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Como Moisés descubrió en la zarza ardiente la presencia de Dios en el símbolo del fuego, Dios está cerca por medio de su Espíritu que purifica nuestro interior como el fuego purifica el oro en el crisol. En la institución de la Iglesia fue el Espíritu Santo la herencia que el Señor resucitado entregó a sus apóstoles: “recibir el Espíritu Santo”, este espíritu del Señor resucitado permanece en la Iglesia para santificarla con los sacramentos, para iluminarla con sus luces y ser el vínculo de amor entre los hermanos. Es quien nos impulsa a trabajar en comunidad, a compartir y ayudar a los otros. Es quien nos motiva a luchar contra el egoísmo y la desunión. Cuando el Espíritu Santo está dentro de nosotros, entonces somos capaces de perdonar, amar y servir. Por el Espíritu Santo dado por Cristo a los apóstoles, ellos entendieron la Palabra de Jesús, recibieron la fortaleza necesaria para ser testigos del resucitado. Cristo obra en nosotros por el Espíritu Santo, nos mueve, pero siempre respeta nuestra libertad. Su voz la escuchamos en el interior de nuestra conciencia. Su amor nos deja actuar y nos espera (Apocalipsis 3:20). Nos hace testigos, discípulos, enviados, misioneros de Jesucristo en el mundo. Estamos marcados con su sello. Y por eso vivimos (Lucas 7:36‐50; Juan 19:38‐42). El Espíritu Santo reúne la Iglesia fundada por Cristo y allí nos ofrece los sacramentos de salvación que nos transforman en nuevas criaturas (1 Pedro 2: 9). Fe y conocimiento de Dios, alegría y paz del corazón y amor fraterno son los dones del Espíritu Santo; el mismo Espíritu y único Espíritu los produce y se los da a cada uno según él quiere (1 Corintios 12:11). En el antiguo testamento el espíritu de Dios dirigía y orientaba a los reyes, patriarcas y profetas Símbolos del Espíritu Santo Fuego: Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. Existe el fuego intenso y sostenido del amor. Es el fuego que arde en cada hombre que siente, que lucha y que ama. Es un fuego permanente, activo y en 183

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Guía del Catequista  

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