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Pastor de lobos Si

alguien supone que pastores y lobos son asunto de los cuentos infantiles, es porque nunca vio a las jaurías entrando a las aldeas por los violentos caminos del atardecer. Porque no las vio saltar sobre las cunas, dormir sobre las tumbas... Era el otoño del año 1345. Y Joaquín era un joven pastor de ovejas blancas, ovejas negras y ovejas manchadas, ovejas del Conde. Su tarea, como la de cualquier pastor, consistía en trasladar los rebaños desde el valle al arroyo, desde el arroyo a los lomas, allí donde hubiera buenas pasturas y agua suficiente. En el año 1345, y a ese preciso poblado del mundo, el otoño llegó con un rumor de cinco letras. Cinco letras que helaron los huesos más valientes. Cinco letras de “lobos”, palabra que solamente se escribía con sangre. De un día para el otro, los vecinos que a diario se insultaban y se arrojaban ratones muertos desde los balcones de madera, pasaron a formar parte del mismo bando. Todos contra los lobos. Los lobos entraron primero a las pesadillas de los hombres. Después, las mujeres aseguraron ver sus colmillos reflejados en las bandejas que lavaban en el río. Dijo una anciana que había visto decenas de ojos amarillos entre los matorrales. Dijo un anciano que las huellas iban desde la iglesia al cementerio. Pero las ovejas debían seguir pastando, y los pastores continuaron su tarea aunque con más temor y menos dormir. Sin embargo, y como solemos hacerlo todos, ellos pensaban: “A mí no ha de tocarme...” “Habiendo tantos pastores y tanto bosque y rebaños, ¿cómo habrían de atacarme justamente a mí? Con esta esperanza, y con el fuego que espanta a las fieras, los pastores toleraban el miedo. Joaquín confiaba igual que ellos; sin imaginar que no todos los lobos son iguales. Esa noche comió una rodaja de pan y un pedazo de queso, se envolvió en su manta y se durmió junto a la fogata que había encendido. Estaba Joaquín profundamente dormido, cuando la noche comenzó a entibiarse... Llegó un viento cálido y dulzón, bonito. Al menos, eso creyó Joaquín, caído en el fondo del sueño. Aquel viento le resultó tan agradable que giró hacia un costado; tan agradable que sacó los brazos fuera de la manta; tan agradable que entreabrió los ojos un poco, y un poco más y otro poco... ¡Entonces el sueño se desvaneció de golpe! Junto a él, a un palmo de distancia de su rostro, había un par de ojos rasgados y amarillos mirándolo fijamente. Por terror y por instinto, Joaquín se deshizo de la manta y saltó hacia atrás.


Una bestia feroz lo observaba detrás de una larga cabellera marrón. Aquella bestia no parecía temerle al fuego porque estaba agazapada muy cerca de las llamas. Y gruñía de un modo extraño. Era difícil saber si se trataba de un lobo, pero más difícil era afirmar que se trataba de una muchacha. Al fin, eso no importaba... Joaquín alzó su bastón de pastor decidido a golpearla hasta darle muerte. Y si no lo hizo, fue porque antes lo detuvo una voz. Voz humana pero gruñida, que Joaquín entendió con dificultad. - Si muero mis grrrhermanos vendrán por tu grrralma. Apenas dijo eso, se abrieron tres pares de ojos detrás de ella. Ojos de lobos, sin lugar a dudas. - Humano eres y yo grrrhumana, tú cantas y yo grrraúllo.

Siete años antes de eso, en 1338, un hombre y su esposa andaban los caminos en un carromato junto a su pequeña hija. Eran artistas ambulantes que hacían sus espectáculos en las ciudades y los poblados ganándose la vida. Pero también, ay, ganándose la muerte. Una noche sucedió lo que era previsible... Un tropel de ladrones arrasó con ellos y sus escasas pertenencias. La niña de nueve años salvó la vida porque su madre la ayudó a escapar por un agujero que tenía el carromato. ¡Aquel agujero responsable del frío en los crudos inviernos! - Corre y no regreses – rogó la madre. Y la pequeña obedeció. Caminó bosque adentro sin detenerse nunca pero, dos días después de salvarse de una jauría, se vio cercada por otra: cinco lobos hambrientos. La jovencita, acostumbrada a las representaciones de sus padres, se paró frente a los animales, hizo una reverencia y habló con claridad. - Me dirijo al más inteligente de ustedes - dijo -. Podrán comerme hoy y enseguida tendrán hambre de nuevo. ¿No ven que soy una pequeña mal alimentada, hija de actores del camino? ¡De muy poco les servirá mi carne! En cambio, de mucho les servirá tener entre ustedes alguien que no le tema al fuego. Andaremos juntos, yo apagaré las fogatas y, a cambio, ustedes me protegerán. El macho de la jauría se acercó a ella y le lamió las manos.

Cuando Joaquín acabó de escuchar la historia, ya estaba amaneciendo. - Ahora – siguió diciendo la joven de larguísimo cabello - quedamos cuatro... Grrrapenas cuatro. Tenemos hambre, pero si nos das una grrroveja cada semana, no te haremos daño. - Soy un pastor- dijo Joaquín- y debo cuidar que los lobos no lastimen al rebaño. - ¿Crees que el conde las cuida por grrramor? Para comer las quiere, bien grradobadas.


Por la cabeza del joven pastor pasaron las ovejas colgadas de los ganchos en las cocinas del Conde, sangradas lentamente, luego asadas y servidas en bandejas de plata en las comilonas del castillo. - ¿Por qué sería mejor grrel serrucho del carnicero que el grrrhambre de los lobos? Joaquín pensó que entregar una oveja era mejor que presenciar una matanza. Eligió una con dolor y se la entregó a la joven. Ella corrió hacia el monte seguida de sus tres hermanos. Lo mismo ocurrió las semanas siguientes. Joaquín y la muchacha hablaban a veces. Después, ella se iba con una oveja. Y los lobos detrás. Así pasaron tantos meses como tiene el otoño. En las cercanías del invierno, Joaquín recibió la orden de presentarse ante el ministro que controlaba y protegía las riquezas del Conde. El ministro, un hombre con olor a hielo, se fue sobre él sin demora: - ¡Pequeño y sucio ladrón!- le dijo, tomándolo por la blusa - He notado una extraña disminución en los rebaños que están a tu cargo. Le robas al Conde, ¿no es así? Y dime, ¿sabes lo que eso cuesta? La cabeza, costaba la cabeza. El pastor intentó decir la verdad pero, a mitad de su explicación, el ministro lo detuvo con un grito. - ¿Te crees capaz de burlarnos? Comenzaremos por azotarte debajo de los brazos hasta que pidas perdón por la insolencia. Luego llegará el verdadero castigo. Muy despacio, Joaquín alzó la cabeza. Sus ojos se veían rasgados y amarillos. - Señor ministro - dijo -, tengo tres grrrhemanos y una amada que grrralimentar. Y usted, no va a impedirlo. Entonces, saltó. Grrr...


Pastor de lobos, de Liliana Bodoc  

Un hermoso cuento de la autora argentina, publicado en Cuba. Y ahora, en Sur de Babel.

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