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LOS NIÑOS Y EL PROBLEMA CON LAS ADICCIONES

Niños Mexicanos Carecen de protección ante drogas legales. Correr, saltar, cantar, reír y en ocasiones enojarse y gritar son todas muestras de que un niño está vivo y tiene sentimientos. Son muestras de que él es un ser humano completamente normal. Seguramente podemos recordar que cientos de nuestros momentos más felices ocurrieron en nuestra niñez, jugando fútbol o a las muñecas, participando en el coro de la escuela, organizando guerras con resorteras o municiones de papel mojado o molestando a nuestra hermanita menor ¿Cuántas veces tu vida se ha llenado de alegría con el solo hecho de ver a un niño jugar y reír? ¿Cuántas veces la sonrisa o el abrazo de tu hijo te han hecho sentir que el día valió la pena? Ahora imagina que alguna persona, arbitrariamente decide que lo mencionado arriba son síntomas de una “terrible enfermedad”: el trastorno del déficit de atención (TDAH). En otras palabras, imagina que tu hijo, tu hermano o un amigo tiene ahora una falsa etiqueta que lo clasifica como un niño hiperactivo. Como no pueden comprobar científicamente que la persona tiene algún problema real, hay quienes dirán que la persona tiene “un desequilibrio


Trata de recordar el momento más feliz de tu vida, aquel que te hizo reír a carcajadas o incluso saltar de la emoción. ¿Ya? Bien. Ahora imagínate que alguien te dice que estás enfermo. Sí, que aquello que acabas de sentir es el síntoma de una enfermedad llamada TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad). ¿Verdad que sería ridículo? Probablemente te enojarías con aquel que siquiera insinuara que tu alegría y tus ganas de vivir son el reflejo de un problema muy grave en ti. O tal vez, sólo pensarías que quien te dice eso está loco y ni caso le harías. Pero, ¿qué pasa cuando en vez de ti, es tu hijo? Tu hijo que se sintió feliz de repente y corre a abrazarte cuando estás preparando la comida, tomándote por sorpresa y haciendo que se te caiga la cuchara. O que tiene ganas de cantar, mostrándote lo que aprendió en su clase de música, pero que escoge el peor momento, justo en el instante en el que tienes un dolor de cabeza gigantesco. Sabemos que estos tiempos no se caracterizan por la tranquilidad de nuestros días. El tráfico, las deudas, los problemas en el trabajo, el pleito con la suegra, etc... hacen que nuestra vida tenga suficiente stress. Muchas veces, la paciencia ha llegado al límite justo en el momento en el que nuestro hijo decide manifestar su alegría. ¿Cómo reaccionamos? Siendo honestos, lo mínimo que se hace es dar un grito pidiéndole al niño que se calle o se aleje del lugar donde estamos. Eso que hacemos como padres, también lo hacen los maestros. Entonces tienes a un niño alegre, tal como deben ser los niños, pero totalmente incomprendido. Un niño que por el sólo hecho de ser niño y hacer lo que hace cualquier niño, hace estallar la paciencia de sus padres y maestros y obtiene un castigo, el peor castigo: una etiqueta como niño con déficit de atención e hiperactivo o impulsivo. Discriminar a un niño alegre es el pan nuestro de cada día. En decenas de escuelas de la República Mexicana, miles de niños están viviendo el calvario de ser como son en una sociedad que se ha acostumbrado a no resolver los problemas reales, sino disfrazarlos con lo que esté de moda. Así, tenemos a niños etiquetados con déficit de atención, niños que ahora son llamados hiperactivos, niños con etiquetas sofisticadas que los señalan como niños enfermos de síndromes inexistentes, pero que suenan muy elegantes. “Tengo un hijo con TDAH” “En mi salón tengo 10 TDAHs” son algunas de las cosas que se escuchan actualmente, a veces como si quien lo dice, sintiera orgullo por también estar a la moda.


El problema no sólo es la etiqueta. El verdadero crimen está en lo que viene después. Los niños son discriminados al ser etiquetados con una enfermedad inventada (El TDAH no tiene una sola base científica y no hay un sólo examen médico que evidencie su existencia) pero lo peor es que son víctimas de atentados contra sus vidas. Bajo el pretexto del síndrome de moda, comienza para los niños una drogadicción legal a sustancias altamente peligrosas como el metilfenidato (Ritalín, Concerta, Tradea, Rubifén) que es la droga que se receta para supuestamente controlar el Déficit de Atención. Pero lo que no le dicen a los padres de familia es que la Ley General de Salud cataloga al metilfenidato como un estupefaciente mayor (al nivel que la cocaína, el opio y la heroína), que en Estados Unidos, la FDA (Food and Drug Administration) alertó que el metilfenidato puede causar alucinaciones y ordenó que se pusiera una etiqueta negra en las cajas de los medicamentos para informar que puede inducir al suicidio y tampoco le dicen a los papás que en la Guía para la Atención de Intoxicaciones por Drogas (publicada por la Secretaría de Salud) se indica que en fase avanzada de consumo, el metilfenidato puede ocasionar paro respiratorio, derrame cerebral, convulsiones y la muerte.

Así, un niño que antes era completamente sano y feliz, ahora desarrolla


como efectos secundarios del consumo de drogas psiquiátricas, verdaderas enfermedades físicas (problemas del corazón, fatiga crónica, etc…) y está deprimido, enojado, nervioso y angustiado. Se le han creado una o más discapacidades. Porque la mayoría de los niños que antes eran alegres, amigueros, participativos, después del consumo de metilfenidato se convierten en alguien retraído, que ya casi no habla, que no participa en clase, que no tiene agrado en jugar lo que antes jugaba, que ya no cae bien a sus amigos, que se duerme en el recreo, en fin, un niño que ha dejado de ser niño. Es verdad que hay ocasiones en las que un niño puede manifestar un incremento excesivo en su actividad o una marcada disminución en su interés por la escuela, pero tales situaciones tienen su origen en cosas reales, como la mala alimentación, alergias, problemas familiares, educación deficiente, etc. Lo que es un hecho es que ninguna de esas razones se resolverá con drogas.


COMO CONSEJO La adicci贸n a las drogas es una situaci贸n que se puede y debe prevenir desde la familia, en buena parte; sin descartar que la sociedad y otros factores tengan injerencia en ello. Por esta raz贸n se recomienda a los padres no desentenderse del tema y asumir una posici贸n activa ante esta realidad.


Este, como muchos otros aspectos educativos, se debe trabajar de manera preventiva -desde la primera infancia- y no cuando se ha convertido en un hecho real, lo cual dificulta la solución del problema. Claro está que cada etapa evolutiva tiene un nivel de complejidad que marca unas características y necesidades, lo importante es que al llegar la adolescencia ya se haya realizado todo un trabajo al interior de la familia. Estas son algunos pilares para prevenir el consumo de drogas. Conocer a los hijos Es el primer paso y determina algunas de las actuaciones de los progenitores. Cada hijo es diferente, por consiguiente los padres deben conocer sus particularidades y así poder impartir asertivamente los objetivos educativos para cada uno, aunque se deben conservar unas reglas y condiciones generales en el hogar. Trabajar la autoestima Desde el conocimiento de los hijos, los padres deben potenciar las fortalezas y trabajar las debilidades, ejercicio que genera en ellos confianza en sí mismos y los hace sentir fuertes ante los demás; este es el resultado del equilibrio en la balanza entre lo positivo y lo negativo de cada quien. Una sana autoestima es una especie de “blindaje” ante los ataques y rótulos tan dados a presentarse en las aulas; también es una herramienta que da criterio ante las opiniones de los otros para defender las propias convicciones. Y juega un papel fundamental en la aceptación grupal que tanta importancia adquiere en la adolescencia. Reforzar la voluntad y el autocontrol No todos tenemos la predisposición a las adicciones, pero es importante tener claro que esto puede suceder. Tiene entonces un valor importantísimo el ejercicio de la voluntad y el autocontrol. La voluntad genera la fuerza interior necesaria para luchar contra una situación no conveniente, lo mismo sucede con el autocontrol, el cual regula los


impulsos y previene situaciones de riesgo.

Comunicación y confianza Es un binomio inseparable; la relación padres-hijos y viceversa debe construirse bajo estos dos conceptos. Lo uno lleva a lo otro, es decir, una relación que se construye bajo la confianza, abre las puertas del diálogo. A su vez, la comunicación está vinculada a la escucha activa por parte de los padres, la cual hace que los hijos se sientan valorados y a su vez sepan que es la familia es lugar óptimo para resolver dudas sobre este y otros temas de riesgo. Dentro de este diálogo, está el deber de los padres de hablar con sus hijos de los daños físicos y emocionales que genera el consumo de las drogas. Atrás debe quedar la idea que esta es una situación penosa y difícil de enfrentar, pues es una enseñanza de competencia exclusiva de los padres. La información dada en los colegios es un complemento, no es suficiente. Como sabemos, la prevención es una misión de todos: familia, escuela y sociedad; no obstante es la primera la que se encuentra en nuestras manos y depende de nosotros, las demás son factores externos. Desde la


familia se puede hacer mucho para evitar que los hijos tomen el camino incorrecto.


ELABORADO POR: STEPHANIE JANIRA HUERTERO RODRÍGUEZ


Los niños y el problema con las adicciones