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Aiwa Sergio Bizzio Mansalva, 2009

Quién fue el primer hombre en darse cuenta de que en la aldea había otro hombre con tetas, aparte de él mismo, es algo muy difícil de decir, pero es sabido que Houseman fue el primero en hablar del asunto. Esa tarde, como todas las tardes (como todas las mañanas, como todas las noches), hacía frío; siempre hacía frío, incluso en verano. Pero el frío de esa tarde era tan intenso que hasta se había instalado como tema. Ronco Matta era el único que hablaba de otra cosa. Parado en la calle, hablaba de todo y de nada –desde hacía ya una hora, a pesar del frío– con una chica que gustaba de él, y él de ella, cuando de pronto empezó a caer una lluvia finísima, invisible (invisible de no ser por el viento, que le imprimía la misma ondulación que al humo de las chimeneas), y se animó por fin a invitarla a tomar algo en el bar de Houseman. Aiwa, así se llamaba la chica, estaba nerviosa. Tenía 18 años y nunca nadie la había invitado a tomar nada. (Y además se la veía venir: sería madre de muchos hijos y pasaría el resto de su vida allí). ¿Era el destino, que al fin se presentaba? Aceptó y fue callada, con la vista fija en el camino, cuidándose de resbalar. También Matta iba callado, pero mirando adelante, a lo lejos, como si buscara en la montaña qué decir; había hablado hasta por los codos, y justo ahora que le daba al encuentro con Aiwa la forma de una cita no se le ocurría nada. Ya en el bar, se quitaron las camperas y los guantes y él pidió ginebra. Aiwa hizo un comentario sobre unos carreteles de soga de nylon rosa exhibidos en la estantería detrás del mostrador, entre botellas de alcohol y bolsas de arroz; el comentario no tenía ninguna importancia, pero a Matta le sirvió para relajarse: las mujeres de la aldea hacían siempre alguna referencia al universo de las herramientas cuando un hombre les interesaba. Empujó la silla hacia adelante y se acodó a la mesa. Casi en el acto la empujó hacia atrás, se levantó y le preguntó a Houseman si podía usar el baño. Houseman, que en ese momento traía una botella de ginebra en una mano, dos vasos en la otra y un trapo entre los dientes, le dijo que sí con la cabeza. Unos segundos después, ya de vuelta en el mostrador, vio (de pronto), por la puerta entreabierta del baño, las tetas de Matta en el espejo. Matta, confiado, ignorando que la puerta se había abierto sola, silenciosamente, se las acomodaba en una faja. Tenía la mente en blanco, y a la vez parecía inquieto, como un pie desnudo sobre la nieve. Fajarse le daba trabajo. Las tetas, enormes (enormes y perfectas, hay que decirlo todo), se le escapaban, o por arriba o por abajo. Tres veces tuvo que sacarse la faja y volver a ponerla para llegar a un resultado aceptable. Entonces giró y se encontró con la mirada de Houseman, fija en él. Matta estuvo a punto de dar un puñetazo en el espejo, pero se contuvo. Lo peor que podía hacer era ponerle sonido a la desdicha. “Fin” –pensó mientras Houseman se apartaba en silencio, como una sombra–: “no hay nada más que hacer”. Lo habían descubierto. Cerró la puerta con desgano, apoyó las manos en la pileta y dejó caer la cabeza entre los hombros.


Veinte minutos después, con la cabeza aún entre los hombros, pasó caminando a toda velocidad al lado de Aiwa, pateó la puerta y salió del bar. Eran las cinco de la tarde, empezaba a oscurecer. La sombra azul de las montañas ya se había echado sobre la aldea. Matta, con la cabeza siempre entre los hombros (y ahora también con las manos en los bolsillos), avanzaba a paso rápido por la única calle de la aldea, una calle semicircular que subía –y bajaba– a lo largo de doscientos metros, en dirección a su casa. Era un minuto de caminata, pero no veía la hora de llegar. Quería encerrarse, tirarse sobre la cama y apretar un botón imaginario sobre su frente con un dedo para que el mundo estalle, o él desaparezca; daba lo mismo. ¿Qué iba a hacer ahora, adónde iba a ir?, se preguntaba, en lugar de preguntarse porqué debería hacer algo o porqué debería irse. Lo ahogaba la vergüenza. Cuando llegó, para colmo, vio a Houseman parado en la puerta de su casa, esperándolo. Matta se inmovilizó con una bota adelantada, como si acabara de ver un fantasma; era evidente que Houseman había llegado antes porque había cortado camino, pero igual tenía el aire de una aparición. En alguna parte del trayecto se había caído, y ahora se daba manotazos en el pantalón a la altura de las rodillas, salpicando una mezcla de barro y nieve. Matta dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Houseman corrió hasta darle alcance. Estaba agitado, así que lo agarró de un brazo y no dijo nada. Matta se quitó de encima la mano de Houseman con un gesto de fastidio. Houseman volvió a agarrarlo. –Pará –le dijo–. Quiero hablar con vos. –De qué. Houseman se pasó un dedo por las pestañas, secándoselas, y señaló con el mentón una roca a cincuenta metros de allí. Algo en el tono del gesto más que en el tono de voz de Houseman hizo que Matta lo siguiera. Bajaron por la ladera, zigzagueando entre pesados pinos blancos, y Houseman, ya detrás de la roca, le mostró las tetas. (Si Matta hubiera sido un dibujo animado –y estuvo a punto de serlo– hubiera caído para atrás con las piernas en alto: areolas coronadas de rulos, pezones erectos helados). –¿Ves? –le decía Houseman con los ojos llenos de lágrimas. Se agarraba las tetas y las sacudía con rabia, con dolor, impotente, y en cierto sentido también feliz: las tetas de Matta eran tan grandes como las suyas. Así que ya no estaba solo; ahí había por fin otro como él, y los dos tenían un problema. Hablaron hasta la medianoche. (Se mostraron las tetas, habría que decir, y hablaron hasta la medianoche). Acodados en la roca, por momentos masajeándose la espalda en las salientes, o flexionando las piernas para no congelarse, hablaron del clima, de la cosecha, de unas tablas podridas en la casa de Matta, del proveedor de Houseman, que lo tenía harto, y de la conveniencia o no de mantener la luz encendida en el galpón (un punto sobre el que hicieron silencio a dúo, ya que ninguno de los dos tenía galpón, ni nadie en la aldea).


La lluvia había cesado, el cielo estaba lleno de estrellas y ellos ya se habían mostrado las tetas, pero ir al grano les daba muchísimo trabajo. No era un asunto al que pudieran ir directamente, y ni siquiera con rodeos. Retrocedieron, empezaron de cero, como si no hubiera pasado nada. “Ayer estaba en el pueblo descargando la chata y me pasa al lado un tipo con una radio al hombro y yo escucho bum bum bum y te juro por Dios que estuve a punto de…” decía Houseman. Matta lo interrumpía: –¿Cuándo lo notaste? Lo interrumpió de esa manera en tres o cuatro ocasiones, hasta que Houseman trazó por fin unos arabescos en el aire con las manos y dijo (después de un largo suspiro de vapor): –No sé. Una mañana me levanté y… Cuando quise darme cuenta ya estaba así. –Pero cuánto, cuánto tiempo dirías vos que hace, cuánto –insistió Matta. Houseman lo miró. No podía creer que Matta, ante semejante drama, se preocupara menos por la sustancia que por la cantidad. Y a la vez se preguntó si la intriga de Matta tenía que ver realmente con la cantidad o, más bien, con el volumen: había captado un aire comparativo en su mirada, como si a pesar del defecto que los unía hubiera lugar también para los celos o la envidia. Le dijo: –Once meses. A lo mejor tres. –Puta madre –dijo Matta–: yo también tres. –Los dos sabían que en realidad eran once–. ¡Tres meses! ¿Te das cuenta? ¡Nada más que tres meses! ¡Ni la pija se me para tan rápido! ¿No te llama la atención? Houseman alargó el cuello y puso el labio inferior sobre el superior, desbordado. –Ahora, entre nosotros –siguió Matta bajando la voz–, tengo que confesarte que también lo noto en los chicos de mi hermana –se refería a sus tres sobrinos varones, de 15, 14 y 12, y se llevó las manos a la cara–. ¡Dios mío, no sabés las tetas que tiene el menor! ¿Qué vamos a hacer? –¿En qué sentido? –¿Cómo en qué sentido? ¿No te parece que nos está pasando algo raro…? El silencio que siguió fue el mismo silencio que se hizo una noche, treinta y cinco días después, cuando Carca, el herrero, se puso a correr semidesnudo por la calle de la aldea gritando que estaba loco (y que no lo soportaba más). Eran las once de la noche. Nadie en la aldea se acostaba después de las siete. A las siete ya hacía rato que todo el mundo dormía. Eran gritos terribles.

Aiwa, Sergio Bizzio  

Primeras páginas de Aiwa de Sergio Bizzio

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