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Buena colecci贸n de relatos F E M D O M recopilados por el sumiso pablo (sumisoalicantino@gmail.com)


Esta recopilación de relatos de temática FEMDOM no ha tenido más finalidad que la de recrear el propio morbo, y por extensión si es posible, el morbo de Las Lectoras y lectores q u e p o r a q u í p u e d a n p a s a r . No me mueve más que la satisfacción personal y no el ánimo d e l u c r o . Me he pasado horas y horas pajeándome mientras leía estos relatos y contemplaba fotos y videos relacionados con la temática que nos ocupa (FEMDOM Y DOMINACIÓN FEMENINA), y deseo que sirva también para proporcionar buenos ratos de placer a sumisos que, como yo, consideramos a La Mujer como un Ser Superior a la que debemos obediencia y veneración. Hay muchos más relatos que circulan por la red, así como multitud de ilustraciones dignas de ser publicadas y contempladas, pero esta selección se ha hecho por una parte de manera aleatoria, y por otra, breve pero representativa de los sentimientos que podemos llegar a sentir hombres s u m i s o s c o m o y o . He incluido también en esta selección de pequeños relatos FEMDOM algunas fotografías mías, a veces retocadas con Photoshop, en las que se me puede ver en situaciones reales h u m i l l a n t e s p a r a m i . Tengo un blog en www.cornudo-sumiso.blogspot.com, y agradecería cualquier comentario hacia mi, humillante o no, o h a c i a e s t a p u b l i c a c i ó n . sumiso pablo (sumiso alicantino) sumisoalicantino@gmail.com www.cornudo-sumiso.blogspot.com


Buena colecci贸n de relatos F E M D O M recopilados por el sumiso pablo (sumisoalicantino@gmail.com)


La Diosa Mi Diosa está sentada en su trono. Para llegar a él es preciso subir cuatro escalones. Yo me encuentro alargado boca abajo a lo largo de los citados escalones, con la misión y el objetivo de chupar y lamer (como siempre, afortunadamente) los divinos y extraordinarios pies de mi maravillosa Ama. Ella viste un conjunto extremadamente excitante y provocador: Corsé negro que apenas logra cubrir sus exuberantes pechos, bragas, ligas, medias y zapatos negros de tacón altísimo y muy puntiagudo. Se pueden imaginar el aspecto profundamente dominante y mandatario de mi Ama. Sin duda alguna, representaría el fetichismo ideal materializado en su máxima expresión. Lo he hecho muchas veces, pero nunca logro cansarme de adorar una vez más sus sabrosos pies de Diosa. Primero, lamo y chupo sus zapatos en toda su extensión y superficie con gran delicadeza, cuidado y lentitud. Después, se los quito utilizando la boca como buenamente puedo y repito la operación anterior con un añadido: Mamo sus pies con medias como el bebé hambriento que mama los pechos de su madre. Mi lengua recorre hasta el último rincón de sus piernas enfundadas y adornadas por deliciosas medias. Esas apetitosas medias quedan empapadas por mi saliva, dado que lo hago con mucha intensidad. También lamo sus ligas hasta que mi Ama se levanta de su trono y se da la vuelta. Comprendo que debo adorar (lamiendo, besando, chupando) su inenarrable trasero. Terminada la maravillosa tarea, me ordena lamerle el corsé. La visión entrecortada de sus pechos me produce un deseo irrefrenable de comerme su buen par de "melones", aunque sé que no será posible con casi total seguridad. Una vez que se siente satisfecha, me ordena tumbarme boca arriba encima de los escalones, estando en una posición realmente incómoda y también excitante al mismo tiempo. Debo decir que la única prenda que visto es un tanga de cuero minúsculo y ceñido que denota con claridad la enorme erección que sufro. Detrás de mi cabeza está sentada mi Ama, de modo que me da a chupar sólo sus puntiagudos tacones. Disfruta haciéndome sufrir, ya que retira sus tacones en ocasiones, o bien me los acerca a la boca con la suficiente distancia para que no llegue a ellos mi lengua extendida, creciendo así mi ansiedad. Lo que viene luego es capaz de causar un ataque cardíaco a cualquier fetichista y sumiso que se precie. Saca un bote de mermelada (sí, sí, no me estoy quedando con vosotros!), lo abre y lo deposita en el suelo. A continuación, introduce el tacón de su zapato derecho en el bote, lo saca recubierto de mermelada y me lo da a probar. Yo, lógicamente, chupo ese tacón como si en ello me fuera la vida, dejándolo lustroso y lleno de litros de saliva. Repite la operación con su tacón izquierdo y también con la punta de sus zapatos e, incluso, llega a embadurnar sus suelas. En estos celestiales momentos, dudo que ningún mortal se encuentre en mayor gloria.


Afortunadamente, no termina ahí, sino que se quita los zapatos y mete sus pies alternativamente en el bote hasta el fondo. Sus deditos cubiertos por las medias quedan cubiertos por mermelada, que lamo y como apresuradamente sin pestañear lo más mínimo. Todo esto lo lleva a cabo varias veces hasta casi terminar el contenido del envase. La mezcla del sabor a zapatos, medias, pies y mermelada me dirige hasta casi el umbral del éxtasis absoluto. Mi Ama sentencia: -Tras el banquete, quiero que te dejes de tonterías y que me "trabajes" tal y como te he enseñado. Estoy pensando bautizarte como "esclavo glotón y lamedor" después de toda esta sesión. Venga, ya sabes que tu lengua no debe dejar de lamerme. Vamos, sigue con tu trabajo, esclavo, no te pares ni un segundo o me enfadaré. Esto significa lo siguiente: Entiendo que debo morder sus medias hasta romperlas y rasgarlas y arrancárselas sólo con los dientes. Le quito los zapatos mordiendo los tacones y sacándoselos haciendo fuerza con la boca. Hecho esto, tengo que lamer sus pies y piernas ya descubiertas. Mi Ama me dificulta la labor moviendo constantemente sus piernas y jugueteando con sus pies, que me los pone en la cara (en las mejillas,


tapándome los ojos con ellos, deformándome la cara con sus apretones y pisadas), los restriega por mi pelo, me da bofetadas con ellos, etc... Cuando se cansa, me coloca un collar de perro y me hace acompañarla, a cuatro patas y a base de tirones, hasta su cama. -Túmbate ahí boca arriba. Aunque sé que te gusta que el sabor a mí permanezca en tu boca, te voy a dar a chupar mis "limones" para que pruebes el contraste.

Mi Ama sube a la cama y se coloca sobre mí. Se apoya en sus rodillas y manos que tiene ubicadas a ambos lados de mi cuerpo. Lo que sigue es para morirse de gusto tranquilamente: Se quita el corsé, dejando a mi vista unas tetas sensacionales dignas de ser chupadas hasta el final de mis días. Aproxima lentamente sus tetas a mi cara. -No quiero que levantes la cabeza ni un milímetro o te arrepentirás, mamón. Es necesaria una monumental fuerza de voluntad para cumplir con la orden, pero lo hago sin saber cómo. De forma calculadora, las ha acercado lo suficiente para que mi lengua extendida a tope roce apenas el pezón de su teta izquierda. Tras un momento, menos mal que decide acercar la teta poco a poco hasta que me mete gran parte de ella en mi boca. Mi Ama mueve su


cuerpo y, por consiguiente, su teta en mi boca. Mamo y succiono todo lo que puedo. Repite lo mismo con su teta derecha. A veces, me pregunto si no me estaré volviendo caníbal, ya que suele pasar por mi imaginación darle un bocado y comérmela "de verdad". En ningún momento me las ha dado a mamar al mismo tiempo, sino que ha estado cambiando continuamente. Se ha divertido viendo mi frustración cuando retiraba de repente sus tetas de mi boca, y luego las aproximaba lentamente. Le suplico que me deje adorar sus santos orificios genitales (aunque sea con las bragas puestas), sin embargo obtengo un bofetón en mi cara como respuesta. Está claro que hoy tampoco dejará que llegue más lejos. Sin duda, es una pequeña desilusión, pero no olvido las sensaciones extenuantes que he vivido en el día de hoy. Como es habitual, me ordena bajarme de la cama y arrodillarme. Ella se sienta en un lateral de la cama y levanta su pie izquierdo arqueándolo hasta la altura de mi rostro y sitúa su pie derecho a la altura de mis crecidos genitales. Quiero que te masturbes mientras lames una sola parte de mi cuerpo: La planta de mi pie. Lamo de arriba a abajo, de abajo a arriba, en círculos... Me bajo el tanga, liberando todo mi apretujado arsenal. Mientras chupo, beso y lamo un pie, me masturbo sobre el otro. Tardo muy poco en correrme porque mi excitación ya se prolongaba durante demasiado tiempo.


Lo último que hago es lamer su pie derecho, limpiándole el semen derramado. Para no variar, Ella desaparece de forma cortante. Tras varios encuentros con grandes dosis de infartante fetichismo, no se ha bajado las bragas en ningún momento. Su intención es hacerme sufrir y aumentar mi ansiedad y ganas, pero lamento decir que se equivoca en parte porque, para mí, lo que estoy viviendo no tiene precio. Así somos los que sabemos apreciar la infinita belleza, superioridad aplastante, inteligencia y autoridad de algunas mujeres que han nacido para ser servidas y adoradas por gente tan afortunada como nosotros. Estar a su servicio, ser un esclavo de sus pies, zapatos o botas, lamerlas y chuparlas desde los pies a la cabeza, estar arrodillados ante su presencia, etc... son deberes indiscutibles para los que amamos la grandiosa e inigualable DOMINACIÓN FEMENINA (así, con mayúsculas).


El placer del cornudo Mi mujer y yo hemos alcanzado un entendimiento difícil de igualar y encontrar entre otros semejantes, porque nos entendemos a las mil maravillas cada uno en su papel. Ella como siempre, ejerciendo de dominante y yo, como siempre, de sumiso cornudo. Y así, por ejemplo, cuando estamos acostados en la cama ella me cuenta que en la oficina hay un chico que la excita, porque por lo que abulta su pantalón calcula que debe tener un aparato muy grande. "Yo te amo, cornudo mío, pero ese hombre me vuelve loca de excitación, la tiene más grande que tú". Yo te respondo que lo entiendo y te digo que sí, que consiento. - ¿Qué dices cornudo mío?. - Que consiento. - ¿Qué consientes?. - Que te acuestes con ese chico y que me pongas los cuernos. - ¿Quieres ser cornudo? - Sí, quiero. - ¿Qué quieres?. - Quiero que me pongas los cuernos - Por qué - Porque así te amaré más. - Pero ya sabes, cornudo mío, que pese a que me acueste con él tu no puedes tener placer, ni tocarte, ni tan siquiera mirar a otra mujer por la calle. Y pese a ello aceptas ser mi cornudo sumiso. - Sí, lo acepto. - ¿Qué aceptas? - Ser tu cornudo sumiso. - ¿Te gusta que mientras tu mujer te pone los cuernos con otro, tiene placer con otro, tú no puedas ni acariciarte sin mi permiso? - Sí, me gusta y me excita mucho. - Por qué. - Porque soy tu cornudo sumiso. - Y porque te gusta sufrir por mí. - Sí, Gloria, me excita que me hagas sufrir. - Y porque cuanto más cornudo te haga me querrás más, verdad. - Sí, Gloría, cuanto más cornudo me hagas, más goces tú y más me impidas a mi gozar, más te amaré.


- Entonces tendré que hacerte muy cornudo amor mío, porque quiero que me ames con toda tu alma. Como siempre ella es muy justa y va poco a poco perfeccionando nuestra relación y ahora cuando encuentra a un hombre que le gusta, lo lleva a casa, lo desnuda, lo pone junto a mí y cogiendo las dos pollas las compara, las sopesa en tamaño y cantidad, y decide. "Has vuelto a perder cornudo, porque esta polla es más grande y más bonita que la tuya", dice ella. "La verdad es que es difícil encontrar una más pequeña que la tuya y lo tienes difícil para follarme", concluye, antes de echarse sobre la cama. Y no es verdad y ella lo sabe porque mi polla es normal, lo que ocurre es que ella siempre selecciona a superdotados. E incluso hace trampas porque cuando son iguales ella siempre se queda con la otra. E incluso aunque sea más pequeña, pone cualquier excusa y elige siempre al otro. "Lo siento, cornudo, pero has vuelto a perder", dice usted. "Como siempre", respondo yo compungido. Entonces me ha obligado, como siempre, a que la desnudara para ofrecérsela a él, a lamerle el coño para excitarla y a abrirle los labios para que él pudiera follarla mejor. Luego, y cuando se han corrido he tenido que limpiarla con mi lengua, como siempre. Como siempre cuando celebramos la nochevieja, ella brindando con cava con su amante de turno y yo con su orina que ella ha tenido la delicadeza, como siempre, de verter directamente a mi copa después de ponerse en cuclillas sobre ella. Como siempre brindamos por un venturoso año nuevo y al final de las doce campanadas ella se va con su amante al dormitorio porque según me dice, si es verdad que como se entra en el año se sale, "quiero que entres en él como cornudo y salgas como cornudo", me dice. Como siempre. Y así desde hace ya muchos años, desde el primer año de casados cuando le dije a ella que me gustaba sufrir por la mujer que amo y entregarle a ella ese sufrimiento para que gozara. Como siempre, una noche mi mujer quedó con otro matrimonio en casa, para cenar, tomar una copa y así. Cuando terminamos la cena mi mujer propuso, como siempre, que los tres se sirvieran de mí porque a fin de cuentas yo no era un marido normal, sino un marido cornudo sumiso y masoquista que


gozaba lo inaudito viendo como su mujer le ponía los cuernos mientras que yo era humillado en su presencia, en ese mismo momento. Así fue que, como siempre, nos llevó a todos al dormitorio y nos invitó para que nos desnudáramos. Ella cogió al marido de la otra pareja, a Carlos creo que se llamaba y lo sentó sobre la cama. Luego se sentó de espaldas a él dándonos a los demás la cara y se penetró quedándose allí, clavada. Mi mujer le dijo entonces a la chica del otro matrimonio, Laura creo, que me atara a la argolla de la lámpara del techo. Y así quedé, de pié, frente a ellos, y atado en alto por las manos. Luego, mi mujer comenzó a follarse a Carlos, a subir y a bajar sobre su polla, mientras se acariciaba los pechos y me miraba con esos ojos que siempre me han hecho temblar. - Azota al cornudo, Laura. Y Laura comenzó a azotarme el culo con una correa, mientras me decía cornudo, masoca, y todo aquello que se le venía a la boca, pues andaba así como muy enardecida, al ver que delante de mí, a escasos tres metros, mi mujer follaba con otro como una posesa, me ponía los cuernos como loca, mientras que yo era azotado y exhibía la polla tiesa, apuntando al techo. Y cuanto más fuertes eran los azotes y más gemía mi mujer de placer, como siempre, yo más excitado estaba y más dura la tenía. Mi mujer se conoce que se excitaba al verme allí, cornudo, azotado, humillado y pese a ello, tremendamente excitado, porque arreció en los vaivenes sobre la polla que tenía debajo y cuando notó que iba a correrse aspiró el aire con fuerza y se quedó desfallecida sobre Carlos, mientras recibía la descarga de leche en sus entrañas. Aquello me afectó tanto que no pude evitar correrme como un bestia sobre los pechos de mi mujer en el momento justo en el que Laura me pegaba el último latigazo, y se dejaba caer al suelo exhausta, rendida y también corrida. Mi orgasmo fue tan bestial que la leche corrió tres metros desde mi polla a los pechos de mi mujer que se quedó allí rendida, sobre Carlos, respirando agitada y sacudiéndose porque se conoce que había tenido más de un orgasmo, al ver como yo me corría como un bestia mientras era azotado y hecho cornudo, muy cornudo. Como siempre.


Sumiso de mi mujer Ella es una mujer elegante, guapa, no muy alta, buen tipo, tetas pequeñas pero muy bien puestas y muy ricas, un culo prieto y muy sensual, un coño delicioso sin depilar pero recortado,… una delicia, su cuerpo está hecho para el placer, en todo su cuerpo tiene zonas erógenas que acariciadas o chupadas adecuadamente le producen un inmenso placer. Tiene 42 años muy bien llevados, pues ella hace aeróbic y se conserva muy bien. Su nombre real no lo voy dar, pero la llamaré Ama Gloria. En cuanto a mí, soy Felix tengo 44 años, soy moreno, mido 1,70, delgado, 69 Kg., una boca que chupa todo lo que le digan, un buen culo siempre dispuesto a recibir, y en contra de lo que suele ser habitual en los sumisos cornudos tengo una buena polla que mide erecta sobre 18 cm. y es bastante gruesa. Decir también que tengo bastante vello en el cuerpo, y que hasta ahora mi ama no ha dicho nada de depilarme. Desde siempre me ha gustado probar cosas nuevas en el sexo, recuerdo cuando veía películas porno y me excitaba pensando tener una polla en la boca y en el culo o que vestían de mujer y me follaban como a una puta. No recuerdo cuando me empecé a fantasear y a excitarme pensando en ser humillado por una hembra, preferentemente mi pareja, pensaba que me humillaba siendo su esclavo sexual y sirviendo a ella y a sus amantes cuando follaban. Pero fue teniendo una relación con una mujer separada, que conocí por Internet, cuando realmente empecé a sentirme sumiso. Esa relación comenzó muy bien, pero una vez que estaba con ella nos vio su ex marido y monto un lío muy gordo. A raíz de eso y como ella estaba en proceso de separación nos veíamos muy de tarde en tarde para no entorpecer el proceso y porque además no vivíamos en la misma ciudad. Al no poder verla apenas nada, me refugié en los chats y especialmente en los de sexo, por entonces conocí a un ama de una ciudad cercana a la mía, fui su esclavo sexual por teléfono durante un tiempo. Ella me decía que hacer y cuando, por ejemplo, a veces me ordenaba orinar en una botella o en un vaso para luego beberla, recuerdo otra vez que me ordeno a medía tarde meterme una zanahoria en el culo y tenerla dentro hasta que llamase a medianoche. Fue demasiado, recuerdo como en esa situación tuve que hablar por teléfono con mi novia, me sentía humillado y me gustaba,… Quede con el ama un fin de semana, vendría a mi casa para humillarme, para chupar de su cuerpo lo que me dijese, para que utilizase mi cuerpo para darse placer, para ser tratado como una puta mientras me follaba el culo,… para ser tratado como una guarra mientras me meaba en mi cuerpo o en mi boca,…


Pero en el último momento le surgió un problema de salud de un familiar y no pudo venir, lo dejamos para después; pero en ese tiempo yo como estaba muy enamorado de mi novia le di vueltas y vueltas a lo que iba a hacer y al final cancelé la cita con ella. Cosa de la que me arrepiento porque al final mi novia, que era una mujer separada, en una cena de trabajo conoció a un hombre de su ciudad y todo comenzó a ir de mal en peor, y además ni siquiera tuvo la valentía de reconocerlo. Tras romper con ella, terminé estableciendo una relación con una amiga común que ambos habíamos conocido también por Internet y que ni ella, ni yo conocíamos personalmente. Esa relación comenzó muy bien, nos conocíamos mucho entre nosotros pues éramos muy buenos amigos y ambos nos contábamos todo los que nos pasaba en nuestras relaciones respectivas, incluyendo temas de sexo. Desde el primer momento que nos vimos en vivo, ya tuvimos sexo, ella es una mujer con un carácter muy fuerte y le gusta llevar siempre las riendas. Recuerdo que al poco tiempo de conocerla siempre que me veía el culo desnudo, ya fuese teniendo sexo con ella, en la ducha,… me decía. "¡¡Vaya culo más potente, qué buena follada le daba si tuviese una polla!!". Eso me hizo pensar que ella podía valer para humillarme y yo podría ser su esclavo sexual, así que al cabo de un tiempo de que me dijese esa frase siempre que me veía el culo desnudo, le dije. "¿Princesa, deseas realmente follarme el culo? pues hazlo, ya que tu guarro está deseando que se lo folles." Y ella contestó. "Guarro mío, me encantará follarte tu culo y lo haré siempre que me plazca." Y añadió. "Ahora te lo follaré con vibradores, pero tienes que regalarme un arnés con una buena polla para que te folle mejor." Así comenzó todo, pero antes de que ocurriese eso ya ella siempre que teníamos sexo llevaba las riendas, yo tenía que chupar lo que me dijese, me postraba ante ella y le chupaba los pies, el culo, el coño,… Me gustaba que se sentará en mi boca y tuviese que lamerle el coño o el culo, a veces se abría de piernas y yo metía mi cabeza para chuparle el coño y apretaba sus muslos contra mi cara,… que humillado y que bien me sentía.


Otras veces, me tumbaba y empezaba a tocarme la espalda, mi espalda es muy sensible y al tocármela siento sensaciones contradictorias de placer, de relajación, de excitación,… luego se ponía encima de mí y hacía como si me follase, me tocaba el culo y me decía. "¡¡Qué coño más rico tienes putita!!, me lo voy a follar ¿puedo? Y yo le respondía. "Princesa, puedes follar mi culo cuando te plazca". Entonces cogía un vibrador y me lo metía poco a poco, haciéndose de rogar para que fuese yo quién tuviese que pedirle que me follase, me corría como una guarra y después tenía que limpiar el semen con mi lengua. Ella nunca tragaba mi semen, cuando me mamaba la polla y eyaculaba algo en su boca luego lo expulsaba, así que un día pensé y le dije. "Princesa ¿qué te parece si cuando me la chupas dejas que eyacule dentro de tu boca y luego me besas para que tu guarro se trague su propio semen?" Ella estuvo de acuerdo y desde ese día siempre que me la mamaba terminaba besándome y pasándome el semen a mi boca, mientras me decía. "¡Traga todo tu semen, guarro!, que no se desperdicie ni una gota." No es que no es tuviésemos sexo de pareja sin humillación, lo teníamos pero siempre al final me humillaba de alguna manera. Por ejemplo, en una sesión de sexo entre nosotros yo siempre la chupaba a ella y no siempre era correspondido, ella siempre tenía al menos un orgasmo y yo a veces no lo tenía. Generalmente una sesión de sexo entre nosotros comenzaba lamiendo yo sus pies, luego lamía sus pantorrillas y sus muslos, seguía lamiendo su culo y continuaba con su espalda, luego seguía con sus pechos, su cuello, su cara, sus orejas, su vientre, su coño,… a veces cuando tenía la boca llena de sus jugos la besaba y eso le gustaba y la excitaba un montón. Otras veces después de follarla y eyacular en su coño ella se sentaba el borde de la cama y me decía. "Guarro, póstrate ante tu ama y limpia mi coño de sus jugos y de tu semen." Naturalmente, yo como buen guarro, le limpiaba su coño de sus jugos y de mi semen tragándomelo todo sin dejar ni gota. A medida que pasaba el tiempo pasé de limpiar su coño a veces, a limpiarlo siempre y además a tomar mi semen siempre que me corría, con independencia de donde me corriese, ya que daba igual si era en su boca, en su coño, en sus tetas, en el suelo,… o donde fuese.


Así que nuestra relación iba muy bien y en el terreno sexual genial, teníamos sexo de pareja con unos toques de humillación muy placenteros para los dos. Cada día ella se sentía mejor en su papel de ama y yo me sentía muy bien obedeciendo lo que me ordenase. Por ejemplo, todas las noches al acostarnos yo la chupo entera y termina corriéndose en mi boca; sin embargo la mayoría de las veces me deja con una erección de caballo y sin poder correrme, otras veces después de correrse ella hacía que me masturbase y eyaculase en mi mano para que limpiase el semen con mi lengua. Un día me llamó y me dijo, "Guarro mío te tengo preparada una sorpresa que creo que te gustara". A lo que le dije, "Princesa, me puedes decir la sorpresa." Y ella respondió, "Guarro mío pareces tonto, si te la dijese no sería una sorpresa." Y añadió, "Además sea que lo sea como mi guarro que eres tendrás que aceptarla, te guste o no." Ese día después de tener sexo con ella y de follármela, me postré ante ella, como hago siempre, y metí mi cabeza entre sus piernas para limpiar su coño, lo hice tragando todo como hago siempre. Y cuando ya había limpiado bien todo su coño, ella dijo, "Guarro mío, he pensado que ha llegado el momento de que te bebas mi meada y utilice tu boca de vater cuando a mi me plazca." A lo que yo le respondí, "Princesa, será una honor para mí recibir en mi boca tus meados." Y al acabar la frase, sentí como chorreaba su meada en mi boca, y como buen guarro saboreé y tragué con sumo placer todos sus meados. Y cuando ella acabó de mearse y yo de tragarlos le dije, "Princesa me han encantados sus meados, saben a licores de diosa." Luego en frío hablamos sobre lo ocurrido, ella me preguntó que si verdaderamente me había gustado su meada, y yo le respondí,


"Princesa ya te dije tus meados me encantan saben a licores de diosa, los beberé siempre que me lo ordenes." Y añadí, ¿Qué has sentido tú princesa?" Ella respondió, "Mucho placer de ver como mi guarro bebía con gusto mi meada." Y añadió, "Es una sensación rara, es como sentir que al beberte mis meados me perteneces y podré hacer contigo lo que quiera y cuando me plazca." Le respondí, "Princesa, ya sabes que dentro de los límites que habíamos hablado, podía conmigo lo que quisiese y que sólo me limitaría a obedecer." Aclaro que los límites citados, eran sólo humillación sexual sin dolor físico y nada de cosas raras como zoofilía, coprofagía, etc. A partir de ese día, siempre que la folló acabo limpiándole su coño y bebiendo sus ricos meados, mientras ella me dice, "Dale gusto a tu ama tragando mis meados guarro, y que no caiga ni una gota fuera de tu boca o tendrás que limpiarla con tu lengua." A lo que dice, lógicamente no puedo responder porque estoy ocupado saboreando y tragando su rica meada. Y al menos una vez al día, le limpió el coño después de mear con mi lengua, y casi siempre guarda el último chorro de su meada para mi boca. "Guarro, disfruta limpiando el coño de tu ama y déjalo reluciente como merezco." Esa frase o similar suele decirme ella cuando limpió su coño con mi lengua después de mear. A veces he llegado a limpiarle el coño estando fuera de casa, en algún centro comercial, en casa de sus padres o de los míos. Otras veces, me llama al baño para mearse directamente en mi boca y me tengo que beber toda su meada, lo hago con sumo gusto porque me gusta su meada y porque bebiéndomela le demuestro mi obediencia y pertenencia a ella. En esas ocasiones me dice algo similar a,


"Guarro, abre bien tu boca que tu ama se va a mear en ella y cuidado con dejar escapar una gota o tendrás que limpiarla con tu lengua." Recuerdo un día que íbamos andando por una ruta de senderismo y le entraron ganas de mear, entonces vio que no había nadie cerca y me dijo, "Guarro mío tengo ganas de mear y deseo hacerlo en tu boca." Y añadió, "No hay nadie cerca y aquella gente que se ven están lejos, aunque espero que lleguen a ver que te estoy meando en la boca." Nos apartamos un poco del camino, ella se quito el pantalón corto que llevaba, no llevaba bragas, se abrió de piernas, metí mi cabeza entre ellas y se meo en mi boca, mientras me decía, "Guarro, abre bien tu boca que tu ama se va a mear en ella y esta vez quiero que no tragues toda mi meada, ya que deseo que te chorree mi meada por tu cuerpo para que la gente que te vea, se de cuenta que eres mi guarro y que acabó de mearte." Ante eso, al acabar le dije, "Gracias princesa, por hacerme sentirme tan guarro." Creo que fue a la semana siguiente de la meada en el campo, cuando me llamó y me dijo, "Guarro mío estoy muy contenta contigo pero necesito ir más lejos en nuestra relación." Y añadió, "He pensado que si te bebes con gusto mi meada no te importará que disfrute con otros hombres o mujeres, lógicamente tú deberás servirnos a mí y a mi acompañante". A lo que respondí, "Princesa, estaré encantado de hacer lo que me ordene, recuerde que su placer es mi placer." Lo que sigue lo contaré en otro relato.


Sub-humano Desde pequeño he tenido una fuerte inclinación hacia los pies femeninos. En todos mis juegos trataba de saciar mi inclinación como podía con amigas o primas. Pero tuve que esperar hasta los 17 años para tener mi primera experiencia real. Por la situación económica de mi país, mis tíos tenían que trabajar todo el día se iban temprano a la mañana y volvían a la noche, dejando los quehaceres de la casa a mi prima que en ese entonces tenía 20 años. Como ella estudiaba yo cuando podía o quería, la ayudaba. Como a mi prima no le gustaba yo me encargaba de lavar la ropa. Era la excusa perfecta iba corriendo y tomaba las bragas de mi prima y de mi tía y mientras las olía envolvía mi pene con sus medias de nylon y me masturbaba. Me encantaba sentir esos olores y el suave nylon en mi pene, la pasaba de maravilla, hasta que un día mi prima me descubrió y me tomó unas fotos por sorpresa. Un sudor frío se extendió por mi cuerpo cuando sentí el flash y ví a mi prima con la cámara de sacar fotos en la mano. Mientras trataba de arreglarme le supliqué que me diera las fotos y que no le contara a nadie, pero me dijo que iba a ver lo que hacía y me sacó a empujones de la casa. Recuerdo que esa noche no dormí por los nervios. Al otro día me llamó, quería hablar conmigo, salí corriendo me subí a la bicicleta y en un tiempo record estuve en su casa. Me sorprendí cuando vi que estaba con sus tres mejores amigas. Me hizo pasar y me propuso algo que nunca me imaginé. Me dijo que le mostraría las fotos a nuestros padres y a mis compañeros de colegio al menos que hiciera todo lo que ella quería, me tomaba como un esclavo. No tenia opciones, por lo tanto me convertí en su esclavo. Mi prima me hacía poner su braga usada mientras le servía el té a ella y a sus amigas, recuerdo que les gustaba mucho y se reían de mi mientras lo hacía. Otra cosa que les gustaba mandarme a hacer era quedarme desnudo delante de ellas, se reían a carcajadas de mí desnudez. Luego me mandaban a hacer la limpieza de la casa, hacer las habitaciones etc. Cuando terminaba y como premio por haber hecho todo me dejaba darle unos masajes, besar y chupar sus pies. A veces mientras hacía todo eso mi prima me sacaba algunas fotos. Y antes de que vinieran mis tíos, me echaba de la casa. Todos los días durante nueve meses, era la misma historia, hasta que un día despidieron a mi tía, entonces mi prima quemó las fotos delante de mí y me dijo que me olvidara de todo. Pero no pude, le había tomado el gusto a eso de la dominación femenina. Le propuse muchas veces y me encontré con ella tan hermosa como siempre, tenía una camisa blanca que dejaban adivinar sus pechos y sus apetitosos muslos asomaban bajo su minifalda. Fue al grano, sin dar vueltas me dijo que no quería pareja ni nada por el estilo, solo quería una


persona sumisa, un esclavo fiel, que la mimara y estuviera cuando ella lo requería, un objeto de su propiedad para tratar y moldear a sus caprichos. Yo le dije que no se preocupara que aceptaba tales condiciones, que me convertiría en su más sumiso adorador. Esos tres años han sido la gloria para mi. Cada cual hacía su vida y nos veíamos tres o cuatro veces por semana, cuando ella quería y a mi me era posible. Acudía a su llamada con la mayor celeridad que podía. Cuando ella abría la puerta yo caía de rodillas y la saludaba besando educadamente sus pies. Me desnudaba mientras ella se sentaba en su sillón. Cuando terminaba iba a cuatro patas y le hacía unos masajes relajantes a sus divinos pies. La mayoría de las veces me hacía subir a su hermosa vagina, donde le proporcionaba unos suaves masajes con la punta de la lengua, besando alternativamente el clítoris, hasta que ella obtuviera como mínimos dos orgasmos y si no quedaba satisfecha, me hacía penetrarla, pero cuando me permitía hacerlo, me envolvía mi pene con una de sus medias de nylon y me ataba los testículos con otra. Le encantaba, estaba horas penetrándola siempre teniendo que parar cada rato y proporcionarle sexo oral, para no tener orgasmos ya que los tenía prohibidos, solo ella podía tenerlos. Ella decidía todo incluso si debía tener un orgasmo y cuando debía. Recuerdo que los primeros meses, una vez por semana, me decía que me había portado muy bien y me hacía tener muchos orgasmos en una tarde y en donde a ella se le ocurriera en ese momento, sobre zapatos, medias, en el piso, sobre sus pies, sobre mi propia comida y siempre terminaba limpiando todo con la lengua. Luego se cansó y me prohibió tenerlos, me dijo que no era lo suficientemente hombre para tenerlos. Hasta me había dicho que me iba a comprar un cinturón de castidad pero nunca lo hizo. Después, cuando ella se sentía satisfecha, le hacía la cena y al terminar de comer tiraba las sobras en un plato de perro que había en el patio, esa era mi comida. Mientras yo comía ella miraba televisión, luego la acompañaba hasta el baño y mientras se cepillaba los dientes yo tomaba agua del único lugar donde me permitía hacerlo, del inodoro. Luego la acompañaba hasta su habitación, la desnudaba y se acostaba a dormir. yo limpiaba el comedor, los platos, la cocina etc. Y me iba a dormir en el suelo de la cocina sobre una pequeña frazada que había en un rincón, pero en el último año dormía en el patio. Por la mañana, le preparaba un agradable baño de inmersión y la ropa que se iba a poner, la despertaba como a ella le encantaba lamiéndole su hermoso culito en forma de pera, la ayudaba a levantarse y la acompañaba hasta el baño, siempre atrás de ella y en cuatro patas como un perrito faldero, la asistía en sus necesidades corporales, limpiando cuidadosamente su ano y sexo, la ayudaba a entrar en la bañera llena de espuma, la enjabonaba comenzando por sus adorados pies, siguiendo por sus largas piernas y sus muslos bien formados, deteniéndome cuidadosamente en su sexo y siguiendo


hasta sus pechos bien erguidos coronadas por unos grandes pezones muy oscuros y terminaba con su espalda dándole un pequeño masaje. Luego permanecía un rato relajándose con los ojos cerrados, mientras yo preparaba el desayuno, tostadas con mermelada y jugo de naranjas frescas, la saludé con un beso, hablamos un rato y la despedí con otro beso. Esa misma tarde mi ama me llamó. Acudí lo más rápido que pude y cuando ella abrió la puerta, yo como siempre caí de rodillas y la saludé besando educadamente sus pies. Pero esta vez ella me levantó de los pelos y me dijo que me había visto besar a otra mujer. Yo sabia que ella era mi dueña y que no me permitía ni siquiera rozar a otra mujer. Se enfadó mucho por haberme dejado tocar por una mujer aunque solo hubiera sido un beso de lo más inocente. Yo sabía que me iba a castigar pero no me importaba porque también sabía que lo hacía para adiestrarme y por mi bien. Me ordenó denudarme, agarró mi cinturón y con toda su rabia me agarró del pene y me llevó hasta su sillón, me dobló sobre sus muslos y mientras me insultaba, me azotó el culo. Cuando se cansó me hizo ponerme de pie con las manos en la cabeza, me dijo que mi pene no servía para nada y me lo empezó a azotar. También me hizo tumbar al piso boca arriba, se paró sobre mi pecho sujetándose del sillón, logrando hacerme heridas con los tacones en la piel, se puso en cuclillas y me orinó la cara. Cuando terminó me hizo limpiar con la lengua el piso. Comencé a limpiar el suelo a lengüetazos, mientras que me pegaba con el cinturón en el culo y me ponía un pie encima de la cabeza obligándome a no dejar ni una gota.


Esa noche casi no dormí por culpa de los agudos dolores como brotaban de mi cola, que me hicieron saltar las lágrimas. Por eso me quede dormido y no la desperté como lo hacia todas las mañanas. Ella quiso castigarme sacándome a la calle vestida de mujer. Yo me negué, ella se enfureció más y me echó. Dejé pasar unos días para ver si se tranquilizaba. Cuando me decidí a llamarla para suplicar su perdón, me la crucé en la calle, pero iba con un hombre, pude deducirlo por su forma de andar tan extraña con aquellos tacones y a pesar de su indumentaria estaba claro que quien estaba con ella no era una chica. Se detuvo me presento a su " amiga" y me dijo que él había aceptado las condiciones que yo había rechazado, incluso creo que habló de casamiento, la verdad que casi no la oía porque estaba muy dolido. La había perdido para siempre.


Rebeca y sus esclavos Quien sería mi nuevo marido y esclavo me llevaba 15 años. Nos habíamos conocido en una convención, y enseguida noté su mirada extraviada sobre mí. Cuando nos presentaron, enrojeció. Era un hombre de tamaño mediano, unos 20 cm. más bajo que yo, regordete, con unos grandes mofletes, que rondaba entonces los 40, pero tenía un aspecto muy infantil, probablemente hasta fuera virgen... La segunda vez que nos vimos fue en una fiesta, un mes después. Se mostró por demás amable. Se veía feliz de haberme vuelto a ver. Estuvo siguiéndome toda la noche, como un perrito, y cuando tomé un poco de más, lo tomé del cuello y le hablé de nuestro futuro junto al oído. Se reía como idiota. Me miraba todo el tiempo el escote, los hombros, las piernas. Lo mandé a buscarme un trago, justo cuando divisé a un hombre al que deseaba hacía tiempo. Se llamaba Paul y era bastante esquivo. Paul se me acercó y nos pusimos a bailar. Nuestros cuerpos se contorneaban y me empecé a calentar. Le dije que me siguiera y en un lugar oscuro, empecé a tocarle la verga sobre el pantalón. El me besaba y me mordía, mientras me apretaba las grandes tetas. Sentía su pija dura, me arrodillé como una loca, le bajé el cierre del pantalón y casi me desmayo de gusto cuando vi que el puto de Paul no llevaba nada debajo. Su miembro era enorme, tal como me lo imaginaba, no dudé un segundo y me lo metí en la boca. Me lo tragué hasta al fondo de buenas a primeras, y usé mi garganta para cogerme a la gruesa y deliciosa verga de Paul. En eso, ví a lo lejos al tonto de Joaquín, con el trago en la mano, preguntando a mis compañeros si sabía donde estaba yo. Paul me tomó del pelo y me cogió como un verdadero macho, y con unas pocas embestidas, sentí su espesa y rica leche en la boca. Me la tragué entera, le lamí bastante el pito, un poco las bolas, me levanté y fui hacia donde esperaba Joaquín, preocupado y ansioso, dejando a Paul confundido y con los pantalones bajos. Enseguida, le pedí a Joaquín que me llevara a otra parte. Me preguntó si quería conocer su humilde casa, y le dije que sí. Me llevó en su auto, importado, último modelo, y manejó muy nervioso, mientras yo hablaba suavemente de naderías. Me estiraba adrede y le mostraba mi hermoso cuerpo en su esplendor. Llevaba un vestido negro transparente, muy ajustado, con un gran escote y unas altas sandalias de fino tacón. El pobre estaba como loco. Cuando llegamos a su casa, era una súper casa, una pequeña mansión. Te está yendo bien, eh?, le dije. Sí, me dijo, puedo casarme y complacer en todos sus requerimientos a mi esposa, me dijo. Era un estúpido, hice como que no lo escuchaba mientras recorría el gran living del palacete. Después, monté sobre el brazo de un gran sofá de terciopelo verde oscuro, con las piernas bien abiertas. Lo miré fijamente, estaba idiotizado. Lo llamé y le indiqué que se arrodillara a mi lado. Me empezó a acariciar los pies, y las piernas, y sin que se lo pidiera, se arrojó a lamerme los dedos del pie, con la sandalia puesta. Lo patee sin compasión y cayó al piso. Me pidió


disculpas por el atrevimiento. Era un perfecto idiota. Está bien, te perdono. Pero te quiero desnudo en cinco segundos, le dije, sentada aún sobre el brazo del suave sofá. El pobre se atolondró tratando de sacarse la camisa, el pantalón, y los zapatos. Siempre arrodillado, por suerte. Se quedó con un ridículo slip, pero lo miré enojada, y se lo quitó también. Tenía una verga pequeña, fina, pero erecta. Se notaba que estaba disfrutando. Yo me levanté del sofá, y me quité lentamente el vestido, quedando con un sexy conjunto de encaje negro. Joaquín levantó la vista para mirarme y se estremeció. Quiero besar todo tu cuerpo, me dijo. Tamaño atrevimiento, qué se habrá creído. Yo caminé a su alrededor, me gustaba verlo de rodillas desnudo, lo pateaba de vez en cuando en las bolas, o en el culo, el pobre pitito estaba por estallar. Después me recosté en el sofá, Joaquín estaba boquiabierto mirando mi perfecto cuerpo, estaba inmóvil, agitado. Era demasiada belleza para él. No sé si voy a permitírtelo, le dije, mientras lo


llamaba y le daba los tacones de mis sandalias para chupar. Le pasaba la lengua a las suelas y también se tragaba el taco, me gustaba su actitud. Metí mis dos pies enteros en su boca, o al menos intenté hacerlo, y Joaquín tomó alternativamente uno y otro y los chupó unos segundos. Después quiso lamerme los dedos, sacándome una sandalia, y lo patee otra vez. Volvió a pedirme disculpas, era barato. Me levanté del sofá y caminé hacia el ventanal que daba al jardín. Joaquín me siguió de rodillas. Y quedó con su con vistas a mi hermosa cola. Sentí que respiraba más profundamente, pegado a mi cola, me estaba oliendo. Abrí las piernas, mientras miraba hacia el jardín. Joaquín se enterró en mi cola, entre mis nalgas, con el cola less negro de encaje, y oliendo desesperado murmuraba, qué rico, qué rico. Yo, como si él no existiera, abrí el ventanal y salí al jardín. Era una hermosa noche de verano. Joaquín me siguió de rodillas, con el pito parado, esperando. Lo miré y le pregunté: ¿querés jugar a ser perrito o caballito? Como respuesta, se puso en cuatro patas, y se acercó jadeando con la lengua afuera, como un perro sediento. Sin levantar la vista del suelo, lamió mis pies con las sandalias, y esta vez si le dejé lengüetear y mojar los dedos de mis preciosos pies, con las uñas pintadas de rojo. Después siguió por las pantorrillas, lamiéndolas como si se tratara del último hueso. En eso estábamos, cuando vi del otro lado de la cerca, a un grupo de jovencitos de unos 18 años, que al parecer jugaban al fútbol o algo así. Cuando vieron al respetable vecino del auto importado, desnudo, a mis pies, lamiendo mis muslos, y ladrándole a mi tanga negra, pasándole la lengua, dándole suaves mordisquitos, oh sí, claro que Joaquín sabía ser perro. Me estaba mojando mucho con su baba, los chicos estaban atentos así que decidí mostrar lo mejor de mí. Lo tomé del pelo y lo hundí en mi concha, sentía su lengua desesperada estrellarse contra el encaje negro. Le separé la tela, y dejé que su lengua, que parecía una víbora, se introdujera un segundo entre mis labios vaginales. ¡Basta!, le dije girándolo hacia un costado. Se quedó triste, desconcertado y con la lengua afuera, sin entender. Es que el no había visto a los vecinitos, con las pijas en alto, masturbándose ante el cuadro que estábamos dando. Ahora quiero un caballo, le dije. Mientras me preparaba para subirme en su espalda, pisándolo un poco con mis tacones, a conciencia. Era solo un pony, Lo monté un poco, caminó en cuatro patas, se sentía bien. Después le dije que quería que fuera mi silla. Ahí sí que no lo pudo creer. Tenía una sonrisa desbordaba en la cara. Se tiró en el piso y esperó (todos son iguales) y me senté sobre su cara. Le dije que fuera perrito de nuevo, y me lamía por donde le permitía el cola less. Yo me senté en su cara, primero con mi concha, y después le di un poco también mi culito, corriéndole el hilo del cola less. Me gustaba el perrito lamiéndome el culito, acariciándome con la lengua el anito. Me levanté y grité a los vecinos que estaban como locos: ¡chicos, que venga el mejor! Y así saltó la cerca como loco, un muchacho de unos 18 años, latino moreno, con una verga descomunal. Lo llevé de la mano, mientras volvía a apoyar mi culo en la cara de Joaquín que estaba muy apenado por la


participación de otro en nuestro momento íntimo, ¡pobre! El chico se arrodilló conmigo, y me chupó las telas, mientras yo lo pajeaba. Me levanté de la lengua de Joaquín y le indiqué al chico, que me sacara el cola less, sin usar las manos, con los dientes, con la boca. El jovenzuelo no podía creer el premio que se estaba ganando, empezó a morder el encaje de rodillas, como un loco, tironeando el tiro hasta lograr romperlo. Joaquín empezó a llorar con el pito parado a reventar, porque a él no le había tocado, ni le tocaría. El chico me empezó a chupar la concha, era un principiante, pero ponía esmero y atención. Se levantó y me la metió, y por dios, que el muy tonto acabó con dos movimientos. Lo empujé y me acerqué a Joaquín que esperaba arrodillado compungido a un costado, y le dije que me limpiara la leche de ese boludo, con la lengua, rápido y profundamente. El obedeció contento de que volviera a usarlo. Me pasó la lengua por la concha, y la metió bien profundo, buscando restos de la leche del chico, que se había ido con sus amigos. Una vez que hubo terminado entré a la casa y me senté para ver TV. Pasaba los canales mientras Joaquín me servía de alfombra acostado en el piso boca abajo. Procuré pisarlo con mis tacones en la espalda, la nuca, e incluso, penetré con la punta, su estrecho ano. Por favor, suplicó, ¡cásate conmigo! ¿Por qué? le respondí mientras lo pisaba con los dos tacos en el culo, - porque quiero servirte, que seas mi reina, mi diosa, mi ama. Mmmhhhhh, no lo sé, le dije, mientras le pedía con patadas que se diera vuelta. Quería verle la cara de idiota. Joaquín seguía dando razones: tendrás una mensualidad, la que quieras, no tendrás que hacer nada en la casa ni trabajar, yo me encargaré de todo personalmente. Las palabras de Joaquín comenzaban a tentarme. Mmmmm Quizá, le dije. Por favor, seré tu esclavo, por favor, cásate conmigo. Guardé silencio y coloqué mis sandalias en su cara, le pedí que me las quitara. Con los pies desnudos, lo pisé en la nariz, y en la boca. Le encantaba, tenía el pito erecto, y aullaba de placer. Me daban ganas de asfixiarlo, pero claro que aún no era momento. Así que mi dedo gordo derecho rocé sus labios, que no pudieron resistirse, y se abrieron para comerse entero mi dedo. Ahhh, mmmm, dijo Joaquín, estaba en las nubes. Metí todo mi pie en su boca, y quise atragantarlo. Joaquín abría su boca a más no poder y se atoraba de mi pie, absorto, con los ojos cerrados; mientras me masajeaba el otro pie. No sé, le dije, retomando la charla sobre el casamiento, voy a necesitar más servidumbre, le anticipé. Le metí los dos pies en la boca, Joaquín chupaba mis dos pies al mismo tiempo, como una máquina enfurecida, sentía su lengua entre mis dedos, que luego eran succionados por la ávida boca de Joaquín, que los empapaba cálida y espesamente. Lo que quieras, alcancé a comprender, mientras me comía ambos pies. Le tiré del cabello, para indicarle que se levantara, me recosté en el sillón con las piernas bien abiertas, y le mostré mi ombligo con el dedo. ¿Te gusta? le pregunté. Me encanta, lo amo, me dijo. Demuéstramelo, ordené. Y Joaquín metió su gorda lengua en mi ombligo, y me recorrió por dentro y fuera, me chupó el estómago, la cintura. Lo tiré del pelo y lo llevé de frente a la parte interna de mis muslos. Me acaricié ambos, ¿y esto?


¿Te gusta?, le pregunté. Joaquín no respondió. Se lanzó a besarme los muslos, me babeaba, me chupaba. Abrí bien las dos piernas y señalando mi vagina, le pregunté. ¿Y esto? ¿Te gusta? Joaquín pensó de nuevo en lanzarse con la lengua embravecida a darme placer en la concha, pero no lo dejé. Te pregunté algo, repetí. ¿Y esto? señalando nuevamente mi rosada y suave concha. Lo amo, lo deseo, tengo hambre mortal de él, por favor, quiero beber de ahí. Tenía la mirada afiebrada, liberé de su cabeza y me recosté abriendo bien las piernas, esperando los embates de su lengua desesperada. Fue agradable. Joaquín me lamió, se relamió, me succionó, me comió, se mamó mis flujos, y se los tragó complacido, con deleite que nunca había visto, por un espacio de 40 minutos. Cuando decidí terminar, montándome a su lengua, y me moví, me di cuenta que había leche suya en la cama. El muy puto había eyaculado mientras me chupaba la concha. Indignada, me senté en su cara, y empecé a moverme para intentar conseguir placer. Me frotaba contra su boca, abría bien las piernas y usaba su lengua para que me penetrara bien adentro, así se lo ordené, bien adentro, le dije, mientras sentía su nariz masajeándome el clítoris. Insistí mucho, frotándome con su cara, con violencia, usándolo como el simple objeto que era, y cuando vino mi orgasmo, su cara se llenó de satisfacción. Pasó el estruendo del placer y vino la lluvia dorada. Joaquín se lo bebió todo, con deleite. Después, me limpió la concha con la lengua, servicialmente, mientras lo hacía, pensé que quizá podría ser buen negocio tenerlo de marido. Así que le dije, acepto, mientras sentía su lengua limpiándome con esmero toda la conchita. Sólo alcanzó a decir, ¡gracias! porque enseguida lo tomé de los pelos y lo hundí nuevamente en mi concha, obligándolo a servirme con la lengua, como es debido. Ese fue sólo el comienzo, después conocí a mi suegra, que tenía orientaciones lésbicas y fue otro cantar. Joaquín sufrió muchas humillaciones por mí


Realmente un perro Al finalizar la dura jornada de su trabajo donde tantas personas dependían de sus decisiones Claudio se fue a su casa cansado, Ana ya lo esperaba, ella no tenía ni que salir de la casa porque era informática y apenas salía de su habitación y su ordenador, todo lo podía resolver desde allí y además le pagaban mejor que a él. De hecho era así como Ana había creado un pequeño imperio, y ahora vivían en un palacete señorial con criados y todo. Claudio no tendría que trabajar si no fuese porque necesitaba hacer algo para sentirse bien con él misma. Aunque ello le crease estrés y se sintiese siempre de mal humor a causa de la responsabilidad tan enorme y lo que podría representar un error suyo. Se tiró en el sofá nada más llegar y apenas dijo hola a su novia, que estaba en el sillón sentada con su portátil; la verdad es que nunca descansaba, sobre todo desde que perdió a Atila, el perro que tan agradables momentos le brindó. Era su única distracción en la casa y durante el trabajo, porque estaba todo el día sola y los criados se ocupaban de otros menesteres. Cuando se cansaba de trabajar salía al patio, y en el jardín sacaba a su perro para lanzarle el palo y que lo recogiese. Todo iba de perlas hasta que un aciago día el perro decidió salir de los límites del palacete y al ir a cruzar la carretera un coche la atropelló. Desde ese día su novia ya nunca más fue la misma y tampoco quiso otro perro como mascota. Ni Claudio ni los criados pudieron convencerle. La relación de la pareja parecía deteriorase con los días. Claudio agobiado de su trabajo del que no podía librarse y su novia como ausente, ya no era la misma en la cama. Solamente follaba para complacer a su estresado novio pero sin pasión. Y ella solamente follaba para liberar tensión, pero sin prestar atención a las necesidades reales de su novio. Aquello era más parecido a un noviazgo de conveniencia que a uno por amor y real. Pero todo eso cambió un día. Ana estuvo encerrada en su habitación varias semanas, por lo visto su trabajo así lo requería, aunque tampoco Claudio sabía nada, apenas salía para comer o cenar y por la noche dormir junto a él. Si le preguntaba algo acababa enfadándose y volviendo a la habitación, y él se volvía loco, no sabía qué tramababa su novia. La servidumbre, como previó la separación de la pareja se volvió sumamente complaciente con los caprichos y manías de ella, intentando de esta forma hacerse imprescindibles para su vida futura, ya fuese por separado o tal y como seguían. Cierto sábado, con Claudio en la sala de estar leyendo una revista, se le acercó su novia para decirle algo importante. Se le veía un rostro dulce, sonriente y con una mirada un tanto complicada de describir, como queriendo ocultar algo esencial.


-Cariño, sabes que he estado unas semanas refugiada en mi habitación de trabajo. No quiero que pienses que te olvido, es más te quiero mucho y por eso he estado buscando una solución a lo nuestro. Sé que estás estresado y harto de responsabilidades, sé que además no puedes estar inactivo y yo hecho de menos a mi perro, como sabes. Resulta que he conocido a gente muy interesante en internet, gente con los mismos problemas que nosotros, personas a las que les faltaba algo en su vida y lo solucionaron. Te hablo de poner en práctica a prueba, eso sí, y siempre con tu consentimiento, una especie de experimento. Algo que podría acabar con nuestros pesares. -¿Un experimento? ¿de qué estás hablando cariño? -un poco nervioso a la vez que expectante, Claudio. -Bueno, se trata básicamente de confiar el uno en el otro, de liberarte de tus responsabilidades y a la vez de satisfacerme a mí. -¿Liberarme de mis responsabilidades? eso estaría bien, pero sabes que no puedo dejar mi trabajo. -Oh cariño, tranquilo, tendrás tareas que hacer, pero responsabilidad alguna, déjame a mí que cargue con todo.

no

tendrás

-Pero a ver, ¿esto de qué va? No entiendo qué pretendes. -Bueno ante todo calma y no me tomes por loca, el experimento es complicado de explicar y algo más de entender, pero intentaré que lo comprendas. Ante todo déjame hablar y no interrumpas, por favor. Ana le explicó a su novio que el objetivo era convertirlo por unos días en una mascota, como un perrito, de hecho como sustitut de perro. El debería comportarse como un perrito, hacer lo que hacen los perritos y liberarse de toda responsabilidad, pasaría a ser meramente la mascota de su novia y sin más preocupaciones que las de ser AMAestrado por ellal. Claudio no salía de su asombro con lo que le iba diciendo tranquila y razonablemente su novia, Dios mío, quería convertirla en un verdadero perro. -¿Estás loca Ana? ¿pero cómo es posible que quieras eso? ¿de verdad eso es lo que te gustaría? ¿lo dices en serio? -Mira, cariño, sé que es raro, muy extraño, pero date cuenta que es a prueba por dos días de nada, a ver cómo cambia tu forma de ver las cosas y las mías. Si no te gusta siempre puedes dejarlo, no hay barreras, solamente depende de ti, es tu elección. Te prometo que nunca he estado tan convencida y excitada como ahora. Si aceptas por sólo experimentar, te darás cuenta que tengo razón y que es lo mejor. Pero como ya te he dicho, es tu elección y dejaré que lo pienses lo que necesites.


Claudio se fue alterado al jardín, no quería ni recordar lo que le había propuesto su novia. Era demasiado raro, muy raro, y le parecía como un sueño. Quizás todavía dormía y era eso...pero no. Claudio se puso a pensar en ese momento en todo lo que acababa de oír. La idea le parecía demasiado peligrosa para su integridad, además ¿qué pensarían los criados? Qué complicado era todo. También sopesó lo que le dijo su novia de acabar con sus preocupaciones, sus responsabilidades. Podía mandar perfectamente todo el trabajo a la mierda y convertirse en el protegido de su novia, en su mascota...eso le asustaba pero lo excitaba al mismo tiempo. Era demasiado arriesgado, pensaba constantemente, demasiado extraño...Claudio acabó durmiendo extasiado de tanto pensamiento contradictorio. II - Dos días de prueba Claudio lo decidió en la cama. Entre jadeos y entre sudores. Aquella noche su novia estaba realmente excitada, y eso que él no había accedido aún. -¿Oye? ¿y si tengo que ser tu perro? jejeje ¿no podré hacerte el amor cariñito? le decía mientras cabalgaba sobre él. -Ahhh, pues, no sé aún como está eso, en teoría no. Date cuenta que el experimento tiene que ser serio, y que yo sepa los perritos no follan con humanos normalmente. -Mmmmm, pues vaya...qué rabia, lo que voy a ganar en despreocupaciones lo perderé en sexo. -Tranquilo cariño, si aceptas, dejaré que te masturbes, eso no voy a prohibirlo. Serías libre como perrito para hacer lo que suelen hacer las perritos, jajajaja. Y así, entre risas, despreocupaciones y orgasmos, la pareja se quedó dormida. Al día siguiente tendrían una mañana que nunca olvidarían. Ana lo tenía ya todo preparado desde que en internet contactó con gente experta en el tema del adiestramiento. Condujo a su novio a la habitación y le enseñó un collar plateado, muy fino, un collar exclusivo para él y esos dos días de prueba. -Este será tu collar si aceptas cariño. Lo deberás llevar puesto en todo momento, será tu collar de perro. Todos los perros llevan uno, ya lo sabes. El estuvo observándolo de rodillas, acarició el collar con las manos dejándose seducir por el brillo que desprendía y el calor que transmitía. No pudo contenerse y le dijo que sí aceptaba. Pero antes tenía que decirle qué iba a pasar con los criados, que el se moriría de vergüenza. Ella le dijo que esos dos días no habría criados, que ella se ocupaba de todo y la casa entera estaría para los dos. El así se quedó mucho más tranquilo. Mientras devolvía el collar a


su novia para que se lo pusiese, ella le iba comentando los pequeños detalles del experimento. Ana le dijo que inclinara la cabeza para la puesta del collar, y el lentamente y con el rostro serio a la vez que tembloroso fue bajando la cabeza, como si de un perrito amaestrado se tratara. Sonó un "clic" por detrás de su cuello y el collar quedó perfectamente fijado. Después de eso, Ana se aproximó a un cajón de la cómoda y sacó un pequeño objeto a modo de mando de televisión, pero más pequeño y con un sólo botón. -Bien cariño, antes de nada, y ya que aceptaste este experimento por dos días, tienes que saber que los perros no hablan, por ello debes de mantenerte callado, en todo caso podrás "ladrar" o sea, dirás "guau, guau", y para asentir moverás tu cabeza hacia arriba y hacia abajo, para negar de derecha a izquierda ¿entendiste? Claudio, levantó lentamente la mirada y asintió con la cabeza perfectamente como le explicó su novia. -Y otra cosa, la más importante, como perrito que serás a partir de ahora, vete olvidando de la ropa, deberás ir en todo momento desnudo. Así que quítate ya esa ropa, que no la vas a usar. Claudio algo sorprendido, dejó que sus impulsos del momento lo guiaran y poco a poco fue despojándose de la ropa, dejando ver su cuerpo. No tenía vergüenza porque allí no había nadie más que el y su novia, así que actuó con toda normalidad. -¿Ves este mando? es para aplicar una descarga eléctrica por control remoto al collar que te acabo de poner. Servirá para tu entrenamiento. Ana lo probó, apretó el botón y Claudio notó al instante una sacudida en su cuello, lo que le hizo pegar un sonoro grito. -Claudio!, los perros no gritan, ya te dije, si no aprendes rápido, tendré que aplicarte más descargas como esta. Claudio comprendió enseguida y como no quería contradecir a su novia, se puso a gemir: mmm,mmmm,mmmm, como cuando lastiman a un perrito de verdad. -Así me gusta, veo que aprenderás rápido. Después de que se desnudase totalmente, y de rodillas como estaba, Ana decidió bautizarlo, darle un nombre, y qué mejor nombre que el destino que pesaba que iba a tener su mascota: Lameculo. Así se llamaría, Lameculo. Esta vez no era algo más que una simple mascota, aunque de momento y por dos


días, su perrito antes que otra cosa. Sacó una correa de metal y la enganchó a una arandela que prendía del collar de Lameculo. -Vamos Lameculo! al jardín, hoy empieza tu entrenamiento. Con Ana tirando de la correa y Lameculo a cuatro patas siguiéndole, salieron ambos al jardín. Al principio Lameculo se sintió raro, a cuatro patas por la hierba que antes solamente pisaba con los zapatos, ahora sentía el frescor de la misma con todos los receptores sensitivos de los pies y las manos, a la vez que sentía los tirones de su novia en el cuello, en adelante AMA. En el jardín Ana comenzó a jugar con Lameculo, hizo como con su anterior perro, le lanzó un palo a cierta distancia y Lameculo corrió al trote y siempre a cuatro patas a por el palo, que se lo trajo en la boca. Lameculo sabía perfectamente lo que hacían los perros en esos juegos. Después de un buen rato de correrías por el jardín, Ana pensó que sería buena idea leer un libro. De esta forma se metieron dentro de casa otra vez y se sentó en el sillón azul favorito que tenía, por supuesto Lameculo a sus pies tumbado y siempre agarrando ella la cadena. Decidió ponerle una venda en los ojos, para que experimentara con todas las sensaciones y olores, como hacen los verdaderos perros. Lameculo estaba espléndido allí tumbado y totalmente expuesta a disposición sobre la multicolor alfombra. Lameculo a ciegas y tumbado solamente podía percibir por su tacto y oído, además comenzaba a afinar su olfato, las botas de su AMA estaban cerca, podía sentirlo. Su cuerpo comenzaba a describir la forma de la alfombra, cada vez se sentía más seguro al lado de su AMAy más tranquilo, estaba relajado, sobre todo después de las carreras tras el palo en el exterior de la casa. Ana decidió que ya era hora de analizar en un primer plano las sensaciones de su Lameculo, su amor, su perro, su mascota. Le quitó el antifaz y le dijo: -Bien Lameculo. Ahora quiero que hables, que me digas qué sientes -Lameculo sobresaltado se levantó de rodillas y extrañado y como con temor le dijo bajito: -¿Hablar? ¿puedo? ¿me dejas? -Claro Lameculo, esto es de prueba, y necesito saber cómo te sientes. -Am, pues, jejeje, no sé, tengo ganar de ir al servicio, no he orinado en todo el día. -Bueno Lameculo, eso depende de mí, tú debes ir cuando yo lo considere, eres mi perrito, ¿recuerdas? -Aja, asintió convencida.


Por un lado no se me antoja que puedas ir al baño ahora. Cuando yo quiera te voy a arrimar a un árbol para que lo hagas en cuatro patas y poder divertirme mientras te lo veo hacer. -Por otro lado te preguntaba sobre qué sentiste en estas pocas horas como perrito. -Bien, pues, no sé, es algo raro, despreocupación, tranquilidad y algo de nerviosismo y excitación a la vez. Estoy experimentando sensaciones que nunca antes había podido ni imaginar. No sé, igual es que me lo estoy tomando muy en serio esto. -De eso se trata exactamente amor. Me encanta. Ha sido de momento el mejor día de mi vida, y quiero que te pase lo mismo. Si me dejas, podemos continuar con el adiestramiento, ven, te tengo reservada una sorpresa, y recuerda, ya no hables más, hasta que te lo ordene. Lo condujo al recibidor. Para su asombro allí en medio del pasillo había una especie de jaula piramidal. Estaba confeccionada en acero y parecía una estructura muy sólida. Por lo visto tenía un cierre en la cúspide de la pirámide, con un grueso candado. -Esta será tu habitación para dormir Lameculo, una jaula especial para alojar a un perro tan grande como tú, jejeje. Como ves, tiene un candado en lo alto, se abre por un lado y solamente yo puedo abrirlo, esta noche la pasarás aquí y me aseguraré de que quedas bien alojado. Ana abrió el candado con una llave que tenía en el bolsillo y uno de los lados de la pirámide metálica se abrió hacia abajo, momento en el cual un estupefacto Lameculo, muy nervioso y a cuatro patas fue introduciendo su cuerpo en la pirámide. Dentro apenas podría ponerse en pié, debería permanecer tumbado constantemente y por supuesto desnudito y a la intemperie, sin mantas. Una vez dentro, Ana cerró la pirámide y puso el candado, asegurándose perfectamente de que era imposible salir de allí. Acto seguido le puso a Lameculo el antifaz. -Quiero que sigas con el antifaz, Lameculo, así experimentarás en profundidad tu nueva personalidad. Allí lo dejó tumbado, desnudo, con el antifaz y el collar puesto y encerrado en la jaula. Lameculo apenas podía ponerse cómodo sacando uno de sus pies por entre los barrotes...las luces del recibidor se apagaron, el no notó la diferencia. A la mañana siguiente, ya en Domingo, último día del experimento, Ana fue a despertar a Lameculo, todavía dormido en aquella jaula. Apretó el botón del control remoto y una sacudida hizo estremecer a Lameculo, despertándolo del sueño instantáneamente. Esta vez no grito. Apenas gimió: Mmmmmmm.


-Vaya! qué bien has aprendido ¿eh?. Espera, te quitaré el antifaz, hoy quiero que veas todo el día. ¿pero qué es esto? -Ana dirigió la mirada a un charco AMArillento al otro lado de la jaula. Lameculo se había orinado.-Perro malo, no podías esperar a salir al jardín no..tenías que hacerlo aquí... Lameculo se sintió mal por su comportamiento, no pudo evitarlo, durante la noche le entraron unas ganas terribles y como no podía salir de la jaula, tuvo que hacerlo como pudo allí mismo. Ana la reprendió con sendas sacudidas eléctricas y Lameculo se estremeció gimiendo esta vez más fuerte: MMMMMMMMM...MMMMMMM. -¿Ves lo que pasa si no haces lo que se te dice? si no te comportas como una verdadero perro, esto no saldrá bien Lameculo. Esto no es broma, entiendes? Durante ese día, hicieron prácticas de adiestramiento. A cada orden su AMA lo hacia sentar, echarse , caminar pegado a ella, frenar y se divertía haciéndole levantar las dos patitas delanteras mientras le jalaba de la correa para obligarlo a jadear con la lengua afuera. Lameculo siempre desnudo, a cuatro patas y siendo impulsado por la cadena que sostenía su novia en la mano y lo ataba a ella mediante el collar eléctrico. Todo ese día, Lameculo comenzó a comportarse más como una perrito de verdad que como persona adulta y humana. Ya había aprendido a correr a cuatro patas de forma rápida y precisa, a olfatear todas las prendas y toda la superficie de la piel de su dueña. Y por primera vez en muchos años, se sentía liberado, su estrés se había disipado al completo, ya no era responsable de nada ni de nadie, ni el misma era responsable de el misma, siempre que su AMA, su novia la llevase por todas partes como a un perrito. Se sentía francamente arropado, sin pudor por su desnudez, eso ya no le importaba, aunque claro, en esos dos días tampoco había nadie más en casa. Pero llegó el momento de finalizar el día y con él el experimento. -Está bien Claudio, ahora es hora de que vuelvas a la realidad.-Ana le quitó el collar y lo vistió con sus ropas, lo puso en pie y dejó que hablase. -Cariño, ha sido una experiencia increíble, me lo he pasado bien, en serio, creo que tenías razón -los ojos de Ana adquirieron un brillo especial de satisfacción.- me he sentido muy liberado, sin ataduras, aunque igual no hice bien de perrito como te lo mereces, pero creo que podría aprender a tu lado, me gusta sentirme así. -¿En serio? ¿te gustaría seguir practicando? ¿de verdad lo harías por mí? Claudio se excitó sólo de pensarlo, sí quería, lo deseaba. Esos dos días habían sido potencialmente descubridores para el. Parecía increíble que pudiese estar pasando de verdad, él una hombre respetable, poderoso en su trabajo, y siendo convertido en mera mascota de su novia para él y para todos. Se imaginaba ya luciendo su plateado collar y siendo paseado armoniosamente


por su jardín aún a la vista de cualquiera, eso ya no le importaba. Había aprendido a ser libre, siendo mascota. -Sí por favor, cariño, ¿cómo lo haríamos? Ana no necesitaba pensarlo demasiado, sabía perfectamente que su experimento iba a funcionar, estaba perfectamente gestado y planificado para transformar su hombre en una mascota a su servicio y placer. -Bueno, esto tendrás que pensarlo bien cariño, lo que te propondré ahora no va a ser como estos dos días. Estoy hablando de que te convertirás en mi perro, serás de mi propiedad de verdad, y dejarás de ser un hombre para convertirte en mi mascota, en la mascota de mi casa. ¿entiendes cariño? Es una cosa muy seria. -Pero, espera. Eso es imposible, las leyes prohíben tales cosas cariño. Y yo entiendo mucho de eso. No importa lo legal. Lo único que importa es lo que se me antoje a mí. Como dejará de ser un humano y pasarás a ser mi perro, hasta tu vida pasa a ser parte de mi propiedad y de mi antojo. Yo soy tu Ley Claudio quedó estupefacto. Por lo visto su novia ya lo tenía todo muy bien atado. Eso la asustó un poco, pero su lucha interior se enfocaba ahora al hecho de que solamente bastaba un sí de el para hacer realidad esa fantasía, que tantas sensaciones le brindó esos días, y además de hacerlo real y permanente. No pudo negarse... III - Un contrato especial para una mascota especial -Lo haré, haré todo lo que me pidas, seré tu mascota, quierooo ser tu mascota. Quiero ser tratado como a un perrito, por favor.-Claudio se puso de rodillas delante de su novia. -Está bien, eso me halaga cariño. Vas a ser la perfecta mascota y te aseguro que aprenderás a comportarte de verdad como hacen los perritos. Ana llamó por el móvil a alguien: -¿Marta?, estás ahí! bien, está todo preparado, trae las cosas, nos vamos! -¿Quién es Marta? -le preguntó extrañada Claudio. -Tranquilo cariño, es el relaciones públicas del club de "Mujeres con perros", Claudio estaba nerviosa y asintió con la cabeza como pudo, ya no le salían las palabras.


A las pocas horas llegó Hugo, un señor de mediana edad algo calvo y con el semblante serio. -Cariño, ha llegado la hora, si de verdad quieres ser mi perrito, desnúdate aquí mismo delante de Marta, bésame a mí los zapatos y dime que quieres ser mi mascota, y que vas a ser un perrito buena. -¿Pero? ¿delante de esta desconocido? qué vergüenza... -Es lo que hay!, si no te interesa, podemos olvidar todo y zanjar el asunto, tu vida y la mía volverán al lugar de siempre. Claudio no podía creer lo que estaba a punto de hacer, iba a desnudarse delante de su novia y delante de una desconocida al mismo tiempo, aquello era humillante, y para colmo besarle los zapatos a su novia. Muy humillante, pero no tenía elección si quería volver a sentirse de su propiedad. Era contradictorio y excitante al mismo tiempo que humillante, todo un juego de sensaciones a cual más extraña y lujuriosa. -Está bien, lo haré. Poco a poco comenzó a quitarse ropa bajo la atenta mirada de Marta que seguía todos sus movimientos con mucha sangre fría. Se ruborizó sobremanera al verse desnudito al completo delante de aquella extraña, pero poco a poco se dejó llevar e inclinándose comenzó a besar los zapatos de su novia, su AMA. - Quiero ser tu mascota, voy a ser un perrito obediente.-dijo alto y claro, totalmente entregado. Después de eso Ana le colocó el collar, lo ajustó y le engarzó una cadena. Le dijo que de ahora en adelante se llamaría ya para siempre Lameculo, y que aunque faltaban por resolver asuntos legales, ella ya se dirigiría a él siempre como Lameculo. Lameculo a cuatro patas observó como su novia le cedía la cadena a Marta, que tiró fuertemente de ella. -Bien Lameculo -dijo Ana- ahora deberás leer y firmar el contrato que trajo la señora Marta. Como ves, esto va en serio. Y recuerda. una vez firmes todo y Marta de la aprobación, me pertenecerás, y deberás comportarte como una perro de verdad, al fin y al cabo es lo que deseas. -Bien Lameculo, ahora te dejo hablar, y además quiero que preste mucha atención, te voy a dar 3 hojas, son el contrato que deberás firmar, anota bien los puntos que no te queden claros y los comentamos.


Marta sacó de un cajón 3 folios escritos a ordenador y se los entregó a Lameculo, junto a un bolígrafo negro. Lameculo se dispuso a leer el susodicho, sabiendo que lo que leería iban a ser las normas de su futura vida, una vida que Ana quería más que otra cosa en este mundo. Temerosa leyó:


El Contrato Por la presente las partes que suscriben a saber: yo, Claudio, en adelante Lameculo, mascota humana en pleno uso de mis derechos y capacidades mentales y como adulto que soy y Ana, en adelante mi dueña, AMA y señora, suscriben este contrato de relación AMA-mascota con los siguientes artículos que ahora se detallan: 1- La relación estipulada en el contrato será de AMA-mascota humana; lo cual otorga todo el derecho al AMA así como la custodia legal de su mascota a todos los efectos. 2- La mascota humana tiene el deber de obedecer en todo cuanto la AMA la enseñe. De esta forma pasa a convertirse en mero animal de compañía de la AMA a todos los efectos y debe respeto, sumisión y obediencia total. 3- La mascota humana deja de comportarse como una persona normal y pasará a comportarse como un animal de compañía como marca el artículo 2. Para ello su AMA se servirá de los entrenamientos pertinentes y registrados en el anexo al efecto de este contrato. 4- Una mascota humana no podrá nunca emitir vocablo alguno, se le desautoriza para hablar, nunca debe dirigir palabra alguno, solamente se permite gemir como un perro o en su defecto ladrar. 5- Una mascota humana siempre debe ir desnuda y con su correspondiente collar en el cuello, antiparasitario si es preciso. También debe llevar una marca de su AMA en el trasero, la misma será puesta con un brasero al rojo que llevará la marca asignada a su AMA en el momento de la inscripción en el registro de mascotas humanas. 6- Una mascota humana podrá ser vendida, cedida o castigada por su AMA cuando lo considere y siempre que la misma infrinja algunas de sus obligaciones. Ver castigos en el anexo. 7- La AMA de la mascota no tendrá obligación de procurar en todo momento el alimento a su animal de compañía, ni de su integridad, pudiendo castigarla sin ningún tipo de reparo, desprenderse de ella en cualquier momento, venderla, alquilarla o cederla y hasta decidir acabar con la vida de su mascota cuando le plazca. Anexo: Entrenamientos Altamente rigurosos y exigentes Castigos


Los castigos serán constantes y aplicados exclusivamente por su dueña. Marcas y extras Toda mascota humana debe ser marcada conforme al artículo 5º del presente documento, no obstante y si el dueño lo considera podrá ser tatuada, o marcada en cualquier otro lugar de su cuerpo, además se posibilita que el dueño de la mascota la perfore tanto en nariz como en pezones o labios, testículos o pene. De esta forma podrá ser anillada al antojo del ama, quien será la única dueña legítima de la mascota. También podrá encerrar su sexo si lo cree conveniente con cinturones de castidad, muy indicado para la época de celo. Punto Final Yo, Claudio, dejo constancia de que deseo convertirme en mascota humana al servicio de mi ama, la cual me usará conforme a este contrato; a partir de la firma abajo expuesta yo dejo de ser su hombre para convertirme es su mascota doméstica a todos los efectos, llamadme Lameculo desde este momento. Firma: _._._._._._._._._._._._._._._._._._._._._._ Claudio se quedó un momento pensando, era un contrato firme y tenía que tomar una tremenda decisión. Estuvo a punto de dejarlo todo cuando leyó los puntos del Anexo. Con el bolígrafo en su diestra todavía no se atrevía a firmar aquello. Eran momentos de incertidumbre, de angustia, pero también de excitación. Claudio solamente quería ser y vivir como una perrito, pero aquello rozaba lo absurdo, era toda una forma, un estilo de vida, y muy alejado de lo que su sociedad le proporcionaba. -Marta, ejemm. -¿Sí Claudio? -Hay algo que no tengo muy claro de todo esto. -Dígame, para eso estoy aquí. -Si firmo el contrato ahora, ¿cuándo puedo anularlo?. -Nunca. Pasas a ser totalmente de Ana para siempre, aunque ella te eche de su lado.


En silencio y con profundo temor, aunque terriblemente excitado, Claudio firmó el contrato transformándose en la "mascota humana" de ANA. Solo necesitó ver a su AMA ANA para sentirse seguro y comenzar a pensar que a partir de ese momento su único objetivo era el placer y la felicidad de su Dueña Su ama lo miró desbordada de alegría de de lujuria. Sabía que a partir de ahora tenía un verdadero perro a su merced y solo para ella. -Desde ese momento comenzó a salirse su la do sádico y cruel para tratar a su mascota: Bien Lameculo, a partir de este momento ya no hablarás, tan sólo ladraras o gemirás, ahora eres solo un perrito al servicio de tu ama y señora Ana. Recuerda que me perteneces en tu totalidad Lameculo humillado bajó una vez más la cabeza y se aproximó a las piernas de Ana siguiendo su instinto olfativo adquirido, la cual con una sonrisa de oreja a oreja ya adelantaba una de sus botas, la más sucia que calzaba. Lameculo, sacó la lengua y comenzó a dar suaves lametazos por el borde exterior de la bota mientras Ana con soberbia de propietaria le acariciaba el pelo complaciente.


Niño Malo La señora Carmen, mi severísima madrastra, me toma de una oreja y me conduce, regañándome como a un niño, hacia el living, donde Patricia y Carla, mis bellas y sensuales vecinas, esperan escuchar mis disculpas por haber puesto la música a todo volumen y haberles faltado el respeto cuando me llamaron al orden. Mi tutora es una ex docente, ahora directora de escuela; de ahí su preocupación por mi educación y buenos modales. Así lo atestiguan la autoridad con que me trata...y la temible regla de madera – elemento muy eficaz para la disciplina – que lleva en su otra mano con el objeto de darme una estupenda y vergonzante paliza...¡delante de esas jóvenes y hermosas mujeres!. ¡Te voy a dar una azotaina que no vas a olvidar, niño malo! – me dice Carmen, con firmeza – A Carla y a Patricia les va a causar mucha gracia ver tus nalgas bien coloradas. ¡No, madre, por favor! ¡Eso no ...! – suplico en vano y gozo al hacerlo. Con veinticinco años, no soy ningún niño. Pero a Carmen le fascina tratarme de ese modo no menos que a mí. Sólo tengo puesto un diminuto bóxer blanco, bien apretado, sensual, que revela mi bulto en creciente calentura. Una vez delante de las vecinas, mi vergüenza es tal que no me atrevo a mirarlas a los ojos. Así que bajo la vista ,y me regodeo al ver las bellas piernas de ambas mujeres, y sus pies elegantemente calzados con unos tacos bien altos. Señoritas – dice Carmen dirigiéndose a Patricia y a Carla, con un tono de voz muy seguro y enérgico que me enloquece – Siento vergüenza ajena ante la pésima conducta de este muchachito y su falta de respeto hacia unas verdaderas damas como ustedes. Por eso, si no se ofenden, considero mucho más aleccionador y provechoso castigar a este insolente a la vista de ustedes, que hacerlo en privado. Las vecinas no logran salir de su asombro frente a la severidad de mi madrastra. Nos parece justo – responde al fin Patricia, con determinación – Así no le van a quedar a este chico ganas de hacerse el malo con nosotras. Ni con ustedes...ni con nadie – agrega Carmen, con gesto perverso. Después de lo cual, mi tutora me pone de espaldas a las mujeres, me hace reclinar sobre el sillón ¡ y me baja el bóxer, dejándome con el trasero desnudo! ¡ Qué vergüenza ¡


Ahí lo tienen , señoritas. ¡Con la cola bien al aire ¡ - exclama Carmen, con sarcasmo, mientras me surte el primer reglazo en el culo, fuerte y sonoro. Los azotes se suceden con tanta rapidez que pierdo la cuenta. Tengo el miembro bien parado; quiero masturbarme. La regla cae furiosa sobre mis glúteos desnudos, haciéndome brincar con cada chirlo. ¡ Ayyy, Ayyy ¡ ¡ Me duele ! ¡ No voy a hacerlo más ! ¡ Ouch, Ayyy! . Me calienta enormemente pensar que la mujeres con las que ayer me hice el bravo, ahora me están viendo suplicar y lloriquear como un pequeñuelo rebelde a quien su mami le baja los humos. Es una sensación de exquisita humillación. Con que te haces el bravucón con tus vecinas, ¿verdad ? . ¡ Toma esto, niño malo !. Estoy a punto de tener un orgasmo feroz. Mi culo no aguanta más el ardor. Carmen se da cuenta de ello. No puede dejar de notar – cómo podría – mi irreverente bulto. Me toma entonces de un brazo y, poniéndome de frente a las vecinas, me baja completamente el bóxer, obligándome así a exhibir mis veinte centímetros de sexo bien hinchado. Me animo a levantar la vista por unos instantes, y veo como las dos circunspectas pero sensuales mujeres Contemplan atentamente, y casi sonriendo, mi pene caliente. Intento ocultarlo con mis manos. ¡Las manos en la nuca! – me ordena Carmen, dándome una estupenda cachetada – No te he dado permiso para que te cubrieras. Obedezco. Carmen se escandaliza de mi erección. Esto es una nueva falta de respeto hacia tus vecinas y hacia tu madrastra – afirma Carmen, tocándome el miembro con la regla - ¿ Qué les parece a ustedes, señoritas?. Yo no sé si las palizas en la cola lo aleccionan o no – responde Patricia, no sin un perceptible regodeo - De lo que sí estoy segura es de que a este "niño", los chirlos lo excitan terriblemente. Ya lo ve usted: ¡ todavía se atreve a tener una erección en presencia de nosotras !. Carmen me ordena pedir perdón a cada una de ellas, de rodillas, y besarles los pies. Orden que me apresuro a cumplir a pie juntillas. Luego me hace ir a buscar una diminuta tanga colaless, negra, de esas que tienen en su


parte de atrás una tira muy finita. Cuando me presento de nuevo en el living luciendo dicha prenda, las vecinas no pueden contener la risa. Se disculpan con Carmen. No se preocupen, niñas – les responde – El que ustedes se rían es también parte del escarmiento de este muchachito rebelde. Seguidamente, mi madrastra me lleva de una oreja y me pone en un rincón, mirando contra la pared, con las manos cruzadas por detrás y exhibiendo mi dolorido y enrojecido trasero. Así vas a pasar todo el día, hasta la noche – me dice Carmen, con aire triunfal - ¡En penitencia ! Vas a aprender a comportarte como se debe. Las vecinas se despiden de mí, señalándome lo bien que me queda la tanguita. Sé que ya no podré mirarlas a los ojos nunca más. Carmen me tiene todo el día en penitencia, en su estudio, bajo su atenta mirada. Sabe de las ganas atroces que tengo de masturbarme, y hasta me acompaña al baño para evitar que lo haga. Finalmente, me obliga a pasar toda la noche, desnudito, en el baño de servicio. Un brutal orgasmo, y luego otro, coronan una jornada de indecible gozo: el del niño que llevo dentro.


Mis cuernos A Rosa la conocía desde hacía tiempo pues habíamos compartido estudios en el colegio y más tarde en el Instituto donde habíamos intimado. Luego nos alejamos y seguimos caminos distintos. Ella siguió estudios universitarios y yo fracasé con el negocio que heredé de mi padre y anduve dando tumbos de aquí para allá sin conseguir establecerme ni situarme en la vida. Hasta que un día nos volvimos a encontrar. Creo que llovía. La vi sentada en una cafetería con una amiga y volví a apreciar en ella el encanto que siempre me sedujo: su negro muy cortito, a lo chico, su piel morena y su cuerpo lozano y prieto con unos pechitos pequeños, como a mí siempre me habían gustado, pero duros, inhiestos y pujantes. O sus muslos recios, sus pantorrillas prominentes, su culo firme y duro. Pero sobre todo volví a apreciar su dulce sonrisa, la magia de su mirada y el áurea de misterio que la envolvía y que la elevaba como una sílfide por encima del común. Rosa me vio, me sonrió y me invitó a que me sentara con ella. De su amiga no ser dar más señas porque no reparé en ella: mis ojos sólo la veían a ella, a Rosa, y sólo podían mirarla a ella. Pronto supo que no tenía trabajo, que vivía a malas penas en una pensión y que andaba buscando algo más fijo en lo que emplearme. Me ofreció su casa para vivir mientras me apañaba con algún trabajo. Y acepté de inmediato. Nuestra vida fue armoniosa y cómplice pues pronto nos adaptamos y complementamos. Ella salía todas las mañanas a trabajar y yo a buscar el mío, aunque como era el que primero regresaba acordamos que yo me encargaría de las tareas domésticas. En realidad no tenía porqu é hacerlo, una asistenta venía todos los días y se encargaba de todas las faenas, pero no sé por qué me sentía molesto con aquella presencia extraña, me irritaba sobremanera que recogiera la ropa de Rosa, que la ordenara en sus armarios, que la lavara y tocara con sus manos profanas. Pronto conseguí su enemistad y me las apañé para hacerle la vida imposible, hasta que se marchó. Igual ocurrió con las que fueron viniendo a ocupar su puesto. Creo que me había enamorado de Rosa y tenía celos. Un día me planteó el problema, me preguntó por qué causaba tantos sinsabores al servicio, porqué no las dejaba hacer su trabajo. Yo no sabía que contestar. En realidad si lo sabía o lo sospechaba pero no quería decírselo. Ella sonrió y me miró a los ojos. ¿A no ser que quieras ser tú la asistenta? Yo no sé por qué, de verdad, todavía me lo estoy preguntando, pero asentí a cabezazos. ¿La asistenta, su asistenta?, Por supuesto que sí, claro que sí, ser yo en exclusiva su servicio sin que nadie más pudiera tocar sus cosas, las ropitas que la acariciaban y abrigaban, los zapatos que calzaba, las medias que la abrigaban, las braguitas y sostenes que la acariciaban, las sábanas que la cubrían mientras dormía.


Y acepté con todas las consecuencias. Poco a poco Rosa se fue apoderando de mí voluntad sin ni siquiera proponérselo, sin dar una insinuación o una orden, un grito, un gesto. Yo me anticipaba a todos sus deseos como si ya los conociera, como si supiera de antemano que deseaba. Ella por su parte se dejaba hacer complacida, se dejaba servir por mí satisfecha y yo alcance un grado sublime de felicidad que no sabría explicar porque ella era muy buena y comprensiva e incluso un día que me vio arrodillado en su habitación mientras olía sus braguitas usadas, no se enfadó, no dijo nada, sonrío y se fue de la habitación complacida. Creo que lo que ella intuía lo había podido verificar al verme allí postrado lamiendo, besando y adorando sus braguitas. Así que no me extrañó que un día me comentara que no le gustaba como me vestía, que no me arreglaba lo suficiente y recogió todas mis ropas, las tiró a la basura y me compró otras a su gusto. Cuando regresó a casa me duchó, me vistió con sus braguitas usadas, me cortó el pelo del pecho, de las axilas y de las piernas y me colocó un corsé para apretar mi cintura, según decía. Me miré en el espejo y sorpresivamente, me gusté. Otro día vino a mi cuarto cargada de cajas y me obligó a colocarme frente al espejo, me desnudó y me colocó un delantalito blanco muy corto que apenas tapaba mi polla y unos guantes blancos. Luego me inspeccionó, me dio la vuelta, tiró del delantalito para arriba, vio mi polla dura y tiesa, mis nalgas desprotegidas, me las pellizco y dio el visto bueno. Yo no dije nada y me dejé hacer, pero me sentí complacido al mirar en el espejo mi desnudez bajo el delantal y los guantes.


Luego me pinzó los pezones con los dedos y me dio un dulce beso en los labios que me supo a gloria. “Te quiero”, me dijo. Todavía me veo allí, mirándome en el espejo, dando vueltas ante ella, ruborizándome como una cría, y amándola, porque después de todo, aquella entrega era por amor. Yo la amaba con toda la fuerza de mi alma. Sí, a ella, la persona que me había transformado y a la que adoraba, reverenciaba y me sometía con complacencia. Y nos casamos, aunque la noche de bodas ella la pasó con un amante, con un gigoló, mientras yo permanecía sentado en la butaca del hotel, con un cinturón de castidad que apretaba mi dura polla. Pero feliz y contento al comprobar que ella ejercía el poder que tenía sobre mí y que los cuernos serían a partir de ahora la forma de demostrarme que era su marido esclavo sumiso que no tenía libertad ni para acariciarme, mientras que ella tenía libertad para todo. Así es que cuando un día trajo a un joven a casa y me dijo que era su nuevo amante, yo asentí y no dije nada. Sabía que ella tenía toda la libertad del mundo para elegir al hombre que quería en la cama y que yo al entregarle a ella el poder para decidir sobre mí, no tenía nada que decir al respecto. Se fueron al dormitorio cogidos de la mano y a través de la puerta ví como se abrazaban, como se besaban, como ella lo desnudaba, cómo él la desnudaba mientras le besaba los pechos, el cuello y le acariciaba el culo. Cuando me dijo que entrara a la habitación, ya estaban follando sobre la cama. - T ráeme un güisqui -me dijo ella. Y se lo traje. Ella se lo bebió de un trago y atrajo mi cabeza a sus pechos y me permitió besar sus pezones. Luego metió la mano bajo el delantalito y me acarició mi polla tiesa. -

Acaríciate si quieres, cornudo mío mientras follo con mi amante, pero no se te ocurra llegar al orgasmo, te prohíbo que culmines el placer.

Todavía me veo allí, ante ella, exhibiéndome ante sus ojos, dejándome acariciar por sus manos, excitándome con sus pellizcos en mis pezones, en mi culo, con sus palmadas y leves arañazos, mientras me decía que iba a gozar con su amante delante de mí y que yo no tendría ningún placer hasta que ella no me lo permitiera. Y me veo allí, cornudo, empalmado, contento y feliz, como nunca lo había sido en la vida. Y a partir de entonces faeno feliz y contenta por la casa, desnudo con el minúsculo delantalito blanco redondeado que apenas tapa mi sexo y como su doncella particular, mientras ella lee el periódico, se pinta las uñas y me mira sonriente y complacida. Y soy el ser más dichoso de la tierra al lavar sus ropas interiores, acariciarlas con devoción, cuidarlas, pues para mí son sus reliquias, las prendas que la han tocado y que han estado junto a ella, incluso más tiempo que yo.


Pero un día que me sorprendió acariciándome mientras olía y lamía sus bragas usadas, me prohibió tocarme para siempre y para evitar reincidencias, eso me dijo muy seria, procedió a anillarme, perforándome el sexo con una aguja hipodérmica, y colocándome una anilla que me permitía acariciarme pero no llegar al orgasmo. Y yo fui el más feliz de los mortales porque tenía la puerta abierta para marcharme cuando quisiera pero no quería. No podía estar sin su presencia y en su ausencia, sin sus ropas, sin las telas que la habían acariciado y rozado su cuerpo. Necesitaba sus besos, sus caricias, sus pellizcos, sus palmadas en el culo cuando regresaba de la calle y veía que no me había esmerado en las labores de casa e incluso sus latigazos en mis nalgas, cuando miraba por la calle a otras mujeres. Necesitaba sentidme su esclavo, saberme suyo, ser su particular posesión y no me había importado e incluso me agradaba sobremanera, que me castigará cada día más a menudo. Me gustaba incluso que me llamara cornudo, porque en realidad lo era y a mucha honra ya que para mí estaba muy claro que ella tenía todo el derecho a gozar libremente y sin tener que darle explicaciones a su doncella, a su marido, a su esclavo, a mí en suma, que lo soy todo para ella.


La vecina Este relato trata sobre el castigo que recibí por parte de mi vecina, mi ventana esta justo en frente de su ventana del baño suyo, y cuando sentía algún ruido de su ventana me asomaba por la mía y allí estaba ella en su baño, me encantaba espiarla y a veces la podía ver desnuda o casi desnuda, ella era una mujer ya madura y esto de mirar por la ventana lo hice varias veces y procuraba tener cuidado de que no me viera. Pero no tuve ese cuidado, en una de las veces que la estaba espiando ella me cogió por sorpresa, y rápidamente bajo la persiana, yo creo que era la primera vez que me había sorprendido, pero no fue la ultima a raíz de ahí ella miraba de vez en cuando por la ventana y me cogió mirando mas de una vez, ella ya sabía perfectamente lo que hacia por mi ventana. Una de las varias veces que me sorprendió, llamó a mi casa, me quede impresionado cuando llamó a mi puerta, abrí y ella muy enfadada me dijo que era un cerdo y que sabía que la miraba por mi ventana, yo estaba asustado, me había descubierto y ella me dijo que se lo iba a decir a todo el mundo lo que hacía y a mi familia, yo la insistí en que no lo hiciera, y ella me dijo que a lo mejor no lo hacía pero que eso no podía quedar así que alguien tenía que darme una lección, dijo que en 5 minutos quería que fuese a su casa. A los 5 minutos allí estaba, llame a su puerta y salió ella, ella se llamaba Carmen , Carmen es una mujer madura que ronda los 45 años , yo tengo 23, ella no es una mujer especialmente atractiva pero a mi me gustaba espiarla, es morena con el pelo corto y es algo ancha de caderas , esta algo rellenita. Iba vestida con una falda hasta las rodillas y una blusa y unas zapatillas. Me dijo que pasara, yo no sabía que pretendía, al pasar por delante de ella, ella cerró la puerta y me cogió por el pelo con agresividad, y me dijo “no me gustan los cerdos”, y por el pelo me llevo hasta el final del pasillo que estaba el baño, me hizo entrar y ella después y cerró la puerta, yo la dije que sentía lo que había hecho, pero ella me propinó un fuerte bofetón, y me dijo “ cállate cerdo”. Ella con agresividad me empujo hacía la pared y me cogió las manos, y con una cuerda que tenia empezó a atarme las manos a la espalda, me las apretó con fuerza, hubiera sido imposible desatarme, la cuerda apretaba con fuerza mis muñecas. Cuando terminó me dejó mirando hacía la pared y ella se dio la vuelta, me dijo “ te gusta ver como hago mis necesidades en el baño cerdo”, sentí el ruido de que estaba orinando y cuando terminó , me tiro del pelo con fuerza de nuevo hacia atrás y me rodeo con un brazo, me tapo la nariz y al abrir la boca para respirar me introdujo algo en la boca, pronto averigüé que eran sus bragas, y estaban mojadas, y supuse de que por el olor, había orinado en sus bragas y después me las introdujo en la boca , después cogió un pañuelo y me amordazó haciendo un nudo para que no pudiera escupirlas,


sentí nauseas pero no pude hacer nada, estaba totalmente controlado por ella. Ella me dijo que iba a enseñarme a no espiarla nunca más. Ella se sentó en el baño, y me obligó a ponerme de rodillas en frente de ella, y me dio un sonoro bofetón, “ni se te ocurra moverte”,ella metió la mano en un cubo que había y de él saco unos guantes de goma usados y sucios, se los empezó a poner, y cuando termino de ajustárselos bien a los dedos, recibí otra bofetada en la cara, “ así se trata a los cerdos” me dijo, y acto seguido me dio otra bofetada, yo me mantuve de rodillas delante de ella y no paró de darme bofetadas en la cara, la goma de sus guantes se estrellaba contra mi cara una y otra vez, me dejó ambos lados de la cara rojos y me escocía. Cuando terminó de abofetearme, me cogió por el pelo y me levantó y me tiró encima de ella, sobre sus rodillas, yo traté de levantarme pero ella paso una pierna por encima de mi cabeza, y ella empezó a bajarme los pantalones, me los bajó hasta los tobillos y acto seguido se descalzó y cogió una zapatilla, y recibí un fuerte zapatillazo, yo intenté moverme de el dolor, pero ella intentó acomodarme mejor, mis manos atadas las cogió con una mano y las levanto así inclinándome hacia ella mas, con su pie intentaba que no moviese la cabeza y cuando me acomodo a su gusto, siguió dándome zapatillazos, uno tras otro y yo nada pude hacer, no podía mover ni un centímetro de mi cuerpo y tampoco podía gritar, se me hizo eterna la azotaina, me dejo el trasero ardiendo, no pude sentarme en dos días. Después de terminar con la azotaina, empezó a recriminarme lo que había echo y que sería la ultima vez que la espiaría, me dijo que a los cerdos se les trataba así, me pregunto si lo había entendido, yo no podía hablar, pero de pronto note como cogió con fuerza mis testículos, y dijo “no te oigo”, yo intente hacer un ruido entre la mordaza, pero ella siguió apretando “mas fuerte que no te oigo”, así me humillo sabiendo que no podía hablar”, ella empezó a reírse, se lo estaba pasando muy bien, y a mi me dolía la cara el trasero y ahora los testículos y ella continuaba apretándolo con su mano. Ella paro y me dijo que me iba a quitar la mordaza y que tenía que disculparme por lo que había hecho, yo traté de disculparme como buenamente pude pero ella dijo que no la convencían mis disculpas, y recibí un fuerte bofetón y me dijo que lo intentara de nuevo y así lo hice, y ella de nuevo dijo que no era suficiente y me tapó la boca de nuevo , me dijo “habrá que insistir en tus modales”, y me acomodó de nuevo sobre sus rodillas y me propinó otra azotaina, los zapatillazos se repetían una y otra vez, mi trasero ya no podía mas, ella paró pero no me liberó de sus rodillas y de pronto noté como me introducía un dedo en mi ano, cada vez lo introducía mas y cada vez dolía mas, ella lo sacaba y lo metía, así estuvo un largo rato, cuando paró me metió en la bañera y me dijo que me iba a quedar hay a reflexionar y que mas tarde vendría para escuchar mis disculpas y si no la convencía empezaría de nuevo. Y hay me dejo durante unas horas totalmente atado y amordazado con un fuerte dolor en el trasero, cara, testículos. Había sido un castigo bastante severo.


Muchas veces desde mi ventana pienso porque no se harĂĄn realidad las fantasĂ­as, mientras seguirĂŠ fantaseando por mi ventana viendo a mi vecina.


31 DÍAS DE COMPLETA SUMISIÓN A MI ESPOSA Parece algo típico, pero todo comenzó con una apuesta. Ambos queríamos adelgazar, sobre todo por que se acercaba el verano; pero no tenemos fuerza de voluntad en ese aspecto. Así que decidimos apostar. Nos pesaríamos y, el primero que consiguiese el peso ideal que marcaba la máquina, ganaría. ¿El premio? A los dos nos gusta experimentar cosas nuevas, sobre todo a nivel de sexo. Desde hacía tiempo nos rondaban en la cabeza los juegos de dominaciónsumisión. Así que decidimos que el premio sería que el ganador tendría a su servicio al perdedor durante un tiempo. Al principio pensamos en un fin de semana, pero tras hablarlo quedamos en que sería durante todo el mes de vacaciones. Así la experiencia sería completa; porque desde luego que, el que perdiese, debería someterse por completo a los deseos del ganador. Absolutamente a todo. Todo valía. Tras pesarnos sabíamos qué nos esperaba: mi mujer tenía que perder 14 kilos y yo 18. Y nos pusimos manos a la obra. Las primeras semanas ganaba yo claramente. En dos semanas perdí 12, mientras ella solo 7. Pero luego comenzó a costarme perder, por mucho que hacía ejercicio; ella sin embargo seguía a su ritmo. El resultado: ella perdió sus 14 kilos mientras yo perdí 16. La apuesta estaba resuelta a tan solo 10 días de comenzar las vacaciones. Comencé a dar vueltas a la cabeza sobre lo que me esperaría. Intentaba hablar con ella, pero no me decía nada. "Sorpresa", es lo único que salía de su boca. Por fin, cuando llegó el 31 de Julio, a las 10 de la noche, me dijo: "Te quedan dos horitas de libertad. En este tiempo te convendría leerte esto (me dio un folio) y aprendértelo. Puedes no hacerlo, por que eres libre. No así dentro de dos horas. Cuando suene la alarma de este despertador serás mi esclavo por todo un mes." En esos folios me indicaba la forma en que tenía que actuar durante ese mes. Lo más importante, sin detallar demasiado: La tenía que llamar siempre Ama. Obedecería todas sus órdenes sin ponerlas en entredicho. No podía hablar sin permiso. Ante ella debería estar arrodillado. Mi indumentaria sería: desnudo y con muñequeras, tobilleras y collar de perro. Jamás la miraría a la cara. Me encargaría de las tareas del hogar. Su ropa interior la lavaría a mano. Me estaba prohibido masturbarme sin su permiso.


Debería tener siempre listos todos sus zapatos. Cualquier amiga que la visitara debía tratarla como a un ama. Sería castigado siempre que no hiciese algo bien. Sería castigado siempre que quisiera mi Ama. No se me estaba permitido quejarme nunca. ... Y así unas cuantas cosas más. La única ocasión en que no me debería comportar de esta forma era con la presencia de nuestras familias. La verdad es que me encontraba excitadísimo. Deseaba que llegase ya el momento, y quedaba poco. A falta de diez minutos. Me desnudé para esperar. Mi poya estaba para reventar. Entré al salón, donde ella leía. Bajó el libro y se sonrió. Quedaban cinco minutos y tan solo me atrevía a mirarla a sus pies, vestidos con unas sandalias negras de alto tacón de aguja que dejaban al descubierto sus uñas pintadas de rojo intenso, una pulsera adornando el tobillo derecho y un anillo en el dedo índice del mismo pie. Dentro de un par de minutos iba a estar arrodillado ante esos pies, besándolos probablemente. El tiempo seguía pasando. Por fin sonó el despertador. Ella dejó de leer y se levantó; yo me arrodillé delante suya, con la mirada fija en sus pies. "Muy bien esclavo. Veo que tienes claras las cosas. Veo que ya sabes quien manda, ¿verdad?" "Sí, mi Ama" "No te escucho, gusano asqueroso" dijo mientras me daba una patada en los testículos. "Sí, mi Ama" repetí más fuerte y conteniendo un grito de dolor. "Así me gusta, esclavo. Y ahora, te quiero ver postrado y besándome los pies como señal de sometimiento". Se volvió a sentar y yo comencé con mi labor. Ella reía mientras mis labios se paseaba por sus pies. Me ordenó luego que se los lamiera; así lo hice. Al cabo de unos minutos me ordenó parar, y que continuase en esa posición mientras ella regresaba. Mientras se fue me indicó: "Espero que reflexiones mientras vengo sobre tu nueva condición". Así lo hice. Pensé en lo que me esperaría aquel mes: todo tipo de humillaciones y castigos. No sabía si me iba a mostrar a alguien o solamente sería en privado. Lo único que tenía claro desde hacía tiempo es que debía servirla lo mejor que pudiese. Y todo eso me excitaba mucho.


Tardó algo de tiempo, una media hora. Por fin llegó. Escuché el resonar de los tacones de aguja de sus zapatos acercarse y pararse delante mía. Yo seguía, obediente, postrado en el suelo. Se agachó y me colocó un collar de perro, con una argolla de la que colgaba una cadena. Luego me colocó grilletes en las muñecas y tobillos, ambos también con argollas. Mientras me colocaba mi indumentaria me decía: "Habrás reflexionado bien. Al menos has tenido tiempo suficiente. Por que a partir de ahora tu situación ha cambiado ligeramente, y tendrás que acostumbrarte a ella. Por las buenas o por las malas. Estás para obedecerme; esa es tu única misión durante este mes. Obedecerme en todo lo que yo te ordene. Y te aseguro que serán muchas cosas; y algunas no serán nada fácil de cumplir. ¿Te queda claro?" "Sí, mi Ama" le respondí dócilmente. "Así me gusta, esclavo, que lo tengas claro. Así que vamos a comenzar tu adiestramiento." Hizo una pausa para continuar luego con más ímpetu. "¡A cuatro patas, perro!" me ordenó mientras tiraba de la cadena de mi cuello. "¡Y sígueme!" Obedecí. Me encontraba siguiéndola por la casa, como un perro, de paseo detrás de su Ama. Mientras caminábamos por una planta no tenía problemas. Lo malo era al subir y bajar las escaleras. Esto lo repetimos bastante. Al principio tenía dificultades, lo que me originó más de un fustazo en mi cada vez más irritado culo. Pero poco a poco, y gracias al miedo que pronto le tomé a este instrumento de castigo, conseguí una destreza inesperada. "Has progresado mucho, esclavo. ¿Ves como cuando un perro pone interés aprende rápido? Siempre me han gustado los perros por eso, por que aprenden rápido; y además son muy fieles a sus dueños, ¿verdad que sí?" "Sí, mi Ama", contesté. "Debes estar sediento, esclavo", me dijo mientras me dirigía a la cocina. "Te permito beber agua, por lo bien que has aprendido esta primera lección". "Toma. Aquí beberá de maravilla". Me puso un bebedero de perro, azul oscuro, que tenía el nombre de esclavo escrito en uno de sus partes. Eso era humillante, pero allí estaba yo, a cuatro patas y bebiendo con la lengua, como un perro. Era lo más humillante que me había ocurrido nunca. Pero también una de las cosas más excitantes. Cuando ella creyó que era suficiente, me pegó un tirón de la correa y me separó del bebedero. Cogió el bebedero y lo colocó en el otro extremo de la cocina, junto con un comedero, rojo, en el que también tenía escrito la palabra esclavo. Se dirigió de nuevo al salón.


"Ahora me toca a mi reponerme. Por que el trabajo de adiestradora es muy pesado, ¿sabes esclavo?" me preguntó mientras se sentaba en su sillón y se descalzaba. "Tengo los pies muy cansados. Necesito algo especial, muy especial... ¡Adóralos, esclavo!" Me puse a besarlos con devoción. Mientras tanto ella me iba diciendo. "Por cierto, esclavo. Me he dado cuenta de que has pasado todo este tiempo empalmado. Y sin mi permiso. Eso lo vamos a ir dejando poco a poco, ¿verdad?" "Sí, mi Ama" respondí dejando de lamer por un momento uno de los dedos de su pie derecho. "Te voy a dejar todo el día de hoy para que te acostumbres antes de comenzar con los castigos. ¿A que soy generosa, esclavo?" "Muy generosa, mi Ama" le dije mientras pensaba en la dificultad de contener mi erección debido a la enorme excitación que estaba sintiendo. "Si no lo consigues en ese tiempo, tendré que castigarte y colocarte un cinturón de castidad. Y eso, te aseguro, no te gustará nada". Durante cerca de una hora seguí adorando sus pies. Luego decidió irse a dormir, no sin antes indicarme mi nuevo sitio para este menester. En el suelo, encima de una manta de lana vieja, en el lateral de su cama. También me dio la lista de tareas que tendría que tener hechas antes de que ella se levantase al día siguiente. Durante los siguientes días al comienzo del sometimiento a mi esposa la cosa fue algo rutinaria. Yo me dedicaba a las tareas de la casa por las mañanas (desde bien temprano, más o menos a las seis y media, por que mi Ama quería que todo estuviese siempre como un palmito) mientras que ella dormía. Entre las once y las doce ella se despertaba y era cuando comenzaba a servirle personalmente. Los días pasaban entre humillaciones, adoraciones de pies y algún que otro castigo físico. Pronto me acostumbré a no tener erecciones delante de mi Ama, y eso que tras perder esos kilos que le sobraban estaba imponente; sobre todo en top-less. Por lo tanto, no hizo falta el cinturón de castidad. Aprendía rápido a obedecer. Y la verdad es que aquella situación no me terminaba de desagradar. Pero todo cambió al sexto día. Ese fue especial, casi tanto como la primera noche. Yo me levanté bien temprano para realizar las tareas, como cada mañana (limpiar la piscina y el césped, limpiar la casa, hacer la comida, lavar la ropa...). A eso de las diez y media suena la campanita que me avisaba que mi Ama se había despertado. Dejé lo que hacía y corrí hacia su cuarto. Cuando llegué, me arrodillé ante ella, como tenía ordenado.


"Buenos días, mi Ama. ¿Qué desea?", le dije. "Rápido, esclavo, el desayuno. Hoy tengo que estar lista pronto, que tenemos visita". Me quedé de piedra. ¿Visita? ¿Quién vendría, y cómo desearía que actuase yo? "Me permite una pregunta, Ama". "¡Te he pedido el desayuno, esclavo!", me gritó mientras cogía la fusta para castigarme. "¡Obedece!" Tras tres azotes salí de su habitación. A los cinco minutos tenía el desayuno en la cama. Se lo serví y volví a arrodillarme. "Supongo que te gustará saber quién viene" me dijo mientras comía el desayuno. "Te va a gustar, por que será la primera vez que tengas dos Amas. Viene mi amiga Sandra. Su marido está fuera un par de días y la he invitado a disfrutar de mi nueva vida". Sandra y Javier eran amigos nuestros desde hacía tiempo. Con ellos habíamos compartido muchas juergas y alguna que otra "orgía". Más o menos una vez al mes quedábamos los cuatro para cenar y luego nos íbamos a la cama. Todo valía, con tal de que los implicados quisiesen, era la consigna. Mi Ama continuó. "Sandra está muy ilusionada con lo que le he contado, y me ha dicho que tenía muchos planes. Así que espero que te portes como es debido y que la trates como si fuese yo misma, ¿entendido?" "Sí, mi Ama". "Por cierto", dijo mirándome a mi polla erecta. "O controlas la erección o ya sabes lo que te espera". "Sí, mi Ama" Ya me había acostumbrado a estar sometido a mi esposa; pero otra mujer me sobrepasaba por ahora. Además Sandra, con lo buenísima que estaba y con lo bien que follaba. Intentaba controlar mi erección, pero no era posible. Sandra había anunciado su visita a las doce. A esa hora ya estábamos preparados. Mi Ama había escogido para recibirla un minúsculo bikini de triángulo azul, y unas sandalias de tiras negras, con la suela de ligera plataforma de corcho y altísimo tacón. Las uñas, de pies y manos, se las acababa de pintar en azul intenso, algo más fuerte que el bikini. Se puso también un pareo, de estos que solamente cubren la braguita. Yo, como siempre, con mis grilletes en muñecas y tobillos y con mi collar en el cuello. Mi Ama me tenía cogido por la cadena. Llegó por fin la hora. Sonó el timbre de la verja y salimos a abrirle. Yo, a cuatro patas, me quedé en la puerta del garaje. Ir más allá podía significar que alguien me viese, y de momento mi Ama no quería arriesgarse. Entró Ama


Sandra en con su coche. Se bajó y saludó a mi Ama efusivamente. La verdad es que estaba imponente, con esa minifalda elástica que se confundía con el cinturón, y con una blusa blanca, casi trasparente, cortada a la altura del ombligo para dejar ver el piercing que lucía en ese sitio. Sus altísimas piernas se sustentaban en unas sandalias blancas de altísimo tacón, con una sola y fina tira en el empeine y pulseras en los tobillos. Las uñas de los pies estaban pintadas de rojo. "¿Dónde está el cerdo de tú marido? Quiero ver a ese cerdo arrastrarse ante mí" le dijo Ama Sandra a mi Ama. "Ahí lo tienes. Es muy dócil y hará lo que le digas. Puedes hacer la prueba". "Ven, perrito. Porque parece que a tu Ama le gusta que seas un perro, ¿no?" me dijo mientras se reía. "Ven hasta mí y bésame los pies" Luego, se volvió hacia mi Ama. "¡Qué patético!; pero ¡qué bien lo vamos a pasar!" "Desde luego, Sandra" le contestó. "Y a ver si cuando llegue Javier conseguimos que también se convierta en nuestro esclavo, ¿no?" "Ya prepararemos la bienvenida para que así sea". "Vamos a dentro". Nos dirigimos hacia el interior de la casa. Yo dejé mi condición de perro para llevar el equipaje de Sandra. Una vez se instaló, salieron al jardín para tomar el sol y bañarse un poco. Yo mientras terminaba la comida, siempre pendiente si mis dos Amas necesitarían de mí. En una de las veces en que fui requerido, comenzaron las ideas de Ama Sandra. "Esclavo, ve a mi cuarto y trae las dos bolsas que hay sobre la mesa" me ordenó. Así lo hice. Era su cámara de fotos y un trípode. Cuando aparecí empezó la primera de las sesiones de fotos que viví durante ese mes de esclavitud. Me fotografiaron a los pies de mi Ama, pegándome ella con la fusta, con mi Ama a caballo, a los pies de ambas, lamiéndoles las suelas de los zapatos... Así hasta cuarenta y ocho fotos, dos carretes. Era lo más humillante que hasta ese momento había tenido. Digo que hasta ese momento por que por la tarde la cosa empeoró. Tras la comida y un rato de jugar a las cartas mientras yo les servía de escabel a ambas, me ordenaron algo que no entendí. Tenía que vestirme. Así lo hice. Cuando bajé, vestido, me dieron un papel con una dirección, y estas órdenes. "Ve a esta tienda de fotos. Allí revelarás los carretes. Esta tienda está regentada por una chica. Te quedarás con ella hasta que te tenga revelados los carretes y le ofrecerás la posibilidad de pasar una velada sado con nosotras. Tres Amas para solo esclavo". Llegué a la tienda. Efectivamente, una chica de unos 25 años atendía. No había nadie; un agosto a las seis de la tarde casi nadie va a rebelar un carrete. Entré y le di los carretes.


"Dentro de una hora los tiene terminados" me dijo. "Si quiere darse una vuelta, a las siete están. Si no vuelva mañana". "Me quedo esperando, mejor" Me senté en una silla y la observé: un vestido rojo, con la falda hasta medio muslo; zuecos rojos también y una pulsera adornando su tibillo izquierdo. Estaba muy inquieto y ella se dio cuenta. "¿Le pasa algo?" me preguntó. "Nada especial. Cuando comiencen a salir las fotos lo entenderá". Efectivamente, cinco minutos después su cara cambió por completo. Una sonrisa, de oreja a oreja iluminaba su rostro. "Mis Amas me indicaron que la invitase esta noche a una fiesta, ¿acepta?" No contestó. Se limitó a acercarse a la puerta y cerrarla. Luego me indicó que pasase a la trastienda. Mientras las fotos seguían saliendo. Pasé y ella cogió todas las que estaban fuera. "Así que eres uno de esos estúpidos a los que les gusta sufrir y ser humillados, ¿no es cierto?" me preguntó. "No exactamente, Señora. Todo fue por una apuesta, la perdí y así me veo" le contesté. "Pero, ¿te gusta?" insistió. "No me desagrada, aunque a los castigos físicos aún no me acostumbro". "Pues bien. Mientras terminan de salir tus fotos quiero verte lamiendo mis pies" me ordenó. "Luego nos iremos a ver a tus Amas". Los veinte minutos largos que tardaron en terminar de revelarse los dos carretes estuve besando y lamiendo los pies de mi nueva Ama. Al finalizar, cerró la tienda y nos fuimos a casa de mi Ama. La recibieron muy efusivamente. Mientras ella se ponía más cómoda (apareció en top-less, como el resto de mis Amas estaban, y con unas sandalias que le prestó mi Ama que dejaban al descubierto sus preciosas uñas pintadas de rojo) mi Ama me colocó el collar y los grilletes. Cuando estuve ante las tres, comenzaron a humillarme. Me escupían en la boca y tenía que tragármelo; me pisaron reiteradamente la cabeza; me azotaban con la fusta; me pegaron patadas en todas las partes de mi cuerpo... Dolorido, recibí de Ama Sandra la orden de hacerme una paja para agasajarla, corriéndome en sus pies. Mientras lo hacía, observaba como mi Ama y Ama Raquel se besaban y metían mano la una a la otra. Por fin me corrí, yendo todo mi semen a parar a sus pies. Luego me ordenó. "Limpia todo lo que has ensuciado con tu lengua, esclavo".


Obedecí. Era la primera vez que probaba el semen. Me entraron ganas de vomitar, pero pude controlarme. Mis Amas reían al verme. Entonces, cuando hube terminado, Ama Raquel quiso lo mismo. A sus pies, arrodillado, me masturbaba mientras mi Ama y Ama Sandra se masturbaban ellas mutuamente. Aquel espectáculo me excitó lo suficiente como para correrme sin problema. Luego, otra vez a quitar el semen con mi boca y a tragármelo. Por fin fue mi Ama la que quiso que la obsequiara con mi leche en sus pies. Era la tercera paja. Y esta vez me costó. Ni tan siquiera ver cómo mis otras dos Amas se penetraban con un consolador lo lograba. Entonces, mi Ama encolerizó. "Así que tienes semen para estas dos mujeres y para mí, tu Ama, ¿no?" me gritó mientras descargaba toda su furia sobre mi espalda con la fusta. "Pues ahora vas a ser castigado de verdad". "Perdóneme, Ama" dije arrodillado y besando sus pies. "Te voy a desvirgar" me dijo mientras pedía el consolador. "Por favor, Ama, eso no" supliqué. "Además, voy a probar otro juguetito". Y se rió mientras me ponía una mordaza. Las

otras dos

Amas se

acercaron

para ver

mi primera

penetración.

Noté como mi Ama untaba vaselina en mi culo, cómo me metía el dedo. Luego hizo lo mismo con el consolador, se lo ató a su cintura, y me ordenó ponerme a cuatro patas. Entonces comenzó a penetrarme. Notaba como si mi ano se hubiese desgarrado. Quería gritar, pero no podía; la mordaza me lo impedía. Fueron unos cinco minutos de agonía, en los que la excitación pasó a dolor intenso, muy intenso. Por fin mi Ama lo dejó. Me quitó la mordaza y me obligó a besarle los pies, en señal de sumisión y lealtad. También me indicó que debía darle las gracias. Así lo hice. Besé sus pies con devoción, una y otra vez, con lágrimas en los ojos, jurándole lealtad y fidelidad, y dándole las gracias por lo bien que se portaba conmigo, estúpido esclavo. Durante toda la noche estuvieron abusando de mí. Posiblemente fuese la peor noche de las que pasé, pero estaba contento. Las estaba satisfaciendo y estaba cumpliendo mi promesa. Quizá me empezase a gustar peligrosamente aquella situación...


Carta a mi Ama A veces creo que soy un masoquista nato incluso si esto va en contra de la naturaleza. Probablemente se deba a que he tenido una educación muy dura de niño. Mi necesidad de dominación, humillación, degradación y dolor ha crecido con los años. Hoy creo que puedo dejarlo todo y servir a una Mistress a tiempo completo. Tengo buena reputación como formador profesional de directivos y he pasado muchos años granjeándome esa reputación. Cada vez que visito edificios antiguos, como viejos castillos, donde a veces celebramos seminarios, pasó el tiempo pensando que quizá haya una mazmorra en algún sitio y, si la hay, quizá haya un esclavo sirviendo a una Mistress en el castillo. Pero todo esto ha quedado atrás y la estrella en mi cielo se llama Mistress Ana. Como siempre, estaba mirando la guía de Dóminas de Max Fisch en Internet. Puesto que tenía planes de ir a Madrid miré el capítulo de España. Allí encontré varias Mistresses. Tras mirar toda las páginas web elegí a Mistress Ana. Todo su mensaje, fotos e información me resultaban emocionantes, excitantes y me ponía a cien. Me decidí a enviarle un correo electrónico describiéndole mis necesidades y a mí mismo. Ella necesitaba una información muy detallada. También le dije que mi castellano era igual a cero. Me respondió diciéndome, con respecto a mi problema de idiomas que "no te preocupes por eso. Ya te enseñaré utilizando métodos especiales". Así que conocí a mi Mistress el año pasado y esto creó una nueva dimensión para mí. Nunca me olvido del primer encuentro. Siempre estoy nervioso al iniciar una nueva experiencia. Había comprado una botella de champán y le había traído un pequeño caballo de madera (dalahorse) de Suecia. Entré en el ascensor y pulsé el botón correspondiente al decimotercer piso. Allí estaba, en pie frente a su puerta y mi corazón latía como dando golpes de mazo. Toqué el timbre y esperé. Tomó cierto tiempo. Fue casi una eternidad pero de repente se abrió la puerta y allí estaba, mi hermosa Mistress. Se me prohibió, y aún tengo prohibido, mirarle a mi Mistress a los ojos y esto lo he aprendido tras varias bofetadas en la cara. Esta fue de hecho la primera experiencia de mi aprendizaje. Le entregué la botella de champán y me dijo que fuera al baño y me desvistiera. Cuando hubiera acabado podía ir a su habitación para ser inspeccionado. Me dijo que no me moviera y por supuesto que no le mirara a los ojos. Me puso entonces unas esposas. Mi Mistress me colocó entonces en una silla a la que me ató con cuidado. Lugo colocó pinzas en mis pezones, pinzas de las de dientes de cocodrilo. Y entonces Mistress Ana empezó su primera clase de español. Me dijo que le dijera todas las palabras en español que conociera. Si una palabra no estaba bien o si no sabía explicarla, o si dejaba de hablar, me daba un fuerte golpe de fusta. Siempre sobre mis piernas. A veces optaba por utilizar una correa de cuero. Esto continuó durante 20 minutos. Luego, de


repente, mi Mistress me flageló con un pequeño latiguillo de nueve colas sobre los pezones hasta arrancarme las pinzas. Todo lo que hace mi Mistress lo hace en un ambiente impredecible. Nunca sabes lo que va a ocurrir. Una cosa es segura: ocurre. Mucho dolor, pero siempre dolor positivo, el dolor que me gusta y el dolor con el que sueño. Ella verdaderamente sabe crear un ambiente sádico. Luego me soltó y tuve que ponerme en pie contra la pared. Sin moverme. Completamente quieto. Lentamente, sacó una vara y empezó a provocarme con unos pocos golpecitos suaves. Luego paró y me dijo una vez más que me estuviera quieto y que mirara a la pared. De repente sentí unos golpes fortísimos sobre el culo. Me dijo que los contara en castellano. Paró después de 15 golpes. Podía sentir el ardor pero al mismo tiempo algo especialmente fantástico. Pedí más. "Más, por favor". Pero esto fue todo por esta vez. Mi Mistress tiene un brazo muy fuerte, lo que por supuesto facilita mucho una sesión de canning. Volví a soñar toda la sesión en mi viaje en taxi al hotel, pero también durante la noche. Ella es distinta. He conocido a muchas Mistresses, pero ella es distinta. Cuando dejé a Mistress Ana esa noche sólo tenía una cosa en la cabeza, volver a contactar con ella para tener otro encuentro. Mi siguiente encuentro con ella fue dos días después. El mismo procedimiento. Champán y un golpe en la cara porque me pilló mirándole a los ojos. No lo pude evitar, pero valió la pena. Tal y como dije antes, es impredecible. Nunca sabes lo que va a ocurrir. Después de desvestirme, mi Mistress me dijo que me sentara en la silla. Luego me ató hasta conseguir inmovilizarme por completo. Me vendó los ojos y colocó una de sus medias dentro de mi boca, que selló con esparadrapo. Luego sacó dos pinzas de ropa y las puso en mis pezones. Entonces agarró una cuerda y la ató a las pinzas doblándolas hacia abajo, lo que me ocasionó mucho dolor en los pezones. Y luego, de repente, me dejó solo. La oí marcharse a otra habitación. Después de un buen rato mi Mistress volvió. Pude oler algo quemándose. Fui torturado con cera por todo el cuerpo, especialmente en los pezones y en el pene. La sensación es enorme, el dolor, el ambiente, mi Mistress, la inmovilidad, todo se combina en un sueño fantástico. Ella hizo la combinación. Ella lo creó todo. Y luego empezó a hacerme preguntas en español. Por supuesto, no podía responder. Tenía la boca llena con su media. Me dio diez golpes de fusta por no responder; sobre las piernas, y fue duro. Seguimos así bastante rato. Evidentemente, a mi Mistress le gustaba torturarme así. Luego sacó la media de mi boca y empezó con la lección de castellano. Por suerte, había podido estudiar algo de español desde la última vez. Al menos lo bastante para responder a sus preguntas. Pero el mismo procedimiento que antes. Si


respondía mal me ganaba diez fustazos. Acabó con la lección de castellano y me quitó la cera a fustazos, pinzas incluidas. Esto duele mucho. Luego me desató y me ordenó que me pusiera de pie frente a la pared. Ya sabía lo que iba a ocurrir. Me dio veinte cañazos. Diez primero, luego una pequeña pausa, y luego otros diez. Por supuesto, tuve que contarlos en castellano. Contar en castellano se me da muy bien ahora. Luego me dijo que me tumbara en el suelo y adorara los magníficos pies de mi Mistress. Este fue el final de nuestra sesión. Como siempre con mi Mistress, fue muy especial. Al estar tumbado en el suelo, completamente quieto, puso sus pies, uno después del otro, sobre mi cara y me dijo que lamiera y adorara. Fue una experiencia fantástica. Nunca pensé que el fetichismo del pie fuera conmigo. Esta sesión me provocó sueños de ser su esclavo a tiempo completo (24/7). Tenía que marcharme de Madrid para volver a mi país pero me prometí volver. Entretanto, soñaba con ser un esclavo a tiempo completo de Mistress Ana. Le enviaba un correo electrónico cada semana tratando distintos asuntos pero la mayoría trataban sobre mi siguiente viaje a Madrid. Era extraño, pero varias noches soñaba con ser el esclavo a tiempo completo de Mistress Ana. Este sueño se repetía muchas noches. Todo empezó con una pregunta que le hice por correo electrónico, si me dejaba ser su esclavo de 24/7. Esperé dos semanas antes de recibir respuesta. Cuándo llegó fue afirmativa, si bien ella añadía: "siempre bajo mis condiciones y esto se aplica a todo. No puedes elegir, ni pedir piedad. Deberás tomar todo lo que recibas de mi. Y no hablo de comida. Hablo de dolor. Te enseñaré a recibir mucho más dolor de lo que recibes ahora. No te olvides que te utilizo como un juguete. Incluso si somos amigos, debes saber cuál es tu sitio en la relación entre esclavo y Mistress". Después de esta respuesta afirmativa empecé a planificar mi viaje a Madrid. Mi mujer había decidido ir a otro sitio con una vecina amiga. Siempre buscan vuelos en el último momento. Por fin decidimos tomarnos unas vacaciones de dos semanas, cada cual por su lado. Ahora volvía a estar allí, en el ascensor, pulsando el botón de su piso. Mis sensaciones eran como las del primer día, excitantes, pero con algo de miedo. "... bajo mis condiciones y esto se aplica a todo. No puedes elegir, ni pedir piedad. Deberás tomar todo lo que recibas de mi. Y no hablo de comida. Hablo de dolor. Te enseñaré a recibir mucho más dolor de lo que recibes ahora. No te olvides que te utilizo como un juguete. Incluso si somos amigos, debes saber cuál es tu sitio en la relación entre esclavo y Mistress" Allí estaba de pie, delante de mi Mistress. "Así que te atreviste a venir. Sabes que ahora es demasiado tarde para marcharte. Verdaderamente tengo muchas


ganas de tener un esclavo a tiempo completo. A la vez, tendré un juguete con el que experimentar. Durante esas dos semanas puedo garantizarte que doblaré tu nivel de dolor. Habrá ejercicios al menos dos veces al día. He comprado una vara especial para ti. La llamo la caña de Nils". Quítate la ropa y túmbate sobre la mesa. Probemos ahora con la caña de Nils. Ahora, esclavo, quiero que cuentes los golpes. Puedes estar seguro de que no nos pararemos en diez. Cuenta en castellano, por favor. Y así empezó mi formación, tanto mis lecciones de español como mis lecciones como esclavo. Sabía que aguantaría bien los diez primeros, pero después de eso... cuando llegamos a doce falló mi castellano y hubo que empezar de nuevo. Debo admitir que tenía cierto problema a la hora de contar, porque cuando volvimos a llegar a 12 dolía muchísimo. Los seis últimos no estuvieron demasiado mal. De forma un tanto extraña el dolor se tornó en una sensación maravillosa que cabía perfectamente dentro de mi disposición masoquista. Desgraciadamente siempre me despierto de mis sueños sensacionales, los sueños en los que puedo estar con mi Mistress. La adoro. Adoro adorarle los pies. Su forma de castigarme con la caña, a la vez que se preocupa por mi estado. Mi sueño ahora es volver a encontrarme con ella de nuevo. Nos comunicamos por correo electrónico y ello me da motivos para entrar corriendo a mi despacho y encender el ordenador para ver si hay correos de mi Mistress Ana. Muchas, muchas gracias por todo. Hasta que nos volvamos a ver.


Como Siempre Mi mujer y yo hemos alcanzado un entendimiento difícil de igualar y encontrar entre otros semejantes, porque nos entendemos a las mil maravillas cada uno en su papel. Ella como siempre, ejerciendo de dominante y yo, como siempre, de sumiso cornudo. Y así, por ejemplo, cuando estamos acostados en la cama ella me cuenta que en la oficina hay un chico que la excita, porque por lo que abulta su pantalón calcula que debe tener un aparato muy grande. "Yo te amo, cornudo mío, pero ese hombre me vuelve loca de excitación, la tiene más grande que tú". Yo te respondo que lo entiendo y te digo que sí, que consiento. - ¿Qué dices cornudo mío? - Que consiento. - ¿Qué consientes? - Que te acuestes con ese chico y que me pongas los cuernos. - ¿Quieres ser cornudo? - Sí, quiero. - ¿Qué quieres? - Quiero que me pongas los cuernos - Por qué - Porque así te amaré más. - Pero ya sabes, cornudo mío, que pese a que me acueste con él tu no puedes tener placer, ni tocarte, ni tan siquiera mirar a otra mujer por la calle. Y pese a ello aceptas ser mi cornudo sumiso. - Sí, lo acepto. - ¿Qué aceptas? - Ser tu cornudo sumiso. - ¿Te gusta que mientras tu mujer te pone los cuernos con otro, tiene placer con otro, tú no puedas ni acariciarte sin mi permiso?. - Sí, me gusta y me excita mucho. - Por qué.


- Porque soy tu cornudo sumiso. - Y porque te gusta sufrir por mí. - Sí, Gloria, me excita que me hagas sufrir. - Y porque cuanto más cornudo te haga me querrás más, verdad. - Sí, Gloría, cuanto más cornudo me hagas, más goces tú y más me impidas a mi gozar, más te amaré. - Entonces tendré que hacerte muy cornudo amor mío, porque quiero que me ames con toda tu alma. Como siempre ella es muy justa y va poco a poco perfeccionando nuestra relación y ahora cuando encuentra a un hombre que le gusta, lo lleva a casa, lo desnuda, lo pone junto a mí y cogiendo las dos pollas las compara, las sopesa en tamaño y cantidad, y decide. "Has vuelto a perder cornudo, porque esta polla es más grande y más bonita que la tuya", dice ella. "La verdad es que es difícil encontrar una más pequeña que la tuya y lo tienes difícil para follarme", concluye, antes de echarse sobre la cama. Y no es verdad y ella lo sabe porque mi polla es normal, lo que ocurre es que ella siempre selecciona a superdotados. E incluso hace trampas porque cuando son iguales ella siempre se queda con la otra. E incluso aunque sea más pequeña, pone cualquier excusa y elige siempre al otro. "Lo siento, cornudo, pero has vuelto a perder", dice usted. "Como siempre", respondo yo compungido. Entonces me ha obligado, como siempre, a que la desnudara para ofrecérsela a él, a lamerle el coño para excitarla y a abrirle los labios para que él pudiera follarla mejor. Luego, y cuando se han corrido he tenido que limpiarla con mi lengua, como siempre. Como siempre cuando celebramos la nochevieja, ella brindando con cava con su amante de turno y yo con su orina que ella ha tenido la delicadeza, como siempre, de verter directamente a mi copa después de ponerse en cuclillas sobre ella. Como siempre brindamos por un venturoso año nuevo y al final de las doce campanadas ella se va con su amante al dormitorio porque según me dice, si es verdad que como se entra en el año se sale, "quiero que entres en él como cornudo y salgas como cornudo", me dice. Como siempre. Y así desde hace ya muchos años, desde el primer año de casados cuando le dije a ella que me gustaba sufrir por la mujer que amo y entregarle a ella ese sufrimiento para que gozara. Como siempre, una noche mi mujer quedó con otro matrimonio en casa, para cenar, tomar una copa y así. Cuando terminamos la cena mi mujer propuso, como siempre, que los tres se sirvieran de mí porque a fin de cuentas yo no era un marido normal, sino un marido cornudo sumiso y masoquista que gozaba lo inaudito viendo como su mujer le ponía los cuernos mientras que yo era humillado en su presencia, en ese mismo momento. Así fue que, como siempre, nos llevó a todos al dormitorio y nos invitó para que nos


desnudáramos. Ella cogió al marido de la otra pareja, a Carlos creo que se llamaba y lo sentó sobre la cama. Luego se sentó de espaldas a él dándonos a los demás la cara y se penetró quedándose allí, clavada. Mi mujer le dijo entonces a la chica del otro matrimonio, Laura creo, que me atara a la argolla de la lámpara del techo. Y así quedé, de pié, frente a ellos, y atado en alto por las manos. Luego, mi mujer comenzó a follarse a Carlos, a subir y a bajar sobre su polla, mientras se acariciaba los pechos y me miraba con esos ojos que siempre me han hecho temblar. - Azota al cornudo, Laura. Y Laura comenzó a azotarme el culo con una correa, mientras me decía cornudo, masoca, y todo aquello que se le venía a la boca, pues andaba así como muy enardecida, al ver que delante de mí, a escasos tres metros, mi mujer follaba con otro como una posesa, me ponía los cuernos como loca, mientras que yo era azotado y exhibía la polla tiesa, apuntando al techo. Y cuanto más fuertes eran los azotes y más gemía mi mujer de placer, como siempre, yo más excitado estaba y más dura la tenía. Mi mujer se conoce que se excitaba al verme allí, cornudo, azotado, humillado y pese a ello, tremendamente excitado, porque arreció en los vaivenes sobre la polla que tenía debajo y cuando notó que iba a correrse aspiró el aire con fuerza y se quedó desfallecida sobre Carlos, mientras recibía la descarga de leche en sus entrañas. Aquello me afectó tanto que no pude evitar correrme como un bestia sobre los pechos de mi mujer en el momento justo en el que Laura me pegaba el último latigazo, y se dejaba caer al suelo exhausta, rendida y también corrida. Mi orgasmo fue tan bestial que la leche corrió tres metros desde mi polla a los pechos de mi mujer que se quedó allí rendida, sobre Carlos, respirando agitada y sacudiéndose porque se conoce que había tenido más de un orgasmo, al ver como yo me corría como un bestia mientras era azotado y hecho cornudo, muy cornudo. Como siempre.

El Primerizo El zumbido de su reloj indicó a "nulidad" que había llegado el momento. Hoy no era un sábado cualquiera. Hoy era el día de la prueba. El día en que sus dos años de esclavitud, las largas horas de entrenamiento, su conversión del ejecutivo Fernando Herrero en "nulidad", esclavo propiedad de Mistress Ana, iba a pasar su primer examen público. Esa noche "nulidad" serviría la cena a Mistress Ana y Sus Invitadas y debía presentarse adecuadamente uniformada para ello. Después de ducharse sujetó sus partes con cinta adhesiva apretándolas de forma que casi no se notaran. Tras afeitarse dos veces para obtener el apurado perfecto que su Ama le exigía se sentó en el tocador y procedió a maquillarse.


No mucho. Algo de color en las mejillas, un toque de sombra de ojos, apenas un reflejo de rojo en los labios... después de todo su papel esa noche sería sólo el de criada, y no el de puta para el que Mistress Ana también la había preparado... Hora de vestirse. Sobre la cama se mostraban las prendas que había preparado con esmero esa mañana. Cogió las bragas de satín negro que su Ama le había ordenado comprar para la ocasión y, en un impulso, las besó agradecido antes de ponérselas. Aquella prenda era quizás el símbolo más evidente de su transformación, de su finalmente encontrada felicidad. A las bragas siguieron el liguero y las medias. Se las puso lentamente, acariciando sus piernas depiladas a medida que las subía hasta los muslos. Se acercó al uniforme que, listo para estrenar, colgaba de la percha en la que lo había colocado después de plancharlo cuidadosamente. Lo admiró de nuevo. Negro como ala de cuervo, con cuello y puños blancos bordados, a juego con el delantal y la cofia. Hecho a medida, "nulidad" sabía que se ajustaría perfectamente a sus 78 kg sin gota de grasa, que la corta falda realzaría las interminables piernas de su 1’86. Antes de entregar su libertad Fernando había cultivado un cuerpo de atleta y ahora, convertido en "nulidad", Mistress Ana la obligaba a mantenerlo para Sus Propósitos. Junto al uniforme, los zapatos. También negros. Con tacón de aguja de 12 cm. Sonrió al mirarlos y por su mente desfilaron las largas horas aprendiendo a manejarse con ellos. Cuantos castigos le había acarreado su torpeza. Saboreó de nuevo cada uno de los golpes recibidos agradeciéndolos, no por el dolor que le produjeron, sino por su efecto en acelerar su aprendizaje. Sacudiendo la cabeza con nostalgia se puso el vestido y los zapatos y volvió al tocador a ponerse la peluca. Una mata de pelo castaño, parecido al suyo natural, que le llegaba hasta los hombros. Finalmente, se puso el delantal y se ajustó la cofia. Estaba lista. Se dirigió a la puerta y antes de abrirla dedicó un minuto a contemplarse en el espejo de la entrada. El reflejo que éste le devolvió acrecentó su adoración por su Ama. Lo que allí podía verse era obra Suya. Cogió las llaves del coche, salió al pasillo y caminó hasta el ascensor acompañada del repiqueteo de los tacones. Pulsó el botón de bajada y esperó. Al abrirse la puerta vio que el ascensor estaba ocupado. Conocía vagamente a la persona que lo ocupaba. Era uno de los vecinos del piso de arriba. No recordaba su nombre. Por un instante pensó en agachar la cabeza y ocupar un rincón a sus espaldas, pero no lo hizo. Saludó educadamente y permaneció con la cara levantada. Quizás aquel hombre la reconociera. O quizás no. No importaba. No tenía nada que ocultar.


Su nombre era "nulidad". Su condición, esclava propiedad de Mistress Ana... y estaba orgullosa de serlo. El Encuentro Los pisos parecían volar dentro de aquel ascensor. Mi impaciencia se mezclaba con una pequeña dosis de miedo, que para ser franco iba aumentando a la vez que se acortaba la distancia que me separaba de ella. No la conocía, y eso aumentaba más la incertidumbre. Realmente cuando comencé a comunicarme con ella por Internet, nunca imaginé que llegaría a concertar una cita para llevar a la práctica mi sumisión. ¡SUMISION! ¡Dios que raro suena esa palabra! Las dudas me asaltaban. Nunca había engañado a mi mujer, y en cierta forma, esto no lo consideraba una infidelidad. Miré el reloj. Faltaba cinco minutos. Respiré hondo al salir del ascensor, hoy me sobraba tiempo. Hace tres semanas, me retrasé y cuando llegue ya se había marchado, me costó todo éste tiempo mostrarle mi arrepentimiento, y convencerla de que me diera otra oportunidad. Cuando llegue a la puerta, ví un sobre con mi nombre pegado bajo el número de habitación, con gran nerviosismo lo abrí. Dentro había una lista de instrucciones que debía observar y cumplir con rigurosa exactitud. En aquella nota me manifestaba su enfado por el plantón anterior, por lo que ésta cita sería únicamente una sesión de castigo, en la que yo dejaba de tener ningún derecho. Me daba la opción a no entrar, en cuyo caso jamás volveríamos a hablar, pero si decidía entrar, sería con una entrega total y sin reservas. Yo miré el largo pasillo que me llevaba al ascensor. Una extraña mezcla de miedo y emoción me envolvió. Tuve la intención de alejarme de allí, pero no sé porque extraña razón, mis músculos no me obedecían. El insistente sonido de la alarma de mi reloj, me sacó de aquel aletargamiento. Era la hora. Mi mano como olvidándose de mis deseos —o mejor dicho guiada por los más escondidos en mi mente- introdujo la tarjeta en la cerradura. En unos segundos, la puerta se abrió. Dentro estaba casi en penumbra. Las cortina cerrada casi por completa, no dejaban pasar más que una pequeña porción de luz. Mis ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a aquella oscuridad. Ella estaba sentada en un sillón de espalda a la ventana, por lo que no podía verle la cara ni, solo la silueta se dibujaba en medio de aquel minúsculo haz de luz que se filtraba por las cortinas. Comencé a desvestirme como me había indicado, dejé únicamente mis slips, después me arrodillé y recorrí los escasos metros que me separaban de ella, con la mirada fija al suelo. Cuando llegué a su lado, besé sus pies que estaban enfundados en unos zapatos de tacón. Su piel era suave. Pude sentir su calidez, ya que no llevaba medias. Durante largos minutos besé y lamí sus pies. Después recosté mi cabeza en su regazo, y comencé a suplicarle perdón por mi falta de respeto. Tal y como ella me exigía, aunque para ser sincero yo también deseaba mostrarle toda mi entrega. El único límite que deseaba


mantener era el del sexo, no deseaba serle infiel a mi esposa, por lo que en mi interior rogaba para que aquella mujer a la que le estaba entregando toda mi voluntad, no quisiera también mi corazón. Durante nuestras charlas en Internet, eso había quedado claro, pero debido a su cambio de idea en cuanto a mis límites, no sabía que pensaba hacer. Ella no parecía tener intención de moverse, y yo seguía buscando palabras para expresarle mi entrega. Ella mientras me acaricia el pelo, y en ocasiones bajaba su mano por mi espalda. Sus manos estaban enfundadas en guantes de cuero. El tacto al acariciarme era áspero. Como si llevará algo en las palmas, después entendería lo que era. Después de un tiempo sin determinar, aquella calma se rompió de improviso. Su mano tiró de mi pelo con brusquedad. Intenté ver su rostro, pero no alcancé distinguirla debido a la luz que entraba por la ventana a su espalda, que me obligó a cerrar los ojos. Ella me abofeteo repetidas veces con suma dureza. Una y otra vez me cruzó la cara provocándome un intenso dolor, ya que la zona áspera del guante amplificaba el mismo. No se cuantas bofetadas me daría, ya que al llegar a diez perdí la cuenta. Noté que mi labio se había roto, y un pequeño hilo de sangre brotaba de la herida. Ella se detuvo. Con una increíble ternura, acarició la zona castigada. Después coloco sobre mis ojos un antifaz negro que me sumió en una oscuridad absoluta. Sentí un leve tintineo metálico. Después un agudo dolor en mis pezones provocado por las pinzas que colocó en ellos. Tras unos instantes, ella tiro de las cadenas, yo no puede reprimir un quejido, que rápidamente fue castigado con una bofetada. Nuevamente tiro de mis cadenas. Y pese a mis esfuerzos, recibí otra bofetada como consecuencia de mis quejas. Después una docena aquellas cachetadas en mi cara, las mejillas me ardían en gran manera, aunque dejé de quejarme por el dolor de mis pezones. — Realmente no sé, si era por el miedo al castigo, o porqué la zona ya estaba insensibilizada. Tras unos tirones sin que emitirá yo ninguna queja, ella me acarició las mejillas, y dejó un leve beso en mis labios. Después ella tiro de mi pelo, obligándome a incorporarme. Fue en ese momento, cuando me di cuenta de mi tremenda erección. Aquel castigo inicial había despertado un sinfín de emociones. Ella tiro de mí, hasta inclinarme en su regazo. Estaba siendo humillado, tratado como un nene y aquello me excito aun más. Ella me colocó de tal forma, que mis manos y mis pies carecían de ningún tipo de apoyo aparte del suelo, por lo que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por mantener el equilibrio. Sin demora, ella comenzó a golpear mis nalgas. Los golpes eran duros desde el primer momento. No cabía la menor duda que estaba enfadada, y que aquel era un verdadero castigo. Pronto el dolor fue más agudo, y la fina tela de los slips no lo aliviaba en nada. Tras un severo castigo, se detuvo. Su mano tiro de la prenda hasta que esta llegó a los muslos. Durante unos minutos, acaricio y masajeo mis nalgas que ya estaba enrojecidas. Yo le agradecía el castigo, y le mostraba mi arrepentimiento, aunque no fue suficiente para evitar que su mano volviera a batirse sobre mis nalgas. Aquella segunda azotaina me hizo comenzar a llorar y suplicar como un colegial. Aquel guante reforzado me estaba machacando el trasero, ya que ella me golpeaba sin ninguna piedad. En


ocasiones se detenía para acariciar mis nalgas, las palpaba y tocaba viendo el efecto del castigo, para retomar después el ritmo, y golpear en la zona menos castigada, a fin de que todo el trasero recibiera el mismo tratamiento. Las palmadas caían sin descanso. Una docena de azotes aquí, otra allá, desde la parte alta de mis muslos hasta el final de trasero no dejo ni un solo milímetro de piel sin castigar. Yo hacía verdaderos esfuerzos por controlar mi llanto, que para entonces era abundante, además reprimir la eyaculación, ya que aquel severo castigo junto a roce mi pene con sus muslos, me estaban volviendo loco. Al final se detuvo. Yo permanecí sobre su regazo sollozando. Tras unos minutos, me empujó al suelo, y mis manos inmediatamente fueron a proteger la zona castigada. Ella se levantó. La oí alejarse. Sus pasos iban y venían. Tras algunos minutos, regreso. Me ayudo a levantar. Con movimientos lentos, me colocó un cinturón que dejaba mis nalgas descubiertas, pero mi pene quedaba presionado. Después llevándome las manos a la espalda me colocó unas esposas. Jugueteo con mis pezones. Mi erección aumentó, provocándome un agudo dolor que se mezcló con la sorpresa. Ella emitió una ligera sorpresa. Las púas de aquel cinturón de castidad, castigaba mi miembro sin ninguna compasión. Ella me abofeteo nuevamente las mejillas, y me colocó una mordaza. Ella me condujo a empujones hasta la alcoba. Después, dejó caer cera caliente sobre mis nalgas y mi espalda, el dolor era agudo. El calor de la cera castigaba mucho más mi ya dolorido trasero. Durante largo tiempo, cubrió todo mi cuerpo con aquella cera. Al finalizar, oí un zumbido que cortaba el aire. Me encogí intentando protegerme. Ella se acercó a mi, soltó mis muñecas, sujetándolas en cruz, a las barras de a cama. Después se alejo. Nuevamente el zumbido cruzó el aire, pero esta vez, el golpe sin impacto en mi piel. Aquel látigo de nueve colas iba golpeando mi piel, haciendo saltar las escamas de cera ya seca. Sin ninguna compasión, ella me azotó sin escatimar fuerzas. Yo lloraba y gritaba, aunque los gritos se ahogaban sin llegar a salir. Estaba dolorido y sudoroso, mientras que a mi verduga no le afloraba el más mínimo atisbo de piedad. Sin embargo, con cada golpe algo en mi interior se iba entregando más a ella. Mi voluntad estaba cada vez más subyugada a la suya, y nacía entre nosotros un vínculo de complicidad. Ella se acercó. Acarició cada rincón de mi piel. Salio de la habitación. Un refrescante murmullo de agua venía del baño. La oí acercarse de nuevo. Sus manos ya sin guantes, me acariciaron. Con delicadeza saco las pinzas de mis pezones. Después me libero del cinturón. Mis manos quedaron libres. Ella tiro de mí. Entramos en el baño. Me ayudo a entrar en un agua tibia que relajo cada uno de mis músculos. Con una esponja limpio mi cuerpo. Una suave somnolencia me embargo. Después seco mi cuerpo y me devolvió al dormitorio. Me empujó hasta la cama. Me liberó de la mordaza, y comenzó a acariciar mi miembro. Cuando estuvo en plenitud, ella se puso encima. Yo estaba confuso, apunto de abandonarme totalmente, pero en medio de aquella oscuridad, recobre la conciencia de mi mismo.


-¡No! —Musité mientras la apartaba de mí.- ¡Amo, a mi mujer mi AMA! ¡No puedo hacerle esto! Ella se incorporó, me abofeteo repetidas veces, después salió del dormitorio. Yo la oí moverse con rapidez en el otro cuarto. ¡Estaba recogiendo cosas! Me levanté. Salí como pude tropezando con algunos muebles. Me arrastré hasta ella, suplicándole que no se marchara, que me entendiera. Le entregué mi voluntad, pero le rogué que no me obligará a serle infiel a mi esposa. Me abracé a sus piernas, besé sus zapatos. Lloré como jamás lo había hecho. Ya que había encontrado una pequeña porción de mi paraíso particular, y ahora me encontraba en el borde de un precipicio. Apunto de perderlo todo. No quería renunciar al amargo placer de la sumisión, aunque tampoco deseaba perder a mi esposa. No se cuanto tiempo pasé suplicando. Ella se descalzó. Una tremenda patada fue directa a mi estómago. Yo me cubrí. Ella me volvió a golpear, pero esta vez en mi trasero. Su pie desnudo me golpeaba una y otra vez. Después me empujo hacia el dormitorio. Yo gateaba mientras que ella me daba patadas. Con calma pero contundencia. Sin prisas. Yo comprendí que había vuelto, y tras unos pasos me paraba, hasta recibir otro castigo. El camino al dormitorio se hizo eterno. Una vez allí, Ella me encadeno al radiador. Y golpeo mi cuerpo con una vara. El dolor era agudo. Yo sentía su irá en cada golpe. La vara rompió levemente mi piel en varios sitios, y yo podía sentir como la sangre corría por mi cuerpo. La vara se rompió. Ella me soltó y me colocó en la cama. Con mucha delicadeza, limpio mis heridas, y me extendió una crema que refresco mi castigado cuerpo. Aquel masaje iba cargado de ternura. Al finalizar, me bajo de la cama, y me encadenó a una de las patas. La oí acostarse. Yo tardé en dormir, estaba dolorido pero excitadísimo. Oía la respiración de mi AMA. Yo era suyo y eso me hacía feliz. Durante la noche soñé con aquella mujer a la que pertenecía mi cuerpo, y también con mi esposa, a la que le reservaba mi alma y mi corazón. La mañana llegó rápidamente. Una patada de mi AMA me despertó. La oí recoger todo. Se dio un baño y se sentó a mi lado. Tras un tiempo que no soy capaz de determinar permaneció en silencio, acariciando mi cabeza que yo había reclinado en su regazo como el primer día, aunque ahora las palabras ya no hacían falta. Ella sabía que le pertenecía, y yo no deseaba otra cosa que sentir sus caricias, aunque fueran dolorosas. Ella me coloco de rodilla entre sus piernas. Acaricio mis mejillas. Comenzó a quitarme el antifaz que había llevado todo éste tiempo. La emoción creció en mi corazón. Al fin vería el rostro de mi Ama. La luz golpeo con dureza mis ojos, acostumbrados ya ha aquella oscuridad. Tarde en enfocar bien la imagen. ¡No lo podía creer! ¡Era hermosa! Estaba radiante con su melena pelirroja cayendo por sus hombros. Sus ojos irradiaban felicidad. Yo estaba aturdido, no podía creer ver tanta belleza. -¡Hola mi vida! —Me dijo mi esposa mientras me besaba en los labios.-¡Mi Ama….! —Alcancé a decir.-¡Si! Ahora sé que tú entrega es total. ¡Eres mío! ¡Mi esposo! ¡Mí esclavo!



Buena colección de relatos FEMDOM