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Fantasía Por jS

S

on las dos de la tarde, es hora. Tengo exactamente 60 minutos. Repaso mi reloj con unas suaves palmaditas y acerco la oreja como quien escucha el corazón de un herido grave, no quiero echar a perder este momento. Guardo mis lentes con marco grueso café y mi dedo de goma, dejo las facturas (que hoy me han dado mas trabajo de lo usual), dejo la escoba y los lustra muebles y camino hacia la puerta, marco mi tarjeta de salida, grabada con mi nombre, ya muy gastada, se lee: José Quintanilla, Administrativo, Nivel X346-1. Inflo mi pecho al recordar que hace mas de 23 años que trabajo en esta empresa y comencé con un nivel Z. Me lo merezco –pienso– introduzco la tarjeta en la máquina que tiene la misma edad que yo trabajando aquí. Emite unos chirridos, saltos, acciono la palanquita, espero….y ya está. Tengo exactamente 58 minutos. Hasta luego Don Rodrigo – fingiendo una sonrisa – nos vemos en una hora…en realidad en 56 minutos, porque tu maldita máquina añosa me roba 4 minutos todos los días, avaro hijo de puta. Me muevo rápidamente con mi cabeza gacha para impedir que Doña Elvira me intercepte en el pasillo y me pida que le sirva un café, pues ella no puede preparárselo sola y usufructúa de su generosa posición para solicitarme los mas diversos favores, lo que incluye servirle café, conducirle a casa, pagarle la cuenta de teléfono de su amante para que su esposo no sospeche, depositar en su cuenta bancaria alternativa para sus “lujos”, etc. etc. Sino fuese porque….en fin, pierdo mi tiempo. Ya casi llego, a la puerta, tomo la manilla, la giro. Pepito! –me gritan– me paralizo, giro mi cabeza hacia mi izquierda lentamente como si sufriera de tortícolis, es Marcelita. Que te vaya bien –sentencia amablemente-. Gracias – digo con cara de idiota-. Es hermosa, ella es tan delicada, pero un junior no tiene chance con una mujer tan espectacular como ella –pienso mientras camino rumbo hacia fuera-. Suspiro, pero me gozo con mi momento. Evito el ascensor y bajo por las escaleras para no toparme con nadie, hoy José no está para nadie – me confirmo con tono de autoridad–. Reviso mi billetera, a pesar de mi exiguo sueldo me he hecho maña para ocultar de mi madre durante muchos meses, estos fondos y así cumplir con mi fantasía, acumulada por muchos tiempo, allí están los billetes muy arrugados para que se confundan con los papeles inservibles que no llaman la atención en la veterana cartera. ¡Hasta luego pepito, recuerda mi encargo! – me grita el portero – quien también me jode a diario con sus malditos puros vendidos en una muy antigua pulpería cubana del centro, se acerca me toma el hombro, mientras me habla respiro su aliento, me repele su hedor a tabaco, sus dientes afilados y delgados, desgatados por la nicotina y el vicio, no pierdo oportunidad de recordarme a mi mismo por que dejé de fumar y beber hace ya muchos años. Logro zafarme de él, doblo la esquina, miro mi reloj, me quedan 46 minutos. Corro, atravieso la calle con luz roja, no tengo tiempo, el escaso horario de colación no permite pensar en seguridad y esas patrañas. Me suelto la corbata, la que alguna vez fue amarilla, ahora con un color parecido a una caja de cartón. Le diviso desde muy lejos, lo huelo, lo presiento, ahí está imponente. Me detengo y contengo la respiración. Estoy nervioso, como en la noches de navidad en la que esperábamos al viejo pascuero que nos dejara cualquier regalo insignificante, porque este viejo pascuero – nos decían nuestros padres – vivía constantes penurias que no le permitían traer regalos mas grandes o los que yo y mis hermanos pedíamos. Ha sido una vida de privaciones, estoy en gloria, ahí estoy yo frente a frente con mi premio que sabe de su destino. Me codicia a través de la vitrina, aquella que conozco de memoria pues la he esculcado tantas veces y por tantas horas. Este momento lo he repasado por tantas noches. Saco mi billetera, reviso por enésima vez el monto de dinero. Una gota de sudor cae al suelo, me seco la frente con mi pañuelo, me peino con la misma peineta desdentada con la


cual mi madre me peinaba cuando era joven. Incorporo mi camisa dentro del pantalón, mi corbata en el cuello. Estoy nervioso, tengo el dinero, pero no se que decir. Cobro valor, decido entrar, me atiende una joven preciosa, me mira con desdén frunciendo el ceño, me conduce a mi asiento, hay tanta gente linda, me miran, me desprecian, pero no les daré en el gusto, pues yo estoy aquí con todo el derecho que mi dinero puede comprar, miro sobre mi hombro a todos. Y así José levanta su mano en señal de solicitud y dice al garzón con voz firme: “Me serviré las ostras y el plato que tienen en la fotografía de la vitrina con el mejor vino que tenga, por favor”. Mientras piensa: "Tengo 31 minutos para disfrutarlos y un largo tiempo para recordarlo…".


Fantasia