario sino siempre subcomisario, prometen que van a mandar un comisario pero nunca llega, también esa decisión falta asfaltar. Moribundos, como decía, he llevado pilas, al Susto Sosa sin ir más lejos lo dejé una mañana como de costumbre por el lado de los Cárdenas y nunca más apareció, lo mismo el Padre Ardile, que me pagó un ida y vuelta hace décadas diciendo que algún día iban a volver, él y los suyos, como dijo, pero ya no va a poder cumplir con su promesa, no hasta su próxima reencarnación. Moribundos y condenados he llevado harto, en rigor no llevo otra cosa, pero un muerto como el de ese día, y así en pedazos, que yo recuerde nunca, y no creo que uno pueda olvidar algo así, aunque bien pensado olvidarnos de la muerte es lo que hacemos todo el tiempo. Ya cuando el subco me dijo de encarar hacia lo del Suizo presentí que no sería un viaje más, todos sabíamos que había corrido sangre y en primer lugar el lago, esa mañana el lago olía a muerte, el lago sabe antes que nadie lo que pasa en la tierra y Quintín presiente antes que cualquiera lo que sabe el lago. (Quintín sabe que a eso se le llama animismo porque no nació dentro de una caverna pero igual no se deja amedrentar, según él la gente culta le pone nombres peyorativos a las costumbres de la gente bruta sin percatarse de que también esa es una forma de la irracionalidad y la superstición, llaman animista al que le da vida al agua para rebajarlo como persona pensante y así perderle el miedo, mientras que los incultos alzan las cosas a su altura los cultos se encargan de rebajar a los brutos a la altura de las cosas, en lo personal Quintín prefiere a un bruto que animiza cualquier objeto a un culto que cosifica a los demás). El lago olía a muerte y misterio como cuando se llevó a mi esposa, no quiero hablar de eso pero el recuerdo me arrastra como una red, no la red virtual por la que me arrastraron ustedes sino una red concreta, una red de cemento; el lago olía a sangre, el subco estaba más callado que de costumbre y también Emilio era de la partida, antes de convertirse en narcotraficante Emilio era bombero y cuando hay bomberos pero no hay fuego es que algo grave pasó, en su oficio o no hay nada para hacer o uno se enfrenta con el


infierno, aunque el verdadero infierno es a veces no tener nada que hacer. A último momento se montó además un gendarme que yo no conocía, los cambian como calzoncillos, así también los cagan, si yo tuviera un hijo haría lo imposible para que no se meta a gendarme, uno lo alimenta dieciocho años para que después se lo lleven a lustrar botas, cuando no a traficar porquerías como los he visto hacer por acá, porque acá es eso lo que se les enseña a nuestros chicos, acá la ley es violarla, si juzgaran a Emilio por la ley en la que se educó lo deberían dejar libre, el problema es que las leyes siempre las hacen los criminales, como decía el Susto Sosa, para quien el máximo criminal era Dios, que hizo la ley para que todos seamos pecadores. Con el verde y Emilio y el subco encaramos entonces para lo del Suizo, a veces me da cosa montarle tantos hombres a mi Esmeralda pero esos son los riesgos de haberla bautizado así, de forma espontánea, y los asumo, si hubiera pensado desde un principio en las posibles consecuencias de mis acciones no habría raptado a Aleluya ni hubiese llegado a este lago, si todos anduviéramos siempre midiendo los corolarios de nuestros actos no haríamos nunca nada por amor. (Para Quintín lo contrario a la razón no es la demencia sino el amor, que según él no es una forma de la locura sino de una racionalidad inversa, donde lo inteligente es no pensar en las consecuencias, ni siquiera en las buenas; desde el momento en que alguien piensa en las consecuencias ya no actúa por amor sino por otra cosa, más o menos amorosa pero distinta, cree Quintín, para quien el amante verdadero es estrictamente no pragmático, alguien que no distingue impulsos de estrategias, ni deseos de hechos, ni medios de fines). Cuando llegamos a la otra orilla el subco se internó con Emilio en la montaña, son casi dos kilómetros a través del bosque, no para el lado del monasterio del Padre Ardile sino hacia Chile, a los extranjeros les gusta encanutarse, como si irse a la otra punta del mundo no fuese suficiente van y se esconden también de los locales, la soledad es una droga, otra de las tantas que se consiguen fácil por acá. Al gendarme me lo dejó el subco de guardia, quizá pensó que yo sabía lo ocurrido y tenía miedo de que me fugara, lo cierto es que de los detalles recién me enteré por el verde y ahí sí que me dieron ganas de irme, que gendarmería ponga un barco propio para encargarse de estas cosas, me quejé, tampoco allá en el pueblo le deben pedir a los taxistas que anden persiguiendo ladrones por falta de patrulleros. Hasta ese momento sabía que los habían matado a los dos, al Suizo y a la madre, lo que no sabía era que los habían matado a hachazos, los habían talado en vida, como se expresó el milico, de Comodoro dijo que era aunque el nombre no lo retuve, buen muchacho como casi todos, tal vez un poco demasiado charleta. Contó que debían haber sido unos cuantos y que llegaron de noche, en caballo claro está, a ese margen del lago o se llega en caballo o se llega en barco, y si en barco entonces en el mío, y si no en el mío igual lo sabría, el lago no es de Quintín pero en ese sentido es como si lo fuera, nada ni nadie lo cruza sin que Quintín se entere. Llegaron tarde a la noche y eran varios, como tres o cuatros, dudó el verde, coqueteó con la duda más bien, calculando que si decía tres yo no le iba creer y si decía cuatro tampoco pero que tres o cuatro sonaba como un número plausible, aunque en realidad no es ningún número, o fueron tres o fueron cuatro pero tres o cuatro no fueron seguro. (Muchas veces Quintín nota, y no sólo con los militares o con la gente de Comodoro Rivadavia, que dudar en las cantidades o en las fechas o en cualquier cosa que se exprese en números es la mejor forma de dar uno creíble, él mismo si dice que cruzar el lago demora veintitrés minutos la gente sonríe incrédula mientras que si dice que demora unos veinte treinta minutos la gente asiente y no pregunta más, veintitrés es un número preciso y ajustado a lo que suele demorarse su Esmeralda en cruzar el lago pero los pasajeros prefieren un número inexistente como veinte treinta, se sienten más a gusto cuando en lugar de la información exacta se les da información imprecisa y aun contradictoria, es algo que


Quintín no entiende y que él no cree que nadie pueda explicar con precisión). De madrugada y de a muchos entraron en lo del Suizo y su madre y los mataron a hachazos, primero los ataron y después los encerraron en un baño y al final los golpearon hasta descuartizarlos, primero a ella y después a él y al final a los perros, al final o al principio, eso no se sabía aún, volvió a dudar mi informante uniformado, lo que sí era seguro es que no se habían salvado ni los pichichos. Conmovido por su propia frase el soldadito guardó silencio, los cuerpos lacerados de los dueños de casa no parecían impresionarlo tanto como la idea de que también sus mascotas hubiesen corrido la misma suerte, seguro que se imaginaba dos perritos inocentes como niños cuando la verdad es que deben haber sido dos bestias asesinas, así como el hombre retorna al mono cuando vive mucho tiempo entre los árboles también los perros recuperan su linaje lobezno fuera de la civilización, todo acude a su origen en la naturaleza, el barquero Quintín sin ir más lejos ya se está volviendo medio pez. La muerte de mascotas y de niños nos conmueve como si no estuviera en su ley morir, no así o no ahora, decía Esmeralda, no el barco sino mi esposa, la gente cree que hay muertes dignas o que al menos llegan a tiempo cuando la verdad es que todas son aberrantes y ocurren a deshora, decía ella, además de que se imaginan que cada niño que muere era un genio en potencia cuando lo más probable es que ya en ese momento fuera un consumado mediocre, el limbo no está lleno de Einsteines en estado embrionario sino de suicidas urgentes, de asesinos tan ansiosos que ni pudieron esperar a aprender la noción del otro. Porque para Esmeralda toda muerte era producto de un suicidio o de un asesinato, o sea de un asesinato en tercera o primera persona, para ella no había muertes naturales, lo natural era morir por mano propia o por mano ajena, en el fondo cada movimiento de cada persona sólo podía ser interpretado como un intento de asesinato o un intento de suicidio, lo notable era según ella que tan pocos tuvieran lugar. Una verdadera carnicería, llené el silencio que había dejado el otro, acaso buscando yo también una imagen que me conmoviera porque lo cierto es que no veía nada, el verde contaba los hechos de sangre con el mayor amarillismo y para mí estaba todo negro, se ve que con la fotografía dejé también la capacidad para hacerme una imagen de las cosas, también dejé la juventud y el amor loco y a la larga la tierra, pero nadie está obligado a declarar en contra de sí mismo, ustedes lo saben mejor que yo. Estuvieron talando hasta que se hizo de día, siguió enseguida el gendarme, con su cuento y con la imagen que yo me hice para seguirlo, lo cual indicaba según él que habían usado hachas chicas y poco afiladas, en todo caso que no fueron empuñadas por manos profesionales. Eso porque vos no conociste al Suizo, lo interrumpí, más fácil descuartizar a un elefante que a ese hombre, exageré, era tan grandote que había que mirarlo por partes y después armar el rompecabezas, exageré aún más, y al rompecabezas mismo había que mirarlo desde cierta distancia si lo querías abarcar por completo, llevé al colmo la exageración a fin de atenuarla un poco, también la minimización excesiva termina abultando las cosas, las exageraciones se minimizan las unas a la otras y las minimizaciones se exageran las unas a las otras, de ahí que en medio de los Andes hasta la montaña más alta resulte mediana y que de tan pequeños los guijarros de la costa parezcan infinitos. Igual no sé si la del rompecabezas era la imagen más feliz para describir en vida a un hombre que murió descuartizado, tal vez me fue sugerida por las circunstancias mismas de su muerte, como sea los dos nos quedamos en silencio tratando de entender, rompiéndonos por así decirlo la cabeza para armar con los pedazos que teníamos una historia que explicara de modo provisorio lo ocurrido. Yo no creía que en un lugar tan lindo pudieran pasar cosas tan feas, meneó incrédulo la cabeza el gendarme tras algunos minutos de reflexión, la vista vagando ensoñadora por el lago traslúcido, los bosques de cipreses y radales y cohiues, las montañas de punta en blanco, el cielo turquesa. Era una


de esas mañanas expectantes en que la primavera ya palpita en todas las cosas pero aún se demora en aparecer, el lago es como un gran anfiteatro a la espera de su irrupción estelar, una de esas mañanas de noviembre diciembre en que hace tanto o más frío que en marzo abril pero como el invierno quedó atrás uno lo siente menos, bien podríamos haber estado en otoño lamentando melancólicos el fin de la temporada estival. Gente mala hay en todas partes, dije, pero en un paraíso como éste parecen más desubicadas que en ninguna, opinó, nombrame un lugar que no sea la cárcel en donde los asesinos no estén desubicados, las películas, me refería a lugares reales, ah, además de que también ahí la idea es atraparlos y encerrarlos. Mi intuición igual me dice que los asesinos tienen que haber sido extranjeros, habló de nuevo el verde tras una pausa, extranjeros fueron más bien los asesinados, opiné, y ahora fui yo el que se quedó mirando la naturaleza soberbia, lo único autóctono ahí, aunque Quintín seguía siendo el que mejor la conocía y el que más cerca nació. Contraria a la intuición del verde la mía era que los malhechores sólo podían haber sido paisanos de la zona, al menos el que los guiaba, nadie que no estuviera familiarizado a fondo con estas montañas podía llegar a lo del Suizo, mucho menos de noche, y al que llegaba, porque preguntando se llega a cualquier parte, se equivocan si creen que estos bosques están vacíos, de gente y de bestias, al que llegaba todavía le faltaba irse, escapar hacia el otro lado de la cordillera, donde ya hay pocos a quienes preguntar y de esos pocos quizá ninguno que hable nuestro mismo idioma, además de que cada pregunta que hace un fugitivo es como si colgara él mismo su cartel de Buscado. Fue pensando en esta línea que llegué casi por necesidad al Susto Sosa, al que dejé en lo de los Cárdenas hace ya no sé cuánto, lo menos tres años, tres o cuatro digamos para que suene más exacto, y cuando lo fui a buscar al día siguiente ya no estaba, tampoco al otro, una semana lo anduvieron buscando y nada, durante un tiempo le avisaban a los que iban por la zona de que anduvieran atentos pero hace mucho que ni siquiera, parece que la mujer ya se volvió a amancebar. Igual lo que me llevó al Susto no fue sólo que conoce la zona como pocos, exagero aunque no tanto si digo que guardaba memoria del lugar donde había estado cada árbol que taló en su vida, tampoco exagero mucho si aseguro que yo me conozco el bosque sumergido en este lago con la misma puntualidad, sino que me acordé de él porque siempre me hablaba del tesoro que escondía el Suizo, ese tesoro que se llama de los nazis pero que según él debería llamarse de los judíos. En nuestras charlas con ruido de motor de fondo, que para el Susto, acostumbrado como estaba a su motosierra, era una forma apenas más perceptible del silencio, lo mismo que para mí, sólo me doy cuenta de que el motor está encendido cuando los turistas ponen caras o se tapan las orejas, ellos porque no saben que el silencio de montaña aturde como ningún ruido en el mundo, el motor de un barco también aturde pero es un motor mientras que el silencio aturde y uno no sabe qué es ni cómo se apaga, el silencio de montaña es como una persona que desaparece sin dejar rastros mientras que el ruido del motor es como que te la devuelvan en pedacitos, al menos se le puede dar sepultura; por sobre el ruido del motor el Susto siempre me hablaba de sus cosas y en muchas ocasiones hacía referencia al tesoro que se suponía escondía el Suizo, el supuesto Suizo porque según el Susto debía ser alemán, pruebas en la que basar esta sospecha por supuesto que no tenía ninguna, apenas su intuición, como buen albino el Susto se creía blanco y como buen blanco se creía que podía distinguir a un suizo de un alemán, y si lo apuraban seguro que también a uno del norte de uno del sur. Del tesoro tampoco sabía gran cosa aunque supongo que eso está en la esencia de todo tesoro, aparte de que no saber sobre algo nunca fue por acá un obstáculo para hablar sobre ello, les diría que todo lo contrario, del doble crimen la gente empezó a hablar antes incluso de que se supiera que había sido doble, cada dato veraz que luego se fue agregando lo primero que traía era una ligera


decepción pues significaba algo menos sobre lo que hacer especulaciones. (Quintín no tiene nada en contra de las especulaciones, de hecho es casi todo lo que hace mientras trabaja y también cuando no, a lo que sí se opone es a ese desdeño que acaba sintiendo el especulador por los hechos fácticos, sobre todo por aquellos que limitan o incluso refutan sus especulaciones, especular sobre lo que no se sabe es casi una necesidad pero especular contra lo que se sabe es directamente una necedad, Quintín no tiene nada contra los necios pero siempre y cuando entiendan que es su decisión serlo y no un mero fatalismo). Esta obsesión del Susto por el tesoro y su profundo conocimiento de la zona me hicieron pensar que quizá no había desaparecido por algún accidente sino que se había escondido todos esos años esperando el momento preciso para dar el golpe, alguien que se dedica a plantar árboles y esperar años para talarlos es capaz de planificar crímenes a más largo plazo aún, si hay algo que sobra por estos pagos es la paciencia, el día en que le reconozcan estatus científico esto se llena de premios Nóbel. El Susto se escondió a sí mismo como a un tesoro, pensé, esperó con paciencia de doctor en Astronomía a que los astros se mostraran propicios y dio no un golpe sino muchos, tantos como para que parecieran descargados por una horda de salvajes ajenos al lugar, luego de lo cual escapó a Chile y de ahí vaya uno a saber adónde, quizá hasta se quedó por acá, quién va a sospechar de un muerto que se lleva un tesoro que nunca se supo a ciencia cierta que existió. Todos esos años de vida salvaje en las montañas tienen que haber funcionado además como un deliberado proceso de animalización que le permitiera cometer su atroz crimen casi sin sentirlo como tal, seguí razonando, un viaje involutivo de la motosierra al hacha, por así decirlo, total más tarde y con el dinero del tesoro podría regresar a la ciudad y civilizarse de nuevo. Nada de esto le dije al gendarme mientras esperábamos a que volviera su jefe, en parte porque no hay mejor coartada que estar muerto ni mejor botín que el que sólo conoce la víctima, es decir que estábamos ante un crimen perfecto y yo no era quién para mancillarlo, de eso ya se encargaría la conciencia del Susto, si es que lograba recuperarla; en parte porque tampoco yo tenía el prontuario más limpio del mundo, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra y haga cuarenta patitos, como decía el subco; y por último porque podía estar equivocándome y la difamación es una incivilidad que se logra rápido, a veces con una sola mirada, pero que más tarde resulta casi imposible de revertir; luego aparecieron el subco y Emilio cargando las bolsas negras y el crimen se hizo de pronto tan palpable que ya no nos animamos a especular más sobre él. Habían traído sólo al Suizo y no estaban seguros de si entero porque en el medio de la faena se quedaron sin bolsas, explicó el subco, le habían advertido que el hombre tenía su tamaño pero no que era ese cacho de bestia, dijo, el meñique de este muchacho tiene el tamaño de mi fémur y su fémur el de mi columna vertebral, exageró, ya ven que no soy el único, todos lo hacen por acá, empezando por la naturaleza, con la altura que tienen los Andes y la profundidad del Epuyén es la única forma de competir. Cargamos las bolsas en respetuoso silencio y con suma delicadeza, como si contuvieran algún material sensible a los golpes o aun al ruido, habría sido más fácil y económico imaginarse que se trataba de un animal o de piedras pero el ser humano es así, confía tanto en el sentido de la vista que incluso lo que se le presenta en partes consigue verlo entero y hasta reconocerlo como un semejante, si nuestro sentido de cabecera fuera el olfato o el oído no hubiéramos mostrado por el contenido de esas bolsas más piedad que por el envoltorio mismo, con lo que ya no huele como nosotros ni emite ningún tipo de sonido no es posible establecer ninguna relación de hermandad. Mientras repartía los restos del Suizo por temor a que juntos pudieran poner en riesgo el equilibrio de la embarcación me acordé de la vez que subió a mi barco, supongo que por el miedo que también sentí en aquel entonces de que me lo hundiera, al igual que el subco yo había escuchado que el


Suizo era grandote, quizá hasta me dijeron literalmente que era un cacho de bestia, pero ni estas entusiastas advertencias lograban prepararlo a uno para su aparición en directo, más cercana a la de una atracción de circo que a un pasajero común, aunque fuera de un trasatlántico. Con su cabeza de simio rubio y su cuerpo de rinoceronte el Suizo parecía el eslabón perdido entre el orangután y el hombre, o entre el plesiosaurio y el orangután, resultaba gracioso que un ser con tanto aspecto de animal prehistórico proviniera de uno de los países más avanzados del mundo, aunque es cierto que ubicado en el corazón del continente más viejo. Gracioso fue también constatar que él tenía tan pocas ganas de montarse a mi barco como yo de permitírselo, hasta entonces se había manejado siempre a caballo y si esta vez hizo una excepción fue sólo por su madre, parece ser que la vieja le tenía tanto miedo a los animales como su hijo al agua. Era una señora grande como el Suizo pero en edad, se notaba que había ocupado en tiempo sobre este mundo lo que su hijo ocupaba ahora en espacio, aparte de eso no se parecían en nada, de hecho ella era tan pequeña y de aspecto tan endeble que costaba imaginarla dando a luz a ese monstruo, más fácil hubiese sido convencernos de que el parto había sido al revés. Para explicarse este fenómeno el Susto tenía la teoría de que a la vieja se la habían violado los rusos, no un ruso o unos rusos sino los rusos, decía el Susto, y por el tono que le daba a su aseveración uno se imaginaba no un batallón o una compañía sino a todos los soldados de la Unión Soviética haciendo fila desde Berlín hasta Moscú para violarse a la vieja, a la sazón una apetecible rubia de trencitas según la procaz fantasía del Susto, que para el acto sexual usaba las mismas palabras que para su trabajo, talar, hachar, serruchar, el que lo sorprendiera en el medio de una anécdota no hubiese sabido si hablaba de mujeres o de árboles. Sólo la suma del semen de todo el Ejército Rojo podía producir un hombre como el Suizo, decía el Susto, sólo el trabajo mancomunado era capaz de arrojar un resultado así de descomunal, y eso a su vez explicaba que la madre hubiera quedado como quedó, ni la más redonda y saludable aldeana bávara sobrevive entera después de alimentar durante nueve meses semejante bebé. En todo esto el Susto veía una gran metáfora de la Segunda Guerra Mundial, donde según él los rusos se habían talado a los alemanes pero plantando en sus entrañas la semilla del monstruo que tarde o temprano se los talaría a ellos, de ahí que cuando al fin cayó el muro lo festejó como si hubiera estado en Berlín derribándolo a hachazo limpio. Y lo cierto es que de alguna manera el Susto fue el único que estuvo allá porque en aquel momento era el único acá que tenía televisor, cuando no estaba trabajando se la pasaba mirando ATC y después nos contaba a los que sólo teníamos radio, en el fondo no había gran diferencia porque los locutores seguro que miraban las mismas imágenes que él pero así y todo nosotros preferíamos el testimonio del Susto, ahí al menos el que nos transmitía la noticia era alguien real y no una voz en un parlante, aparte de que uno confía en la gente que conoce, aun cuando esa gente esté confiando en gente en que uno no. Más tarde llegó la televisión satelital y todos empezaron a mirar no uno sino muchos canales, sólo el Susto se negó a ponerse Direct TV y se mantuvo fiel al canal del Estado, con su pedazo de alambre clavado en una papa podría haber captado el canal de Rawson y quizá alguno de Chile pero tampoco, para él había una sola realidad y por ende un solo canal, tener más sólo fomentaba la esquizofrenia y la confusión. Mucho de todas maneras no vivió el Susto la revolución satelital porque al poco tiempo desapareció, quizás huía de Direct TV aunque dicen que llega a todas partes, dicen que el cielo está lleno de satélites y que pronto van a ser más que las estrellas, cuesta imaginarlo con la cantidad que se ve acá, así como a los dibujitos animados les pegan y ven estrellitas acá vemos tantas estrellas que la sensación es que te pegaron, que estás pintado, que somos los dibujitos animados del universo, esa es la sensación. Creo que para combatir este tipo de sensaciones es que el Susto no miraba más que ATC, él siempre repetía que era


el bosque lo que no nos deja ver cada árbol y no al contrario, para él las opciones no estaban hechas con el objetivo de que uno pudiera elegir con libertad sino con la idea de confundirnos hasta la desesperación, de ahí que cuando se compró la tele lo primero que hizo fue romperle el cambiador de canales de un hachazo, sin querer le rompió también el botón de encendido y apagado pero como de todas maneras acá la luz funciona cuando quiere eso de encender o apagar el aparato, por más control remoto que uno tenga, es algo que pocas veces decide su dueño.

Doble crimen, de Ariel Magnus  

Primeras páginas de la novela de Ariel Magnus