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La salvación nos viene por Jesucristo, lo sabemos bien, no por los pobres, pero la garantía de que aceptamos la salvación de Jesucristo se manifiesta compartiéndola con los pobres. San Vicente está animado por una fe profunda. Por la misma razón pidió a los suyos que fueran capaces de contemplar a Dios y a Cristo en los rostros sufrientes y desfigurados de los pobres, mirándolos a la luz de la fe. Ese rostro desfigurado de los pobres es el rostro de Cristo en el momento de su pasión. Por eso es necesaria la mirada de la fe y desde la fe (Isaías 50, 4‐9 ‐ Mateo 17, 29‐31). 3. Servir a los pobres con una caridad práctica y concreta El énfasis de la tradición vicentina está sobre el punto de la caridad práctica. Es éste el secreto de la santidad del Vicentino. San Vicente pone el acento sobre el amor efectivo. Cuando tenía hambre no sólo me compadecieron, sino que me dieron de comer, y cuando tuve sed no solo se acercaron para contemplarme, sino que me dieron de beber, cuando estuve en la cárcel no solo rezaron por mí, sino que fueron a verme... (Mt 25, 31 ss). Desde el tiempo de San Vicente hasta hoy, las asociaciones vicentinas son reconocidas como hombres y mujeres capaces de amar de una manera práctica, concreta y efectiva. Aman, sirviendo a los pobres. Los Vicentinos nacen para buscar soluciones a los problemas del pobre, soluciones concretas a corto, mediano y largo plazo. 4. Esfuerzo por vivir y servir con un estilo de sencillez y humildad San Vicente dice: el espíritu de Jesucristo es un espíritu de sencillez, que consiste en decir la verdad, en decir las cosas tal y como son. A Dios le gusta comunicare a las almas sencillas. Vivir en el espíritu vicentino es vivir caminando por adquirir este estilo que nos asemeja a Jesucristo y nos pone en contacto cercano y fraterno con los pobres. La humildad es el fundamento de la perfección y el camino que conduce a la santidad. San Vicente centra su atención en la humildad de Jesucristo, quien por amor toma nuestra condición humana, y lo presenta a sus seguidores como el modelo de humildad por excelencia (Filipenses 2, 7). La humildad nos lleva a reconocer nuestra condición de criaturas, y nuestra necesidad de redención. La humildad se revela en la actitud agradecida por los dones recibidos y nos lleva

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Guía del Catequista  

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