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María Edith Lau relata su historia en su casa de Miami. ARIA Edith Lau reza para que no ocurra. Yaya Kone está pensado en volver a su país, Costa de Marfil. Y Kaeley Pruitt-Hamm duda incluso de poder sobrevivir. Todos comparten un mismo temor: ven peligrar el Obamacare y con ello su propia salud. La reforma sanitaria del presidente Barack Obama se enfrenta en los próximos días en el Senado a su posible liquidación. Los republicanos, con Donald Trump a la cabeza, se aprestan a votar un sistema alternativo que finiquitará muchos de sus logros y, según cálculos independientes, dejará a millones de personas sin seguro. Aunque no todo podrá ser derribado, si la votación prospera, caerán los pilares de un modelo que en siete años ha dado cobertura médica a 20 millones de personas que no la tenían. “Fue mi salvación”, dice María. En un país donde aún quedan unos 29 millones de ciudadanos sin ningún tipo de asistencia sanitaria, el futuro del Obamacare se ha vuelto un debate trascendental. Los demócratas, apoyados por organizaciones médicas y sociales, defienden con uñas y dientes el actual sistema. Aceptan que posee lagunas y enormes ineficiencias, pero sostienen que es un avance respecto al vacío anterior y, sobre todo, que ofrece un refugio a millones de ciudadanos en la cuerda floja. Los republicanos lo han convertido en un símbolo a destruir, en un monumento a los excesos de la burocracia y el intervencionismo. Pero hasta ahora han sido incapaces de definir una alternativa. Esa es la única esperanza del Obamacare. Dos senadores republicanos ya han rechazado la última versión, más moderada que la inicial. Y cualquier nueva fuga impediría su aprobación. El miedo a un fracaso, que supondría un varapalo para Trump, ha desencadenado una intensa negociación de resultado impre-

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decible. Pero pocos dudan de que supondrá un retroceso en la atención sanitaria. María, Yaya, Kaeley y Bill lo saben. Estas son sus historias: María Edith Lau guarda en una tina de plástico las facturas de los tratamientos que le salvaron la vida y que no hubiera podido pagar sin el Obamacare. “Son tantas que no me cabían en un bolso. Calculo que fueron unos 50.000 dólares”, dice esta nicaragüense de 53 años, nacionalizada americana y “superviviente de cáncer”. Lau llegó a EE UU en 1993 y en los primeros 20 años no tuvo ningún seguro médico. En 2013 se puso en marcha el modelo de Obama y logró su primera cobertura, subvencionada. No tuvo que usarla hasta que en 2016 le diagnosticaron un cáncer de colon. “Yo no sé que hubiera sido de mí. A mí me salvaron primeramente Dios, gloria al Señor, y después el seguro del Obamacare”, afirma en su casa del barrio de la Pequeña Habana, en Miami. En un hospital privado le hicieron “todos los exámenes habidos y por haber”. Mientras, su hermana y ella seguían su propio plan: “Orar y orar y orar”. Un oncólogo le dio un diagnóstico que requería una cirugía agresiva. Pidió un segundo diagnóstico y le asignaron otro oncólogo que no optó por la intervención. Recibió quimioterapia en el hospital y en su hogar, atendida por un enfermero a domicilio. También le dieron sesiones de radioterapia en la clínica. Pasado el proceso, los exámenes indicaron que estaba “limpia”. María Edith Lau está soltera. Vive con su hijo Juan Carlos, de 20 años, que quiere ser policía. Él también tiene Obamacare. Trabaja por 11 dólares la hora en una empresa de correo. Ella es empleada de una cafetería y el salario principal de los dos suma menos de 1.500 dólares al mes. El alquiler de la vivienda se traga más de la mitad y nunca logran ahorrar. Comen lo más barato que encuentran.

Caribe primera edicion de agosto  

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