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Viajes En Cuba, por el contrario, no hay necesidad de trabajar mejor, ya que el empleo se conserva independientemente de la productividad. En este sentido, una virtud que cabe destacar del comunismo es que, debido a su estructura laboral, la sociedad es más sana. Gracias al bloqueo de Estados Unidos y de Europa, los defectos del modelo occidental no han penetrado en la isla. Eso queda reflejado en la música. Su ritmo musical impulsa a uno hacia una sociabilidad sin ataduras, una especie de sentimiento de libertad. Lo único que busca un cubano es poder vivir. La posesión no forma parte de sus esquemas, ya que el régimen no la permite. Eso implica que tampoco tienen responsabilidades, debido a que cada uno de nosotros nos sentimos responsables ante lo que es nuestro y que podemos perder. Así es como, paradójicamente, el cubano se siente un ser libre. Además, los habitantes de la isla no padecen otra de las enfermedades típicamente occidentales: la hipocresía. Sabemos que el mundo en el que nos movemos todos los días es un gran teatro. La gente prefiere guardar las apariencias porque nunca sabe con quién se va a encontrar. Todo se basa en un juego de caretas sociales: no se es igual en el trabajo, en casa, con los amigos o en una reunión con desconocidos. Dependiendo de cada situación, adoptamos un rol u otro. ¿Y por qué? Porque, lamentablemente, en algunos casos las relaciones son interesadas, debido al beneficio que podemos o esperamos obtener de ellas. Hipocresía. Y eso es una forma de posesión, algo que no existe en Cuba. Pero no todo son flores y rosas. El comunismo no ha traído el bienestar esperado por sus ciudadanos. Andar por la Cuba profunda es conocer la miseria en la que viven sus habitantes. Una promesa fallida. Una ilusión eterna. Un sueño que no se cumple y contra el que no cabe decir nada.

vías cubanas. Aunque, como bien reza el dicho, “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. O como nos recomendaba un profesor: “Si escucháis a una persona que se pasa el día hablando de ética y moral meteros las manos en los bolsillos”. La promesa de la abolición de clases se ha quedado en el eslabón anterior. El Estado regenta la vida social y despoja de sus propiedades a los ciudadanos. El gran drama de los habitantes de Cuba es que no pueden conservar la casa en la que nacieron. El hombre se forma en un hábitat, un espacio que asume como propio, aquello que en castellano castizo se denomina “echar raíces”. Nuestra identidad presente, aquello que somos, está formada por referencias de nuestro pasado; sin ellas, el presente está vacío. Dónde nacimos, a qué colegio fuimos, u objetos que al verlos de nuevo nos permiten viajar atrás en el tiempo. Y la casa en la que pasamos los primeros momentos de nuestras vidas es uno de los lugares clave donde se forma nuestra personalidad. El ciudadano cubano carece de gran parte de esas referencias pasadas. Vive en una isla, sí, pero es un nómada. Su día a día consiste en contentar a los viajeros. Cuba sobrevive gracias al turismo. La dictadura sabe que esa es la principal

fuente de ingresos, por lo que mima y protege a los que se pasan por la isla. Y a veces a costa de sus propios habitantes. A los empleados de los hoteles no les está permitida la entrada en sus días de descanso; la policía detiene a los cubanos que acompañan, siguen o molestan a turistas; el Estado procura que unos y otros no se mezclen. Porque saben que sus ciudadanos podrían venderles duros a cuatro pesetas. La estructura económica del país se encarga de que todo el mundo coma, pero no de que se alimenten lo suficiente. Con los sueldos que perciben, muchos no tienen para vivir dignamente. Casas con una cama, una mesa y un armario con dos perchas; o médicos, ingenieros y demás profesionales que se ven obligados a conducir taxis para tener otra fuente de ingresos. Lo importante es sobrevivir, y lo hacen viviendo para los turistas. Cuba les necesita, pero no está lo suficientemente preparada para gestionar la demanda. Aparte de los mojitos y las playas, el visitante también se encuentra con el desorden y la miseria. Pero esta última no es fácilmente visible. Tiene que sumergirse paraíso adentro para poder dar con las sombras.

Nómadas esclavizados Libertad. Una de las palabras más presentes en los carteles y pancartas de las

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