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Cuándo podemos comulgar: Cada vez que vamos a la cena del Señor debemos procurar presentarnos limpios y decorosos, tanto externa como internamente para compartir en comunidad y en familia, con alegría a ejemplo de Jesús, que tomó el pan y el vino, lo bendijo y lo repartió. En la mesa de la palabra podemos participar todos, pero en el pan de la Eucaristía, donde vamos a comer el cuerpo y la sangre de Cristo sólo lo pueden hacer las personas que estén sin pecado, en paz con Dios y con los hermanos. “porque el que come indignamente el Cuerpo del Señor come su propia condenación”. Si nosotros comulgamos y seguimos incumpliendo los mandamientos no estamos cumpliendo la voluntad de Dios. Cuando Jesús compartió su cuerpo y su sangre con sus discípulos sus vidas se transformaron. De igual manera, los que nos alimentamos con su cuerpo y con su sangre, nuestra vida, la familia y la comunidad, se transformarán. ¿Por qué comulgamos? La Eucaristía nos debe llevar a comprender el compromiso que exige recibir la comunión. Cuando Jesús entregó su cuerpo a los discípulos les encomendó la misión de ser verdaderos hijos del Padre, hermanos en Jesucristo, es decir, amar como Él nos amó. Recordemos que Él recogió los mandamientos en uno solo: en “el amor a Dios y al prójimo” (Mateo 22, 36). Cuando comulgamos y respondemos “Así sea o Amén”, le estamos diciendo a Jesús que nos comprometemos a hacer lo que Él nos pide para ser sus discípulos y misioneros en comunión con Él y la comunidad. Efectos que produce el recibir la Eucaristía dignamente: * Conserva y aumenta la vida del alma, que es la gracia, como el alimento material mantiene y aumenta la vida del cuerpo. * Perdona los pecados veniales y preserva de los mortales * Debilita nuestras pasiones y, en especial, amortigua las llamas de la concupiscencia.

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Guía del Catequista  

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